Carlos Szwarcer, Escritor judío-argentino/ Argentine Jewish Writer –“Sephardic Charm” “Hechizo Sefaradí”

Carlos Szwarzer es historiador, periodista y cuentista judío-argentino. Es especialista en la historia de los sefardíes en la Argentina y ha coleccionado muchos testimonios orales de la gente vieja sefardí de los barrios de Buenos Aires.

Carlos Szwarcer is a Jewish-Argentine historian, journalist and short-story writer. He is a specialist in the history of Sephardic Jews of Argentina, and he has collected many oral testimonies from older people in Sephardic neighborhoods of Buenos Aires.

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HECHIZO SEFARADÍ

José tiene más de 80 años. Nació en  Villa Crespo, Buenos Aires. Su niñez estuvo estrechamente ligada a la calle Gurruchaga al 400 y sus cercanías; creció en “el medio de la Yudría”, sector del barrio en el que se concentraban los sefaradíes de habla judeo-española. El lugar tenía características muy especiales que sobresalían aún dentro del universo multicolor de Villa Crespo, donde los ashkenazíes (1) eran inmensa mayoría entre los judíos. Todos ellos coexistían con españoles, italianos, musulmanes, griegos, armenios, etc., pero desde las primeras décadas del siglo XX, Gurruchaga, ubicada entre Corrientes – por entonces llamada Triunvirato – y Camargo,  fue una típica callejuela de Izmir (Esmirna).

En verdad, José, apodado “Pepe”, no era sefaradí… pero lo parecía; era descendiente de una de las tantas familias de origen español de los inquilinatos donde convivían entremezcladas parentelas de distintas etnias, humildes y trabajadoras. La mayoría de los amigos de Pepe eran “turcos sefardíes”  y  conocía a la perfección sus costumbres, a tal punto que, se podría decir, era uno de ellos. Si hasta iba con aquella “barrita sefaradí”, a la tardecita, al templo de Camargo al 800 para  ganarse unas monedas de propina  ayudando a distribuir las kipás (2) a los varones que ingresaban  a orar.

Los años 30 del siglo pasado fueron difíciles, aunque dentro de una coyuntura de crisis, generalmente las familias se conformaban con poco. Los testimonios tienden a recordar lo cotidiano desde aspectos muchas veces presentados bajo un barniz de felicidad, producto de un tiempo que parece haber sido disfrutado con pequeñas cosas y aún las dificultades, derivadas de una incómoda situación económica, hoy son expresadas desde el humor o rememorando picardías o travesuras.

Pepe cuenta que su “hermano trabajaba en la pollería de la calle Gurruchaga, pelaba pollos y mi mamá me mandaba a comprar allá. Los huevos rotos los vendían más baratos y yo iba con una “lechera” y le decía a Gallizy – el dueño del local – ‘Hola, don Juan, dice mi mamá si me puede dar una docena de huevos rotos’. Y él me contestaba ‘Sí, claro, anda, decíle al Cholo’. Y yo le decía a mi hermano, que se iba al fondo, agarraba los huevos sanos, los golpeaba y los tiraba a la lechera, pero en vez de 12 tiraba como 50 huevos y cuando salía yo le decía ‘Dice mi hermano que ya está don Juan’. “A ver, qué te voy a cobrar si están todos rotos’ y no me cobraba nada”.  Con el rostro encendido y nostálgico por el recuerdo de esa artimaña Don Pepe continúa: “Y mi mamá pisaba todo, con cáscara y los colaba y hacía una masita que le enseñaron los turcos (sefardíes), que le llamaban “pan esponjado”, pan de España, después con lo que le quedaba le agregaba un poco de harina y estiraba la masa con una cuchara y se hacía como un huevo frito y hacía unas masitas: ‘Mulupitas’ y llevaba la fuente a la panadería para que se la hornearan. Aprendimos de los turcos… comíamos a cuturadas.” (3).  Ríe a carcajadas.

Asegura conocer muchos temas que cantaban los turcos y hurgando en su memoria, en tanto se humedecen sus ojos claros, alcanza a revivir con cierta dificultad, pero mucha alegría, algunos fragmentos: Ay! Yo me la llevé / abajo del puente / cuántos cuentos le conté / ni me lavo ni me peino / ni te pongas la mantilla / hasta que venga mi novio de la guerra de Sevilla. ¡Y Pepe sigue entonando Ay! Sí, ven Pupula ven / Pupula ven no te desbragues / que aquí nos pueden ver / toma por aquí toma por allí…” 

Claro que fue tanto el contacto con el mundo sefardí que se vio embelekado; las comidas, el cancionero, los refranes: “Mucho i bueno ke te de el Dió”, “Kamino de leche i miel ke se te haga” y, sobre todo,“la “grazia de sus muyeres”, hicieron  que se enamorara de la hija de un operario  del templo sefaradí de la vuelta. La familia de la novia solamente le pidió que no se casaran por iglesia y les deseó “parida de hiyos”. 

Sorprende escuchar en este criollo de apellido vasco, la perfecta cadencia y entonación de sus palabras en dyudesmo, tan cuidadosa y gratamente elegidas del baúl donde se guardan las vivencias más queridas, mientras se ilumina una vez más su rostro, como quién de pronto encontró un lugar y un tiempo en el que comenzó su felicidad.

Este testimonio, que es parte de la historia de una familia común de Villa Crespo, es reflejo de la convivencia e integración en un ámbito de diversidad cultural, donde el mundo sefardí, como observamos, fue y sigue siendo una fuente de hechizo y seducción, muchas veces irresistible.

Notas

  1. Judíos de habla idish. 2.
  2. Pequeño sombrero para cubrir la cabeza durante las ceremonias en el templo.
  3. En mucha cantidad.

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Sephardic Spell

José is more than eighty years old. He was born in Villa Crespo, a neighborhood of Buenos Aires. His childhood was tightly linked to 400 block or Gurruchaga Street and the area nearby; he grew up in “amidst the Yudería,” the part of the area inhabited by Sephardic Jews who spoke Ladino. José had unique characteristic that stood out even within the multicolor universe of Villa Crespo, where the Yiddish-speaking Ashkenazi Jews were by far the majority of the Jewish community. All these Jews co-exited with Spaniards, Italians, Muslims, Greeks, Armenians and others. However, from the early decades of the twentieth century, Gurruchaga was a typical side street of Smyrna, Turkey.

In fact, José, nicknamed “Pepe” wasn’t a Sephardic Jew, but he looked like one. He was the descendant of one of so many tenants of Spanish origin, who lived mixed in with hardworking and modest family members from distinct ethnic groups. The majority of Pepe’s friends were” Sephardic Turks” and he knew their costumes perfectly, to the point that, you could say he was one of them. He even went to the temple on Camargo Street, in the early evening, to earn tips for helping distribute skullcaps to the men coming in to pray.

The thirties were difficult, though even during a crisis situation, the families, in general, made do with the little they had. Stories about those times tend to portray daily life with a veneer of happiness, product of a time that that seems to have been enjoyed with little things, and even the difficulties, derived from an uncomfortable economic situation, are today remembered with humor or by remembering mischief and pranks.

Pepe recalls that “his brother worked in the poultry shop on Guchurraga Street, plucking chickens, and my mother sent me to buy there. Broken eggs would be sold cheaper, and I would go there with a “milk can,” and I said to Galizy, the owner of the shop. “Hello, don Juan, my mother wants to know if can give me a dozen broken eggs.” And he answered me, “Yes, of course, go on, tell Cholo.” And I told my brother, who went to the back, grabbed unbroken eggs, broke them and threw then into the milk pail, but instead of 12 he threw in about 50. And when I came out, I said, “My brother says, that here they are.”  With his face reddening and nostalgic for that ruse, don Pepe continued, “And my mother stepped on all of them, shells and all and strained them and make pastries in the way the Turks (Sephardic Jews) had taught her. They were called “esponyada,” Spanish bread. Then, with what was left over, she added a bit of flour and stirred the dough with a spoon formed it as if it were a fried egg, and make pastries called “Mulupitas.” She carried the platter to the pastry shop, for them to be baked. We learned from the Turks,. and we ate a lot.” He guffawed.

He claims to know many tunes that the Turks used to sing, and delving into his memory, his light eyes became moist, he began to relive, with some difficulty, but a lot of pleasure, some fragments: Ay! Yo me la llevé / abajo del puente / cuántos cuentos le conté / ni me lavo ni me peino / ni te pongas la mantilla / hasta que venga mi novio de la guerra de Sevilla. Y Pepe sigue entonando: Ay! Sí, ven Pupula ven / Pupula, ven no te desbragues/que aquí nos pueden ver / toma por aquí toma por allí…”(Ay, I brought her/under the bridge… I told her so many stories… I won’t wash, I won’t comb my hair… don’t put on the mantilla/until my boyfriend comes from Seville.) And Pepe went on singing, “Sí, ven Pupula ven / Pupula ven no te desbragues / que aquí nos pueden ver/ toma por aquí toma por allí…” (“Yes, come, Pupiua, come Pupula, come, don’t get undressed/They can see us here/ drink here here/drink from from there… “).

Certainly, he had so much contact with the Sephardic Jews that he found himself fascinated by it; the meals, the songbook, the proverbs: Mucho i bueno ke te de el Dió”,( That God give you much and good;” Kamino de leche i miel ke se te haga” Let you be given a path of milk and honey:” and above all, la “grazie de sus muyeres”, “the grace of the women” cause him to fall in love with the daughter of a worker in the Sephardic temple around the corner. The bride’s parents asked him only that they woundn’t marry in the church and wished for them thec“parida de hiyos” “the birth of children.”

It is surprising to hear in this native-born Argentine with a Basque surname, the perfect cadence and intonation of dyudesmo (Ladino,) so carefully and pleasingly chosen from the trunk where the dearest experiences are kept, while his face was once more illuminated, as with someone who suddenly found a place and time in which his happiness began.

This testimonial, that is part of the history of an average family in Villa Crespo, is the reflection of the living together and integration in a social environment, where the Sephardi world, as we have observed was and continues to be a source of enchantment and seduction, so many times irresistible.

Translated by Steve Sadow

 

 

 

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