Susana Grimberg — Escritora judío-argentina/Argentine Jewish Writer “Verdades mentirosas”/”Lying Truths”

Susana Grimberg es poeta, cuentista, novelista, psicoanalista y comentarista social destacada argentina. En su poesía, los silencios pueden ser tan importantes como las palabras.

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Susana Grimberg is a renowned Argentine poet, short-story writer, psychoanalyst, and commentator on social issues. In her poetry, the silences can be as important as the words.

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Verdades mentirosas

       Por 

         Susana Grimberg

            Laura se mudó a Buenos Aires junto con sus montañas. Muchos dejan sus antiguos paisajes. Laura, no.

            Las montañas eran el marco imprescindible para sus ventanas, el recuadro exacto para sus cuadros. Ella vivía en cada una de las historias en las que se paseaba el pincel; era cada paisaje y cada paisaje era el de la infancia, el de la adolescencia, el de su imaginación.

            Buscó un piso alto desde donde pudiera verlas. Sabía que los atardeceres le devolverían montañas perfumadas, silenciosas, envolviendo a la ciudad.  

En las reuniones, ella siempre sacaba el tema. Para incomodar, para reír, para disfrutar.

“Nubes, son nubes”, señalaba el amigo realista. “Montañas”, afirmaba Laura con esa mirada curiosa, la que vuela entre la mentira y la verdad, entre magia y realidad. Después, las discusiones de siempre. Realismo mágico, verdades mentirosas, mágica realidad, mentiras verdaderas.

En el curso de los anocheceres, las palabras se le escapaban como los gatos de Erik Roseen. Como ellos, rondaban alrededor de la gente sin dejarse amaestrar. Roseen tenía razón al escribir que “es tan difícil atrapar la palabra exacta y convencerla de que ocupe su sitio en la hoja en blanco como meter un gato en una caja antes de subir al tren”. La palabra, el trazo de un pincel, la huella del lápiz o del pincel, eran, también para Laura, como los gatos.  

            Apenas una semana después, Roberto se mudó al lado de su departamento. ¿Casualidad?

             Provinciano como ella, quería revivir el silencio de la pampa, respirar el horizonte alargado, extenso. Roberto, soberbio hasta en su timidez, era un buscador de alturas. No sólo para vivir.

             Laura insistía en provocar algún encuentro. Todo terminaba en algo muy breve, casi un desencuentro.

             Ese día, decidió ella, iba a ser distinto. 

            Buenos Aires era lo más parecido al infierno. Calor agobiante, intenso, agotador. 

           A Roberto, que luchaba por no dormir una siesta proporcional a su cansancio, sólo lo salvaba el comienzo de su artículo: “Es notable cómo la lengua materna, aquella en la cual fuimos hablados, permanece a resguardo del olvido. Seres hablados antes que hablantes, ignoramos guardar sonidos, olores y sabores de nuestras horas más remotas”.

          Escribía estas frases cuando el teléfono lo arrancó de la somnolencia. Laura. La vecina. “¿Puedo pasar a verte un segundo?”. “Te espero”, contestó desde el sueño.       

          Laura guardaba el verano en los labios, en la piel húmeda, en la tentación de cada fruta, en la risa.

          Quería contarle una historia que le daba vueltas. Barrilete indeciso. “Para que la escribas”, le susurró casi al oído apenas entró al departamento.  

         A él nunca le había interesado escribir historias ajenas; las propias tampoco. Sólo inventar. De todos modos, se preparó para escucharla. Quizás esto terminaría por despejarlo. O podría hacer algo con el susurro en la oreja.

          La invitó a pasar y ella, de un salto se sentó en el sillón, sacó la caja que traía en el bolso, la puso sobre las rodillas, la abrió, sacó el libro envuelto en una tela de seda  anaranjada. 

            _ En el último viaje que hice a la casa de mis padres encontré este libro. Era de mi bisabuela. Son salmos.

            Con cuidado, Roberto examinó las incrustaciones de piedras preciosas sobre el cuero crudo. Nunca había visto nada igual.

            _ Han pasado treinta años desde que falleció pero, para mí, ella está presente. Era una mujer altiva y de sumo carácter.

            _ De mal carácter, querrás decir – dijo tan sólo para fastidiarla pues le parecía insoportable la costumbre que muchos tienen de idealizar a los personajes de la familia.

            _ No – corrigió terminante, Laura – de carácter. Misteriosa, ojos celestes siempre con lágrimas que secaba antes de que cayeran por sus mejillas.  Siempre mirando las montañas que le recordarían a las de la Selva Negra de su infancia. Si uno la miraba a los ojos, veía a sus montañas.

            El comentario fue para Roberto más interesante que el libro en sí. Los rasgos que desnudaban a las personas avivaban su deseo de escribir acerca de las mismas.            

          La siesta aplastaba la ciudad, silenciosa como pocas veces. Roberto se levantó, bajó un poco la persiana y regresó a su sillón para escucharla más fresco y relajado

            Miró la mirada de Laura acariciando las piedras.

          _ Como te estaba diciendo, pasaron treinta años desde que falleció mi bisabuela María pero ella está siempre presente para mí.

          _ ¿María?

          _ Sí. Podrías poner Myriam. Es igual.

          Después la describió como si la estuviera pintando.

          _  Podrías escribir que era tan delgada como pequeña, con los ojos siempre mojados, tristemente risueños. ¡Ya lo dije! Pero no dije que había olvidado el castellano. Sólo hablaba en idish. A muchos inmigrantes les fue sucediendo que, ya mayores, recordaran sólo la lengua materna.       

            La siesta aplastaba la ciudad. Roberto se levantó, bajó un poco más la persiana, regresó al sillón, refunfuñó en voz apenas audible que él era el escritor, la escuchó. 

            _ Porque se llamaba María, podrías pensar que era sefardí. Pero mi bisabuela era askenazi.

            _ ¿Era qué?  

            _ Ashkenazi. Pero yo, por mi padre, soy sefardí – dijo, encogiéndose de hombros. 

            _ Árabe – bromeó.  

            _ Podría ser, pero el nombre es sefardí porque proviene de sefarad que quiere decir España en hebreo.

            _ ¿Hebreo?

_ Era el idioma que hablaban los judíos que llegaron a la península allá por el siglo IV antes de la era común. Es decir, antes de Cristo y antes de tus ironías.       

Roberto se levantó para buscar dos vasos.  

            _ ¿Querés algo para tomar?

            _ Bueno… – continuó – Ella era ashkenazi.

            _ No veo cuál es la importancia – Roberto abrió una botella de Coca Cola y volcó la mitad.

            Laura saltó para que no la salpicara. 

            _ Es que ashkenazi, en ladino, quiere decir alemán – no lo ayudó a secar la mesa, desconcertada ante tanta torpeza -. El ladino fue, y es, la lengua hablada por los judíos españoles.

            _ Entonces… – él tomó la bebida como para atragantarse. El ruido la distrajo. 

            _ Entonces, a pesar de todo lo que has hecho para desviarme, voy a continuar con lo que me había propuesto porque lo que quiero contarte, tiene que ver con lo que estás escribiendo. 

          La miró. Ojos claros, piel oscura, empecinada. Quiso tocarla. Se contuvo.

          _ ¿Alemán? – preguntó fingiendo interés. 

          _ Sí – contestó mordiéndose el labio. 

            _ ¿Cómo sigue?

            _ No me acuerdo. Sólo quería hablarte de esto y de mi bis…

_ Abuela.

_ Sí. Mi bisabuela. Ella leía todo el día sin cansarse. Sólo los ojos, donde se veían las montañas – sonrió irónica – parecían fatigarse. Sentada en el patio, con un libro sobre las piernas, deslizaba las hojas entre sus dedos. Leía en voz alta. Cuando se daba una tregua, peinaba sus cabellos blancos, muy largos, los tomaba en un rodete, hablábamos.

            _ ¿Sobre qué?

            _ Amor… Yo le pedía que me enseñara a pronunciar en idish “esas” palabras. Cuando yo las repetía, ella se reía tanto de mis errores que sus ojos volvían a llorar. Yo también me reía de ella, que se reía de mí.          

          No sabía por qué tuvo el impulso de besar la boca llena de tantas historias. Laura hablaba en un idioma de gestos, piel oscura, susurro. Palabras como gatos.

          Absorto en ella, no percibió ningún ruido fuera de lo habitual, ni siquiera notó ninguna diferencia en la mirada de Laura hasta que el caño frío le presionó la nuca.

          _ Si te movés, sos boleta – alcanzó a oír.

            Sucedió muy rápido.

           Dos sombras avanzaron hacía el resto del departamento. El tercero, un adolescente que sostenía la pistola sobre la nuca de Roberto, desviaba cada tanto el arma hacia Laura.

          Cada vez que la apuntaba, Roberto la miraba. 

          Ella, miraba el libro.

          Hipnotizada.

          De pronto, un grito electrizó el aire. Laura, dulce-fuerte-suave-violenta, saltó, gritó, golpeó con el libro la cabeza del maleante.

          Siesta, silencio, desmayo, huída.

           _ Un libro, un grito, un golpe. Un título para otra historia. ¿No te parece? – canturreó ella, conteniendo la risa, después de que  se fueran los policías. Alguien los había llamado. 

          Roberto tomó a Laura de las manos, después le corrió el flequillo de la cara, la acercó hacia él. También vio montañas en sus ojos: realismo mágico, verdades mentirosas, mágica realidad, mentiras verdaderas.

          Les temblaban los cuerpos, las lágrimas, la piel. Temblaban las risas detrás del deseo.

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Lying Truths

By 

Susana Grimberg

         Laura moved to Buenos Aires together with her mountains.  Many people leave their former landscapes behind.  Laura did not.

         The mountains were the indispensable frames for her windows, the perfect surroundings for her paintings.  She lived in each one of the stories she created with her paintbrush:  each and every landscape, and each of them came from her childhood, her adolescence, her imagination.

         She searched for an apartment high up from which she might be able to see them.  She knew that the evening would bring back to her the sweet-smelling, silent mountains, engulfing the city.

         At parties, she always brought up the topic.  To annoy, to laugh, to enjoy.

         “Clouds are clouds,” pointed out her friend, a realist.  “Mountains,” Laura would affirm with that curious expression that flashes between lie and truth, between magic and reality.  Later, the same discussions as ever, the words that escaped from her like the cats of Erik Roseen.  Like them, they hung around people without letting themselves be trained.  Roseen was right when he wrote that, “it is as difficult to trap the correct word and convince it occupy its place on a blank page as it is to put a cat in a carrier before getting on a train.”  The word, the stroke of a paintbrush, the marks of the pencil or the paintbrush, were, for Laura too, like cats.

         Hardly a week later, Roberto moved next door to her apartment.  “Pure coincidence?”

         A provincial like her, he wanted to relive the silence of the Pampas, to breath the long, broad horizon.  Proud even in his shyness, Roberto was a seeker of heights.  Not only in order to live.

         Laura insisted on provoking an encounter.  Every attempt ended in something very brief, almost a falling out. 

         That day, she decided, it would be different. 

         Buenos Aires seemed an inferno.  Heat, stifling, intense, exhausting.

         For Roberto who was fighting to stave off a nap called for by his weariness, the only thing that saved him was the start of his article, “It is worth noting that the language of one’s mother, that in which we were spoken to, remains in the shelter of oblivion.  Beings are spoken to before they can speak, we don’t know how to hold onto sounds, smells and tastes from our most remote hours.”

         He was writing these lines when the telephone startled him out of his drowsiness.  Laura.  The neighbor.  “Could I come over for a moment?”  “Of Course”, he answered sleepily.

         Laura conserved the summer in her lips, in her moist lips, in the temptation of each piece of fruit, in laughter.

         She wanted to tell him a story that would excite him. An unstable kite.  “You may want to write about this,” she whispered near his ear, moments after he entered the apartment.

Writing about other people’s experiences had never interested him; neither did his own.  Only what he could invent.  But still, he prepared himself to listen to her.  Maybe it would finally wake him up. Or he could do something with the whisper in his ear.

         He invited her to come in, and she immediately sat down on the armchair, took out the box from her purse, put it on her knees, opened it, took out a book covered in orange silk.

         “During my last trip to my parent’s house, I found this book.  It belonged to my great-grandmother.  They are psalms.

         Carefully, Roberto examined the inlays of precious stones on the raw leather.  He had never seen anything like it.

         “Thirty years have passed since she died, but, for me, she is present.  She was a proud woman and of strong character.   “Bad tempered, you probably mean,” he said, only to annoy her, since he couldn’t stand the practice of idealizing members of one’s family.

         “No,” she corrected categorically, of character. Mysterious, blue eyes always with tears in them, that she would dry before they reached her cheeks. Always peering at the mountains, that would remind her of those of the Selva Negra of her childhood.  If you looked into her eyes, you saw her mountains.

         The commentary was more interesting to Roberto than the book itself. The features that exposed a person aroused his desire to write about them.

         The afternoon heat crushed the city, silent, as it rarely had been.  Roberto got up, lowered the Venetian blind a bit, and returned to his armchair, fresher and more relaxed, to listen to her.

         He watched Laura’s face as she caressed the stones.

         “As I was telling you, thirty years have passed since my great-grandmother Maria died, but she is always present for me    

         “Maria?”

         “Yes, you can call her Miriam.”  It doesn’t matter.”

         Then she described her as if she were painting.

         “You could write that she was as thin as she was small, with eyes always damp, sadly smiling. Oh, I already told you that!  What I didn’t tell you was that she had forgotten Spanish. She only spoke in Yiddish.  That happened to many immigrants, since, already quite old, they only remembered their mother tongue. 

         The afternoon heat flattened the city.  Roberto got up, lowered the Venetian blinds a bit,  returned to the armchair, mumbled in a voice that was hardly audible that he was the writer, listened to her.

         “Because she was named Maria, you might think that she was Sephardic.  But my great-grandmother was Ashkenazi.”

         “She was what?”

         “Ashkenazi.  But, I, on my father’s side, am Sephardic,” she said, shrugging her shoulders.

         “Arabic,” he joked.

         “Could be, but the name is Sephardic because it comes from Sepharad, which means Spain in Hebrew.”

         “Hebrew?”

         “It was the language spoken by the Jews who arrived at the peninsula there during the fourth century of the Common Era. That is, before Christ and before your sarcasm.

         Roberto got up to get two glasses.

         “Do you want something to drink?”

         “Okay…” she continued, “ She was Ashkenazi.”

         “I don’t see why that’s important.”  Roberto opened a bottle of Coca-Cola and spilled half of it.

         Laura jumped aside so that it wouldn’t splash her.

         “It’s that Ashkenazi in Ladino, means German.”  She didn’t help him dry the table, taken aback by such clumsiness.  “Ladino was, and is, the language spoken by the Spanish Jews.”

         “Then…” He swigged down the drink as if he drowning himself.  The noise distracted him.

         “So, despite all you have done to distract me, I’m going to continue with what I intended to do because what I want to tell you, has to do with what you are writing.”

         He looked at her.  Clear eyes, dark skin, stubborn.  He wanted to touch her.  He held back.

         “German?” He asked, feigning interest.

         “Yes,” she answered, biting her lip.

         “What’s next?”

         “I don’t remember.  I only wanted to speak to you about this and my great…”

         “Grandmother.”

         “Yes.  My great-grandmother.  She read all day long without getting tired. Only her eyes, where the mountains were could be seen,” she smiled ironically,” seemed to become fatigued.  Sitting in the patio, with a book on her legs, she slid the pages between her fingers.  She read out loud.  While she took a break, she combed her very long white hair, put into a bun. We would talk.”

         “About what?”

         “Love…  I asked her to teach me how to pronounce “those” words in Yiddish.  When I repeated them, she laughed so hard at my mistakes that she cried again. I also laughed at her, laughing at me.” 

         He didn’t know why he had the impulse to kiss this mouth so full of stories.  Laura spoke in a language of gestures, dark skin, whisper.  Words like cats. 

         Absorbed with her, he didn’t notice any sounds that were out of the ordinary, did not even notice any difference in Laura’s look until the cold muzzle pressed against the back of his neck.

         “If you move, you’re toast,” he was able to hear.

         It happened very quickly.

         Two shadows advanced toward the rest of the apartment.  The third, an adolescent who held the gun against the back of Roberto’s neck, pointed the weapon at Laura from time to time.

         Every time the teenager aimed at her, Roberto looked at her.

         She was looking at the book.

         Hypnotized.

         Suddenly, a scream electrified the air.  Laura, sweet-strong-soft-violent, jumped up, screamed, hit the thug’s head with the book. 

         Siesta, silence, fainting, flight.      

         “A book, a scream, a blow.  A title for another story, don’t you think?” she sang softly to herself, holding back her laughter, after the police left.  Someone had called them.

         Roberto took Laura by the hands, and then pushed aside the bangs from her face, brought her toward him.  He too saw mountains in her eyes: realistic magic, truthful lies, magic reality, lying truth.

         Their bodies, their tears, their skin trembled.  Their laughter trembled behind their desire.

 Translated by Steve Sadow

 

 

 

 

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