Steve Sadow “El traje” “The Suit,” Un mini-cuento/A short-short story

THE SUIT

By Steve Sadow

As a graduate student at Harvard University, I experienced the poverty of a student of the humanities, described perfectly by Don Quixote in one of his sermons about arms ant letters. Later on, supported by a scholarship, I sallied forth to Buenos Aires. With the exchange rate very favorable, I lived a lot better there. I even had some extra money.

I decide to buy for myself something Argentine that I surely could get in Boston. “A suit made to order,” an acquaintance suggested and gave me the name and phone number of an Italian tailor who had a shop on Sarmiento Street, I set up an appointment with Luigi for the coming week.

I had never seen an establishment like his. Rolls of woolen cloth in a thousand variations, dyed cotton, nylon, rayon piled up in one corner, tailor’s tools in another. And there were half completed suits hanging on mannequins. I explained to Luigi that I was looking for a suit that was made to order, and I asked his advice. First, he told me that the suit ought to be fashionable and that this year, the “Gatsby Style” was what was called for. These suits were made of blue wool with pronounced stripes and exaggerated lapels. He showed me several examples, and suddenly I felt it was absolutely necessary that I have a suit like those. It never occurred to me that Argentine styles could be difference than American ones. Luigi offered me a price that seemed low to me, and I agreed.

I chose a flashy blue fabric with white stripes that caught my eye. Then came the fittings, and at last the suit was ready. I loved it. On returning to the university, I recommenced the life of poverty where I counted every penny. After wearing it only once, I hung the suit in a closet, where it lay forgotten during the years obsessed with finishing my thesis and my doctorate. Finally, I received my Harvard PhD.

But I hadn’t found have a job as a professor. I applied for every post that appeared on the official list of the Modern Language Association that had anything to do with Latin American literature, without paying attention to the institution’s reputation. One day, I was going to teach in the hills of Pennsylvania, another, in the burning deserts of Arizona. But I still didn’t have an offer of an academic job in hand. Disappointed and somewhat desperate, I went over to the Department of Romance Languages and Literatures, my department seeking someone to sympathize with my state. I went through the main door, and I noticed a yellow piece of paper pinned to a bulletin board. In this little paper was written: “Northeastern University in Boston seeks an Assistant Professor of Spanish. Call 617-373-2234.”

Of course, I called. A female voice with a German accent answered. I arranged for an appointment for an interview with the Chairman of the Department.

For the interview, I put on my “Gatsby Style” suit. Of course, it wasn’t in fashion, but it was the only suit I possessed. A few minutes after my arrival at the department. The secretary with the German accent introduced me to Professor Louis Cooperstein. Reminding me of some of my father’s colleagues, Cooperstein wasn’t the type to worry about the official job list. He began the interview by telling me, I have my Masters from Harvard, and I only hire Harvard PhDs.” We chatted for more than an hour. I say, “we chatted” because the interview dealt with a thousand topics, but very little about the job or my qualifications. As we were finishing up, the professor commented. “You give an excellent interview. And I have to tell you, that your suit impressed me enormously!”

A few days later, I the secretary with the German accent called me. The job was mine! That same night, I noticed something strange taking place in my bedroom. On my bed, the suit was falling apart. There were threads everywhere. It had already lost the left sleeve. During the following days, one after another, the seams of the pants opened up. One night, I touched the right lapel, and it was lost to me. Finely, I was left little pieces of wool.

The suit had done its duty. My career as a professor had begun. Before the start of the next academic year, Professor Louis Cooperstein announced his retirement.

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EL TRAJE

por Steve Sadow

 

Como estudiante de posgrado de Harvard University, yo experimentaba la pobreza del universitario de letras, perfectamente descrita por Don Quixote en una de sus prédicas sobre las armas y las letras.  Luego, becado, me marché para Buenos Aires. Por el cambio muy favorable, yo pude vivir mucho mejor allí. Hasta tenía algún dinero de sobra.

Decidí comprarme algo argentino que seguramente no podría conseguir en Boston. “Un traje hecho a medida”, me sugirió un conocido y me dio el nombre y número de teléfono de un sastre italiano que tenía su negocio en la Calle Sarmiento. Arreglé un compromiso con Luigi para la semana entrante.

Nunca había visto un establecimiento como el suyo. Bultos de tela de lana en mil variaciones, de algodón teñido, nylon y rayón amontonados por un rincón, además de

Os instrumentos propios de un sastre, en otro. Observé a medio hacer sobre los maniquíes. Le expliqué a Luigi que buscaba un traje hecho a medida y le pedí que me aconsejara. Primero me dijo que debería ser de moda y que la de ese año era “el modo Gatsby”: trajes de lana azul o negro con rayas pronunciadas y solapas exageradas.

Me mostró varios ejemplos y súbitamente, sentía que imprescindible que tenga un traje como ésos. No se me ocurrió que las modas argentinas podrían ser distintas de las norteamericanas. Luigi me ofreció un precio que me parecía bajo y le dije que sí.

Elegí una tela de azul que impacta al ojo con rayas blancas que impactaron al ojo. Luego vinieron las pruebas y por fin el traje estuvo listo. Me encantaba. Al volver a la universidad, recomencé la vida de penuria donde contaba cada centavo. Después de llevarlo una sola vez, lo dejé en un armario, casi olvidado durante los años obsesionados por terminar la tesis y doctorarme. Por fin, recibí el diploma del PhD. de Harvard.

Pero estaba sin trabajo como profesor. Solicitaba a cada puesto que se aparecía en la lista de lista oficial de Asociación de Lenguas Modernas que tuviera que ver con la literatura latinoamericana sin importarme la reputación de la institución. Un día parecía que iba a enseñar en las colinas de Pennsylvania, otro en los desiertos calorosos de Arizona.

Pero todavía no tenía en mano una oferta de un puesto académico. Decepcionado y algo desesperado, fui a las oficinas del Departamento de Lenguas y Literaturas Romances, mi departamento, buscando a alguien que se compadeciera de mí. Entré el portal y me fijé en una hoja de papel amarillo clavada en una cartelera. En ese papelito estaba escrito “Northeastern University en Boston busca a un Profesor Auxiliar de Español. Llame a 617-373-2224.”

Por supuesto llamé. Me contestó una voz femenina con un tono alemán. Me arregló un compromiso para una entrevista compromiso con el jefe del Departamento de Lenguas Modernas.

Para tal ocasión, me vestí con el traje del “modo Gatsby”.  Claro que no estaba de moda, pero era el único traje que yo poseía. Unos minutos después de mi llegada al departamento, la secretaria de tono alemán me presentó al profesor Louis Cooperstein. Haciéndome recordar a unos colegas de mi papá, el profesor Cooperstein no era uno para preocuparse de la lista oficial de puestos. Comenzó la entrevista diciéndome, “Yo tengo mi maestría de Harvard y sólo doy empleo a gente con un PhD. de Harvard”.  Charlamos por más de una hora. Digo “charlamos” porque la entrevista trataba de mil cosas, pero muy poco del puesto o de mis calificaciones. Al terminar, el profesor me comentó, “Usted da una entrevista excelente. ¡Y tengo que decirle que su traje me impresionó enormemente!”.

Pocos días después, recibí una llamada de la secretaria del tono alemán.  ¡El puesto fue mío!  Esa misma noche, noté algo raro pasando en mi dormitorio. Sobre mi cama, el traje iba haciéndose pedazos. Había hilos por todas partes. Perdió la manga izquierda. En los días siguientes, una tras otra, se abrieron las costuras de los pantalones. Una noche la toqué la solapa derecha y se me cayó. Por fin, me quedaba con trocitos de lana.

El traje había hecho su deber. Mi carrera como profesor había comenzado. Antes de la inauguración del año académico, el profesor Louis Cooperstein anunció su jubilación.

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