Eliah Germani — Cuentista judío-chileno/Chilean-Jewish Short-Story Writer — “¿Sushi o Latkes?”/”Sushi or Latkes?”

 

E. Germani.jpg

Eliah Germani. Autor de Volver a Berlín (2010), Premio del Consejo Nacional del Libro de Chile en la categoría cuentos inéditos, y de Objetos Personales (2015). Relatos suyos fueron incluidos en la antología Puro Cuento (Marco Antonio de la Parra, 2004), en Enclave: Revista de la creación literaria en español (CUNY, 2012), en la revista de literatura Hispamérica (U.S.A, 2013), en Brevilla: Revista de minificción (2017) y en Los huesos y otros cuentos, la antología del Concurso de Cuentos Paula (Alfaguara, 2018). Es médico pediatra en el Centro Médico de la Universidad de Concepción.

___________________________________

Eliah Germani, Author of Volver a Berlín (2010,) winner of National Book Council of Chile Prize in the category of unpublished stories, and of Objetos personales (2015). His short-stories have been included in the anthology Puro Cuento (Paris: Marco Antonio de la Parra, 2004,) inEnclave: Revista de la creación literaria en español (CUNY, 2012), in the literary journal Hispamérica (U.S.A, 2013), in Brevilla: Revista de minificción (2017) and in Los huesos y otros cuentos, the anthology of the “Paula” Short-Story Contest (Alfaguara, 2018.). He is a pediatrician at the University of Concepción Medical Center.

 ________________________________________________________

download-3.jpgimages-1.jpg

¿Sushi o Latkes?

Por

Eliah Germani ©

     Goldstein apretó nervioso el acelerador, todos los semáforos pretendían detenerlo, se le aparecían una y otra vez cerrándole el paso con su rojo obstinado. Tenía el tiempo justo para llegar al aeropuerto, no podía perder el avión, el porvenir de su negocio dependía de aquel encuentro. A esa hora los japoneses ya volaban de Sao Paulo rumbo a Buenos Aires. Goldstein debía viajar desde Santiago para encontrarse en Ezeiza con ellos, en un salón vip especialmente reservado. Allí, antes de que los japoneses continuaran viaje a Tokio, tendrían la reunión de aproximación personal a su proyecto. Más tarde, Goldstein pernoctaría en un hotel de la Avenida Córdoba y por la mañana retornaría a Chile. Pero esta era la hora del taco y su auto avanzaba con una lentitud agobiante. El viaje había surgido de repente, sin planificación, a último momento, como un golpe de suerte que no se podía dejar pasar. Por fortuna ya tenía en la cartera su ticket electrónico, solo llevaba equipaje de mano y en el aeropuerto no debería hacer más que embarcar. Su encuentro con los japoneses era un reconocimiento importante: el pequeño ingeniero chileno había llamado la atención de los capos de la microelectrónica. A última hora pidió a Nurit que le preparara el bolso de viaje. La llamó desde la oficina. ¿Y Janucá?, reclamó Nurit sorprendida. ¿Te olvidaste de Janucá? ¡Si tenemos todo preparado para esta noche! Goldstein se sintió culpable. En nombre del trabajo de nuevo pasaba por alto una festividad que a su familia le importaba. ¡Verdad que es hoy día!, se trató de disculpar. Te esperaremos en casa para encender la primera vela, dijo Nurit, no puedes decepcionar a los niños. Es imposible, a esa misma hora estaré volando. ¿Y si cambias tu cita para otra fecha? ¿Y disgustar a los japoneses? ¡Impensable! Ellos son los que ponen las reglas. Sería pésimo alterarles la agenda. Nurit no ocultó su desencanto y sin despedirse colgó el teléfono. Pero después preparó el bolso de viaje para Goldstein, y se lo fue a dejar a la oficina. Evitó encontrase con él, no quería verlo. La secretaria se hizo cargo del bolso, con un guiño de complicidad femenina.

       El control de pasaportes se prolongó más de la cuenta. La larga fila de pasajeros avanzaba con una calma exasperante. Cuando Goldstein llegó hasta la policía ya habían anunciado el embarque de su vuelo. Apenas cumplida la revisión personal se apresuró a retirar su bolso, que emergía desde el escáner con una insoportable lentitud. Pero un policía le ordenó seguirle hasta el mesón de control. Debo revisar su equipaje, explicó. Sí, pero rápido, por favor… Estoy a punto de perder el vuelo. El policía, con una parsimonia enervante, se puso unos guantes desechables y abrió el bolso. Como un prolijo cirujano que examina un abdomen abierto, comenzó a explorar en su interior. Dos segundos más tarde, con gesto triunfante, alzó ante el sorprendido Goldstein un candelabro de Janucá. Usted lleva un objeto metálico, un objeto contundente que no está permitido en el equipaje de mano, dijo mientras le tomaba el peso al candelabro, como si se tratase de un arma peligrosa. Disculpe, no tenía idea… mi mujer me preparó el bolso. Goldstein comprendió la buena intención de Nurit, su deseo de que al menos en la habitación del hotel pudiese cumplir el ritual de Janucá. Había incluido un par de velas y, precisamente, el viejo candelabro de la abuela, tal vez por ser el más fácil de empacar en un bolso de mano. A los ojos del policía, el tierno gesto de Nurit parecía un intento de encubrir un instrumento potencialmente letal.  Es un elemento romo que pertenece a la lista de los artículos prohibidos, reiteró. ¿El candelabro? ¡Pero si es inofensivo! La única función de un candelabro es dar luz, replicó Goldstein. Puede dejarlo en su equipaje de bodega, sugirió el policía, no está permitido en la cabina. Eso es imposible, ya cerraron mi vuelo, gimió Goldstein. Entonces tendremos que eliminarlo, concluyó inconmovible el policía. Goldstein vio con desesperación que su viejo candelabro se iría al basurero. Era herencia de la Oma, se lo había dedicado a él, el nieto mayor. Por un segundo se le apareció su imagen de jovencita, aquella fotografía en blanco y negro de cuando emigró a Chile. La imaginó procurando salvar su pobre equipaje de los controladores nazis, la última humillación antes de escapar de Alemania. Y se vio a sí mismo dialogando con los directivos japoneses, jugándose la oportunidad de su vida. También imaginó la soledad del hotel en Buenos Aires y la noche de Janucá, despojada de luz sin su candelabro, sin esa llamita de tiempos antiguos, ese legado de incontables generaciones que persistía a pesar de tantas fronteras adversas. Porque justamente hoy era su turno de revivir ese milagro de supervivencia. Goldstein, olvidando las reglas, exigió con brusquedad el candelabro. Entonces no se podrá embarcar, advirtió el policía. Démelo de una vez, reclamó Goldstein. Sin el candelabro no me embarco.

     Pensativo caminó hacia el estacionamiento. Era prioritario excusarse con los japoneses, puntualmente, apenas pusieran pie en Buenos Aires. Con ironía pensó que se había ganado más de diez mil puntos en contra. Recordó la caja de chocolates finos que llevaba como regalo de presentación y decidió que ahora sería para Nurit. Pero tenía que  llamar a casa. Respondió su hija. Con el tono más natural del mundo, Goldstein le dijo que acababa de salir de la oficina, que ya estaba en camino, que se alegraba de la celebración en familia. Y supo que su alegría no era fingida. Los niños lo esperaban para la cena de Janucá, que ellos mismos habían preparado con Nurit. Latkes en lugar de sushi, pensó, y esa fue su primera sonrisa en toda la jornada. Invadido por un genuino bienestar aceleró hacia la autopista. Llegaría a casa justo a tiempo para recitar la vieja oración de gratitud al Eterno, “que hizo milagros a nuestros antepasados en aquellos días, y en estos tiempos”. Y junto a la ventana encendería una velita en el candelabro de la abuela. Sabía que su luz le traería paz.

_________________________________________________________________________________________

images.jpg   download-5.jpg

“Sushi or Latkes?”

By

Eliah Germani

     Goldstein nervously put his foot down on the accelerator, all the traffic lights were trying their best to stop him. They would appear time and time again, blocking his way with their obstinate red. He just had just enough time to arrive at the airport. He couldn’t miss the first plane out; the future of his business depended on that scheduled meeting. By this time, the Japanese must already be flying from Sao Paulo on their way to Buenos Aires. Goldstein needed to travel from Santiago to Buenos Aires’ Ezeiza Airport to meet with them, in an especially reserved VIP lounge. There, before the Japanese continued on to Tokyo, they would meet in person about his project. Then, Goldstein would spend the night at a hotel on Cordoba Avenue and, in the morning, return to Chile. But this was rush hour and his car was advancing with tiresome slowness. The trip had come up suddenly, without planning at the last moment, like a stroke of luck that he couldn’t pass up. Fortunately, he already had his boarding pass in his wallet, he brought only a carry-on bag, and once in the airport, he had only to board. His meeting with the Japanese was an important recognition for him: the insignificant Chilean engineer had caught the attentions of the capos of microelectronics. At the last minute, he had asked Nurit to pack his bag. He called her from the office. Hanukkah!, protested Nurit, surprised. “You forgot Hanukkah? We have everything prepared for tonight! Goldstein felt guilty. Because of work, he had once again ignored a holiday that was important to his family. Of course, it’s today! he tried to apologize. We will wait for you at home to light the first candle, Nurit said, “you can’t disappoint the children. It’s impossible, by that time, I’ll be in the air. Can’t you change your appointment to another date? And upset the Japanese? You can’t do that! They are the ones that make the rules. It would be terrible to change the schedule on them.  Nurit didn’t hide her displeasure, and without saying goodbye, she hung up the phone. But later, she made up the travel bag for Goldstein, and she went off to leave it at his office. She avoided meeting him; she didn’t want to see him. The secretary took charge of the bag, with a wink of feminine complicity.

     Passport control took much too long. The long line on passengers moved forward with an exasperating calm. By the time, Goldstein reached security, they had already announced that his flight had begun boarding. Having barely passed through the x-ray machine, he hurried to retrieve his bag that was emerging from the scanner with an unsupportable slowness. But the inspector ordered him to follow him to the inspection table. I have to check your luggage, he explained. Yes, but quickly please. . .I’m about to miss my flight. The inspector, with an exasperating lack of urgency, put on his disposable gloves and opened the bag. Like a meticulous surgeon, examining an open abdomen, he began to explore its interior. Two seconds later, with a triumphant gesture, he raised in front of a surprised Goldstein, a Hanukkah menorah. You are carrying a metal object, a blunt object that is not permitted in carry-on baggage, he said, while weighed the candelabra in his hand, as if he were dealing with a dangerous gun. Forgive me, I didn’t know. . .my wife packed the bag. Goldstein understood Nurit’s good intentions, her wish that in the hotel room, he could at least fulfill the Hanukkah ritual. She had included a pair of candles, and precisely, his grandmother’s menorah, perhaps because it the easiest one to pack in a carry-on. In the eyes to the inspector, Nurit’s tender gesture appeared to be an intent to hide a potential lethal instrument. It’s a blunt object, something that is on the list of things that are prohibited. He reiterated. The candelabra?  It is clearly inoffensive. It’s only function is to give off light. Goldstein replied. You can put it in your checked baggage, the guard continued, but it is not permitted in the cabin. That’s impossible! They’ve already closed the flight, Goldstein groaned. In that case, we will have to remove it, the inspector finished, unmoved. In desperation, Goldstein saw that his old menorah would be thrown into the trash. I was an inheritance from his Oma, it had been dedicated to him, the oldest grandson. For a second, an image of her as a young girl appeared to him, that old black and white photo, taken when she immigrated to Chile. He imagined her somehow being able to save her scant baggage from the Nazi inspectors, the final humiliation, before escaping from Germany. And he envisioned himself conversing with the Japanese, gambling for the opportunity of his life. He also imagined the solitude of the hotel in Buenos Aires and Hanukkah night, divest of light without his candelabra, without that little flame from ancient times, that legacy of uncountable generations who persisted in spite of so many adverse frontiers. Because today precisely, it was his turn to rekindle that miracle of survival. Goldstein, forgetting the rules, abruptly demanded the candelabra. In that case, you won’t be able to board, the guard warmed. Give it to me immediately, demanded Goldstein. Without the candelabra, I’m not boarding.

     Pensively, he walked to the parking lot. It was imperative to apologize to the Japanese, who, punctual, had scarcely set foot in Buenos Aires. With irony, he thought that he had won ten thousand points against himself. He remembered the box of fine chocolates that he was bringing as a gift of introduction, and he decided that now it would be for Nurit. He had to call home. His daughter answered. With the world’s most natural tone of voice, he told her that he had just left the office, that he was on his way, that he was happy about the family celebration. And he knew that his happiness was not feigned. The children were waiting for him for the Hanukkah dinner, that they themselves had prepared with Nurit.  Latkes in place of sushi, he thought, and with that came his first smile of the entire day. Overwhelmed with a genuine feeling of well-being, he accelerated toward the highway. He would arrive home just in time to recite the old prayer of gratitude to the Eternal One, “that he made miracles for our ancestor in those days, in these days,” And next to the window, he would light a little candle on his grandmother’s menorah. He knew that its light would bring him peace.

Translated by Stephen A. Sadow ©

_________________________________________________

 

download-1.jpg

download-3.jpg

Objetos personales por Eliah Germani

 

 

 

One thought on “Eliah Germani — Cuentista judío-chileno/Chilean-Jewish Short-Story Writer — “¿Sushi o Latkes?”/”Sushi or Latkes?”

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google photo

You are commenting using your Google account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.