Eliah Germani — Cuentista judío-chileno/Chilean-Jewish Short-story Writer — “Mi hijo judío”/”My Jewish Son”

E. Germani copy
Eliah Germani

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Eliah Germani. Autor de Volver a Berlín (2010), Premio del Consejo Nacional del Libro de Chile en la categoría cuentos inéditos, y de Objetos Personales (2015). Relatos suyos fueron incluidos en la antología Puro Cuento (Marco Antonio de la Parra, 2004), en Enclave: Revista de la creación literaria en español (CUNY, 2012), en la revista de literatura Hispamérica (U.S.A, 2013), en Brevilla: Revista de minificción (2017) y en Los huesos y otros cuentos, la antología del Concurso de Cuentos Paula (Alfaguara, 2018). Es médico pediatra en el Centro Médico de la Universidad de Concepción.

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Eliah Germani, Author of Volver a Berlín (2010,) winner of National Book Council of Chile Prize in the category of unpublished stories, and of Objetos personales (2015). His short-stories have been included in the anthology Puro Cuento (Paris: Marco Antonio de la Parra, 2004,) in Enclave: Revista de la creación literaria en español (CUNY, 2012), in the literary journal Hispamérica (U.S.A, 2013), in Brevilla: Revista de minificción (2017) and in Los huesos y otros cuentos, the anthology of the “Paula” Short-Story Contest (Alfaguara, 2018.). He is a pediatrician at the University of Concepción Medical Center.

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MI HIJO JUDÍO

          Después de dos inhalaciones de broncodilatador una lucecita de alivio iluminó el rostro de la anciana. Su angustioso jadeo comenzó a atenuarse y su mirada se llenó de gratitud. Sentado en el borde de la cama palpé su pulso regular, si bien algo acelerado. No quise apartar mi mano de su muñeca, para darle ánimo, para que no se sintiera sola, queriendo transmitirle energía y calor humano, más allá del puro roce físico. En la pálida piel de su antebrazo me sorprendieron unos números de tinta, burdamente tatuados. Aparté la vista por respeto, haciendo como que no me había dado cuenta. Su mirada cansada me decía sin palabras que le iba mejor. El apretado moño que ordenaba su pelo gris se veía desarticulado, medio deshecho. Un largo mechón ceniciento le caía sobre el cuello.

          – Bueno, ahora bastará con mantener las inhalaciones de manera regular, tal como lo acabamos de hacer, cada cuatro horas, y tomar dos veces al día una cápsula de este antibiótico que le he traído. Trate de beber bastante líquido y cuando tosa, hágalo con fuerza, para que se limpien los pulmones. Mañana le irá mejor y en dos días más ya podrá levantarse. De todas maneras, me gustaría controlarla en mi consulta para que evitemos otra crisis como ésta.

          La señora Gutmann trató de incorporarse para alargarme su mano afectuosa.

          – ¡Muchas gracias doctor! Usted me ha devuelto el aire… Ahora puedo respirar de nuevo. ¡Es tan terrible este ahogo! Lo que usted ha hecho por mí no tiene precio. Es algo santo, es una mitzvá. ¡Qué Dios le bendiga! ¡Usted es un buen judío, uno que cumple los mandamientos del Eterno! 

          En medio de su fragilidad la anciana transmitía algo imponente. Su agradecimiento era sincero, sus palabras me hacían bien. Me agradaba su suave acento europeo. ¿Para qué decirle que no era judío? ¿Con qué fin contarle que no creía en el Dios de las religiones? Había cumplido esa visita porque me lo pidió Fernando, pues hacía tiempo que no atendía pacientes en domicilio. Lo hacía para no decepcionarlo, para acercarme a él, a ese idealista, a ese loco hijo mío.

          Antes de entrar a la oficina del rabino, Fernando se puso un gorro judío que sacó del bolsillo de la camisa. Tal vez quería que yo hiciese lo mismo, en una mesita del vestíbulo había dispuesto un canastillo con esos gorros, pero no me pareció necesario, pensé que me vería ridículo. El rabino, un Marc Chagall de barba plateada y bonete de terciopelo negro, acomodó su asiento a nuestro lado, evitando que el ancho escritorio, atiborrado de libros y papeles desordenados, fuese una barrera entre nosotros. Como médico que soy, conozco bien la inabarcable distancia que puede imponer un escritorio. Desde la pared lateral, a través de una pequeña ventana abierta hacia el patio interior, se filtraba una cálida luz, tamizada por el soberbio follaje otoñal de un enorme castaño. Por un segundo recordé el castaño de Anne Frank, que pude contemplar desde su propia ventana en un viaje a Amsterdam. La pared opuesta estaba ocupada por diplomas hebreos enmarcados, algunos amarillentos y envejecidos, caóticamente alternados con numerosas fotografías, donde el rabino, mucho más joven, sonreía en compañía de provectos sabios ortodoxos. La pared detrás del escritorio estaba ocupada por un estante pletórico de archivadores viejos y de tomos ajados, que se veían muy leídos. Junto a la puerta de entrada se ubicaba una pequeña vitrina que contenía vasos ceremoniales y un antiguo candelabro de siete brazos, un par de punteros con una manito tallada en el extremo y pomposos ornamentos rituales de plata reluciente. La habitación parecía trasplantada de otro país y de otro tiempo, suspendida en un espacio completamente ajeno al ruidoso desasosiego de Santiago.

          A los quince años Fernando me dijo que tenía el prepucio estrecho, que deseaba operarse, someterse a una circuncisión. Pensé en cómo siendo médico nunca me percaté de la fimosis de mi único hijo. Me sentí negligente, y más encima en mi propia casa. De inmediato mencioné a un urólogo, un colega de confianza, para que efectuase la cirugía. Sin embargo, Fernando ya se había ocupado de ello y quería que lo operase el doctor Rosenfeld, un cirujano infantil, vecino nuestro y padre de sus amigos. No sé por qué no pensé antes en él. No me pareció mal, sin duda era la persona correcta, puesto que Fernando era huésped permanente de los Rosenfeld y desde chico tenía con ellos una relación familiar. Sin pérdida de tiempo se programó la fecha de la cirugía. El día de la intervención lo acompañamos con Nayibe hasta la Clínica. A las puertas del quirófano, cuando nerviosamente nos despedimos de él, nos pidió que no esperásemos el término de la operación, que mejor regresáramos a casa y pasáramos más tarde. No se iba a sentir abandonado, quería estar solo, porque después vendrían los chicos Rosenfeld. Nayibe argumentó con inquietud que su deber de madre era acompañar a su hijo y que no pretendía incomodarle, que sabía mejor que nadie lo que no agradaba a su niño. Entonces Fernando confesó que vendría un rabino para hacer una pequeña ceremonia religiosa, que tal vez nosotros no estaríamos cómodos, que por ser no creyentes él no quería molestarnos, y como era algo de tanto significado solo deseaba tranquilidad, sin tener que preocuparse de reparos familiares. Le dije bromeando que no me parecía una operación tan grave como para tener que llamar a un sacerdote.

          Nayibe, desencantada, dijo que entendía y que prefería no participar en cosas raras. No quedaba más tiempo y tuvimos que despedirnos cuando ya se llevaban la camilla. Fernando desapareció sonriente, haciéndonos una señal de adiós desde el pasillo. Antes de marcharnos a casa nos saludó el doctor Rosenfeld, quién nos dedicó unas frases tranquilizadoras explicando que sería un procedimiento muy breve. Luego traté de apoyar a Nayibe, de calmar su decepción, pero ella no me quiso oír, se sentía engañada y me creía partícipe del complot.

          Nayibe encaró a Fernando apenas llegamos a casa desde la Clínica. En el auto había reinado un mutismo cargado de mala vibra.

          – Así que vas a hacerte judío –dijo con voz agria.

          – No mamá, no me voy a hacer judío: soy judío –respondió Fernando.

          – ¡Tú no eres judío! –Chilló Nayibe- ¡En esta casa no hay judíos!

          – ¡Mamá, entiende de una vez que soy judío! Toda mi vida he sido judío y en mis vidas pasadas también fui judío.

          Me sorprendió el tono impertinente de Fernando. No admitía réplica y dejaba a Nayibe entre la espada y la pared.

          – ¡Así no hablas con tu madre! –intervine.

          – ¿Es que no me pueden tomar en serio? ¿O creen que debo pensar como ustedes?

Nayibe, fuera de sí, le propinó una sonora cachetada y con brusquedad nos dio la espalda, dejándonos en el pasillo.

           – ¡Cría cuervos y te sacarán los ojos! –murmuró sollozando y subió ruidosamente la escalera al segundo piso. Después se sintió un portazo. 

           – ¡No pueden tratarme así! –Dijo Fernando corriéndole las lágrimas- ¡Es tan injusto! ¡Como si alguna vez les hubiese causado problemas!

          – Hijo, no se trata de eso. Lo que a mí me molesta es que nos sorprendas sin aviso, que no hablaras antes con nosotros. Comprende que tu madre se siente herida. ¡No nos merecemos esa falta de confianza!

          Porque no entendimos los signos. Por falta de atención, o por desconocimiento, no percibimos el fuego que inflamaba a nuestro hijo. En casa nunca guardamos alguna práctica religiosa y si alguien nos hubiese preguntado, habríamos dicho que éramos agnósticos. Nayibe y yo fuimos militantes de izquierda en nuestros tiempos de estudiantes y nos conocimos en la lucha política. En ningún momento nos preocupó la religión. Claro, veníamos de familias católicas y celebrábamos la Navidad, como todo el mundo, pero nos negamos a casarnos por la iglesia y nunca pensamos en bautizar a Fernando. Sin embargo, tampoco repudiábamos a los creyentes, Fernando jamás escuchó de nosotros un comentario blasfemo, nada negativo que pudiese explicar el silencio y la cautela de su metamorfosis. ¿Cómo podíamos adivinar que su obstinado vegetarianismo se debía a que nuestra cocina no cumplía las reglas de la comida judía? ¿Y su callado abandono de todas las actividades de los días sábados, como lavar el auto, cortar el césped, ir al supermercado? ¿Podíamos haber intuido que sus viajes de fin de año a Viña del Mar con los Rosenfeld eran para evitar nuestra celebración navideña? Nayibe estaba indignada con los Rosenfeld, suponía que ellos le habían lavado el cerebro a su hijo. Pero el doctor Rosenfeld habló largo conmigo. Me dijo cuánto apreciaban en su casa a Fernando, que lo querían como a un hijo, que ellos eran judíos practicantes, eso no era ningún secreto, que Fernando compartía con gusto las celebraciones caseras, que nunca nadie le insinuó hacerse judío, que incluso él mismo trató de disuadirlo, que le advirtió acerca de la dolorosa historia de su pueblo, pero que la decisión de Fernando obedecía a una determinación íntima, imposible de cambiar, y dadas así las cosas, él no lo iba a abandonar en su camino.

           – Desde hace mucho tiempo deseaba hablar con usted doctor Rodríguez -dijo el rabino apoyando su mano sobre mi hombro-. Permítame, antes que nada, agradecer su visita y su tiempo. Esta conversación es verdaderamente necesaria. Como usted sabe, se trata de su hijo, de nuestro querido Aarón.

          ¿Aarón… así se llama ahora? ¿También se ha cambiado de nombre? Trato de no poner en evidencia mi sorpresa y hago como si fuese lo más normal del mundo. Me tranquiliza el afecto del rabino hacia mi hijo, ha dicho “nuestro Aarón”.

          – No tengo ninguna duda –continuó– de que el tribunal rabínico aprobará el guiur de su hijo, su conversión, y debo disculparme por emplear la palabra conversión, ya que Aarón nunca ha sido otra cosa que un judío piadoso. Usted debe saber que su hijo posee un alma judía, algo muy anterior a su cuerpo perecedero. Su hijo ha guardado las mitzvot no sólo durante esta vida. Es indudable que para él no se trata de algo aprendido, de una carga impuesta, sino de algo tan natural como respirar. Para su hijo nuestros preceptos son alas que permiten volar, que nos elevan por sobre lo cotidiano. Es decir, al hablar de conversión, solo queremos poner las cosas en orden, para que Aarón haga su bar mitzvá -¡a los 15 años ya debería haberlo hecho!-, para que cuente en el minián y pueda subir a la lectura de la Torá. 7

          Pienso en el solitario camino judío de mi hijo, imagino ese silencioso proceso que me ha sido ajeno, esa secreta determinación que no se atrevió a compartir conmigo. Fernando –o Aarón- se ha ganado sin querer la incomprensión de su madre y además ha sacudido innecesariamente nuestras vidas. ¿Acaso su silencio no se siente como menosprecio, como desdén por ser una familia no judía, una familia extraña a su Dios? Sin embargo, me escucho diciéndole al rabino que, aun sin ser religioso, me parece pertinente su teoría del alma judía, ya que no veo otra explicación para esa obsesión de mi hijo, que no tiene raíz familiar ni razón cultural.

          -¿Y no lo tratarán solo como un converso, como un judío de segunda clase?

          A Fernando no le altera mi pregunta. Me resulta nueva su tranquila seguridad. Quizás ya ha meditado acerca de estos pretendidos obstáculos. Pero quien habla es el rabino.

          – Uno es judío, o no lo es. Nadie tiene como meta ser un converso. Se trata de vivir una vida judía. No tengo la menor idea en que consiste una vida de converso. A mí esa palabra no me dice nada.

          – ¿Y no será raro que no tenga un apellido judío?

          – Aarón es mi nombre hebreo –dijo Fernando- y es el único que importa.

          – Los llamados apellidos judíos fueron creación de la burocracia gentil –acotó el rabino- y la mayoría de las veces eran una burla. ¿O le gustaría llamarse señor Pulga, señor Tres Pies, señor Buey, o señor Cabeza Chica…? Estoy traduciendo apellidos de esta misma comunidad. Claro, llamarse así significa que su familia ha vivido nuestra Ley por muchas generaciones, y que ha sufrido además por ello. Lo cual también es válido para Aarón. Si no hubiesen existido los judíos que huyeron de Egipto, o los judíos que en otro tiempo salieron de Babilonia, sin aquellos que perseveraron en su fe a pesar de la Inquisición y las persecuciones, o los que siguieron siendo judíos después del Holocausto, yo no sería judío, su hijo no sería judío y no estaríamos aquí conversando. Nos debemos a ese puñado de sobrevivientes. Somos el mismo remanente.

          – ¿Y no pensaste que tu decisión nos causaría dificultades, que podías herir a tu propia madre? -Me dirigí directamente a Fernando, pero de nuevo habló el rabino.

          – “Vete de tu tierra, de tu familia y de la casa de tu padre”, así habló el Eterno a nuestro patriarca Abraham. Y así de potente ha sido el llamado que recibió su hijo. No piense que es algo menor. Es mucho más que un cambio de domicilio, mucho más que una nueva religión. Es nacer a otra vida. Porque Aarón comienza su biografía de judío. Y nunca ha sido fácil ser judío.

          – ¿Y qué dirán en mi familia? –Dijo en casa Nayibe- ¿Cómo van a reaccionar mis padres con un nieto judío? ¡Me muero de vergüenza!

          Porque la familia de mi mujer es de origen palestino y aunque vivamos en Chile, tan lejos del conflicto, para ellos será como si Fernando se hubiese pasado al bando contrario. Declararse gay habría sido más tolerable. Ya veo cómo mi hijo se gana enemigos. Y por mi parte tampoco me siento libre de reproches ni de mofa. Pero también recuerdo cuando éramos jóvenes, siempre rebeldes y descontentos, obstinadamente distantes de los conservadores propósitos de nuestros padres.

         Sin embargo, contra todos los pronósticos, la reacción de mis suegros no fue negativa. La madre de Nayibe se alegró de que su nieto “tuviese pantalones” para hacer realidad sus sueños, que no iba a dejar de ser un buen muchacho y que, a fin de cuentas, le rezaría al mismo Dios que ella. Para el abuelo, que en su vida de comerciante siempre tuvo amigos judíos, en el póker y en el café, la decisión de Fernando tampoco fue un problema. Los otros familiares reaccionaron con indiferencia.

          Fernando volvió feliz del tribunal rabínico. Se emocionó al contarnos del baño ritual, dijo que fue como nacer de nuevo, lo que para Nayibe no podía sonar como un piropo. Por la noche los Rosenfeld nos invitaron a cenar. Nayibe se negó enseguida, pero al final nos acompañó. Dejó bien claro que no tenía nada que celebrar.

          Mi hijo, cargando en sus brazos el rollo sagrado de la Torá, encabeza solemne una pequeña procesión a través de la sinagoga. Cubierto por su manto de oración semeja un príncipe oriental, un noble retoño de sus antepasados árabes, con su andar elegante y su hermoso rostro bíblico. Los asistentes se acercan reverentes y besan con devoción el rollo que porta mi hijo. Nayibe, a mi lado, después de dos noches sin dormir, observa conmovida, tratando de ocultar sus lágrimas. Yo sé que está asistiendo a una boda, la boda de su único hijo, una unión no deseada e inevitable, su matrimonio con la ley de Moisés y el pueblo de Israel. Reconozco a la vieja señora Gutmann que con ojos húmedos se inclina devota al paso del rollo santo. Veo a la anciana rodeada por un ancho manto de luz. El mismo manto radiante que envuelve a mi hijo.

 

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MY JEWISH SON

          After two inhalations from the bronchodilator, a little light of relief illuminated the face of the old woman. Her anguished gasping began to diminish, and her gaze filled with gratitude. Sitting on the edge of the bed, I palpated her pulse, normal, if a bit fast. I didn’t want to take my hand from her wrist, to raise her spirits, so that she wouldn’t feel alone, wanting to transmit to human energy and warmth, beyond the physical level. In the pallid skin or her forearm, I was surprised by some inked numbers, crudely tattooed. I looked away in respect, acting as if I hadn’t noticed. Her gaze said without words that she was doing better. The tight bun that kept her gray hair in place looked disorganized, half undone. A large ashen lock fell over her neck.

        Mrs. Gutmann tried to straighten up in order to reach out her affectionate hand to me.

        “Thank you so much, doctor! You have brought air back to me. . .Now I can breathe again. This drowning feeling is terrible! What you have done for me is priceless! It’s something sacred, it’s a Mitzvah! God bless you! You are a good man, one who fulfills the Commandments of the Eternal One.”

          In the midst of her fragility, the old woman was transmitting something extraordinary. Her thanks were sincere, her words didn’t feel right to me. Her soft European accent pleased me. Why should I tell her that I wasn’t Jewish? To what purpose tell her that I didn’t believe in the God of the religions? I had made this visit because Fernando asked me too, since it’s been a while since he made house calls. I made it so as not to disappoint him, to get closer to him, to that idealist, that crazy son of mine.

          “Good, it will now be sufficient to keep up the inhalations in the usual manner, so that we will do as just did, every four hours, and twice a day, take an antibiotic that I brought you, try to drink enough liquids. And when you cough, do it forcefully in order to cleanse your lungs. Tomorrow, you’ll feel better, and in two more days you will be able to get up. Surely, I would like to keep an eye on you through visits to my office, so we can prevent another crisis like this one.”

          When he was fifteen, Fernando told me that he had a narrow foreskin, that he wished to have an operation, to submit himself to a circumcision. I thought about how it could be that as a physician I had never noticed my son’s phimosis, I felt negligent, especially as it had happened in my own home. Immediately, I mentioned a urologist, a trusted colleague, to carry out the surgery. Fernando had already taken responsibility for it and wanted Dr. Rosenfeld, a pediatric surgeon, our neighbor and father of his friends to do it. I don’t know why I hadn’t thought about him earlier.  It didn’t seem like a bad idea. Doubtless, he was the correct person,  since Fernando was a permanent resident in the Rosenfeld’s home, and since he was a youngster, he had a family-like relationship with them. Without wasting time, the date for the surgery was scheduled. The day of the intervention, Nayibe and I accompanied him to the Clinic. At the doors of the operating room, when we nervously said goodbye to him, he asked us not to wait to until the end of the operation, that it was better that we return home and comeback later. He wasn’t going to feel abandoned, he wanted to be alone because the Rosenfeld kids would come by later. Then, Fernando confessed that a rabbi would come to do a small religious ceremony, that perhaps we wouldn’t be comfortable, that for being non-believers, he didn’t want to bother us, and since it was something of such importance, he only desired tranquility, without having to worry about family objections. Jokingly, I told him that it didn’t seem to me to be such a serious operation that there was need for a priest.

          Nayibe, disillusioned, said that she understood and that she preferred not to participate in strange things. There was no time left, and we had to say goodbye, while they were already taking away the gurney. Smiling, Fernando disappeared, waving goodbye from the hallway. Before leaving for home, we greeted Dr. Rosenfeld, who offered us some calming words, explaining that the procedure would be very brief. Then, I tried to support Nayibe, to calm her disappointment, but she didn’t want to hear me; she felt tricked and thought me to be a participant in the plot.

          Nayibe confronted Fernando when we had scarcely arrived home from the Clinic. In the car, a silence, filled with bad vides, reigned.

         “So, you are going to become Jewish,” she said in a bitter voice.

         “No, Mom, I am not going to become Jewish. I am Jewish,” Fernando responded.

          “You are not Jewish,” she shrieked, In this house there are no Jews!”

          “Mom, understand once and for all that I am Jewish all my life, I have been Jewish, and in my past lives, I was Jewish too.”

          Fernando’s impertinent tone surprised me. He allowed no contradiction, and he left Nayibe, between a rock and a hard place.

         “Don’t speak that way to your mother!” I intervened.

          “So, you can’t take me seriously! Or do you believe that I ought to think like you?”

          Nayaibe, beside herself, delivered a resounding slap and brusquely turned her back on us, leaving us by way of the hallway.

            “Bite the hand that feeds you!” she murmured, sobbing, and noisily climbed to the second floor, Then, we felt a door slam.

           “You can’t treat me this way!” Fernando said, tears running down his face. “It’s so unjust! As if I’d ever caused you problems!

          “Son, it’s not about that. It’s that you surprised us without warning, that you didn’t speak with us before. Understand that your mother feels hurt. We don’t deserve this lack of trust!”

           Because we didn’t understand the signs. For lack of attention, or by ignorance, we didn’t perceive the fire that was burning inn our son. At home, we never kept any religious practice, and if anyone had asked us, we would have said that we are agnostic. Nayibe and I were left-wing militants during our student days, and we met during the political struggle. Religion never interested us. Of course, we came from Catholic families, and we celebrated Christmas, like everyone else, but we refused to get married in the Church, and we never thought of baptizing Fernando. Nonetheless, we never criticized believers. Fernando never heard us make a disrespectful comment, nothing negative that could explain the silence and the caution of his metamorphosis. How could we have guessed that his obstinate vegetarianism resulted from the fact that our kitchen didn’t comply with the rules of Jewish cooking? And his silent abandonment of all activities on Saturdays, like wash the car, cut the grass, go to the supermarket? Could we have guessed that his end of the year trips to Viña del Mar were to avoid our Christmas celebrations. Nayibe was indignant at the Rosenfelds; she supposed that they had brainwashed her son. But Dr. Rosenfeld spoke with me at length. He told me how much Fernando was appreciated in their house, that they loved his as a son, that they were practicing Jews, that was no secret, that Fernando truly enjoyed the family celebrations, that he had never suggested that he become Jewish, that he himself had even tried to dissuaded him, that he warned him about the painful history of his people, but that Fernando’s decision obeyed an intimate determination, impossible to change, and given how things were, he wasn’t going to abandon his path.

          Before entering the rabbi’s office, Fernando put on the Jewish cap that he took from his shirt pocket. Perhaps he wanted me to do the same, on a small table in the vestibule, the caps were made available in a small basket, but it didn’t seem necessary, I thought that I would look ridiculous. The rabbi, a Marc Chagall with a silvered beard and a black velvet cap, moved his chair to our side, away from the broad desk, crammed with books and papers in disorder, that night create a barrier between us. As the doctor that I am, I know the vast distance that a desk can impose. From the side wall, through a small window open to the interior patio, a warm light was filtering, sifted through the proud autumnal foliage of an enormous chestnut tree.

        For a second, I remembered Anne Frank’s chestnut tree that I could see from her own window during a trip to Amsterdam. The opposite wall covered with framed diplomas in Hebrew, some yellowed and aged, chaotically mixed with numerous photos, in which the rabbi, very much younger, was in the company of elderly orthodox wise men. The wall behind the desk was occupied by an abundance of old filing cabinets and tied up tomes, that appeared to have been much read. Nest to the entry door was placed a small glass cabinet that contained the ceremonial glasses and an ancient candelabra with seven branches, a pair of pointers, each with little carved hand at the end and opulent ritual ornaments of shining silver. The room seemed transplanted from another place and another time, suspended in a space completely removed from the noisy restlessness of Santiago.

         “For a long time, I’ve wanted to speak with you doctor Rodríguez,” the rabbi said, resting his hand on my shoulder.” Permit me, before anything else, to thank you for your visit and your time. This conversation is truly necessary. As you know, it is about your son, our dear Aaron.”

          Aaron. . .so that’s what he’s called now? He’s also changed his name? I try to not show my surprise, and I act as if it were the most normal thing in the world. The rabbi’s affection for “our Aaron” calmed me.

          “For a long time, I’ve wanted to speak with your doctor Rodriguez,” the rabbi said, resting his hand on my shoulder.” Permit me, before anything else, to thank you for your visit and your time. This conversation is truly necessary. As you know, it is about your son, our dear Aaron.” “I have no doubt,” he continued, that the rabbinical court will approved you son’s guiur, his conversion, his conversion, and I should apologize for using the word conversion, as Aaron has never been anything but a pious Jew. You should know that your son possesses a Jewish soul, something, that comes from long before his mortal body. Your son has kept the mitzvoth not only during this life. It’s undoubtable that for him, it’s not something learned, an imposed burden, but rather something as natural as breathing. For your son, our precepts are the wings that permit him to fly, that elevate us above the everyday. That is to say, speaking of his conversion, we only want to get things in order, in order that Aaron has his Bar-Mitzvah. At fifteen years old, it should have already happened, so that he counts in the minyan and can come up to read from the Torah.

          I think of my son’s solitary Jewish path. I imagine that silent process that has left me apart, that secret determination that he didn’t dare to share with me.  Fernando, or Aaron, has won without wanting the understanding of his mother, and moreover, he has shaken our lives unnecessarily. Could this silence not be felt as distain for our being a non-Jewish family, a family estranged from God? Nevertheless, I hear myself saying to the rabbi that, even without my being religious, his theory of the Jewish soul seems pertinent, since I don’t see another explanation for that obsession of my son, who doesn’t have a family tie or cultural reason behind it.

          “And won’t they treat him as only a convert, like a second-class Jew?”

          Fernando isn’t upset by my question. His tranquil confidence seems new to me. Perhaps he had already thought about these so-called obstacles. But it is the rabbi who speaks.

        “You are a Jew, or you aren’t one. Nobody has as a goal to be a convert. You try to live a Jewish life. I don’t have the slightest idea of what the life of a convert is like. To me, that word is meaningless.”

          “Won’t it be strange that he doesn’t have a Jewish last name?”

          “Aaron is my Hebrew name, the only one that matters.”

          “The so-called Jewish names were the creation of the Gentile bureaucracy,” the rabbi clarified. And in most cases, it was done as a joke.  Or, would you like to be called Mister Flea, Mister Three Feet, Mister Ox or Mister Small Head. . .? I am translating names from this same community. Of course, to be called so signifies that your family has lived by our Law for many generations and has suffered all the more so for it. This is also valid for Aaron. If the Jews who fled Egypt hadn’t existed, or the Jews of another time who left Babylon, without those who persevered in their faith in spite of the Inquisition and the persecutions, or those who continued being Jewish after the Holocaust, I wouldn’t be a Jew, your son wouldn’t be a Jew, and we wouldn’t be here talking. We owe it to this handful of survivors. We are the same remnant.”

          “And you didn’t think that your decision would cause problems for your own mother, that you could hurt her?” I was talking to Fernando, but the rabbi spoke again.

          “Leave your land, your family and the house of your father,” so spoke the Eternal One to our patriarch Abraham. And the call that your son received was that potent. Don’t think it is anything less. It’s much more than a change of domicile, much more than a new religion. It’s being born into another live. For Aaron is commencing his biography as a Jew. And it has never been easy to be Jewish.”

          “And what will they say in my family?” said Nayibe at home. “How will my parents react to having a Jewish grandson? The shame is killing me.”

          For the family of my wife is of Palestinian descent, and although we life in Chile, so far from the conflict, for them, it will be as if Fernando passed over to the other side. To declare himself gay would have been more tolerable. I already see my son gaining enemies. And for my part, neither do I feel free of reproaches and nasty jokes. But I also remember that when we were young, always rebellious and discontent, obstinately distant from the conservative leanings of our parents.

          Nevertheless, against all predictions, the reaction of my in-laws wasn’t negative. Nayibe’s mother was pleased that her grandson “wore the pants” to make his dreams come true, that he wasn’t going to stop being a good boy, and that, at the end of the day, he would pray to the same God that she did. For the grandfather, who in his life as a merchant had Jewish friends, for poker, in the café, Fernando’s decision wasn’t a problem either. The other relatives reacted with indifference.

          Fernando returned happy from the rabbinic tribunal. He became emotional as he told us about the ritual bath, he said it was like being born once more.  To Nayibe, that couldn’t sound like a complement. That night, Rosenfelds invited us to supper. Nayibe refused right away, but finally, accompanied us. She made it very clear that she had nothing to celebrate.

          My son, carrying in his arms the sacred rolls of the Torah, solemnly leads a small procession across the synagogue. Covered by his prayer shall, he seems like an oriental prince, a noble child of his Arab ancestors, with his elegant way of walking and his Biblical face. Those in attendance reverently approach and kiss with devotion the rolls that my son carries. Nayibe, by my side, after two sleepless nights, observes moved, trying to hold back her tears. I know that she is attending a wedding, the wedding of her only son, a union not desired or inevitable, his matrimony with the law of Moses and the people of Israel. I recognize the old Mrs. Guttman, who with damp eyes, leans devotedly toward the passing of the holy rolls. I see the old woman surrounded by a wide shall of light. The same radiant shall that envelops my son.

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Eliah Germani —  “¿Sushi o Latkes?”/”Sushi or Latkes?”

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