Silvia Plager– Novelista judío-argentina/Argentine-Jewish Novelist — De: “La rabina”/From: “The Female Rabbi”

 

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Silvia Plager

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Silvia Plager — Novelista

Silvia Plager nació en Buenos Aires. Es conocida por sus novelas  cuyos temas y protagonistas están muy relacionados con el mundo femenino. Entre sus obras de ficción se cuentan  Mujeres pudorosas, La baronesa de Fiuggi, la novela histórica Malvinas, la ilusión y la pérdida, escrita en co-autoría con Elsa Fraga Vidal, La rabina, Boleros que matan y El cuarto violeta.También ha publicado un libro de ensayos Nosotras y la edad, e incursionó en el humor con Al mal sexo buena cara y Como papas para varenikes.  En 2016, publicó un libro de cocinar Mi cocina judía. Sus novelas y cuentos han aparecido en  antologías publicadas en la Argentina y en traducción en EEUU y otros países .

Plager obtuvo los premios Corregidor, Faja de Honor de la SADE (Sociedad Argentina de Escritores), y resultó finalista del Concurso Planeta 2005.

Ha colaborado en los diarios La Opinión, La Prensa, El Cronista y Clarín y en las revistas Puro Cuento, El Cuento (México), Noaj (Israel), Claudia, Davar, Para Ti, Vosotras, Per fil, Acción, Arca del Sur, Acción y Raíces.

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Silvia Plager — Novelist

Silvia Plager was born in Buenos Aires. She is known for novels, often historical in nature, whose protagonists and themes are related to women’s lives. Among her works of fiction are  Mujeres pudorosas, La baronesa de Fiuggi, the historical novel Malvinas, la ilusión y la pérdida, written with Elsa Fraga Vidal, La rabina, Boleros que matan y El cuarto violeta. She has also published a book of essays Nosotras y la edad, and tried her hand at humor: Al mal sexo buena cara y Como papas para varenikes. Her cookbook Mi cocina judía came out in 2014. Her books and stories have appeared in anthologies published in Argentina and in translation in he United States and other countries.

Plager won the Corregidor Prize, the Sash of Honor of the Argentine Writers Society (SADE), and she was a finalist in the 2005 Planeta Competition.

She has collaborated in newspapers:  La Opinión, La Prensa, El Cronista and Clarín and in the magazines Puro Cuento, El Cuento (México), Noaj (Israel), Claudia, Davar, Para Ti, Vosotras, Per fil, Acción, Arca del Sur, Acción y Raíces.

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La rabina de Silvia Plager

Un fragmento de la novela

[La argentina Esther Fainberg recibe su ordenación como rabina en Nueva York:]

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          Bajo un palio portátil, sostenido por cuatro seminaristas, les hicieron entrega de la smijá. Si alguien desprevenido hubiese visto a la pareja bajo la jupá, recibiendo la bendición rabínica, habría creído que se estaba realizando una boda.

          Las expectativas de los parientes de los flamantes rabinos, después de la equívoca acreditación, que para parte del público hubiese sido un oportuno cierre, estaban puestas en las prédicas. No sólo los que iban a someterse al desafío estaban nerviosos sino también todos los aquellos que los querían bien. Se corrían rumores de desmayos, de tartamudos . . .Las anécdotas sobre la excelencia de algunos, la mediocridad de muchos, el triste papel de pocos, tensaba los ánimos.

          Nada es urgente, podría pensarse, dada la calma de Stephen Sadow, el joven de cuidada barba pelirroja, que, envuelto en su manto ritual, enfrentaba a la audiencia. Su voz poseía de poco caudal y acercaba demasiado la boca al micrófono, pero se notaba en su apostura, y en la manera de decir, que estaba preparado para su función: “Las leyes de Dios deben estar en la tierra y en el cielo. El rabino es una especie de socio de Dios”, afirmó dirigiendo la mirada hacia el lado de sus maestros. Para finalizar analizó lo que sostenía Leo Baeck, refiriendo a la preservación del judaísmo y sosteniendo, como él, que si los campos paganos no hubieran preparados por el judaísmo, la difusión del cristianismo habría sido imposible.

          Cuando bajo del estrado para cederle el púlpito a su compañera de ordenación, fue felicitado por rabinos, profesores y familiares. Los flashes de las máquinas estallaron y hubo un breve desorden que enseguida fue corregido.

          Ahora le tocaba a ella. Habría querido que Sadow se extendiera aún más en su prédica. Que estaba espectacular, le habían dicho, y el cumplido le resultó fuera del lugar. No era un cumpleaños ni una boda. Quizá las alabanzas referidas a su cara, su cuerpo y su arreglo trataban de enviarle un mensaje: “Qué importa si no te desempeñas a la altura de Stephen: eres tan bonita que los errores te serán perdonados”.

          Colocó sobre el púlpito un pequeño recipiente de vidrio y sacó un fósforo para encender la vela que había en él. Tuvo un recuerdo para sus muertos, en especial para su abuela y para Saúl, que se había ido tras su amada Lina. Quedó sujeta a un emotivo silencio.

          Jaim se preocupó, pensando que quedaría trabada en sus sentimientos. Esther volvió a acariciar su medalla talismán, rogando por lo bajo. Al ver la expresión desesperada de Jaim, el deseo de tenerlo codo a codo, transmitiéndose mutua fuerza, se le hizo insoportable. El protocolo los separaba, pero ella hubiese querido estar cruzando del brazo de él en la avenida costanera de Tel Aviv rumbo a aquel small café, the park across the way. Afortunadamente, Jaim tenía el sostén de los chicos. Ella intentó sostenerlo con la mirada.

          La prédica se basó en los profetas y en la libertad de expresión:

          “Por Sión no callaré, por Jerusalén no quedaré mudo,” dijo. Y los ojos en la concurrencia, citando a Isaías. Los verdaderos profetas dominaban el arte y la estilística. Eran estadistas, poetas, genios que profetizaban muchas veces a disgusto de los poderosos. Por algo en su declaración del Estado de Israel, se incluyen “la paz y la justicia de los profetas de Israel”.  Julda, coetánea del profeta Jeremías, fue consultada por el rey Josías cuando se descubrió en el templo el rollo de la Torá. En la época bíblica, las mujeres tuvieron un papel importante. La exclusión posterior se debió a que los judíos miraban más a Atenas que a Jerusalén: en su República, Platón pone en un mismo plano a los niños, mujeres y esclavos. No se iba a detener, dijo, después de quince minutos de discurso, en las que lograron saltar el anonimato como Bruria u otras, sino en las que no recibieron la misma educación que se le impartía a los hombres y si iban a la casa de estudios sólo las autorizaban a escuchar . . . Por último, hizo una semblanza de la primera rabina, silenciada por aquellos que la consideraban un desafío a la ortodoxia.

          A Regina Jonas, ordenada en Alemania cuando comenzaba el nazismo y asesinada en Auschwitz, le dedicaba su prédica. También a sus padres, su hermana, familiares, maestros . . .Pero en especial, a James Steiner, sin su amor, y el de sus hijos Lucy y Dan, no habría podido llegar a ese momento. En el inicio ya había traído la presencia de los ausentes. Señaló la vela: ésta se iba a apagar, no la que lleva encendido en su corazón.

          Esther tuvo que desembarazarse de las efusivas demostraciones de sus pares. Cuando logró abandonar el lugar que ocupaba en el estrado y se abalanzó hacia los niños, ellos estaban brazo en brazo. Jaim la esperaba a un costado. Se besaron, y muy juntos, posaron para la foto.

          La mano de Lucy seguía sujetando la de Esther, en el momento que pidieron a todos volver a sus asientos: faltaba la bendición del rabino. En el vino de honor ya habría tiempo para continuar con las felicitaciones y las fotografías.

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The Female Rabbi by Silvia Plager

A fragment of the novel

[Esther Fainberg, from Argentina, receives her ordination as a rabbi in New York:]

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           Under a portable canopy, held up by four seminary students, they  received the Smihah. If anyone unaware had seen the couple under the chupah, receiving the rabbinic benediction, he would have thought that a wedding was taking place.

          The expectations of the brand new rabbis’ the relatives, after the confusing accreditation process, that for part of the audience would have been an appropriate ending, were focussed on the sermon. Not only those who were subjected to the challenge were nervous, but also all those who wished them well. Rumors flew about faintings, stammerers . . . The anecdotes about the excellence of some, the mediocracy of many, the sad job done by others, made the mood tense.

          Nothing is urgent, it could be thought, given the calm of Stephen Sadow, the young man with a well-kept red beard, who, wrapped in his prayer shall, was facing the audience. His voice was low, and he was too close to to the microphone, but his bearing, and, and in his way of speaking, showed that he was prepared for his task: “God’s laws should be on earth and in heaven. The rabbi is a kind of partner with God” he affirmed, directing his gaze at his teachers. In concluding, he analyzed Leo Baeck’s contention, referring to the preservation of Judaism, and maintaining like he did, that if the pagan lands had not been prepared by Judaism, the diffusion of Christianity would have been impossible.

           When he stepped down from the podium in order to relinquish the pulpit to his ordination partner, he was congratulated by rabbis, professors and relatives. The camera flashes went off, and there was a brief commotion that immediately was halted.

             Now, it was her turn. She would have wished that Sadow’s sermon had made his sermon even longer. That he was spectacular, they had told her her so, and the compliment seemed exaggerated to her. This wasn’t a birthday party or a wedding. Perhaps the praise referred to his face, his body and his looks were trying to send her a message: That it doesn’t matter if you don’t perform at Stephen’s level: you are so pretty that your errors will be pardoned.”

          She placed a small glass container, and she took out a match to light the candle that was inside. She remembered her dead, especially her grandmother, and Saul, who had died after his beloved Lina, She stayed transfixed in an emotional silence.

          “For Zion’s sake will I not hold my peace, and for Jerusalem’s sake I will not rest,” she said. And with her eyes on the audience, citing Isaiah, The true prophets dominated art and stylistics. They were statesmen, poets geniuses who prophesied many times to the displeasure of the powerful. It was for a reason, that in their declaration of the founding of the State of Israel, were included  the words “the peace and the justice of the prophets of Israel.” Hulda, a contemporary of the prophet Jeremiah, was consulted by King Josiah when a Torah roll was discovered in the Temple. In the Biblical period, women played an important role. The later exclusion of women drives from the fact that the Jews looked more to Athens than to Jerusalem; in his Republic, Plato puts children, slaves and women at the same level. That was not going to stop, she said after fifteen minutes of discussion, that she wouldn’t end with those who succeeded in escaping anonymity like Bruria and others, but rather with those who didn’t receive the same education that was imparted to men, and, who if they went to the study house, were only authorized to listen . . . As she concluded, she gave a portrait of the first female rabbi, silenced by those who saw her as a threat to orthodoxy.

          To Regina Jonas, ordained in Germany while Nazism was beginning and assassinated in Auschwitz, she dedicated her sermon. Also, to her parents, her sister, teachers , , , But especially to James Steiner, without whose love, and that of his children Lucy and Dan, she would not have been able to reach this moment.  Before she began, she had already brought forth his presence of those who were absent. She pointed to the candle flame that she was going to extinguish, not the one she carried in her heart.

           Esther had to free herself from the effusive displays of her colleagues. When she succeeded in leaving the place she occupied on the podium and rushed to to the children, they were arm in arm. Chaim waited at one side. They kissed, and very close together, posed for photographs.

             Lucy’s hand continued holding Esther’s when they asked everyone to return to their seats; the rabbi’s benediction was still to come. In the official reception,  there would still be time to continue on with the congratulations and the photographs.

Translation by Stephen A. Sadow

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Rabinas son sus Certificados de la Ordenación/Rabbis with their Certificates of Ordination

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Novelas por Silvia Plager/Novels by Silvia Plager

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El libro de cocina de Silvia Plager

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Par comprar libros de Silvia Plager

Una entrevista con Silvia Plager/An interview with Silvia Plager

A video of a Rabbinical Ordination

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