Ricardo Feierstein — Escritor judío-argentino/Argentine-Jewish Writer — “Naciones Unidas en Villa Pueyrredón”/ “The United Nations in Villa Pueyrredón”

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Ricardo Feierstein

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Ricardo Feierstein—poeta, novelista, ensayista y arquitecto—nació en Buenos Aires 1942. Reconocido como “uno de los escritores judío-argentinos más importantes”, él ha publicado tres poemarios, La balada del sol (1969,) Inventadiario (1972,), and Letras en equilibrio (1975) y una antología bilingüe Las edades/The Ages (2004). Fue otorgado un Premio Municipal en Literatura por su triología de novelas Sinfonía inocente (1984). Por muchos años, Feierstein ha sido una fuerza importante en la escena literaria argentina. Sus treinta libros publicados incluyen las narraciones Mestizo (1994), Homicidios tímidos (1996), La logia del umbral (2001), Consorcio Utopía (2007), Cuadernos de un psicoanalista (2010), Las novias perdidas (2011) y El caso del concurso literario (2013). Se tradujeron sus obras al ingles, francés. italiano, alemán y hebreo. Feierstein es Director Editorial en Acervo Cultural Editores.

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Ricardo Feierstein—poet, novelist, essayist and architect—was born in Buenos Aires in 1942. Hailed as “one of the most important Argentine Jewish writers,” he has published three books of poetry, La balada del sol (1969,) Inventadiario (1972,), and Letras en equilibrio (1975) and a bilingual anthology Las edades/The Ages (2004). He was awarded a Municipal Prize in Literature for his trilogy of novels, Sinfonía inocente(1984). He has long been a major force in Argentina’s literary scene. His thirty published works include the narratives Mestizo (1994) Homicidios tímidos (1996,) La logia del umbral (2001,) Consorcio Utopía (2007,) Cuadernos de un psicoanalista (2010),  Las novias perdidas (2011) and El caso del concurso literario (2013.) His works have been translated into English, French, Italian, German and Hebrew. Feierstein is the editor-in-chief of Acervo Cultural Editores.

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“Naciones Unidas en Villa Pueyrredón”

          Describe tu calle y pintarás el mundo (o una del las “Argentinas posibles”).

          Cruzando la avenida Mosconi estaba la farmacia de Néstor, el judío que no hablaba idish. Luego el negocio de medias del gallego Alvarez, cuya hija sería la directora de televisión, la zapatería de don David, un judío ruso, y la tapicería del italiano Nicola, cuyo mal humor se tornó exagerado el día en que tomó a su hija-que había reprobado el grado en la escuela–la ató de pies y manos y la cruzó sobre las vías del tranvía como castigo (atentas vecinas impidieron el sacrificio).  Seguía la carnicería de Cortazza, otro italiano, el que le decía a mi madre, después de cada compra, si era verdad que sólo nosotros íbamos a comer todo eso. Con el Cortazzito menor nos empujaron a pelearnos en medio de un partido de fútbol y, como en las películas, pude presionarlo con una mano sobre su rostro, desde el suelo, y le restregué la cabeza contra el cordón de la vereda. Esa acción me permitió llevar una vida apacible entre mis iguales, los años siguientes, sin necesidad de reválida.

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          La esposa del dueño del bar no sabía hablar castellano, pero cocinaba como los dioses. Sus guisos se hicieron famosos, casi tanto como el mondongo de la familia portuguesa que compró el negocio años después, y lo transformó en un restorán. El yugoeslavo original, tosco y de pocas palabras, un vez echó a golpes de su local al más grande de los riojanos Nieto (lo que no es poco decir), porque hablaba a gritos y no dejaba escuchar la programación del único televisor del barrio, ubicado en ese negocio.

          Por otro lado, se decía que a la vuelta, sobre Tequendama, vivía de incógnito un criminal de guerra, el croata Ante Pavelic. Nuestras minuciosas indagaciones infantiles–en la vivienda con amplio parque indicada–sólo confirmaron la presencia de un niño delgado de pelo amarillento, que no hablaba bien el idioma y al que no le permitían juntarse con nosotros.

           Después del bar, ya en esta vereda, venía mi casa y, siguiendo el recorrido, el almacenero González (gallego de ley), Pocho, el revendedor de coches-de ascendencia italiana, pero gran bailarín de tango y totalmente aporteñado–, el pastor evangelista Maselli (un suizo que durante la semana fabricaba mosaicos y los domingos, se sacaba el mameluco e iba a predicar por el Señor) y la”zona árabe” donde pasé buena parte de mi infancia con mis mejores amigos: los Achcar, dos familias libaneses cristianas que fabricaban pañuelos, con cuyos hijos formamos una alianza indestructible y donde conocí las delicias de carne picada cruda y el condimento con perejil. La madre de mi amigo fumaba, lo cual era una revolución.

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          Caminando tres cuadras, hasta Avenida Mosconi y Concordia, se encontraba la calesita barrial, justo a la izquina. Los primeros años funcionaba con el recurso de un viejo caballo atado al centro, quien, con los anteojeras de cuero para no marearse, daba vueltas y vueltas a su noria cotidiana para hacer girar ese vehículo de ensueño que los niños adorábamos. Casi nunca pude sacar la sortija-que permitía  otra vuelta gratis–, pese a múltiples tácticas que inventábamos en los ratos libres. El calesitero–que al poco tiempo incorporó un motor y abandonó la tracción de sangre–tenía una enorme habilidad para revolear la pera de madera, en cuyo extremo asomaba la anilla del anhelado premio. Aunque debo admitir que, una vez, después de que mi madre pagara media docena de vueltas al carrousel, me pareció que dejó la mano quieta a mi paso y pude arrancar esa sortija soñada, por única vez.

          Un día, me perdí; tendría cinco años cuando salí a caminar en la dirección de la calesita y, sin darme cuenta, cuando no reconocí las veredas que atravesaba, aceleré demasiado el paso en sentido contrario. Al rato estaba detenido en una esquina, lagrimeando. Un peatón se me acercó:

          — ¿Qué te pasa?!

          –Me perdí–contesté entre hipos.

          –Pero, ¿vos nos sos el hijo de don Isaac, el sastre?

          Diez minutos después, estaba de vuelta en casa. Mi barrio, mi casa, mi familia, todo eso era parte de mi mundo. Todos me conocían, yo conocía a casi todos.

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          El equipo de fútbol barrial, por las tardes, no podía admitir diferencias, entre otras cuestiones porque nunca llegamos a ser los once reglamentarios. Constituíamos una especie de Naciones Unidas en miniatura. Yo jugaba a la defensa junto al ucraniano Juan, el Negrucho (el menor de los Nieto), Cortazzito, dos gitanos, el Daddy y el chico del pastor evangelista. En el ataque llegaron a jugar el porteño Roldán, el hijo de un albañil polaco, el Cabezón (que sería después de Pascual, el segundo opa del barrio), Tito de la mercería catalana y Edo, mi amigo árabe. Porque siempre faltaban varios: una vez el vigilante se llevó a cuatro detenidos por jugar en la calle; otra, un coche frenó a centímetros de mi cabeza (acababa de arrojarme y detener de manera espectacular un remate el ángulo) y mi madre, enterada, me dio de baja del equipo por varios meses.

          Los vecinos nos saludaban en Rosh Hasahaná y nosotros a ellos en Navidad, Como transacción, todos los chicos recibíamos regalos el 6 de enero, Día de Reyes. En las noches calorosas, se sacaban las sillas a la vereda e intercambiaban recetas de cocina. Se decía en casa que uno de los Grimaudo, los de la mueblería, simpatizaba con el grupo nacionalista y antisemita Tacuara; nunca se confirmó pero al igual que sucedía con los varios ladrones y cuchilleros de las calles aledañas, jamás se hubieran atrevido a molestar a un vecino.

          La experiencia anti-judía más intensa de esos años ocurrió cuando uno de los muchachos de la barra del bar (que sentados en la vereda, apostaban sobre la terminación de número del patente del auto que pasaría por la calle) me apoyó la mano en la cabeza y dijo:

          –Mira que sos feo, rusito, eh , , ,

          Tuvo mala suerte. Por allí andaba nuestro perro Alex, un ovejero enorme y algo tonto. Habrá pensado que el joven quería pegarme; porque se le abalanzó y lo corrió durante treinta metros, aferrándose el pantalón. El damnificado vino a protestar después y no aceptó que mi padre, el mejor sastre a medida de la zona, le cosiera la rotura. De modo que hubo que entregarle un pantalón nuevo, como precio de la dignidad canina.

          Ello no alcanzó para disminuir el afecto del barrio para Alex. Por las noches, miraba televisión junto a nosotros y, cuando llegaron las tandas publicitarias, pedía salir a pasear. Uno le abría el picaporte y, solo, se iba a dar la vuelta de la manzana. Cuando volvía, se sentaba en la puerta hasta que el primer vecino que pasaba, viéndolo allí, tocaba el timbre para avisar que lo dejáramos entrar.

          Mis padres hablaban idish entre ellos-para que no comprendiéramos la conversación-y con el zapatero don David. Todos los sábados la familia grande de tíos, paisanos, primos y abuelos–quizá veinte o treinta personas–nos reuníamos para actividades sociales acordes la edad, los hombres jugaban al dominó o al póker. las mujeres al rumy y los chicos a figuritas o al fútbol.

          Sea por discusiones políticas o procedentes del mismo juego, todas las reuniones terminaban con un griterío en un idish gesticulante–uno de ellos siempre perdía, nadie quería de tenerlo como compañero por los horrores que cometía–y mi abuela tratando de calmar los ánimos.  En los intersticios, el zeide contaba historias infantiles, y paisanos rememoraban en interminables asociaciones junto al fogón y calentándose las manos un un vaso de té, una saga europea con logros y padecimientos.

          Nosotros escuchábamos absortos, los ojos muy abiertos. Las celebraciones judías proporcionaban también, encuentros familiares-gastronómicos donde nuestros estómagos se fueron acostumbrando a las delicias de Europa oriental combinadas con manjares de la tierra argentina.

          Así, crecimos con mate y guefilte fish, locro y latkes espolvoreados con azúcar, medialunas de grasa y strudel, café con leche y té en vaso con terrón de azúcar en la boca, hasta arribar a la común y económica polenta/mamaligue. Una mezcla sabrosa, nutritiva, llena de vida y esperanzas.

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De: Stephen A. Sadow y Ricardo Feierstein. Desde afuera y desde adentro: Dos excursiones por la cultura judeoargentina. Buenos Aires, 2009.

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“The United Nations in Villa Pueyrredón”

          Describe your street and you will paint the world (or one of the “possible Argentinas”.)

          Crossing Mosconi Avenue was pharmacy of Néstor, the Jew who spoke Yiddish, the stocking shop of the The Galician Alvarez’s, whose daughter would become a television director, the shoe store of Don David, the Russian Jew, and the upholstery shop of the Italian Nicola, whose foul moods became excessive the day he took his daughter–who had failed her grade in school–and he tied her hands and feet onto the streetcar rails as punishment (watchful neighbors halted the sacrifice.) Then came the butcher shop of Cortazza, another Italian. the one who asked my mother after each purchase, if it was true that we only were going to eat all that. With the Cortazzito, junior, I got into a fight during a game of fútbol, and, as in the movies, I was able to put pressure on his face, from the ground, and I rubbed his face against the edge of the sidewalk. That act allowed me to life a peaceful life among my equals, during the following years, without the need of further proof.

          The bar owner’s wife didn’t know how to speak Spanish, but she was a fabulous cook, Her stews became famous, almost as much as the sausages of the Portuguese family who bought the bar years later., and transformed it into a restaurant. The original Yugoslav, crude and of few words, once forcibly threw out the oldest of the the of the Nietos, from Rioja province (which is saying a lot,) because he shouted and wouldn’t let the programs of the only television in the neighborhood, located in that place, to be heard.

         On the other side, that is, around the corner, on Tequendama, lived incognito a war criminal, the Croat Ante Pavelic. Our childlike painstaking investigations–in the dwelling with an ample yard–only confirmed the presence of a thin boy with yellowish hair, who didn’t speak the language well and who was not permitted to join us.

          After the bar, still in the same sidewalk, came my house and continuing the tour, the grocer González (a full-fledged Galician,) Pocho, a used car salesman–of Italian heritage, but a great tango dancer and totally adapted to Buenos Aires, the Evangelist pastor Maselli (a Swiss) who during the week made tiles and on Sundays, took off his overalls and went out to preach for the Lord) and the “Arab zone” where I passed a good part of my childhood with my best friends, the Achcars, two Lebanese Christian families who make handkerchiefs, an with whose children I formed an indestructible alliance and where I came to know the delicacies of chopped aw meat and the condiment with parsley. My friend’s mother smoked, which was revolutionary.

          Walking on for three blocks, until reaching Mosconi Avenue and Concordia, you came to the neighborhood carrousel, right on the corner. In the early years, it functioned by means of an old horse, who, with leather blinders so that he would not get dizzy, walked around and around his daily wheel  to make that fantastic vehicle that we children adored. I almost never caught the ring–that allowed a free turn–despite the multiple tactics the we invented in our spare time. The carrousel owner–who soon thereafter, brought in a motor and abandoned the living traction–hand an enormous talent for spinning the wooden holder, in whose end was placed the pull ring to the desired prize. Though, I have to admit that, once, after my mother paid for a half dozen turns on the carrousel, it seemed to me that he left his hand still as I passed and I could catch the the dreamed of ring, for the only time.

          One day, I got lost; I must have been about five, when I went out to walk in the direction of the carrousel, and, without realizing it, when I didn’t recognize the sidewalks where I walked, I sped up too much in the other direction. After a while, I was stopped at a corner, weeping. Some one approached me.

          “What’s wrong?”

          “I’m lost,” I answered between whimpers.

          “But aren’t you the son of don Isaac, the tailor?”

          Ten minutes later, I was back at home. My neighborhood, my home, all of that was part of my world. Everyone knew me, and I knew almost everyone.

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          During the afternoons, the neighborhood fútbol team couldn’t pay attention to personal differences, among other issues because we never were able to got to the eleven called for by the rules. We constituted a sort of United Nations in miniature. I played defense along with the Ukrainian Juan, (the Negrucho, the youngest of the Nietos,) Cartazitto, two gypsies, the Daddy, the son of the Evangelist pastor. On the attack were the Buenos Aires born Roldán, the son of a Polish mason, The Cabezón, who would be, after Pascual the second dullard of  the neighborhood,) Tito from the Catalan sewing shop and Edo, my Arab friend. Because several were always missing: one time, the watchman took away four for playing in the street, another, a car braked and missed by head by centimeters (I had just thrown myself forward and stopped crossing shot in a spectacular manner a and when my mother found out, wouldn’t let me play on the team for several months.

           The neighbors greeted us on Rosh HaShana, and we did the same to them at Christmas. By agreement, all the kids received presents the 6th of January 6, the Day of the Three Kings, During the hot nights, the chairs were set out on the sidewalk,  and they interchanged recipes. It was rumored that one of the Grimaudos, the ones who owned the furniture store, was a sympathizer of Tacuara, the nationalist and anti-Semitic group; this was never confirmed, but just as happened with the thieves and the brawlers from the adjoining streets, they never would have dared to bother a neighbor.

          The most intense anti-Jewish experience of those years occurred when one of the boys from the gang from the bar (who, seated on the sidewalk, were gambling on the last number of the license plate of the car that would pass by in the street) his placed his hand on my head and said:

          “Look how ugly you are, Jew, eh . . .

          He had bad luck. Nearby was our dog Alex, a an enormous and somewhat stupid shepherd. He probably thought that the young fellow wanted to hit me; he leapt up and chased him for thirty meters, clinging to his pants. The victim later came over to protest and didn’t permit my father, the best tailor to measure in the zone, to sew up the rip. So that my father had to deliver to him a new pair of pants, as the price of canine dignity.

              That didn’t diminish the affection of the neighborhood toward Alex. At night, he would watch television with us, and when the commercials came on, he would ask to go out to for a walk. One of us would open the latch for him, and he would go around the block; he would sit at the door until the first neighbor who passed by, seeing him there, would press the doorbell to let us know to let him come in.  

           My parents spoke Yiddish with each other–so that we couldn’t understand the conversation–and with don David, the shoemaker. Every Saturday, the extended family of uncles, other Jews, cousins and grandparents–perhaps twenty to thirty people– got together for social activities, in accordance with our ages, the men played dominos or poker, the women gin rummy and the children. picture cards or fútbol.

           Be it for the political discussions or the games themselves, all the get- togethers ended with shouting in a gesticulated Yiddish–one of them always lost, nobody wanted to have him as a partner for the horrors that he committed–my grandmother trying to calm them down. During the interstices, the zeide, my grandfather, told children’s stories, fellow Jews and family recalled in interminable associations, near to the stove and warming their hands with a glass of tea. a European saga with successes and suffering,

          We listened absorbed, our eyes wide open. The Jewish celebrations also provided family-gastronomic gatherings where our stomachs were becoming accustomed to the delicacies of Europe combined with the specialities of the Argentine land.

          And so, we grew up with mate and gefilte fish, meat with vegetables and latkes sprinkled with sugar, medialunas (greasy croissants) and strudel, coffee with milk and tea in a glass with a cube of sugar in the mouth, until arriving at the common and economical polenta/mamligule. A tasty, nutritive mixture, full of life and hopes.

Translation by Stephen A. Sadow

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From: Stephen A. Sadow y Ricardo Feierstein. Desde afuera y desde adentro: Dos excursiones por la cultura judeoargentina. Buenos Aires, 2009.

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