Carlos Szwarcer — Escritor judío-argentino/Argentine-Jewish Writer — “El reloj de esfera celeste”/”The Watch with the Sky-Blue Dial”

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Carlos Szwarcer

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Carlos Szwarcer es historiador, periodista y cuentista judío-argentino. Es especialista en la historia de los sefardíes en la Argentina y ha coleccionado muchos testimonios orales de la gente vieja sefardí de los barrios de Buenos Aires.

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Carlos Szwarcer is a Jewish-Argentine historian, journalist and short-story writer. He is a specialist in the history of Sephardic Jews of Argentina, and he has collected many oral testimonies from older people in Sephardic neighborhoods of Buenos Aires.

Hechizo Sefaradí

El Café Izmir

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Reloj, Nieto, Abuelo

Derechos reservados de las fotos, Carlos Szwarcer

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El Reloj de esfera celeste

Por Carlos Szwarcer

 

Ese domingo al mediodía la casa estaba de fiesta, se celebraba una importante fecha familiar. Una enorme nube negra, que empalidecía todos los colores, se corrió para dar paso al tibio sol de agosto que desde el ventanal se derramó lentamente por el comedor. Mi abuelo, de traje oscuro, impecable, y mi abuela, que lo miraba con sus intensos ojos negros, azabaches, quedaron por unos instantes iluminados. Sonreían radiantes.

El tenía la mirada profunda y melancólica. Tan firme era su paso y elegante su figura que parecía uno de esos actores maduros norteamericanos, como un personaje salido de la pantalla del cine Rívoli (1). Con el cuello duro -de tanto aguzar la vista- lo observé desde mis lozanos seis años queriendo desentrañar esa marca diluida, especie de medialuna delineada tenue y enigmática en su amplia frente. ¿Un golpe, un accidente, una caída, una pedrada; quizás un estigma o una señal divina? Esa huella del pasado que quería dilucidar y sobre la que jamás me atreví a preguntarle…

Muchas veces escuché los lamentos: “es un esclavo de su trabajo” o “… si queremos estar bien tiene que sacrificarse”. Y él siempre sentenciaba: “cuando me jubile tendré todo el tiempo…” Esta frase la repetía cada vez que intentaba explicar sus llegadas tarde a cenas y festividades religiosas, o su ausencia en algunos cumpleaños.

Pero nada de eso me importaba en aquel momento; allí estaba él, junto a mi abuela. Y acurrucado, desde mi asiento, ese mediodía no le saqué la vista de encima. Su sobriedad era quebrada por un gracioso y melodioso tono de voz articulando dichos ancestrales o el refrán exacto para el momento justo de la conversación. Algo nuevo me llamó la atención: descubrí en su muñeca izquierda un moderno reloj de esfera celeste que enseguida me fascinó. Esforcé la vista, más aún, intentando descubrir qué era ese diminuto elemento que giraba y giraba oficiando de segundero. Tal fue mi concentración que mi abuelo se interesó en saber qué le pasaba a su nieto mudo, patitieso y con cara de bodoque extasiado.

– Te diré algo, pero no le contarás nada de nada a “dinguno” (3) – dijo, con gesto severo.

Asentí con un leve movimiento de cabeza, y aún más nervioso e intrigado con sus próximas palabras.

– ¿Qué miras?, preguntó – Ah… ven aquí… ¿El reloj, no es cierto? – agregó con voz firme, y una sonrisa que irradiaba satisfacción.

 “Me sentó sobre sus rodillas y le revelé lo que había despertado mi curiosidad: “el color, ese celeste azulado raro, abuelo… y el segundero”. Ya de cerca observé que el mecanismo amarillo nacarado que rotaba rítmicamente era una especie de ave con las alas extendidas.

En ese momento previo al almuerzo, en medio de ruidos de platos y copas que se apoyaban sobre la mesa, me contó que el reloj se lo había comprado a un marinero griego que llegó al café “con un bogo de chucherías y cigarrillos importados” y que le gustó por los números grandes que marcaban las horas, porque los veía bien, y sobre todo el segundero. Llegaron los platos humeantes y me dijo: “ve a tu silla”. Y con un guiño de ojo me prometió que después de comer me contaría algo que nadie sabía.

Apenas terminamos de almorzar sembraron la mesa con platos dulces y mermelada de arrope. Completaba el ritual el “café a la turca”, pero mi abuelo corrió la silla, se hizo del pocillo, y tomándome de la mano me llevó al living. Se dejó caer muy lentamente sobre el mullido sillón de pana ocre y fue entornando los ojos. Quedamos en silencio y, cuando dio el primer sorbo al café, una breve ráfaga de viento fresco, que irrumpió inesperadamente desde la puerta entreabierta del patio, le hizo exclamar: “oj oj oj…” (2) Siempre que se encontraba a gusto, feliz, lanzaba esa expresión que, a mí, inevitablemente, me hacía reír, y me devolvió una serena sonrisa mientras me fui sentando en el apoyabrazos del sofá, expectante por lo que me iba a contar.

– Mira el ave que gira y gira aquí y que te hizo “pedrer la kalma” – marcó con su dedo el reloj reluciente- ¿Sabés por qué se lo compré al griego? Porque su color me hizo “akodrar”, bah… me vino a la cabeza, el mar de mi casa, en Izmir. ¿Entendés bojor? Esmirna, mi pueblo. Y estas “estreas” parecen las mismas del aquel cielo. Pero lo que más me “embelekó” fue este lindo “pasharo” que da vueltas y vueltas, igual que “aqueas” aves que veía volar “basho” y después llegar a las nubes. Pero un día – extendió su brazo hacía el techo y abrió su mano separando bien los dedos – el cielo se hizo negro, negro de toda negrura; y los “pasharos” azafranados se fueron todos “shuntos”, “fuyeron” de a cientos. Ruido, “muncho” ruido. Fuego y humo. Mi “kirida”madre me ‘disho en esos días negros: “vate de aquí, lejos, como aqueas aves. Vate de aquí… a otras tierras a otros cielos”. Y me fui… (4)

Mi abuelo, pensativo, continuó: “¿A ti también te gusta el reloj “vedrá”? Mira… lo “guadraré” para ti. Dicen lumbreras que es de sabios “deshar” lo que “mos” gusta a “ken” más queremos. Te lo “desharé para ti, para cuando seas hombre, para cuando celebremos tu Bar Mitzvá” (5)-(6) – me aseguró con cara seria y ceño fruncido, como quien estaba diciendo algo muy delicado e importante.

En esos momentos no entendí del todo la profundidad de sus palabras, sin embargo, me sentí feliz porque me estaba dando su confianza, contándome una historia íntima sobre él, su ciudad, mi bisabuela, y lo más importante es que compartíamos un secreto. Pasaron los años y nunca más hablamos sobre el tema. De tanto en tanto cuando él usaba ese reloj, levantaba la muñeca izquierda, y me guiñaba el ojo. Lamentablemente, unos meses antes de mi Bar Mitzvá, falleció. Y pensar que tanto repitió: “¡Cuando me jubile tendré todo el tiempo!”. Al final no alcanzó a jubilarse. ¿Dónde habrá ido a para su reloj? Nadie supo jamás lo que me había contado.

No recuerdo cómo llegó a mí el reloj despertador a cuerda que hace añares descansa sobre mi cómoda y que – aunque está descompuesto – conservo como una reliquia. ¿Lo compré o me lo regalaron? ¡Ah, esas trampas de la memoria! Tiene una esfera de un celeste intenso, salpicada de estrellas blancas, y un segundero amarillo que en el pasado giraba y giraba acompasadamente. Seguramente que su parecido al reloj pulsera de mi abuelo no es casual. Si bien su vidrio está roto y su mecanismo oxidado, es mágico: ha logrado, de alguna forma, detener el tiempo, su imagen me lleva a otras imágenes, sus horas a otras horas. Como en un juego travieso y sutil mi mente se ubica en otras coordenadas, en otra dimensión se conecta a través de ese reloj con la niñez de mi abuelo, con su origen, y con mi propia niñez. Entonces, aquella charla secreta plena de una hermosa complicidad vuelve a mí y, en algunas ocasiones, cuando miro fijo mi viejo reloj despertador de esfera celeste, milagrosamente su segundero parece girar nuevamente; el pájaro amarillo vuela bajo otra vez por la bella Esmirna del Asia Menor, se eleva hasta las nubes y regresa a mi Buenos Aires, para recordarme uno de los tantos lugares de donde vengo.

Notas:

1) Cine de Villa Crespo. Barrio de Buenos Aires que concentró en el siglo XX gran cantidad de inmigrantes europeos, muchos de ellos judíos: sefaradíes y ashkenazíes.

Las siguientes palabras o párrafos que abajo se aclaran proceden del Djudezmo: habla de los sefaradíes, denominada indistintamente ladino, judeoespañol, castellano antiguo, espanyol, españolit. Idioma de los judeo-españoles del siglo XV y que sus descendientes mantuvieron, con ligeras variantes, según la región, en cada aldea o ciudad en la que se afincaron luego de la expulsión.

2) Expresión que significa satisfacción por un clima agradable o el disfrute de un aire puro y refrescante.

3) Ninguno.

4) “Mira el ave que gira y gira aquí y que te hizo perder la calma – marcó con su dedo el reloj reluciente- ¿Sabes por qué se lo compré al griego? Porque su color me hizo acordar, bah… me vino a la cabeza, el mar de mi casa, en Izmir. ¿Entiendes? Esmirna, mi pueblo. Y estas estrellas parecen las mismas del aquel cielo. Pero lo que más me encantó fue este lindo pájaro que da vueltas y vueltas, igual que aquellas aves que veía volar bajo y después llegar a las nubes. Pero un día – extendió su brazo hacía el techo y abrió su mano separando bien los dedos – el cielo se hizo negro, negro de toda negrura; y los pájaros azafranados se fueron todos juntos, huyeron de a cientos. Ruido, mucho ruido. Fuego y humo. Mi querida madre me dijo en esos días negros: vete de aquí, lejos, como aquellas aves. Vete de aquí… a otras tierras a otros cielos”. Y me fui…”

5) “¿A ti también te gusta el reloj verdad? Mira… lo guardaré para ti. Dicen lumbreras que es de sabios dejar lo que nos gusta a quien más queremos. Te lo dejaré para ti, para cuando seas hombre, para cuando celebremos tu Bar Mitzvá”.

6) Bar Mitzvá. Del hebreo: Ceremonia en la que el joven asume la madurez religiosa, derechos y obligaciones. Fiesta familia.

Carlos Szwarcer. © 2007.

Publicado en “Los Muestros”. N° 70. Marzo de 2008. Bruselas. Bélgica.

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Villa Crespo, Buenos Aires – c.1955

 

 

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Watch, Grandson, Grandfather

Photos, rights reserved by Carlos Szwarcer

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The Watch with the Sky-Blue Dial

By Carlos Szwarcer

 

That Sunday at midday the house was in a party state, an important family date was being celebrated. An enormous black cloud, that made all the colors seem pallid, passed by to give way to the warm August sun, that from the picture window flowed slowly through the dining room. My grandfather, in a dark suit, impeccable, my grandmother, who was watching him with intense black eyes, jet black, illuminated for a few instants. They were smiling radiantly.

He had a deep and melancholy gaze, his step was so firm and so elegant his figure that her resembled one of those experienced American actors, like a character out of a screen a the the Rivoli Movie Theater (1). He wore a stiff collar—to make him look more impressive–. As a vigorous six-year old, I observed him, wishing to figure out that faded mark, a sort of half moon, delineated faintly and enigmatically in his broad forehead. A blow, an accident, a fall, a hit by a stone; perhaps a stigma or divine sign? That trace of the past that I wanted to elucidate and never dared to ask him  . . .

So many times, I heard the laments: “he is a slave to his work” or    “  . . . if you want to do well, you have to sacrifice.” And he always declared, “when I retire I will have all the time in the world. . . He repeated that phrase every time he attempted to explain his late arrivals at dinner parties and religious festivals or his absence from some birthday parties.

But nothing of that was important to me in that moment: there he was, together with my grandmother. And snuggled in my seat that afternoon, I couldn’t take my eyes off him. His sobriety was broken by a graceful and melodious tone of voice enunciating ancestral sayings or the exact refrain for the appropriate of the conversation. Something new captured my attention: I discovered on his left wrist was modern watch with a sky-blue dial that immediately fascinated me. I strained my gaze, even more, trying to discover what was that diminutive element that turned and turned, officiating as second hand. Perhaps it my concentration that made my grandfather want to know what had happened to mute grandson, stiff and with an exited face.

“What are you looking at?” he asked. “Ah . . . come here      . . .the watch, isn’t that right?” He added with a firm voice and a smile that irradiated satisfaction.

I will tell you something, but you won’t tell any of it at all to “dinguno’,” he said with a stern gesture.

I agreed with a slight movement of my head, even more nervous and intrigued by his next words

I sat on his knees, and I told him what had awakened my curiosity: “the color, that sky-blue strange blueness, grandpa”. Now closeup, I observed that the pearl-yellow mechanism that rotated rhythmically was a sort of bird with its wings extended.

At that moment before lunch, in the midst of the noise of plates and cups that were being put on the table, he told me that he had bought in from a Greek sailor who turned up at the café “with deals on novelties and imported cigarettes” and that he liked for its large numbers that marked the hours, so that they could be easily seen, and above all for the second hand. The steaming plates arrived, and he told me: “Go to your seat.” And with a wink he promised me that after we ate, he would tell me something that nobody else knew.

We had hardly finished lunch, they spread over the table pates of sweets and grape marmalade. He finished the ritual of “Turkish coffee.” when my grandfather moved his seat, took his cup, and taking me by the hand, brought me to the living room. He sat himself down on the soft chair with ochre-colored velveteen, and he half-closed his eyes. We were silent, and, when he took his first sip of coffee, a short gust of fresh warm air that unexpectedly came in through the half-open patio door, make him exclaim, “Oj, oj, oj . . . “(2) Whenever he found himself at ease, happy, he’d throw out that expression, that inevitably made me laugh and he replied with a serene smile, expectant for what he was doing to tell me, while I was seated on the arm of the sofa, waiting anxiously for what he was about to tell me.

“Look at the bird that flies round and round here and makes you ‘pedrer la kalma,’ he pointed with his finger at the shining watch. “Do you know why I bought it from the Greek? Because its color made me ‘akodrar’. Bah . . .it came to mind, . . the sea by my house in Izmir Do you understand ‘bojor.’ Smyrna, my home town. And those ‘esteas’ look like those of that sky. Pero lo que me ’emeblekó’ was this pretty ‘pasharo’ that turns around and around, just like ‘ácueas’ birds that I saw fly ‘basho’ and then reach the clouds. But one day—he lifted his arm toward the ceiling and opened his hand, toward the roof, the blackest of all blacks: and then–separating his fingers widely—the sky became black, the blackest of all the blacknes; and the saffron-colored ‘pasharos’ left all ‘shuntos;’ ‘fuyeron’ in hundreds. Noise, ‘muncho’ noise. Fire and smoke. Mi ‘kirida’ madre me ‘disho’ in those black days: ‘go away from here like those birds. Flee from here. . . to other lands and other skies.’” And I left. (4)

You like the watch too, isn’t that right?” So ,. , .I will keep it for you. The geniuses say that it is for wise men to give what we like to whom we love most. I will leave it for you, for when you become a man, for when we celebrate your Bar-Mitzvah,” he assured me with a serious face and furrowed brow, like someone who was sying something very delicate and important.

My grandfather, thoughtful, continued “You like the watch too, ‘vedrá”” So,  .  . I will ‘’guadraré’ it for you. The geniuses ‘deshar’ that it is for wise men to give what we like ‘mos’ to whom we love most. I will ‘desharé’’ it for you, for when you become a man, for when we celebrate your Bar-Mitzvah.” (5)-(6) 

At that time, I didn’t understand at all the profundity of his words, nonetheless, I felt happy because he was giving me his trust, telling me an intimate story about himself, his city, my great-grandmother, and the most importantly, that we shared a secret. The years passed, and we never again spoke about that subject. From time to time, when he wore that watch, lifting his left arm and winking at me. Unfortunately, a few months before my Bar-Mitzvah, he died. And to think that he so often repeated: “When I retire, I’ll have all the time in the world!” At the end, he didn’t reach retirement. Where can his watch be now?  No one ever knew what he had told me.

I don’t remember how my windup alarm clock came to me that for years rests on my chest-of-drawers and that, despite being broken—I keep it as a relic. Did I buy it or was it a present? Ah, the tricks of memory! It has a sky-blue dial of intense sky blue, dotted with white stars, and a yellow second hand that in the past turned and turned measuredly. Surely its resemblance to my grandfather’s wristwatch isn’t random Even if its glass is broken, and its movement is rusted;  it is magical; it has achieved in some way, to stop time, its image carries me to other images, its hours to other hours. As if mischievous and subtle, my mind found itself in other coordinates, in another dimension it connects through that clock with my grandfather’s childhood, with its origin, and with my own childhood. Then, that secret conversation full of a beautiful complicity comes back to me, and, on some occasions, when I look hard at my old alarm clock with the sky-blue dial, miraculously its second hand seems to go around once again: the yellow bird flies downward once again through the beautiful Smyrna of Asia Minor, it rises toward the clouds and returns to my Buenos Aires, to remind me of one of so many places from which I come.

Notes

1) Movie Theater in Villa Crespo, Buenos Aires. A neighborhood in which large number of European immigrants settled, many them Jews, both, Sephardic and Ashkenazi.

The following words paragraphs, that will be explained below, come from Djudezmo: the language of the Sefardic, also called variously ladino, judeoespañol, castellano antiguo, espanyol, españolit. Language of the Jews of Spain of the fifteenth century and whose descendants maintain, with slight variations, depending on the region, in each village or city in which they settled.

2)Expression that shows satisfaction for a pleasant climate or the pleasure of pure a refreshing breeze.

3) None

4) “Look at the bird that flies round and round here and makes you excited,” he pointed with his finger at the shining watch. “Do you know why I bought it from the Greek? Because its color made me remember. Bah . . .the sea of my house in Izmir came into my head Do you understand boy. Smyrna, my home town. And these stars look like those of that sky. But what delighted me most was this pretty bird that turns around and around, just like those birds that I saw fly down and then reach the clouds. But one day—he lifted his arm toward the ceiling and opened his hand, toward the roof, the —the sky became black, the blackest of all of all the blacks, and the “separating his fingers wide, and the saffron-colored birds left all together. The fled in hundreds. Noise, a lot of noise. Fire and smoke. Mi dear mother told me those black days: “flee here like those birds. Flee here. . . to other lands and other skies.” And I left. (4)

5) “You like the watch too, right?” So, I will keep it for you. The geniuses say that it is for wise men to give what we like to whom we love most. I will leave it for you, for when you become a man, for when we celebrate your Bar-Mitzvah.”

6) Bar-Mitzvah. From the Hebrew. Ceremony in which a boy reaches religious maturity, rights and obligations. A family party.

Translation by Stephen A. Sadow

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