Alberto Gerchunoff (1884-1950) — “Padre de la literatura judío-latinoamericana”/”Father of Latin American-Jewish Literature” — Un capítulo de “Los gauchos judíos”/A chapter from “The Jewish Gauchos of the Pampas”

 

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ALBERTO GERCHUNOFF

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          Alberto Gerchunoff (1884 -1950) produjo una obra que enlaza la

cultura criolla y la judía.  De familia de emigrantes judíos que se establecieron

en Entre Ríos, pronto se incorporó a la vida nacional como periodista en

el diario La Nación, del que en diversas ocasiones fue corresponsal

en el extranjero, principalmente en Chile; fue director del diario El Mundo

(1927). Se distinguió como conferenciante en el Ateneo de Madrid durante

un viaje a Europa que hizo en 1914. Militó en el partido demócrata progresista.

Los gauchos judíos, su obra más conocida (1910) es la colección de cuentos y

cuadros de costumbres  de la vida de los residentes de los colonias agrícolas judías

en las pampas. Gerchunoff es novelista y ensayista de brillante estilo, a veces

un tanto retórico y siempre documentado. Ataca el caudillismo simbolizado por

Hipólito Yrigoyen en El  hombre importante (1934); cultiva el ensayo

en Roberto J. Payró (1925) y El retorno de Don Quijote (póstumo, 1951).

 

          Alberto Gerchunoff (1884-1950) produced a work that links Creole and
Jewish culture.  From a family of Jewish emigrants who settled in Entre Ríos,
he joined national life as a journalist in the newspaper La Nación, for which on
various occasions, he was a correspondent abroad, mainly in Chile; he was director
of El Mundo  newspaper (1927). He distinguished himself as a lecturer at the
Ateneo de Madrid during a trip to Europe in 1914. He was a member of the
progressive Democratic party.  The Jewish gauchos of the Pampas, his best-known
work (1910) contains a series  of interconnected stories based on the life of the
residents of the Jewish agricultural colonies in the pampas. Gerchunoff is a also
novelist and essayist of brilliant style, sometimes somewhat rhetorical and always
well documented. He attacks the caudillismo symbolized by Hipólito Yrigoyen in El
hombre importante (1934) and cultivates the essay in Roberto J. Payró (1925) and
in El retorno de don Quixote. (posthumous, 1951.)
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Comenta la profesora Mónica Szumuk en su muy reciente biografía de Alberto Gerchunoff (2018): “Escribí La vocación desmesurada: Una biografía de Alberto Gerchunoff convencida de que contando la vida de Gerchunoff iba a poder describir una época de la historia del mundo desde la Argentina. . . Gerchunoff fue un periodista    y escritor excepcional, dueño de una voracidad y una insaciabilidad en la escritura y en la vida que lo hacían un guía ideal para este mundo que yo quería describir.”

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Professor Monica Szumuk comments in her very recent biography of Alberto Gerchunoff (2018): “I wrote  convinced that telling the life of Gerchunoff was going to be able to describe a time of the history of the world from Argentina … Gerchunoff was an exceptional journalist and writer, owner of a voraciousness and an insatiability in writing and in life that made him an ideal guide for this world that I wanted to describe.”

Para comprar la biografía de Gerchunoff de Mónica Szurmuk

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Los gauchos judíos, capítulo VI:

El EPISODIO DE MIRYAM

poetrycourse

          Rogelio Míguez y Miryam se entendían únicamente por

medio del canto. Rogelio era el mozo más afortunado de

aquel pago enterriano. Eximio improvisador de vidalitas,

sabía modelarlas en los bailes campestres y arrancar,

junto con lo gemidos de su ilustre guitarra, lágrimas de

las muchachas. Era extraordinario. Garrido en su rudeza

rural, se distinguía entre todos y ninguno podía mostrar

en su vida tantas aventuras de amor. Tampoco era

lo se llama un buen mozo. Tiene siempre la misma cara

taciturna y raras veces reía.

          Los peones de la colonia, envidiosos de sus triunfos,

alegaban en contra suya su ninguna habilidad en el juego

de la taba. Tenía pocos amigos. Los israelitas del pueblecito

lo estimaban por su buen carácter y por su laboriosidad.

Asi, no debía extrañarse que Jacobo Jalerman lo cuidara

como un tesoro. Don Jacobo, viejo de rala barba,

nariz curva y narices secas, antiguo alumnos de la escuela

hebrea de Vilna, cerealista en Besarabia y agricultor en

Entre Ríos,  solía explicar las excelencias

de su peón incomparable. Recorría a comentarios

agudos y a citas difíciles y una tarde llegó hasta convencer

a sus oyentes de que Rogelio aceptaría los  preceptos mosaicos

si las luces escasas le permitiera comprender la verdad.

          —¿Os acordéis de la sentencia de Rabenu Jenuda?–

solía interrogar a propósito al maestro del colegio

colonial–. Decía en mis interpretaciones que sólo

un oscurecimiento maligno de los cerebros impide a todos

los hombres seguir a la ley de Jehová. . .  Miryam, su hija,

profundizaba mucho menos. Para elogiar a Rogelio no necesitaba

las máximas que ocultan los rabinos en los recovecos

del Talmud.  Tampoco entendía las conversaciones del peón.

Hacía poco que habían venido de Rusia y el idioma

le parecía más duro que una piedra. En cambio, comprendía

sus canciones. Cuando Rogelio entonaba una vidalita, ella,

inevitablemente, respondía con un canto judío, extraño al

oído del criollo, que se embelesaba oyéndolo. Y su

rostro moreno se iluminaba al oír a la hermosa muchacha

rubia como la tarde y los trigales. Cuando don Jacobo y

Rogelio salían al campo, Miryam les llevaba el desayuno. Junto

al arado, fuera del surco, entreteniéndose, cada uno en su lengua.

El sol les bañaba en su luz matinal, don Jacobo hablaba de las vueltas

hechas, de la resistencia de los bueyes bíblicos, enormes como

montañas y mansos como criaturas.

Los bueyes teman nombres deprimentes para Rusia: Zar,

Moscú, Zarevich. . .

          Alejandro III tiene una llaga en la nuca . . .                                                                                                                                                                                                     –Pierda cuidado, patrón– respondía Rogelio,

dirigiéndose a Miryam, afirmaba:

          –Está bien el café con leche, patroncita. . .

          –¿Hoy trabajo mucho?”

          –Jugando no más. . .

          En los descuidos de don Jacobo, Rogelio arrojaba

a la muchacha pelotitas de hierba.                                                                                                                                                                                                                              Esas relaciones comenzaron a comentarse en las

tertulias de las colonias. La gente extrañaba la conducta

demasiado liberal de Miryam, hija de un hombre

tan religioso e instruido como don Jacobo. Los comentarios

se convirtieron pronto en murmuraciones. El chico

Isaac los había visto a las dos sentados en la costa del arroyo

que divide el potrero común. Raquel, madre del matarife,

sostenía haberlo encontrado en el mismo sitio y otra vez

los divisó detrás de la casa.

          Don Jacobo no ignoraba esos murmullos, y, claro está,

no creía. A las indirectas de sus amigos del sinagoga,

contestaba con argucias y concluía siempre:

          –Miryam no se casará con un cristiano; no tengan

miedo. Además, Rogelio, por ejemplo, no roba ni mata.

En su cuarto no se encontrarán rollos de alambre ni el cencerro

de la yegua madrina. Con eso aludía a proezas de la familia

más devota de la colonia.

          Sin embargo, don Jacobo, persona prudente, despidió al peón

con un pretexto cualquiera. Así terminaron los cuentos.  El matarife

mismo declaró un sábado que don Jacobo era un hombre de honor

y Miryam una digna muchacha, una muchacha hebrea al fin.

          Pero el asunto concluyó en una manera inesperada.

          Celebrábase la Pascua, instalada en el rancho del matarife.

Estaba lleno  de colonos. Las mozas lucían vestidas de alegres colores y

los mozos hablaban de sus caballos.

          La tarde se anegaba en la pesadumbre del octubre naciente,

y en el potrero bordeado de casuchas, el ganado descansaba.

          Don Jacobo en la túnica sagrada sobre sus hombros, dilucidaba

con su elocuencia habitual detalles complicadas de la Biblia. De

pronto, un niño gritó:

          –¡Miren, miren allá!

          Todos los colonos se salieron de la sinagoga y pudieron

presenciar algo horrible. Rogelio, en su portentoso alazán, venía a

todo correr con Miryam en ancas. Pasaron como viento, erguido

altivamente el criollo, y ella, suelta la cabellera, envolvió a la

gente en una mirada de desafío, hechos una llama los ojos,

y cuando los colonos volvieron de su asombro, la pareja fugitiva

era un punto en la distancia. En el camino, una vasta polvareda

levantaba franjas de oro.

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Alberto Gerchunoff. Los gauchos judíos. Buenos Aires: Agebe, 2009/                             Alberto Gerchunoff. The Jewish Gauchos of the Pampas. trans. Prudencio de Pereda. intro. Ilan Stavans. Albuquerque: University of New Mexico Press, 1998.

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The  Jewish Gauchos of the Pampas, chapter VI:

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Translation from the Spanish by Prudencio de Pereda

 

 

 

 

 

 

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