Susana Gertopán — Novelista judío-paraguaya/Paraguayan Jewish Novelist — Todo pasó en setiembre: Una Novela/ Everything Happened in September: A Novel

 

download.jpg

_________________________________________

Cubierta Gertopan-page-0
Susana Gertopán 

____________________

Todo pasó en setiembre

(fragmento de la novela)

Capítulo 7

-¿Y Jacobo?

Cuando el zeide terminó de formular la pregunta, todas las miradas se entrecruzaron, menos la de mi baba. En ese momento ella tomó con el tenedor uno de los varéniques y lo llevó a la boca como si estuviera sola en la mesa, o no hubiera oído aquella pregunta.

-¿Hace frío hoy? ¿No tienen un saco?

-No hace frío papá– le respondió mi madre.

-¿Y Jacobo?

Entonces el tío Elías intervino.

Tote! ¿Por qué preguntas por Jacobo?

-Porque me escribió una carta y ella, señalándome con el dedo, no me quiere dar, me esconde.

-Yo no tengo ninguna carta tuya, zeide.

Pero el abuelo continuó insistiendo. Repetía una y otra vez aquella queja.

-Jacobo me escribió una carta, y yo quiero esa carta, y nadie me da.

-No hay ninguna carta –dijo mi madre.

Entonces el abuelo la miró, y no volvió a preguntar ni a hablar. Había retornado a su estado de olvidos, extraviado en su laberíntica memoria. De nuevo se encontraba atrapado en el vacío, en un presente sin historia.

La baba no agregó ni una sola palabra, ni siquiera me miró, en realidad a nadie, continuó comiendo sin inmutarse mientras yo sentía por primera y única vez su rechazo.

Estábamos en pleno verano. Diciembre se presentaba como siempre, caluroso. Me encontraba contenta, época de vacaciones, de festejos, de ir al club, nadar, tomar sol. De caminatas por la costanera a mirar el río en días luminosos. Las noches eran claras, el atardecer se prolongaba en las copas de los árboles, en los tejados. Mientras, en los patios, la luna se reflejaba radiante, cómplice de serenatas. Las casas olían a jazmín y las veredas a flor de coco. Disfrutaba ayudar en casa de Marianita a desenvolver las figuras de barro que iban en el pesebre, también a armar el árbol de navidad, colgar las guirnaldas, las estrellas de cartón y la purpurina, focos multicolores cuyas luces guiñaban igual a ojos incandescentes. Y aunque los judíos no celebráramos dicha festividad, igualmente me sentía parte de ciertas costumbres del Paraguay.

De niña, cada cinco de enero yo dejaba en casa de unos vecinos mis zapatos con la intención de recibir algún obsequio; ya de adolescente, abandoné esa tradición, pero adquirí otras como ir a las kermeses en diferentes iglesias, colegios, o escaparme a reuniones que mis padres me prohibían ir porque sabían que me encontraría con el noviecito de turno. Me encantaba transgredir los mandatos impuestos por ellos sobre todo cuando no estaban bien fundamentados y para encubrir aquellas desobediencias estaban Azucena y Marianita, mis fieles compinches. También durante esos años se había decretado en el país el estado de sitio, existían persecuciones, prisión y tortura para los que se rebelaban, a todos los que manifestaban sus “ideas subversivas”. Por ello, la preocupación de mis padres no era solamente que me escondiera para ir a un baile, o a encontrarme con algún joven, sino que formara parte de estos grupos. Mi papá siendo profesor de la Cátedra de Clínica Médica en la facultad de Medicina estaba al tanto de los movimientos rebeldes porque en esa universidad, funcionaba un centro de estudiantes que activaba contra el sistema político.

No debíamos olvidar que estábamos gobernados por un régimen despótico. Vivíamos bajo una dictadura.

Aquel día íbamos caminando Marianita, unas vecinas y también Joaquín por el centro de Asunción. Los sábados a la mañana nos reuníamos algunos amigos en una cafetería conocida, eran muy agradables esos encuentros, a veces llegábamos hasta la costanera, o nos quedábamos a comer empanadas en algún bar o sencillamente recorríamos las calles a modo de diversión, pero de pronto aquella mañana se escucharon unos silbatos, también disparos y gritos. Miré a mi alrededor. Era la policía montada que perseguía a un grupo de jóvenes.

Permanecimos juntos aterrorizados y curiosos por ver qué pasaba, pero de pronto Joaquín comenzó a gritar y a insultar a los represores; entonces se acercó un par de policías a golpearlo con cachiporras. Por suerte dos jóvenes lo ayudaron, y finalmente los tres consiguieron escapar de aquella golpiza, pero en la vereda habían quedado manchas de sangre. Marianita y yo permanecimos quietas, tomadas de la mano. Cuando la gente comenzó a dispersarse regresamos a toda prisa. Apenas entré a mi casa fui directo a buscar a la abuela. Pasé por el zaguán, caminé por el corredor largo de baldosas negras y blancas. De un lado de aquella galería estaban los dormitorios y del otro, un pasillo angosto que también comunicaba a la calle. Atrás del patio se encontraba el baño, la cocina y la pieza de Azucena. Y por último, solitario, estaba el cuarto de mi baba como desprendido del resto.

Me sorprendió encontrar su puerta abierta, como si me estuviera esperando.

Ella estaba cosiendo y escuchando música.

-Hola, baba.

Movió el dial de la radio para bajar el volumen.

-Hola, Freidele. Volviste temprano, ¿qué pasó?

-Hubo una manifestación en la calle, sentí miedo, la policía se encontraba reprimiendo a un grupo de jóvenes en la explanada de la Catedral, por eso todos volvimos.

– El país no se encuentra en un momento muy tranquilo, toda Sudamérica está en manos de gobiernos de derecha, militares, hay que cuidarse, sobre todo ustedes, los jóvenes.

¿Cómo fue tu adolescencia, baba?

Ella levantó los pies del pedal y los apoyó en la baldosa. Se sacó los anteojos, miró la pared y me dijo:

-Triste, lo que acabaste de ver en las calles es muy penoso, nosotros vivíamos a diario persecuciones, represiones. Acá el frío no es desalmado como lo era en mi ciudad. Había días que no teníamos para comer ni con qué abrigarnos, no disponíamos de medicamentos, además del miedo que padecíamos. Entonces, los soldados cuando encontraban a algún judío en la calle lo mataban sin ninguna razón o lo castigaban sin piedad; podía tratarse de jóvenes, mujeres, ancianos, niños, total para ellos era igual, lo único que les importaba era “matar un judío”.

-¿Y tu familia?

-Ellos también sufrían. Ser judío allá y en esos años era muy difícil de sobrellevar.

Los pies de la baba de vuelta comenzaron a pedalear. Y ella, dejó de hablar.

-Cóntame, ¿cómo fue tu vida en Vilna?

No respondió.

Continuó cosiendo.

Me acosté en su cama y miré el techo, también en silencio. Me sentía igual a un ladrón aguardando el castigo por haber cometido un delito. Yo estaba ahí resignada a escuchar la reprimenda de mi baba por haber tomado sin permiso la carta, el boleto y la fotografía. Aunque tampoco tenía la certeza que ella se hubiera dado cuenta de aquel robo. No porque el zeide haya nombrado a Jacobo ella tendría que descubrir mi travesura, aunque no se trataba del juego de una niña, sino del capricho y del enojo de una adolescente tras un ataque de celos.

Estaba aguardando el momento en que ella me manifestara su enojo. De pronto se oyeron unos ruidos extraños que llegaban de la calle. Era la sirena de la camioneta de la policía. Entonces mi baba se levantó de la silla y se acostó a mi lado.

Baba, ¿qué está pasando?

-No sé, debe ser que la policía está buscando a alguien.

– Me da miedo lo que pueda pasar.

-Ya no depende de vos ni de mí lo que vaya a pasar.

-¿Quién fue Jacobo, baba?

-Mi marido.

-¿El papá de mi papá?

-Así es, Freidele.

Escondí las manos debajo de la colcha. La miré. Su rostro reflejaba serenidad.

Baba! Te diste cuenta, ¿verdad?

-En esa carta él me contaba que ya había comenzado la guerra. Que Shimon y él nos extrañaban mucho, a tu padre y a mí. Que ya se encontraban dentro del ghetto.

-Pero no fue eso lo que me leyó el zeide.

– ¿Él te leyó la carta, así como estaba escrita, en yiddish?

-Primero la leyó en yiddish y luego la tradujo.

-¿Y qué decía la carta según tu zeide?

-Hablaba del frío, del hambre, dijo algunos nombres que yo no conocía, y que en la calle había muchas frutas, y que Jacobo estaba en una fábrica. En realidad, no era muy claro su relato.

La baba me acarició el pelo y rio.

-Ah, sabés mi tesoro, aquel boleto era de una entrada al cine, y en la foto está mi familia, fue durante un pesaj, el último que pasábamos juntos.

-¿Quiénes?

-Mis padres, mi marido y mis hijos. En esa fotografía tu papá aún no había cumplido el año y Shimon tenía tres añitos.

-¿Y después qué pasó, baba?

– Luego, tu papá y yo nos escapamos de Vilna.

-¿Solo ustedes?

-Sí. No le conté a nadie del viaje.

-¿Por qué, baba?

Permanecimos acostadas, en silencio, mirando las paletas del ventilador dando vueltas y vueltas. Luego escuché mi nombre. Era mi mamá que me estaba llamando. Me levanté y salí del cuarto. Regresé a visitar a mi baba en la noche. La habitación estaba a oscuras y ella se encontraba en un rincón, meciéndose en el sillón de mimbre.

-No prendas la luz, Freidele.

-¿Baba?

-Sí, meidele

-¿Me perdonás?

Se puso de pie y encendió la luz del velador. Volvió a sentarse en el sillón con la mirada puesta en el suelo y sin levantar la vista, me preguntó.

-¿Por qué? ¿Qué tengo que perdonarte, Freidele?

-Que te haya robado la carta, el boleto y la foto.

-¿Qué cosas?

-Las que estaban guardadas en un sobre amarillento dentro de uno de los cajones de la cómoda.

Ella no respondió. Continuó meciéndose, mientras observaba con ojos lánguidos la noche apagada. Noche insomne que acompañaba el trajín de su vida.

Aquel verano, además de haber cometido un robo, me había enamorado.

Por primera vez sentía deseos, quería estar, encontrarme con Vicente. Era ese joven el que despertaba mis ganas de amar.

Cuando mi madre se enteró de mis encuentros con Vicente, además de castigarme, me habló de los peligros del enamoramiento a mi edad, de las consecuencias que podrían acarrearme un encuentro íntimo con un hombre. Me recitó todos los peligros que se corren al tener sexo, comenzando en el desnudo. Recibí amenazas de mi padre; los dos argumentaban que yo era muy joven para tener novio, además y sobre todo porque Vicente no era de la comunidad, que era apenas un adolescente. Sin embargo, cuando le conté a la baba aquel sentimiento, ella me habló de lo hermoso que es amar, que las experiencias íntimas son eso, íntimas, solo se viven de a dos y que a nadie debía confiar mis emociones ni mi sentir, solo debía disfrutarlas. Me dijo que no temiera al desnudo, ni al mío ni al del otro. Que solamente sin ropa uno se conoce.

Luego de un par de días me regaló un libro de poemas de Gustavo Adolfo Bécquer. No llevaba dedicatoria porque mi baba no había aprendido a leer ni a escribir correctamente en castellano.

Poco tiempo disfruté de los encuentros con Vicente, pronto llegaría la fecha de nuestra partida. Se trataba de una determinación, incuestionable.

A pesar del disgusto que la futura mudanza ocasionara a mi madre, de sus permanentes negativas por tener que irnos, abandonar todo, de las miles de razones que argumentaba para evitar aquel traslado, mi padre hacía caso omiso a sus reclamos y continuaba con los trámites para aquel exilio.

Mi madre padecía con solo pensar que debía abandonar a la baba, a su padre, al tío Elías.

Mi hermano se oponía férreamente a ese cambio, los motivos con que justificaba su negativa eran válidos: se encontraba cursando el segundo año de ingeniería, no tenía ninguna intención de abandonar la carrera ni continuar en otra universidad y mucho menos en otro país. Yo expuse mi rechazo por tener que dejar la casa, los amigos, al zeide, que se había puesto muy viejo y con una salud extremadamente deteriorada, al tío Elías y sobre todo a mi baba. No podía aceptar por ninguna razón separarme de ella. Era inconcebible.

Mi padre no escuchó ningún reclamo, ni tampoco quejas. Igual nos fuimos.

Los días previos a la mudanza y los meses que le siguieron fueron para mí los más tristes que recuerdo haber vivido. No entendía cómo mi padre podía abandonar a mi baba. A esa mujer mayor, a su madre que no tenía parientes en Asunción. Ni en ningún otro lugar.

Pero no hubo argumentos que lo hiciesen reflexionar y desistir.

La decisión estaba tomada.

Nunca logré superar aquel dolor, como tampoco la baba consiguió superar los suyos.

___________________________________________________________________

Libros/Books – Susana Gertopán

___________________________________________________________

Cubierta Gertopan-page-0
Susana Gertopán

____________________________

Everything Happened in September

(Part of the novel)

Chapter 7

“And Jacobo?

When the zeide had finished formulating the question, everyone looked at each other, except my baba. At that moment, she took one of the varéniques with a fork and raised it to her mouth, as if she were alone at the table, or that she had not heard that question.

“Is it cold today, Don’t you all have jackets?”

“It’s not cold, papa.” My mother answered him.

“And Jacobo?”

Then Uncle Elias intervened.

Tote! Why do you ask about Jacobo?”

“Because he wrote me a letter and she, pointing to me with his finger, doesn’t want to give it to me. She is hiding it from me.

“I don’t have any card of yours, zeide.

But the grandfather kept insisting. He repeated his complaint time and again.

“Jacobo wrote me a letter, and I want that letter, and nobody gives it to me.”

“There is no letter,” my mother said.

Then grandfather looked at her, and didn’t ask again or speak. He had returned to his state of forgetfulness, lost in his labyrinthine memory. Once again, he found himself trapped in the void, in a present without history.

La boba didn’t say a single word, she didn’t even look at me, or really, at anyone. She  continued eating with without batting an eyelash, while I felt her rejection for the first and only time.

We were in full summer. December presented itself as always, hot. I found myself to be content, vacation time, of celebrations, to go to the club, swim, sunbathe. Of strolls by the esplanade to see the river in luminous days. The nights were clear, the dusk extending itself onto the tops of the trees, on the roofs. Meanwhile, in the patios, the moon was reflected radiantly, an accomplice to the serenades. The houses smelled of jasmine and the sidewalks of coconut flowers. It was pleasant to help out in Marianita’s house, to unpack the clay figures that went into the manger, and also to put up the Christmas tree, hang the wreaths, the cardboard stars, the glitter, multicolor lights winked like incandescent eyes. And although the Jews didn’t celebrate that holiday,  I felt equally a part of certain Paraguayan customs.

As a girl, every fifth of January, I would leave my shoes in the home of some neighbors with the intention of receiving a present, as an ado;escent, I abandoned this tradition, but I took on others such as going to the festivals in different churches, high schools, or sneak away to parties that my parents had prohibited me from attending, because they knew that I would meet with my little boyfriend of the moment. I loved transgressing the rules imposed by them, especially when they weren’t well justified. My loyal partners in crime Azucena and Marianita were there to help. Also, throughout those years, martial law had been declared in the entire country. There were persecutions, prison and torture for those who rebelled, for everyone who expressed “subversive ideas.” For that reason, my parents’ worry wasn’t only that I sneak way to attend a dance, or meet some young man, but that I join one of these groups. My father, being a full professor of Clinical Medicine in the School Medicine was up to date about the rebel movements because in that university, a student center whose purpose was to fight against the political system.

We shouldn’t forget that we were governed by a despotic regime. We were living under a dictatorship.

That day, I was walking with Marianita, some neighbors and also Joaquín though the center of Asunción. On Saturday mornings, some friends met in in a familiar cafeteria; these get togethers were very enjoyable, sometimes we arrived as far as the esplanade, or we stopped to eat empanadas in some bar or we simply walked around the streets for fun. However, that morning we heard some whistles and also shots and shouting. I looked around. It was the mounted police pursuing a group of young people.

We huddled together, terrified and curious to see what was happening, but suddenly Joaquín began to shout and insult the repressors; then a pair of policemen approached in order to hit him with billy clubs. Luckily, two young men helped him, and finally the three were able to escape that beating, but there were blood stains on the sidewalk. Marianita and I remained motionless, holding hands, When the people began to disperse, we went back as fast as we could. Having barely entered my house, I went straight to find my grandmother. I passed through the hallway, walked through the long corridor of black and white tiles. On one side of that veranda were the bedrooms and on the other, a narrow passage that also opened to the street. Behind the patio was the bathroom, the kitchen and Azucena’s room. And finally, alone, was the room my baba had cut herself off from the rest of the house.

It surprised me to find her door open, as if she were waiting for me.

She was sewing and listening to music.

“Hi, baba.”

She turned the radio dial to lower the volume.

“Hi Freideled. You’re back early. What happened?”

“There was a demonstration in the street. I was afraid. The police were there suppressing a group of young people on the esplanade of the Cathedral, so we all came back.

“The country isn’t in a tranquil moment, all of South America is in the hands of right-wing governments, military, you have to be careful, especially the young people.

“What was your adolescence like, baba?”

She took her feet off the pedals and rested them on the tile floor. She took off her glasses and looked at me:

“Sad, what you just saw in the streets is very painful. We were living through daily persecutions, repressions. Here the cold isn’t as bitter as it was in my city. There were days when we didn’t have anything to eat or to keep us warm, we didn’t have medicines, to say nothing of the fear we suffered. In those days, when the soldiers found a Jew in the street they killed him for no reason or they beat him without mercy; it could be young people, old people, children, the same was true for all, the only thing that mattered was “to kill a Jew.”

“And your family?”

“They suffered too. To be a Jew there and in those years, it was very difficult bear.

Baba’s feet began to pedal again. And she stopped speaking:

“Tell me. How was your life in Vilna?’

She didn’t answer.

She continued sewing.

I lay down in her bed and I looked at the ceiling, also in silence. I felt like a thief awaiting punishment of having committed a crime. I was there resigned to hear the scolding from my baba for having taken without permission the letter, the ticket and the photograph. But neither was I sure that she had been aware of the theft. Even though zeide named Jacobo, she wouldn’t have necessarily have discovered my mischief, though it wasn’t a little girl’s game, but the whim and anger of an adolescent after an attack of jealousy.

I was waiting for the moment when she would show her anger. Suddenly, we heard some strange noises coming from the street. It was the siren of a police van. Then my baba got up from her chair and lay down at my side.

Baba. What’s happening?”

“I don’t know. It must be that the police are looking for someone.

“What could happen frightens me.”

“It doesn’t depend on you or on me what’s going to happen.”

“Who was Jacobo, baba?

“My husband.”

“My father’s father?”

“That’s right, Freidele.”

I hid my hands under the bedspread. I looked at her. Her face reflected serenity.

“Baba, you figured it out, right?”

“In that letter, he told me that the war had already begun. That he and Shimon missed us, your father and me, terribly. That they were already in the ghetto.

“And it wasn’t that which zeide read me.”

“Did he read you the letter as it was written, in yiddish?”

“First he read it in Yiddish, and the he translated it.”

“What did the letter say, according to your zeide?”

“It talked about the cold, the hunger, it mentioned some names that I didn’t know, and that in the street there was a lot of fruit, and that Jacobo was in a factory. Truthfully, the story wasn’t very clear.

Baba caressed me and laughed.

“Ah, you know my treasure, that ticket was for the movies and my family is in the photograph. It was during Pesach, the last one we spent together.”

“Who?”

“My parents, my husband and my children. In that photograph, my father was not yet one year old and Shimon was three.”

“And what happened after that, baba?”

“Then you father and I escaped to Vilna.?

“Only you two?”

“Yes, I didn’t tell anyone about the trip.”

“Why, baba?”

We stayed in bed, in silence, looking at the fan blades going round and round. Then I heard my name. It was my mother who was calling me. I got up and left the bedroom. That night, I visited my baba again. The room was dark, and I found her in a corner, rocking on a wicker chair.

“Don’t turn on the light, Freidele”.

“Baba?”

“Yes, meidele.”

“Do you forgive me?”

She stood up and turned on the light on the fan. She sat down again with her gaze fixed on the floor, and without raising her voice, asked me>

“Why?” What do I have to forgive you for, Freidele?

“That I stole from you the letter, the ticket and the photograph.”

“What things?”

“Those that were kept in a yellowed envelope in side of one of the drawers of the dresser.

She didn’t answer. She continued rocking, while she observed the listless night with languid eyes. Sleepless night that accompanied the comings and goings of her life.

That summer, besides committing a robbery, I had fallen in love.

For the first time, I felt desire, I wanted to be, to meet with Vicente. I was that boy who awakened my wish to love.

When my mother learned of my meetings with Vicente. Besides punishing me, she spoke to me about the dangers of falling in love at my age, of the consequences which an intimate encounter with a man could lead me. She recited to me all the dangers that are involved in having sex, beginning with nudity. I received threats from my father; the two argued that I was very young to have a boyfriend, and more so because Vicente wasn’t from the Jewish community, that he was hardly an adolescent. Nevertheless, when I told baba about those beliefs, she spoke about how beautiful love is, that intimate experiences are just that, intimate, they only live as a couple, and that I shouldn’t entrust my emotions or my feelings to anyone, just enjoy them. She told me not to fear nudity, not mine nor that of the other. That only without clothing do you know yourself.

A couple of days later, she gave me a book of poems by Gustavo Adolfo Bécquer. There was no dedication because my baba hadn’t learned to read or write correctly in Spanish.

I had little time to enjoy my meetings with Vicente, soon would arrive the date of our departure. That decision was an unquestionable.

Despite my mother’s being greatly upset about the future move, her permanent negative feelings about our having to go, to abandon everything, of the thousands of reasons that argued to avoid that move, my father paid no attention to her demands and went on with the procedures for that exile.

My mother suffered simply to think that it was necessary to abandon boba, her father and Uncle Elias.

My brother fiercely opposed that change, the motives by which he justified his negative position were valid; he was in his second year of engineering school, he didn’t have the slightest intention of giving up his career or continuing in another university and even less in another country. I expressed my refusal to having to leave the house, zeide, who was now very old and with extremely poor health. Uncle Elías, and above all my baba. There was no reason that could make me accept separating from her.

My father didn’t listen to any demand or complaints either. Just the same, we left.

The days before the move and the months that followed it were for me the saddest that I can remember having lived through. I didn’t understand how my father could abandon my baba, that old woman, his mother, who didn’t have relatives in Asuncion. Nor in anywhere else.

But there were no arguments that would make him think about it and and desist.

The decision was made.

I never succeeded in getting over that pain, as neither did boba get over hers.

_________________________________________

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google photo

You are commenting using your Google account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.