Alberto José Miyara–Cuentista y poeta judío-argentino/Argentine Jewish Short-story Writer — “Miguel y su violín milagroso” — un cuento sefardí/ “Miguel and his Miraculous Violin” — a Sephardic short-story

 

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Alberto Miyara/Avraham ben Yosef

Alberto Miyara (Rosario, 1960) es un escritor argentino de origen judío sefardí.
Su principal interés es la narrativa corta, en la que experimenta con el
humor, el absurdo y los juegos de lenguaje. También ha escrito poesía para
niños y adultos, ha traducido entre el castellano y el catalán y ha
realizado trabajos de lexicografía.

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Alberto Miyara (Rosario, 1960) is an Argentine writer of Sephardic Jewish origin. His principal interest is the short narrative, in which he experiments with humor, the absurd and language games. He has also written poetry for children and adults, has translated between Spanish and Catalan and has done studies in lexicography.

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“Miguel y su violín milagroso”

“Una capa de gitanos’ era, según mi madre, una expresión adecuada para describir un lugar desordenado y maloliente, producto de una indecible dejadez. Más tarde, a partir de mi relación más amistosa con una encantadora viuda gitana, visité asiduamente el campamento de su tribu, en el Barrio San Francisquito, y comprobé que esas ideas eran absolutamente falsas. Si es verdad que la mayoría de los gitanos viven en carpas; tan cierto como que los italianos viven en departamentos, y sin embargo nadie dice un “un departamento de italianos”. Por otro lado, en los meses fríos una carpa era adecuadamente calefaccionada es mucho más acogedora que un departamento.

Pero el tema no son los prejuicios raciales de mi madre, ni de mis amoríos con una zingara, sino una persona que conocí a raíz de estos últimos. Se hacía llamar Miguel, sin aclarar si era su nombre, su apellido, o ambos, y hablaba con este acento indefinible de quien en su vida ha debido transitar por muchas lenguas. Lo conocí una tarde, estando de visita en el campamento, cuando al pasar junto a una carpa individual sentí una música de violín en su interior. Parándome a la entrada batí de palmas; la música se interrumpió y al rato salió un gitano de pelo canoso y ojos celestes. Le expliqué mi presencia en ese campamento y le expresé mi admiración por lo que estaba tocando.

-Este violín es milagroso-dijo, y me invitó a pasar.

-¿Qué tiene de milagroso?

-Ya lo vas a saber. ¿Qué te gustaría que toque?

Czardas de Monti.

Hizo un gesto de desaprobación.

Czardas de Monti no es una música auténtica. De hecho, Monti ni siquiera era gitano. Escuchó una melodía en la pueszta húngara, la endulzó y la vendió como música gitana. Pero no es auténtica. En cambio, escuchá éstas.

Me tocó varias piezas muy breves, hermosas y chispeantes, pero para mí indistinguibles de las Czardas de Monti. Se le dije.

-Lo que pasa es que vos no sos gitano. Pero díceme: ¿Vos dirías que genuinamente porteños los tangos de Malando?

-¿Quién es Malando?

-Malando es Ari Maasland, un holandés que sin haber estado nunca en la Argentina se puso a escribir tangos. Y escuchá lo que le salió.

Me tocó varios, pero yo los encontraba perfectamente porteños. Entonces me hizo un gesto de “Con vos no hay manera’, y después, como vio que yo miraba la hora, me tendió la mano.

-Volvé cuando quieras. Miguel.

 

No tardé en romper con Selene, la viuda. Nuestra relación no tenía futuro, como no fuera el que continuamente me leía en los naipes de tarot ajados. Nuestros hijos no habrían aceptado conocerse, incapaces de franquear la barrera del prejuicio. Lo único en concreto que teníamos en común era el interés por los autos: ella se dedicaba a comprarlos y venderlos, yo a coleccionar ejemplares clásicos. Pero cuando ella entusiasmada me comentó que había encontrado un comprador para mi Camaro 59, quedó claro que esa afinidad era más que una forma que de fondo.

Así que nos separamos, pero volví a pasar por lo de mi amigo el músico, porque ha quedado un tema pendiente.

 

-Miguel, ¿Por qué es tan milagroso tu violín?

Cerró sus ojos y, se puso a tocar y decir “¡Vuelo, vuelo!”. Aunque tocaba bien a ciegas, lo cual para mí es un gran mérito, lo cierto es que en ningún momento se despegó al cielo. A lo mejor hablaba metafóricamente, pero entonces ya no se trataba de un milagro.

Así y todo, me resultaba una conmovedora simpatía, y haciéndose caso a sus palabras, volví a visitarlo cada vez que quise.

A menudo yo le llamo desde afuera y Miguel me gritaba que esperase. Después, cuando me hacía pasar, lo veía en compañía de alguna muchacha con evidentes signos de vestir. “Fulanita, mi cuñada”, decía invariablemente; a mí resultaba sospechoso que en la familia de Miguel fueron semejante manga de cornudos. Paulatinamente fui cayendo en la cuenta que esas “cuñadas”, adecuadamente coordinadas por Miguel, constituía su principal fuente de ingresos.

 

-¿Por qué es milagrosa tu violín?

-Ya son varias generaciones que tocan este violín en mi familia. Ya son varias generaciones extraordinariamente longevas.

-¿Cuántos años tenés, Miguel?

-Muchos y pocos. Muchos, para vos. Pocas, para mi linaje. Ya soy bisabuelo y todavía soy bisnieto. La muerte se va filtrando, pero el proceso se puede hacer infinitamente lento. Hay varias maneras. Una de ellas es la música.

Desde hace varias generaciones, los varones de familia no bajan de los 160 años.

Así dicho, era realmente milagroso. Pero no podía presentar un solo documento que lo probara.

Cuando Miguel tocaba algo, lo situaba geográficamente, invariablemente resultaba que él había estado en esos lugares. Aparentemente conocía Europa Central como la palma de su mano, pero también Oriente, África. Australia. . .

 

Un día tocaba la canción hindú de Rimsky-Korsakov.

-¿También, estuviste en la India?

-Claro que sí; ¿no sabés que los gitanos venimos de allí?

-Sí, pero eso qué tiene que ver. Los judíos venimos de Israel, sin embargo, yo nunca estuve en Israel.

-Ah, pero yo sí. Viví dos años en Haifa.

Era insufrible.

Un día se me ocurrió preguntarle:

-Después de todo, ¿Vos, de dónde sos?

-Alguna vez tuve un documento donde figuraba mi ciudad natal.

-¿Y cuál era?

-Ya no me acuerdo,

-¿Qué pasó con el documento?

–Me lo confiscaron los Nazis en Auschwitz.

También ha habido en Auschwitz.

-Y decíme, ¿tu gente no se acuerda?

-Acordarse. . . Dicen que soy de Timishoara, en Rumania. Es lo que se dice. También dicen que mi violín es de Cremona.

-Así que ésa era la magia del dichoso violín? Aquella tarde llevé a la carpa de Miguel un cajón de cerveza, y cuando lo tuve bien borracho lo dejé en un rincón y me abalancé sobre el instrumento.

Valiéndome de una linternita, espié ansiosamente por las aberturas de la caja, a búsqueda de las letras A. S. No estaban. No era un Stradivarius. Siempre sospeché que había sido un truco de Miguel para emborracharse a costa mía.

 

-Miguel, por última vez: ¿por qué es milagroso tu violín?

-Bueno, mirá. Vos estuviste escuchando este violín toda la tarde, ¿no?

-Sí.

-Ahora decíme, ¿cuál de mis cuñadas te gusta más?

-Y . . .la Zulema.

-Mañana va ser tuya.

Al día siguiente en efecto Zulema me hizo el amor. Pero como todas las demás cuñadas ya se habían acostado conmigo, lo realmente milagrosa habría sido que Zulema no lo hiciera.

 

Lo de las giras, surgió de casualidad, una tarde esplendorosa de domingo, que no valía la pena pasarla en una carpa.

-¿Vamos al arroyo? – sugerí.

-¿Llevamos el violín?

-¿Por qué no?

Cuando llegamos al Saladillo, Miguel dijo que le recordó un riacho de Bohemia y empezó a tocar una melodía. Alguna gente que paseaba con sus chicos se puso en círculo, después aplaudieron y tiraron plata. A nosotros no nos hacía falta; a los dos sobraba dinero. Por eso decidimos donar al Hogarcito Don Bosco esa imprevista recaudación.

 

Muchos otros domingos salimos, nos hicimos de plata y donamos. Esas cantidades no despreciables, sobre todo cuando en lugar de aquellos barrios, nos fuimos acercando más al centro. Un día llegamos hasta el Parque Urquiza, y en toda la tarde reunimos lo equivalente al suelo de un profesional. Un policía quiso llevarnos por vagabundismo, pero Miguel lo disuadió tocándole esa canción que dice “Por eso soy de Newell’s Old Boys”.

Cuando llegábamos al Hogarcito y entregábamos el efectivo, Miguel solía decir que ésa era la única acción buena que había hecho en su vida. Quiero creer eso le habrá servido de último consuelo la tarde que, a pesar de su anunciada longevidad, Miguel se murió.

 

Al entrar el campamento noté algo raro. Aunque era un payo, la gente ya se había acostumbrado a verme, primero con Selene, últimamente con Miguel. Pero ahora venían hacia mí y señalaban.

-A vos, a vos.

-¿A mí qué?

–Miguel quiere verte.

-¿Qué pasa?

-Se está muriendo.

Entré la carpa con una desesperada urgencia.

–¡Miguel!

 

Sus ojos saltones estaban completamente abiertos. Como los de un alucinado, y se movían en todas direcciones. Su voz era ronca, casi inaudible.

-El violín . . .

“Los niños y los locos dicen la verdad”, recordé de mi abuela. Miguel era un poco niño y sumamente loco, pero recién ahora, a las puertas de la muerte, me iba a decir la verdad. Desesperado, me volví hacia la gente.

-Un grabador -pedí.- Traigan un grabador a pila-. Si me iba a relevar el milagro no podía correr riesgos. Sus palabras finales podían ser en rumano, en húngaro, o en macedonio. Lo importante era registrarlo, ya encontraría alguien quién me lo tradujera.

-El violín . . .  -repitió mientras un joven irrumpía en la carpa con el grabador.

Se lo arrebaté y lo puso junto a la boca de Miguel.

-Sí . . . ¿el violín . . .? – imploré.

-Te lo puedes quedar-dijo, y sus ojos se quedaron inmóviles.

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“Miguel and his Marvelous Violin”

“A gypsy dump” according my mother, was an adequate expression to describe a disordered an ill-smelling place, product of an unspeakable neglect. But later on, because of my most friendly relation with an enchanting Gypsy widow, I visited assiduously the camp of her tribe, in the Barrio San Francisquito, and I confirmed that those ideas were absolutely false. If it is true that the majority of Gypsies live in tents; it is equally true that the Italians live in apartments, but nobody says an apartment of Italians.” Furthermore, during the cold months, a tent sufficiently heated is much more inviting than an apartment.

But the point I’m making is not about the racial prejudices of my mother nor my love affair with a gypsy, but rather a person that I met as a result of all that. He was called Miquel, without making it clear whether it was his first name, his last name or both, and he spoke with that undefinable accent of someone who, during his lifetime, had had to pass through many languages. I met him one afternoon, while visiting the camp, when passing close to a single tent, I heard violin music coming from inside. Stopping in front of the entrance, I clapped my hands: the music stopped, and a while later, a gypsy with gray hair and light-blue eyes came out. I explained my presence in that camp and I expressed admiration for what he was playing. “This violín is miraculous, he said, and he invited me to come inside.

“What’s miraculous about it?”

“You’ll know soon. What would you like me to play?”

Czardas by Monti.”

Czardas by Monti isn’t authentic music. In fact, Monti was’t even a gypsy. He heard a melody in the Hungarian pueszta, He sweetened it and sold it as gypsy music. But, listen to these.”

He played several very short, beautiful, scintillating pieces, but for me indistinguishable from the Czardas by Monti. I told him so.

“That’s because you aren’t a gypsy. But tell me: would you say that the tangos by Malando are genuinely porteños.

“Who is Malando?”

“Malando is Ari Maasland, a Dutchman, who, without ever been in Argentina began to write tangos. And listen to what what happened.”

He played a few for me, but I found them perfectly porteño. Then he gestured to me, “what can I do with you?” And then, when he saw that I was looking at his watch, he reached out his hand to me:

“Come back whenever you want. Miguel.”

 

I didn’t take long to break up with Selene, the widow. Our relationship didn’t have a future, as wasn’t what she   continuously read for me in some worn out tarot cards. Our children wouldn’t be accepted by others, unable to clear the barrier of prejudice. The only real thing that we had in common was an interest in cars: she dedicated herself to buying them and selling them, I to collecting classics. But when she excitedly told me that she had found a buyer for my ’59 Camaro, it became clear that that affinity was more of form than of depth.

So, we separated, but I once again stopped by my friend the musician, because a matter remained pending.

 

“Miguel, why is your violin so miraculous?”

He closed his eyes, and he began to play and said: “I fly, I fly!” Although he played well with his eyes closed, which for me is a great feat, what is for sure is that at no time did he take off for the sky. Perhaps he was speaking metaphorically, but then, it no longer had to do with a miracle. Even so, it caused me such poignant sympathy that I went back to visit my friend, whenever I felt like it.

 

Often, I called from outside and Miguel would yell to me to wait. Later on, when he let me enter, l saw in in the company of some girl, evidently getting dressed. “Juana, my sister-in-law,” he invariable said to me; it seemed suspicious to me that in Miguel’s family there was such a mob of cuckolds. Suddenly, I realized that those “sister-in-law,” managed by Miguel, constituted his principal source of income.

 

“Why is your violin miraculous?”

“There are already have been many generations of my family who played this violin. There have been several generations of my family extraordinarily long-lived.”

“How many years have you been alive, Miguel?”

“Many and few. Many for you. Few for my lineage. I’m a great-grandfather and a great-grandson. Death goes on filtering, but the process may be infinitely slow. There are several ways. One of them is music.

For several generations now, the men of the family are not less than 160 years old.

Said that way, it was really miraculous. But he couldn’t produce even one document to prove it.

 

When Miguel played something, he would place it geographically, invariably it happened that he had been in those places. Apparently, he knew Central Europe like the back of his hand. Also, the Orient Africa, Australia. . .

One day, he played the Hindu Song by Rimsky-Korsakov.

“You were in India too?”

“Of course: didn’t you know that the gypsies come from there?”

“Yes, but what has that to do with it. We Jews come from Israel, nevertheless, I’ve never been in Israel.”

“Ah, but I have. I lived in Haifa for two years.”

He was insufferable.

One day, it occurred to me to ask him:

“After all, where are you from?”

“Once, I had a document that listed my native city.”

“I don’t remember anymore.”

“What happened to the document?”

“The Nazis confiscated it from me in Auschwitz?”

He had also been in Auschwitz.”

“And tell me, your people don’t remember?”

“Remember. . . They say I’m from Timishoara in Romania. That’s what they say. They also say that my violin is from Cremona.”

“So that was the magic of the lucky violin? That afternoon, I brought a case of beer to Miguel’s tent, and when I had him very drunk, I left him in a corner, and I threw myself on the instrument.

And with the help of a small flashlight, I anxiously spied though the apertures of the violin, looking for the letters A. S. It wasn’t a Stradivarius. I always suspected that it was a trick by Miguel to get himself drunk at my expense.

 

Miguel, for the last time: why is your violin miraculous?”

“Well, look, you were listening to this violin all afternoon, no?”

“Yes.”

“Now, tell me, which of my sisters-in-law do you like best?”

“Well . . .Zulema.”

“Tomorrow, she will be yours.”

The next day, indeed Zulema made love to me. But like all of the other sisters-in-law, she had already gone to bed with me: if she hadn’t done so, it would have really been miraculous.

 

As for outings, by chance, a splendid Sunday afternoon took place, when staying in the tent didn’t make sense.

“Let’s go to the brook?” I suggested.

“Should we bring the violin?

“Why not?”

When we arrived al Saldillo, Miguel said that it reminded him of a small river in Bohemia, and he began to play a melody. Some people, who were walking by with their children, formed a circle; later they applauded and they threw money. We didn’t need it; the two of us had more than enough money. So, we donated that unexpected collection to the Don Bosco Orphanage.

We went out on many other Sundays; we made money and we donated it. Those quantities weren’t insignificant, especially. when instead of those neighborhoods, we were approaching the center of the city. One day, we arrived at the Parque Urquiza, and in the entire afternoon, we collected the equivalent of a professional’s salary. A policeman wanted to arrest us for vagrancy, but Miguel dissuaded him by playing the team anthem that says “For that, I’m with the Newell’s Old Boys.”

When we arrived at the Orphanage and delivered the cash, Miguel used to say that that was the only good deed that he had done in his life. I want to believe that would have served his as a final consolation the afternoon that, despite his proclaimed longevity, Miguel died.

Entering the camp, I noticed something strange. Although I was a payo, the people had become accustomed to see me, first with Selene, recently with Miguel. But now the came toward me and signaled.

“To you. To you.”

“To me, what?”

“Miguel wants to see you.”

“What happened?”

“He’s dying.”

With a desperate urgency, I entered the tent.

“Miguel!”

 

His bulging eyes were completely open. Like those of someone hallucinating, and they moved in every direction. His voice was hoarse, almost inaudible.

“The violin. . .”

“The children and the crazy tell the truth,” I remembered my grandmother saying. Miguel was a little bit child and extremely crazy, but just now, at the doors of death, he was going to tell me the truth. Desperate, I turned toward the group.

“A tape recorder,” I requested. “Bring me a battery powered tape recorder.” If I was to reveal the miracle, I couldn’t take chances. His final words could be in Rumanian, Hungarian or Macedonian. The important thing was to record it. Later, I would find someone who could translate it for me.

I grabbed it for, and I put it close to Miguel’s mouth.

“Yes. . .the violin. . .? I implored.

“You can keep it,” he said, and his eyes stopped moving.

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Translation by Stephen A. Sadow

 

 

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