Isaías Leo Kremer — Cuentista judío-argentino del campo/Argentine Jewish Short-Story Writer of the Countryside — “Don Wesser”

download

____________________________________________________________

download-4
Isaías Leo Kremer

______________________________

Isaías Leo Kremer nació en 1947 en Villalonga (Provincia de Buenos Aires ), pueblo donde su familia se había afincado varios años antes y donde su padre trabajaba en el campo. Ante la temprana muerte de su progenitor que falleció cuando él tenía 13 años, pasó a administrar el campo cuando su madre vio que estaba en condiciones de hacerlo. Allí aprendió a amar la tierra, el paisaje y la vida misma, en contacto con la naturaleza y con D”s.  Siendo adolescente cursó estudios rabínicos con verdaderos maestros como lo fueron Marshall T. Meyer y Mordejai Edery. Cumpliendo con esa especie de mandato de la mayoría de de los padres judíos de entonces, siguió estudios universitarios y en 1970 se recibió de Ingeniero Agrónomo en la UBA. Hoy vive en Buenos Aires, lugar que eligió para la educación de sus tres hijos y durante muchos años alternaba su estadía en la Capital con frecuentes viajes a las provincias, ya que sea su pueblo natal o otros sitios del interior donde puede sentirse más en contacto con la naturaleza y con el Creador.

_________________________________________

Isaias Leo Kremer was born en 1947 en Villalonga (Province of Buenos Aires), the town where his family had settled for several years, and where his father worked in the fields. After the early death of his progenitor who died when Kremer was 13 years old, he became administrator of the lands when his mother saw that he could do the job. There he learned to love the land, the countryside and life itself, in contact with nature and with God. As an adolescente, he took courses with true masters like Marshall T. Meyer and Mordejai Edery. Complying with that mandate of the majority of Jewish parents of the time, he did university studies, and in 1970 graduated with a degree in Agronomy from the University of Buenos Aires. Now he lives in Buenos Aires, the place he chose pro the education of his three children, and for many years, alternated his time in the Capital with frecuente trips to the provinces, being his where he was born and other places in the interior of the country where he could feel more in contact with nature and the Creator.

________________________________

“Don Wesser”: Isaías Leo Kremer. Milonga de la independencia: Cuentos con gauchos, judíos y argentinos. Buenos Aires:  Acero Cultural Editores, 2000, pp. 139-145.

_______________________________________________

“Don Wesser”

Quiso el azar que unos cuantos años atrás me encomendaran un trabajo en el monte chaqueño. No tenía mucha idea de lo que debería hacer, pero con la soberbia que daba un título recién estrenado, no vacilé en aceptar la oferta y de ese modo aparecí en medio del “Mandiyú”, un establecimiento  agroforestal en el que supuestamente debía evaluar costos y posibilidades de desarrol

El clima caluroso y polvoriento, los mosquitos y jejenes, las víboras y alimañas, me mostraron que el emprendimiento no era para cualquiera. Sin embargo, me enamoré de la majestuoso de sus bosques (los que quedaron) de sus abras, donde todos los ruidos de alrededor se apagaban dejando sólo el susurro de la naturaleza en su plenitud.

No me detendré en las tareas que por sí merecerían varios libros (no los que yo hiciera), sino en episodio marginal que se dio a raíz de mi aburrimiento de fin de semana, cuando estaba saturado de contar rollos o evaluar algodón. Así fue con la secreta esperanza de hallar una niña bien dispuesta a mi persona, empecé a recorrer las chacras y obrajes vecinos; la suerte me era esquiva hasta di con el portal de un gran finca, en cuyos laterales resaltaba un cartel en el que se leía “Don Wesser” y en el otro colgaba una escupidera blanca enlozada, clavada firmemente al poste de quebracho, como si alguien pudiera pretender sustraerla

Picado por la curiosidad entré al establecimiento, total, a lo sumo me dirían que me marchara, aunque eso no fuera común en gente tan amable como la que conociera hasta entonces. Salió a recibirme un hombre alto, robusto y de avanzada edad, el rostro curtido por mil soles no tenía sitio sin pliegues y estos a su vez arrugas, pero la sonrisa que afloraba tras un mostacho blanco y tupido era cordial y antes de decirme nada, después del apretón de manos me ofreció que tomáramos mate; pese a que no vislumbraba a ninguna niña en edad de merecer, acepté el convite de don Wesser pues de él se trataba y me senté bajo un ñandubay copioso para charlar con el dueño de la finca, ahí empezaron mis sorpresas motivadas por la ignorancia.

Primero me tanteó en el aspecto agronómico (¿se habrá dado cuenta de cuán poco sabía?) y cuando prestamente le extendí mi reluciente tarjeta (gesto vano y estúpido pues los chacareros no portan tarjetero para retribuir), leyó mi nombre de inequívoco origen judío y me indagó sobre el mismo; no sin cierto recelo respondí a su pregunta y a la vez quise saber sobre el suyo que suponía alemán o austríaco. ¿Cómo, no lo sabe? Me dijo con asombro y ante mi negativa, ensilló un nuevo mate (de la calabaza grande) y me relató su historia que trataré de recordar ahora:

Era hijo de padres judíos que provenientes de Podolia-Kamenetz, habían llegado a la República Argentina en 1899 en un vapor llamado Wesser y cómo el naciera en el Hotel de Inmigrantes el 15 de agosto de ese año, los padres decidieron ponerle el nombre del viejo barco como homenaje; de los primeros años Wesser no recordaba, sino que se los contaron y así me los refirió.

Cuando el grupo de Podolia-Kamentz llegó al norte de Santa Fe, la condiciones no podían ser peores. Fueron albergados en viejos vagones sin condiciones sanitarias ni de habitabilidad. El terrateniente Palacios no cumplió con ninguna de las cláusulas convenidas con los colonos y no pasó mucho tiempo antes de éstos. Desesperados, comenzaron a desertar. Algunos salieron a la buena de D”s para tratar de sobrevivir en cualquier lugar, muchas de las mujeres cayeron en manos de los Imeim (impuros), que presurosos las buscaban con falsas promesas de bienestar; la mayoría se quedó para intentar ser pioneros y colonos en su propia tierra, éstos fueron los que en un principio más sufrieron.

Las paupérrimas condiciones de vida hicieron que sobrevivieron pestes y epidemias por lo que muchos de los niños fallecieron y según don Wesser, los padres los ponían en latas vacías de querosene como único ataúd y así los enterraban; al igual que en otros tiempos y latitudes, el llanto de mujeres judías pobló la atmósfera triste y agobiante del lugar.

Todos estos soñadores impenitentes lloraron su dolor en la selva norteña. La falta de alimentos los llevaba a merodear las vías del tren que llegaba a Tucumán y tanto los obreros del ferrocarriles como los pasajeros, contemplaban impávidos como los niños se peleaban por alguna galletita tirada desde el coche-comedor; los hombres y mujeres, vestidos con harapos, escarbaban la tierra sacando raíces para comer, se buscaban ratones y víboras para paliar el hambre que dolía en sus vientres y martillaba en sus cerebros.

Según el relato de Wesser, una casualidad hizo que el viajero del tren, el Sr. Lowenthal se percatara de que de que los mendigantes hablaban en rumano o idish y al conocer el estado de las cosas se puso en contacto con el Barón Hirsch a fin de paliar la situación de los pioneros judíos. En no sé cuánto tiempo llegó ayuda y según Wasser, se compraron los terrenos de Palacios. Mi relator no conocía los detalles porque pese a que aún era un niño, quiso escapar del lugar, por lo tanto se despidió de su afligida madre y saltó al vagón de cola de un tren, ignorando cuál será su destino.

Siendo aún muy pequeño, recorrió mil caminos del norte argentino, ya muy lejos de los vagones de hambre de Palacios y así fue como llegó al Chaco, donde siempre necesitaban brazos para la cosecha de algodón o para hachar quebracho en el monte.

Su primer trabajo estable lo tuvo en un obraje maderero. Lo llevaron a un establecimiento en el había un gran almacén, lo proveyeron un hacha, un pico, yerba, carne, galleta y agua; con ese equipo se instaló en medio del monte, para lo cual primero tuvo que hacerse un reparo de postes de dos metros terminados en un horqueta, clavó los postes, colocó otros transversales en la horquetas y cubrió todo con hojas de “sombol” (pasto alto típico del lugar) y esa fue la primera noche en la que el aún niño tuvo su comida asegurada.

De a poco fue dominando el duro oficio de hachero, sus brazos se hicieron fuertes y firmes sus músculos, pero cuando llevaba su carga al administrador, el valor de los rollizos no alcanzaba para pagar los insumos de alimentos y cada quincena, con cada liquidación, volvía a quedar endeudado y demás está decir que no permitían retirarse a quien tuviese deudas con el obrador.

Fueron muchos años de esclavitud forzada en el monte chaqueña, ¿para eso había abandonado a su madre? ¿Para volver a ser esclavo como los de Egipto que le relataran? Wesser tomó la decisión; saldría de allí como fuera, decidió no retirar ninguna mercadería del almacén, comió frutas del mistol, mulitas, víboras, liebres, lo que fuera, se justificaba aún volver a pasar hambre y así fue como el muchacho saldó “la deuda” con el obrador y con su “mono” al hombro, salió a la huella sin destino cierto ni rumbo a elegir.

Caminando entre las chacras, le llamó la atención el mar blanco de algodonales, que se extendía donde otrora se irguieran majestuosos los quebracho que sus manos grandes y callosas talaran en cantidad. Y estaba atrapado por esa tierra agobiante para los forasteros pero para que los lugareños era cálida y acogedora, así fue que detuvo a un camión que pasaba por la huella y preguntó al chofer por esos campos blancos, el conductor del vehículo tampoco era criollo sino ruso, notó que estaba en presencia de otro “gringo” parecido a él y de alguna manera, le hizo entender que en el algodonal era de su propiedad y que buscaba conchabo podría dárselo y así Wesser fue a pasar a “Ukrania”, tal era el nombre de la finca del “paisano gringo”.

Era dura la tarea de salir a la mañana con la bolsa de arpillera colgada a la cintura, arrancar capullos hasta que las yemas de los dedos perdían toda sensibilidad, quemarse la cabeza con el sol inclemente que caía a pico sobre el cosechero, dolía la cabeza, la cintura que se quebraba por el peso de la bolsa y al final del día, ¿cuánto era? 50 kilos, luego 80, hasta pasar los 100 kilos de vellón, a costa de un trajinar duro e incesante, pero por la noche sus doloridos músculos reposaban y su mente se permitía un futuro posible, lejos del hambre y la miseria que conociera del Sr. Palacios, allá en el lejano norte santafecino.

Al igual que Jacob frente a Lában, debió soportar muchos años de sacrificio para ver algún fruto y mientras tanto, añoraba con el sabor de los recuerdos los días junto a los suyos cuando pese a la desesperación, se cantaba y se rezaba, se bailaba y se lloraba, pero estaba decidido a no aflojar y no pensaba volver con la cabeza gacha a la colonia donde pasara tanto hambre y humillación. Sabía que por referencias de viajeros que habían cambiado mucho las condiciones en Santa Fe, pero él estaba atrapado por eso campos polvorientos que ya eran definitivamente su hogar.

Acostumbrado a las privaciones, guardaba el total de sus ganancias, a lo sumo algún par de alpargatas o un cuchillo eran los “lujos” que se permitió durante largos periodos, así fue que en una oportunidad, invirtió sus atesoradas ganancias en comprar aperos de labranza y tomó tierra para plantar algodón en su propio beneficio y no de otros.

Puso más ahínco aún en las tareas carpiendo con la azada, desyuyando con las manos lastimadas, de año en año sus cosechas se incrementaron y acumularon; como no tenía mejores necesidades, no vendió en los años de baja precio sino que compró producción de otros y cuando los valores subieron, negoció la venta en mejores condiciones por tener cantidades importantes y así fue que de a poco consolidó una posición estable.

Recién después de muchos años, un día tomó su flamante vehículo y enfiló hacia la Colonia Palacios, vio desarrollo y riqueza, pero sus afectos directos ya no estaban allí y pesa a disfrutar del contacto con sus ex paisanos, las tórridas tardes del Chaco lo atraían como un imán invisible y regresó a su finca, esta vez en forma definitiva.

Este fue el relato abreviado de Don Wesser, quien me dio una lección de historia que yo ignoraba; años después corroboré que sus historias eran absolutamente veraces y que la verdadera odisea de los viajeros del Wesser fue mucho más dramáticas de lo que él me refiriera, vaya para ellos mi sentido homenaje.

Volví a lo de Don Wesser en repetidas ocasiones, tenía una esposa eslava que era la imagen un una “mamuska” rusa, desconozco su origen aunque supongo que sería hija de algún finquero ucraniano del lugar. También había hijos e hijas de distintas edades, unos con rostros “europeos” y otros con caracteres que denunciaban su noble origen indígena, pero que también lo llamaban “papá”, de lo cual deduzco que serían hijos suyos con algunas de las mujeres criollas que de ambulaban por el lugar. Obviamente no pregunté nada al respecto y me concentraba en las numerosas charlas que tuve con él.

A punto de terminar mi labor y pronto a regresar del Chaco, fue a despedirme del finquero, como siempre “ensilló” la calabaza grande y me invitó a tomar mate bajo el ñandubay, me señaló los árboles que había plantado con sus manos y me dijo: lamento haberme alejado de mis hermanos, pero el destino me trajo aquí y no me arrepiento, pues logré lo que ambicionaba y de hecho soy feliz. Le respondí que me parecía correcto y que yo no era juez de nadie, aproveché para preguntarle por qué tenía colgada una bacinilla blanca en el portal de la finca.

So tomó tiempo para contestarme cual si su mente volviera a escenas vividas hacía ya muchos años y esbozando una sonrisa por el recuerdo me contestó:  Ese es  un “tepl” (escupidera), cuando mi madre recibió enseres de cocina, los criollos se reían y ella pensaba que eran ignorantes pues nunca habían visto una olla, la llamaba algo como “la petisa blanca” y me la dio cuando me escapé en tren a Tucumán, es el único recuerdo material que tengo de mi madre y la coloqué a la entrada, en el portal, para recordarme de donde provengo cada vez que ingreso del campo. Sus manos callosas y secas apretaron las mías sabiendo que no volverían a estrecharse, sus ojos claros me miraron cual si se despidieron a un hijo querido, aún permanece en mi retina con su brazo alzado saludándome, con un mar blanco como fondo.

 

Cada tanto evoco a Don Wesser, el chaqueño, otra hoja de nuestro pueblo empujada por los vientos de la vida, que nos llevan adonde no sabemos y nos depositan donde el Altísimo lo dispone.

P.D.: La epopeya de los viajeros del Wesser si bien es conocida no está muy difundida, aún entre aquellos que llevan en sus venas la sangre de aquellos sufridos pioneros argentinos.

         ______________________________________________________________

“Don Wesser”

A few years ago, fate willed that they put me in charge of a job in the Chaco hills. I didn’t have much of an idea of what I would have to do, but with the pride the that came from a degree recently acquired, I didn’t hesitate in accepting the offer and so, I appeared in the midst of “Mandiyú”, an agroforest establishment in which supposedly I ought to evaluate costs and possibilities for development.

The hot and dusty climate, the mosquitos and gnats, the snakes and the vermin, showed me that the undertaking was not for just anyone. Nevertheless, I fell in love with majesty of the forests (those that were left) of its passes, where all the surrounding sounds waned, leaving only the whisper of nature in its plenitude.

I won’t waste time with the work, which by itself would merit several books (not those that I might write,) but rather a marginal episode that arose from my weekend boredom, when I was sick of counting rolls or evaluating cotton. So, with the secret hope of finding a girl well-disposed to me, I began to go around the neighboring small farms and factories; luck was elusive until I stumbled upon a large farm, where on one gate post stood out a sign which read “Don Wesser” and on the other was hanging a white enameled spittoon, firmly nailed to the post of quebracho wood, as if anyone would try to remove it.

Incited by curiosity, I entered the establishment, so, at the worst, they would tell me to leave, although that was no common with people so friendly as those that I had known up to then. Coming out to meet was a tall, robust man of advanced age, whose face tanned by a thousand suns, had no place without folds, and these in turn without wrinkles, but the smile that flourished under a white and thick mustache, and before saying anything to me, after shaking hands, suggested that we take mate; despite not noticing a single girl of the appropriate age, I accepted don Wesser’s invitation, as that is what he was called and I sat down under a copious ñandubay, to chat with the owner of the farm, there, because of my ignorance, began my many surprises.

First, he sounded me out about agronomy (did he understand how little I knew?) and when I promptly reached out to him my shining card (a vain and stupid gesture since those who live in the Chaco don’t carry card wallets, and that they could give a card in return,) he read my name of unequivocal Jewish origin, and he asked me about it; not without a certain suspicion, I answered his question, and at the same time I wanted to know about his that I guessed was German or Austrian. Didn’t you know it? He said to me with amazement, and with my negative response, he put a new mate (from the large gourd) and he told me his story that I will try to remember now:

When the group from Podolia-Kamenetz arrived in the north of Santa Fe, the conditions couldn’t be worse. They were housed in old train cars without the necessary sanitary or living conditions. Palacios, the landowner, didn’t fulfil any of the clauses agreed upon with the colonists and didn’t spend much time among them. Desperate, some began to dessert. Some left, trusting God, to try to survive in any place, many of the women fell into the hands of the Imeim (impure ones,) who, shameless, sought after them with false promises of comfort; the majority stayed with the intention of being pioneers and colonists on their own land, these were those who, in the beginning, suffered the most.

The extremely poor conditions of life forced them to survive plagues and epidemics during with many of the children died and, according to don Wesser, the parents put them in empty cans of kerosene as their coffins as their only coffin and so they buried them; as in other times and in other latitudes, the cries of Jewish woman filled the sad and oppressive atmosphere of the place.

All of these impenitent dreamers cried of their pain in the northern jungle. The lack of food led them to hover around the rails of the train that was on its way to Tucumán. And the railroad workers as wells as the passengers, watched unmoved as the children fought over a little cracker thrown from the dinner car; the men and women, dressed in rags, dug into the earth, taking out roots to eat, they searched for rats and snakes to ease their hunger that hurt their bellies and hammered at their brains.

According to Wesser’s story, by chance, Mr. Lowenthal, a passenger on the train, noticed that those beggars spoke in Romanian or Yiddish, and on knowing the state of things, made contact with Baron Hirsch, in order to ease the situation of the Jewish pioneers. I don’t know how quickly, but help arrived, and, according to Wasser, they bought Palacio’s lands. My narrator didn’t know the details, because, despite the fact that he was still a boy, he wanted to escape from the place, and so he said goodbye to his heartbroken mother and jumped onto the last car of the train, not knowing what his destiny might be.

Being still very small, he travelled through a thousand roads of the north of Argentina, now very far from the train cars of hunger of Palacios, and that was how he arrived in the Chaco, where, in the north. they always needed arms for the harvest of cotton or to cut down quebracho trees.

His first stable job was in a lumber yard. They brought him to an establishment in which there was a large store. The provided him with an axe, a pick, mate, meat, crackers and water, with this equipment, he settled in the midst of the mountain. First, he had to make for himself a hut of two meter posts ending in a fork; he nailed the posts together, placed other cross-beams in on fork and covered everything with “sombol” leaves (high grass, typical of the area,) and that was the first night in which young boy had his meals assured for.

In little time, he mastered the difficult trade of the lumberjack, his arms became strong and his muscles firm, but when he brought his load to the administrator, the value of the cylinders was not enough to pay for the supplies of food, and every two weeks, with each settlement, he was further indebted, and it’s enough to say that they didn’t permit anyone to leave who had debts with the store.

There were many years of forced slavery in the Chaco hills. Was it for that that he had abandoned his mother? To be a slave again like those he was told about? Wesser made the decision that he would get out of there any way he could: he decided not to take any merchandise from the store. He ate fruit from the jujube tree, armadillos, snakes, rabbits, and so it was that the boy settled his debt with the company store and with his “monkey” on his shoulder, left on the path without a sure destiny of a direction to choose.

Walking among the farms, the white sea of cotton plants, that extended where once stood majestically the quebracho trees, that he with his large and calloused hands had cut down many. And he was trapped by this land, oppressive for foreigners, but for its inhabitants warm and welcoming; for that reason, he stopped a truck that was passing on the track, and asked the driver about these white lands. The driver of the vehicle was not criollo but Russian. He noticed that he was in the presence of a “gringo” like himself, and by some manner, let him know that he cottonfields were his property, and that, if I was looking for employment, he could give it to me.

The work consisted of going out in the morning with a bag of burlap hanging from his waist, to pull off cotton balls until the his fingertips lost all feeling, to burn his head with the inclement sun that fell sharply on the picker of cotton, made his head hurt, the waist would break by the weight of the sack, and at the end of the day, how much was it? 50 kilos, then 80, until passing 100 kilos of cotton fleece, at the cost of hard and incessant keeping on the move, but at night his sore muscles rested and his mind allowed for a possible future, far from the hunger and misery that he knew from Mr. Palacios, there in the far north Santa Fe.

As Jacob with Laban, he had to put up with many years of sacrifice to see any fruit, and at the same time, he missed the flavor of the memories of the days together with his own people, when, despite the desperation, they sang and prayed, danced and cried, but he had decided to not weaken and to not return with his head down to the colony where he had lived through so much hunger and humiliation. He knew from statements from travelers, that the conditions in Santa Fe had changed a lot, but he was trapped by these dusty fields that were now his home for good.

Used to privations, he saved the total of his earning, at most a pair of alpargatas shoes or a knife were the only “luxuries” that he permitted himself during long periods, so that when there was an opportunity, he invested his treasured earning in buying land and work tools, and planted cotton for his own benefit and not that of others.

He put even more effort into those tasks, digging with the hoe, picking with his injured hands. Year by year, his harvests increased and accumulated; as he didn’t have more important necessities, he didn’t sell in the years when the price was low, but bought the production of others and when the value of cotton was high, he negotiated the sale in better conditions since he had important quantities, and so it was that in a short time, he consolidated a stable position.

Recently, after many years, one day he took his brand new vehicle and headed for Colonia Palacios. He saw the development and riches, but his strong feelings were no longer there, and in spite of enjoying the contact with his former comrades, the torrid evenings of the Chaco attracted him like an invisible magnet, and he returned to his farm, this time definitively.

This was the abbreviated tale of Don Wesser, who gave me a history lesson all of which I was unaware; years later, I corroborated that his stories were absolutely true. The real Odyssey of the travelers on the Wesser was much more dramatic than those that he described to me, and I give to them my deeply felt homage.

I returned to Don Wesser’s farm on repeated occasions, he had a Slavic wife who was the image of a Russian“mamuska.” I don’t know her background, although I suppose that she would be the daughter of some Ukrainian farmer in the area. Also, he had sons and daughter of different ages, some with “European” faces and others with features that revealed their noble indigenous origin, but who also called him “papa.” From which I deduced that they were probably his children by criollo women who ambled around the place. Obviously, I didn’t ask anything about it, and I concentrated on the numerous conversations that I had with him.

About to finish my work and soon return from the Chaco, I went to say goodbye to the farmer, as always, he put more in the great gourd and invited me to take mate under the ñandubay. He pointed out to me the trees he had planted with his own hands, and he said to me: I lament having to gone far from my brothers, but destiny brought me here, and I don’t regret it, since I accomplished what I really wanted and, in truth, I am happy. I responded that it seemed to me right, and that I was no man’s judge. I took advantage of the moment to ask him why he had a white basin hanging the portal to the farm.

He took time to answer me as if his mind was going back to scenes lived many years ago, and smiling with the memory answered: That is a “tepl”(spittoon.) When my mother received cooking utensils, the criollos laughed, and she thought that they were ignorant, since they had never seen a pot, she called it something like “the white pony,” and she gave it to me when I escaped on the train to Tucumán; it’s the only material memory that I have of my mother, and I placed it at the entrance, on the portal, to remind me who where I come from, every time I enter from the countryside. His calloused and dry hands shook mine knowing that he wouldn’t ever embrace them again, his clear eyes looked a me as if he were saying goodbye to a beloved son. He remains in my retina with his arm raised, waving at me, with a white sea in the background.

 

Every once in a while, I evoke Don Wesser, from the Chaco, another leaf of our people pushed by the winds of life, that carry us to where we do not know and deposits us where the Most-High decrees.

P. S.: The epic of the travelers on the Wesser, if it is well-known, it is not well disseminated, even among those who carry in their veins the blood of those suffering Argentine pioneers.

______________________________________________________

Unos de los libros de Isaías Leo Kremer/                      Some of Isaías Leo Kremer’s Books

 

_______________________________________

 

 

 

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google photo

You are commenting using your Google account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.