Mario Goloboff — Novelista y escritor judío-argentino/ Argentine Jewish Novelist and Writer “Criador de palomas” – dos fragmentos de la novela” — “Dove Keeper” – two sections of the novel

download-7
Gerardo Mario Goloboff

__________________________________

GERARDO MARIO GOLOBOFF nació en el pueblo Carlos Casares, en de la provincia de Buenos Aires. En 1966 publicó su primer libro de poemas, Entre la diáspora y octubre. En 1973 fue invitado por la Universidad de Toulouse-Le Mirail. Francia, a enseñar civilización y literatura hispanoamericanas, y continuó enseñando en ese país y en otras universidades hasta 1999. En 1976 apareció su primera novela, Caballos por el fondo de los ojos. En 1978 publicó la primera edición de Leer Borges (reeditado y aumentado en 2006). En 1984 publicó Criador de Palomas, la primera novela de la saga de Algarrobos, que se completó con La luna que cae (1989), El soñador de Smith (1990) y Comuna Verdad (1995).  Sus textos de creación han sido traducidos a varias lenguas y especialmente su novela Criador de palomas junto con las tres novelas siguientes de la saga, todas en un solo tomo bajo el título The Algarrobos Quartet (2002); en italiano, L’allevatore di colombe (2010). En 2013, en La Habana, la publicó en español otra vez. Desde su retorno definitivo a la Argentina, enseña literatura argentina en la Universidad Nacional de la Plata, donde ha sido designado profesor extraordinario en la categoría de «consulto». Fue electo Miembro de la Comisión Directiva de SADE (Sociedad Argentina de Escritores) para el período 2011-2015. En la actualidad tiene una columna semanal titulada «Relecturas» en el suplemento literario Télam de la agencia nacional de noticias Télam.

Adaptado de EcoRed (La Habana)

_________________________________

Sus obras

Novelas

  • 1983: Criador de palomas (1978).
  • 1989: La luna que cae (1989).
  • 1990: El soñador de Smith (1990).
  • 1995: Comuna Verdad (1995).
  • The Algarrobos Quartet (2002)

Ensayos

  • 1989: Genio y figura de Roberto Arlt (1989).
  • 1998: Julio Cortázar. La biografía (1998, reeditada en 2011).
  • 2001: Elogio de la mentira. (Diez ensayos sobre escritores argentinos) (2001).
  • 2011: De este lado. (Crónicas de nuestro tiempo) (2011).

Poemarios

  • 1994: Los versos del hombre pájaro (1994).
  • 2010: El ciervo (y otros poemas) (2010).

Cuentos

  • 2005: La pasión según San Martín (2005) Textos breves.
  • 2008: Recuadros de una exposición (2008).

Goloboff is the autor de numerosos trabajos sobre problemas culturales y estéticos, y sobre artistas y escritores argentinos, latinoamericanos y europeos.

_______________________________________________________

GERARDO MARIO GOLOBOFF was born in the town Carlos Casares, in the province of Buenos Aires. In 1966 he published his first book of poems, Between the Diaspora and October. In 1973 he was invited by the University of Toulouse-Le Mirail. France, to teach Spanish-American civilization and literature, and continued teaching in that country and in other universities until 1999. In 1976 his first novel Caballos por el fondo de los ojos.. In 1978 he published the first edition of Leer Borges (reissued and augmented in 2006). In 1984 he published Criador de Palomas, the first novel in the Algarrobos saga, which was completed with La luna que cae (1989), El soñador de Smith (1990) and Comuna verdad (1995). His creative texts have been translated into several languages ​​and especially his novel Criador de paloma along with the following three novels of the saga, all in a single volume, in the United States, under the title The Algarrobos Quartet (2002); in Italian, L’allevatore di colombe (2010). In 2013, in Havana, it was published again in Spanish. Since his definitive return to Argentina, he teaches Argentine literature at the National University of La Plata, where he has been appointed extraordinary professor in the category of “consulting.” He was elected Member of the Board of Directors of SADE (Argentine Society of Writers) for the period 2011-2015. He currently has a weekly column entitled “Reread” in the Télam literary supplement of the national news agency Télam.

Adapted from EcoRed, Havana

Works by Gerardo Mario Goloboff

Novels

  • Caballos por el fondo de los ojos (1976)
  • 1983: Criador de palomas (1978).
  • 1989: La luna que cae (1989).
  • 1990: El soñador de Smith (1990).
  • 1995: Comuna Verdad (1995).
  • The Algarrobos Quartet (2002)

Essays

  • 1989: Genio y figura de Roberto Arlt (1989).
  • 1998: Julio Cortázar. La biografía (1998, reeditada en 2011).
  • 2001: Elogio de la mentira. (Diez ensayos sobre escritores argentinos) (2001).
  • 2011: De este lado. (Crónicas de nuestro tiempo) (2011).

Poemarios

  • 1994: Los versos del hombre pájaro (1994).
  • 2010: El ciervo (y otros poemas) (2010).

Cuentos

  • 2005: La pasión según San Martín (2005) Textos breves.
  • 2008: Recuadros de una exposición (2008)
  • Goloboff is the author of many works about cultural and aesthetic problems and about artists  and writers author of numerous works about social and aesthetic problems about Argentine, Latin American and European authors.

____________________________________________

Criador de palomas

(dos fragmentos)

images-1

_________________________

No sé dónde ni cómo, un día el tío consiguió el petiso bayo pata mí. Donde entonces comenzamos a hacer excursiones hasta la laguna de Alto. Él con sus cuarenta años y tantos, iba encima de su yegua Arisca, bien erguido, con el toscanito a medio encender entre los labios.

La laguna de Alto se había secado veinte años atrás, pero el tío buscaba visitarla como si aún existiera. Recordaba con melancolía su esplendor poblado por sombrillas multicolores de turistas que venían hasta de la Capital. Todo allí, sobre esos pedazos de tierra pelado. donde él veía aún un loco hormigueo, noviazgos y risas. En su versión, las salas concentradas de la tierra habían ido absorbiendo poco a poco las aguas, y por eso quedaban solamente algunos palos blancos, alambres rotos y muchos esqueletas de animales.

Cuando el sol rajaba la tierra, yo me ponía un sombrero de paja de ala ancha marca Hawai, y me quedaba quieto sobre mi petiso mientras mi tío dormía la siesta debajo de Arisca.

Al atardecer volvíamos y encontrábamos a algunos paisanos en el cmoo. Los viernes nos topábamos con Solito Wainfeld, quien regresaba a su chacra con el caballo a su lado, sin montarlo, porque ya había descubierto la primera estrella de sábado. Los domingos eran las mujeres que pasaban de sus chacras, emperifolladas para algún baile o una fiesta de familia. O los hombres que venían de cuadreras, o los muchachos que gustaban galopar contra el viento.

Durante unos de esos paseos, el tío me hizo conocer el antiguo cementerio de la Colonia, donde estaban enterrados sus  padres, y me mostró que, subiendo un pequeño semiderruido , podíamos ver del otro lado, my cerca, unos montículos bajos los cuales los indios puelches, un siglo atrás, ponían a sus muertos. “Ya ves  como al final nos mezclamos todos” creo que me dijo.

En las que alguna vez había la callecitas ordenadas del cementerio,, caminábanos mucho, y él se detenía a cada paso como para recordar a uno y saludarlo porque conocía todas las fotografías borrosas y descifraba para mi las inscripciones: “Yace aquí Berta Lifchitz, maestra de la Colonia. Nos enseñó los dos alfabetos, pero la muerte la visitó una tarde, muda”. “Aquí descansa José Aburbuj. La vida lo abandonó suavemente., como cuando cuando se funde nieve en el agua”. “Salomón Vapnir, muerto en diciembre. Un viento fuerte voló por los aires y lo confundió con un pequeño pájaro”. Yo me preguntaba si el tío en realidada leia o inventaba para mí estas frases, pero, en todo caso, lo hacía de un modo veloz y natural, contándome además la vida de cada uno de aquellos seres, habitantes abandonados de un cementerio también abandonado.

El regreso al pueblo se hacía en esas ocasiones muy ameno. Yo volvía con miedo, para sacármelo, hacia mil y una preguntas. El tío Negro pitaba intermitentemente su toscano, dejaba que Arisca le condujera el paso, y me hablaba de esas personas queridas y desaparecidas del mundo natural. moradores ya sólo de un cuenco de palabras.

El sol bajaba despacio. Yo probaba a mirarlo de frente y podía. A mi lado, en contraluz, marchaba el tío, firme y levantado sobre su yegua como otro hermoso animal. Los molinos daban uma sombra larguísima, menos Arisca, todo estaba quieto, hasta el olor de la tierra. El tiempo parecía no pasar; éramos nosotros los que íbamos hacia él, buscándolo.

                                                                     ********

          Algunos dijeron que la culpa la tuvo Arisca, que se espantó. Otros, que algo la había asustado. El doctor Piacenza fue de la idea de un aneurisma: allí, en medio del camino, viniendo de Zubeldía, a las tres o cuatro de la tarde, bajo el solcito de abril, así nomás, como se te estira y se te rompe pero sin mucha fuerza, un final de los dulces, más que nos quisiéramos.

Oí murmurar también que venía galopando ligero, después de haber almorzado unas achuras cib buen vino en lo del Go  yo Sartori, y que esas cosas pasan además porque los autos andan a lo loco por los mismos caminos donde uno va tranquilo, sin molestar, pero ya no, ya no es antes.

Hubo quien dijo que ni siquiera había comido, y que hacía días que no andaba bien. No faltó el lenguaraz que chimentara “la vida que llevaba”, demasiado descuidada, solo, con mujeres, y que por la edad., se sabe, hubiera debido pensar más. Cuando no por el muchacho. . .

Alguien protestó, alguien dijo “callate”. Muchos lagrimaeron;. escuché decir “la vida”, “el tiempo” “Dios lo quiso”. Entendí todo y nada me importó.

Esta mañana de domingo, tomé café en vez de mate amargo, me miré al espejo cuando me lavaba, no me reconocí mucho en esta cara de joven, en esos ojos azules, en el bigotito rubio que empezaba a asomar. Me puse una camisa blanca, planchada, zapatos negros, al pantalón gris y la campera azul.

También quise ponerme algo de él , pero que no se viera. Después de pensarlo bastante, me decidí por su pañuelo negro, el que llevaba muchas veces en el cuello. Lo busqué en su pieza, me dio trabajo encontrarlo, al fin, di con él. Lo planché con la palma de mi mano y con el canto, lo doblé en cuatro, hice un rectángulo más o menos chico, me lo metí en el bolsillo izquierdo del pantalón, donde pudiera tocarlo y tenerlo conmigo sin que nadie se diera cuenta,

En su dormitorio no reparé nada, tal vez no quise mirar bien, y lo único que me quedó fue la silla de paja, sola, con una camisa gris colgada en el respaldo.

 

A las nueve tocaron unos bocinazos y salí, Subí atrás y compartí el asiento con Flora y con Carmencita Rosenfeld. Era el auto del Doctor Piacenza, al lado de él no recuerdo quién iba.

Pusimos una buena hora en llegar al cementerio de la Colonia. Pensé que en mi memoria estaba más distante, y creo que también pensé que sería la última vez que iba a ese a ese lugar.

Alguna gente se nos juntó en la puerta. Dos p tres me dieron la mano firme y sentidamente, alguien me toma de la nica, acerca mi cabeza a la suya y murmura palabras en idish que no alcanzo a comprender. Caminamos todos por una callecita hasta llegar a un pozo. allí un rabino con voz grave, barba con vetas blancas y manos de dedo finos, canta su elegía.

Flora, que no ha dejado de temblar y lagrimear un solo instante, rompe su silencio en un sollozo ahogado que me desconcierta. La miro y me toma fuertemente del brazo. Siento su mano caliente en la muñeca, y tomo a mi vez su brazo. . El gesto no tiene mayor importancia para mí, pero siento que ella lo necesita. Deja de temblar aunque solloza intermiteamente.

Ya han puesto el cajón en la tosa/ todos inclinan las cabezas en silencio. Los hombres tienen puestos gorros negros en los que hay letras hebreas y un candelabro dorado.

Alguien me aprieta el brazo desde atrás. El doctor Piacenza se agacha, toma un terrón de tierra y lo tira sobre la madera. Carmencita hizo lo mismo. Después Villaba, Soria, los Arriaga, Satori, muchos. El rengo Clementino se me acerca y se abraza  contra mí. Coraje, pibe, escucho que me dice.

Frente a mis ojos aparece la cara de Rosita. No sé si es de verdad. Espero que me deja libre Clementino. Mientras acerca como durante un siglo mi cara a la suya empapada en lágrimas saladas, me dice: “Querido cómo debes subir”.  Meto la mano en el bolsillo izquierdo. Toco el pañuelo negro. Siento que la garganta se me cierra. Que ya no tengo a nadie. Que es Rosita quien, después de tantos años, me abraza. Que, así, la tengo por primera vez. Quiero llorar pero tampoco puedo .

Vamos saliendo. El melodía otoñal es, aún más cálida. Pisamos hojas secas, amarillentas, ocres. Hubo algunas fogatas a lo lejos.

 

Me quedaré con con Flora, con Rosita, con dos o tres personas más. Así pasará el tiempo.

Después nos dejaremos. Al fin estaré solo, y el verdadero tiempo comenzará a crecer. Palmearé a Arisca, la llevaré algunas hasta la cancha de Sportivo para variarle un poco, la andaré, la subiré, y ella irá comprendiendo el peso diferente de los cuerpos, las voces diferentes, el silencio, como yo.

________________________________________________________________________________________

Dove Keeper

 (two selections)

images-7

________________________

I don’t know where or how, one day El Tío obtained the bay colt for me. From then on we began to make excursions as far as Alto Lake. He, with his forty and something years, would rid on the back of his mare Arisca, sitting very straight, with The Toscano half-lit between his lips.

Alto Lake had dried up twenty years back, but El Tío liked to visit it as if it still existed, Melancholically, he remembered its splendor, populated my multi-color parasols and by tourists who came from as far away as the capital. Everything there, on those      pieces of barren land, where he still saw crazed movement, couples and laughter. In his version, the salts had concentrated in the land, had little by little by little absorbed the waters, and because of that, there are now left only some white sticks and many animal skeletons.

When the sun cracked the earth, I put on a straw hat with a wide brim, Hawaii brand, and I stayed quiet on my colt while El Tío took a siesta under Arisca.

At dusk we would return and meet some Jewish comrades on the way. Fridays, we would run into Solito Wainfeld, who was walking back to his farm with his horse at his side, not riding, as he had already discovered the first star of the Sabbath. On Sundays, , it was the women who passed in their gaudy dresses, all dolled up for some dance or a family party. Or the man came from the horse races, or the boys who enjoyed galloping against the wind.

During some of those rides, El Tío made me aware of the old cemetery from the Colony, where is parents were buried, and he showed me, by raising up me to a partially broken wall down little wall, that we were able to see the other side, very close by some small mounds under which the Puelche Indians, a century back, put their dead. “You see how at the end we are all mixed together,” I believe he said.

In what had once been the ordered paths of the cemetery, we walked a great deal, and he stopped at each spot as to remember someone and greet him, because he knew all the faded photographs and he deciphered the instriptions for me: “Here lies Berta Lifshitz, schoolmarm of the Colony. She taught us two alphabets, but death visited her, mute.” “Here rests José Aberbuj. Life abandoned him softly as when snow dissolves in water.” Solomón Vapnir, dead in December. A strong wind blew through the air and confused him with a little bird.” I wondered if El Tío really read or invented these phrases for my benefit; in any case, he did it in a rapid and natural way, telling me also about those people, abandoned inhabitants of a cemetery also abandoned.

The return to turned out to be, very pleasant. I would return fearful, and to pull myself out of it, ask a thousand and one questions. El Tío puffed intermittently on his Toscano, let Arisca find the way. and talked to me about those people, dear and lon gone from the natural world, residents now of only hollow words.

The sun was going down slowly. I tried to look straight at it and I could. At my side, against the light, El Tío rode, firm and raised up high above his mare like another beautiful animal. The windmills created a very large shadow: other than Arisca,  everything was quiet, even the smell of death. Time seemed not to move; we were the ones that went toward it, seeking it.

*********

          Some said that it was Arisca’s fault, that she bolted. Others, that something had frightened her. Doctor Piacenza was of the opinion that it was an aneurism; there,in the middle of the road, coming from Zubeldía’s, at three or four in the afternoon, under the slight April sun, just like that, as it stretches you and breaks you without much force, and end to sweetness, more than we wished.

I also heard murmurings that he rode at a light galop, after having lunched on some achuras with good wine at Goyo Sartori’s place, and that those things happen because the autos go like crazy, on the same roads where one goes on tranquilly, without bothering anyone, but it’s not like it used to be.

There was one who said that he hadn’t even eaten, and that he hadn’t felt well for days. And there was the big mouth who gossiped about “the kind of life he lead,” too unkempt, alone, with women, and at his age, he should have thought about it more. At least for the boy. . .

Someone protested, someone said shut up. many wept; I heard it said: “life,” “time,” “God wanted him>” I understood everything. Nothing mattered to me.

That Sunday, I drank coffee instead of bitter mate, I looked at myself in the mirror as I washed, I didn’t recognize much uin that face that was so young, in those blue eyes, in the little blind mustache that was beginning to show. I put on an irone, white shirt, black shoes, the gray pants and the blue jacket.

I also wanted to put on something of his, but that wouldn’t be seen. After thinking about it for a while I decided on his black kerchief, the one he often wore around his neck. I searched for it in his room, it was hard to find; finally, I chanced on it. I ironed it well with the palm of my hand, folded it in four, made a rectangle that was small, more or thes, and I put it in the left pocket of the pants, where I could touch it and have it with me without anyone knowing.

In his bedroom, I didn’t notice anything, perhaps I didn’t want to see clearly, the only thing that remained for me was the straw chair, alone, with a gray shirt hung on the back.

 

At nine there was honking and I went out. I climbed in the back and shared the seat with Flora and wit Carmencita Rosenfeld. It was Doctor Piacenza’s car; I can’t remember who rode beside him.

It took us a good half hour to arrive at the Jewish Cemetery. I thought that in my memory it was further, and I believe that I also thought that it would be the last time that I would go that place.

Some people met us at the entrance. Two or three shook hand firmly; someone touches the back of my neck, brings his head near his, and murmurs some words in Yiddish that I don’t understand. we walk together down a path until we arrive at a hole in the ground. There a rabbi with white veins and hands with fine fingers, sang the elegy.

Flora, who had not stopped shaking and weeping for a moment, breaks into a stifled sigh that disconcerts me, I look at her and she takes me forcefully by the arm. I feel her hot hand on my wrist, and in turn I take her writs. The gesture doesn’t mean much to me, but I understand that she needs it. She stops trembling, though she continues to sigh from time to time.

They have already placed the coffin in the grave. All bow their heads in silence. The men are wearing black caps in which there are Hebrew letters and a golden candelabra.

Someone squeezes my arm from behind. Doctor Piazenza bends over, takes a piece of dirt, and throws it on the wood. Carmencita does the same things. Then Villaba, Soria, the Arreagas, Sartori, many. The lame Clementino approaches me and holds me against him. Be brave, boy, I hear him tell me.

Before my eye, Rosita’s face appears. I don’t know it is true. I wait for Clementino to let go of me. While he keeps his face, soaked in salty tears for what feels like half a century, he says to me, Dear boy, how you must be suffering. I put my hand in my left pocket. I touch the black kerchief. I feel my throat close up. That now I don’t have anyone. That it is Rosita, who, after so many years, is embracing me. That, in that way, I have her for the first time. I want to cry, but I can’t.

We are leaving. The autumn midday is still very warm. We step on dry leaves, yellow, ochre. I smell some faraway bonfires.

 

I will stay with Flora, with Rosita, with two or three more people. In that way, the time will pass.

Later we will leave each other. Finally, I will be alone, and the true time will begin to grow. I will pat Arisca with my palm a few times. I will take her as far as the racetrack, to vary things a little. I will walk her, I will mount her, and she will go, understanding the different weight of the bodies, the different voices, the silence, like me.

 

Translated by Stephen A. Sadow

______________________________________________________________

Obras de Gerardo Mario Goloboff/   Works by Gerardo Mario Goloboff

images-1images-3images-4

images-8images-7imagesimages-9images-5

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google photo

You are commenting using your Google account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.