Luis Norberto León — Cuentista judío-argentino/Argentine Jewish Short-story Writer — “Fiesta Patria” “National Holiday”

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Luis Norberto León

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Luis León se graduó de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo (FADU). Ha dicho> Tiene su estudio de arquitectura propio en Buenos Aires. donde vive con su familia,  Ha dicho que sus puntos de vista “son difíciles de definir, faciles de detectar, prefiero los hechos positivos al relato y los discursos llenos de promesas vacuas, recibir a los pueblos originarios y escuchar sus pedidos a ponerle su nombre a una sala de casa de gobierno y dejarlos esperando en la calle… en fin es fácil de deducir”.

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Luis León graduated for the School of Architecture, Design and Urbanism of the University of Buenos Aires. He has his own architectural Studio, in Buenos Aires where he lives with his family. He has stated that his views are “difficult to define, easy to detect, I prefer positive deeds to speeches full of empty promises facts of the story and the lectures full of empty promises, to receive, to receive native peoples and listen to their requests over listing their names in a government office and letting them wait in the street…so, it is each to deduce my actitud.

 

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Celebración del Feriado del 25 de Mayo/Celebration of the 25th of May Holiday                   Argentina

Fiesta patria

por

Luis León

 

Este cuento se basa en una historia verídica, extraída del testimonio grabado al Sr. Emanuel. Corrían los años cuarenta. El mundo presenciaba lo peor del virulento nazismo y en Argentina no faltaron simpatizantes que los avalaron con actos de discriminación, anti judaísmo y hasta violencia física contra grupos de la comunidad. Sólo el final feliz es imaginario, aunque el ambiente en que se desarrolla, el personaje del portero y la Escuela Francisco Desiderio Herrera son reales.

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Nissim no recordaba un 25 de mayo (1)  tan frío. Hacía casi diez años que subía al palco de madera frente a la Comisaría 27, para celebrar la fiesta patria. Es cierto que él no había nacido en este país, pero desde su llegada y aun estando arriba del barco que lo trajo,  lo adoptó como suyo. Esta tierra que aún no conocía, sería de él para siempre. Tal vez, porque le intrigó lo oscuro de las aguas frente al azul transparente del mar que miraba de niño. O a lo mejor, porque la ciudad vista a lo lejos, se le asemejó de pronto como una enorme caja de locum (2), limpia, blanca, ordenada, por consiguiente debería ser dulce como un locum, el dulce que su abuela le regalaba los sábados a la mañana al salir de la Gran Sinagoga de Izmir. Como representante de la Comunidad Sefaradí de Villa Crespo, junto a su amigo, portaban cada año una bandera de Argentina y otra judía. La primera, como símbolo de adhesión a este pueblo generoso que los recibió, la segunda en cambio, era un paño de esperanza que alguna vez podría flamear en la patria que su gente añoraba. Pero para Nissim estar allí era algo más de lo que se podía leer en su rostro, no era orgullo, sino una indescriptible gratitud. Gratitud hacia esta gente que le permitía compartir el piso de tablones, que algunos niños harían temblar en un rato, con un desgarbado malambo (3). Abajo, los vecinos, como un suave oleaje marino, iban y venían organizando su parte protagónica. Grupos de muchachos frente a la línea de largada para la carrera de embolsados y al costado del palco, recostados sobre unos postes, los dos únicos candidatos a escalar un palo enjabonado. Todos los años se presentaba la misma dupla, personajes aún jóvenes, de morochas facciones cortajeadas quizá, por los helados inviernos sureños. Uno era el repartidor de carbón, el otro sin oficio conocido. Al rondar las diez de la mañana el cielo se había cubierto de nubes haciendo más frío y húmedo el día patrio, el más patrio de los días argentinos. Nissim y sus amigos habían llegado muy temprano, como siempre. Fueron ubicados en primera fila por el comisario, viejo amigo y asiduo visitante del bar Izmir (4).Allí donde los inmigrantes sefaradíes de Villa Crespo y barrios vecinos, tomaban un anís queriendo saber por gente que hacía tiempo no veían. Pero al Negro (como se dejaba llamar el comisario) le gustaban las reuniones de los viernes por la noche. Entre comidas orientales picantes y sabrosas, y la turca moviendo sus caderas, gozaba aplaudiendo sin retaceos a los tañedores que hacían vibrar las cuerdas del ud y el mandolín al ritmo del derbaque. Quizá por eso, el Negro los puso en el palco cerca suyo, porque los sentía hermanos en la alegría, en ese difícil oficio de cuidar el orden que a veces significaba sumergirse hondo en la suciedad de los hombres. La concurrencia era ya numerosa, y el ánimo de jolgorio flotaba en los alrededores, incentivado por algunas bombas de estruendo explotadas en el playón de los bomberos. La gente disfrutaba del olor a pólvora en el aire frío de la mañana, llenando la vereda frente al Cine Rívoli. El maestro de ceremonias tardó un tiempo hasta silenciarlos, cuando comunicó que se entonaría la canción patria. A pesar que la seccional estrenaba un moderno altavoz eléctrico (de los que quizá había sólo un puñado en Buenos Aires) el himno fue voceado a pulmón, como se hizo siempre. En esas circunstancias, y tratándose del canto nacional, hubiera sido imposible aún para la maestra de música (de la Escuela Nº 2 del Distrito Escolar séptimo, Francisco Desiderio Herrera) allí presente, comprobar que desafinaban. Eran cientos de voces al unísono, algunos con la mirada movediza hacia la muchedumbre, otros con sus bocas llenas de solemnes conjugaciones, mirando al frente, jurando “con gloria morir” (5),mientras los bronces de una banda por primera vez presente en el barrio, se lucía en los pasajes más floridos de la melodía. El último “Oh juremos…” (5) desató los esperados aplausos. Sin ellos, el himno no termina; es difícil imaginar un final de la canción patria sin esas palmas que suben de nivel por unos segundos para desgranarse al fin en trozos, hasta desaparecer. Tras el llamado a silencio del locutor, que forzaba su garganta ante la falla del nuevo equipo, llegó el discurso de apertura. Nissim giró la cabeza y detrás de su amigo José, vio el palco colmado con varios conocidos, los del club social. La palabra “vecino”, pronunciada con énfasis por el comisario, reclamó su mirada al frente. Vecino era más que vecino. Vecino era hermano, compatriota de otra nacionalidad, era inmigrantes de diferentes latitudes, el carbonero Lorenzo entregando una negra bolsa en casa del rabino, el gallego del almacén de Camargo tratando de cortejar a la prima solterona de José, eran todos uno, sin diferencias, una enorme familia sacando frutos de la tierra entre calles del barrio a orillas del Maldonado, que cuando se inundaba sin piedad y el tranvía no se le animaba, sacaban los botes de su escondite para cruzar a los más exigidos. Nadie escatimó aplausos, sabían que no era un policía cualquiera. Al Negro, casi lo mata el tranvía el día que doña Clara cayó al suelo, cruzando imprudente la avenida; meses después, la historia volvía a circular como un escudo, que prendido en la gente, lo enorgullecía al exhibirlo. Fue él que al terminar, llamó a decir unas palabras al cura. A Nissim lo sorprendió que no fuera Bernardo (nombre paradójico), el párroco de San Bernardo, quien hablara. Dio vuelta su cabeza para descubrirlo entre los concurrentes, pero no estaba. El padre Bernardo, era un grandote bonachón con quien tomaba café a menudo, compartiendo historias de malevos y compadritos. El que comenzó a hablar en cambio, era un hombrecito diminuto de cara afilada y prominente nariz, cuya expresión producía miedo. A Nissim le costaba seguir el discurso, pues en las primeras frases ya había incluido una decena de veces la palabra Jesús, sin temor a agotar el nombre del Redentor antes de finalizar. El cura de mirada incisiva, giró su cabeza y Nissim absorto lo oyó decir – ¿qué hace entre estas, la bandera de un país inexistente?, y señaló como apuntando con un arma la bandera hebrea, – este paño que erosiona lo profundo del ser cristiano, porque precisamente es la insignia de los deicidas – Tanto él como su amigo José, comprendieron antes que el resto. No eran simples palabras del oscuro personaje en su negro atuendo. Buscaba unir odios perdidos, despertar difusos rencores en los difíciles principios de los años cuarenta. No quisieron que el comisario, que recién se daba por enterado del monótono chorro de odio encerrado en las palabras, se viera presionado a actuar. Ambos guardaron rápidamente la bandera que sostenían, enrollándola en torno al mástil, y con un pedido de permiso que no alcanzó a salir de sus gargantas, abandonaron el palco. Fueron sólo unos metros hasta la esquina de Acevedo, y doblaron donde estaba despejado de gente. No atinaron a mirarse, invadidos de una vergüenza infinita que opacó odio y estupor, caminaron con pasos largos y ligeros. En Camargo, vieron entornada una de las puertas del colegio; tenían, sin haberlo acordado, un solo objetivo: llegar a depositar las banderas en la habitación delantera de la sinagoga, quizá luego, podrían hablar de lo sucedido. Un llamado los sorprendió, como esperando que la historia volviera atrás, se detuvieron. Un Nissim, pronunciado por un hombre viejo, lo hizo mirar a su espalda. Era Roldán, el portero del Francisco Desiderio Herrera, que asomado a la vereda, lo reconoció y lo reclamaba. Nissim hubiera deseado no hablarle, no había manera de descorrer las palabras que habían quedado atravesadas en su interior, pero se acercó. – Qué elegante don Nissim – le dijo el hombre – cuánto hace que no se toma un mate en la portería, agregó invitador. Mi mujer está aprendiendo la receta de esos dulces que le pasó su señora, que a cambio le confió el secreto de nuestras empanadas correntinas -. Días después, ni él ni José (su entrañable amigo y compañero de travesía), se acordarían de lo escuchado en el portón del colegio, tampoco si la charla duró unos segundos o el monólogo del viejo Roldán fue largo. Sólo les quedó a ambos en el recuerdo, la presión del fuerte abrazo de despedida, y el saludo en guaraní que Roldán, como solía hacerlo, les brindó con afecto. Al alejarse unos pasos de la puerta del colegio, con una sonrisa cómplice, como niños, cada uno desplegó la bandera que portaba, acomodando sobre sus hombros los paños colgantes y avanzaron con paso marcial. Y así como gloriosos sobrevivientes de la primera línea de un ejército diezmado, marcharon los cien metros hasta entrar en la sinagoga. – Apuremos que quizá comience a llover y mi sobretodo nuevo puede arruinarse, dijo Nissim. – Sí, vamos que las mujeres deben estar esperándonos con las empanadas correntinas, respondió su amigo, abrochándose el abrigo para salir a la calle., abotonándose su abrigo.

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(1) El 25 de Mayo, se creó el primer gobierno patrio en Buenos Aires, independiente de la corona española. Es por lo tanto un día festivo y de celebración en Argentina.

(2) Tipo de bombones de Medio Oriente.

(3) El malambo es un zapateo individual o grupal, del folklore criollo argentino.

(4) Hoy demolido, fue el más famoso bar de concurrencia de judíos sefardíes, ubicado en el tradicional barrio de Villa Crespo, donde se comía, bebía y en ciertos días, concurrían músicos tradicionales y alguna bailarina oriental.

(5) Frase con que concluye el himno nacional argentino.

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Escuela º7  Francisco Desiderio Herrera
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Dos banderas

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National Holiday

by

Luis Norberto León

 

This short-story is based on a real event, extracted from the recorded testimony of Mr., Emanuel. It was the 1940s. The world was witnessing the worst of virulent Nazism, and in Argentina there was no lack of sympathizers who supported the Nazis with acts of violence, anti-Semitism and even physical violence against Jewish groups. Only the end of the story is imaginary, although the atmosphere in which is takes place, the character of the janitor and also the Francisco Desiderio Herrera School are real.

 

Nissim couldn’t remember a 25th of May so cold. (1) It had been almost ten years since he went up the wooden seat in front of the 27th precinct to celebrate the national holiday. It’s true that he hadn’t been born in this country, but since his arrival and even being aboard  the ship that brought him, he adopted it as his own. This country that he didn’t know would be his forever. Perhaps, because he was intrigued by the darkness of the waters compared with the transparent blue of the sea that he saw as a child. O more likely, because the city, seen from afar, soon seemed to him like an enormous box of locum (2), clean, white, orderly, and therefore ought to be as sweet as a locum, the candy that his grandmother gave him on Saturday mornings as he left for the Great Synagogue of Izmir.  As Representative of the Sephardic Community of Villa Crespo, together with his friend, each year carried an Argentine flag and a Jewish one. The first, as a symbol of belonging to this generous country that received them, the second, on the other hand, was a banner of hope that one day might wave in the country that their people longed for. But for Nissim to be there was something more than could be seen in his face, it wasn’t pride, but an indescribable gratitude. Gratitude toward this people that allowed him to share the dance floor, that some children would shake for a while with an awkward malambo (3) dancing. Below, the neighbors, like a soft sea wave, came and went organizing the part they were to play. Groups of boys front of the starting line for the sack race  and at the side of the  gallery, leaning on the posts, the only two candidates, to climb a soaped pole. Every year the same pair showed up, very young fellows, dark skinned chizzled faces, perhaps because of the frozen southern winters. One was a coal seller, the other of unknown occupation. At about ten in the morning, the sky had covered with clouds, making colder and more humid the holiday, the most important holiday for the argentinos. Nissim and his friends had arrived very early, as always. s They were placed in the front row by the commissioner , old friend and assiduous visiter of to the Izmir Bar.(4).Nobody skimped on applause, they knew that he was just any old policeman. Blacky, was almost killed the day that doña Clara fell to the ground, imprudently crossing the avenue; months thereafter, the story continued to circulate like an emblem, that, fastened to the people, made them proud to wear it. It was he, who on finishing, called on a priest to say a few words. Nissim was surprised that it wasn’t Bernardo (paradoxical name), the parish priest of San Bernardo, who spoke. He looked around to see if he could find him among the attendees, but he wasn’t there. Father Bernardo was large, good-hearted man with whom he often drank  coffee, sharing stories of thugs and troublemakers. The priest who began to speak, on the other hand, was a diminutive small man with a sharp face and prominent nose, whose expression brought forth fear. It was difficult for Nissim to follow the speech, since in the first phrases he had already included the word Jesus a dozen of times, without fearing use up the name of the Redeemer before ending. The priest with the incisive , turned his head toward Nissim who, engrossed, heard him say, “What is it doing with the others here, the flag of an inexistent country?” And he pointed as if he were aiming a gun at the Jewish flag, “This rag that erodes the profundity of the Christian being, because it is precisely the insignia of the deicides.” Nissim, like his friend José, understood before the rest. These were not simple words of an obscure figure in his black outfit. He was trying to bring together old hatreds, awaken vague resentments in the early days for the forties. They didn’t wait  until the commissioner, who just understood from the outpouring of hatred enclosed the words, felt it necessary to act. They two rapidly put away the flag they were carrying, rolling it up around the flagpole, and with a request to move by that didn’t reach succeed in escaping their throats, left the stands. It was only a few meters to the corner of Acevedo, and they turned where it was clear of people. They weren’t able to look at each other, invaded by an infinite shame that overshadowed hatred and stupor. They walked with long and light steps. In Camargo, they saw that one of the doors of the school was ajar. They had, without having agreed on it, a solo objective:  to be able to leave the flags in the front room of the synagogue. Perhaps then, they would be able to talk about what happened. A shout surprised them. As if hoping that history would reverse itself, they stopped. “Nissim”, pronounced by an old man, made him look back. It was Roldán, the janitor of Francisco Desiderio Herrera, who standing/appearing on the sidewalk, recognized him and called him back. Nissim would have preferred not to speak to him; there was no way to restrain the words that had continued to cross his insides, but he came closer. “How elegant, don Nissim,” the man said to him,” “how long has it been that we haven’t had mate together in the porter’s apartment, he added, invitingly. My wife is learning the recipe for those sweets that your mother gave her; in exchange, she entrusted her with the secret of our Corrientes-style empanadas.” Days later, neither he nor José (his close friend  and partner-in-crime) would remember what they heard in entrance to the school, nor if the chat lasted a few seconds or if Roldán’s monologue was very long. The only thing the two remembered was the pressure of the strong goodbye hug, and the greeting in guarani, that Roldán, as he was accustomed to do, gave them affectionately. On distancing themselves a few steps from the high school door, with a complicit smile, like children, each one unfurled the flag that he was carrying, placing on their shoulders the hanging cloth and advanced at a military pace. And like the glorious survivors of the first line of a decimated army, they marched the ten meters to the synagogue. “Let’s hurry because I think it’s going to rain, and my new coat could get ruined,” Nissim said. “Yes, let’s go. The girls must be waiting for us with Corrientes-style empanadas,” his friend responded, buttoning up his overcoat in order to go out onto the street.

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(1) The 25th of May, The first patriotic government was created in Buenos Aires,            independent of the Spanish government. For that reason, it is a holiday and day of celebration in Argentina.

(2)Type of candies from the Middle East.

(3)  The “Malambo” is a tap-dance, done individually or in groups, taken from Argentine rural folklore.

(4) Now demolished, the Izmir Bar was the most famous of those of the Sephardic Jews, located in the traditional Villa Crespo neighborhood , where you ate and drank and, on some days, brought together traditional musicians and an Oriental dance.

(5(  The phrase that ends the Argentine National Anthem.

 

 

 

 

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