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Marcelo Cipis– Artista brasileiro-judeu/Brazilian Jewish Artist

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Marcelo Cipis

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Marcelo Cipis (São Paulo SP 1959)

Marcelo Cipis Inicia sua formação em artes plásticas, em 1968, no ateliê livre de criação coordenado por Naum Alves de Souza (1942), na Fundação Armando Álvares Penteado – Faap. Freqüenta o ateliê de Fanny Abramovitch, entre 1970 e 1971, e tem aulas com Luiz Paulo Baravelli (1942), em 1976. No ano seguinte, ingressa na Faculdade de Arquitetura e Urbanismo da Universidade de São Paulo – FAU/USP, formando-se em 1982. Nesse período começa a trabalhar como ilustrador em revistas e jornais e estuda aquarela com Rubens Matuck (1952). De 1983 a 1985 tem aulas de desenho e pintura com Dudi Maia Rosa (1946). Participa, em 1984, da 11ª Bienal de Artes Gráficas de Brno, na Tchecoslováquia, atual República Tcheca. Realiza sua primeira individual em 1988, na Galeria Documenta, em São Paulo. Participa da 21ª Bienal Internacional de São Paulo, com a instalação Cipis Transworld, das 4ª e 5ª edições da Bienal de Havana, Cuba. Recebe, em 1994, o Prêmio Jabuti pela capa do livro Como Água para Chocolate, de Laura Esquivel, publicado pela Editora Martins Fontes. Em 2000 ganha bolsa da Pollock-Krasner Foundation em São Paulo. Produz ilustrações para vários jornais, revistas e livros infantis.

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Marcelo Cipis began his training in fine arts in 1968 at the free creative studio coordinated by Naum Alves de Souza (1942) at the Armando Álvares Penteado – Faap Foundation. He attends Fanny Abramovitch’s studio, between 1970 and 1971, and has classes with Luiz Paulo Baravelli (1942), in 1976. The following year, he joined the Faculty of Architecture and Urbanism of the University of São Paulo – FAU / USP, graduating In 1982, he began working as an illustrator in magazines and newspapers and studied watercolor with Rubens Matuck (1952). From 1983 to 1985 he took drawing and painting classes with Dudi Maia Rosa (1946). Participates in 1984 at the 11th Brno Biennial of Graphic Arts in Czechoslovakia, the present Czech Republic. Makes his first solo in 1988 at Galeria Documenta, in São Paulo. Participates in the 21st International Biennial of São Paulo, with the installation Cipis Transworld, the 4th and 5th editions of the Havana Biennial, Cuba. In 1994, he received the Jabuti Award for the cover of Laura Esquivel’s book Como Água para Chocolate, published by Editora Martins Fontes. In 2000, he received a scholarship from the Pollock-Krasner Foundation in São Paulo. Produces illustrations for various newspapers, magazines and children’s books.

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Obras de arte/Obras de arte/Artworks

 

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Obra premiada/Obra premiada/Awarded Work

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As capas para libros/Book Covers

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As capas de libros /Book Covers 

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Marcelo Cipis

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Moico Yaker — Artista judío-peruano/Peruvian Jewish Artist — Sobre “Teniendo problemas para rezar” “On Having Trouble to Pray”

 

Moico Yaker Editadas (3)
Moico Yaker

Moico Yaker’s Website

Moico Yaker

Moico Yaker nació en Arequipa, Perú in 1949. Estudió Arquitectura en la University of Miami (EEUU), También estudió literatura, filosofía e historia en la Universidad Hebrea de Jerusalem. Fue a la Escuela de Dibujo y Pintura “Byam Shaw” en Londres y a la École National Supérièure de Beaux-Arts, Paris.

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Moico Yaker was born in Arequipa, Peru, in 1949. He studied Architecture at the University of Miami, Miami, Florida, He also studied literature, philosophy and history at the Hebrew University in Jerusalem. He attended the “Byam Shaw” School of Drawing and Painting in London and the École National Supérièure de Beaux-Arts in Paris.

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“Tener problemas para orar” es una serie continua de sesenta dibujos que representan a un adorador cuya crisis existencial asume dimensiones inesperadas y a veces fantásticas.

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SOBRE “TENIENDO PROBLEMAS PARA REZAR”

Una mañana en Tel Aviv, decidí que la única forma en que podía orar era salir a las calles en busca de una persona religiosa que me obligara a hacerlo. Necesitaba sentir que las rayas de cuero del tefilín apretaban mi piel para precipitar nuevamente de mi corazón el fluido de las emociones que una vez me calentaron los días. Paseé por las calles de Bnei Barak infructuosamente durante unos días, pero no pude encontrar lo que estaba buscando. “Tener problemas para orar” comenzó allí, donde la representación intenta cumplir el mismo acto de orar. . .o de “no rezar”. Un ritual matutino de rayas de tinta en la piel del papel.

Ese día dibujo mi oración mientras mis dedos, enredados en rayas, corren como sangre tan negra como un toro furioso. A la mañana siguiente, mientras dibujaba mi lectura de las palabras santas, son cálidas, como el gato de mi hija acariciando mi pierna. Pero debo concentrarme y trato de encontrar una mejor posición para leer mis oraciones. Me paro en un brazo. Puse el libro en el suelo y lo leí doblado. Pero luego un olivo comienza a crecer de mis dedos, y lo aprieto en mi brazo para dejar claros signos de mi devoción. Al día siguiente, el arbusto ha crecido profusamente, ha florecido. Cuando escuché un zumbido y vi que un grupo de insectos se había unido a mí, cantando al unísono, combinamos nuestras voces y vi cómo sus alas estampadas y las rayas negras alrededor de mi brazo se veían iguales. “Todos debemos ser judíos”, dije. Luego comenzaron a llegar pájaros más coloridos y loros de la jungla, que se acomodaron en el árbol que crecía lentamente de mi cuello. Estaba tratando de repetir solemnemente esas palabras que en un trueno unen todas las cosas en una. . . Pero mi cuerpo ahora se sentía tan ligero como un susurro y podía escuchar a todos mis invitados, algunos silbando y otros chillando en el dosel al ritmo de las letras hinchadas de tinta que no había podido leer. Volví a mirar mi libro de oraciones y noté cuán blanco y desprovisto de tinta se había vuelto mi cuerpo sentado. . Me estremecí en mi transparencia, haciendo que todos los pájaros e insectos de tinta negra saltaran en un trueno de la página blanca, volviéndome una vez más al vacío del día. Pero a la mañana siguiente había crecido un limonero donde aún se podía oír el divino grito. tratando de leer n mandarinas. . . Todos éramos judíos y comenzamos a cantar una canción. Tenía que poner fin a todas estas distracciones banales y concentrarme en mi propósito: tenía que liberar mis oídos y mis ojos, esperando alguna respuesta. En silencio, comencé a envolver las filacterias negras y devolverlas a sus pequeños hogares. En el camino, las rayas de tinta negra surgieron abruptamente de la página blanca y comenzaron a girar y girar caprichosamente, recordándome todos los lugares donde habían estado. Un brazo vacío, mi cabeza desnuda, pájaros cantando sobre el amor, un toro furioso, una flor abierta, un ciervo ciego, todos ellos repetidos incansablemente, en blanco y negro, cómo los árboles, pájaros y montañas, nubes y lluvia, se regocijaban en su recreación; un caos organizado en el que las cabezas y los brazos estaban agrupados en patrones de líneas negras que cobraron vida en cantos piadosos.

Me aparté, notando cuán ansiosamente se reproducían. Estaba sudando tinta negra en mi piel de papel blanco. La intensidad de su devoción los había hecho sólidos, como el canto de toda una sinagoga; mi propia voz ya no se podía escuchar. Me escondí dentro de mi chal de oración, deseando el silencio de una respuesta. Hoy mi piel de papel es blanca otra vez, el espacio vacío que refleja esa hora devota en Tel Aviv. No hay respuestas en su superficie, solo la vanidad de otro lunes por la mañana y un leve recuerdo de mi sueño.

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“Having trouble to Pray” is an ongoing series of sixty drawings that depict a worshiper whose existential crisis assumes unexpected and sometimes fantastical dimensions

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“ABOUT: HAVING TROUBLE TO PRAY”

That day I draw my prayer as my fingers, entangled in stripes, run like blood as black as a raging bull. The next morning as I draw my reading of the saintly words, they are warm – like my daughter’s cat caressing my leg. But I must concentrate, and I try to find a better position to read my prayers. I stand on one arm. I put the book on the floor and read it bending. But then an olive tree starts to grow from my fingers, and I squeeze it on my arm to leave clear signs of my devotion. By the next day the bush has grown profusely, it has flowered. When I heard a buzz and saw a group of insects had joined me, chanting in unison, we matched our voices and I saw how their patterned wings and the black stripes around my arm looked just the same. “We must all be Jewish,” I said. Then more colorful birds and jungle parrots began to arrive, arraying themselves on the tree that was slowly growing out of my neck. I was trying to solemnly repeat those words that in a thunder unite all things in one. . . But my body now felt as light as a whisper and  I could  hear all of my guests—some whistling and others screeching on the canopy to the rhythm of the of the ink-swollen letters that I had been unable to read. I looked back at my prayer book and noticed how white and devoid of ink my seated body had become. . .I shivered in my transparency, making all the black-ink birds and insects to jump in a thunder out of the white page, returning me once again to the emptiness of the day. But next morning a lemon tree had grown where the divine warbling could still be heard. There were many juicy fruits, and the weight of the black ink perfumed the intricate branches that grew tightly around the words of awe I was trying to read.

“This fruit must also be Jewish,” I said, hoping to warm my heart with a feeling of mutual understanding. But I had to make sure and insisted on having the round delightful shapes of my fruits perform my ultimate intention. Quickly, I wound them around my own pen and ink as a sign of belonging to my community. And the lemons turned to apples and they became bananas and soon tangerines. . . We were all Jewish and we began to sing a song. I had to end all these banal distractions and concentrate on my purpose—had to liberate my ears and my eyes, hoping for some answer. Silently, I started to wrap the black phylacteries and return them to their small homes. On the way, the black ink stripes abruptly arose out of the white page and started to twist and swirl capriciously, reminding me of all the places they had been. An empty arm, my naked head, birds singing about love, a raging bull, an open flower, a blind deer, all of them repeated tirelessly, in black and white, how trees, birds and mountains, clouds and rain, rejoiced in their recreation; an organized chaos in which heads and arms were bundled up in think , black-lined patterns that became alive in pious chanting.

I stood back, noticing how eagerly they reproduced. I was sweating black ink on my white paper skin. The intensity of their devotion had made them become solid, like the chant of a whole synagogue; my own voice could no longer be heard. I hid within my prayer shawl, wishing for the silence of an answer. Today my paper skin is white again, the empty space reflecting that devout hour in Tel Aviv. There are no answers on its surface, only the vanity of another Monday morning and a faint remembrance of my dream.

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Samuel Pecar (1922–2000) — Cuentista judío-argentino-israelí/Argentine-Israeli Jewish Short-story Writer — “El compatriota” “The Compatriot”

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Samuel Pecar

SAMUEL PECAR (1922–2000), nació en Colonia López, una colonia agrícola en Iin Entre Ríos (Argentina). En 1930 su familia se mudó a San Fernando, en las afueras de Buenos Aires. Entre 1951 e hizo su aliá en 1962. Publicó tres libros que criticaron humorísticamente la vida de la comunidad judía en Argentina: Cuentos de Klein-ville  1954), La generación olvidada (1958); Los rebeldes y los perplejos. Cuentos casi serios 1959). Estas obras lo convirtieron en uno de los autores más representativos reconocidos por la comunidad judía argentina. Samuel Pecar continuó su trabajo literario en español, describiendo su experiencia en Israel: sus textos literarios maduros expresaron la comprensión de Pecar de los componentes utópicos del sionismo en Israel, manifestado en dos de sus novelas: Temática e ideológicamente, estas obras narran la dimensión existencial humana y La epopeya general de una nueva vida en Israel. Pecar fundó, en 1985, la Asociación de Escritores Israelíes en Español (AIELC). Coeditó, con Itzhak Gun, la antología Mi-Sham Le-Kan: Soferim Yisra’elim Kotevim Sefaradit (“Desde allí hasta aquí, los autores israelíes escriben en español”, 1994), con obras de 41 escritores. Ganó el Premio Presidente de Israel.

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SAMUEL PECAR (1922–2000), was born in Colonia López, an agricultural colony Iin Entre Rios (Argentina). In 1930 his family moved to San Fernando, in the outskirts of Buenos Aires. Between 1951 and he made his aliyah in 1962. He published three books that humorously criticized Jewish community life in Argentina: Cuentos de Klein-ville (“Stories of Smallville,” 1954), La generación olvidada (1958); Los rebeldes y los perplejos. Cuentos casi serios 1959). These works made him one of the most representative authors acknowledged by the Argentina Jewish community. Samuel Pecar continued his literary work in Spanish, describing his experience in Israel: His mature literary texts expressed Pecar’s understanding of the utopian components of Zionism in Israel, manifested in two of his novels: Thematically and ideologically, these works narrate the human existential dimension and the general epic of a new life in Israel. Pecar founded, in 1985, the Association of Israeli Writers in Spanish (AIELC). He co-edited, with Itzhak Gun, the anthology Mi-Sham Le-Kan: Soferim Yisra’elim Kotevim Sefaradit (“From There to Here, Israeli Authors Write in Spanish,” 1994), with works of 41 writers. He won the President of Israel Prize.

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“El compatriota”

“Ir por aqui. Volver por allí. No abrir eso. Buscar abajo. Buscar arriba. . .” La lista de precauciones, advertencias y reglas a las que debía ajustarse durante su misión en Entremontes, le llenaron dos hojas de papel. Un pensamiento nada simpático lo agitó en la silla. “Si algún fanático me puede abrir los sesos allá, ¿para qué demonios me metí en este baile? ¿Por qué el pasaje que me pagan? Puedo viajar a Sudamérica por mi cuenta, cuántas veces se me dé, sin arriesgarme que me baleen.” Sacudió la cabeza para alejar de sí esas salidas de pigmeo. “También aquí hay que cuidarse y a veces más que en el exterior. ¡No seas miedoso, tragalibros!”

–¿Está claro, doctor Mier?—inquirió el oficial de seguridad, con una voz pedregosa.

–Tengo un pequeño problema.

El bigotazo se corrió a un lado, descontento, cuando escuchó su plan.

–La idea no me gusta nada. Londres está plagado de terroristas.

Mijael se endulzó la voz. Una pausa de cuarenta y ocho horas en la ciudad, con su mujer, antes de volar a Entremontes. Eso es todo.  Después Sigal se traslada a la casa de unos parientes y él se va dictar clases en Cierro Alto. ¡Qué riesgo puede haber en esa corta vacación?

–Acepto, pero con una excepción. Usted y su esposa no pronuncian ni una sola palabra en hebreo delante de personas a quienes no conozcan. Castellano, o cierran la boca. Castellano, o cierran la boca. Y si alguien les pregunta de donde vienen, ustedes son turistas argentinos. ¿Está claro?

Salió de la oficina con paso irritado. Durante sus visitas anteriores había escuchado hablar a los israelíes en el idioma de la Biblia, sin miedo alguno, en cada recodo de la isla. El oficial exageraba. La euforia de Sigal lo reanimó. De acuerdo; vamos a darle el gusto al mandón. Lo que importa es pasarla bien durante esos dos días.

–Castellano, nena—le recordó en voz baja, mientras bajaron del avión.

Para demostrarle que estaba en guardia, ella le replicó en extrema en un español impecable, aderezado con el canturreo mexicano, extraído de las series televisivas. “Que hable con el acento que quiera. La cuestión es que no se vaya mara el Medio Oriente.”

Llegaron al hotel antes de del mediodía, frescos y llenos de energía, después del vuelo de cinco horas. Almorzaron, abrieron el paraguas y enfilaron hacia la Torre de Londres, el primer punto señalado en la guía turística.

–Fue un acierto haber elegido un hotel cerca del tren subterráneo—comentó Mijael, mientras subían las escaleras.

¡Ken!—asintió ella. Y al escuchar su gruñido, tradujo con rapidez: “Sí, sí”.

Mijael la observó con cara ceñuda. “Voy a tener problemas. Cuando se excita, le brotan palabras antes de que pueda retenerlas. Tengo que evitar en público, los diálogos con ella.”

La cola de turistas para entrar a la Torre era larga. Se sentaron en una plazoleta contigua. La conversación brotó en castellano, espontáneamente, sin necesidad de recurrir al autocontrol que se había propuesto Mijael.

Un hombre joven, elegante, con un enorme cámara fotográfica colgada de un hombro, surgió de golpe delante de ellos, como un fantasma inglés.

–Sí, sí. . .

–¿De Buenos Aires?”

–Exacto.

–¡Qué suerte! ¿Hace mucho que llegaron?

–Hoy. . . al mediodía.

–¿Y ya salieron a pasear después de semejante vuelo? ¡Bárbaro! Yo estoy aquí hace diez días. En realidad, no vengo de Buenos Aires, sino de Nueva York. Vivo allí desde que me divorcié, hace cuatro años. Tengo un estudio fotográfico. Pero permítanme que me presente. Me llamo Néstor—les estrechó la mano y siguió subministrado datos sobre él mismo, jovial, expansivo, sin esperar réplica.

Mijael trató de catologarlo. ¿Ladrón? ¿Cuentero?

Sigal no le quitaba los ojos de encima. Fascinada por el torrente verbal latino, del que estaba un poco deshabituada. Néstor se sentó a su lado y siguió usando el primer pronombre personal. Por suerte, no preguntaba. Tampoco miraba de frente. Poco a poco, Mijael fue bosquejando el perfil de su locuaz compatriota. Culto. Buena posición económica, fotógrafo de eventos familiares, distraído de todo que no guarde relación con su divorcio. Se refería a él como si recitara versículos del diluvio. El “yo” se fundía entonces con el “ella”, y de allí no salía, obsesionado por el cordón umbilical cortado. No por culpa suya. Fue la mujer quien lo dejó.

“Por eso se pegó a nosotros”. reparó Mijael, con una gota de piedad, al verlo gesticular mientras describía una de sus excursiones, por quién sabe qué montañas o lagos con la ex. Y en eso no hay peligro ninguno. Sigal pensó lo mismo.

–¡Nosotros también hicimos un tiul fantástico por allí—soltó.

Néstor no reaccionó ante le vocablo foráneo. Asintió, con los ojos vidriosos fijos en Sigal, sin advertir que sus labios se habían movido a contramano. “La falta de atención es la bendición del cielo”, descubrió el profesor.

–Tenemos que entrar la Torre, nena, la aferró de un brazo. ¡Vamos!

–Si, sí, entremos. Se nos hace tarde—le palmeó Néstor, y Mijael sintió deseo de aplastarle la cámara en el cráneo.

Cuando concluyeron el recorrido, el vocabulario del fotógrafo se había enriquecido con media docena de vocablos semitas que asimiló sin un pestañeo, eso es lo que más le inquietó a Mijael. ¿Es posible que sus problemas lo narcoticen en tal extremo? O se hace el imbécil, para tirarnos la lengua? El oficial de seguridad me habló de bombas y tiros, pero no de sujetos como éste. Lo peor es que mi mujer empieza a sentirse muy cómoda con él. ¡cuidado con la boquita, nena!

Néstor los acompañó hasta la estación subterránea, sin darle descanso a la blanda, Mijael le tendió la mano, y antes de que alcanzara a musitar un “mucho gusto”, el pegajoso ya se estaba invitando a visitar con ellos el museo de cera de Madame Toussot. El monólogo seguía girando en torno de ella. Resulta que Hilda (ya les estaba resultando familiar la pantera) vivía con otro. De nuevo captó en sus honduras la ola de simpatía hasta él y la frenó apretando los dientes.

En la antesala el museo fotografió a la pareja amiga, parados, sentados, con él, sin él. . .

–Después se las mando, en cuanto me den su dirección—les prometió, y Mijael sintió un puñetazo en el vientre. “Hay que escaparse”, le hizo un señal a su esposa.

–¡Un momento! ¡Ustedes no se van sin cenar conmigo! Conozco un restaurante italiano de primera.

Se negaron. Néstor no cedió. “¡Cena! ¡Cena de despidida! ¡No digan que no!”, insistía el desgraciado. Y cuando ella soltó una implorante parrafada hebraica, aceptó, para congelar la lengua.

A los postres, agradecidos y un tanto sentimentales por el vino de brindis, Mijael cruzó la mirada con la Sigal y los dos coincidieron. Hay que terminar con la farsa. Néstor es un buen muchacho, vulnerable, sufrido, inofensivo. Con cuidado, para no causarle nuevas heridas, Mijael fue deshaciendo la burda cortina del embuste, sin mencionar la segunda etapa de su viaje.

Néstor dejó de hablar. Los ojos de muñeca los contemplaron, lúcidos, como si acabara de descubrir que no eran invisibles.

–¿Ustedes son israelíes?

–Sí, nacidos en Buenos Aires—y aguadaron el veredicto, atornillados a la silla.

–¡Fíjense lo que son las cosas! Yo también soy judío. ¿No se lo dije antes? Me olvidé. Hilda me echó en la cara una vez que trato de ocultar mi origen. No es cierto. Me acuerdo que fue durante un paseo que hicimos. . .

¿Quién es este hombre? ¿Psicópata? ¿Ladrón? ¿Terrorista? ¿Cuentero? ¿Semita? ¿Antisemita?

Mijael sintió que su cuerpo se tornaba tenso, como si antes de aprender una carrera que sólo podía concluir en dos lugares: en la habitación de su hotel, entre risas, o en la calle, con un tiro en la frente.

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La Torre de Londres? The Tower of London

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The Compatriot

“Go that way. Return that way. Don’t open that. Look below. Look above. . .” The list of precautions, warnings and rules to which he had to stick during his mission in Entremontes, filled two sheets for paper. An unpleasant thought made him agitated him in his chair. “If some fanatic can open up my brains there, why in the hell, did I get involved in this mess. Why did they give me the money for the ticket? I can travel to South America on my own, whenever I feel like it, without risking being shot.” He shook his head to get away from these minor excuses. “Right here, it’s necessary to take care of yourself and sometimes more than abroad. Don’t be fearful, you bookworm!

“Is that clear, Doctor Mier?,” inquired the security official, with a gravelly voice.

“I have a small issue.”

The big mustache went out of place, displeased, when he heard his plan.

“I don’t like the idea at all. London has a plague of terrorists.

Mijael softened his voice. A pause of forty-eight hours in the city, with his wife, before flying to Entremontes. That’s all. After that, Sigal moves some relatives’ place, and he leaves to give lectures in Cierro Alto. What risk could there be in that short vacation?

“I’ll go along with that, but with one exception. You and your wife don’t speak a single word in Hebrew in front of people you don’t know. Spanish, or you keep your mouth shut. And if anyone asks you where you come from, you are Argentine tourists. Is that clear?”

He left the office somewhat irritated. During his previous visits, he had heard Israelis speak in the language of the Bible, without any fear, in every corner of the island. The officer was exasperated. The euphoria de Sigal reanimated him. Agreed, we will please the boss. What is important is to enjoy those two days.

“Spanish, my girl,” he reminded her in a low voice, while they got off the plane.

To show that she was on guard, she replied, to the extreme with impeccable Spanish, dressed up with a Mexican sing-song, taken from the television series.

“It was a wise decision to have chosen a hotel near the Underground,” Mijael commented, while they were climbing the stairs.

“Ken!, she agreed. And on hearing his growl, translated quickly: “Sí, sí.”

Mijael observed her with a frown. “I’m going to have problems, when she gets excited, words come out before she can hold them back. I have to avoid having public discussions with her.”

The line of tourists waiting to enter the Tower was long. They sat down in a contiguous little square. The conversation burst out in Spanish, spontaneously, without the need to recur to the self-control that Mijael had proposed.

“Argentines?

A young man, elegant, with an enormous camera hanging from a shoulder, suddenly surged in front of them, like some English phantom.

“Yes, yes. . .”

“From Buenos Aires?”

“Exactly.”

“What luck! How long ago did you arrive?”

“Today. . .at noon.

“And you’ve already gone out to sight-see after such a flight? Fantastic! I’ve been here for ten days. Truthfully, I didn’t come from Buenos Aires, but New York. I’ve lived there since I got divorced, four years ago. I have a photographic studio. But permit me to introduce myself. I’m Néstor—he reached out his hand to them and continued providing information about himself, jovial, expansive, without waiting for a reply.

Mijael tried to catalog him. Thief? Conman?

Sigal didn’t take her eyes off him. Fascinated by the verbal torrent of Spanish, of which she had become a bit unused to. Néstor sat at her side and continued using the first person. Luckily, he didn’t ask questions. Neither did he look straight ahead. Little by little, Mijael was sketching out the profile of his talkative compatriot. Educated. Good economic situation, photographer of family events, distracted from everything that didn’t relate with his divorce. He referred to it as if her were reciting verses about the flood. The “I” then morphed into the “she,” from there it didn’t change, obsessed by the cut umbilical cord. It wasn’t his fault. It was she who left him.

“It must be for that reason, he attached himself to us,” thought Mijael, with a bit of compassion, while he watched him gesticulating, while he described one of his excursions through who knows what mountains or lakes with the “ex.” And in this, there is no danger. Sigal thought the same.

“We also had a fantastic tiul there.”

Néstor didn’t react to the foreign word. He agreed with watery eyes fixed in Sigal, without mentioning that his lips had moved in the wrong direction. “The lack of attention is the benediction of Heaven,” the professor discovered.

“We have to enter the Tower, my girl, he grabbed he by an arme. Let’s go!”

“Yes, yes, let’s go in. It’s getting late,” Néstor patted him, and Mijael felt the desire to smash the camera on his cranium.

Néstor accompanied them to the Underground station, without out giving them any rest, Mijael offered his hand, and before he had a chance to mutter a “it’s been a pleasure”, the sticky guy was already inviting them to visit Madame Toussot’s Wax Museum with him. The monologue continued to turn around her. It happens that Hilda (they were already becoming familiar with the panther) was living with someone else. Once again, he captured himself in the depths of a wave of sympathy for him, but stopped it by clenching his teeth.

When they finished the tour, the photographer’s vocabulary had been enriched with a half dozen Semitic words that he assimilated without blinking, something that most worried Mijael. Is it possible that his problems have doped him up to such an extreme? Or, has he is playing the imbecil, to get us to talk. The security official spoke to me about bombs and shots, but of subjects like this one. The worst of it is that my wife is beginning to feel very comfortable with him. Careful with your mouth, my girl!

In the foyer, he photographed the friendly couple, standing, sitting, with him, without him. . .

“Later on, I will send them to you, provided that you give me your address, he promised them, and Mijael felt a punch in the gut. “We have to get out of here,” he signaled his wife.

“One moment, you can’t leave without having supper with me. I know a first-class Italian restaurant.

They refused. Néstor didn’t give in. A supper! A goodbye dinner! Don’t say no!, insisted the poor fellow. And when she let go an imploring Hebraic spiel, he accepted to freeze her tongue..

At dessert, thankful and a bit sentimental for the wine from the toast, Mijael crossed glances with Sigal, and the two agreed. It’s time to end the farse. Néstor is a good fellow, vulnerable, long-suffering, inoffensive. With care, so as not to cause him new wounds, Mijael was undoing the heavy curtain of the fabrication, without mentioning the second stage of his trip.

Néstor stopped speaking. His doll’s eyes contemplated them, lucid, as if he had just discoved that they were not invisible.

“You are Israelis?”

“Yes, born in Buenos Aires,” and they awaited the verdict, screwed into their seats.

“Look at how things are! I too am a Jew. Didn’t I tell you before. I forgot. Hilda once threw it in my face/reproached me that I try to hide my origin. It’s not true. I remember that it was during a trip we made. . .

“Who is this man?” {Psychopath? Thief? Terrorist? Conman? Seminte? Anti-Semite?

Mijael felt his body become tense, as if before to take in a career that could only conclude in two places: in the hotel room, among laughter, or in the street, with a shot in the forehead.

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Víctor Chab — Artista visual judío-argentino/Argentine Jewish Artist — “La pintura surrealista en Argentina”/ “Surrealist Painting in Argentina”

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Víctor Chab

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Víctor Chab nació en la ciudad de Buenos Aires, el 6 de septiembre de 1930, en el seno de una familia de inmigrantes judíos. Nacidos en Damasco, luego de un breve paso por Cuba, sus padres se instalaron en la Argentina donde se dedicaron al comercio. A los trece años, apenas salido de la escuela primaria, Chab ya había definido su vocación por la pintura. Autodidacta, asistió a diversos talleres -brevemente al de Cecilia Marcovich y Demetrio Urruchúa- hasta que conoce el taller libre MEEBA (Mutual de Estudiantes y Egresados de Bellas Artes) donde ejercita el oficio. En 1947 obtiene el Segundo Premio del XXVI Salón Anual de MEEBA, por la obra “Manzana sobre mesa”. En 1952 realiza la primera exposición individual en la galería Plástica de la ciudad de Buenos Aires, comenzando así una larga trayectoria, exponiendo tanto en Argentina como en el exterior. En 2001, exhibe pinturas en la galería Rubbers. Estas obras altamente figurativas ponen en escena varios de los temas que Chab ha tratado en su larga carrera: automatismo versus imagen, representación versus delirio.

Adaptado de: https://artedelaargentina.com/disciplinas/artista/pintura/victor-chab

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Victor Chab was born in the city of Buenos Aires, on September 6, 1930, in a family of Jewish immigrants. Born in Damascus, after a brief step through Cuba, his parents settled in Argentina where they worked in commerce. At thirteen, just after leaving elementary school, Chab had already defined his vocation for painting. Self-taught, he attended several workshops – especially that of Cecilia Marcovich and Demetrio Urruchúa – until he meets the free workshop MEEBA (Mutual of Students and Graduates of Fine Arts) where he exercises the trade. In 1947 he obtained the Second Prize of the XXVI Annual MEEBA Salon, for the work “Apple on table”. In 1952 he made the first individual exhibition in the Plastic Gallery of the city of Buenos Aires, thus beginning a long career, exhibiting both in Argentina and abroad. In 2001, he exhibits paintings in the Rubbers gallery. These highly figurative works put on stage several of the topics that Chab has dealt with in his long career: automatism versus image, representation versus delirium.

Adapted from: https://artedelaargentina.com/disciplinas/artista/pintura/victor-chab

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Pinturas y esculturas de Víctor Chab/

Paintings and Sculpture y Víctor Chab

 

 

 

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