Enrique Amster — Novelista judío-argentino/Argentine Jewish Novelist” — “Marcela y Judith” — una novela de amor e identidad en Israel y Argentina/A Novel of Love and Identity in Israel and Argentina — fragmento/excerpt

 

Ralesky
Enrique Amster

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Enrique Amster nació en la provincia de Entre Ríos y reside en la Capital desde los nueve años de edad. Estudió construcciones en una escuela industrial y luego arquitectura en la Universidad de Buenos Aires. En tanto desarrollaba su actividad profesional diseñando inmuebles para vivienda, realizó estudios de postgrado en planificación física y regional. Participó en equipos interdisciplinarios públicos y privados, formulando diversas propuestas de ordenamiento urbano especialmente en sectores de tránsito y transporte. Su vocación literaria se fue manifestando de a poco entre otros intentos expresivos: el dibujo y la pintura. Es a partir de la práctica en seminarios de periodismo y en talleres literarios, que la escritura fue elegida finalmente como el medio idóneo que le permitiera decodificar los mensajes ocultos en su mundo interior. Ha publicado narrativa en antologías y una novela, Marcela y Judith, 1999 Retumbar de trenes, 1999.

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Enrique Amster was born in the province of Entre Ríos and has lived in the Buenos Aires since he was nine years old. He studied construction at an industrial school and then architecture at the University of Buenos Aires. While developing his professional skills, designing real estate for housing, he completed postgraduate studies in physical and regional planning. He participated in public and private interdisciplinary teams, formulating various proposals for urban planning, especially in the transit and transport sectors. His literary vocation was gradually developed, while attempting other expressive areas: drawing and painting. From practice in journalism, seminars and literary workshops, he finally chose writing as the ideal medium that would allow him to decode the hidden messages in his inner world. He has published a narrative in anthologies and a novel, two novels Marcela and Judith, in 1999 and Retumbar de trenes. 1999.

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“Marcela y Judith”

fragmento de la novela

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¿José Luis?

No negaré que muchas veces tuve la tentación de llamarlo, buscarlo, saber algo de él, escribirle, pero nunca lo hice: no pude. En el diario le destinaba, cada tanto, páginas enteras. Reconocía todo lo que había influido en mí, provocando los cambios que vendrían después; le adjudicaba haber desencadenado un severo auto-cuestionamiento de la identidad, lo cual me permitió descubrir en mí un sentido de pertenencia a la cultura argentina que ignoraba poseer.

Y por encima de todo eso, ha sido José Luis quien me ayudó a correr los velos de una sensualidad oculta detrás de mandatos y preceptos programados, organizados desde mi nacimiento o, quizá, antes. Pensaba en José Luis e imaginaba que ya se había desvinculado afectivamente de mí.  Que todo había pasado. Que este “episodio” que vivimos fue definitiva y como yo lo sentí por aquel entonces, eso mismo, un episodio, u a pasión fugaz, producto de la excitación de mi partida. Se habrá mudado—pensaba—y vivirá con una pareja ya no en el desvencijado estudio de la calle Montevideo sino en alguno otro sitio de la ciudad: San Telmo o el Abasto o Balvanera.

Ya hacia tiempo que, en la Argentina, Carvallo había asumido como ministro de Economía y, en el puesto de canciller, Menem había nombrado a Di Tella. A estos cambios correspondía una serie de medidas enmarcadas, todas dentro de un ordenamiento que se conoció bajo la denominación de convertibilidad. Fui enterándome de los cambios que se producían a través de los diarios especializados que volví a consultar en forma periódica: estabilización y creciente inversión en las actividades económicas aunque con aumento de desocupación, consecuencia del ajuste fiscal, la privatizaciones y, en general, el achicamiento del estado.

Más allá de mi desconfianza y escepticismo hacia el peronismo y en especial hacia Menem, las medidas me parecían auspiciosas; no dejaba de asombrarme que se pudieran implementar en la democracia. Hubiera corrido, de ser posible, a comentar, debatir todos estos cambios con José Luis; le exigiría cómo justificaba que un gobierno justicialista llevara adelante una transformación tan profunda, y además mediante instrumentos de inequívoco liberal.

El distanciamiento físico de Marcos fue dándose en forma natural. Sin embargo, no tenía (Marcos tampoco) el coraje suficiente de dormir en camas separadas. Por otra parte, los viajes de Marcos eran bastante continuados. De una u otra forma, todo contribuía a que el deseo fuera apagándose por completo. En algún momento supuse que Marcos podía llegar a tener relaciones con otra mujer y esto—que en otros tiempos no era capaz de imaginar siquiera—me parecía razonable, comprensible. Y otra vez, como ya me había sucedido dos años atrás, me fui deponiendo de a una nueva despedida. Era como si debiera inexorablemente y, por mi condición de judía, experimentar el padecimiento de exilio y la errancia. Y para colmo, en mi caso, llevando a cuestas la culpa y además la duda provocada por el interrogante que había crecido en forma obsesiva dentro de mí: ¿cuál será en realidad, y por fin,  mi tierra prometida?

Me despedí de Massada y de Safed. Saludé a Tiberíades, y recorrí, una vez más la ruta perimetral al Mar de Galilea. Lloré largamente junto al Muro Sagrado en Jerusalén, y me dejó llevar por mis pasos a la ciudadela de David y Mea Sharim y los museos. Vagué días enteros por los serpenteantes callejuelas de Yaffo, de Haifa, de Akko. . .

Fuimos ajustando los detalles del viaje en función del reingreso de Laura a sus clases en su colegio secundario. Mi padre, Elías y Rosa—la hermana de Marcos—habrían de ocuparse de todo lo necesario para nuestra reinserción en Buenos Aires.

A todo esto, y en tanto yo me sumergía en mi nuevo proyecto de retorno, Marcos se afirmaba cada vez más en sus actividades. Fue nombrado delegado político del kibutz ante la central con su sede en Tel Aviv. Claudia, asimismo, militaba en grupos juveniles y le asignaban tareas de responsabilidad cada vez mayores. Proyectaba, también, ingresar a la universidad para estudiar alguna de las carreras de ciencias sociales.                                 El 21 de diciembre de 1991 sería la fecha en que Laura y yo partiríamos desde el aeropuerto Ben Gurion hacia Buenos Aires. Habíamos dispuesto una fecha antes del fin de año, de común acuerdo con Marcos, para evitar la celebración forzada e inevitablemente dolorosa. Por motivos parecidos rechacé toda propuesta de despidida por parte de los amigos del kibutz.

No todos, por cierto, aprobaban mi determinación: algunos pocos ensayaban actividades comprensivas. Las charlas que tuve en esos días me retrotraían a las que solíamos tener en los grupos de estudio de la Hebraica.

Allí se enfatizaba la idea de que el sionismo merece una entrega total y nos coloca por encima de intereses individuales. Y yo estaba actuando a la inversa: claudicaba, desertaba, “descendía”. . . Lo único que tenía que oponer era el duro conflicto por el que atravesaba y que enfermada a Laura y me pose a las puertas de que me sucediera lo mismo. ¿Sería eso, acaso, a la causa sionista? ¿Había que pagar un precio tan alto?

Por supuesto que no iba a encontrar respuestas a esos interrogantes. Además, sabía—por aquella voltereta jasídica—que “las respuestas certeras clausuran la posibilidad de seguir formulando nuevas preguntas”. Era consciente que estaba desechando la idea nuclear del sionismo pero, de ninguna manera, desertaba mi condición de judía.

–Aquí, y por más que hay conflictos con nuestros vecinos, nunca te van a gritar: ¡judía de mierda! – argumentaban algunas.

Y también eso era cierto. Pero tampoco esa sola razón, a moda de respuesta o justificación, clausuraba nuevas preguntas:  ¿Deben los judíos, en un mundo que marcha velozmente hacia la globalización, persistir en el modelo tradicional del ghetto?  ¿Deben encerrarse en sus recintos por temor a perder la identidad?

Yo había participado en mil debates sobre estos temas. La ecuación sionismo y/o judaísmo fue desde mi niñez, un problema siempre a resolver en el futuro. Mi formación estuvo orientada hacia el rechazo de las ideas aperturistas quizá como lógica prolongación de las ideas cimentadas en los duros tiempos previos al establecimiento del estado judío.

Mi diario, en cierto aspecto, no es otra cosa que un itinerario de transgresiones y rebeldías. Al releerlo suelo preguntarme:  ¿cuál de las Marcelas escribió ese diario? Pero, sin embargo, en medio de dudas e interrogantes, algo estaba gestando e iba teniendo carácter de permanente. Y se trababa de ciertos aspectos de mi identidad cuyo perfil ya no podría prescindir—estaba comprobado—de las nutrientes argentinas.

Todos mis antepasados familiares se vieron obligados—no pudieron elegir—a cortar abruptamente sus raíces. Ya habían cruzado y recruzado el Atlántico, abandonando culturas, lenguajes, llenándose de nostalgias con cada partida. Fueron dejando paisajes, idiomas y canciones de Europa o el Oriente, para interrumpir en el campo entrerriano o en el conventillo urbano de Once o de Barracas, y después hacer, otra vez, sus valijas y volver a cruzar el mar, resignando nuevas culturas, nuevos afectos, en procura de esa, tan supuesta, tan deseada, tierra prometida. Porque desde el nacimiento mismo de ese pueblo se viene asignando la consigna, “El año que viene en Jerusalén. . .”

Y cada mudanza implicaba una penosa amputación como un cuerpo que va dejando jirones a su paso.

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“Marcela y Judith”

an excerpt from the novel

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José Luis?

I won’t deny that I have often had the temptation to call him, search for him, know something about him, write him, but I never did it: I couldn’t. Every so often, I devoted entire pages of my diary to him. I recognized how much he had influenced me, provoking the changes that would come later on; I conceded to him that he had unleashed a severe self-questioning of my identity, which, permitted me a sense of belonging to Argentinean culture that I didn’t know that I possessed.

And on top of all that, it has been José Luis who helped me take off those veils of a sensuality hidden under mandates and precepts, programmed since my birth, or perhaps, before. I thought about José Luis, and I imagined that he had already left behind his feelings for me. That everything had ended. That this “episode” that we lived was definitive, and just as I felt at that time, that’s it, an episode or a fleeting passion, product of the excitement of my leaving. He would have moved—I thought—and would be living with a partner, no longer in that beat-up studio on Montevideo Street, but in another place in the city: San Telmo or El Abasto or Balvane

It had been some time since, in Argentina, Carvallo had become Economics Minister and, as Secretary of State, Menem had named Di Tella. To these changes, corresponded a series of specific changes, all within a system that was known by the name convertibility. I was keeping up to date through specialized newspapers that I once again consulted periodically: stabilization and growing investment in economic activities, although with an increase in unemployment, the consequence of the fiscal adjustments, privatization and, in general, the shrinking of the state.

Despite my lack of confidence and skepticism toward Peronism and especially toward Menem, the measures seemed auspicious to me: it didn’t cease amazing me that they could be implemented by a democracy. I would have run, if it were possible, to comment, debate all these changes with José Luis: I would insist that he justify how a Justicialist government could carry out a such a profound transformation, and more so, by using unequivocally liberal instruments.

The physical distancing from Marcos was happening in a natural way. Nevertheless, I didn’t have enough courage (neither did Marcos) to sleep in separate beds. Besides, Marcos’ trips were quite constant. In one or another manner, everything contributed to desire disappearing completely. At one point, I supposed that Marcos could have gone as far as having relations with another woman and this—that in other times I wasn’t even capable of imagining—seemed to me to be reasonable, understandable. And another time, as had happened to me two years earlier, I was getting ready for a new goodbye. It was if I inexorably must and, for my condition as a Jew, experience the suffering of exile and wandering. And on top of that, in my case, carrying with me the guilt and also the doubt provoked by the questioning provoked by the questioning that had grown in me in an obsessive way: which will be in reality, and finally, my promised land?

We were arranging the details of the trip with regard to Laura return to her classes in her high school. My father, Elías and Rosa—Marcos’ sister—would have to take care of everything necessary for our reinsertion into Buenos Aires.

With all this, and as I submerged myself in my new project of return, Marcos involved himself more and more in his activities. He was named political delegate of the kibbutz to the central committee with its headquarters in Tel Aviv. Claudia, likewise, was active in youth groups and they assigned her tasks with more and more responsibility. She planned, also, to enroll in the university to study one of the majors in social sciences.

December 21, 1991 would be the date in which Laura and I would leave from Ben Gurion Airport for Buenos Aires. We had chosen a date before the first of the year, in agreement with Marcos, to avoid the forces and inevitably painful celebration. For similar reasons, I refused any proposal of a goodbye from the kibbutz friends.

Not everyone, of course, approved my choice: a few tried extensive activity. The chats that I had in those days brought me back to those that we used to have in the study groups of la Hebraica. There, they emphasized that  idea that Zionism required a complete commitment and we put ourselves above our individual interests. And I was acting in the reverse direction: I was throwing in the towel, deserting, “descending”. . . The only thing that I had to oppose was the harsh conflict that passed through and sickened Laura and put me at the point that the same thing could happen to me. Would it be that, perhaps, the Zionist cause? Did the price have to be so high?

Of course, I wasn’t going to find answers to those unanswered questions. Moreover, I knew that—by that Hassidic mindbender—that the sure answer to close off the possibility to continue formulating new questions.” I was conscient that I was throwing out the nuclear idea of Zionism, but, in no way, deserting my identification as a Jew.

“Here, and except that there are conflicts with out neighbors, they will never yell at you: “Shitty Jew!”

And that was true too. But not that reason alone, as an answer or a justification, closed off new questions. Should the Jews, in a world that was moving very fast toward globalization, persist in the traditional model of the ghetto? Should they lock themselves up in their enclosures for fear of losing their identity?

I had participated in a thousand debates about these topics. The equation: Zionism and/or Judaism was there since my childhood, a problem to always be answered in the future. My formation was oriented toward the rejection of progressive ideas, perhaps as a logical prolongation of ideas based in the tough times before the establishment of the Jewish State.

My diary, in a certain way, is nothing but an itinerary of transgressions and rebellions. On re-reading it, I continue to ask myself: which of the Marcelas write that diary? But, however, in the midst of doubts and questions, something was gestating and taking on a permanent character. And it dealt with certain aspects of my identity, whose profile could no longer be gone without—it was proven—by Argentinean nutrients.

All my family ancestors saw themselves obliged—they couldn’t choose—to abruptly cut their roots. They had crossed and re-crossed the Atlantic, abandoning languages, cultures, filling themselves with nostalgia at every leaving. They were leaving behind landscapes, languages and songs of Europe and the Orient, to end up in the plains of Entre Ríos or a tenement in Once of Barracas, and after making up, once more their suitcases and cross the ocean again, giving up new cultures, new feelings, in search of that, so alleged, so desired, promised land. Because since the very birth of that country, they came singing the chant: “Next Year in Jerusalem. . .”

And every move implied a painful amputation as with a body that with leave pieces behind.

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