Rafael Eli (1952-2020) Empresario y cuentista judío-cubano-norteamericano/Cuban American Jewish Businessman and Short-story Writer — “Camino a Tierra Santa”/ “Journey to the Holy Land” — Realismo mágico/Magical Realism

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Rafael Eli

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Trabajé con Rafael Eli por un par de meses en 1994, cuando publiqué este cuento. Me impresionó muchísimo. Fue un víctima de COVID-19./

I worked with Rafael Eli for a couple of months in 1994 when I published this story. He made a great impression on me. He was a victim of COVID-19.

Steve Sadow

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Sobre Rafael Eli por Joseph Schram

El socio y director de operaciones de Schramm, Rafael Eli, perdió su batalla de cinco semanas con la neumonía por coronavirus hoy. Rafael es mi querido amigo y leal socio comercial, y, hasta que fue sedado hace aproximadamente dos semanas, nos habíamos comunicado todos los días durante 30 años. Contrajo el virus a mediados de marzo y, durante los últimos 18 días, ha estado bajo el cuidado del equipo médico dedicado en Mt. Hospital Sinaí en la ciudad de Nueva York. Rafael es conocido por nuestros socios comerciales como especialista en las áreas de marketing hispano, ventas de patrocinio y promoción del fútbol internacional. A menudo mencionaba alegremente su papel en la promoción exitosa de eventos de fútbol internacionales con entradas agotadas con equipos de clase mundial en el estadio Giants, MetLife y Citifield. Rafael también es conocido dentro de las comunidades de radio y televisión hispanas y ha sido el coproductor detrás de escena de la Cumbre Anual de Televisión Hispana, presentada durante los últimos 18 años por Broadcasting & Cable y Multichannel News. Disfrutó especialmente influir en la elección de los ganadores del premio de la Cumbre, en particular el talento de la televisión hispana y las celebridades con las que tuvo una relación personal, como la presentadora de programas de entrevistas Cristina Saralegui, el presentador deportivo Andrés Cantor, los presentadores de noticias José Díaz Balart y Jorge Ramos, por nombrar algunos. Hace unos 10 años, aprovechó estas relaciones personales con personalidades destacadas de radio y televisión para llevar a cabo con éxito una campaña pro bono en español, en los medios de comunicación de masas para alentar la donación de órganos en nombre de Matchingdonors.com Rafael se benefició personalmente de esta campaña cuando él mismo se convirtió en el receptor de un riñón de un donante vivo. Antes de convertirse en socio de Schramm, Rafael trabajó en ventas de distribución de contenido para ABC Radio y anteriormente en marketing hispano para AT&T. Mientras estaba en ABC y en AT&T, hizo amigos para toda la vida dentro del personal, en sus agencias de publicidad hispanas y entre muchos en la industria de medios hispanos. AT&T también le brindó la oportunidad de desempeñar un papel influyente para ayudar a la compañía a asegurar su patrocinio a largo plazo de Major League Soccer (MLS). Estaba especialmente emocionado de hacer un discurso bilingüe en el evento de “lanzamiento” de la liga de fútbol en la ciudad de Nueva York. También ha disfrutado sus actividades con el capítulo de Nueva York del American Jewish Committee (AJC) donde ha hecho muchos amigos. Se sintió honrado de haber servido como miembro de su junta capitular. Estaba particularmente orgulloso de un evento especial que había organizado en la Sociedad Histórica de Nueva York, que asoció una exhibición de México con el cónsul mexicano en Nueva York y con el apoyo del AJC. Rafael también disfrutó de los perezosos días de verano en Fire Island, leyendo, buscando libros antiguos en la librería Strand, viajes internacionales, aprendiendo idiomas extranjeros, hablando de historia, compartiendo datos interesantes sobre el judaísmo y la cultura judía, compartiendo historias sobre su infancia en La Habana, asistiendo películas, compartir chistes de colores, escribir ficción en español, asistiendo a espectáculos de Broadway, realizando viajes espirituales a Brasil, compartiendo sus puntos de vista sobre espiritualidad y desarrollo personal, y fotografía. El legado que nos deja son la multitud de fotos que ha tomado. Quizás, lo que más disfrutó Rafael fue estar con otros. Me encantaron las conversaciones interesantes y conocer otros puntos de vista. Daría seguimiento y se mantendría en comunicación con muchas personas que conoció a través de negocios, voluntariado, familia o sus intereses personales. Como resultado, Rafael Eli es un hombre con muchos amigos. Además de sus muchos amigos, Rafael tiene una hermana, Myriam Eli, un cuñado Joe Zeytoonian de Margate, Florida, así como muchos familiares en su natal Cuba, Florida, Nueva York, Israel y España. Rafael también es miembro “oficial” de ambos lados de mi propia familia Schramm-Bruce. Para terminar, Rafael es un amigo leal y querido que siempre nos alentó a ambos a tratar a los demás con amabilidad (incluso cuando era más fácil no hacerlo), a realizar negocios con integridad, a ser mentores, alentar y ser pacientes con los empleados y entre sí (lo cual tendría sus desafíos), y estar entusiasmado con el futuro. Es cierto que es difícil para la familia de Schramm Marketing Group, tanto actual como pasada, imaginar el futuro sin Rafael. Extrañaré especialmente a mi aliado cercano y reconozco que las amistades cercanas como la que tengo con Rafael son un bien raro en la vida.

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About Rafael Eli by Joseph Schramm

Schramm partner and COO, Rafael Eli lost his five-week battle with coronavirus pneumonia today. Rafael is my beloved friend and loyal business partner, and, until he was sedated about two weeks ago, we had communicated every day for 30 years. He contracted the virus in mid-March and, for the past 18 days, has been under the care of the dedicated medical team at Mt. Sinai Hospital in New York City. Rafael is known to our business associates as a specialist in the areas of Hispanic marketing, sponsorship sales and the promotion of international soccer. He would often gleefully mention his role in successfully promoting sold-out international soccer events featuring world-class teams at Giants Stadium, MetLife and Citifield. Rafael is also well-known within the Hispanic television and radio communities and has been the behind-the-scenes co-producer of the annual Hispanic Television Summit, presented for the past 18 years by Broadcasting & Cable and Multichannel News. He especially enjoyed influencing the choice of the Summit’s award recipients, notably Hispanic TV talent and celebrities with whom he had a personal relationship including talk-show host Cristina Saralegui, sportscaster Andrés Cantor, news anchors Jose Diaz Balart, and Jorge Ramos to name a few. About 10 years ago, he leveraged these personal relationships with noted on-air radio and TV personalities to successfully conduct a pro-bono Spanish language, mass media campaign to encourage organ donation on behalf of Matchingdonors.com  Rafael benefited personally from this campaign when he himself became the recipient of a kidney from a live donor. Prior to becoming a partner at Schramm, Rafael was employed in content distribution sales for ABC Radio, and earlier in Hispanic marketing for AT&T. While at ABC and at AT&T, he made life-long friends within the staff, at their Hispanic advertising agencies and among many in the Hispanic media industry. AT&T also afforded him an opportunity to play an influential role in helping the company secure its long-running sponsorship of Major League Soccer (MLS). He was especially excited to make a bilingual speech at the soccer league’s “launch” event in New York City. He has also enjoyed his activities with the New York chapter of the American Jewish Committee (AJC) where he has made many friends. He was honored to have served as a member of its chapter board. He was particularly proud of a special event that he had orchestrated at the New-York Historical Society that partnered an exhibit from Mexico with the Mexican consul to New York and with the support of the AJC. Rafael also enjoyed lazy summer days on Fire Island, reading, hunting through old books at the Strand Bookstore, international travel, learning foreign languages, talking about history, sharing interesting facts about Judaism and Jewish culture, sharing stories about his childhood in Havana, attending movies, sharing off-color jokes, writing fiction in Spanish, attending Broadway shows, going on spiritual journeys to Brazil, sharing his views of spiritualty and personal development, and photography. The legacy he leaves us are the multitude of photos he has taken. Perhaps, what Rafael enjoyed the most, was being with others. He loved interesting conversations and getting to know other points of view. He would follow up and stay in communication with many people he met through business, volunteerism, family, or his personal interests. As a result, Rafael Eli is a man with many friends. In addition to his many friends, Rafael has a sister Myriam Eli, a brother-in-law Joe Zeytoonian of Margate, Florida as well as many relatives in his native Cuba, Florida, New York, Israel and Spain. Rafael is also an “official” member of both sides of my own Schramm-Bruce family.  In closing, Rafael is a loyal and beloved friend who always encouraged us both to treat others with kindness (even when it was easier not to), to conduct business with integrity, to mentor, encourage and be patient with employees and each other (which would have its challenges), and to be enthusiastic about the future. Admittedly, it is difficult for the Schramm Marketing Group family, both current and past, to imagine the future without Rafael. I will especially miss my close ally and I recognize that close friendships like the one I have with Rafael are a rare commodity in life.

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Camino a la Tierra Santa

por Rafael Eli

A mi abuelo Abraham Mowszwicz (1884-1991), y a sus cuentos.

Nunca olvidaré aquellos tiempos en los años treinta. Aunque éramos pobres, vivíamos sumidos en el aire de magia que habitaba nuestras vidas, transmutando nuestra pobreza y ayudándonos a soportarla. Debido a esos de lo que somos ahora que tenemos carros último modelo y casa en una isla privada en Miami Beach. Sin embargo, aquel mundo, donde lo supernatural cohabitaba con lo trivial, dejó de existir desde el momento en que el abuelo nos dejó para siempre.

Lo que más recuerdo y añoro de aquella década, son las mañanas cuando perseguía en su trayectoria al Parque Central de la Habana, sin que él diera cuenta. Cuando llegábamos, el abuelo se sentaba en un banquito debajo del almendro, frente al Capitolio, y comenzaba a relatar cuentos inverosímiles, mientras yo me escondía sobre la multitud que rápidamente se aglomeraba.

Su favorito era aquel que comenzaba con la anunciada muerte de su propio abuelo que, si vamos a creerle, había expirado a la bíblica edad de 150 años aunque, a veces se contradecía al contarnos que andaba vivo por el mundo haciendo las suyas. Le fascinaba contarlo más que nada porque esperaba él también a vivir dos vidas en una, y cuando la gente se impresionaba con que le faltasen sólo tres años para el centenario, se moría de risa, mostrando los pocos dientes carcomidos que les quedaban.

Si se encuentra con algún incrédulo, procedía a insultarlo en dialectos de idiomas oriundos desde la Rusia esteparia al oeste del Volga hasta la planicie de Varsovia para no le comprendiesen, deseándoles enfermedades ya desconocidas en sociedades avanzadas como el cólera y el tifus. Pero si disgustaba con lo que consideraba una concurrencia de ignorantes y cretinos, primero los mandaba a todos al carajo, en su castellano bastardazado  y después se ponía a recitar las oraciones religiosas de la mañana en hebreo, como si estuviera en la sinagoga y la gente lo estudiaba como si fuera un fenómeno o un loco.

Cuando esto sucedía, yo por mi parte, echaba a la gente a un lado y me le sentaba a sus pies. El me castigaba con la palabra usual de: “Moishele, ¿por qué no estás en la escuela?”, yo le decía: “Abuelo, mami me pidió que te llevara a casa ahora mismo. Dice que vas a achicharrar con el sol, pero si me compras un helado de mamey, le haré un cuento de que lo pasaste en el centro sionista jugando dominó “. Invariablemente, en ese instante, el abuelo me sonaba un manotazo por mentiroso que me mandaba a volar y que la gente aplaudía por el espectáculo. El abuelo se levantaba y se inclinaba dándole las gracias a su público y en eso continuaba el cuento del día.

Obviamente, lo que relataba había sucedido en otro continente y posiblemente hasta en un siglo ajeno al nuestro. El abuelo del abuelo simplemente había decidido que sólo le quedaban exactamente un mes, una semana, tres días y unas pocas horas de vida, y ordenó a sus hijos legítimos y demás, nietos, bisnietos y tataranietos hasta la infinidad para despedirse de todos, uno por uno.

La noticia se había regado rápidamente por toda la comarca y habían tenido que enviar jinetes a galope a las ciudades cercanas para notificar, a través de telegramas, a los parientes que le habían ausentado de la región y hasta del país en busca de mejores oportunidades. La procesión había tomado semanas durante las cuales el pueblo se había convertido en un festival carnavalesca llena de familiares y oportunistas que los seguían por los caminos.

Por las calles del pueblo terminaron por pasearse zíngaros errantes listos a leerle a uno a su fortuna a medio kópek, tártaros de la Crimea buscando compradores para sus sementales y cosacos que bailaban en las calles al son del acordeón. Por otra parte, los campesinos judíos, polacos y ukranianos en pos de vender sus productos agrícolas se mezclaban en oradores prediciendo del fin del mundo y vendedores de botellitas llenas de agua del río Jordán para protección contra los malos espíritus.

La gente terminaba por dormir en las calles, en los campos y hasta en las carreteras. Pero una vez que diez campesinos venido del Cáucaso ultrajaron dos veces cada uno a Rajil, la mujer del carnicero, quedó el pánico sembrado en la población. Las mujeres se atemorizaron y únicamente salían acompañado por sus padres, hermanos o esposos y sólo de día, pues de noche, las prostitutas venidas de Odessa se acostaban debajo de los árboles y hasta en las aceras donde había casi pisarlas para poder pasar.

La noticia del caos que esto le estaba causando a las regiones colindantes con las provincias polacas , llegaron a los oídos del Zar en San Petersburgo. El Zar decidió enviar uno de sus batallones para restablecer el orden y controlar aquella algarabía que aparentaba poner en peligro la paz del reino. Sin embargo, al acercarse el primer pelotón a pocas millas del pueblo, los soldados quedaron entontecidos, se podía decir que hasta hipnotizados por una fuerte niebla de aromas que provenía del poblado.

Los valles cercanos habían quedado invadidos por olores a strudels de manzana con canela, a sopas de kneidlach y de borscht, a enormes kugels de tallarines repletos de ciruelas pasas, kasha varnishkes, a panes de huevo rellenos de frutas secas y cubiertos con azúcar y a montones de otros exquisitos platos en proceso de ser preparados para la gran cena antes de la caída del sol, ya que el próximo día sería Yom Kipur, el día de ayunas en el cual los judíos le piden perdón a Dios por todos los pecados cometidos en el año.

Los soldados perdieron conciencia de sus órdenes y entraron al pueblo muertos de hambre. Forzaron a los moradores a que los alimentaran para finalmente juntarse con chusma que se había apoderado de las calles y celebrar, orgiásticamente a la rusa, después del gran banquete con vodka y sexo. El pueblo había tomado matices de Sodoma y Gomorra y los judíos se lamentaban, no sólo porque les habían contaminado el día más sagrado del año, sino porque no habían podido comer antes de la caída del sol y tendrán que esperar hasta el final del próximo día, como lo ordenaba la ley sagrada. Desafortunadamente, muchos ni llegaron a ver la salida del sol.

Al llegar a esta parte del cuento, el abuelo siempre comenzaba a temblequear y entre sollozos le contaba a la muchedumbre emocionada cómo había presenciado el descuartizamiento de su abuelo por los soldados de zar que, de orgía sexual, habían pasado a una matanza desenfrenada. El abuelo se había escondido junto con su madre en un escaparate y desde ahí, había escuchado los gritos de los familiares que rodeaban a su abuelo para protegerlo de la ira de la soldadesca. Por su parte, el abuelo del abuelo no moría, a pesar de lo que estaban despedazando y se reía a carcajadas de los desconcertados soldados. Finalmente, el abuelo vio cómo se llevaron a su abuelo todavía vivo, que ya sólo venía a ser un ensangrentado torso con cabeza. Poco después tuvo que salir del escondite debido al calor y al humo y, al caer en cuenta que el pueblo entero estaba en llamas, se dio a la fuga, junto con su madre, hacia los campos de trigo.

Nunca se supo si el abuelo del abuelo falleció antes de su tiempo o si sobrevivió aquel abuso, pues nunca se recobró lo que quedaba de su cuerpo. Por su parte, los ciento y tanto familiares sobrevivientes de la masacre se reunieron en las afueras del pueblo arrasado y decidieron que era hora de marcharse de aquella tierra inhóspita. La búsqueda por un refugio había comenzado una vez más y no podían ponerse de acuerdo si debían marcharse a Palestina o a los EEUU. Por otra parte, algunos querían ir a donde la prima Rebeca que vivía en Londres. Otros preferían Sur África porque había oportunidades para inmigrantes como mencionaba el tío Mendl en sus cartas. Al fin y al cabo, como muertos de hambre que eran, terminaron por andar a pie en dirección a Varsovia, donde vivía el primo Jaím, que se había vuelto rico con la venta de pieles.

En Varsovia, el primo Jaím, con tal de salirse de la parentela que le había invadido la vida de ricachón, recorrió desesperado todas las embajadas extranjeras hasta se enteró que la República de Cuba acababa de abrir su embajada en la calle Tlomatska. El embajador quedó impresionado por el primo Jaím no sólo por ser la primera persona que visitara el recinto sino, más que nada las grandes cantidades de dinero que le ofreció con tal de salirse de aquel gentío que lo esperaba apiñado afuera de lo que había sido en un tiempo una mansión de Conde Vranitsky. Con las visas en las manos, los llevó a todos a la estación de trenes y los mandó en dirección de París y rumbo al Caribe con tal de nunca verlos más. Pero la vida tiene sus cosas y, años más tarde, después de la Segunda Guerra, se nos apareció el primo Jaím en La Habana muerto de hambre y pidiéndonos de comer y donde dormir.

Yo siempre escuchaba al abuelo embobecido hasta llegar al punto en que llegaba el tren a París, pues, hasta ahí, siempre relataba con variaciones como si contara un nuevo cuento. Pero de ahí en adelante, ya yo me lo sabía de memoria y me iba camino a la escuela.

Una vez que llegaba a París, contaba sobre la primera vez que había visto un negro y cómo éste le había vendido una banana y le había indicado que se comía con cáscara y todo. Sin embargo, nunca explicaba cómo había logrado entenderse con supuesto vendedor de bananas. Después de aquello, su cuento deterioraba y ya para cuando el barco se adentraba por la bahía de La Habana, la gente aburrida se disipaba dejándolo solo en un banquito hasta que mamá lo recogió a la hora del almuerzo.

En los años cincuenta, mucho después de su centenario y también mucho después que dejara de dar sus peroratas frente al Capitolio, todavía la gente hablaba de aquel viejo polaco cuentista y hasta llegaron a mencionarlo en un artículo en una edición de la revista Bohemia del año 52 que trataba sobre los personajes curiosos que rondaban por las calles de la capital como, el Caballero de París, que era el más famoso, y otros que se distinguían por sus locuras y peculiaridades.

Ya por aquel entonces, medio ciego y casi sin poder caminar, se pasaba el día contándonos en casa sus cuentos aunque no quisiéramos escucharlos. “La gente del pueblo se había cansado de los abusos de los rusos y también del frío”, nos decía mientras se quejaba del calor habanero y hasta de los negros y sus timbales que se oían diariamente. Otros días convertía a la Rusia que lo había oprimido en un lugar mitológico inigualable donde las manzanas eran del tamaño de coliflores, las casas eran palacios y la nieve era una maravilla.

Hacia finales del año 58, cuando el sudor del abuelo empezó a oler a violetas gensianas, supimos que se nos iba. Cuando mamá lo encontró una noche flotando en sueños con el cuerpo a pocas pulgadas del techo mientras cantaba en ruso: “Volga, Volga. . .”, me llamó para que le ayudara a bajarlo. Le pedimos una escalera a Fefa, la vecina, y lo bajamos y mamá decidió atarlo de ahí en adelante a los postes de la cama.

A la semana, me lo encontré lloriqueando y me dijo: “Moishele, suéltame, que Dios ha venido a buscar para que yo viaje con él a Jerusalem y así, morir para que me entierren en el Monte de los Olivos y no tener que viajar mucho cuando llegue el Mesías. “Sí, mi zeide”, le dije mientras una lágrima me corría por la mejilla y le pedía que me enviara alguna señal que me dejara saber si por fin había muerto o si su alma todavía rondaba perdida por la tierra.

La zafé las amarras y se elevó saliendo por la puerta del balcón y se siguió elevando hasta que quedó flotando junto sobre La Habana Vieja. La voz se regó como fuego y todo el vecindario se tiró para la calle, la gente colgaba de los balcones, y hasta el tráfico se detuvo a lo largo de los muelles. La gente lo miraba azorada, unos se santiguaban, otros se despojaban con pañuelos blancos. Cuando alguien gritó, “Es la reencarnación del diablo”, el gentío se echó a correr despavorido pero en eso, el abuelo, con su acento de ruso y en una voz que retumbó por toda la ciudad como el bombazo de las nueve, donde allá arriba le dirigió la palabra a Alejandrina, que era la muchacha que nos limpiaba la casa y me cuidaba los niños y le dijo: “Jalendrine, de aquí veo la mantziclet de Myriamke en el tzolar de la etzquine” y caímos en la cuenta que se refería a la bicicleta de mi niña Myriam, que había desaparecido en el solar de la esquina.

Aunque la gente no entendía lo que había dicho, el vozarrón hizo que se detuvieron. En eso, le notaron el aura que se lo rodeaba, reconocieron la mano de Dios en lo que sucedía y comenzaron a gritar: “El polaco es un santo, por amor de María Santísima”. Todo aquello culminó en procesiones religiosas. Los curas sacaron a las vírgenes de las iglesias y dicen que al otro lado de la bahía, los negros celebraron un sendo bembé bajo la enorme estatua del Cristo Rey. A medianos del próximo día, comenzó un viento huracanado que se llevaba el abuelo hacia el este. La gente decía que iba en dirección de Guanabacoa pero nosotros sabíamos cuál sería su destinación final.

Aquello fue apoteósico. Desde 1909, el año en el cual pasó el cometa Halley por La Habana y enterraron al célebre chulo Yarini, no acontecía algo semejante al revuelo que deja opacada la entrada de los barbudos en la ciudad pocos días después.

Hoy día, cuando me viene el abuelo a la mente, pienso que tuvo suerte al escaparse de un entierro mecanizado como los que se llevan a cabo aquí donde, después que lo meten a uno en la fosa y justo antes de que haya terminado el rabino de leer las oraciones, le cubren a uno el ataúd con un plancha de cemento depositada por una grúa. De esa prisión hermética más nunca lograría salir el abuelo para encontrarse con su creador en Jerusalem en el día de la redención de Israel. Y es por eso me alegro de que el abuelo no haya llegado a vivir hasta la bíblica edad de 150 años aunque, a veces tengo mis dudas cuando me pregunto si no se habrá desviado en camino a la Tierra Santa para seguir relatando sus cuentos.

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Journey to the Holy Land

by Rafael Eli

To my grandfather Abraham Mowszwicz (1884-1991), and his stories.

I will never forget those times in the thirties. Although we were poor we lived immersed in the air of magic that inhabited our lives, transmuting our poverty and helping us tolerate it. Owing to who we are now that we have the newest model cars and a house on a private island in Miami Beach. Nevertheless, that world, where the supernatural cohabited with the trivial, ceased to exist that moment that our grandfather left us forever.

What I most remember and miss from that decade, are the mornings when I pursued him in his trajectory to the Central Park of Havana, without his knowing it. When we arrived, grandfather sat on a bench below the almond tree, in front of the Capitolio building and began to tell implausible stories, while I hid within the mass of people who rapidly came together.

His favorite was that one that began with the heralded death of his own grandfather, who, if we were to believe him, had expired at the biblical age of 150 years old, although, at times, he contradicted himself, telling us that he was still alive in the world and busy. It fascinated him to tell it especially because he also expected to live two lives in one, and when people understood that he was three years short of his centenary, they died of laughter, showing the few rotted teeth they had left.

If he encountered someone incredulous, he proceeded to insult him in dialects of languages native from the Russian steppes west of the Volga to the plains of Warsaw, so that they didn’t understand, wishing on them diseases not yet known in advanced societies, such as cholera and typhus.  But if he was disgusted with a those he considered an audience of uneducated and cretins, first he told them to go to hell in a bastardized Spanish, and then he began to recite, in Hebrew, the morning religious prayers, as if he were in the synagogue and the people looked at him as if he were a phenomenon or crazy.

When this happened, I, for my part, pushed the people to one side and I sat at his feet. He castigated me with the usual words: “Moishele, why aren’t you in school?” And I said to him, “Mami asked me to bring you home right away. She says that you are going to burn to a crisp in the sun, but if you buy me a mamey ice cream, I will tell her that you passed the time in the Zionist Center, playing dominoes.” Invariably, in this instant, my grandfather made my head ring with a slap for lying, that sent me flying and that the people applauded for the spectacle of it.

Obviously, what he was telling had happened in another continent and possibly in a century unconnected with ours. The grandfather of my grandfather had simply decided that only exactly a month, a week, three days and a few days of life were left to him, and he ordered his children, legitimate and others, grandchildren, great-grandchildren and great-great grandchildren endlessly to say goodbye to all, one by one.

The notice had rapidly washed through the entire region, and they had had to send riders at a gallop to nearby cities to notify, by telegrams, those relatives who had left the region and even the country in search of better opportunities. The procession had taken weeks during which the town had been converted into a carnival-like festival full of relatives and opportunists who followed them on the roads.

On the streets of the town ended up errant gypsies, ready to read your fortune for half a kopek. Tartars from the Crimea, buyers for their stud farms, and Cossacks who danced in the street to the sound of the accordion. Also, the Jewish, Polish and Ukrainian peasants, in pursuit of selling their agricultural products, mixed with orators predicting the end of the world and salesmen of little bottles full of water of the Jordan River for protection against evil spirits.

The people ended up by sleeping in the streets, in the fields and even in the main roads. But once, when ten campesinos coming from the Caucuses twice each raped Rajil, the wife of the butcher, panic was sown in the population. The women were terrified and only went out, accompanied by their fathers, brothers or husbands and only by day, since at night, the prostitutes who came from Odessa slept below the trees and even on the sidewalks where it was necessary to nearly step on them to be able to pass.

The news of the chaos that all this was causing to the regions bordering on the Polish provinces reached the ears of the Tsar in St. Petersburg. The Tsar decided to send one of his battalions to reestablish order and control that commotion that seemed to endanger the peace of the realm. Nevertheless, on the first platoon’s approaching a few miles from the town, the soldiers became stupefied, it could be said almost hypnotized by a strong mist of aromas coming from the village.

The nearby valleys had stayed invaded by the smell of apple strudels with vanilla, soups of kneidlach and of borscht, kasha varnishkes, enormous noodle kugels over-filled with dried cherries, egg breads filled with dried fruit and covered with sugar and mountains of exquisite dishes in process of being prepared for the grand supper before sundown, since the next day would be Yom Kippur, the day of fasting in which the Jews ask God’s pardon for all the sins committed in that year.

The soldiers lost conscious of their orders and, dying of hunger, entered the town. They forced the inhabitants to feed them in order to finally pair up with the rabble that had taken over the streets and celebrate, orgiastically in the Russian style, after the banquet, with vodka and sex. The town had taken on shades of Sodom and Gomorra, and the Jews lamented, not only because the most sacred day of the year had been contaminated, but because they hadn’t been able to eat before sundown, and therefore they would have to wait until the end of the next day to eat once again, as the sacred law so ordered. Unfortunately, many didn’t live to see the dawn.

Arriving at this part of the story, grandfather always began to tremble and between sobs told the deeply moved crowd how he had witnessed the dismemberment of his grandfather by the soldiers of the Tsar who, from a sexual orgy had moved on to an uncontrolled killing spree. Grandfather had hidden with his mother in a closet and from there, had heard the shouts of his relatives who had surrounded their grandfather to project him from the anger of the army rabble. For his part, the grandfather of my grandfather didn’t die, despite that they were cutting him to pieces and laughed scoffingly at the disconcerted soldiers. Finally, grandfather saw how they carried his grandfather, still alive, now become a bloody torso with a head. Shortly thereafter, my grandfather had to leave the closet because of the heat and smoke, and realizing that the entire town was in flames, began to flee, with his mother, toward the fields of grain.

It was never known if the grandfather of my grandfather died before his time or he survived that abuse, as what was left of his body was never recovered. For their part, the hundred or so surviving relatives of the massacre met at the outskirts of the destroyed town and decided that it was time to leave that inhospitable land. The search for a refuge had begun once more, and they couldn’t come to an agreement is they ought to leave for Palestine or the US. On the other hand, some wanted to go to cousin Rebeca who lived in London. Others preferred South Africa because there were opportunities for immigrants, as Uncle Mendl mentioned in his letters. Finally, dying of hunger as they were, they ended up by walking in the direction of Warsaw, where cousin Chaim, who had become rich, dealing in furs, lived.

In Warsaw, cousin Chaim, with the intention of getting away from the relatives that had invaded his life as a man who was loaded, desperately checked all the foreign embassies until he learned that the Republic of Cuba had just opened its embassy on Tlomatska Street. The ambassador was impressed by cousin Chaim, not only for being the first person who visited the place, but, more than anything, for the great quantities of money that he offered to get rid of those people who were waiting for him crammed in the stairs of what had been in its time the mansion of Count Vranitsky. The visas in their hands, he brought all of them to the train station and sent them toward Paris on route to the Caribbean, with the idea of never see them again. And years later, after the Second World War, cousin Chaim appeared in Havana, dying of hunger and asking us for food and a place to sleep.

I always heard my silly grandfather he got to the point when the train arrived in Paris, since, from then on, he always told the story with variations as if he were telling a new story. But from there on, I already knew it by heart and I went on to school.

Once he arrived in Paris, he told about the first time he had seen a black man who had sold him a banana and had indicated to him that you ate it peel and all. Nevertheless, he never explained how he had been able to communicate with the supposed banana salesman. After that, his story deteriorated and already when the ship entered Havana bay, the bored people dissipated leaving him alone on a bench until his mama collected him at lunch hour.

In the fifties, much after his centenary and also long after he gave his boring speeches at the Capitolio building, the people still spoke about that old Polish story teller and he was mentioned in an edition of the Bohemia magazine of 1952 that dealt with curious persons who wandered about the streets of the capital like, the Gentleman of Paris, who was the most famous, and others who distinguished themselves by their craziness and peculiarities.

And in those days, half blind and almost without the ability to walk, he passed his days, telling his stories at home, although we didn’t want to hear them. “The people of the town had tired of the Russian abuses and also of the cold,” he told us while he complained about the heat in Havana and even the blacks and their timbales heard daily. Other days he converted the Russia that oppressed him, into a mythological place where the apples were the size melons and the snow was a marvel.

Toward the end of 1958, when grandfather’s sweat began to smell like ginseng violets, we knew that he was leaving us. One night, when mama found him floating on dreams with his body a few inches under the ceiling, while he sang in Russian: “Volga, Volga…,” she called over me to help her bring him down. We asked our neighbor Fefa, for a ladder and we lowered him and tied him from then on to his bedposts.

A week later, I found him sobbing, and he told me: “Moishele, untie me, since God has come to seek me so that I travel with him to Jerusalem and so, to die so that they bury me on the Mount of Olives and I won’t have to travel far when the Messiah comes.” “Yes, my zeide,” I said to him while a tear ran down my cheek and I asked that he give me some sort of signal to let me know that he finally had died or if his soul was still wandering lost on earth.

I let go his moorings and he rose leaving by the balcony door and kept rising until he was floating just above La Habana Vieja. His voice broke out like fire and all the neighborhood rushed to the street, people hung from the balconies, and even the traffic stopped along the docks. Astonished, people looked at him; some crossed themselves, others said goodbye with white handkerchiefs. When someone yelled” “He’s the reincarnation of the devil,” the crowd began to run terrified, but to that, the grandfather, with his Russian accent, that reverberated through the entire city like the nine o’clock shotblast, from high above, he directed his words to Alejandrina, who was the girl who cleaned our hour and took care of the children, and he said to her: “Jalendrine, I see from here the mantziclet of Myriamke in the tzolar de la etzquine”, and we understood that he was referring to the bicycle of my daughter Myriam, that had disappeared in the grassy spot on the corner.

Although the people didn’t understand what he had said, the huge voice made them stop short. Then, they noticed the aura that surrounded him, recognized the hand of God in what was happening and began to shout: “The Pole is a saint, for the love of Maria, the Most Holy.” That all ended in religious processions. The priests took the Virgins out of the churches and it was said that at the other side of the bay the blacks celebrated a sendo bembe festival under the enormous statue of Christ, the King. At the middle of the next day, a hurricane wind came up that carried grandfather to the east. The people said he was going in the direction of Guanabacoa, but we knew where would be his final destination.

That was awesome. Since 1909, the year in which Halley’s Comet passed over Havana and they buried the famous pimp, Yarini, nothing had happened similar to the commotion that almost made overshadowed the entrance to the city of the bearded men a few days later.

These days, when I think of my grandfather, I think that he had the good fortune to escape a mechanized burial like those that take place here where, after they  had put someone in the grave and just before the rabbi had finished reading the prayers, they cover someone’s casket with a sheet of cement deposited by a crane. From this hermetic prison, never more would the grandfather been able to leave to meet with his Creator in Jerusalem on the Day of Redemption of Israel. And for that, I am pleased the grandfather had not reached 150 years old, although, at times I have my doubts when I wonder if he hadn’t wandered off on the way to the Holy Land so that he could go on telling his stories.

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Published in Spanish in: Brújula/Compass 21. New York: Latin American Writers Institute. Edited by Isaac Goldemberg and Stephen A, Sadow. Invierno/Winter, 1994, pp. 30-31.

Translation into English by Stephen A. Sadow

2 thoughts on “Rafael Eli (1952-2020) Empresario y cuentista judío-cubano-norteamericano/Cuban American Jewish Businessman and Short-story Writer — “Camino a Tierra Santa”/ “Journey to the Holy Land” — Realismo mágico/Magical Realism

  1. Amigo Sadow:
    Te agradezco el ensayo que escribiste recordando a Rafa.
    Fuimos companeros en un taller de poesia que dirigió Julio Marzan hace tres décadas. La vida nos llevo por rumbos distintos; desde entonces muchas veces quise contactar a Rafa. Buscándolo hace poco tuve el golpe de enterarme que es imposible porque Rafa descansa.
    Lo buscaba para alentarlo que escriba MAS! Si Twain dijo de si mismo que era el Sholem Aleichem norteamericano yo diría que con “Camino a tierra Santa” Rafa fue el Gabriel Garcia Marquez judio.

    Nora Weinerth-Tolmasoff

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    1. Amiga Weinerth-Tolmasoff,
      Mil gracias por tu nota! Te recuerdo desde nuestros días en Harvard (eras de otro año pero del mismo programa). También, con Isaac Goldemberg publicamos tu lindísimo cuento “El país más bello del mundo” en Brújula/Compass. Te pido permiso para re-publicar ese cuento en mi blog con una traducción mía al inglés. Solamente necesitaría de tí son una foto reciente y una biografía breve. Mi dirección de mail es stephensadow@gmail.com.
      Estoy de acuerdo de que Rafael tenía el talento para ser un gran escritor. Estoy seguro que fue una gran persona.
      Steve Sadow

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