Ariel Segal Freilich — Profesor y cuentista venezolano-israelí/Venezuelan Israeli Professor and Short-story Writer — “Demasiada imaginación”/”Too Much Imagination”

ariel11.jpg
Ariel Freilich Segal

_________________________________

Ariel Segal Freilich

Nacido en 1965, en Venezuela. Educación: Universidad de Miami, Ph.D., 1998. Escritor y académico. Se ha asociado con el Centro Buber de la Universidad Hebrea de Jerusalén, Jerusalén, Israel, y el Instituto Ben Gurion, Sde Boker, el Negev, Israel; También ha enseñado a nivel universitario en Lima, Perú. British Broadcasting Corporation (BBC), corresponsal en Israel.

Publicaciones

Jews of the Amazon: Self-Exile in Earthly Paradise, Jewish Publication Society, 1999.

David de los tiempos, Centro de Estudios Sefardíes de Caracas (Caracas, Venezuela), 1989.

Llegar cerca, Monte Ávila Editores Latinoamericana ( Caracas, Venezuela), 1996.

__________________________________________________

Born 1965, in Venezuela. Education: University of Miami, Ph.D., 1998. Writer and scholar. He has been associated with the Buber Center of the Hebrew University of Jerusalem, Jerusalem, Israel, and the Ben Gurion Institute, Sde Boker, the Negev, Israel; he has also taught at the university level in Lima, Peru. He is a British Broadcasting Corporation (BBC), correspondent in Israel.

Publications

Jews of the Amazon: Self-Exile in Earthly Paradise, Jewish Publication Society, 1999.

David de los tiempos, Centro de Estudios Sefardíes de Caracas (Caracas, Venezuela), 1989.

Llegar cerca, Monte Ávila Editores Latinoamericana (Caracas, Venezuela), 1996.

_______________________________________________________

“Demasiada imaginación”

Con gratitud y cariño
a una hermosa consejera
Delisa Tanner

Bertrand Russell era un escéptico por excelencia. Humanista hasta lo más profundo de su ser, su pasión, su pasión por buscar la felicidad como estado frecuente en el hombre lo llevó a lo hondo del amor, la amistad, el arte y el conocimiento. Pero Dios estaba muy al margen de sus pensamientos.

Cuentan una vez, en una reunión social, alguien le preguntó al filósofo qué diría si después de su muerte se encontrara con Dios.

Russell está pensativo. Mueve rápidamente los engranajes de su intelecto buscando una respuesta al interesante reto, porque no es honorable-especialmente para él-contestar algo así como “eso no está planteado”. Sería poco menos cobarde, tonto, no jugar con la posibilidad de un encuentro cara a cara con Dios.

Hay un largo silencia y muchos ojos se posan sobre la figura bohemia del hombre de blanca cabellera, quien sabe muy bien cuán esperada es su respuesta.

Pronto la tensión de aquel momento de reflexión se traducirá en aplausos. (Cuando se es famoso, cualquier estupidez es tan bien recibida como una idea original) ¡Qué predecibles somos!–puede estar pensando Russell–porque su mente busca respuesta y al mismo tiempo dirige miradas antropólogas a su alrededor.

En realidad, yo sólo llegué a leer por encima estos dos párrafos del libro que traje como compañero de viaje y mientras esperaba el anuncio del embarque, indiferente a lo que sucedía o no en el aeropuerto, releí la anécdota sobre Russell: ” Cuentan una vez, en una reunión social, alguien le preguntó al filósofo que diría si después de su muerte se encontrara con Dios.

Dicen que el filósofo titubeó y tras la insistencia de su inquisidor, contestó: Dios, ¿por qué has hecho que la evidencia de su existencia resultar tan insuficiente?”.

Lo que ocurre es que mi imaginación está poco domesticada y suele entonces entremeterse entre las líneas de los libros. Por eso, casi vi a Bertrand Russell y hasta le inventé toda una historia a ese momento. Entonces, cerré bruscamente el libro pues me resulta bochornoso crear historias ya creadas. Me resiento conmigo al añadir mentiras de mi invención a escenas que no son descritas para agregar más ideas a ya las ya impresas en el libro.

Traté de olvidar la escena del viejo Russell de cabellera blanca que mientras piensa en la respuesta prometida se da cuenta de cuán cuán predecibles somos. ¿A ver? ¿Qué dijo Russell? ¿Qué no hay suficientes evidencias de la existencia a Dios? Lo admiro por atreverse a decirlo al Creador, pero me pregunto si tendrá razón mi muy idealizado Russell.

Con el libro cerrado entre mis manos, mis pensamientos se disolvieron cuando reconocí el rostro de alguien familiar. Era Elie Wiesel. El escritor que constantemente nos recuerda que los crímenes perpetrados por los nazis, aunque únicos en magnitud e inhumanidad, se repiten constantemente cada día y en diferentes lugares, ante la indiferencia de todo el mundo. Wiesel, el promotor de las conferencias sobre “Anatomía del Odio que lo condujeron a ser reconocido con el premio Nobel de la Paz. El  sobreviviente del Holocausto, el sufrido escritor, estaba frente a mí.

Lo miré con detenimiento como si cada rasgo de su arrugada cara pudiese revelarme todo acerca de él. Uno de mis profesores cuenta sobre la gente que despectivamente lo llama “Míster Holocausto”. No sólo por su insistencia en mantener viva la voz de aquellos que no sobrevivieron, sino también porque parece llevar al mundo sobre su espalda.

Aunque no vi a nuestro caótico planeta posarse sobre el escritor, noté cómo su espalda, algo encorvada, intentaba sin éxito zafarse del peso invisible que soporta su figura enjuta. Pareciera estar a la defensa de un improbable ataque físico.

Quise saludarlo, decirle cuánto lo admiraba por ser un sobreviviente proclamando su condición en un mundo de sobrevivientes incapaces de reconocerse. Creo que me miró y creo que lo saludé con un ligero gesto de mi cabeza,. Creo que no se dio cuenta.

Pasó rápidamente frente a mí y luego desapareció entre la multitud de los viajantes, familiares y amigos, siempre parecen ser los mismos, cuando estoy en un aeropuerto.

“¡Vi a Elie Wiesel.” –tenía ganas de contarles a mis conocidos. Estúpida pretensión: “Vi a alguien famoso”. Como si todo en esta época fuese cuestión de extraer a las personalidades de televisión y gritar: “Los vi en carne y hueso”. Además, mucha gente ni sabe quién es Elie Wiesel y, además, también es más hueso que carne, como una vez alguien, quien me imaginó antes de conocerme, dijo de mí.

“Vi a Dios y le pregunté por qué la evidencia de su existencia es insuficiente”–podría jactarse Bertrand Russell. “Vi a Elie Wiesel y no le pregunté por qué la evidencia resulta insuficiente prueba de la era nazi para muchas personas empeñadas en negar el Holocausto” –quería jactarme, pero no lo hice.

Wiesel se alejó entre el tumulto de los caminantes que chocan unos con otros, cargando sus equipajes. Por un momento, contemplándolo casi aplastado entre la multitud, luchando por esquivar a decenas de personas ansiosas y sudorosas, escuché el chirrido de las ruedas del tren y una voz tosca dando órdenes en alemán. Luego la gente se detuvo y sus rostros impersonales se transformaron en caras específicas. Algunos rezaban, otros, con voces entrecortadas, rogaban que se les permitiera quedarse en la estación.

Elie Wiesel lucía más joven y su aspecto eran tan frágil como el que hacia unos había visto. Un funcionario lo llamó y le exigió que le mostrase sus documentos. Observándolo con desdén, le dijo: –su vuelo saldrá un poco más tarde, señor–lo miró con simpatía–, si quiere puede ir a tomar un café o hacer unas compras antes de abordar el avión.

Elie Wiesel agradeció la cordialidad del funcionario. Otra vez mi imaginación hizo de los suyos y me pregunté de dónde vino la extraña idea de haber escuchado el chirrido del tren. Por supuesto, nadie rezaba sino que hablan desaforadamente. Todos ellos, simplemente, abordarían aviones o estaban allî para despedirse por un tiempo de sus seres queridos; nadie pretendía devolver a Elie Wiesel ni a nadie mucho menos a un viaje sin retorno hacia algún campo de la muerte.

Decidi concentrarme de nuevo en el libro para no distorsionar lo que ocurría a mi alrededor, pero pronto lo puse en mi bolso pues sabía que volvería a inventar una historia a lo que leía. Demasiadas acrobacias de mi imaginación para un dîa como éste, cuando necesito tener los pies bien aferrados al suelo aunque sea sobre uno que está sobre el cielo surcado por un avión.

Aproveché los pocos minutos que me quedaban  para llamar por teléfono a dos personas. Una amiga quien para nada me molestaría que fuese sólo una amiga y un amigo que para nada me molestaría que dejara de ser mi amigo. Pero en los aeropuertos nos sentimos muy solos–quizás por el exceso de gente–y llamamos a cualquier voz que pueda decir nuestro nombre, devolviéndonos la idea de individualidad.

Mientras conversaba sobre cuestiones que si aún no he olvidado, prometo muy pronto hacerlo, apareció de nuevo Elie Wiesel. Esta vez, exactamente en el teléfono más próximo al mío. Mi amigo seguía hablando al otro lado de la línea telefõnica, pero yo dejé de prestarle atención. Mi curiosidad era mucha y colgué el teléfono para acercarme a Míster Wiesel y escuchar su conversación.

De cerca, su rostro severo y su mirada melancólica inspiraban más afecto que lástima. Todo su cuerpo, pero en especial la suavidad d e su voz, delatan a Elie Wiesel como un hombre débil que se sabe débil y, por lo tanto, nos resulta percibir su gran fortaleza.

–Míster Wiesel, ¿con quién hablaba?

–Trataba de localizar a Aquel a quien se le ha pedido una explicación de por qué la evidencia de su existencia es insuficiente.

–¿Obtuvo una respuesta? — creí estar más cerca que nunca ante una revelación.

–Un ángel me atendió al teléfono (debí suponerlo, pues Elie Wiesel es gran amigo de los ángeles, a quienes ha mencionado muchas veces en sus ensayos sobre relatos y leyendas bíblicas). Me ha dicho, el ángel, que Él está ocupado. Hace mucho tiempo sostiene una discusión de alto nivel con Bertrand Russell.

Por supuesto, Elie Wiesel colgó el teléfono antes que yo y no hubo tal conversación entre nosotros (ya deberían conocerme y predecirme). Se marchó y de nuevo me dirigió una mirada amigable y supongo que hasta una sonrisa. Luego, dije adiós a mi amigo y me alejé de la caseta de teléfono, para caminar apurado hasta el avión.

Nunca más vuelvo a leer a Russell, o sobre Russell, antes de ir a un aeropuerto donde pueda encontrarme con Elie Wiesel.

____________________________________

                      Bertrand Russell                                      Elie Wiesel

_______________________________________

“Too Much Imagination”

With gratitude and affection
to a sister advisor
Delisa Tanner

Bertrand Russell was a sceptic par excellence. Humanist to the deepest of his being, his passion, his passion to seek happiness in man as a frequent state led him to the depths of love, friendship, art and knowledge. But God was very much at the margin of his thoughts.

They say that once, at a social get-together, someone asked the philosopher what he would say if after his death he met God.

There is a long silence and many eyes are set on the bohemian figure of the white-haired man, who knows very well how much is expected from his answer.

Russell is thoughtful. The gears of his intellect move rapidly seeking an answer to the interesting challenge, because it is not honorable—especially for him—to answer something like “that is not well formulated.” I would be a little less cowardly, stupid, not to play with the possibility of a face to face encounter with God.

Soon the tension of that moment of reflection translated into applause (when one is famous, whatever stupidity is as well received as an original idea) How predictable we are!—Russell could be thinking—because is mind looks for an answer and at the same time directs anthropological glances around him.

In reality, I was only able to read through two paragraphs of a book that I brought to keep me company on the trip and while I was awaiting the boarding announcement, indifferent to what happened or not in the airport, I reread the anecdote about Russell. They say that once, at a social get-together, someone asked the philosopher what he would say if after his death he would meet God.

They say the philosopher hesitated and after the insistence of his inquisitor, answered: “God, why have you made the evidence of your existence turn out to be insufficient?”

What happens is that my imagination is not domesticated and continues to intrude among the lines of books. For that reason, I almost saw a Bertrand Russell, and I even invented a complete story in that moment. Therefore, I brusquely closed the book since it seemed to me embarrassing to create stories that were already created.

I tried to forget the scene with the old Russell with his white mane, who while he thinks of the promised answer, he realizes how predictable we are. Let’s see. What did Russell say: That there isn’t sufficient evidence for the existence of God, but I wonder if my very idealized Russell could be right.

With the closed book in my hands, my thoughts dissolved when I recognized the face of someone familiar. It was Elie Wiesel. The writer who constantly reminds of the crimes perpetrated by the Nazis, although unique in magnitude and inhumanity, repeat constantly, every day, in different places, before the indifference of the entire world. Wiesel, the prime mover of the meetings about the “Anatomy of Hatred” that led to him being recognized with the Nobel Peace Prize. He, survivor of the Holocaust, the long-suffering writer, was in front of me.

I looked at him with close attention as if each characteristic of his wrinkled face could reveal to me everything about him. One of my professors tells about the people who call him contemptuously “Mister Holocaust.” Not only for his insistence in keeping alive the voice of those who didn’t survive, but also because he seems to carry the world on his shoulders.

Although I didn’t see our chaotic world resting on the writer, I noticed his back, so what curved over, trying without success to throw off the invisible weight that his gaunt figure carried. It seemed to be at the defense against a physical attack.

I wanted to greet him, to tell him how much I admired him for being a survivor, proclaiming his condition in a world of survivors, incapable of being recognized. I believe that he looked at me and I believe that I greeted him with a slight movement of my head. I believe he didn’t notice.

He passed rapidly in front of me and then disappeared among the multitude of travelers, family members and friends, always seeming to be the same, when I am in an airport.

“I saw Elie Wiesel!” – I wanted to tell my acquaintances. Stupid pretentiousness: “I saw someone famous.” As if everything in this time was a question of extracting the personalities of television and shouting: “I saw him in flesh and blood.” Moreover, many people don’t even know who Elie Wiesel is and, moreover, he is also more bone than flesh, as if someone, I imagined knowing Although I didn’t see our chaotic planet set on the writer, I noticed how his back, a bit stooped, tried without success to rid itself of the invisible weight that his gaunt figure supports. I seemed to be defending against an improbable physical attack.

Elie Wiesel moved away into the tumult of those walking who bumped into each other, carrying their luggage. For a moment, contemplating him almost flattened by the multitude, fighting to dodge dozens of anxious and sweating people, I heard the squeal of train wheel and a course voice giving orders in German. Then the people stopped and their impersonal faces transformed into the faces of specific individuals. Some were praying, others with voices choked with emotion, begged that they be permitted to stay in the station.

I decided to concentrate again on the book to as not to distort what was occurring around me, but soon, I put it in my pocket, since I knew that once again I would invent a story upon what I read. To many acrobatics of my imagination for a day like this, when I need to have my feet well attached to the floor even if it on one that that is about the sky furrowed by a plane.

I took advantage of the few minutes that were left to call two people by telephone. A female friend with whom it would not bother me to remain only a friend and a male friend whom it would not bother me if he ceased being my friend. But in airports, we feel alone—perhaps because of the excess of people—and we call whatever voice that could say our name, returning to us the idea of individuality.

Elie Wiesel seemed younger and his appearance more fragile than that I had seen a few moments earlier. An official called to him and demanded his documents. Observing him with distain, he said to him—your flight will leave a little later, sir—he looked at him with sympathy–, if you wish, you can have a cup of coffee or do some shopping before boarding the aircraft.

Up close, his severe face and his melancholy gaze inspired more affection than pity. All his body, but especially the softness of his voice betrayed Elie Wiesel as a weak man who knew himself to be weak and, for that reason, made us perceive his fortitude.

While I was conversing about topics that if I haven’t yet forgotten, I promise to do so promptly, Elie Wiesel appeared again. This time, exactly in the telephone booth nearest to mine. My friend went on speaking on the other end of the telephone line, but I ceased paying attention. My curiosity was great, and I hung up the phone in order to move neared to Mister Wiesel and hear his conversation.

“I saw God and I asked him why the evidence for his existence is insufficient”—Bertrand Russell could boast. “ I saw Elie Wiesel and I didn’t ask him why the evidence was insufficient proof the Nazi era for many people insisting on negated the Holocaust{–O would insist on, but I didn’t.

“Mister Wiesel, with whom were you speaking?

“I was trying to locate That One whom had been asked and explanation for why the evidence is insufficient.

“Did you obtain an answer?” – I believed myself to be closer than ever to a revelation.

And an angel answered the telephone (I should have expected it, since Elie Wiesel is a great friend of the angels, whom he had mentioned many times in his essays about biblical stories and legends.) The angel has told me that He is busy. For a long time, he has been carrying out a high-level discussion with Bertrand Russell.

Of course, Elie Wiesel hung up the phone before I did, and there was no such conversation between us (all of you should know me and predict my behavior by now.) He left and once again he directed to me a friendly look, and I suppose even a smile. Then, I said goodbye to my friend, moved away from the telephone booth, to walk hurriedly toward the plane.

I never read Russell again, or about Russell, before going to an airport where I could meet Elie Wiesel.

________________________________________________________________

                            Bertrand Russell                              Elie Wiesel

 

__________________________________________________________________

Translation from the Spanish by Stephen A. Sadow

_________________________________________________________________________

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google photo

You are commenting using your Google account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.