Tamara Tenenbaum –Filósofa judía-argentina/Argentine Jewish Philosopher — “El fin de amor: querer y coger”/”The Death of Love: Loving and Fucking” — fragmento/excerpt

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Tamara Tenenbaum

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Tamara Tenenbaum nació en Buenos Aires en 1989. Tiene una licenciatura en filosofía y trabaja como periodista para La Nación, La Agenda, Infobae y otros medios. Es profesora en la Universidad de Buenos Aires y en la Universidad Nacional de las Artes. En 2017, publicó Reconocimiento de terreno (Pánico el pánico), una colección de poesía autobiográfica. En ese mismo año, ella cocreó (con amigos y colegas Marina Yuszczuk y Emilia Erbetta) Rosa Iceberg, una editorial dedicada a libros de mujeres. En abril de 2019, publicó El fin del amor (Ariel), una colección de ensayos sobre el amor y la sexualidad en el siglo XXI. Su primer libro de cuentos, Nadie vive tan cerca de nadie, recibió el Concurso Ficciones y será publicado por Emecé.

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Tamara Tenenbaum was born in Buenos Aires in 1989. She has a BA in philosophy and works as a journalist for La Nación, La Agenda, Infobae, and other media. She teaches at the Universidad de Buenos Aires and the Universidad Nacional de las Artes. In 2017, she published Reconocimiento de terreno (Pánico el pánico), an autobiographical poetry collection. In that same year, she co-created (with friends and colleagues Marina Yuszczuk and Emilia Erbetta) Rosa Iceberg, a publishing house devoted to books by women. In April 2019, she published El fin del amor (Ariel), a collection of essays on love and sexuality in the twenty-first century. Her first book of short stories, Nadie vive tan cerca de nadie, was awarded the Concurso Ficciones and will be published by Emecé.

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Kindle

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De:  El fin de amor: Querer y coger, 2019.

Mi mamá, mis hermanas y yo nos criamos en una comunidad judía ortodoxa, lo que se conoce como ortodoxia moderna. En Buenos Aires se puede ver por la calle mucha gente de nuestro tipo: chicas que tienen la cabeza cubierta pero usan polleras de jean, varones que no usan sombrero grande ni tienen “rulitos” a los costados pero sí barba y kipá. Nací en 1989 en el Once y viví allí hasta los 23 años, cuando me mudé con una amiga. En términos metafísicos, por suerte que me fui antes, aunque en otro sentido, una no se va nunca. Los jasídicos de Nueva York con sus mujeres cubriéndoles la retaguardia me sorprenden, pero no tanto. Mi mamá, que es médica y sigue trabajando en el barrio, tiene pacientes así, más o menos así. Casi todas mis compañeras de la primaria están casadas y van por el segundo, tercero o cuarto hijo. Las compañeras de mis hermanas menores también.

En un documental que se llama One of Us dos hombres y una mujer de mi edad cuentan lo difícil que les resultó la comunidad jasídica a la que pertenecían, esa misma que vi en Nueva York. Yo la saqué bastante barata, pero mirando el documental en Netflix me sentí identificada, particularmente con dos motivos que se repetían en los relatos que, en realidad, son un poco lo mismo. El primero es la ignorancia más absoluta de lo que pasa en “el mundo real”. A veces cuesta explicar que, aunque una viva ahí, en una ciudad enorme en el medio de todos, en medio de cualquiera, incluso aunque tenga tele e Internet (yo tenía: los chicos del documental no), es como si viviera en otro planeta. Hasta las 12 años no solamente no había probado jamón; ni siquiera sabía cómo se veía, si parecía un chancho o un bife (nunca llegué a sospechar que era un fiambre: los judíos casi no tenemos, solo pastrón, así que es un concepto que no está muy a mano de nosotros), ni con qué se comía normalmente. A las empleadas domésticas se les dice shikse; es un término despectivo pero no quiere decir ni “negra” ni “esclava”; significa “no judía” (para un judío ortodoxo, esas son las únicas chicas no judías que se conoce). Tanto es así que una noche mi mamá se dio cuanta de que yo me moría de transgredir el shabat y jugar a ser normal le pidió a la chica que trabajaba en mi casa que me sumara a una salida al cine que ella ha armado con dos amigas (veo que al menos no fue tan racista ni tan clasista mi infancia, ahora que pienso en esta historia). Creo que vimos una película de Adam Sandler y de lo que estoy segurísimo es de que comimos pochoclo, porque nunca antes había probado pochoclo en el cine. Estaba fascinada con la intrepidez de Juana y sus amigas, la manera en que se movían entre las cosas, comían y charlaban y se subían a un colectivo y hablaban de un hombre o de otro.

Aunque la película me haya interesado menos que todo lo demás , el segundo motivo del documental que se repite también en mi vida es la importancia de la cultura en su sentido más amplia que se puede imaginar, desde las novelas de Cris Morena, un libro de Vargas Llosa que encontraba en la biblioteca del living o las entradas de sexualidad de la Enciclopedia británica, todo que te habla del mundo más allá de tu casa y de tu barrio te lo devorás con pasión; lo que habla de sexo, ante todo, sí, pero también de amistades, de plata, de trabajo, de casas, de ropa, de comida. Uno de los pibes cuenta en el documental que descubrir Wikipedia fue unos de los mejores momentos de su vida. Yo ya era un poco más grande que el chico del documental cuando Wikipedia se hizo conocida en Argentina, pero entendí perfectamente el vértigo de, de pronto, sentir que se te abría una secreta a todo eso de lo que hablan los demás, una ventana, una ventana en la que podés espiar lo que no entendiste de una conversación sin que nadie te mire, así no se dan cuenta de que no sabés qué es una morcilla o una tanga.

Decía que la saqué barata: en primer lugar, porque mi comunidad no era tan cerrada como la de los chicos de One of Us. En la escuela teníamos enseñanza oficial (aunque no educación sexual) y a casi todos mis amigos y a mí nos dejaban ver televisión e ir al cine. En mi casa además, la educación y la cultura eran muy importantes, una tradición askenazi, supongo: aunque mi mamá no era “muy del palo de arte”, le importaba llevarnos a museos y fomentarnos el hábito de la lectura, y no controlaba demasiado lo que leíamos. En algún sentido era un arma de doble filo. Algunos chicos tenían muy en claro que eso que veíamos en la ficción era un exotismo en relación a nuestra propia vida. “No es para nosotros”, decía una amiga de mi hermana sobre la vida que hacían las chicas de novelitas de Cris Morena, con mucha naturalidad y sin explicar por qué. Algunas nos veíamos seducidas por ese otro universo, que sucedía en barrios por los que pasábamos, frente a los shoppings que conocíamos, a la vez imposiblemente lejos. Por esos azares de la vida, terminé llegando ahí. Mi papá falleció cuando yo, que soy la mayor, tenía 5 años y, a medida que con mis hermanos fuimos creciendo, mi mamá nos empezó a permitir relajar las normas, puertas adentro de casa al menos, aunque manteniendo ciertas apariencias en el Once. Con los años abandonamos también eso. Supongo que no era sostener tantas reglas haciendo malabares con tres nenas tan chicas: no sé como nos hubieran entretenido sin encender la televisión en shabat cuando mi mamá hacia guardia todos los sábados.

Tampoco nadie tenía ganas de prohibirnos más cosas que era estrictamente necesario negarnos; yo no me daba cuenta pero los primeros años de viudez de mi mamá fueron emocional y económicamente. Para cuando empecé a entender algo ya estábamos mejor, en ambos sentidos, y con un pie entero afuera de la religión.

Aunque veníamos saliendo de a poco, yo fui pionera en la familia cuando le dije a mi mamá que quería ir a “un buen colegio”, de esos que te preparan bien para ir a la universidad, y ella accedió. En eso también tuve suerte; no necesité pelearme a muerte con nadie ni fugarme de mi casa para hacer una vida nueva y convertirme en otra persona. Fui la primera que probó el jamón, que tuvo amigos no judíos y que se compró una musculosa para usar en la calle, sin saquito ni nada. Tampoco fue todo risas: mi mamá se puso a llorar una vez que le dije que quería ir a un baile de egresados de Guadalupe, donde una compañera mía terminaba la primaria. “Yo entiendo que vayas a un colegio laico, pero ¿a bailar cumbia con los chicos de la parroquia?”, decía como en una parodia de ídishe mame, pero con tono melodramático de película italiana. A ese baile no fui, per terminó siendo mendos grave de lo que me pareció en ese momento.

Cuando llegué al nuevo colegio, entonces, me encontré con un abismo: era evidente que yo no conocía las reglas de nada. Había acumulado un cierto bagaje de conocimiento, creía yo, pero estaba basado enteramente en las ficciones que lograba consumir, y ahora empezaba a dudar de qué tanto me podría servir para manejarme en el mundo real: ¿desde qué edad había que decir que te dabas besos en la boca? ¿Qué tipo de interacción hay que sostener con los varones en la vida diaria? ¿A los varones se los saluda siempre con beso o sólo si los conocés? ¿El uso de minifaldas debe administrarse con cuidado o puedo usarlas todos los días? ¿Perder la virginidad antes del matrimonio es tan común como en las películas? Estas son preguntas que yo me hacía constantemente, de forma explícita, cada vez que me tocaba participar en una conversación o ir a una fiesta de cumpleaños de mis nuevas amigas o, sencillamente, cuando estaba sola en casas y tenía un rato para pensar y organizar mis ideas sobre el tema. Aclaro, por si no es obvio, que el mundo del que yo venía (del que yo vengo) todas estas cuestiones tenían una respuesta única. Los judíos ortodoxos tenemos reglas claras para todo: la comida, la ropa, el modo de conducirse con el sexo opuesto, incluso acerca de cómo administrar la menstruación. La mayoría están escritas en alguna parte de la Torá o del Talmud y, si existe alguna duda, se consulta con el rabino, que seguro tiene algún precedente como respuesta. En el mundo que yo empezaba a habitar, la clase media urbana del siglo XXI, no había libros sagrados; y, empecé a pensar, tal vez tampoco hubiera demasiadas reglas.

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From: The End of Love: To Love and to Fuck. 2019.

My mother, my sisters and I grew up in an orthodox Jewish community, in what is known as modern orthodoxy. In Buenos Aires, it is possible to see many people like us; girls who keep their heads covered but wear skirts made of jeans, men who don’t wear a large hat nor have “little rolls of hair” on the side of their head but a beard and a kipah, yes. I was born in Once in 1989, and I lived there until I was 23, when I moved in with a friend. In metaphysical terms, I fortunately left early, but in another sense, nobody ever leaves. The Chassidic people in New York with their women covering the rear guard for them, surprise me, but not that much. My mama, who is a doctor and continues to practice in the neighborhood, has patients like that, more or less like that. Almost all my girlfriends from primary school are married and are on their second, third or fourth child. The girlfriends of my younger sisters, too.

In a documentary called One of Us two men and a woman my age relate how difficult the Hassidic community to which they belonged, the same one I saw in New York. made it for them to leave,  I got out relatively easily, but watching the documentary on Netflix, I identified with what they were saying, particularly with two themes told in the stories that were sort of the same thing. The first is the absolute ignorance of what was happening in the “real world.” At times, it is difficult to explain how, although they live there, in an enormous city, in the midst of everyone, in the midst of whatever, even when they have a television or Internet (I did, the folks in the documentary didn’t), it is as if they lived on another planet. Until I was 12, not only had I never tasted ham; I didn’t even know what it looked like, if it resembled pork or a steak (I never realized that it was a type of cold cuts. We Jews hardly had them, only pastrami, so it isn’t a concept very familiar to us), or what you normally ate with it. The domestic employees were called shikses; it’s a disparaging term, but it doesn’t mean “Slav” or “Black”: it means “non-Jew” (for an orthodox Jew, they are the only non-Jewish girls that they know.) So much so, that one evening my mama realized that I was dying to break the shabbat and play at being normal, she asked the girl who worked in my house to add me on to a trip to the movies that she had arranged with two friends (I can see that at least my childhood wasn’t so racist or classist, now that I think about this story.) I believe that we saw a movie by Adam Sandler and what I am absolutely certain of is that we ate popcorn, because I had never before tasted popcorn at the movies. I was fascinated with the intrepidness of Juana and her friends, the manner in which they moved among things, ate and chatted and went up on the bus and spoke about one man or another.

Although the movie interested me less than everything else, the second theme of the documentary that was repeated in my life was the importance of culture in the broadest sense imaginable, from the novels of Chris Morena, a book by Vargas Llosa that I found in the living room library or the entries about sexuality in the Encyclopedia Britannica, everything that tells you about the world beyond home and your neighborhood, you devour passionately, that about sex, more than anything else, yes, but also of friendships, money and work, housing, clothing, food. One of the kids in the documentary tells how discovering Wikipedia was one of the best moments of his life. I was a little bit older than the boy in the documentary when Wikipedia became known in Argentina, but I understood perfectly the vertigo of, suddenly, feeling that a secret was made clear for you about what all the others were talking about, a window, a window through which you could spy on what you didn’t understand in a conversation without anyone seeing you, in that way, they didn’t realize that you didn’t know what a blood sausage or a thong is.

I said that I got out without much trouble: in the first case, because my community was not as closed as that of the kids in One of Us. In school, we followed the official curriculum (though not sex education), and almost all my friends and I were permitted to watch television and go to the movies. In my home, moreover, education and culture were very important, an Ashkenazi tradition, I suppose: although my mother wasn’t “a great fan of art,” it was important to her to take us to museums and foment in us the habit of reading, and she didn’t regulate too much what we read. In some way, it was a double-edged sword. Some kids understood very clearly that what we saw in fiction was an exotic oddity in relation to our own lives. “It’s not for us,” said  a friend of my sister about the life that girls had of the little novels by Cris Morena, very naturally and without explaining why. Some of us were seduced by this other universe, what was happening in the neighborhoods that we went through, in front of the shopping malls that we knew, though, at the same time impossibly distant. By one of those fateful events in life, I ended up getting there. My papa died when I, the oldest was 5,  and, while my sisters and I were growing up, my mama began to allow us to ease the rules, behind closed doors at home, at least, maintaining certain appearances in Once. As the years passed, we abandoned that too. I suppose that it wasn’t possible to sustain so many rules, juggling three little girls: I don’t how they could have understood not turning on the television on shabbat when my mama was on duty every Saturday. Neither did she wish to prohibit us more things than those that were strictly necessary to deny us; I didn’t understand that the first years of widowhood were emotionally and economically difficult for my mama. When I began to understand a bit, we were already better off, in both ways, and a big step away from the religion.

Although we continued leaving little by little, I was the pioneer in the family when I said to my mama that I wanted to go to a “good high school”, one of those that prepare you to go to the university, and she agreed. In this too I was lucky. I didn’t have to fight hammer and tongs with anyone or flee my home to make a new live and become a convert myself into another person. I was the first to taste ham, to have friends who weren’t Jewish and who bought a sleeveless shirt to wear in the street without a small jacket or anything else on top of it. It wasn’t all smiles; my mama began to cry when I told her that I wanted to go to a dance for the graduates of Guadalupe, where a friend of mine was completing elementary school. “I can understand that you go to a secular high school, but to dance the cumbia with kids from the parish”, she said in a parody of a Yiddishe mame, but with a melancholic tone of an Italian movie. I didn’t go to that dance, which turned out to be less serious that it appeared at that moment.

When I arrived at the new high school, then, I found myself with an abysm of knowledge: it was evident that I didn’t know the rules for anything. I had accumulated a certain baggage of knowledge, I believed, but it was entirely based on the fiction that I had succeeded in consuming, and now I began to doubt that all of that would serve me so well in managing in the real world: at what age was it necessary to say that you would kiss on the mouth? What type of interaction did you have to maintain with the boys on a daily basis? Do you greet all the boys with a kiss or only those that you know? Should you be careful about wearing your miniskirts or can you use them every day? Is it as common o lose your virginity before you are married as in the movies? These are questions that I asked myself constantly, explicitly, every time that it was my turn to participate in a conversation or a birthday party of my new girlfriends, or simply, when I was alone at home and had time to think and organize my thoughts on the subject. Let me clarify, if it is not already obvious, that in the world from which I came (from that which I come) all these questions had one and only answer. We orthodox Jews have clear rules for everything: food, clothing, how to behave with the opposite sex, even how to take care of menstruation. The majority of these rules are written in some part of the Torah or the Talmud, and if any doubt exists, you consult with the rabbi, who certainly has some precedent for his answer. In the world that I was beginning to inhabit, the urban middle class of the XXI century, there were no secret books, I began to think, perhaps there also weren’t too many rules either.

Translation by Stephen A. Sadow

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Otros libros de Tamara Tanenbaum/Other books by Tamara Tanenbaum

Arminda Ralesky (1924-2006) — Poeta judío-argentina/Argentine Jewish Poet– “Herencias y heredades”/”Heritages and Inheritances”

 

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Arminda Ralesky

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Arminda Ralesky nació en Buenos Aires, descendiente de padres llegados a la Argentina de Kiev, Rusia. Fue docente especializada en educación preescolar y poesía estudios terciarios de periodismo y psicología social, así como metodología teatral, cinematográfico y plástico Obtuvo varios premios por su labor literario, incluyendo el Premio internacional de Poesía “Fernando Jeno” de México. Su obra era muy leído en Buenos Aire y a menudo presentado con acompañamiento musical.

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Arminda Ralesky was born in Buenos Aires, descendant of parents who came to Argentina from Kiev, Russia. She was a teacher specialized in preschool education and poetry, tertiary studies in journalism and social psychology, as well as theatrical, cinematographic and plastic methodology. He obtained several awards for his literary work, including the international “Fernando Jeno” Poetry Prize in Mexico. He work was very popular in Buenos Aires and often presented with musical accompaniment.

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“Herencias y heredades”

“Heritages and Inheritances”

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Poema I

Muchas veces me dije: “Mi vida

No es mi vida. . .

Estoy cansada de cargar lo no hecho.

Ese peso que siempre abruma.

Y cubrirme con las pegajosas

Telarañas de la indiferencia.

Cuando en el siglo más rápido de la Historia

Mi pueblo me palmea en las espaldas.

Hay un tiempo para destejer urdimbres.

Falsas identidades que nos envolvemos.

Necesito despojarme de mis miedos finales.

Como quien se quita el último harapo maltrecho.

Porque aunque estoy aquí.

Compartiendo el festín

En la mesa a la que no fui invitada

Todos beben,

Pero nadie brinda conmigo.

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Poem I

Often, I say to myself” “My life

Is not my life. . .

I am tired of carrying what is not done.

That weight that always burdens.

And cover me with the sticky things

Cobwebs of indifference.

When in the most rapid century in History

My people pat me on the back.

There is a time to undo schemes.

False identities that envelop us.

I need to get rid of my final fears.

Like one who takes off the last worn out rag.

Because although I am here.

Sharing the banquet

At the table to which I wasn’t invited.

They all drink.

But nobody makes toasts with me.

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“Herencias y heredades”

Eso que nos persigue

Como un recuerdo

A través de nuestra existencia

Con tristeza, orgullo, regocijo o dolor.

 

Es que hubiéramos deseado elegir. . .

 

Seleccionar

 

Sin fatalismos, sin apuros,

Sin pudores.

Bebiendo la propia valentía

Como un elixir amargo.

Abriéndose el propio corazón,

Aunque duela.

 

De lo propio es difícil el rechazo.

Guardamos una especie de autoinmunidad,

Seguiremos siendo animales fantasiosos.

 

¿Evolucionamos. . .?

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“Heritages and Inheritances”

That which pursues us

Like a memory

Through our existence

With sadness, pride, rejoicing or pain.

 

It is that we would have wished to choose. . .

 

To select.

 

Without fatalisms, without hardships

Without modesty,

Drinking our own courage

Like a bitter elixir.

Opening our own heart,

Although it may hurt.

It is difficult to reject what is one’s own

We retain a type of autoimmunity,

We continue being imaginative/fantasy animals.

 

Will we evolve?

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Poema V

En extraña convención,

Convención de subsistencia,

Equilibrio, sobrevivencia,

Que tantas veces repudiamos

Como primitivo.

Hombre y mujer nos aferramos

Igual a náufragos; (hongos adosados a las piedras)

Misteriosa sociedad de dos; (moluscos a la roca)

Que nunca terminan de conocerse.

Pero que agoniza,

Cuando terminan de descubrirse

Aunque a ella nos integramos

Por voluntad propia.

Hombre y Mujer,

Incógnitas que se acompañan

Para nunca terminar de descifrarse.

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Poem V

In strange convention,

Convention of subsistence,

Equilibrium, survival,

That so often we repudiate

As primitive.

Man and woman cling to each other

Just like shipwreck survivors (mushrooms joined firmly to rocks.)

Mysterious society of two; (mollusks on the rock)

That never finish knowing each other,

But who are near death,

When they stop discovering each other

Although to it we fit together

By our own will.

Man and Woman,

unknowns who accompany each other

To never come to decipher each other.

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Poema VI

Mi corazón,

Pensativo, falible, soñador,

Medita y se conduele.

Piensa por sus seres queridos.

 

Mi cerebro, ama.

Ama y comprende a los jóvenes.

Su angustia, dolor, rebeliones. . .

Sigo, como mis viejos antecesores

Pensando con el corazón

Y amando con la cabeza.

Tan judía, como mis viejos antepasados judíos.

En la oscura profunda raíz

Que jamás ve la claridad

Y empuja el árbol hacia la luz.

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Poem VI

My heart,

Pensive, fallible, dreamer,

Meditates, sympathizes.

Thinks about its loved ones.

 

My mind, loves.

Loves and understands the young.

Their anguish, pain, rebellions. . .

I follow, like my old ancestors X

Thinking with the heart

And loving with the head.

So Jewish, like my old Jewish ancestors.

In the obscure, profound origin

That never sees the clarity

And pushes the tree toward the light.

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“Adiós a un humorista”

En el opaco ojo de vidrio

De una antigua vitrina

Obsequio de un médico

Que conoció al revés de la sonrisa

Atesoran las armas de Jevel Katz.

 

Suspirabas, y la armónica,

El nervio tenso de la guitarra cantaban.

Ahora, fósiles de una antigua alegría

También están muertos tus camaradas

En el ataúd de la vitrina.

Jevel Katz.

 

Arlequín hecho de retazos de todo los pueblos

Arlequín nuestro,

Juglar de historia triste

Igual a la de tantos que prodigan

La fortuna de la risa

El corazón de los hombres.

Te fuiste con tus canciones.

Con esa tu verdad buena,

La verdad del ciruelo:

Fuerza para crecer sobre una tierra de tragedia

Ridículo, pobreza, elevar un dulce fruto.

¡El fruto codiciado de la risa!

 

Te fuiste

Y se nubló el rostro nostálgico

De un pueblo que ama la alegría.

Pero nadie te perdona saltimbanqui

La última pirueta

Haberte escabullido así de repente

Dejándonos huérfanos, desesperados, perdidos

La negra noche del dolor

 

Porque te fuiste antes de . . .Dachau, Auschwitz. . .

¿Le estará cantando un tango a Bonche Schwaig?

¿Cuánto hace que humeabas carcajadas

Sobre nuestras sopa de las melodías

En tu “Idishe shu”? *

Y en los viernes, eras el pedazo de “jale”**

Que endulza la sobremesa.

Alguien deberá recoger el hilo mágico

Es que te arrojó Sholem Aleijem

Porque los hombres nacen apropiados de llantos

Pero deben otorgarles la magia del reír.

 

*La hora israelita. Programa radial.

** Pan festivo.

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“Farewell to a Humorist”

In the opaque eye of glass

Of a former display cabinet

Are kept the weapons of Jevel Katz.

 

You sighed and the harmonica,

The tense nerve of the guitar sang.

Now, fossils of a former joy

Your comrades are also dead

In the grave of the display cabinets

 

Harlequin made of the scraps of all peoples

Our harlequin,

Minstrel of sad history

Equal of that which so many who bestow

The good fortune of laughter.

You left with your songs.

With that your good truth,

The truth is a cherry tree;

A force to grow above a land of tragedy

Ridicule, poverty, to elevate a sweet fruit.

The coveted fruit of laughter!

 

You left

And the nostalgic face of a people

Who love joy clouded over.

Bu nobody forgives you juggler

Pero nadie te perdona saltimbanqui

the final pirouette

You having suddenly slipped away

The black night of pain.

 

Because you left before. . .Dachau, Auschwitz. . .

Are you singing a tango to Bonche Schwaig?

How long ago you steamed bursts of laughter

Over our soup of the melodies

In your “Idishe shu”? *

And on Fridays, you were a piece of Hallah

That sweetens the dinner conversation.

Someone must pick up the magic thread

That Sholem Aleijem threw to you

Because men are born suitable for tears

But they should give them the magic of laughter.

 

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“Después de la tormenta”

 

A Nessia Reznik, maestra en los

Campos de concentración

 

Sobre el cenagal de lodo y de sangre

La maestrita judía

Buscaba a sus discípulos.

 

Sólo halló un muñeco roto.

 

Hombres poderosos le habían amputado

Madre, padre,

Y hasta su rostro de niño.

 

Oscuro líder aún le estrechaba la mano

El horror. . .

 

La maestra lavó los ojos tristes

Pero una mancha nunca se limpiaba de ellos.

 

Buscó para reanimarlo las canciones de cuna

Pero habían sido fusiladas. . .

Nada tenía

Ni la tibia leche del cuento infantil

Porque Andersen y Perrault

También fueron gaseados. . .

Entonces

 

Apoyó sus labios sobre la boquita muerta

Y atrajo la cálida corriente milenaria. . .

El aliento de sus padres

Macabeos,

Poetas,

Visionarios

A través de ella

Todo el aliento de

Un pueblo

Ardía.

Cuando una gota tibia se deslizó

De las apagadas pupilas

La maestra reclinó su cabeza blanca

Sobre el niño recuperado

Y empezó a deletrear.

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“After the Storm”

 

A Nessia Reznik, teacher in the

Concentration camps

 

Above the quagmire of lead and blood

A  little Jewish school teacher

Searched for her pupils.

 

She found only a broken doll.

 

Powerful men had amputated it.

Mother, father, even its child face.

Dark leader still stretched out his hand.

The horror. . .

The teacher washed his frozen eyes

But a stain was never lifted from them

 

The frozen doll chilled her chest.

 

She sought to bring to back to life – the lullabies

But they had been shot. . .

She had nothing.

Not the warm milk of a children’s story

Because Andersen and Perrault

Were also gassed. . .

Then

 

She placed her lips on the little dead t

And attracted the millenarian current

The breath of her fathers

Maccabees,

Poets,

Visionaries

Though her

All the breath of

A people

Was burning.

 

When a warm drop slid

from her warn pupils

The teacher reclined her white head

On the recuperated child

And began to spell.

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“Largavista”

¿Qué miras niño,

Espiándome a través de la ventana

Puedes acaso distinguir mi lágrima?

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“Longview”

What are you looking at child,

Spying me through the window

Can you perhaps make out my tear?

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Translated by Stephen A. Sadow

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Libros de Arminda Ralesky

 

Memo Ánjel — Escritor judío-colombiano/ Colombian Jewish Writer — “Mesa de Judíos”/”Jewish Table” — fragmentos de la novela/excerpts from the novel

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Memo Ánjel

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“Dos maletas”/”Two Suitcases”

Memo Ánjel (José Guillermo Ángel) nació en Medellín, Colombia, como hijo de inmigrantes argelinos en 1954. Además de su oeuvre literario, Ánjel ha trabajado por 16 years como professor of de Comunicación Social en la Universidad Pontificia Bolivariana en Medellín.

Algunos de sus libros: La luna verde de Atocha (novela); La casa de las cebollas (novela), Todos los sitios son Berlín (novela), Libreta de apuntes de Yehuda Malaji, relojero sefardí (Ejercicios de imaginación sobre la conformación de los pecados), Zurich es una letra alef (novela), Tanta gente (novela), El tercer huevo de la gallina (novela) y Calor intenso (cuentos).

Considera la escritura como una actividad existencial, algo que le ayuda a analizarse a sí mismo y a reconocer la naturaleza de los demás. Profundamente en el sentido de la tolerancia y la vida misma. Según Anjel, solo el conocimiento necesario de lo que nos rodea nos permite sobrevivir y dar a nuestra existencia la suficiente transparencia.

Ánjel es uno de un grupo de autores colombianos modernos que ya no piensan y escriben de una manera específicamente colombiana, sino universal. “En todo el mundo, las personas tienen experiencias similares, ya sea que vivan en Colombia o en Alemania: tienen familia, trabajan, sufren y experimentan las mismas tragedias, la guerra y la emigración”.

Ánjel ha realizado un intenso estudio de los clásicos judíos, y en muchas de sus obras examina su propia historia sefardí y la cuestión de lo que significa ser un judío sefardí en la cultura de asimilación actual. Ha escrito varios ensayos sobre la contribución de la cultura árabe al desarrollo de la civilización occidental y el papel de la cultura y la historia judías en las ideas literarias y filosóficas contemporáneas.

Adaptado de Berliner Künstlerprogramm des Daad

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Memo Anjel (José Guillermo Ángel) was born in Medellín, Columbia, as the child of Algerian immigrants in 1954. Besides his literary oeuvre, Anjel has worked for 16 years as a professor of social communication at the Universidad Pontificia Bolivariana in Medellín.

Some of his books: La luna verde de Atocha (novel) La casa de cebollas (novel), Todos los sitios son Berlín (novel), Libreta de apuntes de Yehuda Malaji, relojero sefardí (Ejercicios de imaginación sobre la conformación de los pecados), Zurich es una letra alef (novel), Tanta gente (novel), El tercer huevo de la gallina (novel) and Calor intenso (stories).

He regards writing as an existential activity, something that helps him to analyse himself and to recognise the nature of others, in order to look deeply at the meaning of tolerance and life itself. According to Anjel, only the necessary knowledge of what surrounds us enables us to survive at all and to give our existence sufficient transparency.

Ánjel is one of a group of modern Colombian authors who no longer think and write in a specifically Columbian, but rather universal way. “All over the world, people have similar experiences ? whether they live in Columbia or Germany: they have a family, work, suffer, and experience the same tragedies, war and emigration.”

Anjel has made an intense study of Jewish classics, and in many of his works he examines his own Sephardic history and the question of what it means to be a Sephardic Jew in today’s culture of assimilation. He has written several essays on the contribution of Arabic culture to the development of occidental civilisation and the role of Jewish culture and history in contemporary literary and philosophical ideas.

Adapted from Berliner Künstlerprogramm des Daad

Para comprar/To buy: “Cuentos judíos”

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MESA DE JUDÍOS

fragmento de novela

1.

Ese año tampoco pudimos ir a Jerusalén, no hubo con qué. Sin embargo, mi padre, un hombre dedicado a la mecánica, se hizo a la idea de que para el año próximo tendríamos el dinero suficiente para salir, pues había tenido un sueño con Eliahu ha navi[1] y el profeta le había guiñado un ojo. Y presidiendo la mesa del comedor, acto que lo emocionaba porque le evidencia su papel de hombre con familia, comenzó a explicarnos cómo haría para obtener las monedas y los billetes, hablándonos de una máquina maravillosa que estaba inventando con base en la segunda ley de Newton. Una máquina para hacer pan. Todos lo miramos con ojos de brillantes y nos vimos atravesando el Mar Rojo al lado del invento, menos mi madre que, en lugar de aportar palabras al sueño, se levantó de la mesa y comenzó a recoger los platos. Le colaboró a la idea de mi padre con una sonrisa y, encogida de hombros, le dijo a mi hermana Marta que la ayudara con los vasos y los pocillos. Ese día, cuando mi padre nos explicaba con detalles cómo funcionaria la máquina que nos haría famosos, la noche fue tibia.

Por los días de Pésaj,[2] a mi padre le entraba un especie de fiebre de primavera y por su cabeza pasaban todo tipo invenciones que él llevaba cuidadosamente al papel y luego nos mostraba dibujos con lápices de color. Creo que Elías[3] (para quien siempre hubo un puesto en nuestra mesa) se asomó para ver los proyectos dibujados, esas máquinas inmensas que nos haría ricos en 360 días y que nos permitirían cumplir con la ilusión que habíamos ido conformando año tras año, con palabras y objetos. Porque pasaba que si no podíamos ir a Jerusalén, como nos habíamos prometido y planeado, Jerusalén llegaba hasta nosotros en forma de vasijas y postales, trocitos de piedras antiguas y manos de metal con un ojo abierto en la palma. Ojos que miraban todo, Como D-s (claro que D-s no mira sino siente), eso decían los libros. Objetos que nos enviaban los amigos, algún familiar o que mi madre, escurriendo sus ahorros, compraba en los almacenes de importados para regalárselos a papá. Incluso llegó a bordar varias telas con detalles de la tierra prometida, que mi padre miró y lloró. Era un emocional mi padre y sabíamos que él, en soledad, se traía todos eso objetos a su taller y allí hablaba con ellos en un hebreo macarrónico que acreditaba hasta palabras en catalán, imaginando caminos en el desierto, oasis verdes y azules, piedras que cubrían tumbas de líderes y profetas, casa inmensas y blancas con jardines de flores rojas. Mirando cada detalle de los objetos que había puesto a su alrededor, llegó a beber té con samaritanos y café con los árabes de Cisjordania. Y a conversar con Iosef Caro[4] sobre las leyes de Shulján Arjuj, alajot, que apenas sí se cumplían en casa. Para muchos vecinos éramos unos herejes.

4.[5]

Pasó en el Kol Nidre de ese año, rito al que mi padre no faltaba. Era lo único que respetaba íntegro, el resto de las fiestas las cumplía a medias (excepto Pésaj, donde hacíamos los votos de ir a Jerusalén) o se olvidaba de ellas por estar en sus diseños mecánicos. Mi madre era escéptica y asistía a la sinagoga si mi padre iba. Lo mismo nosotros, que dependíamos de ellos o del señor Súdit, que como creyente se preocupaba de que supiéramos qué sucedía en cada fiesta, llevándonos muchas veces con él. Había que ver ese desfile, los seis niños mejores siguiéndolo detrás y él dándonos órdenes en esa lengua múltiple que apenas si entendíamos. Ya en la sinagoga, Súdit nos alineaba frente a él, se ponía el talit y comenzaba a rezar, moviéndose de atrás hacia delante, dándonos un coscorrón en la cabeza si hablábamos más fuerte de lo prometido o si nos daba por pelear o movernos como locos. Y el rabino, mirándonos por encima de los anteojos, las cejas enormes (como dos salchichas quemadas) que les daban un aire de cuervo a sus ojos negros y profundos. Nos miraba con dureza, callándonos con la mirada. Y los viejos judíos que estaban cerca, haciendo lo mismo y preguntándonos en susurros dónde estaban nuestros padres. Súdit y los hijos del hereje, así nos conocían en la sinagoga.

En el Kol Nidré de ese año, donde mi padre entraba en contacto con la divinidad para que lo inscribiera en el libro de la vida, Barcas se arrimó a él y le mostró unas cartas. Sonreía el hombre. –Vienen de Francia y se interesan en la máquina, debemos enviarle los planes–. Ese “debemos” le parecía simpático a mi padre y le sonó que Barcas ya se hubiera hecho socio suyo. Pero levantó una mano y le indicó que luego vería las cartas, que en ese momento sellando el pacto con D-s y nada era más importante, ni siquiera los franceses o los ingleses. Barcas se encogió como un pepino en almíbar. Mi padre infundía respeto cuando estaba en Kol Nidré, oración que leía lento y colocando en ese silencio muy bien cada palabra, labrándola en el corazón: era un rey en esta oración y ni siquiera el rabino, al verlo, se atrevía a pensar que era un hereje o un arrepentido. No, era un judío pactando con el Señor del universo para que le diera vida durante ese año para su familia y sus inventos. Y, como resultante, ya vendría la partida a Jerusalén, que tenía prevista para los días iniciales de la primavera, después de las primeras lluvias. Siempre creyó mi padre que D-s daba las herramientas y uno hacía el milagro, por eso se burló de los que intentaban sobornar a la divinidad con velas encendidas a o rezos largos. D-s estaba en nosotros y sabia que estaba pasando. Además Él sólo daba vida, el resto corría por nuestra cuenta. Eso lo decía, y el señor Súdit levantaba una ceja pero no soltaba palabra. ¿Qué palabra podía soltarle a un hombre que funcionaba con base en mecanismos, que miraba el cielo y lo veía funcionando como un enorme engranaje por donde se podía caminar si se contaba con las tuercas y tornillos precisos, con la herramienta adecuada, y una idea clara? Mi padre se enriquecía en D-s es Kol Nidré, por esto fulminó con los ojos a Barcas y a sus cartas, por eso, los franceses y los ingleses se volvieron puré, que en este momento lo importante era la vida  y lo que en ella se daría. Cuando mi padre rezaba en Kol Nidré, iba por el error a la verdad y entonces flotaba en sus fallas y las lavaba para ver qué había pasado y donde había estado la ceguera. Y las letras del libro de rezos se le convertían en números y palabras distintas, en un juego de inteligencia que lo hacía sentir en paz con ese mecanismo inmenso que era el universo y que se podía leer si había paciencia para que llegara el entendimiento. Un hijo de Maimónides y de Spinoza mi padre, eso lo entendía el rabino y dejaba de mirarlo. También Súdit, que se metía en lo suyo, pedía por él. Al día siguiente, ya en pleno Yom Kipur, mi padre se vería por ninguna parte. Sabíamos que caminaba por la ciudad, que miraba el vuelo de los pájaros y las hojas de los árboles, mientras rediseñaba calles y edificios, puentes y caras y que al final se sentaba en un parque y leía un libro de matemáticas o alguna novela corta. Y lejos de todos, para evitar el escándalo.

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[1] En hebreo, el profeta Elías.

[2] Pascua hebrea, debido a la cuenta que se hace con base en el calendario lunar, cae por marzo o abril.

[3] Dice la tradición que el profeta Elías llegará en Pésaj. Por esto siempre hay un lugar para él en cada casa judía.

[4] Iosef Caro, judío sefardí, escribió Shulján Aruj (la mesa servida), serie de leyes sobre la vida judía,

[5] Kol Nidré, todos los votos, oración y ritual de la víspera de Yom Kipur (día  del Perdón).

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JEWISH TABLE

FRAGMENTS OF A NOVEL

1.

This year too we won’t we won’t be able to go to Jerusalem; the funds aren’t there. Nevertheless, mi father, a man dedicated to mechanical things, came up with the idea that for next year, we would have the sufficient money to go, since he had had a dream about Eliahu HaNavi,[1] and the prophet had winked at him. And presiding over the dining room table, an act that thrilled him because it proved to him his role as man of the family, he began to explain to us how he would obtain the coins and the paper money, speaking to us about a marvelous machine that he invented by following Newton’s Second Law. A machine to make bread. We all looked at him with sparkling eyes, and we envisioned ourselves crossing the Red Sea beside the machine, except my mother who, instead of speaking in support of the dream, got up from the table and began clearing the plates. She reacted to my father’s idea with a smile, a shrug of her shoulders, she told my sister Marta to help her with the glasses and the bowls. That day, when my father explained to us how the machine that would make us famous would function, the night was a warm.

During the days of Passover[2] , a spring fever entered my father and through his head passed all sorts of inventions that he put carefully on paper and then show them to us drawn with colored pencils. I believe that Elijah[3] himself (for whom there was always a place setting at our table) appeared to see the project drawings; those immense machines that would make us rich in 360 days and would permit us fulfil that dream that we had been forming year after year, with words and objects/things. Because it happened that if we couldn’t do to Jerusalem, as we had promised and planned, Jerusalem came to us in the form of pots, dishes and postcards, bits of ancient rocks and hands made of metal with an open eye in the palm. Objects that saw everything, as G-d does (of course G-d doesn’t see, but feels,) that is what the books said. Objects that our friends, some family member sent us, or that my mother squeezed out of her saving, bought in the import stores to give them to my father. She even went as far as embroidering several clothes with details from the promised land, that my father took a look at and cried. My father was an emotional person, and we knew that he, when alone, brought all these objects to his workshop and there he spoke to them in a macaronic Hebrew that even admitted words in Catalan, imagining roads through the desert, green and blue oasis, stones that covered the tombs of leaders and prophets, immense white houses with gardens of red flowers. Observing every detail of the objects that he had set around him, he came to drink tea with the Samaritans and coffee with the Arabs of Cisjordania.  And to confer with Joseph Caro about the laws of the Shulchan Aruch[4], and “alaot,” practices that occasionally took place in the house. For many of our neighbors, we were heretics.

4.[5]

It happened during Kol Nidre of that year, ritual that my father never missed. It was the only one that he respected completely, the rest of the holidays, he followed in part (except Passover, when we made our vow to go to Jerusalem) or he forgot about them when he was working on his mechanical designs. My mother was a sceptic and she attended the synagogue if my father went. We did too, relying on them or on Mr. Sudit, who, as a believer, worried about what we knew about what happened at every holiday, many times bringing us along with him. You had to see that parade, the six older children following behind him, and he, giving us orders in that multiple language that we hardly understood. Once in the synagogue, Sudit lined us up in front of him, put on his tallit and began to pray, moving from back to front, giving us a smack on the head if we spoke louder than permitted or if we started to quarrel or move around like crazy people. And the rabbi, looking at us from above his eyeglasses, his enormous eyebrows (like two burnt sausages,) that gave his black and deep eyes the look of a crow. He looked at us harshly, quieting us down with his glance. And the old Jews who were nearby, doing the same thing and asking us in whispers where our parents were. Sudit and his children of the heretic, so we were known in the synagogue. During that year’s Kol Nidre, where my father entered into contact with the divinity so that he be inscribed in the book of life, Barcas moved closer to him and showed him some letters. The man was smiling. “They come from France and they are interested in the machine; we should send them the plans.” This “we should” seemed agreeable to my father, and it sounded  to him that Barcas had already become his partner. But he raised his hand, and he indicated that he would see the letters later, that in this moment he was sealing a pact with G-d

[1] Hebrew name of Elijah, the prophet.

[2] Because of the Jewish lunar calendar, Passover falls in March or April.

[3] Tradition says that the prophet Elijah will arrive during Passover. For that reason, there is always a place for him in every Jewish home.

[4] Joseph Caro, a Sephardic Jew, wrote the Shulhan Aruch (The Served Table) a series of laws about Jewish life.

[5] Kol Nidre, all the vows, prayer and ritual of Yom Kippur eve (Day of Pardon.)

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Translated by Stephen A, Sadow

 

 

José G. Adolph (1933-2008) — Cuentista judío-peruano de ciencia ficción/Peruvian Jewish Science Fiction Short-Story Writer — “Nosotros, no”/”Not Us”

José B. Adolph “Persistencia”

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José B. Adolph

José B. Adolph nació en Stüttgart, Alemania en 1933. Su familia se trasladó a Perú cuando él tenía 5 años. Estudió en la Universidad Mayor de San Marcos. Fue un escritor y periodista peruano en muchos periódicos  Su obra más conocida Mañana las ratas, una novela de ciencia ficción. Es uno de los escritores más conocidos y más prolijos de la ciencia ficción latinoamericana del siglo XX. En 1983, recibió el Primer Premio de la Municipalidad de Lima. También en ese año él ganó el Primer Premio en el concurso del “Cuento de 1000 Palabras” que le otorgo la revista “Caretas.”  José B. Adolph se falleció 2008 en Lima.

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José B. Adolph was born in Stüttgart, Germany, in 1933. His family moved to Perú when he was 5. He studied at the University of San Marcos in Lima. He was a Peruvian and writer and journalist for many periodicals. His most famous work Mañana las ratas, a science fiction novel. He was one of the best-known and most prolific authors of science fiction in Latin-America in the twentieth century. In 1983, he received the First Prize of the City of Lima. Also, in that year, he won first prize in the “Short-story of 1000 Words” competition, awarded by the “Carretas magazine. He died in 2008 in Lima.

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“NOSOTROS, NO”

Aquella tarde, cuando tintinearon las campanillas de los teletipos y fue repartida la noticia como un milagro, los hombres de todas las latitudes se confundieron en un solo grito de triunfo. Tal como había sido predicho doscientos años antes, finalmente el hombre había conquistado la inmortalidad en 2168.

Todos los altavoces del mundo, todos los transmisores de imágenes, todos los boletines destacaron esta gran revolución biológica. También yo me alegré, naturalmente, en un primer instante.

¡Cuánto habíamos esperado este día!

Una sola inyección, de cien centímetros cúbicos, era todo lo que hacía falta para no morir jamás. Una sola inyección, aplicada cada cien años, garantizaba que ningún cuerpo humano se descompondría nunca. Desde ese día, solo un accidente podría acabar con una vida humana. Adiós a la enfermedad, a la senectud, a la muerte por desfallecimiento orgánico.

Una sola inyección, cada cien años.

Hasta que vino la segunda noticia, complementaria de la primera. La inyección sólo surtiría efecto entre los menores de veinte años. Ningún ser humano que hubiera traspasado la edad del crecimiento podría detener su descomposición interna a tiempo. Solo los jóvenes serian inmortales. El gobierno federal se aprestaba ya a organizar el envió, reparto y aplicación de la dosis a todos los niños y adolescentes de la tierra. Los compartimentos de medicina de los cohetes llevarían las ampolletas a las más lejanas colonias terrestres del espacio.

Todos serían inmortales.

Menos nosotros, los mayores, los formados, en cuyo organismo la semilla de la muerte estaba ya definitivamente implantada.

Todos los muchachos sobrevivirían para siempre. Serían inmortales, y de hecho animales de otra especie. Ya no seres humanos; su psicología, su visión, su perspectiva, eran radicalmente diferentes a las nuestras. Todos serían inmortales. Dueños del universo para siempre. Libres. Fecundos. Dioses.

Nosotros, no. Nosotros, los hombres y mujeres de más de 20 años, éramos la última generación mortal. Éramos la despedida, el adiós, el pañuelo de huesos y sangre que ondeaba, por última vez, sobre la faz de la tierra.

Nosotros, no. Marginados de pronto, como los últimos abuelos de pronto nos habíamos convertido en habitantes de un asilo para ancianos, confusos conejos asustados entre una raza de titanes. Estos jóvenes, súbitamente, comenzaban a ser nuestros verdugos sin proponérselo. Ya no éramos sus padres. Desde ese día éramos otra cosa; una cosa repulsiva y enferma, ilógica y monstruosa. Éramos Los Que Morirían. Aquellos Que Esperaban la Muerte. Ellos derramarían lágrimas, ocultando su desprecio, mezclándolo con su alegría. Con esa alegría ingenua con la cual expresaban su certeza de que ahora, ahora sí, todo tendría que ir bien.

Nosotros solo esperábamos. Los veríamos crecer, hacerse hermosos, continuar jóvenes y prepararse para la segunda inyección, una ceremonia – que nosotros ya no veríamos – cuyo carácter religioso se haría evidente. Ellos no se encontrarían jamás con Dios. El último cargamento de almas rumbo al más allá, era el nuestro. ¡Ahora cuánto nos costaría dejar la tierra! ¡Cómo nos iría carcomiendo una dolorosa envidia! ¡Cuantas ganas de asesinar nos llenaría el alma, desde hoy y hasta el día de nuestra muerte!

Hasta ayer. Cuando el primer chico de quince años, con su inyección en el organismo, decidió suicidarse. Cuando llegó esa noticia, nosotros, los mortales, comenzamos recientemente a amar y a comprender a los inmortales.

Porque ellos son unos pobres renacuajos condenados a prisión perpetua en el verdoso estanque de la vida. Perpetua. Eterna. Y empezamos a sospechar que dentro de 99 años, el día de la segunda inyección, la policía saldrá a buscar a miles de inmortales para imponérsela.

Y la tercera inyección, y la cuarta, y el quinto siglo, y el sexto; cada vez menos voluntarios, cada vez más niños eternos que implorarán la evasión, el final, el rescate. Será horrenda la cacería. Serán perpetuos miserables.

Nosotros, no.

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“Not Us”

That afternoon, when the small bells of the teletypes jingled, and the notice was distribute like a miracle, the people of all latitudes came together in a sole triunfull shout. Just as it had been predicted two hundred years earlier, finally, in 2168, man had conquered immortality.

All the loudspeakers in the world, all the modes for the transmission of images, all the bulletins emphasized this great biological revolution. I was happy too, naturally, at the first instant/moment.

How long had we waited for this day!

One single injection, of one hundred cubic centimeters, was all that was necessary to never die. A single injection, applied every hundred years, guaranteed that no human body would ever decompose. From that day on, only an accident could end a human life. Goodbye to sickness, senility, deal by organic failure.

One single injection every hundred years.

Until the second notice arrive, complementing the first . The injection only would have effect on those who are less than twenty years old. No human being who had passed that age could halt the the internal breakdown over time, Only the young people would be immortal. The federal government already hurried in organizing the shipment, division and application of the dose to all the children and adolescents on earth. The medicine compartments rockets would carry the vials  to the most distant earth colonies in space.

All would be immortal.

Except for us, the grownups, the mature, in whose organisms the seed of death was already definitively implanted.

All the kids would survive forever. They would be immortal, and in fact of another species. No longer human beings: their psychology, their vision, their perspective were radically different from ours. All would be immortal. Rulers of the universe for all times. Free. Fecund, Gods.

Not us, Quickly marginalized, like the last grandparents, in no time, we had been converted into inhabitants of an asslym for old people, confused rabbits, stunned among a race of titans. These young people, suddenly, began to be our VERDUGOs without even intending to. We were no longer their parents. From that day on, we were something else: a repulsive and sick thing, illogical and monstrous. We were Those Who Would Die/ Those Who Were Waiting for Death. They would cry tears, hiding their disgust, mixing that with joy. With that ingenuous joy in which they expressed their certainty that for now, yes now, everything had to go well.

We only waited. We saw them grow, become beautiful, going being young and preparing for the second injection, a ceremony-that we wouldn’t get to see-whose religious character would become evident. They never would meet with God, The last shipment of souls on the way to heaven was ours. Now how it would cost us to leave the earth! How a painful envy would go on CARCOMIENDO. How much wish to kill would fill our souls, from today and until the day of our death.

Until yesterday. When the first fifteen-year-old boy, with the injection in his organizm, decided to commit suicide. When this news arrived, we, the mortals, just then began to love and understand the immortals.

Because they are poor Renacuajos condemned to perpetual prison in the VERDOSO ESTANQUE of life. Perpetual. Eternal. And we begin to suspect that within 99 years, the day of the second injection, the police will go out in search of thousands of mortals in order to give it to them.

And the third injection, and the forth, and the fifth century, and the sixth; each time, fewer volunteers, each time more eternal children that will implore for the EVASiOn, the end, the rescue, The hunt will be horrendous. They will be perpetually miserable.

Not us.

Las sinagogas de el Caribe y la América Central de habla español/The Synagogues of the Spanish-speaking Caribbean and Central America

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Algunas de las sinagogas/Some of the Synagogues

El Caribe/The Caribbean

El Caribe/ The Caribbean-Jewish Virtual Library

Puerto Rico

Today, Puerto Rico is home to approximately 1,500 Jews, the largest Jewish community in the Caribbean. Most Jews live in the capital San Juan which boasts three synagogues, a Jewish Community Center and a kosher grocery store. The island also is home to a Hebrew school, a Zionist youth club, and other Jewish organizations. The island’s Chabad center offers a kosher restaurant and catering, serving over 30,000 meals annually.

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Temple Beth Shalom – San Juan
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Temple Beth Shalom – Interior
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Congregación She are Zedek – Miramar
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Congragación Sha are Zedek Interior

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República Dominicana/Dominican Republic

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Centro Israelita de la República Dominicana

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Cuba

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Sinagoga Bet Shalom – La Habana

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Guatemala

 

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Sinagoaga Shaaarie Binyamin – Ciudad Guatemala
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Sociedad Israelita Maguen David 

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El Salvador

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Comunidad Israelita de San Salvador

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Costa Rica

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Centro Israelita de San José
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Centro Israelita -Interior
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Congregación Bnei Israel – San José

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Panamá

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Kol Shearith Israel – Ciudad Panamá
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Sinagoga Svet Achim  – Ciudad Panamá
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      Sinagoga del Colón

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