José G. Adolph (1933-2008) — Cuentista judío-peruano de ciencia ficción/Peruvian Jewish Science Fiction Short-Story Writer — “Nosotros, no”/”Not Us”

José B. Adolph “Persistencia”

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José B. Adolph

José B. Adolph nació en Stüttgart, Alemania en 1933. Su familia se trasladó a Perú cuando él tenía 5 años. Estudió en la Universidad Mayor de San Marcos. Fue un escritor y periodista peruano en muchos periódicos  Su obra más conocida Mañana las ratas, una novela de ciencia ficción. Es uno de los escritores más conocidos y más prolijos de la ciencia ficción latinoamericana del siglo XX. En 1983, recibió el Primer Premio de la Municipalidad de Lima. También en ese año él ganó el Primer Premio en el concurso del “Cuento de 1000 Palabras” que le otorgo la revista “Caretas.”  José B. Adolph se falleció 2008 en Lima.

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José B. Adolph was born in Stüttgart, Germany, in 1933. His family moved to Perú when he was 5. He studied at the University of San Marcos in Lima. He was a Peruvian and writer and journalist for many periodicals. His most famous work Mañana las ratas, a science fiction novel. He was one of the best-known and most prolific authors of science fiction in Latin-America in the twentieth century. In 1983, he received the First Prize of the City of Lima. Also, in that year, he won first prize in the “Short-story of 1000 Words” competition, awarded by the “Carretas magazine. He died in 2008 in Lima.

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“NOSOTROS, NO”

Aquella tarde, cuando tintinearon las campanillas de los teletipos y fue repartida la noticia como un milagro, los hombres de todas las latitudes se confundieron en un solo grito de triunfo. Tal como había sido predicho doscientos años antes, finalmente el hombre había conquistado la inmortalidad en 2168.

Todos los altavoces del mundo, todos los transmisores de imágenes, todos los boletines destacaron esta gran revolución biológica. También yo me alegré, naturalmente, en un primer instante.

¡Cuánto habíamos esperado este día!

Una sola inyección, de cien centímetros cúbicos, era todo lo que hacía falta para no morir jamás. Una sola inyección, aplicada cada cien años, garantizaba que ningún cuerpo humano se descompondría nunca. Desde ese día, solo un accidente podría acabar con una vida humana. Adiós a la enfermedad, a la senectud, a la muerte por desfallecimiento orgánico.

Una sola inyección, cada cien años.

Hasta que vino la segunda noticia, complementaria de la primera. La inyección sólo surtiría efecto entre los menores de veinte años. Ningún ser humano que hubiera traspasado la edad del crecimiento podría detener su descomposición interna a tiempo. Solo los jóvenes serian inmortales. El gobierno federal se aprestaba ya a organizar el envió, reparto y aplicación de la dosis a todos los niños y adolescentes de la tierra. Los compartimentos de medicina de los cohetes llevarían las ampolletas a las más lejanas colonias terrestres del espacio.

Todos serían inmortales.

Menos nosotros, los mayores, los formados, en cuyo organismo la semilla de la muerte estaba ya definitivamente implantada.

Todos los muchachos sobrevivirían para siempre. Serían inmortales, y de hecho animales de otra especie. Ya no seres humanos; su psicología, su visión, su perspectiva, eran radicalmente diferentes a las nuestras. Todos serían inmortales. Dueños del universo para siempre. Libres. Fecundos. Dioses.

Nosotros, no. Nosotros, los hombres y mujeres de más de 20 años, éramos la última generación mortal. Éramos la despedida, el adiós, el pañuelo de huesos y sangre que ondeaba, por última vez, sobre la faz de la tierra.

Nosotros, no. Marginados de pronto, como los últimos abuelos de pronto nos habíamos convertido en habitantes de un asilo para ancianos, confusos conejos asustados entre una raza de titanes. Estos jóvenes, súbitamente, comenzaban a ser nuestros verdugos sin proponérselo. Ya no éramos sus padres. Desde ese día éramos otra cosa; una cosa repulsiva y enferma, ilógica y monstruosa. Éramos Los Que Morirían. Aquellos Que Esperaban la Muerte. Ellos derramarían lágrimas, ocultando su desprecio, mezclándolo con su alegría. Con esa alegría ingenua con la cual expresaban su certeza de que ahora, ahora sí, todo tendría que ir bien.

Nosotros solo esperábamos. Los veríamos crecer, hacerse hermosos, continuar jóvenes y prepararse para la segunda inyección, una ceremonia – que nosotros ya no veríamos – cuyo carácter religioso se haría evidente. Ellos no se encontrarían jamás con Dios. El último cargamento de almas rumbo al más allá, era el nuestro. ¡Ahora cuánto nos costaría dejar la tierra! ¡Cómo nos iría carcomiendo una dolorosa envidia! ¡Cuantas ganas de asesinar nos llenaría el alma, desde hoy y hasta el día de nuestra muerte!

Hasta ayer. Cuando el primer chico de quince años, con su inyección en el organismo, decidió suicidarse. Cuando llegó esa noticia, nosotros, los mortales, comenzamos recientemente a amar y a comprender a los inmortales.

Porque ellos son unos pobres renacuajos condenados a prisión perpetua en el verdoso estanque de la vida. Perpetua. Eterna. Y empezamos a sospechar que dentro de 99 años, el día de la segunda inyección, la policía saldrá a buscar a miles de inmortales para imponérsela.

Y la tercera inyección, y la cuarta, y el quinto siglo, y el sexto; cada vez menos voluntarios, cada vez más niños eternos que implorarán la evasión, el final, el rescate. Será horrenda la cacería. Serán perpetuos miserables.

Nosotros, no.

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“Not Us”

That afternoon, when the small bells of the teletypes jingled, and the notice was distribute like a miracle, the people of all latitudes came together in a sole triunfull shout. Just as it had been predicted two hundred years earlier, finally, in 2168, man had conquered immortality.

All the loudspeakers in the world, all the modes for the transmission of images, all the bulletins emphasized this great biological revolution. I was happy too, naturally, at the first instant/moment.

How long had we waited for this day!

One single injection, of one hundred cubic centimeters, was all that was necessary to never die. A single injection, applied every hundred years, guaranteed that no human body would ever decompose. From that day on, only an accident could end a human life. Goodbye to sickness, senility, deal by organic failure.

One single injection every hundred years.

Until the second notice arrive, complementing the first . The injection only would have effect on those who are less than twenty years old. No human being who had passed that age could halt the the internal breakdown over time, Only the young people would be immortal. The federal government already hurried in organizing the shipment, division and application of the dose to all the children and adolescents on earth. The medicine compartments rockets would carry the vials  to the most distant earth colonies in space.

All would be immortal.

Except for us, the grownups, the mature, in whose organisms the seed of death was already definitively implanted.

All the kids would survive forever. They would be immortal, and in fact of another species. No longer human beings: their psychology, their vision, their perspective were radically different from ours. All would be immortal. Rulers of the universe for all times. Free. Fecund, Gods.

Not us, Quickly marginalized, like the last grandparents, in no time, we had been converted into inhabitants of an asslym for old people, confused rabbits, stunned among a race of titans. These young people, suddenly, began to be our VERDUGOs without even intending to. We were no longer their parents. From that day on, we were something else: a repulsive and sick thing, illogical and monstrous. We were Those Who Would Die/ Those Who Were Waiting for Death. They would cry tears, hiding their disgust, mixing that with joy. With that ingenuous joy in which they expressed their certainty that for now, yes now, everything had to go well.

We only waited. We saw them grow, become beautiful, going being young and preparing for the second injection, a ceremony-that we wouldn’t get to see-whose religious character would become evident. They never would meet with God, The last shipment of souls on the way to heaven was ours. Now how it would cost us to leave the earth! How a painful envy would go on CARCOMIENDO. How much wish to kill would fill our souls, from today and until the day of our death.

Until yesterday. When the first fifteen-year-old boy, with the injection in his organizm, decided to commit suicide. When this news arrived, we, the mortals, just then began to love and understand the immortals.

Because they are poor Renacuajos condemned to perpetual prison in the VERDOSO ESTANQUE of life. Perpetual. Eternal. And we begin to suspect that within 99 years, the day of the second injection, the police will go out in search of thousands of mortals in order to give it to them.

And the third injection, and the forth, and the fifth century, and the sixth; each time, fewer volunteers, each time more eternal children that will implore for the EVASiOn, the end, the rescue, The hunt will be horrendous. They will be perpetually miserable.

Not us.

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