Tamara Tenenbaum –Filósofa judía-argentina/Argentine Jewish Philosopher — “El fin de amor: querer y coger”/”The Death of Love: Loving and Fucking” — fragmento/excerpt

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Tamara Tenenbaum

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Tamara Tenenbaum nació en Buenos Aires en 1989. Tiene una licenciatura en filosofía y trabaja como periodista para La Nación, La Agenda, Infobae y otros medios. Es profesora en la Universidad de Buenos Aires y en la Universidad Nacional de las Artes. En 2017, publicó Reconocimiento de terreno (Pánico el pánico), una colección de poesía autobiográfica. En ese mismo año, ella cocreó (con amigos y colegas Marina Yuszczuk y Emilia Erbetta) Rosa Iceberg, una editorial dedicada a libros de mujeres. En abril de 2019, publicó El fin del amor (Ariel), una colección de ensayos sobre el amor y la sexualidad en el siglo XXI. Su primer libro de cuentos, Nadie vive tan cerca de nadie, recibió el Concurso Ficciones y será publicado por Emecé.

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Tamara Tenenbaum was born in Buenos Aires in 1989. She has a BA in philosophy and works as a journalist for La Nación, La Agenda, Infobae, and other media. She teaches at the Universidad de Buenos Aires and the Universidad Nacional de las Artes. In 2017, she published Reconocimiento de terreno (Pánico el pánico), an autobiographical poetry collection. In that same year, she co-created (with friends and colleagues Marina Yuszczuk and Emilia Erbetta) Rosa Iceberg, a publishing house devoted to books by women. In April 2019, she published El fin del amor (Ariel), a collection of essays on love and sexuality in the twenty-first century. Her first book of short stories, Nadie vive tan cerca de nadie, was awarded the Concurso Ficciones and will be published by Emecé.

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Kindle

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De:  El fin de amor: Querer y coger, 2019.

Mi mamá, mis hermanas y yo nos criamos en una comunidad judía ortodoxa, lo que se conoce como ortodoxia moderna. En Buenos Aires se puede ver por la calle mucha gente de nuestro tipo: chicas que tienen la cabeza cubierta pero usan polleras de jean, varones que no usan sombrero grande ni tienen “rulitos” a los costados pero sí barba y kipá. Nací en 1989 en el Once y viví allí hasta los 23 años, cuando me mudé con una amiga. En términos metafísicos, por suerte que me fui antes, aunque en otro sentido, una no se va nunca. Los jasídicos de Nueva York con sus mujeres cubriéndoles la retaguardia me sorprenden, pero no tanto. Mi mamá, que es médica y sigue trabajando en el barrio, tiene pacientes así, más o menos así. Casi todas mis compañeras de la primaria están casadas y van por el segundo, tercero o cuarto hijo. Las compañeras de mis hermanas menores también.

En un documental que se llama One of Us dos hombres y una mujer de mi edad cuentan lo difícil que les resultó la comunidad jasídica a la que pertenecían, esa misma que vi en Nueva York. Yo la saqué bastante barata, pero mirando el documental en Netflix me sentí identificada, particularmente con dos motivos que se repetían en los relatos que, en realidad, son un poco lo mismo. El primero es la ignorancia más absoluta de lo que pasa en “el mundo real”. A veces cuesta explicar que, aunque una viva ahí, en una ciudad enorme en el medio de todos, en medio de cualquiera, incluso aunque tenga tele e Internet (yo tenía: los chicos del documental no), es como si viviera en otro planeta. Hasta las 12 años no solamente no había probado jamón; ni siquiera sabía cómo se veía, si parecía un chancho o un bife (nunca llegué a sospechar que era un fiambre: los judíos casi no tenemos, solo pastrón, así que es un concepto que no está muy a mano de nosotros), ni con qué se comía normalmente. A las empleadas domésticas se les dice shikse; es un término despectivo pero no quiere decir ni “negra” ni “esclava”; significa “no judía” (para un judío ortodoxo, esas son las únicas chicas no judías que se conoce). Tanto es así que una noche mi mamá se dio cuanta de que yo me moría de transgredir el shabat y jugar a ser normal le pidió a la chica que trabajaba en mi casa que me sumara a una salida al cine que ella ha armado con dos amigas (veo que al menos no fue tan racista ni tan clasista mi infancia, ahora que pienso en esta historia). Creo que vimos una película de Adam Sandler y de lo que estoy segurísimo es de que comimos pochoclo, porque nunca antes había probado pochoclo en el cine. Estaba fascinada con la intrepidez de Juana y sus amigas, la manera en que se movían entre las cosas, comían y charlaban y se subían a un colectivo y hablaban de un hombre o de otro.

Aunque la película me haya interesado menos que todo lo demás , el segundo motivo del documental que se repite también en mi vida es la importancia de la cultura en su sentido más amplia que se puede imaginar, desde las novelas de Cris Morena, un libro de Vargas Llosa que encontraba en la biblioteca del living o las entradas de sexualidad de la Enciclopedia británica, todo que te habla del mundo más allá de tu casa y de tu barrio te lo devorás con pasión; lo que habla de sexo, ante todo, sí, pero también de amistades, de plata, de trabajo, de casas, de ropa, de comida. Uno de los pibes cuenta en el documental que descubrir Wikipedia fue unos de los mejores momentos de su vida. Yo ya era un poco más grande que el chico del documental cuando Wikipedia se hizo conocida en Argentina, pero entendí perfectamente el vértigo de, de pronto, sentir que se te abría una secreta a todo eso de lo que hablan los demás, una ventana, una ventana en la que podés espiar lo que no entendiste de una conversación sin que nadie te mire, así no se dan cuenta de que no sabés qué es una morcilla o una tanga.

Decía que la saqué barata: en primer lugar, porque mi comunidad no era tan cerrada como la de los chicos de One of Us. En la escuela teníamos enseñanza oficial (aunque no educación sexual) y a casi todos mis amigos y a mí nos dejaban ver televisión e ir al cine. En mi casa además, la educación y la cultura eran muy importantes, una tradición askenazi, supongo: aunque mi mamá no era “muy del palo de arte”, le importaba llevarnos a museos y fomentarnos el hábito de la lectura, y no controlaba demasiado lo que leíamos. En algún sentido era un arma de doble filo. Algunos chicos tenían muy en claro que eso que veíamos en la ficción era un exotismo en relación a nuestra propia vida. “No es para nosotros”, decía una amiga de mi hermana sobre la vida que hacían las chicas de novelitas de Cris Morena, con mucha naturalidad y sin explicar por qué. Algunas nos veíamos seducidas por ese otro universo, que sucedía en barrios por los que pasábamos, frente a los shoppings que conocíamos, a la vez imposiblemente lejos. Por esos azares de la vida, terminé llegando ahí. Mi papá falleció cuando yo, que soy la mayor, tenía 5 años y, a medida que con mis hermanos fuimos creciendo, mi mamá nos empezó a permitir relajar las normas, puertas adentro de casa al menos, aunque manteniendo ciertas apariencias en el Once. Con los años abandonamos también eso. Supongo que no era sostener tantas reglas haciendo malabares con tres nenas tan chicas: no sé como nos hubieran entretenido sin encender la televisión en shabat cuando mi mamá hacia guardia todos los sábados.

Tampoco nadie tenía ganas de prohibirnos más cosas que era estrictamente necesario negarnos; yo no me daba cuenta pero los primeros años de viudez de mi mamá fueron emocional y económicamente. Para cuando empecé a entender algo ya estábamos mejor, en ambos sentidos, y con un pie entero afuera de la religión.

Aunque veníamos saliendo de a poco, yo fui pionera en la familia cuando le dije a mi mamá que quería ir a “un buen colegio”, de esos que te preparan bien para ir a la universidad, y ella accedió. En eso también tuve suerte; no necesité pelearme a muerte con nadie ni fugarme de mi casa para hacer una vida nueva y convertirme en otra persona. Fui la primera que probó el jamón, que tuvo amigos no judíos y que se compró una musculosa para usar en la calle, sin saquito ni nada. Tampoco fue todo risas: mi mamá se puso a llorar una vez que le dije que quería ir a un baile de egresados de Guadalupe, donde una compañera mía terminaba la primaria. “Yo entiendo que vayas a un colegio laico, pero ¿a bailar cumbia con los chicos de la parroquia?”, decía como en una parodia de ídishe mame, pero con tono melodramático de película italiana. A ese baile no fui, per terminó siendo mendos grave de lo que me pareció en ese momento.

Cuando llegué al nuevo colegio, entonces, me encontré con un abismo: era evidente que yo no conocía las reglas de nada. Había acumulado un cierto bagaje de conocimiento, creía yo, pero estaba basado enteramente en las ficciones que lograba consumir, y ahora empezaba a dudar de qué tanto me podría servir para manejarme en el mundo real: ¿desde qué edad había que decir que te dabas besos en la boca? ¿Qué tipo de interacción hay que sostener con los varones en la vida diaria? ¿A los varones se los saluda siempre con beso o sólo si los conocés? ¿El uso de minifaldas debe administrarse con cuidado o puedo usarlas todos los días? ¿Perder la virginidad antes del matrimonio es tan común como en las películas? Estas son preguntas que yo me hacía constantemente, de forma explícita, cada vez que me tocaba participar en una conversación o ir a una fiesta de cumpleaños de mis nuevas amigas o, sencillamente, cuando estaba sola en casas y tenía un rato para pensar y organizar mis ideas sobre el tema. Aclaro, por si no es obvio, que el mundo del que yo venía (del que yo vengo) todas estas cuestiones tenían una respuesta única. Los judíos ortodoxos tenemos reglas claras para todo: la comida, la ropa, el modo de conducirse con el sexo opuesto, incluso acerca de cómo administrar la menstruación. La mayoría están escritas en alguna parte de la Torá o del Talmud y, si existe alguna duda, se consulta con el rabino, que seguro tiene algún precedente como respuesta. En el mundo que yo empezaba a habitar, la clase media urbana del siglo XXI, no había libros sagrados; y, empecé a pensar, tal vez tampoco hubiera demasiadas reglas.

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From: The End of Love: To Love and to Fuck. 2019.

My mother, my sisters and I grew up in an orthodox Jewish community, in what is known as modern orthodoxy. In Buenos Aires, it is possible to see many people like us; girls who keep their heads covered but wear skirts made of jeans, men who don’t wear a large hat nor have “little rolls of hair” on the side of their head but a beard and a kipah, yes. I was born in Once in 1989, and I lived there until I was 23, when I moved in with a friend. In metaphysical terms, I fortunately left early, but in another sense, nobody ever leaves. The Chassidic people in New York with their women covering the rear guard for them, surprise me, but not that much. My mama, who is a doctor and continues to practice in the neighborhood, has patients like that, more or less like that. Almost all my girlfriends from primary school are married and are on their second, third or fourth child. The girlfriends of my younger sisters, too.

In a documentary called One of Us two men and a woman my age relate how difficult the Hassidic community to which they belonged, the same one I saw in New York. made it for them to leave,  I got out relatively easily, but watching the documentary on Netflix, I identified with what they were saying, particularly with two themes told in the stories that were sort of the same thing. The first is the absolute ignorance of what was happening in the “real world.” At times, it is difficult to explain how, although they live there, in an enormous city, in the midst of everyone, in the midst of whatever, even when they have a television or Internet (I did, the folks in the documentary didn’t), it is as if they lived on another planet. Until I was 12, not only had I never tasted ham; I didn’t even know what it looked like, if it resembled pork or a steak (I never realized that it was a type of cold cuts. We Jews hardly had them, only pastrami, so it isn’t a concept very familiar to us), or what you normally ate with it. The domestic employees were called shikses; it’s a disparaging term, but it doesn’t mean “Slav” or “Black”: it means “non-Jew” (for an orthodox Jew, they are the only non-Jewish girls that they know.) So much so, that one evening my mama realized that I was dying to break the shabbat and play at being normal, she asked the girl who worked in my house to add me on to a trip to the movies that she had arranged with two friends (I can see that at least my childhood wasn’t so racist or classist, now that I think about this story.) I believe that we saw a movie by Adam Sandler and what I am absolutely certain of is that we ate popcorn, because I had never before tasted popcorn at the movies. I was fascinated with the intrepidness of Juana and her friends, the manner in which they moved among things, ate and chatted and went up on the bus and spoke about one man or another.

Although the movie interested me less than everything else, the second theme of the documentary that was repeated in my life was the importance of culture in the broadest sense imaginable, from the novels of Chris Morena, a book by Vargas Llosa that I found in the living room library or the entries about sexuality in the Encyclopedia Britannica, everything that tells you about the world beyond home and your neighborhood, you devour passionately, that about sex, more than anything else, yes, but also of friendships, money and work, housing, clothing, food. One of the kids in the documentary tells how discovering Wikipedia was one of the best moments of his life. I was a little bit older than the boy in the documentary when Wikipedia became known in Argentina, but I understood perfectly the vertigo of, suddenly, feeling that a secret was made clear for you about what all the others were talking about, a window, a window through which you could spy on what you didn’t understand in a conversation without anyone seeing you, in that way, they didn’t realize that you didn’t know what a blood sausage or a thong is.

I said that I got out without much trouble: in the first case, because my community was not as closed as that of the kids in One of Us. In school, we followed the official curriculum (though not sex education), and almost all my friends and I were permitted to watch television and go to the movies. In my home, moreover, education and culture were very important, an Ashkenazi tradition, I suppose: although my mother wasn’t “a great fan of art,” it was important to her to take us to museums and foment in us the habit of reading, and she didn’t regulate too much what we read. In some way, it was a double-edged sword. Some kids understood very clearly that what we saw in fiction was an exotic oddity in relation to our own lives. “It’s not for us,” said  a friend of my sister about the life that girls had of the little novels by Cris Morena, very naturally and without explaining why. Some of us were seduced by this other universe, what was happening in the neighborhoods that we went through, in front of the shopping malls that we knew, though, at the same time impossibly distant. By one of those fateful events in life, I ended up getting there. My papa died when I, the oldest was 5,  and, while my sisters and I were growing up, my mama began to allow us to ease the rules, behind closed doors at home, at least, maintaining certain appearances in Once. As the years passed, we abandoned that too. I suppose that it wasn’t possible to sustain so many rules, juggling three little girls: I don’t how they could have understood not turning on the television on shabbat when my mama was on duty every Saturday. Neither did she wish to prohibit us more things than those that were strictly necessary to deny us; I didn’t understand that the first years of widowhood were emotionally and economically difficult for my mama. When I began to understand a bit, we were already better off, in both ways, and a big step away from the religion.

Although we continued leaving little by little, I was the pioneer in the family when I said to my mama that I wanted to go to a “good high school”, one of those that prepare you to go to the university, and she agreed. In this too I was lucky. I didn’t have to fight hammer and tongs with anyone or flee my home to make a new live and become a convert myself into another person. I was the first to taste ham, to have friends who weren’t Jewish and who bought a sleeveless shirt to wear in the street without a small jacket or anything else on top of it. It wasn’t all smiles; my mama began to cry when I told her that I wanted to go to a dance for the graduates of Guadalupe, where a friend of mine was completing elementary school. “I can understand that you go to a secular high school, but to dance the cumbia with kids from the parish”, she said in a parody of a Yiddishe mame, but with a melancholic tone of an Italian movie. I didn’t go to that dance, which turned out to be less serious that it appeared at that moment.

When I arrived at the new high school, then, I found myself with an abysm of knowledge: it was evident that I didn’t know the rules for anything. I had accumulated a certain baggage of knowledge, I believed, but it was entirely based on the fiction that I had succeeded in consuming, and now I began to doubt that all of that would serve me so well in managing in the real world: at what age was it necessary to say that you would kiss on the mouth? What type of interaction did you have to maintain with the boys on a daily basis? Do you greet all the boys with a kiss or only those that you know? Should you be careful about wearing your miniskirts or can you use them every day? Is it as common o lose your virginity before you are married as in the movies? These are questions that I asked myself constantly, explicitly, every time that it was my turn to participate in a conversation or a birthday party of my new girlfriends, or simply, when I was alone at home and had time to think and organize my thoughts on the subject. Let me clarify, if it is not already obvious, that in the world from which I came (from that which I come) all these questions had one and only answer. We orthodox Jews have clear rules for everything: food, clothing, how to behave with the opposite sex, even how to take care of menstruation. The majority of these rules are written in some part of the Torah or the Talmud, and if any doubt exists, you consult with the rabbi, who certainly has some precedent for his answer. In the world that I was beginning to inhabit, the urban middle class of the XXI century, there were no secret books, I began to think, perhaps there also weren’t too many rules either.

Translation by Stephen A. Sadow

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