Bernardo Verbitsky (1907-1979) — Novelista judío- argentino/Argentine Jewish Novelist — “Es difícil empezar a vivir”/”It is Difficult to Learn to Live” — fragmento de la novela/excerpt from the novel

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Bernardo Verbitsky

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Con sus novelas Es difícil empezar a vivir y Etiquetas a los hombres, se considera a Bernardo Verbitsky como uno de los fundadores de la literatura judío-argentina moderna.

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With his novels It is Difficult to Learn to Live and Labels on Men, Bernardo Verbitsky is considered one of the founders of modern Argentine Jewish literature.

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Bernardo Verbitsky abandonó los estudios universitarios para dedicarse al periodismo en diversos medios, en particular noticias gráficas, donde escribió durante muchos años una columna titulada “Los libros por dentro”. Se convirtió en un retratista de las glorias y miserias de la ciudad de Buenos Aires, muy ligado al tango y al alma de la ciudad. Con su primera novela, Es difícil aprender a vivir (1941), obtuvo el premio Ricardo Güiraldes. Tanto ésta como las siguientes fueron componiendo un amplio fresco de la baja clase media urbana.Fue también guionista y miembro de la Academia Porteña del Lunfardo. Como escritor, dirigió la serie “Letras Argentinas” de Editorial Paidós9. Su novela Calles de Tango fue llevada al cine con el título Una Cita con la Vida.

Bernardo Verbitsky abandoned his university studies to devote himself to journalism in various media, in particular, graphic news, where he wrote for many years a column entitled “The Books Inside”. He became a portraitist of the glories and miseries of the city of Buenos Aires, closely linked to tango and the soul of the city. His first novel, It is Difficult to Learn to Live (1941), received the Ricardo Güiraldes prize. Both this and the following ones composed a large fresco of the lower urban middle class. He was also a scriptwriter and member of the Academia Porteña del Lunfardo. As a writer, he directed the series “Letras Argentinas” of Editorial Paidós9.  His novel Calles de Tango made into a movie with the title An Appointment with Life.

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Es difícil empezar a vivir

Por Leo se enteraba de las fiestas judías. Le sorprendió la llegada del año nuevo y fue entonces que conoció como una deseable aventura ayunar en Iom-Kipur. La perspectiva de pasar un día entero sin comer ni beber, figurábasele como internarse a través de un tenebroso lugar en que las amenazas acechaban en retorcidas callejuelas que debía recorrer extrayendo ánimo de su propio temor. Imaginábase que sólo podría arriesgarse en ese viaje de exploración apenas unas horas y luego debería regresar, como desiste. Al planear este ayuno de Iom-Kipur concedía sus mecánicas comidas un valor que en realidad no alcanzaba a tener para él el transcurrir de todos los días. Lo que siempre era un cumplido sin conciencia adquiría ahora un nuevo relieve. Imponiéndose una exagerada y deformada apreciación, el temor infantil de tener hambre, un temor de un solo bloque, irracional. Un día de hambre. Entonces dejaba de ser un vericueto de tortuosas calles. Una jornada de ayuno se extendía como desierto blanquecino sobre el que reverberaba una liviana neblina. Se entretenía en su visión, que de pronto entroncó con el recuerdo de muchos días del perdón que había pasado en el campo. Pensó entonces que de ese recuerdo nacía lo imaginado y que en ese momento estaba haciendo consciente un rastro de su memoria. Esa neblina blanca recordaba la sinagoga llena de hombres en una tarde calurosa de un día de perdón, faltaba pocas horas para el término del ayuno y allí seguían todos desde el comienzo de la mañana, con sus “tales” colgados desde los hombros. Ya era una escena marchita. Débiles, cansados, proseguían animosamente. Rostros amarillos transparentes de debilidad. Olor a aglomeración, olor humano en la tarde calurosa. Zumbaban monótonos los rezos y adquirían un periódico crescendo que, al disminuir, dejaba una sensación de aburrimiento. Creía ver un rayo amarillento de sol atravesando oblicuo la sinagoga, iluminando la sumida palidez de los rostros y el crema claro de los mantos. Por sobre los reunidos flotaba un vaho pesado y agrio. De nuevo el ayuno era un espacio de turbio peligro que no se animaba a atravesar. Parecíale que al final del día de ayuno se hallaría convertido a un exhausto espectro al que agregaba blancas vestiduras que hacían juego con tanto desmayo y flojedad. Estar tantas horas a pie en la sinagoga murmurando rezos era convertirse en un cirio que iba ardiendo alimentando lentamente por su propia sustancia. Arder en un místico fuego frío, descamarse paulatino y casi insensible, hasta quedar en huesos amarillos, en pellejo marfilino.

No le animó tampoco la idea de que millones de judíos realizaban todos los años el sacrificio que le acobardaba. En casa no se ayunaba, pensó, y a esto se debía su manera temerosa de enfrentar su plan. Los millones de judíos que ayunan anualmente, ¿eran unos héroes? Reconsideró entonces con un nuevo espíritu la posibilidad de hacer lo mismo. Si era penoso, mayor el aliciente; ahora descubría y saboreaba el verdadero móvil del sacrificio proyectado en honor de lo que le importaba: someterse a un penoso ejercicio, una mortificación. Se exaltaba pensando que se castigaría, por todo. Así vagamente, por todo. Lo imaginaba con fervor, gozando la perspectiva de pedir un mudo perdón por todo lo que hacía, por todo lo que dejaba de hacer, complaciéndose en la oculta penitencia a cumplir. Porque no diría nada a nadie, seguro que de llegarse a saber, todo perdería valor y intento volveríase estúpido. Además, más fácil era callarlo que comunicárselo a alguien. Y sentía, ya casi la alegría de ser perdonado.

Alguien lo había dicho alguna vez delante suyo y lo recordaba muy bien. Había sido escrito. Si un judío entra en una sinagoga y no sabe rezar como lo demás, lo ha de lamentar, le ha de defender su ignorancia. Ahora podía comprobarlo en sí mismo. Podía causarle gracia el asunto, que la tenía, pero era así. El hubiera querido leer como todos en su libro. Ese leer era orar, hablarle a Dios. No era necesario arrodillarse, no había más sacerdote que el cantor, y todo se limitaba a decir con palabras con la cabeza alta. Y ya entraba a fantasear sobre un tema, que por interesarle, no dominaba en realidad. Con la cabeza alta y el sombrero puesto permanecían los judíos en la sinagoga. Conversaba con Dios de igual con igual. Ese sombrero que se conservaban puesto los judíos fue una pequeña preocupación de los años infantiles, y ahora interpretaba que los judíos, ni al hablar con Dios se descubrían. Era un poco en broma. Pero tal vez tenía una raíz más seria. Para los judíos Dios estaba en el hombre, en cada hombre hay algo de Dios, algo divino. Ignoraba si había tal contenido en el judaísmo, pero al suponerlo creía intuir la verdad o una parte de ella. A través de las edades se había intentado de la realidad. La religión podría ser eso, un teoría de vida, una guía para desenvolverse en el mundo. Con los datos aportados por la vieja ciencia, se formó la base de muchas religiones. Ninguna tan humana como el judaísmo que es más que una religión ya que es un sistema de vida, una posición ante la existencia, un concepción que tendía a elevar al hombre, singular entre todas que las  que ofrece la antigüedad. El socialismo no sería sino una interpretación, adaptada a una ciencia moderna. Eso era casi coincidir casi con los hitleristas, se dijo. Luego se sumergió en un estado de ánimo especial en el que se mezclaban reproches a su padre por no haberle instruido acerca de esas cosas, y un especie de vocación furiosa por enterarse de todo cuanto concernía al judaísmo que ignoraba. Un poco más y hubiese querido ser un viejo rabino sabio, hebraísta ducha y capaz en desempeñarse hábilmente en medio de los libros y las consultas. En fin. Algún día lo tomaría más en serio. Mientras se formulaba esa promesa de estudio a cumplir en plazo incierto, volvió a escuchar el “jazán” que seguía su canto plañidero. Le observó con atención. Lo conocía muy bien. Era el propio padre de Leo, el honrado y siempre laborioso peletero Porter. Era el mismo, pero era otro. Con su amplio “tales” blanco de pura seda, con su mitra de terciopelo negro, parecía un obispo de la iglesia ortodoxa. Quedaba bien la palabra archidiácono. Pero era más que un archidiácono y más que un obispo. Era un rey bíblico, como Saúl como David o Salomón. Mientras cantaba infatigable no pensaba seguramente en esas cosas, pero para Pablo era eso: Moisés Porter era un rey. Y tal vez todos los judíos allí reunidos eran tantos otros reyes. Todos no, en realidad. Tan sólo creyentes. Y Moisés Porter cuando cantaba era un creyente sincero de alma clara. Y él, él también cuando escuchaba su voz suave y modelada a la manera de todos los cantores, se hacía la ilusión consoladora de que creía en algo. ¿Creía en Dios? Tal vez nada más en la música, y eso es creer algo. eso de lo de creer no le importaba en este momento tanto. Sólo quería entender las palabras del libro hebreo que distinguía perdidas en el canto. Adoinoi, Malkeini, Acoileinu, de una sonoridad magnífica, con muchas vocales, palabras abiertas y hondas, de resonancia musical. Pablo miró a Leo. Este contemplaba satisfecho a su padre, orgullosamente rodeado de sus hijos que formaban el coro. En esa oportunidad los hermanos se vinculaban en el canto más estrechamente que en cualquier otro día del año, apoyando la voz del padre, que plañía con un profundo sabor judío en las inflexiones. Pero el coro de los muchachos se escuchaba inseguro, completando un poco tristemente la parte del solista. Pablo y Leo se miraron, poniéndose de acuerdo sobre el efecto nada brillante.

–Canta—dijo Pablo.

Leo este año había interrumpido una antigua costumbre de cantar acompañando a su padre; separándose de Pablo se alejó en busca de un manto y se colocó entre sus hermanos. De pronto se oyó su voz fortaleciendo el languideciente grupo. El canto se enderezó, se hizo más denso. Pablo distinguía muy bien la bella voz de su amigo en la que hallaba ahora un nuevo tono cálido, Al resonar en el alto local se expandía libremente, matizándose de un timbre familiar pero que no le conocía tan acentuado como surgía en esa plena voz. Se la individualizaba en el conjunto, pero al mismo tiempo se diluía en él y le comunicaba con rara firmeza, le infundía una clásica sonoridad. Se percibía en el ambiente, la impresión que producía en el transfigurado coro. Este calló y Leo dijo, solo, su parte. La voz, limpia, se moduló un minuto por sobre los reunidos y luego al cesar, el zumbido de las oraciones murmuradas se extendió como un blando colchón para recibir las notas, que al dejar de cobrar altura iban a caer desde lo alto. Le emocionó su amigo con su “schemensre”. Al terminar el kolnidre comenzó a dispersar la gente. Muchos felicitaron a Leo por su canto.

–¿Qué vas a hacer esta noche? –preguntó Pablo.

Este se sorprendió la pregunta.

–Y, nada, lo que quieras. Caminamos si querés, iremos a dar al café.

–Bueno, vamos –dijo el otro después de una vacilación.

Caminaron juntos. Pablo espontáneamente comunicativo trató de explicarle cómo pudo, lo mucho que le había gustado su canto, la impresión recibida y el efecto de la voz sobre el coro. Estaba como conmovido de amistad y sin deseo de reprimir el sentimiento. Y en contra de lo que había propuesto, decidió informarle su plan de ayuno, para cumplirlo juntos.

Pidió café, pero Leo se negó a tomar nada. Después de un rato de silencio, le dijo con una sonrisa un poco forzada.

–No quiero nada. Te voy a decir por qué. Decidí ayunar este año. Se me ocurrió y lo estoy haciendo.

— ¿Estás ayunando?—Y luego casi sin querer, agregó Pablo–. Yo también pensaba. Te lo iba a proponer ahora. Pensaba que comenzaríamos esta noche, después de cenar.

–¿Desde esta noche? –Leo se rió —Pero eso no ayunar. Nosotros cenamos en mi casa a las seis. Es antes de ir al kolnidre y no se come hasta el día siguiente.

Pablo lo sabía. Pero lo había olvidado.

–¿No ves – siguió Leo—que algunos se quedan ya en la sinagoga para rezar toda la noche? Se ayuna en el día, pero son veinticuatro horas seguidas las que debe suplicarse el perdón.

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It’s Difficult to Learn to Live

From Leo, he learned about the Jewish holidays. The arrival of the New Year surprised him and it was then that he decided that fasting on Yom Kippur would be an interesting adventure. The idea of spending an entire day without eating or drinking seemed to him like getting himself into a dark place in which the threats were lying in wait in the twisted little streets that he had to pass through, finding energy in his own fear. He imagined that he could only risk a few hours on this voyage of exploration and then return, giving up. On planning this Yom Kippur fast he conceded to his routine meals a value that in reality they didn’t have for him in his daily life. Something that was an unconscious act would acquire a new importance, imposing an exaggerated and deformed appreciation, the infantile fear of being hungry, a fear of a single block, irrational. A day of hunger. Then it ceased being a rough track of tortuous streets. A day without eating extended like a whitish desert above which reverberated a light mist. His vision entertained him, that suddenly connected to the memory of many days of pardon he had experienced in the countryside. He then thought that from that memory was born the what he had imagined and that in that moment a trail of memories was becoming conscious. That white mist reminded him of the synagogue full of men in a hot afternoon of a day of pardon, few hours were left before the end of the fast and there all had continued since early morning, with their tallit hanging from their shoulders. It was already a withered scene. Weak, tired, they went spiritedly. Yellow faces transparent from weakness. Odor of agglomeration, human odor in the hot afternoon. The prayers buzzed on monotonously and they came to a periodical crescendo the, when it diminished, left behind a sensation of boredom. He believed he saw a yellowing ray of sun obliquely crossing the synagogue, illuminating the sunken paleness of the faces and the light cream color of the prayer shawls. On the group was floating a heavy and bitter vapor. Once again the fasting was a turbid danger that he didn’t want to take on. It seemed to him that the end of the fast day, you would be converted into an exhausted specter to which were added white clothing that matched so much dismay and weakness. To spend so many hours standing in the synagogue, murmuring prayers was to convert oneself in a candle that kept on burning, slowly feeding itself on its own substance, To burn in a cold mystical fire, flaking off little by little and almost numb, until leaving yellow bones in ivory-white skin.

Neither did the idea inspire him that millions of Jews carried out every year the sacrifice that frightened. At home, we didn’t fast, he thought; this caused his fearful manner of carrying out/facing his plan. The millions of Jews who fast annually, were they heroes? He then reconsidered with a new spirit the possibility of doing the same thing.  If it were awful, greater the inspiration;; now he discovered and savored the true meaning of the sacrifice, done in honor of what was important: to submit himself to a painful exercise, a mortification. He became exalted thinking that he would punish himself, for all. And so, vaguely for all. He imagined it with fervor, enjoying the perspective of asking a mute pardon for everything he was doing, for everything he no longer did, pleasing himself in the hidden penance to be completed. Because he wouldn’t say anything to anybody, sure that if it became known, everything would lose value and intention and become stupid. Moreover, it was easier to keep it quiet than communicate it to anyone. And he felt, already, almost the joy of being pardoned.

Someone had once said in front of him and he remembered it very well. It had been written. If a Jew entered a synagogue and didn’t know how to pray like the others, it was a shame. He had to defend his ignorance. Now he could test this in himself. This could cause him embarrassment, that he didn’t know, but so it was. He would have liked to read in his book like everyone. That reading was praying, speaking to God. It wasn’t necessary to kneel down, there was no other priest than the cantor, and everything was limited to saying words with head held high. An already he began to fantasize about a theme, that though interesting to him, wasn’t based on reality. With head held hid and hat on head, the Jews stayed in the synagogue. They conversed with God as equals. This hat that the Jews kept wearing was based on a minor preoccupation from their childhood years, and now he interpreted that the Jews, speaking with God, discovered themselves. This was in part in jest. But perhaps it had a more serious basis. For the Jews, God was in man, in each man, there is something of God, something divine. He didn’t know if such ideas were part of Judaism, but on thinking so, he believed he intuited the truth or part of it. So. Some day he would take this more seriously. While he was formulating that promise to study at an unspecified time in the future, he listened again to the “Hazan,” the cantor, who continued on with his mournful song. He observed him attentively. He knew him well. He was Leo’s own father, the honored and always hard-working furrier Porter. He was the same, but he was at the same time different. With his ample white tallit of pure silk, with his miter of black velvet, he seemed like a bishop of the Orthodox Church. The title archdeacon suited him well. But he was more than an archdeacon and more than a bishop. He was a biblical king like Saul or David or Solomon. While he tirelessly sang, he surely didn’t think of those things, but for Pablo, that’s what he was: Moisés Porter was a king. And perhaps all the Jews there together were more kings. Not all, in reality. Only the believers. And Moisés Porter, when he sang, was a sincere believer with a clear soul. And he, he also, when he heard the smooth a voice, formed in the way of all the cantors, Pablo had the consoling illusion that he believed in something. Did he believe in God? Perhaps it was nothing more than the music, but that was to believe in something. At that moment, what to believe in wasn’t so important. He only wanted to understand the words of the Hebrew book that he noticed lost in the singing: Adonei, Malkenui, Acolenu, of a magnificent sonority, with many vowels, open and deep words, with musical resonance. Pablo looked at Leo. With satisfaction, he was contemplating his father, who was proudly surrounded by his sons who formed the choir. In that moment, the brothers were tied to the song more tightly than on any other day of the year, supporting their father’s voice, who grieved with profound Jewish flavor in the inflexions. But the chorus of boys sounded unsure, completing a bit sadly the voice of the soloist. Pablo and Leo looked at each other, agreeing that the effect was nothing brilliant.

“Sing,” Pablo said.

This year, Leo had interrupted an old custom of singing in accompaniment of his father; separating himself from Pablo, he went in search of his prayer shawl, and placed himself among his brothers. Immediately, his voice was heard, strengthening the languishing group. The singing strengthened; it became denser. Pablo distinguished very well the beautiful voice of his friend in in which was now a new warm tone. Resonating in the higher tones, it expanded freely, blending a familiar timbre, that Leo didn’t recognize, so extenuated as it surged in that full voice. He showed his individuality in the group, but at the same time it became part of him and he communicated with rare firmness as surged in that full voice. He infused a classical sonority. The impression that he produced in the transfigured choir was noticed throughout the synagogue. The choir became quiet. And, solo, Leo sang his part. His clean voice modulated for a moment over the congregants, and then, on stopping, the buzz of the murmured prayers extended like a white cushion to receive the notes, that after reaching the heights fell from there. His friend was moved by the “scjemensre.” At the end of Kol Nidre, the people began to disperse. Many congratulated Leo for his singing.

“What are you going to do tonight?” Pablo asked.

The question surprised Leo.

‘Well. Nothing. Whatever you like. We can walk if you want; we can go get a coffee.

“Okay, let’s go” said the other, without vacillation.

They walked together. .Spontaneously communicative, Pablo tried to explain to the extent that he could how much he had enjoyed singing, the reception it received and the effect of his voice on the choir. It was as if he was moved by friendship and without desire to repress his feeling. And in spite of what he had proposed, he decided to tell him about his plan to fast, so that they could do so together.

He ordered coffee, but Leo refused to have anything. After a period of silence, he said to him with a smile that was a bit forced:

“I don’t want anything. I will tell you why. This year I decided to fast. It occurred to me and I’m doing it.”

“You are fasting?” And then without wanting to, Pablo added. “I also thought about it. I’m going to propose it to you now. I thought that we would begin tonight, after supper.”

“Starting tonight?” Leo laughed. “But that’s not fasting. We had supper at home a six o’clock. It’s before Kol Nidre, and you don’t eat until the next day.”

Pablo knew, but he had forgotten.

“Didn’t you see?” Leo continued, “ that some of them stayed in the synagogue to pray all night? You fast during the day, but there are twenty-four hours straight in which you ought to be for asking pardon.

Translation by Stephen A. Sadow

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Algunas de las novelas de Bernardo Verbitsky/                                                    Some of the novels by Bernardo Verbitsky

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