Pablo Freinkel — Novelista judío-argentino/Argentine Jewish Novelist — “La casa de Caín”/ “The House of Cain” — fragmento de la novela de misterio/excerpt from the mystery novel

 

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Pablo Freinkel

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Pablo A. Freinkel (Bahía Blanca, Argentina, 1957). Licenciado en Bioquímica. Periodista y escritor. Sus artículos y notas se han dado a conocer en Buenos Aires, New York y Jerusalem; y en medios online nacionales y extranjeros. Es autor de cuatro libros: Diccionario Biográfico Bahiense, el ensayo Metafísica y Holocausto, y las novelas El día que Sigmund Freud asesinó a Moisés y Los destinos sagrados. Escribió el guión del documental Matthias Sindelar: un gol por la vida. Ha dictado conferencias sobre Spinoza, Maimónides y literatura judía argentina actual, en diferentes instituciones del país.  Se encuentra en redacción El lector de Spinoza.

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Pablo A. Freinkel (Bahía Blanca, Argentina,) who has a degree in biochemistry. He is a journalist and writer. His articles and notes have been published in Buenos Aires, New York and Jerusalem, in Argentine and international online media. Freinkel is the author of four books: Diccionario Biográfico Bahiense, Metafísica y Holocausto, and the novel El día que Sigmund Freud asesinó a Moisés and Los destinos sagrados. He wrote the script for Matthias Sindelar: un gol por la vida. He has lectured on Spinoza, Maimonides and on contemporary Argentine-Jewish literature throughout Argentina. His El lector de Spinoza is in press.

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Escrita con un pulso narrativo muy dinámico y hasta casi hipnótico -de esos que dificultan la interrupción de la lectura- Pablo Freinkel nos relata una historia que, si bien se desarrolla cercana a la comunidad judía (son imperdibles y muy interesantes los detalles acerca de las costumbres y tradiciones del pueblo judío) nos atrapa de principio a fin.  —  Pablo Bauchiero, Buenos Aires,  2019.

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Written with a very dynamic and even almost hypnotic narrative pulse – one of those that make it difficult to interrupt reading – Pablo Freinkel tells us a story that, although it takes place close to the Jewish community (the details about the customs and traditions of the Jewish people) grabs us from beginning to end.  —   Pablo Bauchiero, Buenos Aires,  2019.

Para comprar la novela/To buy the novel

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“LA CASA DE CAÍN”

CAPÍTULO 1

— ¡Eso es lo de menos! —Sonia se exasperó por no poder hacerse comprender cómo deseaba— ¡Debe haber algo! ¡Yo sé que hay algo!

Intenté calmar su enojo con una recopilación de los hechos conocidos hasta ese momento.

-Hace muchos años, según te contó un hombre mayor, un grupo de judíos, quizá disidentes o marginales de la comunidad central, se reunía en esta casa para celebrar sus fiestas.

Un paredón cortaba de manera abrupta la callejuela sombría. A escasos metros de allí, frente a nosotros, la fachada del inmueble mostraba las cicatrices de años a la intemperie y la ausencia de mantenimiento. No había diferencia alguna entre este y las construcciones de su entorno, excepto que encima de la puerta de entrada se destacaba una estrella de David inscripta en un círculo. No era un símbolo extraño en sí, ya que la mayoría de los templos hebreos presentaba esa ornamentación. El enigma consistía en saber si alguna vez ese edificio había funcionado como sede de alguna institución comunitaria.

A mi lado, Sonia, anhelante, esperaba una reacción que la convenciera de que no se había equivocado.

-¡Sí! —aplaudió, exaltada—. Creí que no te ibas a acordar.

—También me dijiste entonces que era un buen material para investigar y que te parecía… romántico —casi se desmayó de la emoción. Se pegó a mí y pude sentir el palpitar de su corazón. Todo su cuerpo emanaba un hálito de tierna calidez.

Hacía referencia a una circunstancia ocurrida un par de años atrás, cuando yo me encontraba en la disyuntiva de exponer una investigación periodística acerca de las causas que habían motivado al doctor Sigmund Freud a declarar que el héroe hebreo Moisés no fue más que un simple egipcio sin conexión alguna con el pueblo elegido, la cual creía que iba a constituirse en la base de mi lanzamiento profesional y personal, o huir sin atenuantes para continuar mi existencia carente de sentido. Finalmente, presenté mi labor y no sucedió ninguna de las alternativas consideradas. Ahora, según la apreciación de mi esposa, el misterio de esta casa se presentaba como una segunda oportunidad, en esta ocasión para salvarme de caer en una depresión de límites imprecisos.

—No entiendo —dije eligiendo las palabras para no provocar su frustración—. ¿Qué hay para investigar? Es una casa antigua que no dice nada, y sí, tal vez en algún momento, haya funcionado como templo o club social.

Fue entonces cuando explotó:

—¡Eso es lo de menos! ¡Debe haber algo! ¡Yo sé que hay algo!

Miró el despojo que tenía ante sus ojos casi llorosos por la desilusión, como si le quisiera arrancar alguna palabra, una clave que la condujera a una pista y de allí a la resolución de su secreto. Las mejillas habían enrojecido, un ligero temblor agitaba sus labios y por encima de ellos brillaban unas gotas de transpiración. De pronto, de uno de los bolsillos de su campera extrajo una cámara fotográfica. Tomaba instantáneas casi sin mirar, en sucesión ininterrumpida; se movía de aquí para allá, enfocándose en la estrella inscripta en el círculo. Yo la miraba hacer y creía ver en sus acciones una manera de evitar la rendición, el naufragio definitivo de su esperanza. Poco a poco su humor fue cambiando; el enojo se moderaba, la crispación mudaba en desenfado. De inmediato comenzó a reírse, a expresar una alegría juguetona y despreocupada. Llovieron fotografías sobre mí desde todos los ángulos posibles, incluso los más descarados. Yo me contagié de su cascabeleo. La risa se nos pegaba, uniéndonos en una danza mágica. Hasta que interrumpió el descontrol con una frase concluyente:

It was then that she exploded: “That’s the least of it! There has to be something. I know that there is something!”

She looked at the dilapidation in front of her almost tearful eyes, as if she wanted to pull out a word, a key that would lead her to a trail and from there a resolution of its secret. He cheeks had reddened, a light trembling in her lips and above them shined a few drops of perspiration. Immediately, from one of the pockets or her jacket, she took out a camera. She took snapshots, almost without looking, in uninterrupted succession; she moved from here to there, focusing on the star WRItten in the circle. I watched her do it and believed I saw in her actions a manner to avoid surrender, the definitive ship wreck of her hopes. Little by little, her mood was changing; her anger cooled, the tension became ease. Suddenly, she began to laugh, to express a playful and unworried joy. Photographs rained over me from all angles, including the most shameless. I was infected by her jingling. The laughter stuck us together, uniting us in a magical dance. Until she interrupted the lack of control with a concluding phrase:

— ¡Me muero de hambre!

La miré, seguramente con la estúpida expresión de un hombre enamorado. El arrebol de sus mejillas se había intensificado; brillaban sus ojos, los labios entreabiertos invitaban al encuentro, el deseo vibraba en cada fibra de nuestro ser. Ella puso fin a ese momento con un gesto indolente, un mohín que la hizo más bella si esto era posible. Guardó la cámara y empezó a caminar hacia la calle que marcaba el límite de la cortada. En eso se detuvo mirando a su alrededor.

— ¿Qué pasa? —quise saber hablándole desde unos pasos atrás.

—Ni siquiera sabemos cómo se llama este recoveco —miró a uno y otro lado buscando en vano un cartel de señalización—. No podemos irnos sin saberlo. ¡Es importante!

Sin pensarlo, encaró hacia una de las casas y tocó el timbre. El ladrido de uno o varios perros respondió a la chicharra y poco después se asomó una mujer mayor, menuda, cuya cabeza estaba cubierta por pequeños ruleros colocados apretadamente uno junto al otro, con una redecilla invisible sosteniendo el conjunto. Nos miró con precaución dando un paso atrás, hacia el interior. Usaba un vestido viejo y encima un abrigo de lana deformado por los varios de años de servicio.

— ¿Qué se les ofrece? —graznó una voz pastosa.

—Discúlpenos, buena señora —Sonia utilizaba sus mejores modales, pero estos a veces se confundían con un tono sarcástico—, ¿sería tan amable de decirnos el nombre de esta calle?

La mujer nos volvió a mirar, sus ojos relampaguearon y con una sonrisa en sus labios finos y resecos, respondió antes de desaparecer tras la puerta:

—La calle de Caín.

La actitud y las palabras de la vieja habían impresionado a mi esposa, que se mantuvo en silencio por varias cuadras rumbo a nuestro departamento. Me sorprendía su falta de reacción, la ausencia de comentarios, el andar cabizbajo. Verdaderamente, ese encuentro había hecho un fuerte impacto en Sonia. Permanecía callada ante mis insistentes requisitorias, se molestaba cuando yo la distraía del ensimismamiento en que se había sumido. A poco de llegar a destino, se paró en seco y me miró como si fuera la primera vez que me tenía frente a ella. Entonces dijo con una gravedad que apenas le conocía:

— ¿Cómo hizo esa mujer para ponerse los ruleros uno tan cerca del otro  sin que se le escapara una sola mecha de pelo?

La observé incrédulo, pasmado, sin poder salir de mi asombro. Había andado casi un kilómetro sin hablar, creyendo que estaba sumergida en vaya uno a saber qué pensamientos profundos, y lo único que había ocupado su mente era la destreza de la anciana para colocarse esos ridículos adminículos en la cabeza.

— ¿Eso es todo? —le pregunté atorado por la rabia.

— ¿Qué?

—Lo único que te llamó la atención de esa mujer.

—Es una tontería, ya sé. Pero hay que reconocerle habilidad y pericia para lograr esa perfección.

Me di vuelta y seguí mi camino, dejándola varios metros atrás. Ella corrió para ponerse a la par y empezó a embromarme, a burlarse de mí hasta que no toleré más y, atrayéndola hacia mí, le estampé un beso apasionado que la dejó sin aire.

— ¡Caballero! ¿Cómo se atreve?

Una vez en casa, retiró una pizza del freezer y la colocó en el horno de microondas. A pesar de que reconocía su utilidad en momentos complicados, yo detestaba esas comidas rápidas y para no ocasionar una discusión inútil dejé pasar la cuestión. En tanto la electricidad hacía su trabajo, ella fue a la computadora. Conectó la cámara digital al CPU y la primera toma apareció en la pantalla. Era una imagen panorámica de la casa: la puerta, las dos ventanas, el estado general de deterioro. Una a una, desfilaban las fotografías sin aportar ningún detalle que nos pusiera en la huella. La alarma del horno nos sacó de clima justo cuando empezaban a verse las fotos que me ubicaban en la escena en cuestión.

Fuimos a almorzar sin expectativas de hallar nada. La primera ronda de imágenes había sido decepcionante, circunstancia que se tradujo en la falta de ímpetu siquiera para comentar la reciente aventura. Mientras comíamos, Sonia tenía la vista fija en la bandeja de la pizza como si la interrogara en procura de respuestas. Me molestaban esos silencios, así que para licuar la tensión traté de ver las cosas con optimismo:

—Es inútil hacerse problemas por algo que no sabemos si existe. Vamos a echarle una mirada a esas fotografías y si no obtenemos resultados concretos, nos despedimos de todo el asunto.

—No —replicó sin atenuantes—. Puedo sentir que allí efectivamente tenemos una punta de lo que buscamos.

—¿Y qué buscamos? —pregunté interesado en su respuesta.

—Te lo diré cuando lo encontremos.

Los argumentos de esa naturaleza no se pueden discutir: A es B porque B es A, carecen en absoluto de lógica. Puse un punto final y elogié el excelente sabor de la pizza.

Después de hacer orden en la cocina, regresamos a la computadora. Otra vez desfilaron las imágenes. Esta vez, utilizamos el zoom para observar detalles que a simple vista se nos pudiesen haber escapado. Miramos una por una hasta que en la pantalla brilló nuevamente la primera de la serie dedicada a mí. Sonia esbozó una sonrisa; acercaba y alejaba la imagen a gusto mientras uno de mis ojos ocupaba todo el espacio o mi nariz se reducía hasta la insignificancia. Ahora ella jugaba, se divertía. Repetía la misma operación con cada una de las tomas estallando en carcajadas. En realidad, yo ya me estaba aburriendo y le prestaba poca atención.

—Miren la orejita de Marquitos —escuché que decía en tono dicharachero. Desvié la mirada hacia la pantalla y en efecto allí estaba mi oreja en primer plano. Iba a decirle que ya era suficiente cuando noté un detalle repentino, apenas una sombra.

—Esperá, esperá —le dije con un grito cuando se aprestaba a avanzar. Sonia se sobresaltó y quedó estática—. Buscá el centro de la estrella… Andá paso a paso… no te apures.

La imagen quedó fija en el hexágono delimitado por la intersección de los dos triángulos que conformaban la estrella. Allí, en el centro, en medio de la figura de seis lados, destacaba lo que podía ser apenas un cambio de textura, una sombra o una de las tantas irregularidades en el revoque por obra del paso del tiempo. Tal vez, la necesidad de ver algo para compensar las horas perdidas en esa tarea. Tenía el aspecto de una letra “r” de imprenta al revés o, quizá, podía ser también una coma o un bastón. A pesar de la falta de precisión, era similar a algo conocido que todavía no podía precisar.

— ¿Ves esto? —pregunté acompañando una y otra vez el contorno que aparecía en la pantalla con mi dedo índice derecho extendido.

—Está muy borroso, quizá sea una imperfección.

— ¡Pero lo ves! —reiteré para borrar la duda que tenía.

—Sí, acá está —me quitó la mano y empezó a copiar mi movimiento—. No es tu imaginación. Creo.

La miré como haciéndole notar que su última observación estaba de más.

—Está bien, está bien —dijo cubriéndose la cabeza, previendo un posible ataque que naturalmente nunca llegó—. Bueno, querido, preparate. Mañana tenemos una nueva excursión hasta la casa del misterio. Pero en esta ocasión, llevaremos una escalera.

Una vez más, Sonia me sorprendió con su iniciativa. Las dudas que yo podía albergar, para ella eran certezas incontrastables. Allí había algo y teníamos la obligación de descubrirlo. Con total espontaneidad había titulado el asunto como “la casa del misterio”. Habrían de pasar varios días para que ella misma lo redefiniera como “la casa de Caín”.

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“THE HOUSE OF CAIN”

CHAPTER 1

“That’s the least of it!” Sonia was exasperated for not being able to be understood as she wished. There must be something! I know that there is something!

She tried to calm her anger with a review of the facts known up to that moment.

“Years ago, according to what an old man tole you, a group of Jews, perhaps dissidents or separated from the central community, met in that house to celebrate their parties.

A wall cut abruptly into the cheerless alley. A few meters ahead, in front of us, the façade of the building showed the scars of years of weather and the absence of maintenance. There was no difference at all between this one and the buildings of the area, except that above the entrance door stood out a Star of David within circle. In itself, it wasn’t a strange symbol, since the majority of Jewish temples carry this ornamentation. The enigma consisted in knowing if at one time that building had functioned as the headquarters for a community organization.

At my side, Sonia, eager, hoped for a reaction that would convince her that she hadn’t been mistaken.

“Yes!, she approved, very excited, “I thought you weren’t going to remember.”

“You also told me that then that it was a good subject to investigate and that it seemed to you ‘romantic.’ You almost fainted from the emotion. She stuck tight to me and I could hear the beating of her heart. Her entire body emanated a breath of tender warmth.

She was making reference to a circumstance that had occurred a couple of years earlier, when I entered in the quandary whether to expound a journalistic investigation about the causes that had motivated Dr. Sigmund Freud to declare that the Jewish hero Moses wasn’t not more than a simple Egyptian without any connection whatsoever with the chosen people, that he believed was going to constitute the my launch personally and professionally, or flee, without extenuating circumstances to continue my meaningless existence. Finally, I presented my work and neither of the considered alternatives took place. Now, according to my wife’s view, the mystery of this house presented itself as a second opportunity, in this occasion to save me from a depression of imprecise limits.

“You also told me that then that it was a good subject to investigate and that it seemed to you ‘romantic.’ You almost fainted from the emotion. She stuck tight to me and I could hear the beating of her heart. Her entire body emanated a breath of tender warmth.

She was making reference to a circumstance that had occurred a couple of years earlier, when I entered in the quandary whether to expound a journalistic investigation about the causes that had motivated Dr. Sigmund Freud to declare that the Jewish hero Moses wasn’t not more than a simple Egyptian without any connection whatsoever with the chosen people, that he believed was going to constitute the my launch personally and professionally, or flee, without extenuating circumstances to continue my meaningless existence. Finally, I presented my work and neither of the considered alternatives took place. Now, according to my wife’s view, the mystery of this house presented itself as a second opportunity, in this occasion to save me from a depression of imprecise limits.

“You also told me that then that it was a good subject to investigate and that it seemed to you ‘romantic.’ You almost fainted from the emotion. She stuck tight to me and I could hear the beating of her heart. Her entire body emanated a breath of tender warmth.

She was making reference to a circumstance that had occurred a couple of years earlier, when I entered in the quandary whether to expound a journalistic investigation about the causes that had motivated Dr. Sigmund Freud to declare that the Jewish hero Moses wasn’t not more than a simple Egyptian without any connection whatsoever with the chosen people, that he believed was going to constitute the my launch personally and professionally, or flee, without extenuating circumstances to continue my meaningless existence. Finally, I presented my work and neither of the considered alternatives took place. Now, according to my wife’s view, the mystery of this house presented itself as a second opportunity, in this occasion to save me from a depression of imprecise limits.

The attitude and words of the old lady had impressed my wife, who maintained silence for several blocks on the way to our apartment. Her lack of a reaction surprised me, the absence of comments, the walking head down. Truly, that meeting had had a strong impact on Sonia. She remained quiet against my insistent requests; she was bothered when I distracted her from the self-absorption into which she had sunk. A bit before arriving at her destination, she stopped cold and looked at me as if it were the first time she had me in front of her, Then, she said with a gravity that I hardly knew she had:

“How did that women put her rollers so close together without a single a single bit of hair escaping?

I observed her, incredulous, confounded, without being able to get over my surprise. She had walked almost a kilometer without speaking,  I, believing that she was immersed in who knows what profound thoughts, and the only thing that had occupied her mind was the old lady’s skill in placing those ridiculous gadgets on her head

“That’s all?” tongue-tied with anger, I asked her.

“What?

“The only thing that caught your attention about that woman.”

“It’s nonsense, I know. But you have to recognize her skill and expertise in achieving that perfection. I turned around and continued on my way, leaving her several meters behind. She ran to catch me, and she began to tease me, to make fun of me until I couldn’t take it anymore, and bringing her close to me, I hurled a kiss at her that left her without air.

“Sir, how dare you?”

Once at home, she took a pizza from the freezer and placed in the microwave oven. Although I recognize their utility in complicated times, I detest these quick dinners and in order to avoid a useless discussion, I let the issue pass. As soon as the electricity did its work, she went to the computer. She connected the digital camara to the CPU and the first shot appeared on the screen. It was a panoramic image of the house: the door, the two windows, the general state of deterioration. One after one, the photographs filed past without adding any detail that might put us on the trail. The oven alarm took us out of the fixation just when photos that placed me in the scene in question,

We went to have lunch without the expectation of finding anything. The first round of images had been disappointing, a circumstance the translated into a lack of impetus to even comment on the recent adventure. While we ate, Sonia had her eyes fixed on the pizza tray as if she were interrogating it to search of answers. I detest these silences. These silences bother me, so to melt the tension, I tried to see things with optimism:

“It’s useless to create problems about something that we don’t know if it exists. We’ll take a look at these photos, and if we don’t get concrete results, we’ll say goodbye to the matter.”

“No” she replied without any hesitation. “I can feel that here we have, in effect, a starting point for what we’re looking for.”

“And what are we looking for?” I asked, interested in her answer.

“I will tell you when we find it.”

Arguments of this nature can’t be discussed: A is B because B is A, absolutely is illogical. I put a final point to it, and I praised the excellent taste of the pizza.

After straightening up the kitchen, we returned to the computer. Once again, the images filed by. This time, we used the zoom to observe details that at a quick look could have escaped us. We looked at one after another until on the screen shined again the first series dedicated to me. Sonia gave a hint of a smile and moved away from the image as she pleased, while one my eyes occupied all of the space or my nose was reduced to insignificance. Now she was playing, enjoying herself. She repeated the same operation with each of the shots, breaking out in loud laughter. Truthfully, I was getting bored and I didn’t pay much attention to her.

“Look at Marquitos’ ear” I heard in a chatty tome. I diverted my gaze to the screen and in effect there was my ear in the closeup. I was going to tell her to stop, when I noticed a sudden detail, hardly a shadow.

“Wait, wait”  I told her with a shout when she was about to advance. Sonia was startled and stopped ecstatic. “Look in the center of the star. . . Go bit by bit. . .  Don’t hurry. It had the aspect of the letter “r” printed backwards, or , perhaps it could also be a comma or a walking stick. Despite the lack of precision, it was similar

The image remained fixed in the hexagon delineated by the intersection of the two triangles that made-up the star. There in the center, in the midlle of the six-sided figure, stood out what could be a slight change in texture, a shadow or one of those many irregularities in plaster in the caused by the passage of time. Perhaps, the necessity to see something to compensate for the hours lost in the task. It had the aspect of the letter “r” printed backwards, or perhaps it could be a comma or a walking stick. In spite of the lack or precision, it was similar to something known that I could not yet determine.

“Do you see this?” I asked once and again with the outline that appeared on the screen with my right index finger.

“It’s very blurred. Perhaps, it’s an imperfection.?

“But you see it!” I reiterated to put away the doubts she had.

“Yes, here it is!” She took away my hand and began to copy my movement. “It’s not your imagination. I think.”

I watched her making a note that her last observation was a bit too strong.

“It’s okay! It’s okay! I said, covering my face anticipating  an attack that naturally never happened/arrived.

“Good, my dear! Prepare yourself. Tomorrow we will have a new excursion to the mystery house. But this time, we’ll bring a ladder.

Once more, Sonia surprised me with her initiative. The doubts that I could harbor were for her  unshakeable certainties. There was something there, and we had the obligation to find it. With total spontaneity, she had entitled the matter: “the house of mystery.” Several days would have to pass before she would redefine it as “The House of Cain.”

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