La presencia judía en Uruguay/ The Jewish Presence in Uruguay

Montevideo

Sinagoga del la Comunidad Israelita del Uruguay
Sinagoga de la Comunidad Sefardí de Uruguay
Instituto Yavne y Sinagoga

Punta del Este

Sinagoga de Punta del Este
Sinagoga Adjut Israel de Punta del Este

Artistas del Uruguay/Artists of Uruguay

José Gurvich

José Gurvich https://wordpress.com/block-editor/post/jewishlatinamerica.wordpress.com/7914

Jaime Kleist

https://wordpress.com/block-editor/post/jewishlatinamerica.wordpress.com/2913

Eva Olivetti

Raúl Pavlotsky

Aída Socolovsky

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Escritores del Uruguay/Artists of Uruguay

Julia Galimare https://wordpress.com/block-editor/post/jewishlatinamerica.wordpress.com/1731

Raúl Hecht https://wordpress.com/block-editor/post/jewishlatinamerica.wordpress.com/2151

Exelyn Wertheimer https://wordpress.com/block-editor/post/jewishlatinamerica.wordpress.com/2413

Mauricio Rosencof

David Viñas (1927-2011) — Crítico social y novelista judío-argentino/Argentine Social Critic and Novelist — “Los dueños de la tierra”/”The Owners of the Earth” — fragmento/excerpt

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David Viñas

 

Viñas, David

David Viñas nació en Buenos Aires en 1929. Estudió en el Liceo militar a causa de los problemas económicos familiares. Estudió Filosofía y Letras, allí conoció a algunos intelectuales. Fue uno de los fundadores, en 1953, de la revista Contorno. Al poco tiempo publicó su primera novela Cayó sobre su rostro. Recibió en 1962 el Premio Nacional de Literatura. En 1967 fue galardonado con el Premio Casa de las Américas, de La Habana (. También ha sido capital su aportación al ensayo con libros como Literatura argentina y realidad política: de Sarmiento a Cortázar o Rebeliones populares argentinas: De los montoneros a los anarquistas. La dictadura le robó a sus dos hijos, ambos acaban de ser padres cuando los detuvieron, y fueron desaparecidos por los militares, y lo obligó a exiliarse en México y España. En México fundó la editorial Tierra del Fuego junto a Pedro Orgambide, Jorge Boccanera, Alberto Ádelach y Humberto Costantini, en 1981. En 1984 pudo regresar a Argentina tras el fin de la dictadura. Fue nombrado titular de la Cátedra de Literatura Argentina de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. En los años siguientes se sucedieron los estrenos teatrales. En 1991 recibió la la Beca Guggenheim pero la rechazó como homenaje a sus hijos.

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David Viñas was born in Buenos Aires in 1929. He studied at the Military Lyceum because of family financial problems. He studied Philosophy and Letters, there he met some intellectuals. He was one of the founders, in 1953, of the magazine Contorno. Soon after, he published his first novel. It fell on his face. He received in 1962 the National Prize for Literature. In 1967 he was awarded the Casa de las Américas Prize. His contribution to the essay has also been capital with books such as Argentine literature and political reality: from Sarmiento to Cortázar or Argentine popular rebellions: From the montoneros to the anarchists. The dictatorship stole his two sons, both of whom had just become parents when they were detained, and who were disappeared by the military, and forced him into exile in Mexico and Spain. In Mexico he founded the Tierra del Fuego publishing house together with Pedro Orgambide, Jorge Boccanera , Alberto Ádelach and Humberto Costantini, in 1981. In 1984 he was able to return to Argentina after the end of the dictatorship.He was appointed holder of the Chair of Argentine Literature at the Faculty of Philosophy and Letters of the University of Buenos Aires. Theatrical premieres followed, in 1991 he received the Guggenheim Scholarship but rejected it as a tribute to his children.

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De la novela “Los Dueños de la tierra”, 1958

 

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“Esos de la Guardia Blanca”

Claro que estaban ésos de la guardia blanca. Vicente ya los conocía; en Buenos Aires, desde su departamento de la calle Ayacucho los había visto golpear a la gente del barrio en la semana de enero en 19.[i] Y rompían vidrieras y ensuciaban las sinagogas. Había sido un lunes y por las calles de la ciudad deambulaban algunos hombres solitarios y sudorosos, con las corbatas flojas y el saco en la mano. Los que acababa de ver en el puerto y los que tiraban bombas de alquitrán contra las sinagogas de Buenos Aires se parecían, desde la manera de golpear y reírse al mismo tiempo, hasta la insolencia se confeccionaban para insultar y pararse en medio de la calle con las piernas abiertas. Eran tipos que gritaban”—Judío sucio” con la misma calma que se instalaban a la salida de un jardín israelita para obligarles a cantar el Himno, “Oíd mortales el grito sagrado!” Sí, pensaba. Y desde su balcón de la calle Ayacucho había visto a esos chiquilines que cantaban destempladamente, espiando a sus maestras y esperando que les ordenasen que se callaran de una vez porque el Himno no se canta así, o que se largaran a correr hacia sus casas. Pero en 1910, cuando el Centenario.él, él mismo, Vicente había hecho algo parecido. Era más joven claro. Pero las balas de su revólver corrían por debajo del paño verde de los billares en esos cafés oscuros y bajos de la calle Libertad. Dos, tres, seis tiros sobre esas mesas mientras los parroquianos se apoyaban en sus tacos con inquietud hieráticos, extranjeros, pero con esa silenciosa y acusadora dignidad de las víctimas. Había olor a pólvora en aquella sala de billar. Un judío de rancho, insignificante, había seguido frotando la tiza sobre su taco. Vicente vació su revólver sobre una de las mesas de billar. Las balas se deslizaban por debajo del paño como unos extraños gusanos veloces y aturdidos. Eso había sido para divertirse, por cierto. Como él iba a pasar sus horas muertas en uno de los prostíbulos enfrente a los tribunales, le quedaba cerca. Era una diversión cercana. “Un trabajo a un paso de la farra”, comentaban en el Gimnasia y Esgrima. Los tribunales de un lado, y a la vuelta, el prostíbulo y los billares judíos de la calle Libertad. Todo ahí no más. ”Un verdadero centro de diversiones” proclamaba entonces. Pero es que todos los prostíbulos estaban atestados de judíos y muchos judíos andaban en ese negocio.[iii] “Las polacas”, les decían los amigos en el club. “Y una polaca le da vuelta y media a cinco francesas”.  Y todos se divertían con las judías que al fin de cuentas, eran lo mismo. Él, sus compañeros de la facultad en el año del Centenario y la guardia blanca en la semana de enero del 19. Pero con la diferencia que él lo había hecho para pasar el rato, total, no eran más que los paños de los billares. Además, unos días después había ido a pagarlos. Pasar el rato, de eso se trataba, porque él no tenía nada contra los judíos, que eran gente trabajadora y no se metían con nadie. Aunque un poco… un poco… ¿Cómo diría?, calculaba Vicente. Poco elegantes. Ahí estaba. No eran lindos los judíos y qué se la iba a hacer. Se nacío fiero o se nacía con pinta de macho. Una vez le habían comentado en la mesa de Ingenieros: “Usted es el precursor de las guardias blancas. Verá—“ Y Vicente no había sabido si se lo decían en serio o en divertirse. Él no tenía prejuicios. Y no pensaba eso para darse una explicación que lo tranquilizarse.

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[i] La Semana Trágica es el nombre con el que se conoce la represión y masacre sufrida por el movimiento obrero argentino, en la que fueron asesinadas cientos de personas en Buenos Aires, en la segunda semana de enero de 1919, La misma incluyó el único pogromo (matanza de judíos) del que se tiene registro en América. Dentro de la Semana Trágica se produjo el único pogromo (matanza de judíos) del que hay registro en el continente americano. El pogromo tuvo su epicentro en el barrio judío de Once. El pogromo se desató cuando promediaba la Semana Trágica y se sumaron a la represión los civiles de clase alta, Fue llevado a cabo por la Liga Patriótica Argentina, “la guardia blanca”; incendiaron sinagogas. Hubo centenares de muertos

[ii] La prostitución en Argentina fue dominada por judíos por muchos años. Fue terminado por protesta vehementes de la comunidad judía y legislación del gobiernos.

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From the novel: “The Rulers of the Earth, 1958”

 

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“Those of the White Guard”

 

Of course, those of the White Guard were there. Vicente knew them already; in Buenos Aires, from his apartment on Ayacucho Street, he had seen them strike the people of the neighborhood in the January week of 1919. And they broke store windows and the befouled the synagogues. It had been a Monday and solitary and sweaty men wandered the streets, with their ties loose and their jackets in their hands. Those that he had just seen in the port and those who threw tar bombs at the synagogues of Buenos Aires seemed, from their manner to punch and laugh at the same time, to the insolence they had for insulting and stopping in the middle of the street with their legs apart. They were guys who shouted “Dirty Jew” with the same calmness who stood in the exit of a Jewish kindergarten to force them to sing the National Anthem, “Hear, O Mortals, the sacred shout!” Ye, he thought. And from his balcony on Ayacucho Street he had seen those little ones who were singing off-key, spying at their teachers and hoping that they would order them to be quiet at once because the Anthem was not song in that way, or that they leave to run home. But in 1910, which was the Centenary, he, he himself, Vicente had done something similar. Surely, he was younger. But the bullets from his revolver shot below the green cloth of the billiard tables in those dark and humble cafes on Libertad Street. Two, three, six shots over those tables while the neighbors were leaning on their cues. A Jew from the farms, insignificant, had continued rubbing the chalk on his cue. Vicente opened his revolver on a billiard table. The bullets slid under the billiard cloth like some strange and confused worms. This was for fun, of course. Just like he was going to spend his free time in one of the brothels near the courts. It was a nearby diversion. Work just a step from the party, they commented at Gym and Fencing . The gym on one side and, around the corner the Jewish brothel and billiard parlors on Liberty Street. Everything there. That’s it. A true center of entertainment, they proclaimed in those days. But it was that all the brothels were filled with Jews and many Jews were in that business.The Polish girls”, his friends in the club called them.  “And a Polish girl gives you more than five French girls and they all had a good time with the Jewish girls who, in the end were the same ones. He, his buddies from the college, in the year of the Centenary and the White Guards in the January week of 1919. But the difference was that he had done it to pass the time, they weren’t more that cloths on billiard tables, that’s all. Moreover, a few days later, he went over to pay for them. To pass the time, that’s what it was about. Because he didn’t have anything against the Jews, who were hard working people and don’t bother anyone. Although a little… a little. How would you say it?, Vicente  reckoned. Not elegant. That was it. The Jews weren’t attractive and what are you going to do. You are born fierce or you were born with a macho look. He had once heard commented at the Engineer’s table. “You are precursor of the White Guards. You’ll see.” And Vicente didn’t know whether if it was said to him seriously or in jest. He didn’t have prejudices. And he wasn’t thinking that to give himself an explanation that would calm him down.

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“Those of the White Guard”

 

Of course, those of the White Guard were there. Vicente knew them already; in Buenos Aires, from his apartment on Ayacucho Street, he had seen them strike the people of the neighborhood in the January week of 1919. [i]And they broke store windows and the befouled the synagogues. It had been a Monday and solitary and sweaty men wandered the streets, with their ties loose and their jackets in their hands. Those that he had just seen in the port and those who threw tar bombs at the synagogues of Buenos Aires seemed, from their manner to punch and laugh at the same time, to the insolence they had for insulting and stopping in the middle of the street with their legs apart. They were guys who shouted “Dirty Jew” with the same calmness who stood in the exit of a Jewish kindergarten to force them to sing the National Anthem, “Hear, O Mortals, the sacred shout!” Ye, he thought. And from his balcony on Ayacucho Street he had seen those little ones who were singing off-key, spying at their teachers and hoping that they would order them to be quiet at once because the Anthem was not song in that way, or that they leave to run home. But in 1910, which was the Centenary, he, he himself, Vicente had done something similar. Surely, he was younger. But the bullets from his revolver shot below the green cloth of the billiard tables in those dark and humble cafes on Libertad Street. Two, three, six shots over those tables while the neighbors were leaning on their cues. A Jew from the farms, insignificant, had continued rubbing the chalk on his cue. Vicente opened his revolver on a billiard table. The bullets slid under the billiard cloth like some strange and confused worms. This was for fun, of course. Just like he was going to spend his free time in one of the brothels near the courts. It was a nearby diversion. Work just a step from the party, they commented at Gym and Fencing . The gym on one side and, around the corner the Jewish brothel and billiard parlors on Liberty Street. Everything there. That’s it. A true center of entertainment, they proclaimed in those days. But it was that all the brothels were filled with Jews and many Jews were in that business. [ii]The Polish girls”, his friends in the club called them.  “And a Polish girl gives you more than five French girls and they all had a good time with the Jewish girls who, in the end were the same ones. He, his buddies from the college, in the year of the Centenary and the White Guards in the January week of 1919. But the difference was that he had done it to pass the time, they weren’t more that cloths on billiard tables, that’s all. Moreover, a few days later, he went over to pay for them. To pass the time, that’s what it was about. Because he didn’t have anything against the Jews, who were hard working people and don’t bother anyone. Although a little… a little. How would you say it?, Vicente  reckoned. Not elegant. That was it. The Jews weren’t attractive and what are you going to do. You are born fierce or you were born with a macho look. He had once heard commented at the Engineer’s table. “You are precursor of the White Guards. You’ll see.” And Vicente didn’t know whether if it was said to him seriously or in jest. He didn’t have prejudices. And he wasn’t thinking that to give himself an explanation that would calm him down.

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[i] Tragic Week is the name by which the repression and massacre suffered by the Argentine labor movement is known, in which hundreds of people were murdered in Buenos Aires, in the second week of January 1919, it included the only pogrom (massacre of Jews) that is recorded in America. Within the Tragic Week there was the only pogrom (massacre of Jews) of which there is record in the American continent. The pogrom had its epicenter in the Jewish quarter of Once. The pogrom was unleashed when Tragic Week was averaging and the upper-class civilians joined the repression. It was carried out by the Argentine Patriotic League, “the white guard”; synagogues burned. There were hundreds of deaths.

[ii] While prostitution in Argentina was dominated by Jews for many years., it was terminated by vehement protest from the Jewish community and government legislation.

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Bibliografía de David Viñas/David Viñas’ Bibliography

NOVELA/NOVEL

Cayó sobre su rostro (1955)

Los años despiadados (1956)

Un Dios cotidiano (1957)

Los dueños de la tierra (1958)

Dar la cara (1962)

En la semana trágica (1966)

Hombres de a caballo (1967)

Cosas concretas (1969)

Jauría (1971)

Cuerpo a cuerpo (1979)

Prontuario (1993)

Tartabul (2006)

La hermosa yegua

TEATRO/THEATER

Sarah Goldmann

Maniobras

Dorrego

Lisandro (1971)

Tupac-Amaru

Walsh y Gardel

ENSAYO/ESSAYS:

Literatura argentina y realidad política: de Sarmiento a Cortázar (1970)

De los montoneros a los anarquistas (1971)

Momentos de la novela en América Latina (1973)

Indios, ejército y fronteras (1982)

Los anarquistas en América Latina (1983)

Literatura argentina y política – De los jacobinos porteños a la bohemia anarquista (1995)

PREMIOS

Premio Guillermo Kraft (1957)

Premio Gerchunoff (1957)

Premio Nacional de Literatura (1962) y (1971)

Premio Casa de las Américas (1967)

Premio Nacional de Teatro (1972)

Premio Nacional de la Crítica

 

 

 

Memo Ánjel — Escritor judío-colombiano/ Colombian Jewish Writer — “Mesa de Judíos”/”Jewish Table” — fragmentos de la novela/excerpts from the novel

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Memo Ánjel

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“Dos maletas”/”Two Suitcases”

Memo Ánjel (José Guillermo Ángel) nació en Medellín, Colombia, como hijo de inmigrantes argelinos en 1954. Además de su oeuvre literario, Ánjel ha trabajado por 16 years como professor of de Comunicación Social en la Universidad Pontificia Bolivariana en Medellín.

Algunos de sus libros: La luna verde de Atocha (novela); La casa de las cebollas (novela), Todos los sitios son Berlín (novela), Libreta de apuntes de Yehuda Malaji, relojero sefardí (Ejercicios de imaginación sobre la conformación de los pecados), Zurich es una letra alef (novela), Tanta gente (novela), El tercer huevo de la gallina (novela) y Calor intenso (cuentos).

Considera la escritura como una actividad existencial, algo que le ayuda a analizarse a sí mismo y a reconocer la naturaleza de los demás. Profundamente en el sentido de la tolerancia y la vida misma. Según Anjel, solo el conocimiento necesario de lo que nos rodea nos permite sobrevivir y dar a nuestra existencia la suficiente transparencia.

Ánjel es uno de un grupo de autores colombianos modernos que ya no piensan y escriben de una manera específicamente colombiana, sino universal. “En todo el mundo, las personas tienen experiencias similares, ya sea que vivan en Colombia o en Alemania: tienen familia, trabajan, sufren y experimentan las mismas tragedias, la guerra y la emigración”.

Ánjel ha realizado un intenso estudio de los clásicos judíos, y en muchas de sus obras examina su propia historia sefardí y la cuestión de lo que significa ser un judío sefardí en la cultura de asimilación actual. Ha escrito varios ensayos sobre la contribución de la cultura árabe al desarrollo de la civilización occidental y el papel de la cultura y la historia judías en las ideas literarias y filosóficas contemporáneas.

Adaptado de Berliner Künstlerprogramm des Daad

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Memo Anjel (José Guillermo Ángel) was born in Medellín, Columbia, as the child of Algerian immigrants in 1954. Besides his literary oeuvre, Anjel has worked for 16 years as a professor of social communication at the Universidad Pontificia Bolivariana in Medellín.

Some of his books: La luna verde de Atocha (novel) La casa de cebollas (novel), Todos los sitios son Berlín (novel), Libreta de apuntes de Yehuda Malaji, relojero sefardí (Ejercicios de imaginación sobre la conformación de los pecados), Zurich es una letra alef (novel), Tanta gente (novel), El tercer huevo de la gallina (novel) and Calor intenso (stories).

He regards writing as an existential activity, something that helps him to analyse himself and to recognise the nature of others, in order to look deeply at the meaning of tolerance and life itself. According to Anjel, only the necessary knowledge of what surrounds us enables us to survive at all and to give our existence sufficient transparency.

Ánjel is one of a group of modern Colombian authors who no longer think and write in a specifically Columbian, but rather universal way. “All over the world, people have similar experiences ? whether they live in Columbia or Germany: they have a family, work, suffer, and experience the same tragedies, war and emigration.”

Anjel has made an intense study of Jewish classics, and in many of his works he examines his own Sephardic history and the question of what it means to be a Sephardic Jew in today’s culture of assimilation. He has written several essays on the contribution of Arabic culture to the development of occidental civilisation and the role of Jewish culture and history in contemporary literary and philosophical ideas.

Adapted from Berliner Künstlerprogramm des Daad

Para comprar/To buy: “Cuentos judíos”

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MESA DE JUDÍOS

fragmento de novela

1.

Ese año tampoco pudimos ir a Jerusalén, no hubo con qué. Sin embargo, mi padre, un hombre dedicado a la mecánica, se hizo a la idea de que para el año próximo tendríamos el dinero suficiente para salir, pues había tenido un sueño con Eliahu ha navi[1] y el profeta le había guiñado un ojo. Y presidiendo la mesa del comedor, acto que lo emocionaba porque le evidencia su papel de hombre con familia, comenzó a explicarnos cómo haría para obtener las monedas y los billetes, hablándonos de una máquina maravillosa que estaba inventando con base en la segunda ley de Newton. Una máquina para hacer pan. Todos lo miramos con ojos de brillantes y nos vimos atravesando el Mar Rojo al lado del invento, menos mi madre que, en lugar de aportar palabras al sueño, se levantó de la mesa y comenzó a recoger los platos. Le colaboró a la idea de mi padre con una sonrisa y, encogida de hombros, le dijo a mi hermana Marta que la ayudara con los vasos y los pocillos. Ese día, cuando mi padre nos explicaba con detalles cómo funcionaria la máquina que nos haría famosos, la noche fue tibia.

Por los días de Pésaj,[2] a mi padre le entraba un especie de fiebre de primavera y por su cabeza pasaban todo tipo invenciones que él llevaba cuidadosamente al papel y luego nos mostraba dibujos con lápices de color. Creo que Elías[3] (para quien siempre hubo un puesto en nuestra mesa) se asomó para ver los proyectos dibujados, esas máquinas inmensas que nos haría ricos en 360 días y que nos permitirían cumplir con la ilusión que habíamos ido conformando año tras año, con palabras y objetos. Porque pasaba que si no podíamos ir a Jerusalén, como nos habíamos prometido y planeado, Jerusalén llegaba hasta nosotros en forma de vasijas y postales, trocitos de piedras antiguas y manos de metal con un ojo abierto en la palma. Ojos que miraban todo, Como D-s (claro que D-s no mira sino siente), eso decían los libros. Objetos que nos enviaban los amigos, algún familiar o que mi madre, escurriendo sus ahorros, compraba en los almacenes de importados para regalárselos a papá. Incluso llegó a bordar varias telas con detalles de la tierra prometida, que mi padre miró y lloró. Era un emocional mi padre y sabíamos que él, en soledad, se traía todos eso objetos a su taller y allí hablaba con ellos en un hebreo macarrónico que acreditaba hasta palabras en catalán, imaginando caminos en el desierto, oasis verdes y azules, piedras que cubrían tumbas de líderes y profetas, casa inmensas y blancas con jardines de flores rojas. Mirando cada detalle de los objetos que había puesto a su alrededor, llegó a beber té con samaritanos y café con los árabes de Cisjordania. Y a conversar con Iosef Caro[4] sobre las leyes de Shulján Arjuj, alajot, que apenas sí se cumplían en casa. Para muchos vecinos éramos unos herejes.

4.[5]

Pasó en el Kol Nidre de ese año, rito al que mi padre no faltaba. Era lo único que respetaba íntegro, el resto de las fiestas las cumplía a medias (excepto Pésaj, donde hacíamos los votos de ir a Jerusalén) o se olvidaba de ellas por estar en sus diseños mecánicos. Mi madre era escéptica y asistía a la sinagoga si mi padre iba. Lo mismo nosotros, que dependíamos de ellos o del señor Súdit, que como creyente se preocupaba de que supiéramos qué sucedía en cada fiesta, llevándonos muchas veces con él. Había que ver ese desfile, los seis niños mejores siguiéndolo detrás y él dándonos órdenes en esa lengua múltiple que apenas si entendíamos. Ya en la sinagoga, Súdit nos alineaba frente a él, se ponía el talit y comenzaba a rezar, moviéndose de atrás hacia delante, dándonos un coscorrón en la cabeza si hablábamos más fuerte de lo prometido o si nos daba por pelear o movernos como locos. Y el rabino, mirándonos por encima de los anteojos, las cejas enormes (como dos salchichas quemadas) que les daban un aire de cuervo a sus ojos negros y profundos. Nos miraba con dureza, callándonos con la mirada. Y los viejos judíos que estaban cerca, haciendo lo mismo y preguntándonos en susurros dónde estaban nuestros padres. Súdit y los hijos del hereje, así nos conocían en la sinagoga.

En el Kol Nidré de ese año, donde mi padre entraba en contacto con la divinidad para que lo inscribiera en el libro de la vida, Barcas se arrimó a él y le mostró unas cartas. Sonreía el hombre. –Vienen de Francia y se interesan en la máquina, debemos enviarle los planes–. Ese “debemos” le parecía simpático a mi padre y le sonó que Barcas ya se hubiera hecho socio suyo. Pero levantó una mano y le indicó que luego vería las cartas, que en ese momento sellando el pacto con D-s y nada era más importante, ni siquiera los franceses o los ingleses. Barcas se encogió como un pepino en almíbar. Mi padre infundía respeto cuando estaba en Kol Nidré, oración que leía lento y colocando en ese silencio muy bien cada palabra, labrándola en el corazón: era un rey en esta oración y ni siquiera el rabino, al verlo, se atrevía a pensar que era un hereje o un arrepentido. No, era un judío pactando con el Señor del universo para que le diera vida durante ese año para su familia y sus inventos. Y, como resultante, ya vendría la partida a Jerusalén, que tenía prevista para los días iniciales de la primavera, después de las primeras lluvias. Siempre creyó mi padre que D-s daba las herramientas y uno hacía el milagro, por eso se burló de los que intentaban sobornar a la divinidad con velas encendidas a o rezos largos. D-s estaba en nosotros y sabia que estaba pasando. Además Él sólo daba vida, el resto corría por nuestra cuenta. Eso lo decía, y el señor Súdit levantaba una ceja pero no soltaba palabra. ¿Qué palabra podía soltarle a un hombre que funcionaba con base en mecanismos, que miraba el cielo y lo veía funcionando como un enorme engranaje por donde se podía caminar si se contaba con las tuercas y tornillos precisos, con la herramienta adecuada, y una idea clara? Mi padre se enriquecía en D-s es Kol Nidré, por esto fulminó con los ojos a Barcas y a sus cartas, por eso, los franceses y los ingleses se volvieron puré, que en este momento lo importante era la vida  y lo que en ella se daría. Cuando mi padre rezaba en Kol Nidré, iba por el error a la verdad y entonces flotaba en sus fallas y las lavaba para ver qué había pasado y donde había estado la ceguera. Y las letras del libro de rezos se le convertían en números y palabras distintas, en un juego de inteligencia que lo hacía sentir en paz con ese mecanismo inmenso que era el universo y que se podía leer si había paciencia para que llegara el entendimiento. Un hijo de Maimónides y de Spinoza mi padre, eso lo entendía el rabino y dejaba de mirarlo. También Súdit, que se metía en lo suyo, pedía por él. Al día siguiente, ya en pleno Yom Kipur, mi padre se vería por ninguna parte. Sabíamos que caminaba por la ciudad, que miraba el vuelo de los pájaros y las hojas de los árboles, mientras rediseñaba calles y edificios, puentes y caras y que al final se sentaba en un parque y leía un libro de matemáticas o alguna novela corta. Y lejos de todos, para evitar el escándalo.

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[1] En hebreo, el profeta Elías.

[2] Pascua hebrea, debido a la cuenta que se hace con base en el calendario lunar, cae por marzo o abril.

[3] Dice la tradición que el profeta Elías llegará en Pésaj. Por esto siempre hay un lugar para él en cada casa judía.

[4] Iosef Caro, judío sefardí, escribió Shulján Aruj (la mesa servida), serie de leyes sobre la vida judía,

[5] Kol Nidré, todos los votos, oración y ritual de la víspera de Yom Kipur (día  del Perdón).

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JEWISH TABLE

FRAGMENTS OF A NOVEL

1.

This year too we won’t we won’t be able to go to Jerusalem; the funds aren’t there. Nevertheless, mi father, a man dedicated to mechanical things, came up with the idea that for next year, we would have the sufficient money to go, since he had had a dream about Eliahu HaNavi,[1] and the prophet had winked at him. And presiding over the dining room table, an act that thrilled him because it proved to him his role as man of the family, he began to explain to us how he would obtain the coins and the paper money, speaking to us about a marvelous machine that he invented by following Newton’s Second Law. A machine to make bread. We all looked at him with sparkling eyes, and we envisioned ourselves crossing the Red Sea beside the machine, except my mother who, instead of speaking in support of the dream, got up from the table and began clearing the plates. She reacted to my father’s idea with a smile, a shrug of her shoulders, she told my sister Marta to help her with the glasses and the bowls. That day, when my father explained to us how the machine that would make us famous would function, the night was a warm.

During the days of Passover[2] , a spring fever entered my father and through his head passed all sorts of inventions that he put carefully on paper and then show them to us drawn with colored pencils. I believe that Elijah[3] himself (for whom there was always a place setting at our table) appeared to see the project drawings; those immense machines that would make us rich in 360 days and would permit us fulfil that dream that we had been forming year after year, with words and objects/things. Because it happened that if we couldn’t do to Jerusalem, as we had promised and planned, Jerusalem came to us in the form of pots, dishes and postcards, bits of ancient rocks and hands made of metal with an open eye in the palm. Objects that saw everything, as G-d does (of course G-d doesn’t see, but feels,) that is what the books said. Objects that our friends, some family member sent us, or that my mother squeezed out of her saving, bought in the import stores to give them to my father. She even went as far as embroidering several clothes with details from the promised land, that my father took a look at and cried. My father was an emotional person, and we knew that he, when alone, brought all these objects to his workshop and there he spoke to them in a macaronic Hebrew that even admitted words in Catalan, imagining roads through the desert, green and blue oasis, stones that covered the tombs of leaders and prophets, immense white houses with gardens of red flowers. Observing every detail of the objects that he had set around him, he came to drink tea with the Samaritans and coffee with the Arabs of Cisjordania.  And to confer with Joseph Caro about the laws of the Shulchan Aruch[4], and “alaot,” practices that occasionally took place in the house. For many of our neighbors, we were heretics.

4.[5]

It happened during Kol Nidre of that year, ritual that my father never missed. It was the only one that he respected completely, the rest of the holidays, he followed in part (except Passover, when we made our vow to go to Jerusalem) or he forgot about them when he was working on his mechanical designs. My mother was a sceptic and she attended the synagogue if my father went. We did too, relying on them or on Mr. Sudit, who, as a believer, worried about what we knew about what happened at every holiday, many times bringing us along with him. You had to see that parade, the six older children following behind him, and he, giving us orders in that multiple language that we hardly understood. Once in the synagogue, Sudit lined us up in front of him, put on his tallit and began to pray, moving from back to front, giving us a smack on the head if we spoke louder than permitted or if we started to quarrel or move around like crazy people. And the rabbi, looking at us from above his eyeglasses, his enormous eyebrows (like two burnt sausages,) that gave his black and deep eyes the look of a crow. He looked at us harshly, quieting us down with his glance. And the old Jews who were nearby, doing the same thing and asking us in whispers where our parents were. Sudit and his children of the heretic, so we were known in the synagogue. During that year’s Kol Nidre, where my father entered into contact with the divinity so that he be inscribed in the book of life, Barcas moved closer to him and showed him some letters. The man was smiling. “They come from France and they are interested in the machine; we should send them the plans.” This “we should” seemed agreeable to my father, and it sounded  to him that Barcas had already become his partner. But he raised his hand, and he indicated that he would see the letters later, that in this moment he was sealing a pact with G-d

[1] Hebrew name of Elijah, the prophet.

[2] Because of the Jewish lunar calendar, Passover falls in March or April.

[3] Tradition says that the prophet Elijah will arrive during Passover. For that reason, there is always a place for him in every Jewish home.

[4] Joseph Caro, a Sephardic Jew, wrote the Shulhan Aruch (The Served Table) a series of laws about Jewish life.

[5] Kol Nidre, all the vows, prayer and ritual of Yom Kippur eve (Day of Pardon.)

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Translated by Stephen A, Sadow

 

 

José G. Adolph (1933-2008) — Cuentista judío-peruano de ciencia ficción/Peruvian Jewish Science Fiction Short-Story Writer — “Nosotros, no”/”Not Us”

José B. Adolph “Persistencia”

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José B. Adolph

José B. Adolph nació en Stüttgart, Alemania en 1933. Su familia se trasladó a Perú cuando él tenía 5 años. Estudió en la Universidad Mayor de San Marcos. Fue un escritor y periodista peruano en muchos periódicos  Su obra más conocida Mañana las ratas, una novela de ciencia ficción. Es uno de los escritores más conocidos y más prolijos de la ciencia ficción latinoamericana del siglo XX. En 1983, recibió el Primer Premio de la Municipalidad de Lima. También en ese año él ganó el Primer Premio en el concurso del “Cuento de 1000 Palabras” que le otorgo la revista “Caretas.”  José B. Adolph se falleció 2008 en Lima.

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José B. Adolph was born in Stüttgart, Germany, in 1933. His family moved to Perú when he was 5. He studied at the University of San Marcos in Lima. He was a Peruvian and writer and journalist for many periodicals. His most famous work Mañana las ratas, a science fiction novel. He was one of the best-known and most prolific authors of science fiction in Latin-America in the twentieth century. In 1983, he received the First Prize of the City of Lima. Also, in that year, he won first prize in the “Short-story of 1000 Words” competition, awarded by the “Carretas magazine. He died in 2008 in Lima.

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“NOSOTROS, NO”

Aquella tarde, cuando tintinearon las campanillas de los teletipos y fue repartida la noticia como un milagro, los hombres de todas las latitudes se confundieron en un solo grito de triunfo. Tal como había sido predicho doscientos años antes, finalmente el hombre había conquistado la inmortalidad en 2168.

Todos los altavoces del mundo, todos los transmisores de imágenes, todos los boletines destacaron esta gran revolución biológica. También yo me alegré, naturalmente, en un primer instante.

¡Cuánto habíamos esperado este día!

Una sola inyección, de cien centímetros cúbicos, era todo lo que hacía falta para no morir jamás. Una sola inyección, aplicada cada cien años, garantizaba que ningún cuerpo humano se descompondría nunca. Desde ese día, solo un accidente podría acabar con una vida humana. Adiós a la enfermedad, a la senectud, a la muerte por desfallecimiento orgánico.

Una sola inyección, cada cien años.

Hasta que vino la segunda noticia, complementaria de la primera. La inyección sólo surtiría efecto entre los menores de veinte años. Ningún ser humano que hubiera traspasado la edad del crecimiento podría detener su descomposición interna a tiempo. Solo los jóvenes serian inmortales. El gobierno federal se aprestaba ya a organizar el envió, reparto y aplicación de la dosis a todos los niños y adolescentes de la tierra. Los compartimentos de medicina de los cohetes llevarían las ampolletas a las más lejanas colonias terrestres del espacio.

Todos serían inmortales.

Menos nosotros, los mayores, los formados, en cuyo organismo la semilla de la muerte estaba ya definitivamente implantada.

Todos los muchachos sobrevivirían para siempre. Serían inmortales, y de hecho animales de otra especie. Ya no seres humanos; su psicología, su visión, su perspectiva, eran radicalmente diferentes a las nuestras. Todos serían inmortales. Dueños del universo para siempre. Libres. Fecundos. Dioses.

Nosotros, no. Nosotros, los hombres y mujeres de más de 20 años, éramos la última generación mortal. Éramos la despedida, el adiós, el pañuelo de huesos y sangre que ondeaba, por última vez, sobre la faz de la tierra.

Nosotros, no. Marginados de pronto, como los últimos abuelos de pronto nos habíamos convertido en habitantes de un asilo para ancianos, confusos conejos asustados entre una raza de titanes. Estos jóvenes, súbitamente, comenzaban a ser nuestros verdugos sin proponérselo. Ya no éramos sus padres. Desde ese día éramos otra cosa; una cosa repulsiva y enferma, ilógica y monstruosa. Éramos Los Que Morirían. Aquellos Que Esperaban la Muerte. Ellos derramarían lágrimas, ocultando su desprecio, mezclándolo con su alegría. Con esa alegría ingenua con la cual expresaban su certeza de que ahora, ahora sí, todo tendría que ir bien.

Nosotros solo esperábamos. Los veríamos crecer, hacerse hermosos, continuar jóvenes y prepararse para la segunda inyección, una ceremonia – que nosotros ya no veríamos – cuyo carácter religioso se haría evidente. Ellos no se encontrarían jamás con Dios. El último cargamento de almas rumbo al más allá, era el nuestro. ¡Ahora cuánto nos costaría dejar la tierra! ¡Cómo nos iría carcomiendo una dolorosa envidia! ¡Cuantas ganas de asesinar nos llenaría el alma, desde hoy y hasta el día de nuestra muerte!

Hasta ayer. Cuando el primer chico de quince años, con su inyección en el organismo, decidió suicidarse. Cuando llegó esa noticia, nosotros, los mortales, comenzamos recientemente a amar y a comprender a los inmortales.

Porque ellos son unos pobres renacuajos condenados a prisión perpetua en el verdoso estanque de la vida. Perpetua. Eterna. Y empezamos a sospechar que dentro de 99 años, el día de la segunda inyección, la policía saldrá a buscar a miles de inmortales para imponérsela.

Y la tercera inyección, y la cuarta, y el quinto siglo, y el sexto; cada vez menos voluntarios, cada vez más niños eternos que implorarán la evasión, el final, el rescate. Será horrenda la cacería. Serán perpetuos miserables.

Nosotros, no.

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“Not Us”

That afternoon, when the small bells of the teletypes jingled, and the notice was distribute like a miracle, the people of all latitudes came together in a sole triunfull shout. Just as it had been predicted two hundred years earlier, finally, in 2168, man had conquered immortality.

All the loudspeakers in the world, all the modes for the transmission of images, all the bulletins emphasized this great biological revolution. I was happy too, naturally, at the first instant/moment.

How long had we waited for this day!

One single injection, of one hundred cubic centimeters, was all that was necessary to never die. A single injection, applied every hundred years, guaranteed that no human body would ever decompose. From that day on, only an accident could end a human life. Goodbye to sickness, senility, deal by organic failure.

One single injection every hundred years.

Until the second notice arrive, complementing the first . The injection only would have effect on those who are less than twenty years old. No human being who had passed that age could halt the the internal breakdown over time, Only the young people would be immortal. The federal government already hurried in organizing the shipment, division and application of the dose to all the children and adolescents on earth. The medicine compartments rockets would carry the vials  to the most distant earth colonies in space.

All would be immortal.

Except for us, the grownups, the mature, in whose organisms the seed of death was already definitively implanted.

All the kids would survive forever. They would be immortal, and in fact of another species. No longer human beings: their psychology, their vision, their perspective were radically different from ours. All would be immortal. Rulers of the universe for all times. Free. Fecund, Gods.

Not us, Quickly marginalized, like the last grandparents, in no time, we had been converted into inhabitants of an asslym for old people, confused rabbits, stunned among a race of titans. These young people, suddenly, began to be our VERDUGOs without even intending to. We were no longer their parents. From that day on, we were something else: a repulsive and sick thing, illogical and monstrous. We were Those Who Would Die/ Those Who Were Waiting for Death. They would cry tears, hiding their disgust, mixing that with joy. With that ingenuous joy in which they expressed their certainty that for now, yes now, everything had to go well.

We only waited. We saw them grow, become beautiful, going being young and preparing for the second injection, a ceremony-that we wouldn’t get to see-whose religious character would become evident. They never would meet with God, The last shipment of souls on the way to heaven was ours. Now how it would cost us to leave the earth! How a painful envy would go on CARCOMIENDO. How much wish to kill would fill our souls, from today and until the day of our death.

Until yesterday. When the first fifteen-year-old boy, with the injection in his organizm, decided to commit suicide. When this news arrived, we, the mortals, just then began to love and understand the immortals.

Because they are poor Renacuajos condemned to perpetual prison in the VERDOSO ESTANQUE of life. Perpetual. Eternal. And we begin to suspect that within 99 years, the day of the second injection, the police will go out in search of thousands of mortals in order to give it to them.

And the third injection, and the forth, and the fifth century, and the sixth; each time, fewer volunteers, each time more eternal children that will implore for the EVASiOn, the end, the rescue, The hunt will be horrendous. They will be perpetually miserable.

Not us.

Ariel Segal Freilich — Profesor y cuentista venezolano-israelí/Venezuelan Israeli Professor and Short-story Writer — “Demasiada imaginación”/”Too Much Imagination”

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Ariel Freilich Segal

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Ariel Segal Freilich

Nacido en 1965, en Venezuela. Educación: Universidad de Miami, Ph.D., 1998. Escritor y académico. Se ha asociado con el Centro Buber de la Universidad Hebrea de Jerusalén, Jerusalén, Israel, y el Instituto Ben Gurion, Sde Boker, el Negev, Israel; También ha enseñado a nivel universitario en Lima, Perú. British Broadcasting Corporation (BBC), corresponsal en Israel.

Publicaciones

Jews of the Amazon: Self-Exile in Earthly Paradise, Jewish Publication Society, 1999.

David de los tiempos, Centro de Estudios Sefardíes de Caracas (Caracas, Venezuela), 1989.

Llegar cerca, Monte Ávila Editores Latinoamericana ( Caracas, Venezuela), 1996.

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Born 1965, in Venezuela. Education: University of Miami, Ph.D., 1998. Writer and scholar. He has been associated with the Buber Center of the Hebrew University of Jerusalem, Jerusalem, Israel, and the Ben Gurion Institute, Sde Boker, the Negev, Israel; he has also taught at the university level in Lima, Peru. He is a British Broadcasting Corporation (BBC), correspondent in Israel.

Publications

Jews of the Amazon: Self-Exile in Earthly Paradise, Jewish Publication Society, 1999.

David de los tiempos, Centro de Estudios Sefardíes de Caracas (Caracas, Venezuela), 1989.

Llegar cerca, Monte Ávila Editores Latinoamericana (Caracas, Venezuela), 1996.

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“Demasiada imaginación”

Con gratitud y cariño
a una hermosa consejera
Delisa Tanner

Bertrand Russell era un escéptico por excelencia. Humanista hasta lo más profundo de su ser, su pasión, su pasión por buscar la felicidad como estado frecuente en el hombre lo llevó a lo hondo del amor, la amistad, el arte y el conocimiento. Pero Dios estaba muy al margen de sus pensamientos.

Cuentan una vez, en una reunión social, alguien le preguntó al filósofo qué diría si después de su muerte se encontrara con Dios.

Russell está pensativo. Mueve rápidamente los engranajes de su intelecto buscando una respuesta al interesante reto, porque no es honorable-especialmente para él-contestar algo así como “eso no está planteado”. Sería poco menos cobarde, tonto, no jugar con la posibilidad de un encuentro cara a cara con Dios.

Hay un largo silencia y muchos ojos se posan sobre la figura bohemia del hombre de blanca cabellera, quien sabe muy bien cuán esperada es su respuesta.

Pronto la tensión de aquel momento de reflexión se traducirá en aplausos. (Cuando se es famoso, cualquier estupidez es tan bien recibida como una idea original) ¡Qué predecibles somos!–puede estar pensando Russell–porque su mente busca respuesta y al mismo tiempo dirige miradas antropólogas a su alrededor.

En realidad, yo sólo llegué a leer por encima estos dos párrafos del libro que traje como compañero de viaje y mientras esperaba el anuncio del embarque, indiferente a lo que sucedía o no en el aeropuerto, releí la anécdota sobre Russell: ” Cuentan una vez, en una reunión social, alguien le preguntó al filósofo que diría si después de su muerte se encontrara con Dios.

Dicen que el filósofo titubeó y tras la insistencia de su inquisidor, contestó: Dios, ¿por qué has hecho que la evidencia de su existencia resultar tan insuficiente?”.

Lo que ocurre es que mi imaginación está poco domesticada y suele entonces entremeterse entre las líneas de los libros. Por eso, casi vi a Bertrand Russell y hasta le inventé toda una historia a ese momento. Entonces, cerré bruscamente el libro pues me resulta bochornoso crear historias ya creadas. Me resiento conmigo al añadir mentiras de mi invención a escenas que no son descritas para agregar más ideas a ya las ya impresas en el libro.

Traté de olvidar la escena del viejo Russell de cabellera blanca que mientras piensa en la respuesta prometida se da cuenta de cuán cuán predecibles somos. ¿A ver? ¿Qué dijo Russell? ¿Qué no hay suficientes evidencias de la existencia a Dios? Lo admiro por atreverse a decirlo al Creador, pero me pregunto si tendrá razón mi muy idealizado Russell.

Con el libro cerrado entre mis manos, mis pensamientos se disolvieron cuando reconocí el rostro de alguien familiar. Era Elie Wiesel. El escritor que constantemente nos recuerda que los crímenes perpetrados por los nazis, aunque únicos en magnitud e inhumanidad, se repiten constantemente cada día y en diferentes lugares, ante la indiferencia de todo el mundo. Wiesel, el promotor de las conferencias sobre “Anatomía del Odio que lo condujeron a ser reconocido con el premio Nobel de la Paz. El  sobreviviente del Holocausto, el sufrido escritor, estaba frente a mí.

Lo miré con detenimiento como si cada rasgo de su arrugada cara pudiese revelarme todo acerca de él. Uno de mis profesores cuenta sobre la gente que despectivamente lo llama “Míster Holocausto”. No sólo por su insistencia en mantener viva la voz de aquellos que no sobrevivieron, sino también porque parece llevar al mundo sobre su espalda.

Aunque no vi a nuestro caótico planeta posarse sobre el escritor, noté cómo su espalda, algo encorvada, intentaba sin éxito zafarse del peso invisible que soporta su figura enjuta. Pareciera estar a la defensa de un improbable ataque físico.

Quise saludarlo, decirle cuánto lo admiraba por ser un sobreviviente proclamando su condición en un mundo de sobrevivientes incapaces de reconocerse. Creo que me miró y creo que lo saludé con un ligero gesto de mi cabeza,. Creo que no se dio cuenta.

Pasó rápidamente frente a mí y luego desapareció entre la multitud de los viajantes, familiares y amigos, siempre parecen ser los mismos, cuando estoy en un aeropuerto.

“¡Vi a Elie Wiesel.” –tenía ganas de contarles a mis conocidos. Estúpida pretensión: “Vi a alguien famoso”. Como si todo en esta época fuese cuestión de extraer a las personalidades de televisión y gritar: “Los vi en carne y hueso”. Además, mucha gente ni sabe quién es Elie Wiesel y, además, también es más hueso que carne, como una vez alguien, quien me imaginó antes de conocerme, dijo de mí.

“Vi a Dios y le pregunté por qué la evidencia de su existencia es insuficiente”–podría jactarse Bertrand Russell. “Vi a Elie Wiesel y no le pregunté por qué la evidencia resulta insuficiente prueba de la era nazi para muchas personas empeñadas en negar el Holocausto” –quería jactarme, pero no lo hice.

Wiesel se alejó entre el tumulto de los caminantes que chocan unos con otros, cargando sus equipajes. Por un momento, contemplándolo casi aplastado entre la multitud, luchando por esquivar a decenas de personas ansiosas y sudorosas, escuché el chirrido de las ruedas del tren y una voz tosca dando órdenes en alemán. Luego la gente se detuvo y sus rostros impersonales se transformaron en caras específicas. Algunos rezaban, otros, con voces entrecortadas, rogaban que se les permitiera quedarse en la estación.

Elie Wiesel lucía más joven y su aspecto eran tan frágil como el que hacia unos había visto. Un funcionario lo llamó y le exigió que le mostrase sus documentos. Observándolo con desdén, le dijo: –su vuelo saldrá un poco más tarde, señor–lo miró con simpatía–, si quiere puede ir a tomar un café o hacer unas compras antes de abordar el avión.

Elie Wiesel agradeció la cordialidad del funcionario. Otra vez mi imaginación hizo de los suyos y me pregunté de dónde vino la extraña idea de haber escuchado el chirrido del tren. Por supuesto, nadie rezaba sino que hablan desaforadamente. Todos ellos, simplemente, abordarían aviones o estaban allî para despedirse por un tiempo de sus seres queridos; nadie pretendía devolver a Elie Wiesel ni a nadie mucho menos a un viaje sin retorno hacia algún campo de la muerte.

Decidi concentrarme de nuevo en el libro para no distorsionar lo que ocurría a mi alrededor, pero pronto lo puse en mi bolso pues sabía que volvería a inventar una historia a lo que leía. Demasiadas acrobacias de mi imaginación para un dîa como éste, cuando necesito tener los pies bien aferrados al suelo aunque sea sobre uno que está sobre el cielo surcado por un avión.

Aproveché los pocos minutos que me quedaban  para llamar por teléfono a dos personas. Una amiga quien para nada me molestaría que fuese sólo una amiga y un amigo que para nada me molestaría que dejara de ser mi amigo. Pero en los aeropuertos nos sentimos muy solos–quizás por el exceso de gente–y llamamos a cualquier voz que pueda decir nuestro nombre, devolviéndonos la idea de individualidad.

Mientras conversaba sobre cuestiones que si aún no he olvidado, prometo muy pronto hacerlo, apareció de nuevo Elie Wiesel. Esta vez, exactamente en el teléfono más próximo al mío. Mi amigo seguía hablando al otro lado de la línea telefõnica, pero yo dejé de prestarle atención. Mi curiosidad era mucha y colgué el teléfono para acercarme a Míster Wiesel y escuchar su conversación.

De cerca, su rostro severo y su mirada melancólica inspiraban más afecto que lástima. Todo su cuerpo, pero en especial la suavidad d e su voz, delatan a Elie Wiesel como un hombre débil que se sabe débil y, por lo tanto, nos resulta percibir su gran fortaleza.

–Míster Wiesel, ¿con quién hablaba?

–Trataba de localizar a Aquel a quien se le ha pedido una explicación de por qué la evidencia de su existencia es insuficiente.

–¿Obtuvo una respuesta? — creí estar más cerca que nunca ante una revelación.

–Un ángel me atendió al teléfono (debí suponerlo, pues Elie Wiesel es gran amigo de los ángeles, a quienes ha mencionado muchas veces en sus ensayos sobre relatos y leyendas bíblicas). Me ha dicho, el ángel, que Él está ocupado. Hace mucho tiempo sostiene una discusión de alto nivel con Bertrand Russell.

Por supuesto, Elie Wiesel colgó el teléfono antes que yo y no hubo tal conversación entre nosotros (ya deberían conocerme y predecirme). Se marchó y de nuevo me dirigió una mirada amigable y supongo que hasta una sonrisa. Luego, dije adiós a mi amigo y me alejé de la caseta de teléfono, para caminar apurado hasta el avión.

Nunca más vuelvo a leer a Russell, o sobre Russell, antes de ir a un aeropuerto donde pueda encontrarme con Elie Wiesel.

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                      Bertrand Russell                                      Elie Wiesel

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“Too Much Imagination”

With gratitude and affection
to a sister advisor
Delisa Tanner

Bertrand Russell was a sceptic par excellence. Humanist to the deepest of his being, his passion, his passion to seek happiness in man as a frequent state led him to the depths of love, friendship, art and knowledge. But God was very much at the margin of his thoughts.

They say that once, at a social get-together, someone asked the philosopher what he would say if after his death he met God.

There is a long silence and many eyes are set on the bohemian figure of the white-haired man, who knows very well how much is expected from his answer.

Russell is thoughtful. The gears of his intellect move rapidly seeking an answer to the interesting challenge, because it is not honorable—especially for him—to answer something like “that is not well formulated.” I would be a little less cowardly, stupid, not to play with the possibility of a face to face encounter with God.

Soon the tension of that moment of reflection translated into applause (when one is famous, whatever stupidity is as well received as an original idea) How predictable we are!—Russell could be thinking—because is mind looks for an answer and at the same time directs anthropological glances around him.

In reality, I was only able to read through two paragraphs of a book that I brought to keep me company on the trip and while I was awaiting the boarding announcement, indifferent to what happened or not in the airport, I reread the anecdote about Russell. They say that once, at a social get-together, someone asked the philosopher what he would say if after his death he would meet God.

They say the philosopher hesitated and after the insistence of his inquisitor, answered: “God, why have you made the evidence of your existence turn out to be insufficient?”

What happens is that my imagination is not domesticated and continues to intrude among the lines of books. For that reason, I almost saw a Bertrand Russell, and I even invented a complete story in that moment. Therefore, I brusquely closed the book since it seemed to me embarrassing to create stories that were already created.

I tried to forget the scene with the old Russell with his white mane, who while he thinks of the promised answer, he realizes how predictable we are. Let’s see. What did Russell say: That there isn’t sufficient evidence for the existence of God, but I wonder if my very idealized Russell could be right.

With the closed book in my hands, my thoughts dissolved when I recognized the face of someone familiar. It was Elie Wiesel. The writer who constantly reminds of the crimes perpetrated by the Nazis, although unique in magnitude and inhumanity, repeat constantly, every day, in different places, before the indifference of the entire world. Wiesel, the prime mover of the meetings about the “Anatomy of Hatred” that led to him being recognized with the Nobel Peace Prize. He, survivor of the Holocaust, the long-suffering writer, was in front of me.

I looked at him with close attention as if each characteristic of his wrinkled face could reveal to me everything about him. One of my professors tells about the people who call him contemptuously “Mister Holocaust.” Not only for his insistence in keeping alive the voice of those who didn’t survive, but also because he seems to carry the world on his shoulders.

Although I didn’t see our chaotic world resting on the writer, I noticed his back, so what curved over, trying without success to throw off the invisible weight that his gaunt figure carried. It seemed to be at the defense against a physical attack.

I wanted to greet him, to tell him how much I admired him for being a survivor, proclaiming his condition in a world of survivors, incapable of being recognized. I believe that he looked at me and I believe that I greeted him with a slight movement of my head. I believe he didn’t notice.

He passed rapidly in front of me and then disappeared among the multitude of travelers, family members and friends, always seeming to be the same, when I am in an airport.

“I saw Elie Wiesel!” – I wanted to tell my acquaintances. Stupid pretentiousness: “I saw someone famous.” As if everything in this time was a question of extracting the personalities of television and shouting: “I saw him in flesh and blood.” Moreover, many people don’t even know who Elie Wiesel is and, moreover, he is also more bone than flesh, as if someone, I imagined knowing Although I didn’t see our chaotic planet set on the writer, I noticed how his back, a bit stooped, tried without success to rid itself of the invisible weight that his gaunt figure supports. I seemed to be defending against an improbable physical attack.

Elie Wiesel moved away into the tumult of those walking who bumped into each other, carrying their luggage. For a moment, contemplating him almost flattened by the multitude, fighting to dodge dozens of anxious and sweating people, I heard the squeal of train wheel and a course voice giving orders in German. Then the people stopped and their impersonal faces transformed into the faces of specific individuals. Some were praying, others with voices choked with emotion, begged that they be permitted to stay in the station.

I decided to concentrate again on the book to as not to distort what was occurring around me, but soon, I put it in my pocket, since I knew that once again I would invent a story upon what I read. To many acrobatics of my imagination for a day like this, when I need to have my feet well attached to the floor even if it on one that that is about the sky furrowed by a plane.

I took advantage of the few minutes that were left to call two people by telephone. A female friend with whom it would not bother me to remain only a friend and a male friend whom it would not bother me if he ceased being my friend. But in airports, we feel alone—perhaps because of the excess of people—and we call whatever voice that could say our name, returning to us the idea of individuality.

Elie Wiesel seemed younger and his appearance more fragile than that I had seen a few moments earlier. An official called to him and demanded his documents. Observing him with distain, he said to him—your flight will leave a little later, sir—he looked at him with sympathy–, if you wish, you can have a cup of coffee or do some shopping before boarding the aircraft.

Up close, his severe face and his melancholy gaze inspired more affection than pity. All his body, but especially the softness of his voice betrayed Elie Wiesel as a weak man who knew himself to be weak and, for that reason, made us perceive his fortitude.

While I was conversing about topics that if I haven’t yet forgotten, I promise to do so promptly, Elie Wiesel appeared again. This time, exactly in the telephone booth nearest to mine. My friend went on speaking on the other end of the telephone line, but I ceased paying attention. My curiosity was great, and I hung up the phone in order to move neared to Mister Wiesel and hear his conversation.

“I saw God and I asked him why the evidence for his existence is insufficient”—Bertrand Russell could boast. “ I saw Elie Wiesel and I didn’t ask him why the evidence was insufficient proof the Nazi era for many people insisting on negated the Holocaust{–O would insist on, but I didn’t.

“Mister Wiesel, with whom were you speaking?

“I was trying to locate That One whom had been asked and explanation for why the evidence is insufficient.

“Did you obtain an answer?” – I believed myself to be closer than ever to a revelation.

And an angel answered the telephone (I should have expected it, since Elie Wiesel is a great friend of the angels, whom he had mentioned many times in his essays about biblical stories and legends.) The angel has told me that He is busy. For a long time, he has been carrying out a high-level discussion with Bertrand Russell.

Of course, Elie Wiesel hung up the phone before I did, and there was no such conversation between us (all of you should know me and predict my behavior by now.) He left and once again he directed to me a friendly look, and I suppose even a smile. Then, I said goodbye to my friend, moved away from the telephone booth, to walk hurriedly toward the plane.

I never read Russell again, or about Russell, before going to an airport where I could meet Elie Wiesel.

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                            Bertrand Russell                              Elie Wiesel

 

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Translation from the Spanish by Stephen A. Sadow

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Carlos Szwarcer — Cuentista e historiador judío-argentino/Argentine Jewish Short-story Writer and Historian — cuento/short-story: “El grito del difunto”/ “The Deadman’s Scream” Cuento sefaradí/Sephardic Story

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Carlos Szwarcer

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Carlos Szwarcer es historiador, periodista y cuentista judío-argentino. Es especialista en la historia de los sefardíes en la Argentina y ha coleccionado muchos testimonios orales de la gente vieja sefaradí de los barrios de Buenos Aires.

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Carlos Szwarcer is an -Argentine Jewish historian, journalist and short-story writer. He is a specialist in the history of Sephardic Jews of Argentina, and he has collected many oral testimonies from older people in Sephardic neighborhoods of Buenos Aires.

Café Izmir

El reloj/The Watch

El hechizo Sefaradí/Sephardic Charm

Los boios de Simbul

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“El Grito del Difunto”

Por Carlos Szwarcer

 

Transcurre el año 1920. A los pocos meses de llegar a Buenos Aires, Alejandro recibe una infausta noticia: una carta enviada desde Esmirna, Turquía, le informa que su adorada madre ha fallecido inesperadamente, días después de dar a luz a su pequeño hermanito. La lectura de ese papel rugoso y lejano lo impacta de tal modo que lo tira y pisotea una y otra vez contra las baldosas. Violentamente arroja su cajoncito de lustrar botas – con el que se gana la vida – y comienza a pegarse el pecho con los puños, aúlla como un animal herido. Al fin se lleva las manos al rostro desencajado, y comienza a llorar.

En esa habitación mínima del inquilinato de la calle 25 de Mayo, cercana al puerto, compartida con dos paisanos, el desmedido y severo ataque de nervios pasa -con la velocidad de un rayo- del temblor descontrolado a una rara inmovilidad y cae pesadamente al piso. Sus compañeros de pieza, desesperados, lo acomodan sobre su cama e intentan reanimarlo, le abofetean las mejillas, le sacuden los hombros, pero no hay reacción.

Muis asevera desconsolado: “¡Se murió Alejandro… Se murió Alejandrico!” Jacobo lo hace callar: “¡Dancavé… el Dió ke no mos traiga!”(1).Lo ven tan tieso y cadavérico que llaman a la Asistencia Pública. La llegada del médico, desmorona rápidamente cualquier esperanza: lo da, efectivamente,  por muerto, ante la angustia de los amigos y vecinos.

Es viernes, los sábados no se entierra; aceleran los trámites fúnebres. No es justo que termine así, con tanta vida por delante. ¡Ke ora negra y preta(2)! Se escucha a Estrella, una  de las vecinas: “Famiya que no tiene el manzebiko… a ken  dizirle(3). Están todos en Turkiya”, agrega desorientada. La sala y el patio se van poblando. Deambulan conocidos y curiosos meditabundos. Un allegado, providencialmente, por aquél” perdido por perdido” o bien porque no se resiste a creer en el diagnóstico del profesional, decide llamar a un médico particular, de su confianza. Las miradas perdidas de los más íntimos y los llantos entrecortados de las mujeres agobia más el cansino paso del tiempo, marcado en lánguido compás por el péndulo del reloj de pared. Unos minutos o un siglo después llega el otro galeno y comienza a revisar nuevamente y detenidamente al occiso, de arriba abajo, de la cabeza a los pies, de los pies a la cabeza. Repentinamente, transforma su ceño fruncido en un gesto de ostensible contrariedad. Levanta la vista y, absorto, deslizando una mueca de excitación que no puede disimular, afirma entrecortadamente: “Este muchacho está vivo.

Después del lógico alboroto inicial, explica a los incrédulos y desconfiados presentes, que el joven inerte se encuentra en estado cataléptico, que podía hacer algo por él, si bien deja en claro que es un asunto por demás riesgoso, tanto que el enfermo de sólo dieciocho años podría quedar con alguna deficiencia física permanente. En esos instantes dramáticos, no hay ninguna otra cosa que elegir, es la vida o la muerte. Autorizado el médico a hacer lo necesario, aún a expensas de que el inmigrante esmirlí quedara con algún tipo de invalidez, procede a concentrarse sobre el método a utilizar para sacar del trance al paciente.

Muis, flaco y desgarbado, se aprieta entrelazando fuertemente los dedos huesudos de sus manos, como orando, y susurra: “!Ke el Dió te avilumbre!”(4), palabras ininteligibles para el facultativo que da una vuelta alrededor de la cama y observa con curiosidad aquellos párpados que juzga sombríos, aunque el rostro juvenil conserva un halo de misterio. Coloca el dedo pulgar sobre la órbita de uno de los ojos y espera un momento para luego presionar fuertemente. Alejandro, el finado, pega un grito visceral, un sonido casi de ultratumba que estremece a todos, se incorpora en la cama como impulsado por un resorte. Su cuerpo sentado, intensamente agitado, sus ojos súbitamente abiertos emergen tan redondos y brillantes como dos lunas plateadas que perforan el umbrío espacio. Inmediatamente la sorpresa estalla como un vendaval que, como rara mezcla de estupor y júbilo, invade el cuarto.

   -¿Amán… Amán… Kualo es esto?(5), exclama Jacobo, estupefacto.

   En torno al frustrado “lecho de muerte”, sollozos y risas patéticas acompañados por saltos de alegría, instintivos movimientos que semejan una danza de seres perplejos delante del “paisano sefaradí”(6) vuelto a la vida. Su ataúd tendrá que esperar todavía unos largos cuarenta y cinco años para hospedarlo.

Contará luego Alejandro que había quedado paralizado dentro de un inevitable sopor, y que escuchaba, como de lejos, las voces y los llantos, pero que le era absolutamente imposible moverse o dar alguna señal. Durante ese “tiempo suspendido” pasaron por su mente imágenes difusas, de su “chikez”(7) humilde pero feliz, correteando por las angostas callejas de la judería. Trabajando desde muy chico como lustrabotas para ayudar a la familia. Cada hermano aportaba lo suyo, pero él era el mayor y le tocaba la responsabilidad de “abrir caminos” Rememora cada detalle de la doliente despedida de su familia… Sus labios secos por los nervios, alejándose por primera vez de su hogar, de sus colores, de sus sabores, de sus apegos, para buscar un nuevo horizonte para él y para el resto. Pero si algo quebró su ánimo fue la despedida de su mamá: antes de partir hacia el barco que lo traería a América, se sentó en el piso de la sobria casita del Karatash(8), apoyó su cabeza en el regazo de su madre, que sabiendo la gravedad del momento comenzó a canturrear fragmentos de antiguas romanzas de Sefarad(9), las mismas que le cantó por años a él y a sus hermanitos, para acunarlos, para que se durmieran serenos: “Nani, nani, nani… nani kere il hiyo…”(10). Alejandro retrasa la partida, no quiere marcharse, pero su madre insistirá: “Debes irte hiyico, aquí nada mos queda. ¿O Keres ir a la gerra? Vate kirido bojor. Nos adjuntaremos en Aryentina. ¡Agora tú, luego mozotros!”(11).

Todo esto me pasaba por el “meoio”(12), relatará al reponerse. Mencionará el fuerte dolor en la frente y como, de pronto, se vio sentado en la cama, rodeado por un puñado de gente que lo miraba como a un fantasma. Este hecho, originado por la noticia de la muerte de su madre en su Turquía natal, hubo de quedar como anécdota familiar un tanto siniestra y de muy fuerte impacto en su familia por tres generaciones. En lo sucesivo, el esmirlí cada vez que alce su copa para brindar exclamará en hebreo lejaim (¡salud, por la vida!). Ese viernes nació de nuevo.  “¡Mazal bueno tendrás!”(13), le auguró una anciana vecina sefaradí.

Alejandro formará una familia y trabajará sin descanso. De Esmirna fueron llegando todos sus parientes a Buenos Aires, menos su madre, claro. Muchos años después, días antes de su segunda definitiva muerte, le comenta afligido a una de sus hijas: “No hago más que ver por todos lados el rostro de mi madre que me llama”. Insistirá en esas apariciones, presiente que algo habrá de ocurrirle. Su hija lo reta como a un niño y le pide que no piense en pavadas.

La semana siguiente, una tarde soleada de otoño, Alejandro fallece, a los sesenta y tres años. Buenos Aires, sigue su vertiginoso ritmo, como corresponde a una gran urbe. En uno de sus barrios, Villa Crespo (territorio sefaradí), siete días se prenderán velas y se leerá el kadish(14). Alejandro tuvo una vida intensa, tanto que murió dos veces. Ni su mujer, ni sus hijas, ni sus nietos, lograron colmar del todo ese vacío abismal que jamás dejó de sentir por  la separación y el desencuentro de quien le dio la vida.

Las historias se tejen a veces dulces, a veces crueles. Nunca somos dueños completamente de nuestra existencia. Una tradicional canción de cuna llega desde tiempos inmemoriales y se renueva en cada generación. “Nani, nani, nani… nani kere il hiyo… hiyo de la madre… chico se haga grande…! ¡Ay… durmite mi alma…!” (15). Alejandro y su madre descansan en paz. Amén.

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Notas:

1) Dankavé: Individuo que atonta con sus palabras o por la repetición de las mismas.  ¡Qué Dios no nos traiga eso! (Dicho que pretende alejar malos presagios).

2) ¡Qué hora negra y oscura! (Mal momento. Tiempo cargado de negatividad).

3) Familia no tiene el joven aquí. ¿A quién avisarle?

4) ¡Qué Dios te alumbre, te ilumine!

5) ¿Qué es esto? Dicho que expresa asombro, sorpresa.

6) Aquí se refiere al inmigrante judeo-español, cuya lengua es el djudezmo.

7) Niñez, infancia.

8) Barrio judío de Esmirna.

9) Nombre hebreo de España.

10) Comienzo de una canción de cuna para dormir al niño: Nani, nani… (Noni, Noni, quiere el hijo)

11) “Debes irte hijito, aquí nada nos queda. ¿O quieres ir a la guerra? Vete querido “bojor” (sobrenombre dado al hijo mayor). Nos juntaremos en Argentina. ¡Ahora tú, luego nosotros!”.

12)“Todo esto me pasaba por la mente”.( Meoio: cerebro, cabeza, mente).

13) ¡Buena suerte tendrás! Mazal: suerte.

14) Oración de homenaje a los muertos.

15) “Nani… quiere el hijo… hijo de la madre… chico se haga grande… ¡Ay… duérmete mi alma…!”.

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* Relato basado en hechos reales.

* Publicado en “Los Muestros” Nº 62. Marzo de 2006. Bruselas. Bélgica.

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“The Deadman’s Scream”

By Carlos Szwarcer 

The event takes place in 1920. A few months after arriving in Buenos Aires, Alejandro receives a terrible letter sent from Smyrna, Turkey, which informs him that his adored mother had died unexpectedly, days after giving birth to his tiny little brother. The reading of that wrinkled and distant paper impacts him in such a way that he drops it and steps on it over and over again on the floor tiles. He violently throws his shoeshine box—with which he made his living—and begins to punch himself in his chest with his fists, wailing like a wounded animal. Finally, he raises his hands to his distorted face and begins to cry.

In that small rented room in 25 of May Street, near the port, shared with two other Jews, the extreme and severe attack of nerves passes—with the velocity of lightning—from uncontrollable tremors to a rare immobility and he falls heavily to the floor. His roommates, desperate, place him on the bed and try to revive him, they shake his shoulders, but there is no reaction.

Muis confirms, disconsolate: ¡Alejandro Died…Alejandrico died! Jacobo makes him be quiet: “Dancavé… el Dió ke no mos traiga!”(1). They see him so tight and cadaver-like that they call Public Assistance. The arrival of the doctor, rapidly dispels any hope, he is taken, effectively for dead, among the anguish of friends and neighbors.

It is Friday; they don’t do burials on Saturday; they speed up the funeral procedures. It’s not right that he end so, with so much life ahead of his. Ke ora negra y preta(2). Says Estrella, one of the neighbors: “Famiya que no tiene el manzebiko… a ken  dizirle(3). Están todos en Turkiya, she adds, disoriented. The room and the patio are filling up. Acquaintances and the curious deep in thought. A close friend, providentially, not accepting ”what is lost is lost” or well because he  can’t  believe the diagnosis of the professional, decides to call a private doctor, one they trust, The hidden faces of the most intimate and the broken wailing of the women, weigh down the weary passage of time, marked in languid beats by the pendulum of the wall clock. A few minutes or a century later, the other doctor arrives and begins to check the deceased once again and slowly, from top to bottom, from head to foot. Suddenly, his wrinkled brow transforms into a frown of ostensible vexation. He raised his eyes and, absorbed, letting go a grimace that he couldn’t fake: “This boy is alive.”

After the expectable original excitement, he explains to the incredulous and suspicious who are present that the inert young man was in a cataleptic state, that he could do something for him, although  he makes it clear that in such a risky matter, especially for a sick boy of only eighteen years old, there could be a permanent impairment. In those dramatic moments, there is no choice, it is life or death. The doctor is authorized to do what is necessary, even at the expense of the immigrant from Smyrna be left with some sort of handicap.

Muis, skinny and clumsy, strongly squeezes the interlaced bones of his hands, as if he were praying, and sighs: “!Ke el Dió te avilumbre!”(4), words unintelligible for the doctor who goes around the bed and observes with curiosity those eyelids that he judges dull, although the young face conserves a halo of mystery. He places his thumb on the socket of one of his eyes and waits a moment and then presses hard. Alejandro, the dead one, lets out a visceral scream, a sound almost beyond the grave that makes everyone shiver. He sits up in the bed as if pushed by a spring. His seated body, intensely agitated, his eyes suddenly open, emerge as round and brilliant as two silver moons and they perforate the dark space. Immediately, the surprise explodes like a strong wind that, like a rare mixture of stupor and joy, invades the room.

  – ¿Amán… Amán… Kualo es esto?”(5), Jacobo exclaims, dumbfounded.

Around the thwarted “death bed,” sighs and pathetic laughing, accompanied by outbursts of joy, instinctive movements that resemble a dance of beings perplexed by the Sefaradí Jew(6) returned to life. His coffin will have to still wait some long forty-five years to lodge him.

Alejandro will later tell that he had fallen paralyzed inside an deep stupor, and that he heard, as if at a distance, the voices and the crying, but it was absolutely impossible to move or give a signal. During that “suspended time” diffuse images passed through his mind, of his “chikez,”(7) humble but happy, running about the narrow streets of the Jewish section. Working, from the time he was very small as a shoe shine boy to help his family. Each brother did his part, but he was the oldest, it was his responsibility to “pave the way”. He remembers every detail of the painful goodbye from his family… His lips dry from nerves. Leaving home for the first time, from his colors, his tastes, his ties, to seek a new horizon for himself and the rest. But if anything broke his spirit, it was, saying goodbye to his mother before leaving for the ship that would bring him to America, he sat on the floor of the dark little house of Karatash(8). He rested his head in his mother’s lap, who, knowing the gravity of the moment, began to sing softly fragments romanzas, ballads of Sefarad(9), the same that she sang for him and for his little brothers to rock them so that they would sleep serenely. “Nani, nani, nani… nani kere il hiyo…”(10). Alejandro puts off his departure, he doesn’t want to leave, but his mother will insist “Debes irte hiyico, aquí nada mos queda. ¿O Keres ir a la gerra? Vate kirido bojor. Nos adjuntaremos en Aryentina. ¡Agora tú, luego mozotros!”(11).

  “All of this happened to me because of  the “meoio”(12), he will  tell when he recovers. He will mention the severe pain in his forehead, and how, suddenly, he saw himself seated on the bed, surrounded by a fistful of people who looked at him as if he were a ghost. This event, caused by the death of his mother in his native Turkey, was to continue as a bit sinister and of great impact on his family for three generations. In consequence, the the man from Smyrna every time he raised his cup to toast will exclaim in Hebrew lejaim (good health, to life!) That Friday, he was born again. “¡Mazal bueno tendrás!”(13), a Sefaradí old woman and neighbor predicted for him.

Alejandro will form a family and he will work without rest. From Smyrna were arriving to Buenos Aires all his relatives Many years later, days before his second and definitive death, distraught, he commented to one of his daughters: I don’t do anything but see everywhere the face of my mother who calls me. He will insist of those apparitions, prescient that something will happen to him. His daughter scolded him like a child and asked him not think nonsense. The next week, a sunny afternoon in October, Alejandro dies, at sixty-three years old. Buenos Aires continued its vertiginous rhythm, as would be expected in a great city. In one of its neighborhoods Villa Crespo (Sephardic territory) for seven days they will light candles and will read  the Kaddish(14). Alejandro had an intense life, so much so that he died twice. Not his wife, nor his daughters nor his grandchildren were able to completely fill that abysmal emptiness that he never ceased to feel for the separation and failure to reunite with woman who gave him life.

The stories are woven at times sweet, sometimes cruel. We are never complete owners of our existence. A traditional lullaby comes from time immemorial and is renewed in every generation. .  “Nani, nani, nani… nani kere il hiyo… hiyo de la madre… chico se haga grande…! ¡Ay… durmite mi alma…!” (15). May Alejandro and his mother rest in peace. Amen.

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Notas:

1) Dankavé: An individual who bewilders others with his words or by repeating them. That God not bring us that! (A refrain intended to chase away evil omens.)

2) What a black and dark hour! A difficult moment. (A time loaded with negativity.)

3) The young man has no family here. Who will counsel him?

4) That God shed light on you, brighten your life!

5) What’s this? A question that expresses surprise, amazement. 

6) A Sephardic Jew, whose language is djudezmo (also known as Ladino.)

7) Childhood..

8) Jewish quarter in Smyrna.

9) Hebrew name for Spain.

10)  Beginning of a lullaby. Nani, nani… (Noni, Noni, loves the child. . .)

11) “You must leave my dear son, Or, do you want to go to war Go dear”bojor” (nickname given to the oldest son)  here nothing is left for us. We will reunite in Argentina. Now you, then us!

12) “All this passed through my mind. (Meoio, mind).

13) You will have good luck! Mazal: luck.

14) Pray to honor the dead.

15).”Nani. . .loves the child. . .the little one grows. . .Ay! sleep my soul. . .!

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* This story is based on true events.

* Published in “Los Muestros” Nº 62. March, 2006. Brussels. Bélgium..

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Translated by Stephen A. Sadow

 

Paula Varsavsky — Novelista, cuentista y traductora judío-argentina/Argentine Jewish Novelist, Short-story Writer and Translator — “Cúpula dorada” “Golden Dome”

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Paula Varsavsky

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“Cúpula Dorada”

No bien vi la cúpula dorada que se asomaba por encima de la Ciudad Vieja, lo supe: mi abuela nos había regalado un juego con piezas de madera para armar la Ciudad Vieja de Jerusalén.

Lo armamos decenas de veces en un cuarto de la casa de mis abuelos en la Avenida Libertador. El departamento al que yo hubiese querido mudar, sin mi abuela Elsa, claro. Muchas veces le preguntaba qué tal si nos cambiaba de casa, nosotros íbamos a vivir allí y ella a la nuestra. El cuarto donde armábamos la Ciudad Vieja era el que había sido de mi tía. Teníamos las piezas guardadas n una caja y había también una lámina que poníamos debajo. Debía indicar dónde iba cada parte. También traía las murallas.

Yo no sabía nada sobre Israel y muy poco sobre el judaísmo. Mi hermano y yo lo amábamos. Siempre jaqueada por la mirada inquisidora de mi hermano que me decía que pronunciaba mal las palabras o me preguntaba datos que yo jamás sabía contestar. Me llevaba cinco años. Y digo que me llevaba porque ahora no me lleva años y yo tampoco a él. A partir que se fue a vivir a China, no supe más de su vida y de eso va ya diez años. Que se fue a China, sí, suena a un chiste pero es verdad. Allí parece que se casó con una china inclusive. Nada extraño, ya que hay tantas. Aquí también hay chinitas, no sé para qué se fue a buscarla tan lejos, decía un amigo de mi mamá.

“Israel es como un pedacito”, me dijo una vez mi abuela. Señalaba una franja del tapizada del auto de ellos. Le decían el automóvil. Yo pensaba en su batimóvil. “Y los árabes tienen todo esto”, pasó la mano por el resto del tapizado del auto. La debo hacer mirada con cara de qué me importa. Para mí, eso no tenía ningún significado. Mis padres nunca me habían hablado de Israel. Mi abuela siempre intentaba inculcarme algo que yo evitaba todo lo podía. Insistía tanto que yo no sabía de qué hablaba, lo único que me rogaba internamente era que no insistiera más.

Mi abuela comentaba que mi tía había ido a Israel, pero no había entendía nada. Se lo había pasado planchando camisas en un kibutz. Una vez también me dijo que nos había hecho socios del Club Hebraica. No recuerdo haber ido, creo que alguna vez vi un carnet de ese club mientras revolvía los cajones del escritorio de mi hermano. Los papeles bajaban y subían mezclados con lapiceras, revistas pornográficas y cables. Después mi abuela me aclaró que seguramente, mamá no había seguido pagando las cuotas.

Algunos años festejamos Año Nuevo Judío, comíamos guefilte fish, un budín hecho de tres pescados, rodeado de gelatina de pescado con zanahorias y pedacitos de perejil adentro. Después venía la sopa con bolas de matzah; por último, pollo al horno con papas y batatas. Cenábamos en el comedor de la casa de mis abuelos. Tenía que ir bien vestida. Cuando llegaba, mi abuelo, con sus bigotes y sus anteojos, me decía, “Cada vez estás más linda”.

Las cenas eran tensas; por lo general, terminaban en irremediables ofensas entre mamá y la abuela. Elsa relataba en detalle su periplo por las pescaderías en busca de los pescados adecuados para la preparación de la comida. Se refería a la consistencia de cada uno, y cómo se combinaban, a cómo reemplazaban en Buenos Aires los que habían usado en Ucrania. También contaba sobre la búsqueda de jrein, compañero infaltable del guefilte fish.  Siempre nos avisaba que era picante. A mi hermano y a mí nos ponían grandes vasos de agua que miraban con deprecio. Según mis abuelos, hacía mal tomar tanta agua durante las comidas. Eran situaciones a las que nadie entendía cómo se llegaba, y menos aún, cómo se salía de ella. A veces se interrumpían por la mitad, a veces en el segundo plato. No sé qué había de postre, no creo que llegáramos.

El comedor era grande, con puertas corredizas. En una de las paredes tenía un empapelado de fondo gris donde aparecía dibujada, en forma mu sutil, una gran cena. Mi abuela Elsa lo explicaba para quienes no entendían o no veían. Había una amplia mesa de color caoba y sillas estilo inglés. Las cortinas eran de una seda gruesa color azul claro. Todo relucía. Primero nos sentábamos un rato en el living a conversar. En algún momento, Elsa anunciaba que teníamos que pasar al comedor. Había otros invitados, parientes o amigos de mis abuelos. Mi abuela tenía muchos hermanos, era a la menor de once, había nacido cuando su madre tenía cuarenta y siete años. Desde Rusia habían ido a la provincia de San Juan. Algunos todavía vivían allí: Abrasha, Menasha, Liuba, Sasha y otros más.

Para mí, el ruso era un idioma judío, lo mismo que los barenikes de guindas de papas. Mi abuela amaba el ruso, nos lo enseñaba a mi hermano y a mí. Del yiddish no había oído hasta que mi abuela me dijo que entendía algo de holandés porque tenía cierta semejanza con el alemán que ella había aprendido durante su estadía en Alemania antes en embarcar en Hamburgo hacia la Argentina, y además se parecía al yiddish.

Mi abuela paterna también era judía, pero con ella nunca festejamos fiestas judías. Papá era anti-religioso por definición: todo lo que oliera  a religión le disgustaba. Lo único que me contó fue que, de chico, había leído un a versión de la biblia judía adaptada para niños. Mamá deslizaba, de vez en cunando, un comentario sobre algo judío. Parecía detenerse solamente en el miedo a los nazis, en su infancia, teñida del temor a que llegaran a la Argentina. Todo lo alemán le disgustaba y no iba más allá de eso.

Cierta vez, mientras almorzamos con mi abuela en el comedor diario de la casa, le dije que no entendía qué era ser judío.  Además, me parecía que serlo no era intrascendente. Me contestó que algún día me dirían “judía de mierda” o algo por el estilo, entonces, mi opinión cambiaría. Me contó que ella había asistido a una escuela alemana en San Juan. “Me mandaron allí porque cuando llegamos a la Argentina hablaba ruso y alemán, no sabía castellano. Muchas veces me dijeron muy bien castellano, tan bien que se nota es aprendido”.  Luego relató la historia de su compañera de banco: un día le anunció que no se sentara más a su lado, el papá le prohibió sentarse con una judía”.

Mi abuela había conocido la forma en que se trataba a los judíos en Rusia. Otra palabra que me enseñó fue pogrom. Alguna de sus hermanas o tías había sido violada en un pogrom, un levantamiento espontáneo en contra los judíos. “Salir a matarlos así porque sí”, me explicaba. “Y violar a sus mujeres”.

Una vez acompañé a mi abuela durante la tarde en el Día del Perdón. Preparó una comida que, me dijo, empezaríamos a comerla cuando saliera la primera estrella. Ella a veces ayunaba y otras no, dependía de cómo se sintiese. Para ese entonces, las celebraciones del Año Nuevo Judío “en familia” ya habían terminado. Finalizaron luego de la muerte de mi abuelo, cuando yo tenía tres años.

Mi interés por conocer Israel vino mucho más tarde, por una amiga israelí. Nada de lo que me habían dicho en mi familia había despertado interés: era un lugar remoto donde iba gente que había asistido a actividades de las que apenas había oído hablar, a clubes cuyos nombres escasamente me sonaban conocidos como Acoaj o Macabi. Y aún más, a un idioma de que jamás, salvo en un casamiento de un pariente lejano o en un Bat Mitzvah, había oído alguna palabra.  Lugares a los que no había pertenecido.

Ni la religión ni la cultura judía me fueron inculcadas, salvo, por cierto, la cúpula dorada.

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“Golden Dome”

I barely saw the golden dome that stuck out above the Old City, I learned it: my grandmother had given us a game with pieces of wood for putting together the Old City of Jerusalem.

We put it together dozens of times in a room in my grandparents’ house on Libertador Avenue. That was the apartment to which I would have liked to move, without my grandmother Elsa, of course. I asked her many times how about it if we exchanged houses, we would go to live there and she to our place. The room where we built the Old City was the one that had been my aunt’s. We kept the pieces in a box and also had a metal sheet that we put underneath. It was supposed to indicate where each piece went. Also, it had the walls inside.

I didn’t know anything about Israel and very little about Judaism. My brother and I loved each other. I always harassed by the Inquisitorial gaze of my brother who told me I mispronounced words or asked me for bits of information that I never knew. He was five years older than. And I say that he was, because now he is not older than I nor I of him. Since he left to live in China, I didn’t learn much about his life, and that was already ten years ago. That he went to China, yes, it sounds like a joke, but it’s true. It appears that he even married a Chinese woman there. Nothing strange about that, since there are so many of them. Here too, there are little Chinese girls, I don’t know why he had to look for them so far away, a friend of my mother’s said.

“Israel is like a little piece,” my grandmother told me once. She pointed to the border of their car’s upholstery. They would say to her automobile. I would think of their Batmobile. “And the Arabs have all this;” she passed her hand over the rest of the car’s upholstery. I had to make a face showing that I didn’t care. For me, that had no meaning at all. My parents had never spoken to me about Israel. My grandmother always tried to inculcate something that I avoided to the best that I could. She insisted so much that I didn’t know what she was talking about, the only thing that I begged for inside was that she didn’t insist anymore.

My grandmother commented that my aunt had gone to Israel, but she hadn’t understood anything. She had spent the time ironing shirts on a kibbutz. Once, she also told me that we had become members of the Hebraic Club. I don’t remember ever having been. I think that once I saw a membership card from that club, when I was going through the drawers of my brother’s desk. The papers rose and fell, mixed with ballpoint pens, pornographic magazines and cables. Later on, my grandmother made clear that surely Mama had continued making the payments.

Some years we celebrated the Jewish New Year, we ate guifilte fish, a kind of pudding made from three different kinds of fish, surrounded by fish gelatin with carrots and little bits of parsley inside. Then, came the Matzah ball soup, and finally, roast chicken with potatoes and sweet potatoes. We ate in the dining room of my grandparents’ house. I had to go well-dressed. When I arrived, my grandfather, with his mustache and his eyeglasses, would say to me, “You get prettier every time.”

The dinners were tense; generally, they ended in irremediable offences between mama and grandma. Elsa retold in detail her journey through the fish stores in search of the proper fish for the preparation of the meal. She mentioned the consistency of each on, and how they were combined, how to replace in Buenos Aires those that they had used in the Ukraine. She also told of the search for herein, the required companion to guefilte fish. She always warned us that it was spicy. My parents gave my brother and me large glasses of water that they looked on with distain. According to my grandparents, it was harmful to drink so much water during meals. Nobody knew how these situations happened, nor, much less, how to get out of them. At times, they arose in the middle of dinner, at times during the second course. I don’t know what there was for dessert, I don’t think we ever got that far.

The dining room was large with movable doors. one of the walls was papered with a gray background on which a great dinner seemed to be drawn in a very subtle way. My grandmother Elsa explained it for those who didn’t understand of couldn’t see. There was an ample table of mahogany color and English-style chairs. The curtains were of a thick light-blue colored silk  Everything shined. First we sat in the living room to talk. At a certain moment, Elsa announced that we had to move to the dining room. There were other guests, relatives or friends of my grandparents. My grandmother had many brothers and sisters, she was the youngest of eleven, she had been born when her mother was forty-seven years old. From Russia, they had gone to the Province of San Juan. Some still lived there: Abrasha, Menasha, Liuba, Sasha and others.

For me, Russian was a Jewish language, the same as the varinikes of potato bits. My grandmother loved Russian, she taught to my brother and me. I hadn’t heard Yiddish until my grandmother told me that the understood a bit of Dutch because it had a certain similarity with the German that she had learned during her stay in Germany before embarking in Hamburg for Argentina, and, moreover, it seemed like Yiddish.

My paternal grandmother was also Jewish, but we never celebrated the Jewish holidays with her. Papa was anti-religious by definition, anything that smelled of religion disgusted him. The only thing he told me was that, as a boy, he had read a version of the Jewish Bible adapted for children. Mama slipped in, from time to time, a comment about something Jewish. It only had to do with her fear of the Nazis, in her childhood, tainted by the fear that they might reach Argentina. Everything German displeased, and it never went further than that.

Once, while were having lunch with my grandmother in the everyday dining room of her house, I told her that I didn’t understand what it meant to be a Jew. Moreover, being one didn’t seem all that important. She answered that one day they would call me “Shitty Jew” or something like that, then, my opinion would change. She told me that she had attended a German school in San Juan. “They sent me there because when we arrived in Argentina, I didn’t speak Spanish. Often I’ve been told that I spoke Spanish very well, so well that you can tell it was learned.” Then she told the story of her bench mate; one day they told her not to no longer sit by my side, her father forbade that she sit with a Jew.”

My grandmother had known way that they treated Jews in Russia. Another word she taught me was pogrom. One of her sisters or aunts had been raped during a pogrom, a spontaneous uprising against the Jews.” “To go out to kill Jews just because,” she explained to me. “And rape their women.”

One day I accompanied my grandmother during the evening of the Day of Atonement. She prepared a meal, she told me, that we would begin to eat when the first star was seen. Sometimes, she fasted, others no, it depended on how she felt. By that time, celebrations of the Jewish New Year had already stopped. They ended with the death of my grandfather, when I was three.

My interest in knowing about Israel came much later, through an Israeli girlfriend. Nothing said in my family had awakened an interest; it was a remote place where people would go who had attended activities of which I’d hardly heard spoken, to clubs like Acoaj or Macabi. And even more, with a language of which, except in wedding of a distant relative or in a Bat Mitzvah, had I heard a word. Places to which I had not belonged.

Neither the religion nor the Jewish culture we inculcated, except, for sure, the golden dome.

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Libros de Paula Varsavsky/Books by Paula Varsavsky

 

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Samuel Pecar (1922–2000) — Cuentista judío-argentino-israelí/Argentine-Israeli Jewish Short-story Writer — “El compatriota” “The Compatriot” — Espionaje/Espionage

 

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Samuel Pecar

SAMUEL PECAR (1922–2000), nació en Colonia López, una colonia agrícola en Iin Entre Ríos (Argentina). En 1930 su familia se mudó a San Fernando, en las afueras de Buenos Aires. Entre 1951 e hizo su aliá en 1962. Publicó tres libros que criticaron humorísticamente la vida de la comunidad judía en Argentina: Cuentos de Klein-ville  1954), La generación olvidada (1958); Los rebeldes y los perplejos. Cuentos casi serios 1959). Estas obras lo convirtieron en uno de los autores más representativos reconocidos por la comunidad judía argentina. Samuel Pecar continuó su trabajo literario en español, describiendo su experiencia en Israel: sus textos literarios maduros expresaron la comprensión de Pecar de los componentes utópicos del sionismo en Israel, manifestado en dos de sus novelas: Temática e ideológicamente, estas obras narran la dimensión existencial humana y La epopeya general de una nueva vida en Israel. Pecar fundó, en 1985, la Asociación de Escritores Israelíes en Español (AIELC). Coeditó, con Itzhak Gun, la antología Mi-Sham Le-Kan: Soferim Yisra’elim Kotevim Sefaradit (“Desde allí hasta aquí, los autores israelíes escriben en español”, 1994), con obras de 41 escritores. Ganó el Premio Presidente de Israel.

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SAMUEL PECAR (1922–2000), was born in Colonia López, an agricultural colony Iin Entre Rios (Argentina). In 1930 his family moved to San Fernando, in the outskirts of Buenos Aires. Between 1951 and he made his aliyah in 1962. He published three books that humorously criticized Jewish community life in Argentina: Cuentos de Klein-ville (“Stories of Smallville,” 1954), La generación olvidada (1958); Los rebeldes y los perplejos. Cuentos casi serios 1959). These works made him one of the most representative authors acknowledged by the Argentina Jewish community. Samuel Pecar continued his literary work in Spanish, describing his experience in Israel: His mature literary texts expressed Pecar’s understanding of the utopian components of Zionism in Israel, manifested in two of his novels: Thematically and ideologically, these works narrate the human existential dimension and the general epic of a new life in Israel. Pecar founded, in 1985, the Association of Israeli Writers in Spanish (AIELC). He co-edited, with Itzhak Gun, the anthology Mi-Sham Le-Kan: Soferim Yisra’elim Kotevim Sefaradit (“From There to Here, Israeli Authors Write in Spanish,” 1994), with works of 41 writers. He won the President of Israel Prize.

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“El compatriota”

“Ir por aqui. Volver por allí. No abrir eso. Buscar abajo. Buscar arriba. . .” La lista de precauciones, advertencias y reglas a las que debía ajustarse durante su misión en Entremontes, le llenaron dos hojas de papel. Un pensamiento nada simpático lo agitó en la silla. “Si algún fanático me puede abrir los sesos allá, ¿para qué demonios me metí en este baile? ¿Por qué el pasaje que me pagan? Puedo viajar a Sudamérica por mi cuenta, cuántas veces se me dé, sin arriesgarme que me baleen.” Sacudió la cabeza para alejar de sí esas salidas de pigmeo. “También aquí hay que cuidarse y a veces más que en el exterior. ¡No seas miedoso, tragalibros!”

–¿Está claro, doctor Mier?—inquirió el oficial de seguridad, con una voz pedregosa.

–Tengo un pequeño problema.

El bigotazo se corrió a un lado, descontento, cuando escuchó su plan.

–La idea no me gusta nada. Londres está plagado de terroristas.

Mijael se endulzó la voz. Una pausa de cuarenta y ocho horas en la ciudad, con su mujer, antes de volar a Entremontes. Eso es todo.  Después Sigal se traslada a la casa de unos parientes y él se va dictar clases en Cierro Alto. ¡Qué riesgo puede haber en esa corta vacación?

–Acepto, pero con una excepción. Usted y su esposa no pronuncian ni una sola palabra en hebreo delante de personas a quienes no conozcan. Castellano, o cierran la boca. Castellano, o cierran la boca. Y si alguien les pregunta de donde vienen, ustedes son turistas argentinos. ¿Está claro?

Salió de la oficina con paso irritado. Durante sus visitas anteriores había escuchado hablar a los israelíes en el idioma de la Biblia, sin miedo alguno, en cada recodo de la isla. El oficial exageraba. La euforia de Sigal lo reanimó. De acuerdo; vamos a darle el gusto al mandón. Lo que importa es pasarla bien durante esos dos días.

–Castellano, nena—le recordó en voz baja, mientras bajaron del avión.

Para demostrarle que estaba en guardia, ella le replicó en extrema en un español impecable, aderezado con el canturreo mexicano, extraído de las series televisivas. “Que hable con el acento que quiera. La cuestión es que no se vaya mara el Medio Oriente.”

Llegaron al hotel antes de del mediodía, frescos y llenos de energía, después del vuelo de cinco horas. Almorzaron, abrieron el paraguas y enfilaron hacia la Torre de Londres, el primer punto señalado en la guía turística.

–Fue un acierto haber elegido un hotel cerca del tren subterráneo—comentó Mijael, mientras subían las escaleras.

¡Ken!—asintió ella. Y al escuchar su gruñido, tradujo con rapidez: “Sí, sí”.

Mijael la observó con cara ceñuda. “Voy a tener problemas. Cuando se excita, le brotan palabras antes de que pueda retenerlas. Tengo que evitar en público, los diálogos con ella.”

La cola de turistas para entrar a la Torre era larga. Se sentaron en una plazoleta contigua. La conversación brotó en castellano, espontáneamente, sin necesidad de recurrir al autocontrol que se había propuesto Mijael.

Un hombre joven, elegante, con un enorme cámara fotográfica colgada de un hombro, surgió de golpe delante de ellos, como un fantasma inglés.

–Sí, sí. . .

–¿De Buenos Aires?”

–Exacto.

–¡Qué suerte! ¿Hace mucho que llegaron?

–Hoy. . . al mediodía.

–¿Y ya salieron a pasear después de semejante vuelo? ¡Bárbaro! Yo estoy aquí hace diez días. En realidad, no vengo de Buenos Aires, sino de Nueva York. Vivo allí desde que me divorcié, hace cuatro años. Tengo un estudio fotográfico. Pero permítanme que me presente. Me llamo Néstor—les estrechó la mano y siguió subministrado datos sobre él mismo, jovial, expansivo, sin esperar réplica.

Mijael trató de catologarlo. ¿Ladrón? ¿Cuentero?

Sigal no le quitaba los ojos de encima. Fascinada por el torrente verbal latino, del que estaba un poco deshabituada. Néstor se sentó a su lado y siguió usando el primer pronombre personal. Por suerte, no preguntaba. Tampoco miraba de frente. Poco a poco, Mijael fue bosquejando el perfil de su locuaz compatriota. Culto. Buena posición económica, fotógrafo de eventos familiares, distraído de todo que no guarde relación con su divorcio. Se refería a él como si recitara versículos del diluvio. El “yo” se fundía entonces con el “ella”, y de allí no salía, obsesionado por el cordón umbilical cortado. No por culpa suya. Fue la mujer quien lo dejó.

“Por eso se pegó a nosotros”. reparó Mijael, con una gota de piedad, al verlo gesticular mientras describía una de sus excursiones, por quién sabe qué montañas o lagos con la ex. Y en eso no hay peligro ninguno. Sigal pensó lo mismo.

–¡Nosotros también hicimos un tiul fantástico por allí—soltó.

Néstor no reaccionó ante le vocablo foráneo. Asintió, con los ojos vidriosos fijos en Sigal, sin advertir que sus labios se habían movido a contramano. “La falta de atención es la bendición del cielo”, descubrió el profesor.

–Tenemos que entrar la Torre, nena, la aferró de un brazo. ¡Vamos!

–Si, sí, entremos. Se nos hace tarde—le palmeó Néstor, y Mijael sintió deseo de aplastarle la cámara en el cráneo.

Cuando concluyeron el recorrido, el vocabulario del fotógrafo se había enriquecido con media docena de vocablos semitas que asimiló sin un pestañeo, eso es lo que más le inquietó a Mijael. ¿Es posible que sus problemas lo narcoticen en tal extremo? O se hace el imbécil, para tirarnos la lengua? El oficial de seguridad me habló de bombas y tiros, pero no de sujetos como éste. Lo peor es que mi mujer empieza a sentirse muy cómoda con él. ¡cuidado con la boquita, nena!

Néstor los acompañó hasta la estación subterránea, sin darle descanso a la blanda, Mijael le tendió la mano, y antes de que alcanzara a musitar un “mucho gusto”, el pegajoso ya se estaba invitando a visitar con ellos el museo de cera de Madame Toussot. El monólogo seguía girando en torno de ella. Resulta que Hilda (ya les estaba resultando familiar la pantera) vivía con otro. De nuevo captó en sus honduras la ola de simpatía hasta él y la frenó apretando los dientes.

En la antesala el museo fotografió a la pareja amiga, parados, sentados, con él, sin él. . .

–Después se las mando, en cuanto me den su dirección—les prometió, y Mijael sintió un puñetazo en el vientre. “Hay que escaparse”, le hizo un señal a su esposa.

–¡Un momento! ¡Ustedes no se van sin cenar conmigo! Conozco un restaurante italiano de primera.

Se negaron. Néstor no cedió. “¡Cena! ¡Cena de despedida! ¡No digan que no!”, insistía el desgraciado. Y cuando ella soltó una implorante parrafada hebraica, aceptó, para congelar la lengua.

A los postres, agradecidos y un tanto sentimentales por el vino de brindis, Mijael cruzó la mirada con la Sigal y los dos coincidieron. Hay que terminar con la farsa. Néstor es un buen muchacho, vulnerable, sufrido, inofensivo. Con cuidado, para no causarle nuevas heridas, Mijael fue deshaciendo la burda cortina del embuste, sin mencionar la segunda etapa de su viaje.

Néstor dejó de hablar. Los ojos de muñeca los contemplaron, lúcidos, como si acabara de descubrir que no eran invisibles.

–¿Ustedes son israelíes?

–Sí, nacidos en Buenos Aires—y aguadaron el veredicto, atornillados a la silla.

–¡Fíjense lo que son las cosas! Yo también soy judío. ¿No se lo dije antes? Me olvidé. Hilda me echó en la cara una vez que trato de ocultar mi origen. No es cierto. Me acuerdo que fue durante un paseo que hicimos. . .

¿Quién es este hombre? ¿Psicópata? ¿Ladrón? ¿Terrorista? ¿Cuentero? ¿Semita? ¿Antisemita?

Mijael sintió que su cuerpo se tornaba tenso, como si antes de aprender una carrera que sólo podía concluir en dos lugares: en la habitación de su hotel, entre risas, o en la calle, con un tiro en la frente.

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La Torre de Londres? The Tower of London

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The Compatriot

“Go that way. Return that way. Don’t open that. Look below. Look above. . .” The list of precautions, warnings and rules to which he had to stick during his mission in Entremontes, filled two sheets for paper. An unpleasant thought made him agitated him in his chair. “If some fanatic can open up my brains there, why in the hell, did I get involved in this mess. Why did they give me the money for the ticket? I can travel to South America on my own, whenever I feel like it, without risking being shot.” He shook his head to get away from these minor excuses. “Right here, it’s necessary to take care of yourself and sometimes more than abroad. Don’t be fearful, you bookworm!

“Is that clear, Doctor Mier?,” inquired the security official, with a gravelly voice.

“I have a small issue.”

The big mustache went out of place, displeased, when he heard his plan.

“I don’t like the idea at all. London has a plague of terrorists.

Mijael softened his voice. A pause of forty-eight hours in the city, with his wife, before flying to Entremontes. That’s all. After that, Sigal moves some relatives’ place, and he leaves to give lectures in Cierro Alto. What risk could there be in that short vacation?

“I’ll go along with that, but with one exception. You and your wife don’t speak a single word in Hebrew in front of people you don’t know. Spanish, or you keep your mouth shut. And if anyone asks you where you come from, you are Argentine tourists. Is that clear?”

He left the office somewhat irritated. During his previous visits, he had heard Israelis speak in the language of the Bible, without any fear, in every corner of the island. The officer was exasperated. The euphoria de Sigal reanimated him. Agreed, we will please the boss. What is important is to enjoy those two days.

“Spanish, my girl,” he reminded her in a low voice, while they got off the plane.

To show that she was on guard, she replied, to the extreme with impeccable Spanish, dressed up with a Mexican sing-song, taken from the television series.

“It was a wise decision to have chosen a hotel near the Underground,” Mijael commented, while they were climbing the stairs.

“Ken!, she agreed. And on hearing his growl, translated quickly: “Sí, sí.”

Mijael observed her with a frown. “I’m going to have problems, when she gets excited, words come out before she can hold them back. I have to avoid having public discussions with her.”

The line of tourists waiting to enter the Tower was long. They sat down in a contiguous little square. The conversation burst out in Spanish, spontaneously, without the need to recur to the self-control that Mijael had proposed.

“Argentines?

A young man, elegant, with an enormous camera hanging from a shoulder, suddenly surged in front of them, like some English phantom.

“Yes, yes. . .”

“From Buenos Aires?”

“Exactly.”

“What luck! How long ago did you arrive?”

“Today. . .at noon.

“And you’ve already gone out to sight-see after such a flight? Fantastic! I’ve been here for ten days. Truthfully, I didn’t come from Buenos Aires, but New York. I’ve lived there since I got divorced, four years ago. I have a photographic studio. But permit me to introduce myself. I’m Néstor—he reached out his hand to them and continued providing information about himself, jovial, expansive, without waiting for a reply.

Mijael tried to catalog him. Thief? Conman?

Sigal didn’t take her eyes off him. Fascinated by the verbal torrent of Spanish, of which she had become a bit unused to. Néstor sat at her side and continued using the first person. Luckily, he didn’t ask questions. Neither did he look straight ahead. Little by little, Mijael was sketching out the profile of his talkative compatriot. Educated. Good economic situation, photographer of family events, distracted from everything that didn’t relate with his divorce. He referred to it as if her were reciting verses about the flood. The “I” then morphed into the “she,” from there it didn’t change, obsessed by the cut umbilical cord. It wasn’t his fault. It was she who left him.

“It must be for that reason, he attached himself to us,” thought Mijael, with a bit of compassion, while he watched him gesticulating, while he described one of his excursions through who knows what mountains or lakes with the “ex.” And in this, there is no danger. Sigal thought the same.

“We also had a fantastic tiul there.”

Néstor didn’t react to the foreign word. He agreed with watery eyes fixed in Sigal, without mentioning that his lips had moved in the wrong direction. “The lack of attention is the benediction of Heaven,” the professor discovered.

“We have to enter the Tower, my girl, he grabbed he by an arme. Let’s go!”

“Yes, yes, let’s go in. It’s getting late,” Néstor patted him, and Mijael felt the desire to smash the camera on his cranium.

Néstor accompanied them to the Underground station, without out giving them any rest, Mijael offered his hand, and before he had a chance to mutter a “it’s been a pleasure”, the sticky guy was already inviting them to visit Madame Toussot’s Wax Museum with him. The monologue continued to turn around her. It happens that Hilda (they were already becoming familiar with the panther) was living with someone else. Once again, he captured himself in the depths of a wave of sympathy for him, but stopped it by clenching his teeth.

When they finished the tour, the photographer’s vocabulary had been enriched with a half dozen Semitic words that he assimilated without blinking, something that most worried Mijael. Is it possible that his problems have doped him up to such an extreme? Or, has he is playing the imbecil, to get us to talk. The security official spoke to me about bombs and shots, but of subjects like this one. The worst of it is that my wife is beginning to feel very comfortable with him. Careful with your mouth, my girl!

In the foyer, he photographed the friendly couple, standing, sitting, with him, without him. . .

“Later on, I will send them to you, provided that you give me your address, he promised them, and Mijael felt a punch in the gut. “We have to get out of here,” he signaled his wife.

“One moment, you can’t leave without having supper with me. I know a first-class Italian restaurant.

They refused. Néstor didn’t give in. A supper! A goodbye dinner! Don’t say no!, insisted the poor fellow. And when she let go an imploring Hebraic spiel, he accepted to freeze her tongue..

At dessert, thankful and a bit sentimental for the wine from the toast, Mijael crossed glances with Sigal, and the two agreed. It’s time to end the farse. Néstor is a good fellow, vulnerable, long-suffering, inoffensive. With care, so as not to cause him new wounds, Mijael was undoing the heavy curtain of the fabrication, without mentioning the second stage of his trip.

Néstor stopped speaking. His doll’s eyes contemplated them, lucid, as if he had just discoved that they were not invisible.

“You are Israelis?”

“Yes, born in Buenos Aires,” and they awaited the verdict, screwed into their seats.

“Look at how things are! I too am a Jew. Didn’t I tell you before. I forgot. Hilda once threw it in my face/reproached me that I try to hide my origin. It’s not true. I remember that it was during a trip we made. . .

“Who is this man?” {Psychopath? Thief? Terrorist? Conman? Seminte? Anti-Semite?

Mijael felt his body become tense, as if before to take in a career that could only conclude in two places: in the hotel room, among laughter, or in the street, with a shot in the forehead.

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Luis Norberto León — Cuentista judío-argentino/Argentine Jewish Short-story Writer — “Fiesta Patria” “National Holiday”

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Luis Norberto León

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Luis León se graduó de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo (FADU). Ha dicho> Tiene su estudio de arquitectura propio en Buenos Aires. donde vive con su familia,  Ha dicho que sus puntos de vista “son difíciles de definir, faciles de detectar, prefiero los hechos positivos al relato y los discursos llenos de promesas vacuas, recibir a los pueblos originarios y escuchar sus pedidos a ponerle su nombre a una sala de casa de gobierno y dejarlos esperando en la calle… en fin es fácil de deducir”.

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Luis León graduated for the School of Architecture, Design and Urbanism of the University of Buenos Aires. He has his own architectural Studio, in Buenos Aires where he lives with his family. He has stated that his views are “difficult to define, easy to detect, I prefer positive deeds to speeches full of empty promises facts of the story and the lectures full of empty promises, to receive, to receive native peoples and listen to their requests over listing their names in a government office and letting them wait in the street…so, it is each to deduce my actitud.

 

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Celebración del Feriado del 25 de Mayo/Celebration of the 25th of May Holiday                   Argentina

Fiesta patria

por

Luis León

 

Este cuento se basa en una historia verídica, extraída del testimonio grabado al Sr. Emanuel. Corrían los años cuarenta. El mundo presenciaba lo peor del virulento nazismo y en Argentina no faltaron simpatizantes que los avalaron con actos de discriminación, anti judaísmo y hasta violencia física contra grupos de la comunidad. Sólo el final feliz es imaginario, aunque el ambiente en que se desarrolla, el personaje del portero y la Escuela Francisco Desiderio Herrera son reales.

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Nissim no recordaba un 25 de mayo (1)  tan frío. Hacía casi diez años que subía al palco de madera frente a la Comisaría 27, para celebrar la fiesta patria. Es cierto que él no había nacido en este país, pero desde su llegada y aun estando arriba del barco que lo trajo,  lo adoptó como suyo. Esta tierra que aún no conocía, sería de él para siempre. Tal vez, porque le intrigó lo oscuro de las aguas frente al azul transparente del mar que miraba de niño. O a lo mejor, porque la ciudad vista a lo lejos, se le asemejó de pronto como una enorme caja de locum (2), limpia, blanca, ordenada, por consiguiente debería ser dulce como un locum, el dulce que su abuela le regalaba los sábados a la mañana al salir de la Gran Sinagoga de Izmir. Como representante de la Comunidad Sefaradí de Villa Crespo, junto a su amigo, portaban cada año una bandera de Argentina y otra judía. La primera, como símbolo de adhesión a este pueblo generoso que los recibió, la segunda en cambio, era un paño de esperanza que alguna vez podría flamear en la patria que su gente añoraba. Pero para Nissim estar allí era algo más de lo que se podía leer en su rostro, no era orgullo, sino una indescriptible gratitud. Gratitud hacia esta gente que le permitía compartir el piso de tablones, que algunos niños harían temblar en un rato, con un desgarbado malambo (3). Abajo, los vecinos, como un suave oleaje marino, iban y venían organizando su parte protagónica. Grupos de muchachos frente a la línea de largada para la carrera de embolsados y al costado del palco, recostados sobre unos postes, los dos únicos candidatos a escalar un palo enjabonado. Todos los años se presentaba la misma dupla, personajes aún jóvenes, de morochas facciones cortajeadas quizá, por los helados inviernos sureños. Uno era el repartidor de carbón, el otro sin oficio conocido. Al rondar las diez de la mañana el cielo se había cubierto de nubes haciendo más frío y húmedo el día patrio, el más patrio de los días argentinos. Nissim y sus amigos habían llegado muy temprano, como siempre. Fueron ubicados en primera fila por el comisario, viejo amigo y asiduo visitante del bar Izmir (4).Allí donde los inmigrantes sefaradíes de Villa Crespo y barrios vecinos, tomaban un anís queriendo saber por gente que hacía tiempo no veían. Pero al Negro (como se dejaba llamar el comisario) le gustaban las reuniones de los viernes por la noche. Entre comidas orientales picantes y sabrosas, y la turca moviendo sus caderas, gozaba aplaudiendo sin retaceos a los tañedores que hacían vibrar las cuerdas del ud y el mandolín al ritmo del derbaque. Quizá por eso, el Negro los puso en el palco cerca suyo, porque los sentía hermanos en la alegría, en ese difícil oficio de cuidar el orden que a veces significaba sumergirse hondo en la suciedad de los hombres. La concurrencia era ya numerosa, y el ánimo de jolgorio flotaba en los alrededores, incentivado por algunas bombas de estruendo explotadas en el playón de los bomberos. La gente disfrutaba del olor a pólvora en el aire frío de la mañana, llenando la vereda frente al Cine Rívoli. El maestro de ceremonias tardó un tiempo hasta silenciarlos, cuando comunicó que se entonaría la canción patria. A pesar que la seccional estrenaba un moderno altavoz eléctrico (de los que quizá había sólo un puñado en Buenos Aires) el himno fue voceado a pulmón, como se hizo siempre. En esas circunstancias, y tratándose del canto nacional, hubiera sido imposible aún para la maestra de música (de la Escuela Nº 2 del Distrito Escolar séptimo, Francisco Desiderio Herrera) allí presente, comprobar que desafinaban. Eran cientos de voces al unísono, algunos con la mirada movediza hacia la muchedumbre, otros con sus bocas llenas de solemnes conjugaciones, mirando al frente, jurando “con gloria morir” (5),mientras los bronces de una banda por primera vez presente en el barrio, se lucía en los pasajes más floridos de la melodía. El último “Oh juremos…” (5) desató los esperados aplausos. Sin ellos, el himno no termina; es difícil imaginar un final de la canción patria sin esas palmas que suben de nivel por unos segundos para desgranarse al fin en trozos, hasta desaparecer. Tras el llamado a silencio del locutor, que forzaba su garganta ante la falla del nuevo equipo, llegó el discurso de apertura. Nissim giró la cabeza y detrás de su amigo José, vio el palco colmado con varios conocidos, los del club social. La palabra “vecino”, pronunciada con énfasis por el comisario, reclamó su mirada al frente. Vecino era más que vecino. Vecino era hermano, compatriota de otra nacionalidad, era inmigrantes de diferentes latitudes, el carbonero Lorenzo entregando una negra bolsa en casa del rabino, el gallego del almacén de Camargo tratando de cortejar a la prima solterona de José, eran todos uno, sin diferencias, una enorme familia sacando frutos de la tierra entre calles del barrio a orillas del Maldonado, que cuando se inundaba sin piedad y el tranvía no se le animaba, sacaban los botes de su escondite para cruzar a los más exigidos. Nadie escatimó aplausos, sabían que no era un policía cualquiera. Al Negro, casi lo mata el tranvía el día que doña Clara cayó al suelo, cruzando imprudente la avenida; meses después, la historia volvía a circular como un escudo, que prendido en la gente, lo enorgullecía al exhibirlo. Fue él que al terminar, llamó a decir unas palabras al cura. A Nissim lo sorprendió que no fuera Bernardo (nombre paradójico), el párroco de San Bernardo, quien hablara. Dio vuelta su cabeza para descubrirlo entre los concurrentes, pero no estaba. El padre Bernardo, era un grandote bonachón con quien tomaba café a menudo, compartiendo historias de malevos y compadritos. El que comenzó a hablar en cambio, era un hombrecito diminuto de cara afilada y prominente nariz, cuya expresión producía miedo. A Nissim le costaba seguir el discurso, pues en las primeras frases ya había incluido una decena de veces la palabra Jesús, sin temor a agotar el nombre del Redentor antes de finalizar. El cura de mirada incisiva, giró su cabeza y Nissim absorto lo oyó decir – ¿qué hace entre estas, la bandera de un país inexistente?, y señaló como apuntando con un arma la bandera hebrea, – este paño que erosiona lo profundo del ser cristiano, porque precisamente es la insignia de los deicidas – Tanto él como su amigo José, comprendieron antes que el resto. No eran simples palabras del oscuro personaje en su negro atuendo. Buscaba unir odios perdidos, despertar difusos rencores en los difíciles principios de los años cuarenta. No quisieron que el comisario, que recién se daba por enterado del monótono chorro de odio encerrado en las palabras, se viera presionado a actuar. Ambos guardaron rápidamente la bandera que sostenían, enrollándola en torno al mástil, y con un pedido de permiso que no alcanzó a salir de sus gargantas, abandonaron el palco. Fueron sólo unos metros hasta la esquina de Acevedo, y doblaron donde estaba despejado de gente. No atinaron a mirarse, invadidos de una vergüenza infinita que opacó odio y estupor, caminaron con pasos largos y ligeros. En Camargo, vieron entornada una de las puertas del colegio; tenían, sin haberlo acordado, un solo objetivo: llegar a depositar las banderas en la habitación delantera de la sinagoga, quizá luego, podrían hablar de lo sucedido. Un llamado los sorprendió, como esperando que la historia volviera atrás, se detuvieron. Un Nissim, pronunciado por un hombre viejo, lo hizo mirar a su espalda. Era Roldán, el portero del Francisco Desiderio Herrera, que asomado a la vereda, lo reconoció y lo reclamaba. Nissim hubiera deseado no hablarle, no había manera de descorrer las palabras que habían quedado atravesadas en su interior, pero se acercó. – Qué elegante don Nissim – le dijo el hombre – cuánto hace que no se toma un mate en la portería, agregó invitador. Mi mujer está aprendiendo la receta de esos dulces que le pasó su señora, que a cambio le confió el secreto de nuestras empanadas correntinas -. Días después, ni él ni José (su entrañable amigo y compañero de travesía), se acordarían de lo escuchado en el portón del colegio, tampoco si la charla duró unos segundos o el monólogo del viejo Roldán fue largo. Sólo les quedó a ambos en el recuerdo, la presión del fuerte abrazo de despedida, y el saludo en guaraní que Roldán, como solía hacerlo, les brindó con afecto. Al alejarse unos pasos de la puerta del colegio, con una sonrisa cómplice, como niños, cada uno desplegó la bandera que portaba, acomodando sobre sus hombros los paños colgantes y avanzaron con paso marcial. Y así como gloriosos sobrevivientes de la primera línea de un ejército diezmado, marcharon los cien metros hasta entrar en la sinagoga. – Apuremos que quizá comience a llover y mi sobretodo nuevo puede arruinarse, dijo Nissim. – Sí, vamos que las mujeres deben estar esperándonos con las empanadas correntinas, respondió su amigo, abrochándose el abrigo para salir a la calle., abotonándose su abrigo.

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(1) El 25 de Mayo, se creó el primer gobierno patrio en Buenos Aires, independiente de la corona española. Es por lo tanto un día festivo y de celebración en Argentina.

(2) Tipo de bombones de Medio Oriente.

(3) El malambo es un zapateo individual o grupal, del folklore criollo argentino.

(4) Hoy demolido, fue el más famoso bar de concurrencia de judíos sefardíes, ubicado en el tradicional barrio de Villa Crespo, donde se comía, bebía y en ciertos días, concurrían músicos tradicionales y alguna bailarina oriental.

(5) Frase con que concluye el himno nacional argentino.

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Escuela º7  Francisco Desiderio Herrera

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Dos banderas

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National Holiday

by

Luis Norberto León

 

This short-story is based on a real event, extracted from the recorded testimony of Mr., Emanuel. It was the 1940s. The world was witnessing the worst of virulent Nazism, and in Argentina there was no lack of sympathizers who supported the Nazis with acts of violence, anti-Semitism and even physical violence against Jewish groups. Only the end of the story is imaginary, although the atmosphere in which is takes place, the character of the janitor and also the Francisco Desiderio Herrera School are real.

 

Nissim couldn’t remember a 25th of May so cold. (1) It had been almost ten years since he went up the wooden seat in front of the 27th precinct to celebrate the national holiday. It’s true that he hadn’t been born in this country, but since his arrival and even being aboard  the ship that brought him, he adopted it as his own. This country that he didn’t know would be his forever. Perhaps, because he was intrigued by the darkness of the waters compared with the transparent blue of the sea that he saw as a child. O more likely, because the city, seen from afar, soon seemed to him like an enormous box of locum (2), clean, white, orderly, and therefore ought to be as sweet as a locum, the candy that his grandmother gave him on Saturday mornings as he left for the Great Synagogue of Izmir.  As Representative of the Sephardic Community of Villa Crespo, together with his friend, each year carried an Argentine flag and a Jewish one. The first, as a symbol of belonging to this generous country that received them, the second, on the other hand, was a banner of hope that one day might wave in the country that their people longed for. But for Nissim to be there was something more than could be seen in his face, it wasn’t pride, but an indescribable gratitude. Gratitude toward this people that allowed him to share the dance floor, that some children would shake for a while with an awkward malambo (3) dancing. Below, the neighbors, like a soft sea wave, came and went organizing the part they were to play. Groups of boys front of the starting line for the sack race  and at the side of the  gallery, leaning on the posts, the only two candidates, to climb a soaped pole. Every year the same pair showed up, very young fellows, dark skinned chizzled faces, perhaps because of the frozen southern winters. One was a coal seller, the other of unknown occupation. At about ten in the morning, the sky had covered with clouds, making colder and more humid the holiday, the most important holiday for the argentinos. Nissim and his friends had arrived very early, as always. s They were placed in the front row by the commissioner , old friend and assiduous visiter of to the Izmir Bar.(4).Nobody skimped on applause, they knew that he was just any old policeman. Blacky, was almost killed the day that doña Clara fell to the ground, imprudently crossing the avenue; months thereafter, the story continued to circulate like an emblem, that, fastened to the people, made them proud to wear it. It was he, who on finishing, called on a priest to say a few words. Nissim was surprised that it wasn’t Bernardo (paradoxical name), the parish priest of San Bernardo, who spoke. He looked around to see if he could find him among the attendees, but he wasn’t there. Father Bernardo was large, good-hearted man with whom he often drank  coffee, sharing stories of thugs and troublemakers. The priest who began to speak, on the other hand, was a diminutive small man with a sharp face and prominent nose, whose expression brought forth fear. It was difficult for Nissim to follow the speech, since in the first phrases he had already included the word Jesus a dozen of times, without fearing use up the name of the Redeemer before ending. The priest with the incisive , turned his head toward Nissim who, engrossed, heard him say, “What is it doing with the others here, the flag of an inexistent country?” And he pointed as if he were aiming a gun at the Jewish flag, “This rag that erodes the profundity of the Christian being, because it is precisely the insignia of the deicides.” Nissim, like his friend José, understood before the rest. These were not simple words of an obscure figure in his black outfit. He was trying to bring together old hatreds, awaken vague resentments in the early days for the forties. They didn’t wait  until the commissioner, who just understood from the outpouring of hatred enclosed the words, felt it necessary to act. They two rapidly put away the flag they were carrying, rolling it up around the flagpole, and with a request to move by that didn’t reach succeed in escaping their throats, left the stands. It was only a few meters to the corner of Acevedo, and they turned where it was clear of people. They weren’t able to look at each other, invaded by an infinite shame that overshadowed hatred and stupor. They walked with long and light steps. In Camargo, they saw that one of the doors of the school was ajar. They had, without having agreed on it, a solo objective:  to be able to leave the flags in the front room of the synagogue. Perhaps then, they would be able to talk about what happened. A shout surprised them. As if hoping that history would reverse itself, they stopped. “Nissim”, pronounced by an old man, made him look back. It was Roldán, the janitor of Francisco Desiderio Herrera, who standing/appearing on the sidewalk, recognized him and called him back. Nissim would have preferred not to speak to him; there was no way to restrain the words that had continued to cross his insides, but he came closer. “How elegant, don Nissim,” the man said to him,” “how long has it been that we haven’t had mate together in the porter’s apartment, he added, invitingly. My wife is learning the recipe for those sweets that your mother gave her; in exchange, she entrusted her with the secret of our Corrientes-style empanadas.” Days later, neither he nor José (his close friend  and partner-in-crime) would remember what they heard in entrance to the school, nor if the chat lasted a few seconds or if Roldán’s monologue was very long. The only thing the two remembered was the pressure of the strong goodbye hug, and the greeting in guarani, that Roldán, as he was accustomed to do, gave them affectionately. On distancing themselves a few steps from the high school door, with a complicit smile, like children, each one unfurled the flag that he was carrying, placing on their shoulders the hanging cloth and advanced at a military pace. And like the glorious survivors of the first line of a decimated army, they marched the ten meters to the synagogue. “Let’s hurry because I think it’s going to rain, and my new coat could get ruined,” Nissim said. “Yes, let’s go. The girls must be waiting for us with Corrientes-style empanadas,” his friend responded, buttoning up his overcoat in order to go out onto the street.

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(1) The 25th of May, The first patriotic government was created in Buenos Aires,            independent of the Spanish government. For that reason, it is a holiday and day of celebration in Argentina.

(2)Type of candies from the Middle East.

(3)  The “Malambo” is a tap-dance, done individually or in groups, taken from Argentine rural folklore.

(4) Now demolished, the Izmir Bar was the most famous of those of the Sephardic Jews, located in the traditional Villa Crespo neighborhood , where you ate and drank and, on some days, brought together traditional musicians and an Oriental dance.

(5(  The phrase that ends the Argentine National Anthem.