Paula Varsavsky — Novelista, cuentista y traductora judío-argentina/Argentine Jewish Novelist, Short-story Writer and Translator — “Cúpula dorada” “Golden Dome”

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Paula Varsavsky

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“Cúpula Dorada”

No bien vi la cúpula dorada que se asomaba por encima de la Ciudad Vieja, lo supe: mi abuela nos había regalado un juego con piezas de madera para armar la Ciudad Vieja de Jerusalén.

Lo armamos decenas de veces en un cuarto de la casa de mis abuelos en la Avenida Libertador. El departamento al que yo hubiese querido mudar, sin mi abuela Elsa, claro. Muchas veces le preguntaba qué tal si nos cambiaba de casa, nosotros íbamos a vivir allí y ella a la nuestra. El cuarto donde armábamos la Ciudad Vieja era el que había sido de mi tía. Teníamos las piezas guardadas n una caja y había también una lámina que poníamos debajo. Debía indicar dónde iba cada parte. También traía las murallas.

Yo no sabía nada sobre Israel y muy poco sobre el judaísmo. Mi hermano y yo lo amábamos. Siempre jaqueada por la mirada inquisidora de mi hermano que me decía que pronunciaba mal las palabras o me preguntaba datos que yo jamás sabía contestar. Me llevaba cinco años. Y digo que me llevaba porque ahora no me lleva años y yo tampoco a él. A partir que se fue a vivir a China, no supe más de su vida y de eso va ya diez años. Que se fue a China, sí, suena a un chiste pero es verdad. Allí parece que se casó con una china inclusive. Nada extraño, ya que hay tantas. Aquí también hay chinitas, no sé para qué se fue a buscarla tan lejos, decía un amigo de mi mamá.

“Israel es como un pedacito”, me dijo una vez mi abuela. Señalaba una franja del tapizada del auto de ellos. Le decían el automóvil. Yo pensaba en su batimóvil. “Y los árabes tienen todo esto”, pasó la mano por el resto del tapizado del auto. La debo hacer mirada con cara de qué me importa. Para mí, eso no tenía ningún significado. Mis padres nunca me habían hablado de Israel. Mi abuela siempre intentaba inculcarme algo que yo evitaba todo lo podía. Insistía tanto que yo no sabía de qué hablaba, lo único que me rogaba internamente era que no insistiera más.

Mi abuela comentaba que mi tía había ido a Israel, pero no había entendía nada. Se lo había pasado planchando camisas en un kibutz. Una vez también me dijo que nos había hecho socios del Club Hebraica. No recuerdo haber ido, creo que alguna vez vi un carnet de ese club mientras revolvía los cajones del escritorio de mi hermano. Los papeles bajaban y subían mezclados con lapiceras, revistas pornográficas y cables. Después mi abuela me aclaró que seguramente, mamá no había seguido pagando las cuotas.

Algunos años festejamos Año Nuevo Judío, comíamos guefilte fish, un budín hecho de tres pescados, rodeado de gelatina de pescado con zanahorias y pedacitos de perejil adentro. Después venía la sopa con bolas de matzah; por último, pollo al horno con papas y batatas. Cenábamos en el comedor de la casa de mis abuelos. Tenía que ir bien vestida. Cuando llegaba, mi abuelo, con sus bigotes y sus anteojos, me decía, “Cada vez estás más linda”.

Las cenas eran tensas; por lo general, terminaban en irremediables ofensas entre mamá y la abuela. Elsa relataba en detalle su periplo por las pescaderías en busca de los pescados adecuados para la preparación de la comida. Se refería a la consistencia de cada uno, y cómo se combinaban, a cómo reemplazaban en Buenos Aires los que habían usado en Ucrania. También contaba sobre la búsqueda de jrein, compañero infaltable del guefilte fish.  Siempre nos avisaba que era picante. A mi hermano y a mí nos ponían grandes vasos de agua que miraban con deprecio. Según mis abuelos, hacía mal tomar tanta agua durante las comidas. Eran situaciones a las que nadie entendía cómo se llegaba, y menos aún, cómo se salía de ella. A veces se interrumpían por la mitad, a veces en el segundo plato. No sé qué había de postre, no creo que llegáramos.

El comedor era grande, con puertas corredizas. En una de las paredes tenía un empapelado de fondo gris donde aparecía dibujada, en forma mu sutil, una gran cena. Mi abuela Elsa lo explicaba para quienes no entendían o no veían. Había una amplia mesa de color caoba y sillas estilo inglés. Las cortinas eran de una seda gruesa color azul claro. Todo relucía. Primero nos sentábamos un rato en el living a conversar. En algún momento, Elsa anunciaba que teníamos que pasar al comedor. Había otros invitados, parientes o amigos de mis abuelos. Mi abuela tenía muchos hermanos, era a la menor de once, había nacido cuando su madre tenía cuarenta y siete años. Desde Rusia habían ido a la provincia de San Juan. Algunos todavía vivían allí: Abrasha, Menasha, Liuba, Sasha y otros más.

Para mí, el ruso era un idioma judío, lo mismo que los barenikes de guindas de papas. Mi abuela amaba el ruso, nos lo enseñaba a mi hermano y a mí. Del yiddish no había oído hasta que mi abuela me dijo que entendía algo de holandés porque tenía cierta semejanza con el alemán que ella había aprendido durante su estadía en Alemania antes en embarcar en Hamburgo hacia la Argentina, y además se parecía al yiddish.

Mi abuela paterna también era judía, pero con ella nunca festejamos fiestas judías. Papá era anti-religioso por definición: todo lo que oliera  a religión le disgustaba. Lo único que me contó fue que, de chico, había leído un a versión de la biblia judía adaptada para niños. Mamá deslizaba, de vez en cunando, un comentario sobre algo judío. Parecía detenerse solamente en el miedo a los nazis, en su infancia, teñida del temor a que llegaran a la Argentina. Todo lo alemán le disgustaba y no iba más allá de eso.

Cierta vez, mientras almorzamos con mi abuela en el comedor diario de la casa, le dije que no entendía qué era ser judío.  Además, me parecía que serlo no era intrascendente. Me contestó que algún día me dirían “judía de mierda” o algo por el estilo, entonces, mi opinión cambiaría. Me contó que ella había asistido a una escuela alemana en San Juan. “Me mandaron allí porque cuando llegamos a la Argentina hablaba ruso y alemán, no sabía castellano. Muchas veces me dijeron muy bien castellano, tan bien que se nota es aprendido”.  Luego relató la historia de su compañera de banco: un día le anunció que no se sentara más a su lado, el papá le prohibió sentarse con una judía”.

Mi abuela había conocido la forma en que se trataba a los judíos en Rusia. Otra palabra que me enseñó fue pogrom. Alguna de sus hermanas o tías había sido violada en un pogrom, un levantamiento espontáneo en contra los judíos. “Salir a matarlos así porque sí”, me explicaba. “Y violar a sus mujeres”.

Una vez acompañé a mi abuela durante la tarde en el Día del Perdón. Preparó una comida que, me dijo, empezaríamos a comerla cuando saliera la primera estrella. Ella a veces ayunaba y otras no, dependía de cómo se sintiese. Para ese entonces, las celebraciones del Año Nuevo Judío “en familia” ya habían terminado. Finalizaron luego de la muerte de mi abuelo, cuando yo tenía tres años.

Mi interés por conocer Israel vino mucho más tarde, por una amiga israelí. Nada de lo que me habían dicho en mi familia había despertado interés: era un lugar remoto donde iba gente que había asistido a actividades de las que apenas había oído hablar, a clubes cuyos nombres escasamente me sonaban conocidos como Acoaj o Macabi. Y aún más, a un idioma de que jamás, salvo en un casamiento de un pariente lejano o en un Bat Mitzvah, había oído alguna palabra.  Lugares a los que no había pertenecido.

Ni la religión ni la cultura judía me fueron inculcadas, salvo, por cierto, la cúpula dorada.

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“Golden Dome”

I barely saw the golden dome that stuck out above the Old City, I learned it: my grandmother had given us a game with pieces of wood for putting together the Old City of Jerusalem.

We put it together dozens of times in a room in my grandparents’ house on Libertador Avenue. That was the apartment to which I would have liked to move, without my grandmother Elsa, of course. I asked her many times how about it if we exchanged houses, we would go to live there and she to our place. The room where we built the Old City was the one that had been my aunt’s. We kept the pieces in a box and also had a metal sheet that we put underneath. It was supposed to indicate where each piece went. Also, it had the walls inside.

I didn’t know anything about Israel and very little about Judaism. My brother and I loved each other. I always harassed by the Inquisitorial gaze of my brother who told me I mispronounced words or asked me for bits of information that I never knew. He was five years older than. And I say that he was, because now he is not older than I nor I of him. Since he left to live in China, I didn’t learn much about his life, and that was already ten years ago. That he went to China, yes, it sounds like a joke, but it’s true. It appears that he even married a Chinese woman there. Nothing strange about that, since there are so many of them. Here too, there are little Chinese girls, I don’t know why he had to look for them so far away, a friend of my mother’s said.

“Israel is like a little piece,” my grandmother told me once. She pointed to the border of their car’s upholstery. They would say to her automobile. I would think of their Batmobile. “And the Arabs have all this;” she passed her hand over the rest of the car’s upholstery. I had to make a face showing that I didn’t care. For me, that had no meaning at all. My parents had never spoken to me about Israel. My grandmother always tried to inculcate something that I avoided to the best that I could. She insisted so much that I didn’t know what she was talking about, the only thing that I begged for inside was that she didn’t insist anymore.

My grandmother commented that my aunt had gone to Israel, but she hadn’t understood anything. She had spent the time ironing shirts on a kibbutz. Once, she also told me that we had become members of the Hebraic Club. I don’t remember ever having been. I think that once I saw a membership card from that club, when I was going through the drawers of my brother’s desk. The papers rose and fell, mixed with ballpoint pens, pornographic magazines and cables. Later on, my grandmother made clear that surely Mama had continued making the payments.

Some years we celebrated the Jewish New Year, we ate guifilte fish, a kind of pudding made from three different kinds of fish, surrounded by fish gelatin with carrots and little bits of parsley inside. Then, came the Matzah ball soup, and finally, roast chicken with potatoes and sweet potatoes. We ate in the dining room of my grandparents’ house. I had to go well-dressed. When I arrived, my grandfather, with his mustache and his eyeglasses, would say to me, “You get prettier every time.”

The dinners were tense; generally, they ended in irremediable offences between mama and grandma. Elsa retold in detail her journey through the fish stores in search of the proper fish for the preparation of the meal. She mentioned the consistency of each on, and how they were combined, how to replace in Buenos Aires those that they had used in the Ukraine. She also told of the search for herein, the required companion to guefilte fish. She always warned us that it was spicy. My parents gave my brother and me large glasses of water that they looked on with distain. According to my grandparents, it was harmful to drink so much water during meals. Nobody knew how these situations happened, nor, much less, how to get out of them. At times, they arose in the middle of dinner, at times during the second course. I don’t know what there was for dessert, I don’t think we ever got that far.

The dining room was large with movable doors. one of the walls was papered with a gray background on which a great dinner seemed to be drawn in a very subtle way. My grandmother Elsa explained it for those who didn’t understand of couldn’t see. There was an ample table of mahogany color and English-style chairs. The curtains were of a thick light-blue colored silk  Everything shined. First we sat in the living room to talk. At a certain moment, Elsa announced that we had to move to the dining room. There were other guests, relatives or friends of my grandparents. My grandmother had many brothers and sisters, she was the youngest of eleven, she had been born when her mother was forty-seven years old. From Russia, they had gone to the Province of San Juan. Some still lived there: Abrasha, Menasha, Liuba, Sasha and others.

For me, Russian was a Jewish language, the same as the varinikes of potato bits. My grandmother loved Russian, she taught to my brother and me. I hadn’t heard Yiddish until my grandmother told me that the understood a bit of Dutch because it had a certain similarity with the German that she had learned during her stay in Germany before embarking in Hamburg for Argentina, and, moreover, it seemed like Yiddish.

My paternal grandmother was also Jewish, but we never celebrated the Jewish holidays with her. Papa was anti-religious by definition, anything that smelled of religion disgusted him. The only thing he told me was that, as a boy, he had read a version of the Jewish Bible adapted for children. Mama slipped in, from time to time, a comment about something Jewish. It only had to do with her fear of the Nazis, in her childhood, tainted by the fear that they might reach Argentina. Everything German displeased, and it never went further than that.

Once, while were having lunch with my grandmother in the everyday dining room of her house, I told her that I didn’t understand what it meant to be a Jew. Moreover, being one didn’t seem all that important. She answered that one day they would call me “Shitty Jew” or something like that, then, my opinion would change. She told me that she had attended a German school in San Juan. “They sent me there because when we arrived in Argentina, I didn’t speak Spanish. Often I’ve been told that I spoke Spanish very well, so well that you can tell it was learned.” Then she told the story of her bench mate; one day they told her not to no longer sit by my side, her father forbade that she sit with a Jew.”

My grandmother had known way that they treated Jews in Russia. Another word she taught me was pogrom. One of her sisters or aunts had been raped during a pogrom, a spontaneous uprising against the Jews.” “To go out to kill Jews just because,” she explained to me. “And rape their women.”

One day I accompanied my grandmother during the evening of the Day of Atonement. She prepared a meal, she told me, that we would begin to eat when the first star was seen. Sometimes, she fasted, others no, it depended on how she felt. By that time, celebrations of the Jewish New Year had already stopped. They ended with the death of my grandfather, when I was three.

My interest in knowing about Israel came much later, through an Israeli girlfriend. Nothing said in my family had awakened an interest; it was a remote place where people would go who had attended activities of which I’d hardly heard spoken, to clubs like Acoaj or Macabi. And even more, with a language of which, except in wedding of a distant relative or in a Bat Mitzvah, had I heard a word. Places to which I had not belonged.

Neither the religion nor the Jewish culture we inculcated, except, for sure, the golden dome.

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Libros de Paula Varsavsky/Books by Paula Varsavsky

 

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Samuel Pecar (1922–2000) — Cuentista judío-argentino-israelí/Argentine-Israeli Jewish Short-story Writer — “El compatriota” “The Compatriot”

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Samuel Pecar

SAMUEL PECAR (1922–2000), nació en Colonia López, una colonia agrícola en Iin Entre Ríos (Argentina). En 1930 su familia se mudó a San Fernando, en las afueras de Buenos Aires. Entre 1951 e hizo su aliá en 1962. Publicó tres libros que criticaron humorísticamente la vida de la comunidad judía en Argentina: Cuentos de Klein-ville  1954), La generación olvidada (1958); Los rebeldes y los perplejos. Cuentos casi serios 1959). Estas obras lo convirtieron en uno de los autores más representativos reconocidos por la comunidad judía argentina. Samuel Pecar continuó su trabajo literario en español, describiendo su experiencia en Israel: sus textos literarios maduros expresaron la comprensión de Pecar de los componentes utópicos del sionismo en Israel, manifestado en dos de sus novelas: Temática e ideológicamente, estas obras narran la dimensión existencial humana y La epopeya general de una nueva vida en Israel. Pecar fundó, en 1985, la Asociación de Escritores Israelíes en Español (AIELC). Coeditó, con Itzhak Gun, la antología Mi-Sham Le-Kan: Soferim Yisra’elim Kotevim Sefaradit (“Desde allí hasta aquí, los autores israelíes escriben en español”, 1994), con obras de 41 escritores. Ganó el Premio Presidente de Israel.

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SAMUEL PECAR (1922–2000), was born in Colonia López, an agricultural colony Iin Entre Rios (Argentina). In 1930 his family moved to San Fernando, in the outskirts of Buenos Aires. Between 1951 and he made his aliyah in 1962. He published three books that humorously criticized Jewish community life in Argentina: Cuentos de Klein-ville (“Stories of Smallville,” 1954), La generación olvidada (1958); Los rebeldes y los perplejos. Cuentos casi serios 1959). These works made him one of the most representative authors acknowledged by the Argentina Jewish community. Samuel Pecar continued his literary work in Spanish, describing his experience in Israel: His mature literary texts expressed Pecar’s understanding of the utopian components of Zionism in Israel, manifested in two of his novels: Thematically and ideologically, these works narrate the human existential dimension and the general epic of a new life in Israel. Pecar founded, in 1985, the Association of Israeli Writers in Spanish (AIELC). He co-edited, with Itzhak Gun, the anthology Mi-Sham Le-Kan: Soferim Yisra’elim Kotevim Sefaradit (“From There to Here, Israeli Authors Write in Spanish,” 1994), with works of 41 writers. He won the President of Israel Prize.

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“El compatriota”

“Ir por aqui. Volver por allí. No abrir eso. Buscar abajo. Buscar arriba. . .” La lista de precauciones, advertencias y reglas a las que debía ajustarse durante su misión en Entremontes, le llenaron dos hojas de papel. Un pensamiento nada simpático lo agitó en la silla. “Si algún fanático me puede abrir los sesos allá, ¿para qué demonios me metí en este baile? ¿Por qué el pasaje que me pagan? Puedo viajar a Sudamérica por mi cuenta, cuántas veces se me dé, sin arriesgarme que me baleen.” Sacudió la cabeza para alejar de sí esas salidas de pigmeo. “También aquí hay que cuidarse y a veces más que en el exterior. ¡No seas miedoso, tragalibros!”

–¿Está claro, doctor Mier?—inquirió el oficial de seguridad, con una voz pedregosa.

–Tengo un pequeño problema.

El bigotazo se corrió a un lado, descontento, cuando escuchó su plan.

–La idea no me gusta nada. Londres está plagado de terroristas.

Mijael se endulzó la voz. Una pausa de cuarenta y ocho horas en la ciudad, con su mujer, antes de volar a Entremontes. Eso es todo.  Después Sigal se traslada a la casa de unos parientes y él se va dictar clases en Cierro Alto. ¡Qué riesgo puede haber en esa corta vacación?

–Acepto, pero con una excepción. Usted y su esposa no pronuncian ni una sola palabra en hebreo delante de personas a quienes no conozcan. Castellano, o cierran la boca. Castellano, o cierran la boca. Y si alguien les pregunta de donde vienen, ustedes son turistas argentinos. ¿Está claro?

Salió de la oficina con paso irritado. Durante sus visitas anteriores había escuchado hablar a los israelíes en el idioma de la Biblia, sin miedo alguno, en cada recodo de la isla. El oficial exageraba. La euforia de Sigal lo reanimó. De acuerdo; vamos a darle el gusto al mandón. Lo que importa es pasarla bien durante esos dos días.

–Castellano, nena—le recordó en voz baja, mientras bajaron del avión.

Para demostrarle que estaba en guardia, ella le replicó en extrema en un español impecable, aderezado con el canturreo mexicano, extraído de las series televisivas. “Que hable con el acento que quiera. La cuestión es que no se vaya mara el Medio Oriente.”

Llegaron al hotel antes de del mediodía, frescos y llenos de energía, después del vuelo de cinco horas. Almorzaron, abrieron el paraguas y enfilaron hacia la Torre de Londres, el primer punto señalado en la guía turística.

–Fue un acierto haber elegido un hotel cerca del tren subterráneo—comentó Mijael, mientras subían las escaleras.

¡Ken!—asintió ella. Y al escuchar su gruñido, tradujo con rapidez: “Sí, sí”.

Mijael la observó con cara ceñuda. “Voy a tener problemas. Cuando se excita, le brotan palabras antes de que pueda retenerlas. Tengo que evitar en público, los diálogos con ella.”

La cola de turistas para entrar a la Torre era larga. Se sentaron en una plazoleta contigua. La conversación brotó en castellano, espontáneamente, sin necesidad de recurrir al autocontrol que se había propuesto Mijael.

Un hombre joven, elegante, con un enorme cámara fotográfica colgada de un hombro, surgió de golpe delante de ellos, como un fantasma inglés.

–Sí, sí. . .

–¿De Buenos Aires?”

–Exacto.

–¡Qué suerte! ¿Hace mucho que llegaron?

–Hoy. . . al mediodía.

–¿Y ya salieron a pasear después de semejante vuelo? ¡Bárbaro! Yo estoy aquí hace diez días. En realidad, no vengo de Buenos Aires, sino de Nueva York. Vivo allí desde que me divorcié, hace cuatro años. Tengo un estudio fotográfico. Pero permítanme que me presente. Me llamo Néstor—les estrechó la mano y siguió subministrado datos sobre él mismo, jovial, expansivo, sin esperar réplica.

Mijael trató de catologarlo. ¿Ladrón? ¿Cuentero?

Sigal no le quitaba los ojos de encima. Fascinada por el torrente verbal latino, del que estaba un poco deshabituada. Néstor se sentó a su lado y siguió usando el primer pronombre personal. Por suerte, no preguntaba. Tampoco miraba de frente. Poco a poco, Mijael fue bosquejando el perfil de su locuaz compatriota. Culto. Buena posición económica, fotógrafo de eventos familiares, distraído de todo que no guarde relación con su divorcio. Se refería a él como si recitara versículos del diluvio. El “yo” se fundía entonces con el “ella”, y de allí no salía, obsesionado por el cordón umbilical cortado. No por culpa suya. Fue la mujer quien lo dejó.

“Por eso se pegó a nosotros”. reparó Mijael, con una gota de piedad, al verlo gesticular mientras describía una de sus excursiones, por quién sabe qué montañas o lagos con la ex. Y en eso no hay peligro ninguno. Sigal pensó lo mismo.

–¡Nosotros también hicimos un tiul fantástico por allí—soltó.

Néstor no reaccionó ante le vocablo foráneo. Asintió, con los ojos vidriosos fijos en Sigal, sin advertir que sus labios se habían movido a contramano. “La falta de atención es la bendición del cielo”, descubrió el profesor.

–Tenemos que entrar la Torre, nena, la aferró de un brazo. ¡Vamos!

–Si, sí, entremos. Se nos hace tarde—le palmeó Néstor, y Mijael sintió deseo de aplastarle la cámara en el cráneo.

Cuando concluyeron el recorrido, el vocabulario del fotógrafo se había enriquecido con media docena de vocablos semitas que asimiló sin un pestañeo, eso es lo que más le inquietó a Mijael. ¿Es posible que sus problemas lo narcoticen en tal extremo? O se hace el imbécil, para tirarnos la lengua? El oficial de seguridad me habló de bombas y tiros, pero no de sujetos como éste. Lo peor es que mi mujer empieza a sentirse muy cómoda con él. ¡cuidado con la boquita, nena!

Néstor los acompañó hasta la estación subterránea, sin darle descanso a la blanda, Mijael le tendió la mano, y antes de que alcanzara a musitar un “mucho gusto”, el pegajoso ya se estaba invitando a visitar con ellos el museo de cera de Madame Toussot. El monólogo seguía girando en torno de ella. Resulta que Hilda (ya les estaba resultando familiar la pantera) vivía con otro. De nuevo captó en sus honduras la ola de simpatía hasta él y la frenó apretando los dientes.

En la antesala el museo fotografió a la pareja amiga, parados, sentados, con él, sin él. . .

–Después se las mando, en cuanto me den su dirección—les prometió, y Mijael sintió un puñetazo en el vientre. “Hay que escaparse”, le hizo un señal a su esposa.

–¡Un momento! ¡Ustedes no se van sin cenar conmigo! Conozco un restaurante italiano de primera.

Se negaron. Néstor no cedió. “¡Cena! ¡Cena de despidida! ¡No digan que no!”, insistía el desgraciado. Y cuando ella soltó una implorante parrafada hebraica, aceptó, para congelar la lengua.

A los postres, agradecidos y un tanto sentimentales por el vino de brindis, Mijael cruzó la mirada con la Sigal y los dos coincidieron. Hay que terminar con la farsa. Néstor es un buen muchacho, vulnerable, sufrido, inofensivo. Con cuidado, para no causarle nuevas heridas, Mijael fue deshaciendo la burda cortina del embuste, sin mencionar la segunda etapa de su viaje.

Néstor dejó de hablar. Los ojos de muñeca los contemplaron, lúcidos, como si acabara de descubrir que no eran invisibles.

–¿Ustedes son israelíes?

–Sí, nacidos en Buenos Aires—y aguadaron el veredicto, atornillados a la silla.

–¡Fíjense lo que son las cosas! Yo también soy judío. ¿No se lo dije antes? Me olvidé. Hilda me echó en la cara una vez que trato de ocultar mi origen. No es cierto. Me acuerdo que fue durante un paseo que hicimos. . .

¿Quién es este hombre? ¿Psicópata? ¿Ladrón? ¿Terrorista? ¿Cuentero? ¿Semita? ¿Antisemita?

Mijael sintió que su cuerpo se tornaba tenso, como si antes de aprender una carrera que sólo podía concluir en dos lugares: en la habitación de su hotel, entre risas, o en la calle, con un tiro en la frente.

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La Torre de Londres? The Tower of London

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The Compatriot

“Go that way. Return that way. Don’t open that. Look below. Look above. . .” The list of precautions, warnings and rules to which he had to stick during his mission in Entremontes, filled two sheets for paper. An unpleasant thought made him agitated him in his chair. “If some fanatic can open up my brains there, why in the hell, did I get involved in this mess. Why did they give me the money for the ticket? I can travel to South America on my own, whenever I feel like it, without risking being shot.” He shook his head to get away from these minor excuses. “Right here, it’s necessary to take care of yourself and sometimes more than abroad. Don’t be fearful, you bookworm!

“Is that clear, Doctor Mier?,” inquired the security official, with a gravelly voice.

“I have a small issue.”

The big mustache went out of place, displeased, when he heard his plan.

“I don’t like the idea at all. London has a plague of terrorists.

Mijael softened his voice. A pause of forty-eight hours in the city, with his wife, before flying to Entremontes. That’s all. After that, Sigal moves some relatives’ place, and he leaves to give lectures in Cierro Alto. What risk could there be in that short vacation?

“I’ll go along with that, but with one exception. You and your wife don’t speak a single word in Hebrew in front of people you don’t know. Spanish, or you keep your mouth shut. And if anyone asks you where you come from, you are Argentine tourists. Is that clear?”

He left the office somewhat irritated. During his previous visits, he had heard Israelis speak in the language of the Bible, without any fear, in every corner of the island. The officer was exasperated. The euphoria de Sigal reanimated him. Agreed, we will please the boss. What is important is to enjoy those two days.

“Spanish, my girl,” he reminded her in a low voice, while they got off the plane.

To show that she was on guard, she replied, to the extreme with impeccable Spanish, dressed up with a Mexican sing-song, taken from the television series.

“It was a wise decision to have chosen a hotel near the Underground,” Mijael commented, while they were climbing the stairs.

“Ken!, she agreed. And on hearing his growl, translated quickly: “Sí, sí.”

Mijael observed her with a frown. “I’m going to have problems, when she gets excited, words come out before she can hold them back. I have to avoid having public discussions with her.”

The line of tourists waiting to enter the Tower was long. They sat down in a contiguous little square. The conversation burst out in Spanish, spontaneously, without the need to recur to the self-control that Mijael had proposed.

“Argentines?

A young man, elegant, with an enormous camera hanging from a shoulder, suddenly surged in front of them, like some English phantom.

“Yes, yes. . .”

“From Buenos Aires?”

“Exactly.”

“What luck! How long ago did you arrive?”

“Today. . .at noon.

“And you’ve already gone out to sight-see after such a flight? Fantastic! I’ve been here for ten days. Truthfully, I didn’t come from Buenos Aires, but New York. I’ve lived there since I got divorced, four years ago. I have a photographic studio. But permit me to introduce myself. I’m Néstor—he reached out his hand to them and continued providing information about himself, jovial, expansive, without waiting for a reply.

Mijael tried to catalog him. Thief? Conman?

Sigal didn’t take her eyes off him. Fascinated by the verbal torrent of Spanish, of which she had become a bit unused to. Néstor sat at her side and continued using the first person. Luckily, he didn’t ask questions. Neither did he look straight ahead. Little by little, Mijael was sketching out the profile of his talkative compatriot. Educated. Good economic situation, photographer of family events, distracted from everything that didn’t relate with his divorce. He referred to it as if her were reciting verses about the flood. The “I” then morphed into the “she,” from there it didn’t change, obsessed by the cut umbilical cord. It wasn’t his fault. It was she who left him.

“It must be for that reason, he attached himself to us,” thought Mijael, with a bit of compassion, while he watched him gesticulating, while he described one of his excursions through who knows what mountains or lakes with the “ex.” And in this, there is no danger. Sigal thought the same.

“We also had a fantastic tiul there.”

Néstor didn’t react to the foreign word. He agreed with watery eyes fixed in Sigal, without mentioning that his lips had moved in the wrong direction. “The lack of attention is the benediction of Heaven,” the professor discovered.

“We have to enter the Tower, my girl, he grabbed he by an arme. Let’s go!”

“Yes, yes, let’s go in. It’s getting late,” Néstor patted him, and Mijael felt the desire to smash the camera on his cranium.

Néstor accompanied them to the Underground station, without out giving them any rest, Mijael offered his hand, and before he had a chance to mutter a “it’s been a pleasure”, the sticky guy was already inviting them to visit Madame Toussot’s Wax Museum with him. The monologue continued to turn around her. It happens that Hilda (they were already becoming familiar with the panther) was living with someone else. Once again, he captured himself in the depths of a wave of sympathy for him, but stopped it by clenching his teeth.

When they finished the tour, the photographer’s vocabulary had been enriched with a half dozen Semitic words that he assimilated without blinking, something that most worried Mijael. Is it possible that his problems have doped him up to such an extreme? Or, has he is playing the imbecil, to get us to talk. The security official spoke to me about bombs and shots, but of subjects like this one. The worst of it is that my wife is beginning to feel very comfortable with him. Careful with your mouth, my girl!

In the foyer, he photographed the friendly couple, standing, sitting, with him, without him. . .

“Later on, I will send them to you, provided that you give me your address, he promised them, and Mijael felt a punch in the gut. “We have to get out of here,” he signaled his wife.

“One moment, you can’t leave without having supper with me. I know a first-class Italian restaurant.

They refused. Néstor didn’t give in. A supper! A goodbye dinner! Don’t say no!, insisted the poor fellow. And when she let go an imploring Hebraic spiel, he accepted to freeze her tongue..

At dessert, thankful and a bit sentimental for the wine from the toast, Mijael crossed glances with Sigal, and the two agreed. It’s time to end the farse. Néstor is a good fellow, vulnerable, long-suffering, inoffensive. With care, so as not to cause him new wounds, Mijael was undoing the heavy curtain of the fabrication, without mentioning the second stage of his trip.

Néstor stopped speaking. His doll’s eyes contemplated them, lucid, as if he had just discoved that they were not invisible.

“You are Israelis?”

“Yes, born in Buenos Aires,” and they awaited the verdict, screwed into their seats.

“Look at how things are! I too am a Jew. Didn’t I tell you before. I forgot. Hilda once threw it in my face/reproached me that I try to hide my origin. It’s not true. I remember that it was during a trip we made. . .

“Who is this man?” {Psychopath? Thief? Terrorist? Conman? Seminte? Anti-Semite?

Mijael felt his body become tense, as if before to take in a career that could only conclude in two places: in the hotel room, among laughter, or in the street, with a shot in the forehead.

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Luis Norberto León — Cuentista judío-argentino/Argentine Jewish Short-story Writer — “Fiesta Patria” “National Holiday”

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Luis Norberto León

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Luis León se graduó de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo (FADU). Ha dicho> Tiene su estudio de arquitectura propio en Buenos Aires. donde vive con su familia,  Ha dicho que sus puntos de vista “son difíciles de definir, faciles de detectar, prefiero los hechos positivos al relato y los discursos llenos de promesas vacuas, recibir a los pueblos originarios y escuchar sus pedidos a ponerle su nombre a una sala de casa de gobierno y dejarlos esperando en la calle… en fin es fácil de deducir”.

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Luis León graduated for the School of Architecture, Design and Urbanism of the University of Buenos Aires. He has his own architectural Studio, in Buenos Aires where he lives with his family. He has stated that his views are “difficult to define, easy to detect, I prefer positive deeds to speeches full of empty promises facts of the story and the lectures full of empty promises, to receive, to receive native peoples and listen to their requests over listing their names in a government office and letting them wait in the street…so, it is each to deduce my actitud.

 

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Celebración del Feriado del 25 de Mayo/Celebration of the 25th of May Holiday                   Argentina

Fiesta patria

por

Luis León

 

Este cuento se basa en una historia verídica, extraída del testimonio grabado al Sr. Emanuel. Corrían los años cuarenta. El mundo presenciaba lo peor del virulento nazismo y en Argentina no faltaron simpatizantes que los avalaron con actos de discriminación, anti judaísmo y hasta violencia física contra grupos de la comunidad. Sólo el final feliz es imaginario, aunque el ambiente en que se desarrolla, el personaje del portero y la Escuela Francisco Desiderio Herrera son reales.

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Nissim no recordaba un 25 de mayo (1)  tan frío. Hacía casi diez años que subía al palco de madera frente a la Comisaría 27, para celebrar la fiesta patria. Es cierto que él no había nacido en este país, pero desde su llegada y aun estando arriba del barco que lo trajo,  lo adoptó como suyo. Esta tierra que aún no conocía, sería de él para siempre. Tal vez, porque le intrigó lo oscuro de las aguas frente al azul transparente del mar que miraba de niño. O a lo mejor, porque la ciudad vista a lo lejos, se le asemejó de pronto como una enorme caja de locum (2), limpia, blanca, ordenada, por consiguiente debería ser dulce como un locum, el dulce que su abuela le regalaba los sábados a la mañana al salir de la Gran Sinagoga de Izmir. Como representante de la Comunidad Sefaradí de Villa Crespo, junto a su amigo, portaban cada año una bandera de Argentina y otra judía. La primera, como símbolo de adhesión a este pueblo generoso que los recibió, la segunda en cambio, era un paño de esperanza que alguna vez podría flamear en la patria que su gente añoraba. Pero para Nissim estar allí era algo más de lo que se podía leer en su rostro, no era orgullo, sino una indescriptible gratitud. Gratitud hacia esta gente que le permitía compartir el piso de tablones, que algunos niños harían temblar en un rato, con un desgarbado malambo (3). Abajo, los vecinos, como un suave oleaje marino, iban y venían organizando su parte protagónica. Grupos de muchachos frente a la línea de largada para la carrera de embolsados y al costado del palco, recostados sobre unos postes, los dos únicos candidatos a escalar un palo enjabonado. Todos los años se presentaba la misma dupla, personajes aún jóvenes, de morochas facciones cortajeadas quizá, por los helados inviernos sureños. Uno era el repartidor de carbón, el otro sin oficio conocido. Al rondar las diez de la mañana el cielo se había cubierto de nubes haciendo más frío y húmedo el día patrio, el más patrio de los días argentinos. Nissim y sus amigos habían llegado muy temprano, como siempre. Fueron ubicados en primera fila por el comisario, viejo amigo y asiduo visitante del bar Izmir (4).Allí donde los inmigrantes sefaradíes de Villa Crespo y barrios vecinos, tomaban un anís queriendo saber por gente que hacía tiempo no veían. Pero al Negro (como se dejaba llamar el comisario) le gustaban las reuniones de los viernes por la noche. Entre comidas orientales picantes y sabrosas, y la turca moviendo sus caderas, gozaba aplaudiendo sin retaceos a los tañedores que hacían vibrar las cuerdas del ud y el mandolín al ritmo del derbaque. Quizá por eso, el Negro los puso en el palco cerca suyo, porque los sentía hermanos en la alegría, en ese difícil oficio de cuidar el orden que a veces significaba sumergirse hondo en la suciedad de los hombres. La concurrencia era ya numerosa, y el ánimo de jolgorio flotaba en los alrededores, incentivado por algunas bombas de estruendo explotadas en el playón de los bomberos. La gente disfrutaba del olor a pólvora en el aire frío de la mañana, llenando la vereda frente al Cine Rívoli. El maestro de ceremonias tardó un tiempo hasta silenciarlos, cuando comunicó que se entonaría la canción patria. A pesar que la seccional estrenaba un moderno altavoz eléctrico (de los que quizá había sólo un puñado en Buenos Aires) el himno fue voceado a pulmón, como se hizo siempre. En esas circunstancias, y tratándose del canto nacional, hubiera sido imposible aún para la maestra de música (de la Escuela Nº 2 del Distrito Escolar séptimo, Francisco Desiderio Herrera) allí presente, comprobar que desafinaban. Eran cientos de voces al unísono, algunos con la mirada movediza hacia la muchedumbre, otros con sus bocas llenas de solemnes conjugaciones, mirando al frente, jurando “con gloria morir” (5),mientras los bronces de una banda por primera vez presente en el barrio, se lucía en los pasajes más floridos de la melodía. El último “Oh juremos…” (5) desató los esperados aplausos. Sin ellos, el himno no termina; es difícil imaginar un final de la canción patria sin esas palmas que suben de nivel por unos segundos para desgranarse al fin en trozos, hasta desaparecer. Tras el llamado a silencio del locutor, que forzaba su garganta ante la falla del nuevo equipo, llegó el discurso de apertura. Nissim giró la cabeza y detrás de su amigo José, vio el palco colmado con varios conocidos, los del club social. La palabra “vecino”, pronunciada con énfasis por el comisario, reclamó su mirada al frente. Vecino era más que vecino. Vecino era hermano, compatriota de otra nacionalidad, era inmigrantes de diferentes latitudes, el carbonero Lorenzo entregando una negra bolsa en casa del rabino, el gallego del almacén de Camargo tratando de cortejar a la prima solterona de José, eran todos uno, sin diferencias, una enorme familia sacando frutos de la tierra entre calles del barrio a orillas del Maldonado, que cuando se inundaba sin piedad y el tranvía no se le animaba, sacaban los botes de su escondite para cruzar a los más exigidos. Nadie escatimó aplausos, sabían que no era un policía cualquiera. Al Negro, casi lo mata el tranvía el día que doña Clara cayó al suelo, cruzando imprudente la avenida; meses después, la historia volvía a circular como un escudo, que prendido en la gente, lo enorgullecía al exhibirlo. Fue él que al terminar, llamó a decir unas palabras al cura. A Nissim lo sorprendió que no fuera Bernardo (nombre paradójico), el párroco de San Bernardo, quien hablara. Dio vuelta su cabeza para descubrirlo entre los concurrentes, pero no estaba. El padre Bernardo, era un grandote bonachón con quien tomaba café a menudo, compartiendo historias de malevos y compadritos. El que comenzó a hablar en cambio, era un hombrecito diminuto de cara afilada y prominente nariz, cuya expresión producía miedo. A Nissim le costaba seguir el discurso, pues en las primeras frases ya había incluido una decena de veces la palabra Jesús, sin temor a agotar el nombre del Redentor antes de finalizar. El cura de mirada incisiva, giró su cabeza y Nissim absorto lo oyó decir – ¿qué hace entre estas, la bandera de un país inexistente?, y señaló como apuntando con un arma la bandera hebrea, – este paño que erosiona lo profundo del ser cristiano, porque precisamente es la insignia de los deicidas – Tanto él como su amigo José, comprendieron antes que el resto. No eran simples palabras del oscuro personaje en su negro atuendo. Buscaba unir odios perdidos, despertar difusos rencores en los difíciles principios de los años cuarenta. No quisieron que el comisario, que recién se daba por enterado del monótono chorro de odio encerrado en las palabras, se viera presionado a actuar. Ambos guardaron rápidamente la bandera que sostenían, enrollándola en torno al mástil, y con un pedido de permiso que no alcanzó a salir de sus gargantas, abandonaron el palco. Fueron sólo unos metros hasta la esquina de Acevedo, y doblaron donde estaba despejado de gente. No atinaron a mirarse, invadidos de una vergüenza infinita que opacó odio y estupor, caminaron con pasos largos y ligeros. En Camargo, vieron entornada una de las puertas del colegio; tenían, sin haberlo acordado, un solo objetivo: llegar a depositar las banderas en la habitación delantera de la sinagoga, quizá luego, podrían hablar de lo sucedido. Un llamado los sorprendió, como esperando que la historia volviera atrás, se detuvieron. Un Nissim, pronunciado por un hombre viejo, lo hizo mirar a su espalda. Era Roldán, el portero del Francisco Desiderio Herrera, que asomado a la vereda, lo reconoció y lo reclamaba. Nissim hubiera deseado no hablarle, no había manera de descorrer las palabras que habían quedado atravesadas en su interior, pero se acercó. – Qué elegante don Nissim – le dijo el hombre – cuánto hace que no se toma un mate en la portería, agregó invitador. Mi mujer está aprendiendo la receta de esos dulces que le pasó su señora, que a cambio le confió el secreto de nuestras empanadas correntinas -. Días después, ni él ni José (su entrañable amigo y compañero de travesía), se acordarían de lo escuchado en el portón del colegio, tampoco si la charla duró unos segundos o el monólogo del viejo Roldán fue largo. Sólo les quedó a ambos en el recuerdo, la presión del fuerte abrazo de despedida, y el saludo en guaraní que Roldán, como solía hacerlo, les brindó con afecto. Al alejarse unos pasos de la puerta del colegio, con una sonrisa cómplice, como niños, cada uno desplegó la bandera que portaba, acomodando sobre sus hombros los paños colgantes y avanzaron con paso marcial. Y así como gloriosos sobrevivientes de la primera línea de un ejército diezmado, marcharon los cien metros hasta entrar en la sinagoga. – Apuremos que quizá comience a llover y mi sobretodo nuevo puede arruinarse, dijo Nissim. – Sí, vamos que las mujeres deben estar esperándonos con las empanadas correntinas, respondió su amigo, abrochándose el abrigo para salir a la calle., abotonándose su abrigo.

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(1) El 25 de Mayo, se creó el primer gobierno patrio en Buenos Aires, independiente de la corona española. Es por lo tanto un día festivo y de celebración en Argentina.

(2) Tipo de bombones de Medio Oriente.

(3) El malambo es un zapateo individual o grupal, del folklore criollo argentino.

(4) Hoy demolido, fue el más famoso bar de concurrencia de judíos sefardíes, ubicado en el tradicional barrio de Villa Crespo, donde se comía, bebía y en ciertos días, concurrían músicos tradicionales y alguna bailarina oriental.

(5) Frase con que concluye el himno nacional argentino.

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Escuela º7  Francisco Desiderio Herrera
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Dos banderas

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National Holiday

by

Luis Norberto León

 

This short-story is based on a real event, extracted from the recorded testimony of Mr., Emanuel. It was the 1940s. The world was witnessing the worst of virulent Nazism, and in Argentina there was no lack of sympathizers who supported the Nazis with acts of violence, anti-Semitism and even physical violence against Jewish groups. Only the end of the story is imaginary, although the atmosphere in which is takes place, the character of the janitor and also the Francisco Desiderio Herrera School are real.

 

Nissim couldn’t remember a 25th of May so cold. (1) It had been almost ten years since he went up the wooden seat in front of the 27th precinct to celebrate the national holiday. It’s true that he hadn’t been born in this country, but since his arrival and even being aboard  the ship that brought him, he adopted it as his own. This country that he didn’t know would be his forever. Perhaps, because he was intrigued by the darkness of the waters compared with the transparent blue of the sea that he saw as a child. O more likely, because the city, seen from afar, soon seemed to him like an enormous box of locum (2), clean, white, orderly, and therefore ought to be as sweet as a locum, the candy that his grandmother gave him on Saturday mornings as he left for the Great Synagogue of Izmir.  As Representative of the Sephardic Community of Villa Crespo, together with his friend, each year carried an Argentine flag and a Jewish one. The first, as a symbol of belonging to this generous country that received them, the second, on the other hand, was a banner of hope that one day might wave in the country that their people longed for. But for Nissim to be there was something more than could be seen in his face, it wasn’t pride, but an indescribable gratitude. Gratitude toward this people that allowed him to share the dance floor, that some children would shake for a while with an awkward malambo (3) dancing. Below, the neighbors, like a soft sea wave, came and went organizing the part they were to play. Groups of boys front of the starting line for the sack race  and at the side of the  gallery, leaning on the posts, the only two candidates, to climb a soaped pole. Every year the same pair showed up, very young fellows, dark skinned chizzled faces, perhaps because of the frozen southern winters. One was a coal seller, the other of unknown occupation. At about ten in the morning, the sky had covered with clouds, making colder and more humid the holiday, the most important holiday for the argentinos. Nissim and his friends had arrived very early, as always. s They were placed in the front row by the commissioner , old friend and assiduous visiter of to the Izmir Bar.(4).Nobody skimped on applause, they knew that he was just any old policeman. Blacky, was almost killed the day that doña Clara fell to the ground, imprudently crossing the avenue; months thereafter, the story continued to circulate like an emblem, that, fastened to the people, made them proud to wear it. It was he, who on finishing, called on a priest to say a few words. Nissim was surprised that it wasn’t Bernardo (paradoxical name), the parish priest of San Bernardo, who spoke. He looked around to see if he could find him among the attendees, but he wasn’t there. Father Bernardo was large, good-hearted man with whom he often drank  coffee, sharing stories of thugs and troublemakers. The priest who began to speak, on the other hand, was a diminutive small man with a sharp face and prominent nose, whose expression brought forth fear. It was difficult for Nissim to follow the speech, since in the first phrases he had already included the word Jesus a dozen of times, without fearing use up the name of the Redeemer before ending. The priest with the incisive , turned his head toward Nissim who, engrossed, heard him say, “What is it doing with the others here, the flag of an inexistent country?” And he pointed as if he were aiming a gun at the Jewish flag, “This rag that erodes the profundity of the Christian being, because it is precisely the insignia of the deicides.” Nissim, like his friend José, understood before the rest. These were not simple words of an obscure figure in his black outfit. He was trying to bring together old hatreds, awaken vague resentments in the early days for the forties. They didn’t wait  until the commissioner, who just understood from the outpouring of hatred enclosed the words, felt it necessary to act. They two rapidly put away the flag they were carrying, rolling it up around the flagpole, and with a request to move by that didn’t reach succeed in escaping their throats, left the stands. It was only a few meters to the corner of Acevedo, and they turned where it was clear of people. They weren’t able to look at each other, invaded by an infinite shame that overshadowed hatred and stupor. They walked with long and light steps. In Camargo, they saw that one of the doors of the school was ajar. They had, without having agreed on it, a solo objective:  to be able to leave the flags in the front room of the synagogue. Perhaps then, they would be able to talk about what happened. A shout surprised them. As if hoping that history would reverse itself, they stopped. “Nissim”, pronounced by an old man, made him look back. It was Roldán, the janitor of Francisco Desiderio Herrera, who standing/appearing on the sidewalk, recognized him and called him back. Nissim would have preferred not to speak to him; there was no way to restrain the words that had continued to cross his insides, but he came closer. “How elegant, don Nissim,” the man said to him,” “how long has it been that we haven’t had mate together in the porter’s apartment, he added, invitingly. My wife is learning the recipe for those sweets that your mother gave her; in exchange, she entrusted her with the secret of our Corrientes-style empanadas.” Days later, neither he nor José (his close friend  and partner-in-crime) would remember what they heard in entrance to the school, nor if the chat lasted a few seconds or if Roldán’s monologue was very long. The only thing the two remembered was the pressure of the strong goodbye hug, and the greeting in guarani, that Roldán, as he was accustomed to do, gave them affectionately. On distancing themselves a few steps from the high school door, with a complicit smile, like children, each one unfurled the flag that he was carrying, placing on their shoulders the hanging cloth and advanced at a military pace. And like the glorious survivors of the first line of a decimated army, they marched the ten meters to the synagogue. “Let’s hurry because I think it’s going to rain, and my new coat could get ruined,” Nissim said. “Yes, let’s go. The girls must be waiting for us with Corrientes-style empanadas,” his friend responded, buttoning up his overcoat in order to go out onto the street.

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(1) The 25th of May, The first patriotic government was created in Buenos Aires,            independent of the Spanish government. For that reason, it is a holiday and day of celebration in Argentina.

(2)Type of candies from the Middle East.

(3)  The “Malambo” is a tap-dance, done individually or in groups, taken from Argentine rural folklore.

(4) Now demolished, the Izmir Bar was the most famous of those of the Sephardic Jews, located in the traditional Villa Crespo neighborhood , where you ate and drank and, on some days, brought together traditional musicians and an Oriental dance.

(5(  The phrase that ends the Argentine National Anthem.