Mario Goloboff — Novelista y escritor judío-argentino/ Argentine Jewish Novelist and Writer “Criador de palomas” – dos fragmentos de la novela” — “Dove Keeper” – two sections of the novel

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Gerardo Mario Goloboff

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GERARDO MARIO GOLOBOFF nació en el pueblo Carlos Casares, en de la provincia de Buenos Aires. En 1966 publicó su primer libro de poemas, Entre la diáspora y octubre. En 1973 fue invitado por la Universidad de Toulouse-Le Mirail. Francia, a enseñar civilización y literatura hispanoamericanas, y continuó enseñando en ese país y en otras universidades hasta 1999. En 1976 apareció su primera novela, Caballos por el fondo de los ojos. En 1978 publicó la primera edición de Leer Borges (reeditado y aumentado en 2006). En 1984 publicó Criador de Palomas, la primera novela de la saga de Algarrobos, que se completó con La luna que cae (1989), El soñador de Smith (1990) y Comuna Verdad (1995).  Sus textos de creación han sido traducidos a varias lenguas y especialmente su novela Criador de palomas junto con las tres novelas siguientes de la saga, todas en un solo tomo bajo el título The Algarrobos Quartet (2002); en italiano, L’allevatore di colombe (2010). En 2013, en La Habana, la publicó en español otra vez. Desde su retorno definitivo a la Argentina, enseña literatura argentina en la Universidad Nacional de la Plata, donde ha sido designado profesor extraordinario en la categoría de «consulto». Fue electo Miembro de la Comisión Directiva de SADE (Sociedad Argentina de Escritores) para el período 2011-2015. En la actualidad tiene una columna semanal titulada «Relecturas» en el suplemento literario Télam de la agencia nacional de noticias Télam.

Adaptado de EcoRed (La Habana)

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Sus obras

Novelas

  • 1983: Criador de palomas (1978).
  • 1989: La luna que cae (1989).
  • 1990: El soñador de Smith (1990).
  • 1995: Comuna Verdad (1995).
  • The Algarrobos Quartet (2002)

Ensayos

  • 1989: Genio y figura de Roberto Arlt (1989).
  • 1998: Julio Cortázar. La biografía (1998, reeditada en 2011).
  • 2001: Elogio de la mentira. (Diez ensayos sobre escritores argentinos) (2001).
  • 2011: De este lado. (Crónicas de nuestro tiempo) (2011).

Poemarios

  • 1994: Los versos del hombre pájaro (1994).
  • 2010: El ciervo (y otros poemas) (2010).

Cuentos

  • 2005: La pasión según San Martín (2005) Textos breves.
  • 2008: Recuadros de una exposición (2008).

Goloboff is the autor de numerosos trabajos sobre problemas culturales y estéticos, y sobre artistas y escritores argentinos, latinoamericanos y europeos.

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GERARDO MARIO GOLOBOFF was born in the town Carlos Casares, in the province of Buenos Aires. In 1966 he published his first book of poems, Between the Diaspora and October. In 1973 he was invited by the University of Toulouse-Le Mirail. France, to teach Spanish-American civilization and literature, and continued teaching in that country and in other universities until 1999. In 1976 his first novel Caballos por el fondo de los ojos.. In 1978 he published the first edition of Leer Borges (reissued and augmented in 2006). In 1984 he published Criador de Palomas, the first novel in the Algarrobos saga, which was completed with La luna que cae (1989), El soñador de Smith (1990) and Comuna verdad (1995). His creative texts have been translated into several languages ​​and especially his novel Criador de paloma along with the following three novels of the saga, all in a single volume, in the United States, under the title The Algarrobos Quartet (2002); in Italian, L’allevatore di colombe (2010). In 2013, in Havana, it was published again in Spanish. Since his definitive return to Argentina, he teaches Argentine literature at the National University of La Plata, where he has been appointed extraordinary professor in the category of “consulting.” He was elected Member of the Board of Directors of SADE (Argentine Society of Writers) for the period 2011-2015. He currently has a weekly column entitled “Reread” in the Télam literary supplement of the national news agency Télam.

Adapted from EcoRed, Havana

Works by Gerardo Mario Goloboff

Novels

  • Caballos por el fondo de los ojos (1976)
  • 1983: Criador de palomas (1978).
  • 1989: La luna que cae (1989).
  • 1990: El soñador de Smith (1990).
  • 1995: Comuna Verdad (1995).
  • The Algarrobos Quartet (2002)

Essays

  • 1989: Genio y figura de Roberto Arlt (1989).
  • 1998: Julio Cortázar. La biografía (1998, reeditada en 2011).
  • 2001: Elogio de la mentira. (Diez ensayos sobre escritores argentinos) (2001).
  • 2011: De este lado. (Crónicas de nuestro tiempo) (2011).

Poemarios

  • 1994: Los versos del hombre pájaro (1994).
  • 2010: El ciervo (y otros poemas) (2010).

Cuentos

  • 2005: La pasión según San Martín (2005) Textos breves.
  • 2008: Recuadros de una exposición (2008)
  • Goloboff is the author of many works about cultural and aesthetic problems and about artists  and writers author of numerous works about social and aesthetic problems about Argentine, Latin American and European authors.

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Criador de palomas

(dos fragmentos)

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No sé dónde ni cómo, un día el tío consiguió el petiso bayo pata mí. Donde entonces comenzamos a hacer excursiones hasta la laguna de Alto. Él con sus cuarenta años y tantos, iba encima de su yegua Arisca, bien erguido, con el toscanito a medio encender entre los labios.

La laguna de Alto se había secado veinte años atrás, pero el tío buscaba visitarla como si aún existiera. Recordaba con melancolía su esplendor poblado por sombrillas multicolores de turistas que venían hasta de la Capital. Todo allí, sobre esos pedazos de tierra pelado. donde él veía aún un loco hormigueo, noviazgos y risas. En su versión, las salas concentradas de la tierra habían ido absorbiendo poco a poco las aguas, y por eso quedaban solamente algunos palos blancos, alambres rotos y muchos esqueletas de animales.

Cuando el sol rajaba la tierra, yo me ponía un sombrero de paja de ala ancha marca Hawai, y me quedaba quieto sobre mi petiso mientras mi tío dormía la siesta debajo de Arisca.

Al atardecer volvíamos y encontrábamos a algunos paisanos en el cmoo. Los viernes nos topábamos con Solito Wainfeld, quien regresaba a su chacra con el caballo a su lado, sin montarlo, porque ya había descubierto la primera estrella de sábado. Los domingos eran las mujeres que pasaban de sus chacras, emperifolladas para algún baile o una fiesta de familia. O los hombres que venían de cuadreras, o los muchachos que gustaban galopar contra el viento.

Durante unos de esos paseos, el tío me hizo conocer el antiguo cementerio de la Colonia, donde estaban enterrados sus  padres, y me mostró que, subiendo un pequeño semiderruido , podíamos ver del otro lado, my cerca, unos montículos bajos los cuales los indios puelches, un siglo atrás, ponían a sus muertos. “Ya ves  como al final nos mezclamos todos” creo que me dijo.

En las que alguna vez había la callecitas ordenadas del cementerio,, caminábanos mucho, y él se detenía a cada paso como para recordar a uno y saludarlo porque conocía todas las fotografías borrosas y descifraba para mi las inscripciones: “Yace aquí Berta Lifchitz, maestra de la Colonia. Nos enseñó los dos alfabetos, pero la muerte la visitó una tarde, muda”. “Aquí descansa José Aburbuj. La vida lo abandonó suavemente., como cuando cuando se funde nieve en el agua”. “Salomón Vapnir, muerto en diciembre. Un viento fuerte voló por los aires y lo confundió con un pequeño pájaro”. Yo me preguntaba si el tío en realidada leia o inventaba para mí estas frases, pero, en todo caso, lo hacía de un modo veloz y natural, contándome además la vida de cada uno de aquellos seres, habitantes abandonados de un cementerio también abandonado.

El regreso al pueblo se hacía en esas ocasiones muy ameno. Yo volvía con miedo, para sacármelo, hacia mil y una preguntas. El tío Negro pitaba intermitentemente su toscano, dejaba que Arisca le condujera el paso, y me hablaba de esas personas queridas y desaparecidas del mundo natural. moradores ya sólo de un cuenco de palabras.

El sol bajaba despacio. Yo probaba a mirarlo de frente y podía. A mi lado, en contraluz, marchaba el tío, firme y levantado sobre su yegua como otro hermoso animal. Los molinos daban uma sombra larguísima, menos Arisca, todo estaba quieto, hasta el olor de la tierra. El tiempo parecía no pasar; éramos nosotros los que íbamos hacia él, buscándolo.

                                                                     ********

          Algunos dijeron que la culpa la tuvo Arisca, que se espantó. Otros, que algo la había asustado. El doctor Piacenza fue de la idea de un aneurisma: allí, en medio del camino, viniendo de Zubeldía, a las tres o cuatro de la tarde, bajo el solcito de abril, así nomás, como se te estira y se te rompe pero sin mucha fuerza, un final de los dulces, más que nos quisiéramos.

Oí murmurar también que venía galopando ligero, después de haber almorzado unas achuras cib buen vino en lo del Go  yo Sartori, y que esas cosas pasan además porque los autos andan a lo loco por los mismos caminos donde uno va tranquilo, sin molestar, pero ya no, ya no es antes.

Hubo quien dijo que ni siquiera había comido, y que hacía días que no andaba bien. No faltó el lenguaraz que chimentara “la vida que llevaba”, demasiado descuidada, solo, con mujeres, y que por la edad., se sabe, hubiera debido pensar más. Cuando no por el muchacho. . .

Alguien protestó, alguien dijo “callate”. Muchos lagrimaeron;. escuché decir “la vida”, “el tiempo” “Dios lo quiso”. Entendí todo y nada me importó.

Esta mañana de domingo, tomé café en vez de mate amargo, me miré al espejo cuando me lavaba, no me reconocí mucho en esta cara de joven, en esos ojos azules, en el bigotito rubio que empezaba a asomar. Me puse una camisa blanca, planchada, zapatos negros, al pantalón gris y la campera azul.

También quise ponerme algo de él , pero que no se viera. Después de pensarlo bastante, me decidí por su pañuelo negro, el que llevaba muchas veces en el cuello. Lo busqué en su pieza, me dio trabajo encontrarlo, al fin, di con él. Lo planché con la palma de mi mano y con el canto, lo doblé en cuatro, hice un rectángulo más o menos chico, me lo metí en el bolsillo izquierdo del pantalón, donde pudiera tocarlo y tenerlo conmigo sin que nadie se diera cuenta,

En su dormitorio no reparé nada, tal vez no quise mirar bien, y lo único que me quedó fue la silla de paja, sola, con una camisa gris colgada en el respaldo.

 

A las nueve tocaron unos bocinazos y salí, Subí atrás y compartí el asiento con Flora y con Carmencita Rosenfeld. Era el auto del Doctor Piacenza, al lado de él no recuerdo quién iba.

Pusimos una buena hora en llegar al cementerio de la Colonia. Pensé que en mi memoria estaba más distante, y creo que también pensé que sería la última vez que iba a ese a ese lugar.

Alguna gente se nos juntó en la puerta. Dos p tres me dieron la mano firme y sentidamente, alguien me toma de la nica, acerca mi cabeza a la suya y murmura palabras en idish que no alcanzo a comprender. Caminamos todos por una callecita hasta llegar a un pozo. allí un rabino con voz grave, barba con vetas blancas y manos de dedo finos, canta su elegía.

Flora, que no ha dejado de temblar y lagrimear un solo instante, rompe su silencio en un sollozo ahogado que me desconcierta. La miro y me toma fuertemente del brazo. Siento su mano caliente en la muñeca, y tomo a mi vez su brazo. . El gesto no tiene mayor importancia para mí, pero siento que ella lo necesita. Deja de temblar aunque solloza intermiteamente.

Ya han puesto el cajón en la tosa/ todos inclinan las cabezas en silencio. Los hombres tienen puestos gorros negros en los que hay letras hebreas y un candelabro dorado.

Alguien me aprieta el brazo desde atrás. El doctor Piacenza se agacha, toma un terrón de tierra y lo tira sobre la madera. Carmencita hizo lo mismo. Después Villaba, Soria, los Arriaga, Satori, muchos. El rengo Clementino se me acerca y se abraza  contra mí. Coraje, pibe, escucho que me dice.

Frente a mis ojos aparece la cara de Rosita. No sé si es de verdad. Espero que me deja libre Clementino. Mientras acerca como durante un siglo mi cara a la suya empapada en lágrimas saladas, me dice: “Querido cómo debes subir”.  Meto la mano en el bolsillo izquierdo. Toco el pañuelo negro. Siento que la garganta se me cierra. Que ya no tengo a nadie. Que es Rosita quien, después de tantos años, me abraza. Que, así, la tengo por primera vez. Quiero llorar pero tampoco puedo .

Vamos saliendo. El melodía otoñal es, aún más cálida. Pisamos hojas secas, amarillentas, ocres. Hubo algunas fogatas a lo lejos.

 

Me quedaré con con Flora, con Rosita, con dos o tres personas más. Así pasará el tiempo.

Después nos dejaremos. Al fin estaré solo, y el verdadero tiempo comenzará a crecer. Palmearé a Arisca, la llevaré algunas hasta la cancha de Sportivo para variarle un poco, la andaré, la subiré, y ella irá comprendiendo el peso diferente de los cuerpos, las voces diferentes, el silencio, como yo.

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Dove Keeper

 (two selections)

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I don’t know where or how, one day El Tío obtained the bay colt for me. From then on we began to make excursions as far as Alto Lake. He, with his forty and something years, would rid on the back of his mare Arisca, sitting very straight, with The Toscano half-lit between his lips.

Alto Lake had dried up twenty years back, but El Tío liked to visit it as if it still existed, Melancholically, he remembered its splendor, populated my multi-color parasols and by tourists who came from as far away as the capital. Everything there, on those      pieces of barren land, where he still saw crazed movement, couples and laughter. In his version, the salts had concentrated in the land, had little by little by little absorbed the waters, and because of that, there are now left only some white sticks and many animal skeletons.

When the sun cracked the earth, I put on a straw hat with a wide brim, Hawaii brand, and I stayed quiet on my colt while El Tío took a siesta under Arisca.

At dusk we would return and meet some Jewish comrades on the way. Fridays, we would run into Solito Wainfeld, who was walking back to his farm with his horse at his side, not riding, as he had already discovered the first star of the Sabbath. On Sundays, , it was the women who passed in their gaudy dresses, all dolled up for some dance or a family party. Or the man came from the horse races, or the boys who enjoyed galloping against the wind.

During some of those rides, El Tío made me aware of the old cemetery from the Colony, where is parents were buried, and he showed me, by raising up me to a partially broken wall down little wall, that we were able to see the other side, very close by some small mounds under which the Puelche Indians, a century back, put their dead. “You see how at the end we are all mixed together,” I believe he said.

In what had once been the ordered paths of the cemetery, we walked a great deal, and he stopped at each spot as to remember someone and greet him, because he knew all the faded photographs and he deciphered the instriptions for me: “Here lies Berta Lifshitz, schoolmarm of the Colony. She taught us two alphabets, but death visited her, mute.” “Here rests José Aberbuj. Life abandoned him softly as when snow dissolves in water.” Solomón Vapnir, dead in December. A strong wind blew through the air and confused him with a little bird.” I wondered if El Tío really read or invented these phrases for my benefit; in any case, he did it in a rapid and natural way, telling me also about those people, abandoned inhabitants of a cemetery also abandoned.

The return to turned out to be, very pleasant. I would return fearful, and to pull myself out of it, ask a thousand and one questions. El Tío puffed intermittently on his Toscano, let Arisca find the way. and talked to me about those people, dear and lon gone from the natural world, residents now of only hollow words.

The sun was going down slowly. I tried to look straight at it and I could. At my side, against the light, El Tío rode, firm and raised up high above his mare like another beautiful animal. The windmills created a very large shadow: other than Arisca,  everything was quiet, even the smell of death. Time seemed not to move; we were the ones that went toward it, seeking it.

*********

          Some said that it was Arisca’s fault, that she bolted. Others, that something had frightened her. Doctor Piacenza was of the opinion that it was an aneurism; there,in the middle of the road, coming from Zubeldía’s, at three or four in the afternoon, under the slight April sun, just like that, as it stretches you and breaks you without much force, and end to sweetness, more than we wished.

I also heard murmurings that he rode at a light galop, after having lunched on some achuras with good wine at Goyo Sartori’s place, and that those things happen because the autos go like crazy, on the same roads where one goes on tranquilly, without bothering anyone, but it’s not like it used to be.

There was one who said that he hadn’t even eaten, and that he hadn’t felt well for days. And there was the big mouth who gossiped about “the kind of life he lead,” too unkempt, alone, with women, and at his age, he should have thought about it more. At least for the boy. . .

Someone protested, someone said shut up. many wept; I heard it said: “life,” “time,” “God wanted him>” I understood everything. Nothing mattered to me.

That Sunday, I drank coffee instead of bitter mate, I looked at myself in the mirror as I washed, I didn’t recognize much uin that face that was so young, in those blue eyes, in the little blind mustache that was beginning to show. I put on an irone, white shirt, black shoes, the gray pants and the blue jacket.

I also wanted to put on something of his, but that wouldn’t be seen. After thinking about it for a while I decided on his black kerchief, the one he often wore around his neck. I searched for it in his room, it was hard to find; finally, I chanced on it. I ironed it well with the palm of my hand, folded it in four, made a rectangle that was small, more or thes, and I put it in the left pocket of the pants, where I could touch it and have it with me without anyone knowing.

In his bedroom, I didn’t notice anything, perhaps I didn’t want to see clearly, the only thing that remained for me was the straw chair, alone, with a gray shirt hung on the back.

 

At nine there was honking and I went out. I climbed in the back and shared the seat with Flora and wit Carmencita Rosenfeld. It was Doctor Piacenza’s car; I can’t remember who rode beside him.

It took us a good half hour to arrive at the Jewish Cemetery. I thought that in my memory it was further, and I believe that I also thought that it would be the last time that I would go that place.

Some people met us at the entrance. Two or three shook hand firmly; someone touches the back of my neck, brings his head near his, and murmurs some words in Yiddish that I don’t understand. we walk together down a path until we arrive at a hole in the ground. There a rabbi with white veins and hands with fine fingers, sang the elegy.

Flora, who had not stopped shaking and weeping for a moment, breaks into a stifled sigh that disconcerts me, I look at her and she takes me forcefully by the arm. I feel her hot hand on my wrist, and in turn I take her writs. The gesture doesn’t mean much to me, but I understand that she needs it. She stops trembling, though she continues to sigh from time to time.

They have already placed the coffin in the grave. All bow their heads in silence. The men are wearing black caps in which there are Hebrew letters and a golden candelabra.

Someone squeezes my arm from behind. Doctor Piazenza bends over, takes a piece of dirt, and throws it on the wood. Carmencita does the same things. Then Villaba, Soria, the Arreagas, Sartori, many. The lame Clementino approaches me and holds me against him. Be brave, boy, I hear him tell me.

Before my eye, Rosita’s face appears. I don’t know it is true. I wait for Clementino to let go of me. While he keeps his face, soaked in salty tears for what feels like half a century, he says to me, Dear boy, how you must be suffering. I put my hand in my left pocket. I touch the black kerchief. I feel my throat close up. That now I don’t have anyone. That it is Rosita, who, after so many years, is embracing me. That, in that way, I have her for the first time. I want to cry, but I can’t.

We are leaving. The autumn midday is still very warm. We step on dry leaves, yellow, ochre. I smell some faraway bonfires.

 

I will stay with Flora, with Rosita, with two or three more people. In that way, the time will pass.

Later we will leave each other. Finally, I will be alone, and the true time will begin to grow. I will pat Arisca with my palm a few times. I will take her as far as the racetrack, to vary things a little. I will walk her, I will mount her, and she will go, understanding the different weight of the bodies, the different voices, the silence, like me.

 

Translated by Stephen A. Sadow

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Obras de Gerardo Mario Goloboff/   Works by Gerardo Mario Goloboff

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Alicia Freilich Warshavsky — Novelista y periodista judío-venezolana/Venezuelan Jewish Novelist and Journalist — “Cláper” — un fragmento de la novela/ “Cláper” — a selection from the novel

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Alicia Freilich Warshavsky

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           Nacida en Caracas, Alicia Freilich Warshavsky, es hija de inmigrantes de origen judío polaco. Asistió a la Universidad Central de Venezuela, donde recibió un B.A. en literatura en 1960. Freilich comenzó su carrera de periodista en 1969, trabajando desde entonces en una columna sobre literatura y política informativa, con un enfoque en temas de niños y familiares, entre otros temas. Gravitó hacia historias que presentaban luchas de la vida real de la gente común, con artículos de perfil que han obtenido premios nacionales de escritura y honores internacionales. Freilich también ha publicado artículos independientes en la prensa venezolana. Además, su interés en los medios se proyectó en la atmósfera televisiva, cuando fue anfitriona de un programa de asuntos culturales en Televisora ​​Nacional. Escribió un guión para un drama televisivo basado en la novela La Rebelión, del autor y presidente venezolano Rómulo Gallegos. Como educadora activa durante más de cuatro décadas, Freilich ha sido capaz de proporcionar instrucción en varios niveles en su disciplina desde la escuela primaria hasta la universidad, tanto en educación pública como privada. Su obra más conocida es Cláper (1987), una novela que muestra un sentido más profundo de pertenencia e identidad familiar durante un viaje espiritual y físico de un inmigrante judío a Estados Unidos a principios del siglo XX, que comienza en Polonia e incluye paradas en París. , Cuba y Estados Unidos antes de aterrizar en Venezuela. A través de los años, esta novela fue traducida al inglés y publicada por la University of New Mexico Press (EEUU). Freilich estuvo casado con Jaime Segal, un neurólogo, en 1962, hasta su divorcio en 1998. Tienen dos hijos, Ernesto y Ariel.

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Trabajos seleccionados

Libros

Cuarta Dimensión • En clave sexymental: Aldemaro Romero a medio siglo creativo • Entrevistados en carne y hueso • Ilan Chester es verdad • La Venedemocracia • Legítima defensa • Triálogo, Notas de crítica urgente

Novelas

Cláper (Traducido al inglés) • Colombina Descubierta • Vieja Verde (Traducido al inglés).

Adaptado de: Revoly Biografías

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          Born in Caracas, Alicia Freilich Warshavsky, is the daughter of immigrants of Polish-Jewish origin. She attended Universidad Central de Venezuela, where she received a B.A. in literature in 1960. Freilich began her journalism career in 1969, working since then on a column about literature and reporting politics, with a focus on children and family issues, among other subjects. She gravitated toward stories that featured real-life struggles of ordinary people, with profile articles that have garnered national feature-writing awards and international honors. Freilich also has published freelance articles in the Venezuelan press. In addition, her interest in the media projected into the television atmosphere, when she hosted a cultural affairs program at Televisora Nacional. She wrote a script for a television drama based on the novel La Rebelión, by the Venezuelan author and president Rómulo Gallegos. As an active educator for more than four decades, Freilich has been capable of providing instruction at various levels in her discipline from elementary school to university, both in private and public education. Her best-known work is Cláper (1987), a novel which shows a deeper sense of belonging and family identity during a spiritual and physical journey of a Jewish immigrant to America in the early twentieth century, which starts in Poland and includes stops in Paris, Cuba and the United States before landing in Venezuela. Through the years, this novel was translated into English and published by the University of New Mexico Press (EEUU). Freilich was married to Jaime Segal, a neurologist, in 1962, until their divorce in 1998. They have two sons, Ernesto and Ariel.

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Selected works

Books

Cuarta Dimensión • En clave sexymental: Aldemaro Romero a medio siglo creativo • Entrevistados en carne y hueso • Ilan Chester es verdad • La Venedemocracia • Legítima defensa • Triálogo, Notas de crítica urgente

Novels

Cláper (Translated into English – Colombina Descubierta – Vieja Verde (Translated into English

Adapted from: Revoly Biografías

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Cláper: Una novela

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Cláper

Llega la Semana Santa. El miércoles todavía abren los comercios. Desde que salgo de mi pensión, noto que las mujeres y hombres de todas las edades y en gran cantidad, van vestidos en túnicas moradas de tela gruesa. Algunos avanzan de rodillas como si en verdad fueran tullidos.

Decido seguir esa extraña manifestación silenciosa y así llego hasta la Basílica de Santa Teresa que está repleta de fieles apretujados, a su alrededor también.

Por la tarde luego de cerrar, paso de nuevo y entonces de lejos veo saliendo un Jésus de madera, cas arrastrándose bajo el peso de una gran cruz. Lo llaman Nazareno de San Pablo y va lentamente al centro de la multitud que lo pasea por las cercanías de la iglesia. A su paso ves que todos se persignan rogãndole ayuda por los males de salud.

Aquella inmensa cruz se vuelve mi martirio. Nadie me ha señalado en las calles como un criminal, pero de nuevo creo de advertir el odio, allá en Léndov, cuando la procesión de los cristianos en alguna Semana Mayor, culminó en piedras, palos y sangre  . . .  Como un asesino que acecha/ puñal en la mano/ a su víctima/ en altas horas de la noche/ así acecho tus pasos/ dios mío./ Mira tu piedad/ nunca me ha sonreído todavía a mí/ el nieto de Iscariote. . .?  Es otra vez un poeta que me explica con sus versos que leí tantas veces y ahora sólo ahora, son poema mío. Gracias, Itzik Manger. . .

Casi corriendo, voy a bañarme y vestirme pues esa misma tarde celebramos nuestra primera cena de pascua. Es lógico. ¿No fue la comida pascual como ésta llamada la Última Cena?

Nos reunimos en la quinta moderna de los esposos /Tolder, muy religiosos. Han traído de Estados Unidos el vino de consagrar y pan de aflicción, esas galletas de harina sin levadura recuerdo del maná que comieron nuestros antepasados en sus cuarenta años de peregrinaje por el desierto para alcanzar la tierra santa de Abraham, de Isaac y de Jacob.

Como si fuera una sola voz todo el grupo canta — Esclavos fuimos del Faraón en Egipto, de donde dios sacó con potente mano y brazo protector. . .

Y una sola voz de verdad, la del hijito de los Berger, hace las cuatro preguntas de qué esta noche es diferente de los otros del año.

Nos servimos hierbas amargas porque fue amargo nuestra forzado cautiverio egipcio y comemos huevo cocido y remojado en agua salada para reproducir la vida plena sumergida en lágrimas de servidumbre, aunque tú sabes, mi teoría particular sobre esta costumbre de los huevos duros en agua de sal, es que a nuestros hermanos se les mojaron mucho los suyos al cruzar el Mar Rojo. . . Y dios sabe que no le falto el respeto con esta esta opinión sincera porque no es necesario creer que él nos puso la cosa tan fácil, abriendo el mar en dos para huyéramos. No tiene gracia. ¿Dónde queda entonces el espíritu de lucha? Yo pienso que Moisés era muy astuto y cruzó la parte más angosta en tiempo de sequía, como hice yo en el Oder sin ser tan grande como Moisés. Aprovechó la baja marea y es seguro de ella que allá más de los nuestros se ahogaron. ¿Y dónde está el milagro entonces? preguntarás tú.  –En que calculó bien bien y se salvaron los necesarios para que sigamos existiendo como pueblo. . .

También probamos una crema de manzana triturada con nueces y vino para recordar la arcilla con que, año tras año pegamos los enormes ladrillos pues fuimos la mano de obra más barata para construir esas pirámides que admiras plácidamente hoy existiendo luego de tantos siglos ¿no?

Y el fin de aquella misma semana, soy testigo de un escena grotesca. En varias esquinas por donde transito queman un muñeco nombrado Judas. Es lo que llaman aquí un monigote, vestido con ropas viejas pero como nosotros, en flux de dril blanco y corbata. Antes de prenderle fuego lo cuelgan para significar su horca. Me resigno a no comprender el escarnio duele igual. Están cobrando la milenaria culpa a un correligionario mío de trapo y paja convertida en ceniza con gran contenido del poblacho,

Debo entonces agradecerme ¿verdad dio mío? Al menos esta vez, hoy, aquí, no soy la víctima de carne y hueso. . .

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Cláper: A novel —        in English

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Cláper

Holy Week is here. On Wednesday, the still open. From the moment I leave my boarding house I notice men and women of all ages and in large numbers wearing dark purple tunics made of heavy cloth. Some are kneeling as if they were really crippled.

I decide to follow that strange silent parade and arrive at the Basílica of Sta. Teresa packed with parishioners. That afternoon, after closing, I go again and at that time. I see from afar a wooden Jesus, dragging himself under the weight of an enormous crucifix. The refer to him as the Nazarene of St. Paul, He proceeds very slowly at the center of the crowd that accompanies him all around the church neighborhood. As he goes by, people cross themselves and beg his help for their many sorrows.

That immense crucifix becomes my martyrdom. No one has pointed me out as a criminal, but, once again I can feel the hatred I felt back in Lendov, when the Christian procession for the Holy Week would always end in stoning, beatings and bloodshed. . . .

 Como un asesino

puñal en mano

a su víctima

en altas horas de la noche

así acecho tus pases, dios mío.

Mira, tu piedad

Nunca me has sonreído todavía

el nieto de Iscariot. . . .

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Like an assassin who lurks

knife in hand

waiting for the victim

in the early hours of the morning

I search your steps my god

Your mercy has not yet smiled on me

I am the grandson of Judas Iscariot. . . .

           Once again, the answer comes from the poet Itsik Manger whose verses I read so often, yet only know have become truly mine. Thank you, Itsik!

I run to bathe and dress because that same night we celebrate out first night Passover Seder. Nu! After all, wasn’t the other on. the so-called Last Supper, a pashal meal too?

We gather in the modern house of the very religious Tolders. From the Univter States, they get kosher wine and the bread of affliction, matzoh to remind us of the manna our ancestors ate during the forty-year journey through the desert on the way to the Holy Land of Abraham, Isaac and Jacob.

As if in unison, the whole group chants,

 “We were the Pharaoh’s slaves in Egypt from

where He took us with a firm hand and an

outstretched arm.”

          Then, one true voice, the Berger’s youngest son, asks the four questions that answer:

“Why is this night different from any other night?”

We partake of bitter herbs because we were forced captivity by the Egyptians was bitter; we eat hard boiled eggs-dipped in saltwater in order to produce life submerged in the tears of slavery. You know that something though? To me, eggs dipped in salt water comes from the fact that I always thought that our brothers got them wet when they crossed the Red Sea. God knows I have no disrespect for with this theory, but they way i see it, he wouldn’t have made things that easy for us by just separating the waters so that we could flee. To me that makes no sense at all. What would that do to our fighting spirit? No, I think Moses was a pretty smart fellow, and he crossed the narrowest point during the dry season, just like I did , when I crossed the Oder and I’m not even half as Moses was. No. He, like me, took advantage of the low tide. The others probably died. So, nu? Where is the miracle you ask? Ah, in that Moses calculated right! He save enough of us so that we could continue to exist as a people. Believe me, that’s a miracle!

We also had some chopped apples mixed with wine and nuts to remind ourselves of the mortar with which, year after year, we cemented together the giant bricks to hold the pyramids you admire so much today and have lasted for centuries. Weren’t we, after all, the cheapest labor around!

At the end of that same week, i witness a grotesque scene. On several street corners they burn a rag doll named Judas. It’s a puppet, dressed like us, in white linen suits and ties. Before setting him on fire, they hang him. I pretend not to understand but the mocking hurts just the same. I know that once again a fellow Jew is paying for a thousand year-year-old sin, only this one is made of cloth and straw. to the mob’s great delight, it turns into ashes.

I thank you, gottenyu, that this time, today, here, now, I am not the flesh and blood victim. . . .

Translation into English by Joan E. Friedman

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Otros libros de Alicia Freilich Warshavsky

Other books by Alicia Freilich Warshavsky

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Angelina Muñiz-Huberman — Novelista judío-mexicana/Mexican Jewish Novelist — “Los esperandos”- fragmento de la novela sobre piratas judíos judeoportugueses/ “Those Who Wait”- a section of the novel about Portuguese Jewish Pirates

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Angelina Muñiz_Huberman

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Poemas místicos

Una historia cabalista

Cábala

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Angelina Muñiz-Huberman nació en Francia en 1936, hija de refugiados republicanos de la Guerra Civil Española. Está radicada en México desde que tenía seis años. Trazó su ascendencia por parte de su madre de judíos conversos que nunca salieron de España. Después de leer intensamente el Viejo Testamento y sus comentarios y en particular los libros místicos de la Cábala, se convirtió formalmente al judaísmo.  Por muchos años, Muñiz-Huberman ha sido profesora de literatura comparada en la Universidad Autónoma de México. Es escritora de numerosas novelas como La guerra del unicornio (1983), El mercader de Tudela (1999), y El sefaradí romántico: la azarosa vida de Mateo Aleman II (2005). Es autora de muchos libros de poesía, entre ellos El ojo de la creación (1992) y La sal en el rostro (1998). Sus temas predilectos son la creación y la destrucción, la unión de opuestos, el centro de la existencia, y más recientemente, el exilio como un estado de vivir. Escribe con gran cuidado, midiendo cada palabra y haciendo caso de sus sonidos. Sus imagines son sugestivas y alusivas. Insinúa en los poemas su enorme erudición y su conocimiento profundo del misticismo y lo hace sin frustrar a su lector.

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Angelina Muñiz-Huberman was born in France in 1936, daughter of Republican refugees from the Spanish Civil War. She has lived in Mexico since she was six years old. She traces her ancestry on her mother’s side to converted Jews who never left Spain. After reading intensely the Old Testament, its commentaries, and in particular the mystical books of the Kabbalah, she formally converted to Judaism. For many years, Muñiz-Huberman has been professor of comparative literature at the Autonomous University of Mexico. She is the author of many novels such as La guerra del unicornio (1983), El mercader de Tudela (1999), y El sefaradí romántico: la azarosa vida de Mateo Aleman II (2005). She is the the writer of many books of poetry, among them, El ojo de la creación (1992) y La sal en el rostro (1998). Her favorite themes are creation and destruction, and more recently, exile as a state of being. She writes with great care, considering each word and paying attention to how they sound. Her images are suggestive and allusive. Into her poems, she inserts her enormous erudition and her profound knowledge of mysticism, and she does so without frustrating her reader.

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Piratas

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“El cocinero de los piratas”

NO ES CUALQUIER COSA ser cocinero de unos famosos piratas. Unos piratas que han incursionado en casi todos los mares, que siempre han salido avante, que han obtenido cuantiosos botines, que, en tierra firme, también, han sabido desenvolverse y se han atrevido a ser espías, intermedios entre poderosos reyes, diplomáticos, escritores; que han urdido planes de ataque; han fundado colonias agrícolas y nuevas industrias; para, a la postre, retirarse a vivir de sus ganancias y convertirse en respetados miembros de su comunidad.

Si a esto añadimos que no eran cualesquier piratas, ni católicos, ni protestantes, ni musulmanes, sino judíos y que yo no era cualquier cocinero, sino un experto en las más exquisitas gastronomías, probadas y deliciosas recetas, con una sorprendente capacidad innovativa, aprovechando los más extraños y desconocidos sabores, en una palabra, que yo era un refinado gourmet y, aún más importante, que era un cocinero kósher.

Ante tales características empiezo en este momento a contar la historia de los llamados esperandos o piratas judeoportugueses del mar Caribe y del Mediterráneo. ¿Quiénes son los esperandos? Aquellos judíos de Sefarad, conversos forzados, que escapamos la persecución del Santo Oficio de la Inquisición y que hallamos nuevas fuentes de trabajo en las tierras recién descubiertas. Creamos los principales vías comerciales entre las nuevas tierras y Europa. Desarrollamos los cultivos de la caña de azúcar, del café, del cacao, del tabaco, del maíz, de la papa, y la explotación minería.

Hasta aquí iba bien todo, pero cuando el comercio     florecía nos eliminaron y los reyes de España y Portugal encargaron a la Inquisición nuestro hostigamiento, despojo y muerte. Los esperandos, ni cortos ni perezosos, buscamos otros lugares donde refugiarnos y acudimos a la protección de gobiernos protestantes que no habrían de perseguirnos. Holanda e Inglaterra nos permitieron establecernos y nos apoyaron, sobre todo ésta última, en su lucha contra los católicos. Fue así muchos de nosotros, expertos marinos y cartógrafos, y yo gran cocinero, nos convertimos en piratas del mar Caribe, al lado de los ingleses, para atacar los barcos españoles y arrebatar sus cargamentos.

A eso se debe que adoptáramos el nombre de esperandos para dar a conocer de manera velada nuestra identidad judía, a la espera de la llegada del Mesías, y distinguirnos de los cristianos.

Pues bien, para mi fue un gran honor preparar la comida para tan valientes personajes. Sobre todo, disfruté cuando me embarcaba bajo las órdenes de los capitanes Palanche, y cuando en cada una de nuestras excursiones fortuitas, mis dotes culinarias mejoraban Ahora quiero recordar una de nuestras incursiones.

La Burladora, el barco en el que entonces trabajaba, al avistar en el horizonte dos poderosos galeones españoles, enfiló la proa a toda velocidad, se introdujo entre las naves anulado su capacidad de maniobra, disparó  sus cañones por ambas bandas, siguió su veloz carrera y se esfumó.

A continuación nuestro barco de guerra, La Reina Esther, aprovechando de la confusión de los galeones españoles para atacarlos a su vez. Se hizo valer poderosamente, como verdadera reina, y los dejó a punto de hundirse para entonces iniciar el abordaje. Nuestra tripulación poseía una furia desatada y sus espadas centelleaban a diestra y siniestra sin dar reposo a los enemigos.

En poco tiempo dominaron a los españoles que no podían reponerse de lo que ocurría ante sus ojos. Pronto fueron empujados hacia la sentina quedando encerrados y despojados de sus armas.

Los piratas, en perfecto orden, desmantelaron las naves, y se llevaron un botín rico en monedas de oro, piedras preciosas, barras de plata y todo tipo de metales extraídos de las minas. La jornada resultó muy productiva y no contaron con ninguna baja. Prendieron fuego a las naves y se alejaron a toda vela para reunirse con La Burladora y dirigirse a puerto seguro. Lo que me daba tiempo preparar el exquisito banquete kósher en su honor, ya que nuestra sefardí manera de celebrar cualquier victoria es con una espléndida cena.

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Lápida de un pirata judío/Tombstone of a Jewish Pirate

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“The Pirates’ Cook”

IT’S NO SMALL THING to be the cook for famous pirates. Pirates who have made raids in almost all the seas, who have always gotten ahead, who have obtained substantial bounties, who, on dry land, also, have known how to stay afloat  and have dared to be spies, intermediaries among powerful kings, diplomats, writers; who have plotted attack plans; have founded agricultural colonies; so, in the end, retire to live of their gains and become respected members of their community.

And if we add to this that they weren’t any old pirates, not Catholics, not Protestants, not Muslims, but Jews and that I wasn’t any old cook, but an expert in the most exquisite gastronomies, proven and delicious recipes, with a surprising innovative capacity, taking advantage of the strangest and unknown flavors, in  word, that I was a refined gourmet and, even more important, that I was a kosher cook.

Given such characteristics, I will begin, now, ro tell the story of those called “esperandos,” “those who wait” or Portuguese-Jewish pirates in the Caribbean and the Mediterranean seas. Who are the esperamdos? Those Jews from Sepharad, our term for Spain and Portugal, forced converts, we escaped the persecution of the Holy Office of the Inquisition and we found new sources of work in the recently discovered lands. We established the principal commercial routed between the new lands and Europa. We developed  the cultivation of sugarcane, coffee, cocoa, tobacco and corn. the potato and the exploitation of mining.

Up to that point, everything went well, but when commerce was flourishing, they got rid of us, and the kings of Spain and Portugal commissioned the Inquisition with our harassment, removal and death. The esperandos, bold as they come, sought other places of refuge and we turned to the Protestant governments that wouldn’t persecute us. Holland and England permitted us to organize ourselves, and they supported us, especially the second, in their fight against the Catholics. So it was that many of us, expert sailors and cartographers, and I, great cook, we became pirates of the Caribbean Sea, beside the English, to attack the Spanish ships and snatch their cargo.

That’s why we took on the name “esperandos” to let our hidden Jewish identity it be known, waiting for the coming of the Messiah, and to distinguish ourselves from the Christians.

Well, for me it was a great honor to prepare food for such valiant fellows. Above all, I enjoyed it when I embarked under the orders of the captains Palanche, and when in each of our chance excursions, my culinary gifts improved. Now I want to recall one of one of our attacks.

The Lady Prankster, the ship in which I then worked, on catching sight of two powerful Spanish galleons, headed its bow at full speed , got in between the two ships and nullifying their ability to maneuver, shot its cannons from both sides, continued on its swift course and disappeared.

Next, our warship, The Queen Esther, took advantage of the confusion of the Spanish galleons by attacking them in turn. She took on powerful value, like our true queen, and left them about to sink in order to then commence the boarding. Our crew possessed an unbridled fury and their swords flashed left and right, without giving quarter to their enemies.

In little time, they dominated the Spanish who couldn’t respond to what was appearing before their eyes. Quickly they were pushed toward the bilge, hemmed in and stripped of their arms.

The pirates, in perfect order, dismantled the ships and took with them a rich booty of gold coins, precious stones, bars of silver and every type of metal extracted from the mines. The day resulted very productive and without a single casualty. They set fire to the ships and got away at full sail to meet up with The Lady Prankster and head for a safe port. Which gave me time to prepare and exquisite kosher banquet in their honor, since our Sephardic way of celebrating any victory is with a splendid supper.

Translated by Stephen A. Sadow

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Angelina Muñiz-Huberman:  Los Esperandos: Piratas judeoportugueses . . . y yo.                                  Ciudad México: Sepharad Editores, 2017, pp. 16.

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Algunos de los libros de Angelina Muñiz-Huberman

Some of the books by Angelina Muñiz-Huberman

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