Isaías Leo Kremer — Cuentista judío-argentino del campo/Argentine Jewish Short-Story Writer of the Countryside — “Don Wesser”

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Isaías Leo Kremer

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Isaías Leo Kremer nació en 1947 en Villalonga (Provincia de Buenos Aires ), pueblo donde su familia se había afincado varios años antes y donde su padre trabajaba en el campo. Ante la temprana muerte de su progenitor que falleció cuando él tenía 13 años, pasó a administrar el campo cuando su madre vio que estaba en condiciones de hacerlo. Allí aprendió a amar la tierra, el paisaje y la vida misma, en contacto con la naturaleza y con D”s.  Siendo adolescente cursó estudios rabínicos con verdaderos maestros como lo fueron Marshall T. Meyer y Mordejai Edery. Cumpliendo con esa especie de mandato de la mayoría de de los padres judíos de entonces, siguió estudios universitarios y en 1970 se recibió de Ingeniero Agrónomo en la UBA. Hoy vive en Buenos Aires, lugar que eligió para la educación de sus tres hijos y durante muchos años alternaba su estadía en la Capital con frecuentes viajes a las provincias, ya que sea su pueblo natal o otros sitios del interior donde puede sentirse más en contacto con la naturaleza y con el Creador.

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Isaias Leo Kremer was born en 1947 en Villalonga (Province of Buenos Aires), the town where his family had settled for several years, and where his father worked in the fields. After the early death of his progenitor who died when Kremer was 13 years old, he became administrator of the lands when his mother saw that he could do the job. There he learned to love the land, the countryside and life itself, in contact with nature and with God. As an adolescente, he took courses with true masters like Marshall T. Meyer and Mordejai Edery. Complying with that mandate of the majority of Jewish parents of the time, he did university studies, and in 1970 graduated with a degree in Agronomy from the University of Buenos Aires. Now he lives in Buenos Aires, the place he chose pro the education of his three children, and for many years, alternated his time in the Capital with frecuente trips to the provinces, being his where he was born and other places in the interior of the country where he could feel more in contact with nature and the Creator.

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“Don Wesser”: Isaías Leo Kremer. Milonga de la independencia: Cuentos con gauchos, judíos y argentinos. Buenos Aires:  Acero Cultural Editores, 2000, pp. 139-145.

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“Don Wesser”

Quiso el azar que unos cuantos años atrás me encomendaran un trabajo en el monte chaqueño. No tenía mucha idea de lo que debería hacer, pero con la soberbia que daba un título recién estrenado, no vacilé en aceptar la oferta y de ese modo aparecí en medio del “Mandiyú”, un establecimiento  agroforestal en el que supuestamente debía evaluar costos y posibilidades de desarrol

El clima caluroso y polvoriento, los mosquitos y jejenes, las víboras y alimañas, me mostraron que el emprendimiento no era para cualquiera. Sin embargo, me enamoré de la majestuoso de sus bosques (los que quedaron) de sus abras, donde todos los ruidos de alrededor se apagaban dejando sólo el susurro de la naturaleza en su plenitud.

No me detendré en las tareas que por sí merecerían varios libros (no los que yo hiciera), sino en episodio marginal que se dio a raíz de mi aburrimiento de fin de semana, cuando estaba saturado de contar rollos o evaluar algodón. Así fue con la secreta esperanza de hallar una niña bien dispuesta a mi persona, empecé a recorrer las chacras y obrajes vecinos; la suerte me era esquiva hasta di con el portal de un gran finca, en cuyos laterales resaltaba un cartel en el que se leía “Don Wesser” y en el otro colgaba una escupidera blanca enlozada, clavada firmemente al poste de quebracho, como si alguien pudiera pretender sustraerla

Picado por la curiosidad entré al establecimiento, total, a lo sumo me dirían que me marchara, aunque eso no fuera común en gente tan amable como la que conociera hasta entonces. Salió a recibirme un hombre alto, robusto y de avanzada edad, el rostro curtido por mil soles no tenía sitio sin pliegues y estos a su vez arrugas, pero la sonrisa que afloraba tras un mostacho blanco y tupido era cordial y antes de decirme nada, después del apretón de manos me ofreció que tomáramos mate; pese a que no vislumbraba a ninguna niña en edad de merecer, acepté el convite de don Wesser pues de él se trataba y me senté bajo un ñandubay copioso para charlar con el dueño de la finca, ahí empezaron mis sorpresas motivadas por la ignorancia.

Primero me tanteó en el aspecto agronómico (¿se habrá dado cuenta de cuán poco sabía?) y cuando prestamente le extendí mi reluciente tarjeta (gesto vano y estúpido pues los chacareros no portan tarjetero para retribuir), leyó mi nombre de inequívoco origen judío y me indagó sobre el mismo; no sin cierto recelo respondí a su pregunta y a la vez quise saber sobre el suyo que suponía alemán o austríaco. ¿Cómo, no lo sabe? Me dijo con asombro y ante mi negativa, ensilló un nuevo mate (de la calabaza grande) y me relató su historia que trataré de recordar ahora:

Era hijo de padres judíos que provenientes de Podolia-Kamenetz, habían llegado a la República Argentina en 1899 en un vapor llamado Wesser y cómo el naciera en el Hotel de Inmigrantes el 15 de agosto de ese año, los padres decidieron ponerle el nombre del viejo barco como homenaje; de los primeros años Wesser no recordaba, sino que se los contaron y así me los refirió.

Cuando el grupo de Podolia-Kamentz llegó al norte de Santa Fe, la condiciones no podían ser peores. Fueron albergados en viejos vagones sin condiciones sanitarias ni de habitabilidad. El terrateniente Palacios no cumplió con ninguna de las cláusulas convenidas con los colonos y no pasó mucho tiempo antes de éstos. Desesperados, comenzaron a desertar. Algunos salieron a la buena de D”s para tratar de sobrevivir en cualquier lugar, muchas de las mujeres cayeron en manos de los Imeim (impuros), que presurosos las buscaban con falsas promesas de bienestar; la mayoría se quedó para intentar ser pioneros y colonos en su propia tierra, éstos fueron los que en un principio más sufrieron.

Las paupérrimas condiciones de vida hicieron que sobrevivieron pestes y epidemias por lo que muchos de los niños fallecieron y según don Wesser, los padres los ponían en latas vacías de querosene como único ataúd y así los enterraban; al igual que en otros tiempos y latitudes, el llanto de mujeres judías pobló la atmósfera triste y agobiante del lugar.

Todos estos soñadores impenitentes lloraron su dolor en la selva norteña. La falta de alimentos los llevaba a merodear las vías del tren que llegaba a Tucumán y tanto los obreros del ferrocarriles como los pasajeros, contemplaban impávidos como los niños se peleaban por alguna galletita tirada desde el coche-comedor; los hombres y mujeres, vestidos con harapos, escarbaban la tierra sacando raíces para comer, se buscaban ratones y víboras para paliar el hambre que dolía en sus vientres y martillaba en sus cerebros.

Según el relato de Wesser, una casualidad hizo que el viajero del tren, el Sr. Lowenthal se percatara de que de que los mendigantes hablaban en rumano o idish y al conocer el estado de las cosas se puso en contacto con el Barón Hirsch a fin de paliar la situación de los pioneros judíos. En no sé cuánto tiempo llegó ayuda y según Wasser, se compraron los terrenos de Palacios. Mi relator no conocía los detalles porque pese a que aún era un niño, quiso escapar del lugar, por lo tanto se despidió de su afligida madre y saltó al vagón de cola de un tren, ignorando cuál será su destino.

Siendo aún muy pequeño, recorrió mil caminos del norte argentino, ya muy lejos de los vagones de hambre de Palacios y así fue como llegó al Chaco, donde siempre necesitaban brazos para la cosecha de algodón o para hachar quebracho en el monte.

Su primer trabajo estable lo tuvo en un obraje maderero. Lo llevaron a un establecimiento en el había un gran almacén, lo proveyeron un hacha, un pico, yerba, carne, galleta y agua; con ese equipo se instaló en medio del monte, para lo cual primero tuvo que hacerse un reparo de postes de dos metros terminados en un horqueta, clavó los postes, colocó otros transversales en la horquetas y cubrió todo con hojas de “sombol” (pasto alto típico del lugar) y esa fue la primera noche en la que el aún niño tuvo su comida asegurada.

De a poco fue dominando el duro oficio de hachero, sus brazos se hicieron fuertes y firmes sus músculos, pero cuando llevaba su carga al administrador, el valor de los rollizos no alcanzaba para pagar los insumos de alimentos y cada quincena, con cada liquidación, volvía a quedar endeudado y demás está decir que no permitían retirarse a quien tuviese deudas con el obrador.

Fueron muchos años de esclavitud forzada en el monte chaqueña, ¿para eso había abandonado a su madre? ¿Para volver a ser esclavo como los de Egipto que le relataran? Wesser tomó la decisión; saldría de allí como fuera, decidió no retirar ninguna mercadería del almacén, comió frutas del mistol, mulitas, víboras, liebres, lo que fuera, se justificaba aún volver a pasar hambre y así fue como el muchacho saldó “la deuda” con el obrador y con su “mono” al hombro, salió a la huella sin destino cierto ni rumbo a elegir.

Caminando entre las chacras, le llamó la atención el mar blanco de algodonales, que se extendía donde otrora se irguieran majestuosos los quebracho que sus manos grandes y callosas talaran en cantidad. Y estaba atrapado por esa tierra agobiante para los forasteros pero para que los lugareños era cálida y acogedora, así fue que detuvo a un camión que pasaba por la huella y preguntó al chofer por esos campos blancos, el conductor del vehículo tampoco era criollo sino ruso, notó que estaba en presencia de otro “gringo” parecido a él y de alguna manera, le hizo entender que en el algodonal era de su propiedad y que buscaba conchabo podría dárselo y así Wesser fue a pasar a “Ukrania”, tal era el nombre de la finca del “paisano gringo”.

Era dura la tarea de salir a la mañana con la bolsa de arpillera colgada a la cintura, arrancar capullos hasta que las yemas de los dedos perdían toda sensibilidad, quemarse la cabeza con el sol inclemente que caía a pico sobre el cosechero, dolía la cabeza, la cintura que se quebraba por el peso de la bolsa y al final del día, ¿cuánto era? 50 kilos, luego 80, hasta pasar los 100 kilos de vellón, a costa de un trajinar duro e incesante, pero por la noche sus doloridos músculos reposaban y su mente se permitía un futuro posible, lejos del hambre y la miseria que conociera del Sr. Palacios, allá en el lejano norte santafecino.

Al igual que Jacob frente a Lában, debió soportar muchos años de sacrificio para ver algún fruto y mientras tanto, añoraba con el sabor de los recuerdos los días junto a los suyos cuando pese a la desesperación, se cantaba y se rezaba, se bailaba y se lloraba, pero estaba decidido a no aflojar y no pensaba volver con la cabeza gacha a la colonia donde pasara tanto hambre y humillación. Sabía que por referencias de viajeros que habían cambiado mucho las condiciones en Santa Fe, pero él estaba atrapado por eso campos polvorientos que ya eran definitivamente su hogar.

Acostumbrado a las privaciones, guardaba el total de sus ganancias, a lo sumo algún par de alpargatas o un cuchillo eran los “lujos” que se permitió durante largos periodos, así fue que en una oportunidad, invirtió sus atesoradas ganancias en comprar aperos de labranza y tomó tierra para plantar algodón en su propio beneficio y no de otros.

Puso más ahínco aún en las tareas carpiendo con la azada, desyuyando con las manos lastimadas, de año en año sus cosechas se incrementaron y acumularon; como no tenía mejores necesidades, no vendió en los años de baja precio sino que compró producción de otros y cuando los valores subieron, negoció la venta en mejores condiciones por tener cantidades importantes y así fue que de a poco consolidó una posición estable.

Recién después de muchos años, un día tomó su flamante vehículo y enfiló hacia la Colonia Palacios, vio desarrollo y riqueza, pero sus afectos directos ya no estaban allí y pesa a disfrutar del contacto con sus ex paisanos, las tórridas tardes del Chaco lo atraían como un imán invisible y regresó a su finca, esta vez en forma definitiva.

Este fue el relato abreviado de Don Wesser, quien me dio una lección de historia que yo ignoraba; años después corroboré que sus historias eran absolutamente veraces y que la verdadera odisea de los viajeros del Wesser fue mucho más dramáticas de lo que él me refiriera, vaya para ellos mi sentido homenaje.

Volví a lo de Don Wesser en repetidas ocasiones, tenía una esposa eslava que era la imagen un una “mamuska” rusa, desconozco su origen aunque supongo que sería hija de algún finquero ucraniano del lugar. También había hijos e hijas de distintas edades, unos con rostros “europeos” y otros con caracteres que denunciaban su noble origen indígena, pero que también lo llamaban “papá”, de lo cual deduzco que serían hijos suyos con algunas de las mujeres criollas que de ambulaban por el lugar. Obviamente no pregunté nada al respecto y me concentraba en las numerosas charlas que tuve con él.

A punto de terminar mi labor y pronto a regresar del Chaco, fue a despedirme del finquero, como siempre “ensilló” la calabaza grande y me invitó a tomar mate bajo el ñandubay, me señaló los árboles que había plantado con sus manos y me dijo: lamento haberme alejado de mis hermanos, pero el destino me trajo aquí y no me arrepiento, pues logré lo que ambicionaba y de hecho soy feliz. Le respondí que me parecía correcto y que yo no era juez de nadie, aproveché para preguntarle por qué tenía colgada una bacinilla blanca en el portal de la finca.

So tomó tiempo para contestarme cual si su mente volviera a escenas vividas hacía ya muchos años y esbozando una sonrisa por el recuerdo me contestó:  Ese es  un “tepl” (escupidera), cuando mi madre recibió enseres de cocina, los criollos se reían y ella pensaba que eran ignorantes pues nunca habían visto una olla, la llamaba algo como “la petisa blanca” y me la dio cuando me escapé en tren a Tucumán, es el único recuerdo material que tengo de mi madre y la coloqué a la entrada, en el portal, para recordarme de donde provengo cada vez que ingreso del campo. Sus manos callosas y secas apretaron las mías sabiendo que no volverían a estrecharse, sus ojos claros me miraron cual si se despidieron a un hijo querido, aún permanece en mi retina con su brazo alzado saludándome, con un mar blanco como fondo.

 

Cada tanto evoco a Don Wesser, el chaqueño, otra hoja de nuestro pueblo empujada por los vientos de la vida, que nos llevan adonde no sabemos y nos depositan donde el Altísimo lo dispone.

P.D.: La epopeya de los viajeros del Wesser si bien es conocida no está muy difundida, aún entre aquellos que llevan en sus venas la sangre de aquellos sufridos pioneros argentinos.

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“Don Wesser”

A few years ago, fate willed that they put me in charge of a job in the Chaco hills. I didn’t have much of an idea of what I would have to do, but with the pride the that came from a degree recently acquired, I didn’t hesitate in accepting the offer and so, I appeared in the midst of “Mandiyú”, an agroforest establishment in which supposedly I ought to evaluate costs and possibilities for development.

The hot and dusty climate, the mosquitos and gnats, the snakes and the vermin, showed me that the undertaking was not for just anyone. Nevertheless, I fell in love with majesty of the forests (those that were left) of its passes, where all the surrounding sounds waned, leaving only the whisper of nature in its plenitude.

I won’t waste time with the work, which by itself would merit several books (not those that I might write,) but rather a marginal episode that arose from my weekend boredom, when I was sick of counting rolls or evaluating cotton. So, with the secret hope of finding a girl well-disposed to me, I began to go around the neighboring small farms and factories; luck was elusive until I stumbled upon a large farm, where on one gate post stood out a sign which read “Don Wesser” and on the other was hanging a white enameled spittoon, firmly nailed to the post of quebracho wood, as if anyone would try to remove it.

Incited by curiosity, I entered the establishment, so, at the worst, they would tell me to leave, although that was no common with people so friendly as those that I had known up to then. Coming out to meet was a tall, robust man of advanced age, whose face tanned by a thousand suns, had no place without folds, and these in turn without wrinkles, but the smile that flourished under a white and thick mustache, and before saying anything to me, after shaking hands, suggested that we take mate; despite not noticing a single girl of the appropriate age, I accepted don Wesser’s invitation, as that is what he was called and I sat down under a copious ñandubay, to chat with the owner of the farm, there, because of my ignorance, began my many surprises.

First, he sounded me out about agronomy (did he understand how little I knew?) and when I promptly reached out to him my shining card (a vain and stupid gesture since those who live in the Chaco don’t carry card wallets, and that they could give a card in return,) he read my name of unequivocal Jewish origin, and he asked me about it; not without a certain suspicion, I answered his question, and at the same time I wanted to know about his that I guessed was German or Austrian. Didn’t you know it? He said to me with amazement, and with my negative response, he put a new mate (from the large gourd) and he told me his story that I will try to remember now:

When the group from Podolia-Kamenetz arrived in the north of Santa Fe, the conditions couldn’t be worse. They were housed in old train cars without the necessary sanitary or living conditions. Palacios, the landowner, didn’t fulfil any of the clauses agreed upon with the colonists and didn’t spend much time among them. Desperate, some began to dessert. Some left, trusting God, to try to survive in any place, many of the women fell into the hands of the Imeim (impure ones,) who, shameless, sought after them with false promises of comfort; the majority stayed with the intention of being pioneers and colonists on their own land, these were those who, in the beginning, suffered the most.

The extremely poor conditions of life forced them to survive plagues and epidemics during with many of the children died and, according to don Wesser, the parents put them in empty cans of kerosene as their coffins as their only coffin and so they buried them; as in other times and in other latitudes, the cries of Jewish woman filled the sad and oppressive atmosphere of the place.

All of these impenitent dreamers cried of their pain in the northern jungle. The lack of food led them to hover around the rails of the train that was on its way to Tucumán. And the railroad workers as wells as the passengers, watched unmoved as the children fought over a little cracker thrown from the dinner car; the men and women, dressed in rags, dug into the earth, taking out roots to eat, they searched for rats and snakes to ease their hunger that hurt their bellies and hammered at their brains.

According to Wesser’s story, by chance, Mr. Lowenthal, a passenger on the train, noticed that those beggars spoke in Romanian or Yiddish, and on knowing the state of things, made contact with Baron Hirsch, in order to ease the situation of the Jewish pioneers. I don’t know how quickly, but help arrived, and, according to Wasser, they bought Palacio’s lands. My narrator didn’t know the details, because, despite the fact that he was still a boy, he wanted to escape from the place, and so he said goodbye to his heartbroken mother and jumped onto the last car of the train, not knowing what his destiny might be.

Being still very small, he travelled through a thousand roads of the north of Argentina, now very far from the train cars of hunger of Palacios, and that was how he arrived in the Chaco, where, in the north. they always needed arms for the harvest of cotton or to cut down quebracho trees.

His first stable job was in a lumber yard. They brought him to an establishment in which there was a large store. The provided him with an axe, a pick, mate, meat, crackers and water, with this equipment, he settled in the midst of the mountain. First, he had to make for himself a hut of two meter posts ending in a fork; he nailed the posts together, placed other cross-beams in on fork and covered everything with “sombol” leaves (high grass, typical of the area,) and that was the first night in which young boy had his meals assured for.

In little time, he mastered the difficult trade of the lumberjack, his arms became strong and his muscles firm, but when he brought his load to the administrator, the value of the cylinders was not enough to pay for the supplies of food, and every two weeks, with each settlement, he was further indebted, and it’s enough to say that they didn’t permit anyone to leave who had debts with the store.

There were many years of forced slavery in the Chaco hills. Was it for that that he had abandoned his mother? To be a slave again like those he was told about? Wesser made the decision that he would get out of there any way he could: he decided not to take any merchandise from the store. He ate fruit from the jujube tree, armadillos, snakes, rabbits, and so it was that the boy settled his debt with the company store and with his “monkey” on his shoulder, left on the path without a sure destiny of a direction to choose.

Walking among the farms, the white sea of cotton plants, that extended where once stood majestically the quebracho trees, that he with his large and calloused hands had cut down many. And he was trapped by this land, oppressive for foreigners, but for its inhabitants warm and welcoming; for that reason, he stopped a truck that was passing on the track, and asked the driver about these white lands. The driver of the vehicle was not criollo but Russian. He noticed that he was in the presence of a “gringo” like himself, and by some manner, let him know that he cottonfields were his property, and that, if I was looking for employment, he could give it to me.

The work consisted of going out in the morning with a bag of burlap hanging from his waist, to pull off cotton balls until the his fingertips lost all feeling, to burn his head with the inclement sun that fell sharply on the picker of cotton, made his head hurt, the waist would break by the weight of the sack, and at the end of the day, how much was it? 50 kilos, then 80, until passing 100 kilos of cotton fleece, at the cost of hard and incessant keeping on the move, but at night his sore muscles rested and his mind allowed for a possible future, far from the hunger and misery that he knew from Mr. Palacios, there in the far north Santa Fe.

As Jacob with Laban, he had to put up with many years of sacrifice to see any fruit, and at the same time, he missed the flavor of the memories of the days together with his own people, when, despite the desperation, they sang and prayed, danced and cried, but he had decided to not weaken and to not return with his head down to the colony where he had lived through so much hunger and humiliation. He knew from statements from travelers, that the conditions in Santa Fe had changed a lot, but he was trapped by these dusty fields that were now his home for good.

Used to privations, he saved the total of his earning, at most a pair of alpargatas shoes or a knife were the only “luxuries” that he permitted himself during long periods, so that when there was an opportunity, he invested his treasured earning in buying land and work tools, and planted cotton for his own benefit and not that of others.

He put even more effort into those tasks, digging with the hoe, picking with his injured hands. Year by year, his harvests increased and accumulated; as he didn’t have more important necessities, he didn’t sell in the years when the price was low, but bought the production of others and when the value of cotton was high, he negotiated the sale in better conditions since he had important quantities, and so it was that in a short time, he consolidated a stable position.

Recently, after many years, one day he took his brand new vehicle and headed for Colonia Palacios. He saw the development and riches, but his strong feelings were no longer there, and in spite of enjoying the contact with his former comrades, the torrid evenings of the Chaco attracted him like an invisible magnet, and he returned to his farm, this time definitively.

This was the abbreviated tale of Don Wesser, who gave me a history lesson all of which I was unaware; years later, I corroborated that his stories were absolutely true. The real Odyssey of the travelers on the Wesser was much more dramatic than those that he described to me, and I give to them my deeply felt homage.

I returned to Don Wesser’s farm on repeated occasions, he had a Slavic wife who was the image of a Russian“mamuska.” I don’t know her background, although I suppose that she would be the daughter of some Ukrainian farmer in the area. Also, he had sons and daughter of different ages, some with “European” faces and others with features that revealed their noble indigenous origin, but who also called him “papa.” From which I deduced that they were probably his children by criollo women who ambled around the place. Obviously, I didn’t ask anything about it, and I concentrated on the numerous conversations that I had with him.

About to finish my work and soon return from the Chaco, I went to say goodbye to the farmer, as always, he put more in the great gourd and invited me to take mate under the ñandubay. He pointed out to me the trees he had planted with his own hands, and he said to me: I lament having to gone far from my brothers, but destiny brought me here, and I don’t regret it, since I accomplished what I really wanted and, in truth, I am happy. I responded that it seemed to me right, and that I was no man’s judge. I took advantage of the moment to ask him why he had a white basin hanging the portal to the farm.

He took time to answer me as if his mind was going back to scenes lived many years ago, and smiling with the memory answered: That is a “tepl”(spittoon.) When my mother received cooking utensils, the criollos laughed, and she thought that they were ignorant, since they had never seen a pot, she called it something like “the white pony,” and she gave it to me when I escaped on the train to Tucumán; it’s the only material memory that I have of my mother, and I placed it at the entrance, on the portal, to remind me who where I come from, every time I enter from the countryside. His calloused and dry hands shook mine knowing that he wouldn’t ever embrace them again, his clear eyes looked a me as if he were saying goodbye to a beloved son. He remains in my retina with his arm raised, waving at me, with a white sea in the background.

 

Every once in a while, I evoke Don Wesser, from the Chaco, another leaf of our people pushed by the winds of life, that carry us to where we do not know and deposits us where the Most-High decrees.

P. S.: The epic of the travelers on the Wesser, if it is well-known, it is not well disseminated, even among those who carry in their veins the blood of those suffering Argentine pioneers.

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Unos de los libros de Isaías Leo Kremer/                      Some of Isaías Leo Kremer’s Books

 

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Alicia Freilich Warshavsky — Novelista y periodista judío-venezolana/Venezuelan Jewish Novelist and Journalist — “Cláper” — un fragmento de la novela/ “Cláper” — a selection from the novel

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Alicia Freilich Warshavsky

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           Nacida en Caracas, Alicia Freilich Warshavsky, es hija de inmigrantes de origen judío polaco. Asistió a la Universidad Central de Venezuela, donde recibió un B.A. en literatura en 1960. Freilich comenzó su carrera de periodista en 1969, trabajando desde entonces en una columna sobre literatura y política informativa, con un enfoque en temas de niños y familiares, entre otros temas. Gravitó hacia historias que presentaban luchas de la vida real de la gente común, con artículos de perfil que han obtenido premios nacionales de escritura y honores internacionales. Freilich también ha publicado artículos independientes en la prensa venezolana. Además, su interés en los medios se proyectó en la atmósfera televisiva, cuando fue anfitriona de un programa de asuntos culturales en Televisora ​​Nacional. Escribió un guión para un drama televisivo basado en la novela La Rebelión, del autor y presidente venezolano Rómulo Gallegos. Como educadora activa durante más de cuatro décadas, Freilich ha sido capaz de proporcionar instrucción en varios niveles en su disciplina desde la escuela primaria hasta la universidad, tanto en educación pública como privada. Su obra más conocida es Cláper (1987), una novela que muestra un sentido más profundo de pertenencia e identidad familiar durante un viaje espiritual y físico de un inmigrante judío a Estados Unidos a principios del siglo XX, que comienza en Polonia e incluye paradas en París. , Cuba y Estados Unidos antes de aterrizar en Venezuela. A través de los años, esta novela fue traducida al inglés y publicada por la University of New Mexico Press (EEUU). Freilich estuvo casado con Jaime Segal, un neurólogo, en 1962, hasta su divorcio en 1998. Tienen dos hijos, Ernesto y Ariel.

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Trabajos seleccionados

Libros

Cuarta Dimensión • En clave sexymental: Aldemaro Romero a medio siglo creativo • Entrevistados en carne y hueso • Ilan Chester es verdad • La Venedemocracia • Legítima defensa • Triálogo, Notas de crítica urgente

Novelas

Cláper (Traducido al inglés) • Colombina Descubierta • Vieja Verde (Traducido al inglés).

Adaptado de: Revoly Biografías

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          Born in Caracas, Alicia Freilich Warshavsky, is the daughter of immigrants of Polish-Jewish origin. She attended Universidad Central de Venezuela, where she received a B.A. in literature in 1960. Freilich began her journalism career in 1969, working since then on a column about literature and reporting politics, with a focus on children and family issues, among other subjects. She gravitated toward stories that featured real-life struggles of ordinary people, with profile articles that have garnered national feature-writing awards and international honors. Freilich also has published freelance articles in the Venezuelan press. In addition, her interest in the media projected into the television atmosphere, when she hosted a cultural affairs program at Televisora Nacional. She wrote a script for a television drama based on the novel La Rebelión, by the Venezuelan author and president Rómulo Gallegos. As an active educator for more than four decades, Freilich has been capable of providing instruction at various levels in her discipline from elementary school to university, both in private and public education. Her best-known work is Cláper (1987), a novel which shows a deeper sense of belonging and family identity during a spiritual and physical journey of a Jewish immigrant to America in the early twentieth century, which starts in Poland and includes stops in Paris, Cuba and the United States before landing in Venezuela. Through the years, this novel was translated into English and published by the University of New Mexico Press (EEUU). Freilich was married to Jaime Segal, a neurologist, in 1962, until their divorce in 1998. They have two sons, Ernesto and Ariel.

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Selected works

Books

Cuarta Dimensión • En clave sexymental: Aldemaro Romero a medio siglo creativo • Entrevistados en carne y hueso • Ilan Chester es verdad • La Venedemocracia • Legítima defensa • Triálogo, Notas de crítica urgente

Novels

Cláper (Translated into English – Colombina Descubierta – Vieja Verde (Translated into English

Adapted from: Revoly Biografías

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Cláper: Una novela

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Cláper

Llega la Semana Santa. El miércoles todavía abren los comercios. Desde que salgo de mi pensión, noto que las mujeres y hombres de todas las edades y en gran cantidad, van vestidos en túnicas moradas de tela gruesa. Algunos avanzan de rodillas como si en verdad fueran tullidos.

Decido seguir esa extraña manifestación silenciosa y así llego hasta la Basílica de Santa Teresa que está repleta de fieles apretujados, a su alrededor también.

Por la tarde luego de cerrar, paso de nuevo y entonces de lejos veo saliendo un Jésus de madera, cas arrastrándose bajo el peso de una gran cruz. Lo llaman Nazareno de San Pablo y va lentamente al centro de la multitud que lo pasea por las cercanías de la iglesia. A su paso ves que todos se persignan rogãndole ayuda por los males de salud.

Aquella inmensa cruz se vuelve mi martirio. Nadie me ha señalado en las calles como un criminal, pero de nuevo creo de advertir el odio, allá en Léndov, cuando la procesión de los cristianos en alguna Semana Mayor, culminó en piedras, palos y sangre  . . .  Como un asesino que acecha/ puñal en la mano/ a su víctima/ en altas horas de la noche/ así acecho tus pasos/ dios mío./ Mira tu piedad/ nunca me ha sonreído todavía a mí/ el nieto de Iscariote. . .?  Es otra vez un poeta que me explica con sus versos que leí tantas veces y ahora sólo ahora, son poema mío. Gracias, Itzik Manger. . .

Casi corriendo, voy a bañarme y vestirme pues esa misma tarde celebramos nuestra primera cena de pascua. Es lógico. ¿No fue la comida pascual como ésta llamada la Última Cena?

Nos reunimos en la quinta moderna de los esposos /Tolder, muy religiosos. Han traído de Estados Unidos el vino de consagrar y pan de aflicción, esas galletas de harina sin levadura recuerdo del maná que comieron nuestros antepasados en sus cuarenta años de peregrinaje por el desierto para alcanzar la tierra santa de Abraham, de Isaac y de Jacob.

Como si fuera una sola voz todo el grupo canta — Esclavos fuimos del Faraón en Egipto, de donde dios sacó con potente mano y brazo protector. . .

Y una sola voz de verdad, la del hijito de los Berger, hace las cuatro preguntas de qué esta noche es diferente de los otros del año.

Nos servimos hierbas amargas porque fue amargo nuestra forzado cautiverio egipcio y comemos huevo cocido y remojado en agua salada para reproducir la vida plena sumergida en lágrimas de servidumbre, aunque tú sabes, mi teoría particular sobre esta costumbre de los huevos duros en agua de sal, es que a nuestros hermanos se les mojaron mucho los suyos al cruzar el Mar Rojo. . . Y dios sabe que no le falto el respeto con esta esta opinión sincera porque no es necesario creer que él nos puso la cosa tan fácil, abriendo el mar en dos para huyéramos. No tiene gracia. ¿Dónde queda entonces el espíritu de lucha? Yo pienso que Moisés era muy astuto y cruzó la parte más angosta en tiempo de sequía, como hice yo en el Oder sin ser tan grande como Moisés. Aprovechó la baja marea y es seguro de ella que allá más de los nuestros se ahogaron. ¿Y dónde está el milagro entonces? preguntarás tú.  –En que calculó bien bien y se salvaron los necesarios para que sigamos existiendo como pueblo. . .

También probamos una crema de manzana triturada con nueces y vino para recordar la arcilla con que, año tras año pegamos los enormes ladrillos pues fuimos la mano de obra más barata para construir esas pirámides que admiras plácidamente hoy existiendo luego de tantos siglos ¿no?

Y el fin de aquella misma semana, soy testigo de un escena grotesca. En varias esquinas por donde transito queman un muñeco nombrado Judas. Es lo que llaman aquí un monigote, vestido con ropas viejas pero como nosotros, en flux de dril blanco y corbata. Antes de prenderle fuego lo cuelgan para significar su horca. Me resigno a no comprender el escarnio duele igual. Están cobrando la milenaria culpa a un correligionario mío de trapo y paja convertida en ceniza con gran contenido del poblacho,

Debo entonces agradecerme ¿verdad dio mío? Al menos esta vez, hoy, aquí, no soy la víctima de carne y hueso. . .

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Cláper: A novel —        in English

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Cláper

Holy Week is here. On Wednesday, the still open. From the moment I leave my boarding house I notice men and women of all ages and in large numbers wearing dark purple tunics made of heavy cloth. Some are kneeling as if they were really crippled.

I decide to follow that strange silent parade and arrive at the Basílica of Sta. Teresa packed with parishioners. That afternoon, after closing, I go again and at that time. I see from afar a wooden Jesus, dragging himself under the weight of an enormous crucifix. The refer to him as the Nazarene of St. Paul, He proceeds very slowly at the center of the crowd that accompanies him all around the church neighborhood. As he goes by, people cross themselves and beg his help for their many sorrows.

That immense crucifix becomes my martyrdom. No one has pointed me out as a criminal, but, once again I can feel the hatred I felt back in Lendov, when the Christian procession for the Holy Week would always end in stoning, beatings and bloodshed. . . .

 Como un asesino

puñal en mano

a su víctima

en altas horas de la noche

así acecho tus pases, dios mío.

Mira, tu piedad

Nunca me has sonreído todavía

el nieto de Iscariot. . . .

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Like an assassin who lurks

knife in hand

waiting for the victim

in the early hours of the morning

I search your steps my god

Your mercy has not yet smiled on me

I am the grandson of Judas Iscariot. . . .

           Once again, the answer comes from the poet Itsik Manger whose verses I read so often, yet only know have become truly mine. Thank you, Itsik!

I run to bathe and dress because that same night we celebrate out first night Passover Seder. Nu! After all, wasn’t the other on. the so-called Last Supper, a pashal meal too?

We gather in the modern house of the very religious Tolders. From the Univter States, they get kosher wine and the bread of affliction, matzoh to remind us of the manna our ancestors ate during the forty-year journey through the desert on the way to the Holy Land of Abraham, Isaac and Jacob.

As if in unison, the whole group chants,

 “We were the Pharaoh’s slaves in Egypt from

where He took us with a firm hand and an

outstretched arm.”

          Then, one true voice, the Berger’s youngest son, asks the four questions that answer:

“Why is this night different from any other night?”

We partake of bitter herbs because we were forced captivity by the Egyptians was bitter; we eat hard boiled eggs-dipped in saltwater in order to produce life submerged in the tears of slavery. You know that something though? To me, eggs dipped in salt water comes from the fact that I always thought that our brothers got them wet when they crossed the Red Sea. God knows I have no disrespect for with this theory, but they way i see it, he wouldn’t have made things that easy for us by just separating the waters so that we could flee. To me that makes no sense at all. What would that do to our fighting spirit? No, I think Moses was a pretty smart fellow, and he crossed the narrowest point during the dry season, just like I did , when I crossed the Oder and I’m not even half as Moses was. No. He, like me, took advantage of the low tide. The others probably died. So, nu? Where is the miracle you ask? Ah, in that Moses calculated right! He save enough of us so that we could continue to exist as a people. Believe me, that’s a miracle!

We also had some chopped apples mixed with wine and nuts to remind ourselves of the mortar with which, year after year, we cemented together the giant bricks to hold the pyramids you admire so much today and have lasted for centuries. Weren’t we, after all, the cheapest labor around!

At the end of that same week, i witness a grotesque scene. On several street corners they burn a rag doll named Judas. It’s a puppet, dressed like us, in white linen suits and ties. Before setting him on fire, they hang him. I pretend not to understand but the mocking hurts just the same. I know that once again a fellow Jew is paying for a thousand year-year-old sin, only this one is made of cloth and straw. to the mob’s great delight, it turns into ashes.

I thank you, gottenyu, that this time, today, here, now, I am not the flesh and blood victim. . . .

Translation into English by Joan E. Friedman

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Otros libros de Alicia Freilich Warshavsky

Other books by Alicia Freilich Warshavsky

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Angelina Muñiz-Huberman — Novelista judío-mexicana/Mexican Jewish Novelist — “Los esperandos”- fragmento de la novela sobre piratas judíos judeoportugueses/ “Those Who Wait”- a section of the novel about Portuguese Jewish Pirates

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Angelina Muñiz_Huberman

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Poemas místicos

Una historia cabalista

Cábala

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Angelina Muñiz-Huberman nació en Francia en 1936, hija de refugiados republicanos de la Guerra Civil Española. Está radicada en México desde que tenía seis años. Trazó su ascendencia por parte de su madre de judíos conversos que nunca salieron de España. Después de leer intensamente el Viejo Testamento y sus comentarios y en particular los libros místicos de la Cábala, se convirtió formalmente al judaísmo.  Por muchos años, Muñiz-Huberman ha sido profesora de literatura comparada en la Universidad Autónoma de México. Es escritora de numerosas novelas como La guerra del unicornio (1983), El mercader de Tudela (1999), y El sefaradí romántico: la azarosa vida de Mateo Aleman II (2005). Es autora de muchos libros de poesía, entre ellos El ojo de la creación (1992) y La sal en el rostro (1998). Sus temas predilectos son la creación y la destrucción, la unión de opuestos, el centro de la existencia, y más recientemente, el exilio como un estado de vivir. Escribe con gran cuidado, midiendo cada palabra y haciendo caso de sus sonidos. Sus imagines son sugestivas y alusivas. Insinúa en los poemas su enorme erudición y su conocimiento profundo del misticismo y lo hace sin frustrar a su lector.

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Angelina Muñiz-Huberman was born in France in 1936, daughter of Republican refugees from the Spanish Civil War. She has lived in Mexico since she was six years old. She traces her ancestry on her mother’s side to converted Jews who never left Spain. After reading intensely the Old Testament, its commentaries, and in particular the mystical books of the Kabbalah, she formally converted to Judaism. For many years, Muñiz-Huberman has been professor of comparative literature at the Autonomous University of Mexico. She is the author of many novels such as La guerra del unicornio (1983), El mercader de Tudela (1999), y El sefaradí romántico: la azarosa vida de Mateo Aleman II (2005). She is the the writer of many books of poetry, among them, El ojo de la creación (1992) y La sal en el rostro (1998). Her favorite themes are creation and destruction, and more recently, exile as a state of being. She writes with great care, considering each word and paying attention to how they sound. Her images are suggestive and allusive. Into her poems, she inserts her enormous erudition and her profound knowledge of mysticism, and she does so without frustrating her reader.

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Piratas

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“El cocinero de los piratas”

NO ES CUALQUIER COSA ser cocinero de unos famosos piratas. Unos piratas que han incursionado en casi todos los mares, que siempre han salido avante, que han obtenido cuantiosos botines, que, en tierra firme, también, han sabido desenvolverse y se han atrevido a ser espías, intermedios entre poderosos reyes, diplomáticos, escritores; que han urdido planes de ataque; han fundado colonias agrícolas y nuevas industrias; para, a la postre, retirarse a vivir de sus ganancias y convertirse en respetados miembros de su comunidad.

Si a esto añadimos que no eran cualesquier piratas, ni católicos, ni protestantes, ni musulmanes, sino judíos y que yo no era cualquier cocinero, sino un experto en las más exquisitas gastronomías, probadas y deliciosas recetas, con una sorprendente capacidad innovativa, aprovechando los más extraños y desconocidos sabores, en una palabra, que yo era un refinado gourmet y, aún más importante, que era un cocinero kósher.

Ante tales características empiezo en este momento a contar la historia de los llamados esperandos o piratas judeoportugueses del mar Caribe y del Mediterráneo. ¿Quiénes son los esperandos? Aquellos judíos de Sefarad, conversos forzados, que escapamos la persecución del Santo Oficio de la Inquisición y que hallamos nuevas fuentes de trabajo en las tierras recién descubiertas. Creamos los principales vías comerciales entre las nuevas tierras y Europa. Desarrollamos los cultivos de la caña de azúcar, del café, del cacao, del tabaco, del maíz, de la papa, y la explotación minería.

Hasta aquí iba bien todo, pero cuando el comercio     florecía nos eliminaron y los reyes de España y Portugal encargaron a la Inquisición nuestro hostigamiento, despojo y muerte. Los esperandos, ni cortos ni perezosos, buscamos otros lugares donde refugiarnos y acudimos a la protección de gobiernos protestantes que no habrían de perseguirnos. Holanda e Inglaterra nos permitieron establecernos y nos apoyaron, sobre todo ésta última, en su lucha contra los católicos. Fue así muchos de nosotros, expertos marinos y cartógrafos, y yo gran cocinero, nos convertimos en piratas del mar Caribe, al lado de los ingleses, para atacar los barcos españoles y arrebatar sus cargamentos.

A eso se debe que adoptáramos el nombre de esperandos para dar a conocer de manera velada nuestra identidad judía, a la espera de la llegada del Mesías, y distinguirnos de los cristianos.

Pues bien, para mi fue un gran honor preparar la comida para tan valientes personajes. Sobre todo, disfruté cuando me embarcaba bajo las órdenes de los capitanes Palanche, y cuando en cada una de nuestras excursiones fortuitas, mis dotes culinarias mejoraban Ahora quiero recordar una de nuestras incursiones.

La Burladora, el barco en el que entonces trabajaba, al avistar en el horizonte dos poderosos galeones españoles, enfiló la proa a toda velocidad, se introdujo entre las naves anulado su capacidad de maniobra, disparó  sus cañones por ambas bandas, siguió su veloz carrera y se esfumó.

A continuación nuestro barco de guerra, La Reina Esther, aprovechando de la confusión de los galeones españoles para atacarlos a su vez. Se hizo valer poderosamente, como verdadera reina, y los dejó a punto de hundirse para entonces iniciar el abordaje. Nuestra tripulación poseía una furia desatada y sus espadas centelleaban a diestra y siniestra sin dar reposo a los enemigos.

En poco tiempo dominaron a los españoles que no podían reponerse de lo que ocurría ante sus ojos. Pronto fueron empujados hacia la sentina quedando encerrados y despojados de sus armas.

Los piratas, en perfecto orden, desmantelaron las naves, y se llevaron un botín rico en monedas de oro, piedras preciosas, barras de plata y todo tipo de metales extraídos de las minas. La jornada resultó muy productiva y no contaron con ninguna baja. Prendieron fuego a las naves y se alejaron a toda vela para reunirse con La Burladora y dirigirse a puerto seguro. Lo que me daba tiempo preparar el exquisito banquete kósher en su honor, ya que nuestra sefardí manera de celebrar cualquier victoria es con una espléndida cena.

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Lápida de un pirata judío/Tombstone of a Jewish Pirate

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“The Pirates’ Cook”

IT’S NO SMALL THING to be the cook for famous pirates. Pirates who have made raids in almost all the seas, who have always gotten ahead, who have obtained substantial bounties, who, on dry land, also, have known how to stay afloat  and have dared to be spies, intermediaries among powerful kings, diplomats, writers; who have plotted attack plans; have founded agricultural colonies; so, in the end, retire to live of their gains and become respected members of their community.

And if we add to this that they weren’t any old pirates, not Catholics, not Protestants, not Muslims, but Jews and that I wasn’t any old cook, but an expert in the most exquisite gastronomies, proven and delicious recipes, with a surprising innovative capacity, taking advantage of the strangest and unknown flavors, in  word, that I was a refined gourmet and, even more important, that I was a kosher cook.

Given such characteristics, I will begin, now, ro tell the story of those called “esperandos,” “those who wait” or Portuguese-Jewish pirates in the Caribbean and the Mediterranean seas. Who are the esperamdos? Those Jews from Sepharad, our term for Spain and Portugal, forced converts, we escaped the persecution of the Holy Office of the Inquisition and we found new sources of work in the recently discovered lands. We established the principal commercial routed between the new lands and Europa. We developed  the cultivation of sugarcane, coffee, cocoa, tobacco and corn. the potato and the exploitation of mining.

Up to that point, everything went well, but when commerce was flourishing, they got rid of us, and the kings of Spain and Portugal commissioned the Inquisition with our harassment, removal and death. The esperandos, bold as they come, sought other places of refuge and we turned to the Protestant governments that wouldn’t persecute us. Holland and England permitted us to organize ourselves, and they supported us, especially the second, in their fight against the Catholics. So it was that many of us, expert sailors and cartographers, and I, great cook, we became pirates of the Caribbean Sea, beside the English, to attack the Spanish ships and snatch their cargo.

That’s why we took on the name “esperandos” to let our hidden Jewish identity it be known, waiting for the coming of the Messiah, and to distinguish ourselves from the Christians.

Well, for me it was a great honor to prepare food for such valiant fellows. Above all, I enjoyed it when I embarked under the orders of the captains Palanche, and when in each of our chance excursions, my culinary gifts improved. Now I want to recall one of one of our attacks.

The Lady Prankster, the ship in which I then worked, on catching sight of two powerful Spanish galleons, headed its bow at full speed , got in between the two ships and nullifying their ability to maneuver, shot its cannons from both sides, continued on its swift course and disappeared.

Next, our warship, The Queen Esther, took advantage of the confusion of the Spanish galleons by attacking them in turn. She took on powerful value, like our true queen, and left them about to sink in order to then commence the boarding. Our crew possessed an unbridled fury and their swords flashed left and right, without giving quarter to their enemies.

In little time, they dominated the Spanish who couldn’t respond to what was appearing before their eyes. Quickly they were pushed toward the bilge, hemmed in and stripped of their arms.

The pirates, in perfect order, dismantled the ships and took with them a rich booty of gold coins, precious stones, bars of silver and every type of metal extracted from the mines. The day resulted very productive and without a single casualty. They set fire to the ships and got away at full sail to meet up with The Lady Prankster and head for a safe port. Which gave me time to prepare and exquisite kosher banquet in their honor, since our Sephardic way of celebrating any victory is with a splendid supper.

Translated by Stephen A. Sadow

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Angelina Muñiz-Huberman:  Los Esperandos: Piratas judeoportugueses . . . y yo.                                  Ciudad México: Sepharad Editores, 2017, pp. 16.

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Algunos de los libros de Angelina Muñiz-Huberman

Some of the books by Angelina Muñiz-Huberman

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Isaac Goldemberg — Escritor y poeta judío-peruano, radicado en EEUU./ Peruvian Jewish Writer and Poet, living in the US. “Filosofía y otras fábulas”/ “Philosophy and other Fables”

 

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Isaac Goldemberg

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Poesía de Isaac Goldemberg

ISAAC GOLDEMBERG nació en Chepén, Perú, en 1945 y reside en Nueva York desde 1964. Ha publicado cuatro novelas, dos libros de relatos, trece de poesía y tres obras de teatro. Sus publicaciones más recientes son Libro de reclamaciones (2018), Philosophy and Other Fables (2016), Diálogos conmigo y mis otros (2013), La vida breve (2012), Acuérdate del escorpión (2010), Monos azules en Times Square (2008) y Libro de las transformaciones (2007).  Su obra ha sido sido traducida a varios idiomas e incluida en numerosas antologías de América Latina, Europa y los Estados Unidos. En 1995 su novela La vida a plazos de don Jacobo Lerner fue considerada en una encuesta de la revista Debate como una de las mejores novelas peruanas de todos los tiempos; y en el 2001 fue seleccionada por un Jurado Internacional de críticos literarios convocado por el Yiddish Book Center de Estados Unidos como una de las 100 obras más importantes de la literatura judía mundial de los últimos 150 años.  Goldemberg fue catedrático de New York University (1973-1986) y Profesor Distinguido de The City University of New York (1992-2019), donde dirigió el Instituto de Escritores Latinoamericanos y la revista internacional de cultura Hostos Review. Es Miembro Numerario de la Academia Norteamericana de la Lengua.  Es Miembro Numerario de la Academia Norteamericana de la Lengua Española y profesor honorario de la Universidad Ricardo Palma.

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ISAAC GOLDEMBERG was born in Chepén, Peru, in 1945 and has resided in New York since 1964. He has published four novels, two story books, thirteen poetry and three plays. His most recent publications are Libro de reclamaciones (2018), Philosophy and Other Fables (2016), Diálogos conmigo y mis otros (2013), La vida breve (2012), Acuérdate del escorpión (2010), Monos azules en Times Square (2008) and Libro de las transformaciones (2007). His work has been translated into several languages ​​and included in numerous anthologies of Latin America, Europe and the United States. In 1995 his novel Libro de reclamaciones (2018), Philosophy and Other Fables (2016), Diálogos conmigo y mis otros (2013), La vida breve (2012), Acuérdate del escorpión (2010), Monos azules en Times Square (2008) y Libro de las transformaciones (2007). was considered in a survey by the Debate magazine as one of the best Peruvian novels of all time; and in 2001 it was selected by an International Jury of literary critics convened by the Yiddish Book Center of the United States as one of the 100 most important works of world Jewish literature of the last 150 years. Goldemberg was a professor at New York University (1973-1986) and Distinguished Professor at The City University of New York (1992-2019), where he directed the Institute of Latin American Writers and the international culture magazine Hostos Review. He is a Full Member of the North American Academy of Language. He is a Full Member of the American Academy of the Spanish Language and an honorary professor at the Ricardo Palma University.

Introducción a las fábulas/Introduction to the Fables

Desde la época de los griegos antiguos, las fábulas han sido importante a la cultura popular. Fabulistas desde Asopo y Jean de la Fontaine hast Ambrose Bierce, George Orwell and James Thurber han expuesto sus pensamientos por las bocas de animales y han insistido en un moral muy claro y indisputable, ¡Uvas ácidas son siempre uvas ácidas!

Las fábulas de Isaac Goldemberg son muy diferentes. Atacan al lector, quien no puede leerlos literalmente, pero tiene que descifrar su significado o significados. Estas fábulas son plantillas que se pueden aplicarse a muchas situaciones de la historia y a la vida contemporáneas. Hay un humor, a veces negro, que puede sorprender o confundir al lector. Los morales también son ambiguos.

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Since the times of the ancient Greeks, fables have been important to popular culture. Fabulists like Aesop and Jean de La Fontaine to Ambrose Bierce, George Orwell and James Thurber have expressed their thoughts through the mouths of  animals and have insisted on a moral that is very clear and  indisputable. Sour grapes are always sour grapes!

Isaac Goldemberg’s fables are very different. They attack the reader, who can’t read them literally, but must decipher their meaning or meanings. These fables are templates that can be applied to many historical and contemporary situations. There is humor, often black, that can surprise and confuse the reader. The morals of the stories are ambiguous too.

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Irene Chelnitz

Isaac Goldemberg  Philosophy and Other Fables. New York : DíazGrey Editores, 2006.

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Fábulas/Fables 

Fábula de la Filosofía

La filosofía se instaló en los jardines de un monasterio donde los monjes leían cuentos de hadas a los niños. Eran momentos de verdadera felicidad porque la lectura iba acompañada de bofetadas en sus tiernas mejillas.

Aconteció entonces la segunda iluminación: si la filosofía pudiera hablar no podríamos entenderla. Así eran los juegos del lenguaje y ya no sería posible alcanzar la esencia de las palabras. Entonces la filosofía se sentó en una butaca y se dedicó a ver películas de cowboys mientras comía popcorn y los indios caían como moscas.

Philosophy’s Fable

Philosophy settled down in the gardens of a monastery where the monks were reading fairy tales to the children. These were moments of of true happiness because the readings were accompanied by slaps on their tender cheeks.

The second illumination then took place : if philosophy could speak, we couldn’t hear it. The games played by language were such, and it was no longer possible to reach the essence of the works. Then philosophy sat down in a theater seat and devoted itself to watching cowboy movies while eating popcorn and the Indians were falling like flies.

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Fábula del libro

Antes del libro existieron numerosos signos cuya lectura no era segura, por lo que no había manera de distinguir lo verdadero de lo falso. Entonces, ante la multitud agolpada al pie del cerro, el libro abrió la boca y dijo que era un regalo de los dioses. Nadie pudo imaginarse en ese instante su progresiva evolución. Primero su voz resonó en los templos: transmitió al humano el origen, las acciones y las cualidades de sus Creadores, pronunciando ritos, conjuros y plegarias. Fue el reflejo de la humanidad del humano, pero en un espejo distinto. Su voz —libresca desde un comienzo— reemplazó a la memoria del humano, perfeccionada durante milenios para recordar. Hablaron a través del libro y para la posteridad, políticos y gobernantes, sacerdotes y soldados. Fue un gesto de vanidad, cultivada y favorecida por sus páginas. Luego el libro transcribió cantos y poemas para la lectura individual, poniendo sólo al alcance de unos pocos y en privado lo que en su forma oral fue disfrutado por todos y en grupo.

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The Book’s Fable

Before the existence of the book, many signs whose meaning wasn’t clear, so that there was no way to distinguish the true from the falso. Then, the multitud crowded together at the foot of a hill, the book opened its mouth and said that it was a gift of the gods. In that instant, nobody was able to imagine its progressive evolution. First, its voice resonated in the temples: it transmitted to the humans the origin, the actions of its Creators, pronouncing rites, incantations and prayers. It was the reflection of the humanity of the human but through a  different mirror. Its voice –bookish from the start—replaced human memory, perfected during millenia of remembering. They spoke through the book and for posterity, politicians, and governors, priests and soldiers. It was a gesture of vanity, cultivated and preferred by its pages, Later the book transcribed songs and poems for individual reading, putting it within reach of only a few and in private what was in its oral form enjoyed by all and in groups

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 Fábula del mar y del río

El pueblo no tenía mar. Su mar eran las vías del tren. Río sí tenía: la infancia. Los viejos se sentaban  a su orilla a pescar recuerdos.

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El pueblo no tenía río. Su río eran las vías del tren. Mar sí tenía: el recuerdo. Los viejos se sentaban a su orilla a pescar infancias.

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The Sea and River’s Fable

The people didn’t have a sea. Their sea was the train rails. A river they did have: infancy. The old people sat at its banks to fish for memories.

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The people didn’t have a river. Their river was the train rails. A sea they did have: memory. The old people sat at its shore to fish for memories.

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Fábula de la ley del retorno

Fue propuesta la creación de una ruta de la lengua para recuperar el camino que recorrieron los expulsados.

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Fable of the Law of Return

They proposed the creation of a way for language to bring back of the road the traveled by the expelled.

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Fábula del fútbol

Pocos segundos antes de terminarse la final de la Copa del Mundo, el Rabino Mayor de Jerusalén, arquero del equipo de Israel, que iba perdiendo 1 a 0, lanzó un tiro desde su arco al arco del Vaticano —resguardado por el Papa—, con la esperanza de lograr el empate. La pelota sobrevoló todo el largo de la cancha y fue a incrustarse en el arco contrario. Entonces el Rabino se arrodilló sobre la grama, elevando los ojos al cielo en agradecimiento a Dios. El Altísimo, que había estado viendo el partido, esbozó una sonrisa y, rascándose la cabeza, se dijo que ese gol había sido un verdadero milagro.

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Fútbol’s Fable

A few seconds before the end of the World Cup final, The Chief Rabbi of Jerusalem, the  goalie of the Israeli team, which was losing 1 to 0, launched a shot from his goal toward the Vatican’s goal—shielded by the Pope—, with the hope of making it a tie game. The ball flew over the entire length of the field y was embedded in the opposing goal. Then the Rabbi fell to his knees onto the grass, raising his eyes in thankfulness to God. The Most High who had been watching the game, smiled slightly, and scratching his head, said to himself that that goal had been a true miracle.

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 Fábula del muro

Solo, el muro que separaba al humano del humano no sabía cómo derrumbarse. No sabía cómo. No sabía. No.

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The Wall’s Fable

Alone, the wall that separated human from human didn’t know how to fall down. It didn’t know how. It didn’t know. It didn’t.

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Fábula de la poesía

La poesía sufrió la mayor devastación. Fue expulsada de nación en nación. ¿Dónde estaba la justicia en esto? Al examinar lo ocurrido, la poesía llegó al corazón del asunto: podía ser que hubiese sido la víctima por haberse dedicado a  servir sus propios propósitos. Cierto, tuvo una visión y una perspectiva del Universo, pero permaneció oculta al humano. Su perspectiva fue nada más que una proyección de sí misma y quedó bastante satisfecha de su conclusión: no se encontraba a disposición de los humanos, y no era sensible a sus términos. La poesía era la poesía y el humano era el humano y ocurrió que ya casi nunca se encontraban la una con el otro. Esto puso al humano en su lugar, golpeó en la raíz de su error, de su concepción de la realidad misma.

¿Pero por qué se dio en el humano esa aversión tan profunda? El humano dijo que su mismísima presencia lo había puesto en peligro y tenía que hacerla perecer para no ser su amenaza. Luego rehusó voltear a mirarla.

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Poetry’s Fable

Poetry suffered the greatest devastation. It was expelled from one nation after another. Where is the justice in this? Upon examining what had happened, poetry arrived at the heart of the matter. It could be that it was the victim of having devoted itself to serving its own purposes. Surely it had a vision and perspective on the Universe, but it remained hidden from humans. Its perspective was nothing more than a projection of itself. And it was quite satisfied with its conclusion. It was not at the disposal of humans and wasn’t sensitive to their terms; poetry was poetry and humans were humans, and it happened that they rarely met each other. This put humans in their place, stuck to the root of the error of their conception of reality itself.

But what caused humans to have such a profound aversion to poetry? Humans said that it’s very presence had put them in danger, and they had to put it to death, so that it would not become a threat. Then, they refused to turn and look at it.

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Fábula del humano

Destruyó para crear, y tanto se ocultó dentro de sí que no existió sino exteriormente. Fue la escena viva por la que pasaron varios actores representando varios personajes. Pretendiendo ser exterior aun en lo más íntimo, simulando observar lo que acontecía fuera de ellos, el humano sólo pudo ver una cosa: el incesante desprenderse de esa carne con la que los unos intentaban configurar la silueta de los otros y el lento emerger de ese esqueleto que se desmoronaba sin llegar a encontrar ese vocablo misterioso que lo haría auténticamente soberano.

La búsqueda no fue sino el reflejo de esa desesperada ansia de unicidad que el humano no consiguió atrapar nunca. Porque la más pequeña cualidad que pudiera permitirle diferenciarse del caos que lo amenazaba con devorarlo, se transformó en impersonal y gris ceniza que le mostraba esa vida que intuía, pero a la que no le era posible acceder más que desapareciendo.

Pero el problema fue que todo el resto, incluso la paciente obra creada, no fueron sino rastros de la penosa ascensión. Ni más allá ni más acá existía nada. Todo el resto fue mentira. Sólo fue real el abismo de la derrota. Y esto fue evidente en el intento de disfrazarse una y otra vez con la piel del contrario para, en definitiva, no conseguir otra cosa que ese agujero insondable del que manaba sin cesar una lava arrolladora que fue transformándolo en la efigie de esa figura humana que cualquier transeúnte no advertido confundiría con la imagen de no importa qué melancólico oficinista.

Evidentemente, ese disfraz debió observarlo en un espejo que invertía totalmente las imágenes ya que el humano no hizo otra cosa durante toda su vida que intentar acceder a ese paraíso al que fue a parar su silueta como bronce y muerta estatua, de pie en una plaza y para consumo fotográfico de turistas apresurados, siempre auscultando el misterio de lo hondo, ese misterio tan verdadero como el sueño de la superficie, con la duda de esto u otra cosa, o de ni una cosa ni otra.

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The Human’s Fable

He destroyed in order to create, and he hid so much inside of himself that he existed only externally. It was a living scene through which passed several actors representing several characters. Pretending to be distant even with in most intimate, simulating the observation of that what happened around him, the human could only see one thing: the incessant casting off of that flesh with which the some intended to configure the silhouette of the others and the slow emergence of that skeleton which collapses without finding that mysterious word that would make it authentically sovereign.

The search was nothing but the reflection of that desperate anxiety of uniqueness that the human was never able to trap. Because the smallest quality that might permit him to differentiate from the chaos that threatened to devour him, was transformed into  impersonal and gray ash that showed him that life that he was intuiting but that wasn’t possible for to access without disappearing.

But the problem was that everything else, even the patiently created objects, were only traces of the terrible assent. Nor beyond nor her nothing existed. All the rest was lie. The only real thing was the abysm of the defeat. And this was evident in the intent to disguise itself again and again with the skin of the other, and definitely not acquire anything else than that unfathomable hole from which incessantly flowed a rolling lava that was transforming it into the efigie of that human figure that any uninformed passerby would confuse with the image of–it doesn’t matter which—melancholy office worker.

Evidently, that disguise ought to observe itself in a mirror that totally inverts the images, since the human did nothing else during all his life than try to ascend to that paradise where his silhouette would end up as a bronze and dead statue, standing in a plaza for photographic consumption by hurried tourists, and always assessing the mystery of the deep, that mystery as true as the dream of the surface, with the double of this or another thing, or of not one thing or the other.

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Fábula de la vida nueva

Los árboles daban sombra y ricos y pobres eran iguales debajo de la tierra. Niños y adultos estaban conectados a la red celestial del Internet y se encendían cirios recordatorios desde cualquier rincón del planeta. Nacionales como extranjeros estaban protegidos por una compañía de seguros y el precio del pasaje estaba incluido. Además,  se aseguraba el transporte del difunto y de familiares y amigos que deseasen acompañarlo. Se ofrecían también servicios de jardinería.

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 The New Life’s Fable

The trees gave shade and rich and poor were equal under the earth. Children and adults were connected to the celestial web of the Internet, and commemorative candles were burning from every corner of the planet. Natives as well as strangers were protected by an insurance company and the cost of travel was included. Moreover, the assured the transport of the dead one and relatives and friends who desired to accompany him. They also offered gardening services.

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Fábula de la religión     

Al rehusar interpretar correctamente la situación, la religión puso en movimiento la catástrofe final. Tal fue la trágica continuación de la historia. Sabía que nadie podía decir más del humano como el humano. Existían muchas cosas que se podían decir pero las más profundas, las más reveladoras, las más extremas se hallaban en la concepción de sí mismo.

Entonces la religión decidió hacer y decir algo. Deseó ser reconocida por el humano y que éste se definiera por sus preceptos. No quiso ser fruto de su imaginación. Luego se sentó sobre un trono alto y sublime y desde ahí dio voces, cubriéndose el rostro. Le advirtió al humano que su casa quedaría destruida y cualquier cosa demoníaca tendría libre derecho para atacarlo. Suplicó y lloró sobre el humano pero el humano ya no quiso.

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Religion’s Fable 

Refusing to correctly interpret the situation, religion put the final catastrophe in motion. It knew that nobody could saw more about the human than the human himself. Many things existed that could not be said, but the most profound, the most revelatory, the most extremes were found in the conception of one’s self.

Then, religion decided to do and to say something. She decided to be recognized by the human and that the human be defined by her precepts. She didn’t what to be the product of his imagination. Then, she sat on a high and sublime throne, and from there cried out, covering her face. She warned the human that his house would be destroyed and anything demonic would have the right to attack him. She supplicated and cried over the human, but the human still refused.

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Texto en Español por Isaac Goldemberg

Translation from the Spanish by Stephen A, Sadow

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Libros de Isaac Goldemberg/                Books by Isaac Goldemberg

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Gran Libro

 

Esther Seligson (1941-2010) — Escritora judío-mexicana/Mexican Jewish Writer — “Retornos”/”Returning”–

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ESther Seligson

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Esther Seligson estudió letras francesas e hispánicas en la Universidad Nacional Autónoma de México y empezó a publicar a los 24 años de edad en la revista Cuadernos del viento. En 1969, apareció su primer libro de cuentos Tras la ventana de un árbol.

En 1973 recibió al Premio Xavier Villaurrutia por su novela Otros son los sueños. Entre sus principales obras están Luz de dos (1978), Diálogos con el cuerpo y  La morada en el tiempo (1981), Isomorfismos (1991) y Hebras(1996), Rescoldos (2000), A campo traviesa (2005), Toda la luz (2006) y Todo aquí es polvo (post mortem, 2010).

“No puedo decir que mi literatura sea judía —afirmaba— porque hay elementos de la mitología griega, de hinduismo y de taoísmo, soy una lectora apasionada del I Ching, de sofismo y de miles de cosas. Ahora evidentemente no voy a negar que soy judía […]; considero que mi literatura es más mexicana que judía y eso lo señalaron hasta en Jerusalén”.

Otra de sus pasiones fue el teatro, al que dedicó muchas reseñas y ensayos; así como la traducción de autores como Edmond Jabés y Emil M. Cioran. Fue maestra del Centro Universitario de Teatro por más de 25 años.

En 1990 publicó El teatro, festín efímero (Reflexiones y testimonios), una compilación de textos y entrevistas a los directores, dramaturgos y actores de una de las épocas más prolíficas de la escena mexicana.

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“Retornos”

En cualquier caso, el instante presente es el plano sobre el que se proyectan las señales de todos los momentos.

                   GEORGE KUBLER, La configuración del tiempo

Si tornara a de vivir de nuevo, me gustaría encontrar a mi madre y ser las dos un par de amigas jóvenes. Ella no sabría que fui su hija, así, practicaríamos de sus sueños de mujer románticos a de los cuarenta y veríamos juntas aquellas películas que siempre amó y juntas nos enamoraríamos de Gary Cooper, aunque yo prefiera a Humphrey Bogart.

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Por la calle Tacuba, llena de puestos, fritangueríos y antojitos nos acomodaríamos en unos banquitos poco estables, comeríamos sopes y beberíamos una chaparrita mientras repasamos las escenas donde Fred Astaire y Ginger Rogers se miran antes de bailar a dúo. Con los dedos aceitosos—el papel estraza no es un pulcro kleenex—entrelazaríamos nuestras manos y seguiríamos rumbo al Zócalo para el sentarnos en alguna de las bancas pintadas de verde para esperar el tranvía, pero dejando que se pasen varios porque no hay prisa de regresar y aún ni hemos platicarnos deveras lo más íntimo y secreto. La tarde es una tarde de domingo, por ahí de mayo, ligera, transparente. Huele a azúcar quemado, a tamal. Ella lleva un sombrerito beige con un listón café ladeado hacia la derecha sobre sus ondas castaño oscuro. Los ojos verdes se le azulean cuando se pone soñadora. Carga una cartera de charol negro, larga, bajo el brazo, y siempre se la cambia del lado contrario cuando caminamos y yo la estrecho.

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Lleva un traje de dos piezas, beige, de mangas cortas con falsas bolsitas señalados por una tira simular a la del sombrero, y un cinturón del mismo material, lino. Mi abuela lo zurció a mano aunque tiene varia máquinas Singer en el taller y muchas costureras que pedalean rápidamente. Separaríamos las monedas del paisaje, con el resto compraríamos una antología barata, y leeríamos a vuela pájaro, de pie en la parte trasera de la tranvía, poemas de Amado Nervo, Gustavo Adolfo Bécquer, Luis G. Urbina, Manuel Acuña, Rubén Darío, cuyos versos nos rondarían, hojas sueltas, ya que cada una en su cama, antes de conciliar el sueño—si tú me dices con lo dejo todo volverían las oscuras golondrinas aquella mano suave de la palidez de yo necesito decirte que te quiero margarita está linda la mar margarita te voy a contar un cuento–, recitados a lo mejor por un príncipe azul cuya voz pastosa se perdería entre los acordes de Cantando bajo la lluvia.

De no ser posible, entonces, mi alma se sentaría junto a ella para escucharla interpretar el piano, cuando la abuela no se encontrara en casa, no los ejercicios correspondientes a una alumna del Conservatorio, sino, puro oído, aquellas mismas melodias que le rondan el corazón de noche y de día y que, aun hoy le tiñen la mirada de un azul enamorante…

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“Returning”

 

In every case, the present instant is the plain onto which one projects the signs of all moments.

GEORGE KUBLER. The Configuration of Time

If I had the chance to live once again, I would like to meet my mother, and have the two of us be a pair of young friends. She wouldn’t know that I was her daughter, therefore, we would chat about her dreams of being a romantic woman in the forties, and we would see together those films that she always loved, and together we would fall in love with Gary Cooper, although, I preferred Humphrey Bogart.

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On Tacuaba Street, full of stalls, fritangueríos y antojitos, we would get comfortable on some unstable benches, we would eat sopes and we would drink a chaparrita, While we would go back over the scenes where Fred Astaire and Ginger Rogers look at each other before dancing together. With our oily hands—the brown paper is no substitute for delicate Kleenex—we would interlace our hands and we would continue in the direction of the Zócalo in order to  sit down on one of the green-painted benches to wait for the trolley, but letting several  of them pass, because there is no hurry to return, and still we haven’t really chatted seriously about the most intimate and secret. The afternoon is a Sunday afternoon, like May, light, transparent. It smells of burnt sugar, a tamal. She carries a small beige hat with a wood strip tilted toward the right above her dark chestnut waves. Her green eyes turn blue when she becomes dreamy. She carries a handbag of black patent leather, large, under her arm, and she always moves it to the other side when we walk and I hold on to it.

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She’s wearing a two-piece suit, beige, with short sleeves with pretended little pockets, marked by a wood strip, similar to that on her hat, and a belt of the same material, linen. My grandmother sewed it all by hand, although she has several Singer sewing machines in the workshop and many dressmakers who pedal rapidly. We would put away the coins for the trip with the rest, we would buy an inexpensive anthology, and we would read  poems by Amado Nervo, Gustavo Adolfo Bécquer, Luis G. Urbina, Manuel Acuña, Rubén Darío, whose verse would hover about us. flying, we, on foot at the in the rear part of the trolley,

Free souls, because each is in her bed, before going/ getting to sleep—if you tell me that if I leave everything behind, the dark swallows would return, that soft pallid hand, I need to tell you that I love you margarita the sea is pretty margarita I’m going to tell you a story–.recited perhaps by a prince charming whose thick voice would be lost among the chords of Singing in the Rain.

If that’s not possible, then, my soul would sit together with her to hear her play the piano, when grandmother was not at home, not the exercises corresponding to a student of the Conservatory, but rather, pure listening/sound those same melodies that that surround the heart of the night and day and that, even today they color the gaze of an charming lover/falling in love. . .

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Rosa Nissán — Novelista judío-mexicana/ Mexican Jewish Novelist — “Novia que te vea” – fragmentos de la novela/ “Like a Bride” – portions of the novel

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Rosa Nissán

Rosa Nissán Rovero nace en la Ciudad de México. Obtiene el título de periodista en la Universidad Femenina en 1957. Ha publicado: 1992 Novia que te Vea (también llevada al cine en 1999 y para la que participó como guionista), 1997 Tierras Prometidas, 1999 Hisho que te Nazca, 1999 No sólo para dormir es la noche (Cuentos), 2000. Like a Bride. Like a Mother, Traducción al inglés en un sólo tomo de Novia que te vea e Hisho que te Nazca, 2002, Los viajes de mi cuerpo, 2003 Horizontes sagrados, 2016 Trrri biutiful leidis y en 2019 Cuántas Rosas hay en un rosal, libro Autobiográfico.

Durante 20 años formó parte activa en el taller literario de Elena Poniatowska. A partir de 1997 imparte talleres literarios, y diversos talleres de autobiografía novelada.

Su obra es parte de trabajos internacionales sobre literatura y otros temas (Estados Unidos, España, Francia, Alemania, Canadá) y son parte del material obligatorio en cursos de diferentes universidades del mundo.

En 1993. recibió el Heraldo al mejor guión cinematográfico y el Ariel al mejor guión cinematográfico por su trabajo en Novia que te vea. En 1994 la Asociación de Periodistas y Escritores Israelitas de México le otorgan el Ariel León Dultzin,  En 2002, la Academia Nacional de la Mujer de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística la distinguió con el título de Maestra Emérita de México. .En 2005, recibió el Premio Coatlicue, otorgado por el Colegio de Mujeres en la Música. En este mismo año, la Comunidad Sefaradí y la Federación Sefaradí Latinoamericana le otorgaron el reconocimiento especial Algo de lo nuestro, por su trayectoria literaria.

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Rosa Nissán Rovero was born in Mexico City. She received her certification as a journalist in the Universidad Feminina,  She has published: 1992, Novia que te vea (also made into a movie in 1999, and for which she acted as the screenwriter, 1997 Tierras Prometidas, 1999 Hisho que te Nazca, 1999 No sólo para dormir es la noche (Short-stories), 2000 Like a Bride. Like a Mothertranslation into English in one volume of Novia que te vea and Hisho que te Nazca, 2002, Los viajes de mi cuerpo, 2003 Horizontes sagrados, 2016 Trrri biutiful leidis y en 2019, Cuántas Rosas hay en un rosal, an autobiography.

For twenty years, she was an active part of  the literary workshop of Elena Poniatowska. Since 1997, she has given literary workshops and and varied workshops about the autobiographical novel.

Her work forms part of international works about literature and other themes (United States , Spain, France, Germany and  Canadá) and is required reading in courses in many world universities.

In 1994, Nissán received the Herald and Ariel prizes for the best cinematic script for her work on Novia que te vea. In 1994, the Association of Jewish Journalists awarded her the Ariel León Dultzin Prize. In 2002, the National Academy of Women of the Mexican Society of Geography and Statistics awarded her the title of the Emérita Teacher of Mexico. In 2003, she received the Coatlicue Prize from the Women’s College of Music. I the same year, The Sephardic Community and the Latin American Sephardic Federation awarded her a special recognition: “Something of Ours,” for her literary trajectory.

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La novela, autobiográfica en parte trata una tensión generacional entre unos padres de una familia sefardí en Ciudad México y su hija. Para los padres, inmigrantes de Turquía, es de sumamente importancia que su hija se case joven y les dé nietos masculinos. Oshinica, la heroína y narradora nacida en México, tiene otras ideas.   — Cuando hablan los padres de Oshinica, palabras de ladino aparecen en su español.

 

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“Novia que te vea”

fragmentos de la novela

Este domingo Becky y yo fuimos al Paso de Chapultepec, dicen que las que van se queman. De todas maneras fuimos, Y nos fue a todo dar, Andábamos en su VW azulito, paseando, mirando, riendo, Nos paramos en la glorieta de las ranitas a platicar con unos amigos de Becky; nos invitaron a cenar en un lugar maravilloso; El Chardas, donde toca el violín Elías Briskin. Yo estaba chiveadísima  por que son muy grandes; Jack, un médico francés, que apenas llegó a México, es primo del doctor Maya, tan famoso; nos contó que ejercer aquí, tiene que revalidar su título y presentar exámenes. Mientras en sociedad con su primo, van a abrir una clínica de análisis clínicos.

–¿No sabes de una muchacha paisana que quiera ser secretaria?, me preguntó.

–No, pero si sé, te aviso. Yo quiero trabajar, y apenitas me salió la voz, pero no soy secretaria, aunque sí sé taquigrafía y mecanografía.

–Vente al laboratorio.

–No creo poder.

–Prueba…

–Voy a pedir permiso de mi mamá.

–¿Te hablo por teléfono para que avises? Abrimos en dos semanas. Estamos en Insurgentes casi frente a Sears.

Cuando le conté a mi mamá se puso feliz.

–Ya vez siquiera que estudiaste taquigrafía y mecanografía, ¿cuálo no queremos los padres para nuestros hishos? La madre es una señora de lo mejor, ya estuve hablando francés con ella, salimos parientes, una prima de Estambul es su sobrinica.

Ora se puso bien contenta con mi mamá.

No, ya son muchos líos en mi casa, mamá se puso como loca, suena el teléfono y cuelgan, me siento con mis cuadritos y pongo el rojo y suena otra vez, contesta mi mamá y cuelgan; dejo mi estambre y contesto. Lalo me dice: “Quiero verte, mi vida, voy a hacer mucho dinero para ti”. Mi mamá agarró la bocina y sin más le echó de gritos; le dijo que me deje en paz, que si no entiende español.

Ya no quiere dejarme salir con mis amigas, ni contestar el teléfono; dice que si lo veo, me saca de la escuela y de todo.

Hablé con Lalo y aunque se puso tristísimo, ya no lo voy a ver. ¿Qué quiere que haga? No puedo.

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¡En que laboratorio tan elegante voy a trabajar!, la sala de espera tiene unas cortinas de manta blanca con rombos de colores pintados a mano; nunca he visto nada parecido; cuando me case quisiera tener unas así. No me canso de verlas.

Entrando está un escritorio reluciente para la secre: Yo. La máquina de escribir está fija y también puedo esconderla dando la vuelta, y queda libre la cubierta de la mesa. Estoy contenta de tener dónde guardar mi diario, las tarjetas de Lalo y las cartas de Frida, y que mi mamá no pueda esculcarme: es la primera vez en mi vida que tengo un lugarcito donde nadie puedo entrar, porque ella y su limpieza llegan a todos los rincones de la casa.

Detrás de mí, está el despacho de Jack, lleno de libros maravillosos y de muchas revistas de medicina, que son fáciles a entender. En el cubículo que está junto, recibimos a los que viene a sacar sangre y una plancha para tomas vaginales, luego está lo que propiamente es le laboratorio: microscopios, mesas de trabajo, frigeradores, centrífugas, pipetas, matraces, tubos de ensayo, probetas, al un recinto pequeño, donde se hacen los análisis de orina y excremento, cultivos y parasitoscópicos.

El lunes viene a quedarse de planta Rita, la joven que el otro día se encerró con Jack en su despacho. Creía que era su novia. Ella va a ser la química farmacobióloga responsable; tiene una trenza pelirroja muy muy grande, su cuerpo es largo y estirado y camina muy rápido se ve linda con su bata blanca.

Rita y yo recibimos nuestros primeros pacientes; me puse mi bata y mi mejor sonrisa y con un miedo espantoso, les abrí la puerta y me senté en mi escritorio  para atenderlos; me enseñaron su receta, busqué el listo de precios en la lista de precios, saqué mi libreta de recibos y les pregunté y les pregunté: ¿cuánto van a dar a cuenta? Y los pasé a la sala de espera a que admiraran, como yo, las cortinas: le llevé a Rita la receta, preparó lo necesario y los hizo pasar dándoles instrucciones levantarse la manga para una toma de sangre.

Me quedé con ellos; no es cosa de salirse después de esperar este momento durante dos largas semanas. Me fascina la seguridad de Rita. No me canso de verla trabajar, asomarse al microscopio, entusiasmarse con lo que ve adentro, y llamarme para que yo también vea como son los glóbulos rojos, los blancos.

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[Cumplí] un mes trabajando y he aprendido muchas cosas; ahora cuando me llaman por teléfono para pedir instrucciones de cómo presentarse a los exámenes, las doy como si nada, como se llevara años en esto; si alguna mujer viene a un estudio vaginal, entro con ella y le digo muy amable y muy seria que se suba la plancha y se quite sus chones, con; con esta bata he de parecer enfermera porque me obedecen. A mí me daría una pena horrible que me acostaran así, es más, no me dejaré nunca; es una posición humillante, de desventaja junto al doctor y enfermeras, uno medio desnudo y ellos muy arregladitos.

Si no hay mucho trabajo de escritorio me voy volada a ver cómo trabaja Rita; de tantas análisis de orina que he visto ya sé cómo se hacen.

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En la Femenina tienen la carrera de Laboratorista; el horario es en la tarde y son tres años.

–Búscate una amiga medio tiempo, y te metes a estudiar; sólo que vas a compartir tu sueldo con ella – me dijo Jack.

¡Qué bruto! ¡Qué cuate!, voy a ver quién me quiere trabajar aquí; quisiera abrazarlo y besarlo; las clases comienzan en dos semanas; no sé si voy a conseguir a alguien; ¿quién no va a querer un trabajo tan bonito? Lo gordo es cómo decirle a mis papás lo de una nueva carrera, bueno. . .más bien a mi mamá.

¡Laboratorista? Dios mío, esta niña nunca va a acabar!, estás loca?, ¿para qué quieres y esto agora! Estaba yo amán amán para que acabaras, ¡qué no va ver fin para esta desgraciada escuela?, no te basta con el mugroso título de periodista. ¡Dime por favor!, ¿para qué lo quieres, para colgar en el excusado?, para esto te va a servir; estás atavanada, a ver, ¿quién de sus amigas hace lo que tú? Dori ni terminó nada; se casó. Ni siquiera tiene un título; está feliz; el otro día la vi con su niña, me dio mil modos de alegría; está lindísima la niñita. Y tú, cuando gracias a Dios ya terminaste y eres periodista titulada y que tu papá te pagó tus estudios, se te ocurre otra carrera. Y cuándo vamos a descansar un poco para decir nuestra hija, sosdé ya gana su dinerito, ¡no!, apenas dos meses de sueldo y ya inventas algo nuevo, y sales con que quieres ser química. ¡Dios mío! ¿Por qué mos diste una hija sabia?, ¿por qué?, ande le afitan tantos estudios. ¿Y tú, Shamuel de qué estás tan calladico?, ¿por qué no le dices lo que me dishiste anoche?, ¿por qué me dejas siempre con el paquete?

Lo volteo a ver y me doy cuenta de que está de acuerdo.

¿Por qué me darán ganas de estudiar?, ¿y si acabé una cosa, no me conformo ya?

Me he estado acordando de Alicia, la que estudiaba periodismo, y eso que era abuelita. ¿Y si me caso y mi marido no me deja estudiar como a ella?  ¿Encontraré un hombre que no me considere loca si ya casada quiero estudiar?

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Cuando llegó mi papá de la tienda, dijo que Lalo entró a hablar con él, le dijo que si no se casa conmigo se va a matar y me va a matar a mí. Mi papá se puso furioso y le dijo: “Si quieres mátate tú”. Y ahora Lalo está loco, que cómo me va a dejar casar con ese trastornado.

Lalo, pobrecito de ti. Me da pena que mi familia le haga desprecios. Ya verás, te vas a superar y nadie se atreverá a hacértelos más. Y me voy a arrepentir de no haber tenido la fuerza para casarme contigo.

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Caminaba yo por el Parque México y me chiflaron muy insistentemente; vi a un muchacho guapísimo con suéter rojo, en un carrazo; ¡Era Lalo, qué bruto!, se parece a James Dean; cómo ha cambiado en estos tres meses que no nos hemos visto!; como siempre me cerró el ojo, se bajó de su coche último modelo y me acompañó hasta el laboratorio. Dijo que me ama, que no puede vivir sin mí.

–Cásate conmigo, te juro que no te vas a arrepentir, voy a hacerte feliz.

–Todavía no quiero, ya aprendí muchas cosas. Estoy estudiando ara laboratorista; pronto dejaré de ser secretaria; un día haré los análisis yo sola.

–¡Cásate conmigo y sigues estudiando!

Me quedé viendo con la boca y los ojos abiertos.

–De veras no te importaría que siguiera estudiando, ¿de veras?

–¿Por qué habría de importarme?

–¡No puede ser!, me estás vacilando, o como dicen los amigos de mi mamá: “Te dicen que sí, y cuando de casas no te dejan. A ver, si no te parece, ¿qué haces?” ¡Mentiroso!, eso es lo que eres, ya es hora que entro a trabajar, al rato te hablo. ¡Ah!, oye, ¡qué guapo que eres en ese suéter!, “es nuevo?

–¡No!, no puede ser, lo amo, lo adoro. Me ama. No sé qué me pasa; no puedo siquiera estar sentada en mi escritorio. ¡Claro que me caso!, pero ¡qué guapo estaba Lalo!, y después de tanto tiempo sin verlo, siento que lo quiero más.

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Editado de: Rosa Nissán. Novia que te vea. México: Editorial Planeta Mexicana, 1992, pp. 147-154.

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The novela, autobiographical in parte, deals with generational tension between the parents of a Sephardic family in Mexico City and their daughter. For the parents, immigrants from Turkey, it is of extreme importance that their daughter marry young and “give them” grandchildren. Oshinica, the heroine and narrator, born in Mexico, has other ideas. — When Oshinica’s parents speak, they use words from Ladino in their conversations.

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“Like a Bride”

 portions of the novel

This past Sunday, Becky and I went to Chapultepec Park. They say you can really get sunburned there. We went anyway. And we had a great time. We went in her blue VW, drove around, looked at everyone, laughed and parked at a kiosk in order to talk to some friends of hers. They invited us to a marvelous place called Las Chardas, where the musician Elías Briskin plays the violin. I was avoiding them like the plague because they were all older: Jack, a French doctor who has just arrived in Mexico is a cousin of Dr. Maya, who is very famous. He explained to us that in order to practice in Mexico, he has to revalidate his title and take some exams. In the meantime, he and his cousin are going to open up a laboratory for clinical analysis.

“Do you know any young person who might like to work as a secretary?’ he asked.

“No, I’ll let you know if I hear of someone. But I would like to work,” my voice was barely audible, “and I know dictation and typing.”

“Come by the laboratory.”

“I doubt if I’ll be able to.”

“Give it a try.”

“I’m going to ask my mother for permission.”

“I’ll give you a call and you can let me know. We open in two weeks. We’re on Insurgentes Street, in front of Sears.”

When I told my mother, she was happy.

“Don’t you see, you didn’t even finish dictation and typing, and who says we parents don’t know what’s best for our children? The new owner’s mother is a cultured person; I’ve already been talking to her in French, and we discovered that we’re related; a cousin of mine from Istanbul is her niece.”

Now my mother was really beaming.

No doubt about it, conflict rules in my house. My mom is going crazy. The telephone rings and then they hang up. I’m here with my knitting, working on red squares this time, and the phone rings again. My mom answers, but they hang up again. The next time, I put down my knitting and answer the phone.

“I want to see you,” said Lalo, “I need to see you, honey. I’m going to make a pile of money for you.”

My mom grabs the receiver from me and starts yelling at him, telling him to leave me alone and that he doesn’t understand Spanish. She doesn’t want to let me go out with my girlfriends or answer the telephone; and she says that if she sees me with him she’ll take me out of school and make life hard on me. I spoke with Lalo, and even though he was sad, I won’t be seeing him anymore. What am I supposed to do? This is too much!

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What a luxurious laboratory! The waiting room has some beautiful curtains with colorful designs on them. I’ve never seen anything like them. When I get married, I want to have the same thing. As you enter, there’s a new shiny desk for the secretary: that’s me. The typewriter can be stored away underneath the top of the desk. I’m happy to have a place to put my diary, Lalo’s cards, and Frida’s letters. Finally, my mom can’t go through my personal things. This is the first time in my life that I’ve had a little secret place where I can hide my things because my mom’s mania for cleaning reaches every corner of the house.

Behind my desk is Jack’s office, which is full of marvelous books and magazines about medicine that aren’t to understand. There is a small cubicle for taking blood and vaginal samples. At the back of the lab are the microscopes, lab tables, refrigerators, centrifuges, glass tubes, flasks, beakers, and Bunsen burners. At the other end is another room for analyzing urine and feces cultures.

Starting Monday, Rita will join us. She’s a young, beautiful girl who was alone with Jack in his office for the interview. I thought she was his lover. She’s going to be the head pharmacologist. She has a long red braid and a long thin body. She seems to walk fast wherever she goes. She’s pretty in her white smock.

Finally, Rita and I welcomed our first clients. I had to put on my smock and my best smile, because I was really nervous.

I  opened the door and sat down to take care of our first customer. He showed me the doctor’s orders. I looked for the price of the analysis on my list, took out my receipt book and asked him how much he was going to give as down payment. Then I asked him to take a seat in the waiting room where he could admire, like me, the curtains. I took the doctor’s orders to Rita, prepared some other documents, and asked him to go into the cubicle and roll up his sleeve in order to take a blood sample.

I stayed around to watch. I couldn’t pass up waiting for this moment; it’s been two weeks. I’m fascinated with Rita’s professionalism. I never tire of watching her do her work, peer into the microscope, get excited about what she sees, and then calls me over to look at the red and white cells.

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. . .  I have other reasons to be happy. I’ve just finished my first my first month at work, and I have learned many new things. Now, when someone calls for instructions for having an analysis done, I can do it with ease; it’s like I’ve been doing it for years. When a woman comes for a vaginal analysis, I go into the cubicle with her, and in a friendly but serious way, tell her to get on the examination table and take off her panties. I guess this white smock looks important because they do exactly as I say. I would feel pretty embarrassed if I had to get on that table myself. I’ll never do it. It’s such a humiliating position to be in—you’re at the mercy of the doctors and the nurses, lying there half naked while they’re formally dressed.

If we don’t have a lot of customers, I run back to watch Rita do her work. After seeing so many urine analyses, I know exactly how it’s done. I type up the remarks that makes in a notebook. XXC I always make an extra copy for myself, even though there are there urine tests and three different ones for feces. I’m going to do an analysis and compare it to hers; I bet they turn out the same.

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They offer a program at my school that certifies you as a lab technician. They have an afternoon schedule, and it takes three years

“Find a friend who’ll work half time for you, and you can study; but you’ll have to split your salary with her.” Jack told me.

He’s cool!  What a guy! I would love to hug and kiss him. Classes begin in two weeks. I know I’ll find someone. Who wouldn’t want to work in such a delightful atmosphere? The hard part will be telling my parents that I am starting a new degree program. My mom is going to have a fit.

“Lab technician? Oh, my God, this young lady will never grow up. Are you crazy? Why do you want to do this, and why now? I’ve been praying and praying for you to finish. Are we ever going to done with that damn school? Please tell me why? To hang your certificate in the bathroom? That’s all it will be good for. You’ve gone off the deep end. Okay, answer me this; do you have any friends who are doing such a silly thing? Dori never finished anything; she got married. She doesn’t have a certificate and she’s happy. I saw her the other day with her baby; I felt so happy for her. Her daughter is beautiful. And here you are—just when—thanks be to God—you got your certificate in journalism and your father finished paying for your studies, you come up with the idea to get another certificate. And when will be able to sit back and telling everyone that our daughter is earning her way a bit? But no, barely two months go by in your new job and you invent something new; now you want to be a chemist. Dear God, why did you give us and intelligent daughter? Why? Where does so much studying get you? And you, Shamuel, why don’t you tell what you told me last night? Why do I always have to be the one?”

I turn to him and see that he’s in agreement. Well, then why do I want to keep studying? I’ve already got one certificate, why shouldn’t I be happy with that? I’ve been thinking about Alicia, the woman who was studying journalism although she was already a grandmother. And what if I get married and my husband lets me study like her? Will I find a who won’t think I’m crazy because I want to continue studying after I get married?

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When my father arrived home from the store, he told me that Lalo had gone to see him. He told my dad that if he can’t marry me, he’s going to kill himself, and me as well.

“If that’s what you want, go ahead and kill yourself.” My father told him with anger.

Now he says that Lalo has gone crazy, and how could he ever allow me to marry a madman.

Lalo, I feel so sorry for you. I’m sorry my family doesn’t think much of you. You’ll see, things will get better and no one will trouble you ever again. I’ll always feel guilty for not having the courage to marry you.

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I was walking through Mexico Park and they started whistling at me. I saw a really handsome guy wearing a red sweater, in a fancy car, no less. It was Lalo. Unbelievable! He looked like James Dean.

He’s changed so much in the three months we haven’t seen each other. As always, he winked at me, got out of his brand-new car, and walked me to the lab. He told me he loves me, and that he can’t live without me,

“Marry me, I swear you won’t be sorry. I will make you happy.”

“I don’t want to get married yet. I’m happy right now. I’ve been learning new things. I’m studying to be a lab technician; in fact, I’m going to quit as a secretary, and soon I’ll be doing the analysis all by myself.”

“Marry me, and you can continue your studies.”

My mouth fell open and my eyes popped out.

“Do you mean it really didn’t matter to you if I continued studying? Are you sure?”

“Why should it matter to me?”

“I can’t believe it. You must be joking with me. My mother’s friends say, ‘They always tell you yes, but after you get married, they say no.’ If you don’t like it, what are you going to do about it?  Liar, that’s what you are. But now I’ve got to get back to work. I’ll talk to you later. Hey, you look really handsome in that sweater. Is it new?

No, this isn’t happening. I love him; I adore him. He loves me. I don’t know what’s happening. I can’t even sit at my desk. Of course, I will get married, but Lalo’s so handsome! And after not having seen him for a time. I feel like I love him even more.

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Edited from: Rosa Nissán. Like a Bride/Like a Mother. Albuquerque: University of New Mexico Press, 2002, pp. 171-182.

 

Translation by Dick Gerdes.

 

 

 

 

 

 

Bernardo Kordon (1915-2002) — Escritor judio-argentino/Argentine Jewish Writer — “La Biblia y yo”/ “The Bible and I”

 

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Bernardo Kor

Bernardo Kordon, escritor y periodista argentino,  nació  1915 en Buenos Aires y falleció en Santiago de Chile en 2002. Es considerado como uno de los autores más importantes e influyentes de la narrativa argentina del siglo XX y se le considera parte de la “Generación del 50”. Kordon publicó tanto novela como relato y libro de viajes, siendo muy conocido por sus crónicas en países de América, Europa y Asia. Sus obras tienen un marcado todo realista que muestra las inquietudes de la población y el costumbrismo, con influencia de autores norteamericanos y del cine, sus novelas tienen un enfoque abierto y se centra en la vida de la gente corriente en ambientes marginales y suburbanos. Publicó más de veinte obras a lo largo de su vida y seis de ellas se han llevado al cine. Entre sus obras más destacadas se encuentran: La Vuelta de Rocha. Brochazos y Relatos Porteños (1936), Un horizonte de cemento (1940), Seiscientos millones y uno (1958), Vencedores y vencidos (1965), Historias de sobrevivientes (1983), entre muchas otras. En 1969 se vio obligado a exiliarse de Argentina a Chile por motivos políticos, allí se casó con la chilena Marina López. En 1983 recibió el Premio Municipal y en 1984 recibió el prestigioso Premio  Konex.

Adaptado de Lecturalia

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Bernardo Kordon, Argentine writer and journalist, was born in 1915 in Buenos Aires and died in Santiago de Chile in 2002. He is considered one of the most important and influential authors of the twentieth century Argentine narrative and is considered part of the “Generation of the Fifties”. Kordon published both novels and stories and travel books. He was well known for his chronicles in countries of America, Europe and Asia. His works have a realistic mark that shows the concerns of the population and costumbrismo, with influence of American authors and cinema, his novels have an open approach and focuses on the lives of ordinary people in marginal and suburban environments. He published more than twenty works throughout his life and six of them have taken to the cinema. Among his most outstanding works are: La Vuelta de Rocha. Brochazos y Relatos Porteños (1936), Un horizonte de cemento (1940), Seiscientos millones y uno (1958), Vencedores y vencidos (1965), Historias de sobrevivientes (1983). En 1969, he was obliged to go into exile from Argentina to Chile for political reasons, There he married the  a Marina López, a Chilean. En 1983, he received the Municipal Prize and in 1984, the prestigious Konex Prize.

Adaptado de Lecturalia

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“La Biblia y yo”

Confieso que de la Biblia tuve poco tránsito y ninguna permanencia. Sin duda, la aprecié, dada mi condición de judío. En tal sentido y nunca traté de ocultarlo. Esa permanencia deriva de mi abuelo materno, que se llamó Isaac Piterbarg. Era cantor de sinagoga y oir ese motivo fue invitado a cantar en Buenos Aires. Se embarcó en compañía de familiares hasta este Río de la Plata donde nunca vio el mejor ápice de plata, ni de oro (hubiera sido un consuelo), Aquí don Isaac sufrió varios contratiempos y algunas satisfacciones;iletrado entre éstas seguramente figuraron mostrarme la Biblia, la recuerdo bien porque era una edición ilustrada que puso en mis manos, hecho muy importante dada mi condición circunstancial de niño iletrado. Con esa Biblia mi abuelo me marcó; el libro señalaba el camino de mi pueblo y señalaba mi propio camino. Mi abuelo me marcó el camino de arte. Su canto, escuchado casualmente a los cinco años, marcó mi destino. Nunca olvidé el canto de mi abuelo Isaac.

Debo aclarar que mi padre era “progresista”, seguramente de socialista. Por eso no me inició en la religión en costumbres ni idiomas judíos. A mi hermano, por ejemplo, lo gratificaron con el nombre de Jean Juarès. Pero un día con mis padres, porque allí cantaba mi abuelo. Nunca pude olvidar su canción, algo funebre… un kadish.

A mi alrededor los niños continuaron sus juegos, pero la impresión que a mí me produjo el canto de mi abuelo fue tremenda. Vuelvo a sentir lo mismo cuando escucho el cante-jondo o los actores cantores hacen sentir sus desgarradas melopeas en las óperas chinas. Desde el comienzo, quiero decir desde ese canto de mi abuelo escuchado a los cuatro o cinco años, el hedonismo nada tiene que ver conmigo. Lo que me desgarra, o me estremece, no lo sentía y no lo siento como arte.

No olvidé el ambiente de casarón del Paisaje del Carmen donde fue trasplantado mi abuelo y toda su familia, lo más parecido a un patio de sainete de Vacarezza.

A los inmigrantes los costaba dejar las características traídas de todo el mundo, hasta formar esa mezcla que comienza a clarificarse medio siglo después. Ya no era el mundo estático entre idn y goim  de Ucrania, sino que este supuesto nuevo mundo consistía en un hervidero de razas y naciones que convertían a todos los inmigrantes en especies de judíos, que si no se peleaban abiertamente, al menos se despreciaban  y ridiculizaban mutuamente.

En especial el idioma confundía a mi abuelo. “Aquí todo se dice lo mismo” -reflexionaba-. “Esto”- señalaba su cara – “es caro, y es caro lo que no es barato, y también es caro el carro que transitaba la calle”. Pero esto no me reía, nunca me reí de esas dificultades idiomáticas de los inmigrantes; por el contrario, me provocan lástima y solidaridad.

Por supuesto a mi abuelo no lo consideraba un extranjero. En especial su canto era tan profundo y misterioso como nuestro pasado y nuestro porvenir. Su canto era yo mismo. En verdad aspiro a que mi pobre literatura resulte algo parecido al canto de mi abuelo.

A mi abuelo lo entendí cabalmente en ese gesto de ensoñación que acompañaba sus cánticos y plegarias. En su contagioso estado de ensoñación aprendí a sentirme judío. Mi abuelo soñaba con la gloria de su religión y también soñaba en convertirse en un próspero comerciante. Un buen día concretó el sueño de instalar una taller de confección ojalillos de camisas de seda. Uno de mis tíos, aún niño, fue el encargado de entregar la mercadería elaborada. Salió mi tío Elías con su paqueton de camisas de seda y una cuadra después lo detuvo un tipo: “Querés pibe ganarte veinte guitas? Aquí están: te los pago adelantado. Solamente tenés que subir al segundo piso y le entregás esta carta a esa mujer que se llama Tita, así como dice el sobre. Ah, me olvidaba de decirte que del paquete no te preocupés, te lo cuido yo”. La tal Tita no vivía ni en el segundo piso ni en ningún otro piso. Cuando mi tío Elías volvió a la calle tampoco encontró el hombre del recado, y menos el paquete de camisas de seda. Hubo que pagarlas al fabricante, sin contar del descrédito del confeccionista que comienza dejándose robar la mercadería. Contratiempo que acentuó la dedicación de mi abuelo a sus cánticos. Los mejores jeremiadas no son dictadas por el ritual, sino por la vida.

En realidad, la Biblia la conocí por mi abuelo y la viví en su canto. No estudié, debo confesar que tuve que conformarme con estudiar Buenos Aires. Lo que no ocurrió con mi abuelo, hablo la lengua de Buenos Aires, inclusive la escribo. Ya lo confesé  en un cuento: al hablar su idioma trato de disimular mi condición de extranjero. Extranjero por identificación con mi abuelo. Escribo pero debo decir como mi abuelo: todo se dice el mismo.

Cuando su impronta y sus hijos crecieron, mi viejo se mudó al caserón de la calle Potosí, al lado de los fondos del Hotel Italiano. En el jardín habían varias palmeras y un par de rejas: allí me mantuve quieto como un pequeño preso, mirando la calle todo el día, desde entonces mi ocupación favorita. Después comenzaron mis peregrinaciones por el barrio, por la ciudad, y de algún modo Buenos Aires fue la Biblia soñado por mi abuelo Isaac Piterbarg.

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“The Bible and I”

I confess that with the Bible, I had little traffic and no continuity.  Without doubt, I appreciated it, give my condition as a Jew. In that sense, I never tried to hide it. That permanent condition derives from my maternal grandfather, named Isaac Piterberg. He was a synagogue cantor, and for that reason, he was invited to sing in Buenos Aires. He embarked the company of relatives until this Río de la Plata, where he never saw a speck of silver nor of gold (it would have been a consolation. Here don Isaac suffered several setbacks and some satisfactions. My illiteracy, among these, surely figured in showing me the Bible, I remember it well because it was an illustrated edition that he put in my hands, made very important given my condition circumstantial of being and illiterate child. With this Bible, my grandfather marked me; the book signaled the path of my people and it signaled my own path. His singing, casually heard at five years old, marked my destiny. I will never forget the chanting of my grandfather Isaac.

I should make it    clear that my father was a “progressive,’ surely a socialist. For that reason, he didn’t initiate me in the Jewish religion, customs or languages. They rewarded my brother, for example, with the name Jean Juarès, the socialist leader. But one day, I went with my parents to the synagogue because my grandfather was singing there. I never could forget his song, something funereal. . . a Kaddish.

Around me, the children continued playing their games, but the impression that my grandfather’s singing had on me was enormous. I felt the same way when I heard the cante-jondo or when the actors and singers made their licentious intonations feel in the Chinese operas. From the beginning, I want to say that this chanting of my grandfather, heard at four of five years old, with me, had nothing to do with hedonism.

I can’t forget the ambiance of the large house on the Plaza del Carmen where my grandfather and his entire family was transplanted. It was more like a courtyard for comic sketches in Vacarezza.

It was difficult for the immigrants to leave behind the characteristics brought from around the world, until forming a that mixture that began to be clarified a half century later. It was no longer the static world between idn and goim, Jews and non-Jews of the Ukraine, but rather this supposed new world consisted in a beehive of races and nations that were converted all immigrants in species of Jews, who, if they didn’t fight openly, least they looked down upon and ridiculed each other.

The language especially confused my grandfather. “Here everything is said the same way, he reflected: there are sheeps in the fields. there are sheeps on the river, and if something is not expensive it’s sheep.” But this didn’t make me laugh; I never laughed at the linguistic difficulty of the immigrants; on the contrary, it provoked compassion and solidarity in me.

Of course, my grandfather wasn’t considered to be a foreigner. Especially, his singing was so profound and mysterious as our past and our future. His singing was me myself. Truthfully, I aspire that my poor literature becomes something like the singing of my grandfather.

My grandfather understood precisely that gesture of dreaminess that accompanied his chants and prayers. In his contagious dream-like state, I learned to feel myself to be a Jew. My grandfather dreamed about the glory of his religion, and he also dreamed about becoming a prosperous merchant. One day, he realized his dream of setting up a workshop for the manufacturing of small button holes for silk shirts. One of my uncles, still a child, was put in charge of delivering the completed merchandise, My Uncle Elías left with his large package of silk shirts, and a block later, a guy stopped him: “Kid, do you want to earn twenty pesos? Here they are: I’ll pay them to you in advance. All you have to do is go up to the second floor and deliver this this letter to that woman named Tita, as it says on the envelope. Ah, I forgot to tell you not to worry about the package, I’ll look after it for you.” Such a Tita didn’t live on the second floor nor in any other floor. When my uncle Elías returned to the street he didn’t find the man with the message either, and even less the package of silk shirts. It was necessary to pay the manufacturer, without speaking of the loss of trust in the seamstress who began allowing the merchandise to be stolen. Setbacks that accentuated my grandfather’s dedication to his songs. The best Jeremiads and not dictated by ritual, but by life.

In truth, I knew the Bible through my grandfather and I lived it in his singing. I didn’t study; I have to confess that I had to be content with studying Buenos Aires. As didn’t happen to my grandfather, I speak the language of Buenos Aires, I even write it. I already confessed this in a short-story: by speaking its language, I try to dissimulate my condition as a foreigner. Foreigner by identification with my grandfather. I write, but I should say like my grandfather: everything is said the same way.

When his reputation and his children were grown, my old man moved to the large house on Potosí Street, next to the rear section of the Italian Hospital. In the garden, there were several palms and a pair of railings: there I kept myself quiet like a small prisoner, looking at the street all day long, since then my favorite occupation. Later, my peregrinations through the neighborhood, through the city, and in some way, Buenos Aires was the Bible dreamt by my grandfather Isaac Piterberg.

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Algunos de los libros de Bernardo Kordon/                                                Some of Bernardo Kordon’s Books

 

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