Samuel Pecar (1922–2000) — Cuentista judío-argentino-israelí/Argentine-Israeli Jewish Short-story Writer — “El compatriota” “The Compatriot”

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Samuel Pecar

SAMUEL PECAR (1922–2000), nació en Colonia López, una colonia agrícola en Iin Entre Ríos (Argentina). En 1930 su familia se mudó a San Fernando, en las afueras de Buenos Aires. Entre 1951 e hizo su aliá en 1962. Publicó tres libros que criticaron humorísticamente la vida de la comunidad judía en Argentina: Cuentos de Klein-ville  1954), La generación olvidada (1958); Los rebeldes y los perplejos. Cuentos casi serios 1959). Estas obras lo convirtieron en uno de los autores más representativos reconocidos por la comunidad judía argentina. Samuel Pecar continuó su trabajo literario en español, describiendo su experiencia en Israel: sus textos literarios maduros expresaron la comprensión de Pecar de los componentes utópicos del sionismo en Israel, manifestado en dos de sus novelas: Temática e ideológicamente, estas obras narran la dimensión existencial humana y La epopeya general de una nueva vida en Israel. Pecar fundó, en 1985, la Asociación de Escritores Israelíes en Español (AIELC). Coeditó, con Itzhak Gun, la antología Mi-Sham Le-Kan: Soferim Yisra’elim Kotevim Sefaradit (“Desde allí hasta aquí, los autores israelíes escriben en español”, 1994), con obras de 41 escritores. Ganó el Premio Presidente de Israel.

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SAMUEL PECAR (1922–2000), was born in Colonia López, an agricultural colony Iin Entre Rios (Argentina). In 1930 his family moved to San Fernando, in the outskirts of Buenos Aires. Between 1951 and he made his aliyah in 1962. He published three books that humorously criticized Jewish community life in Argentina: Cuentos de Klein-ville (“Stories of Smallville,” 1954), La generación olvidada (1958); Los rebeldes y los perplejos. Cuentos casi serios 1959). These works made him one of the most representative authors acknowledged by the Argentina Jewish community. Samuel Pecar continued his literary work in Spanish, describing his experience in Israel: His mature literary texts expressed Pecar’s understanding of the utopian components of Zionism in Israel, manifested in two of his novels: Thematically and ideologically, these works narrate the human existential dimension and the general epic of a new life in Israel. Pecar founded, in 1985, the Association of Israeli Writers in Spanish (AIELC). He co-edited, with Itzhak Gun, the anthology Mi-Sham Le-Kan: Soferim Yisra’elim Kotevim Sefaradit (“From There to Here, Israeli Authors Write in Spanish,” 1994), with works of 41 writers. He won the President of Israel Prize.

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“El compatriota”

“Ir por aqui. Volver por allí. No abrir eso. Buscar abajo. Buscar arriba. . .” La lista de precauciones, advertencias y reglas a las que debía ajustarse durante su misión en Entremontes, le llenaron dos hojas de papel. Un pensamiento nada simpático lo agitó en la silla. “Si algún fanático me puede abrir los sesos allá, ¿para qué demonios me metí en este baile? ¿Por qué el pasaje que me pagan? Puedo viajar a Sudamérica por mi cuenta, cuántas veces se me dé, sin arriesgarme que me baleen.” Sacudió la cabeza para alejar de sí esas salidas de pigmeo. “También aquí hay que cuidarse y a veces más que en el exterior. ¡No seas miedoso, tragalibros!”

–¿Está claro, doctor Mier?—inquirió el oficial de seguridad, con una voz pedregosa.

–Tengo un pequeño problema.

El bigotazo se corrió a un lado, descontento, cuando escuchó su plan.

–La idea no me gusta nada. Londres está plagado de terroristas.

Mijael se endulzó la voz. Una pausa de cuarenta y ocho horas en la ciudad, con su mujer, antes de volar a Entremontes. Eso es todo.  Después Sigal se traslada a la casa de unos parientes y él se va dictar clases en Cierro Alto. ¡Qué riesgo puede haber en esa corta vacación?

–Acepto, pero con una excepción. Usted y su esposa no pronuncian ni una sola palabra en hebreo delante de personas a quienes no conozcan. Castellano, o cierran la boca. Castellano, o cierran la boca. Y si alguien les pregunta de donde vienen, ustedes son turistas argentinos. ¿Está claro?

Salió de la oficina con paso irritado. Durante sus visitas anteriores había escuchado hablar a los israelíes en el idioma de la Biblia, sin miedo alguno, en cada recodo de la isla. El oficial exageraba. La euforia de Sigal lo reanimó. De acuerdo; vamos a darle el gusto al mandón. Lo que importa es pasarla bien durante esos dos días.

–Castellano, nena—le recordó en voz baja, mientras bajaron del avión.

Para demostrarle que estaba en guardia, ella le replicó en extrema en un español impecable, aderezado con el canturreo mexicano, extraído de las series televisivas. “Que hable con el acento que quiera. La cuestión es que no se vaya mara el Medio Oriente.”

Llegaron al hotel antes de del mediodía, frescos y llenos de energía, después del vuelo de cinco horas. Almorzaron, abrieron el paraguas y enfilaron hacia la Torre de Londres, el primer punto señalado en la guía turística.

–Fue un acierto haber elegido un hotel cerca del tren subterráneo—comentó Mijael, mientras subían las escaleras.

¡Ken!—asintió ella. Y al escuchar su gruñido, tradujo con rapidez: “Sí, sí”.

Mijael la observó con cara ceñuda. “Voy a tener problemas. Cuando se excita, le brotan palabras antes de que pueda retenerlas. Tengo que evitar en público, los diálogos con ella.”

La cola de turistas para entrar a la Torre era larga. Se sentaron en una plazoleta contigua. La conversación brotó en castellano, espontáneamente, sin necesidad de recurrir al autocontrol que se había propuesto Mijael.

Un hombre joven, elegante, con un enorme cámara fotográfica colgada de un hombro, surgió de golpe delante de ellos, como un fantasma inglés.

–Sí, sí. . .

–¿De Buenos Aires?”

–Exacto.

–¡Qué suerte! ¿Hace mucho que llegaron?

–Hoy. . . al mediodía.

–¿Y ya salieron a pasear después de semejante vuelo? ¡Bárbaro! Yo estoy aquí hace diez días. En realidad, no vengo de Buenos Aires, sino de Nueva York. Vivo allí desde que me divorcié, hace cuatro años. Tengo un estudio fotográfico. Pero permítanme que me presente. Me llamo Néstor—les estrechó la mano y siguió subministrado datos sobre él mismo, jovial, expansivo, sin esperar réplica.

Mijael trató de catologarlo. ¿Ladrón? ¿Cuentero?

Sigal no le quitaba los ojos de encima. Fascinada por el torrente verbal latino, del que estaba un poco deshabituada. Néstor se sentó a su lado y siguió usando el primer pronombre personal. Por suerte, no preguntaba. Tampoco miraba de frente. Poco a poco, Mijael fue bosquejando el perfil de su locuaz compatriota. Culto. Buena posición económica, fotógrafo de eventos familiares, distraído de todo que no guarde relación con su divorcio. Se refería a él como si recitara versículos del diluvio. El “yo” se fundía entonces con el “ella”, y de allí no salía, obsesionado por el cordón umbilical cortado. No por culpa suya. Fue la mujer quien lo dejó.

“Por eso se pegó a nosotros”. reparó Mijael, con una gota de piedad, al verlo gesticular mientras describía una de sus excursiones, por quién sabe qué montañas o lagos con la ex. Y en eso no hay peligro ninguno. Sigal pensó lo mismo.

–¡Nosotros también hicimos un tiul fantástico por allí—soltó.

Néstor no reaccionó ante le vocablo foráneo. Asintió, con los ojos vidriosos fijos en Sigal, sin advertir que sus labios se habían movido a contramano. “La falta de atención es la bendición del cielo”, descubrió el profesor.

–Tenemos que entrar la Torre, nena, la aferró de un brazo. ¡Vamos!

–Si, sí, entremos. Se nos hace tarde—le palmeó Néstor, y Mijael sintió deseo de aplastarle la cámara en el cráneo.

Cuando concluyeron el recorrido, el vocabulario del fotógrafo se había enriquecido con media docena de vocablos semitas que asimiló sin un pestañeo, eso es lo que más le inquietó a Mijael. ¿Es posible que sus problemas lo narcoticen en tal extremo? O se hace el imbécil, para tirarnos la lengua? El oficial de seguridad me habló de bombas y tiros, pero no de sujetos como éste. Lo peor es que mi mujer empieza a sentirse muy cómoda con él. ¡cuidado con la boquita, nena!

Néstor los acompañó hasta la estación subterránea, sin darle descanso a la blanda, Mijael le tendió la mano, y antes de que alcanzara a musitar un “mucho gusto”, el pegajoso ya se estaba invitando a visitar con ellos el museo de cera de Madame Toussot. El monólogo seguía girando en torno de ella. Resulta que Hilda (ya les estaba resultando familiar la pantera) vivía con otro. De nuevo captó en sus honduras la ola de simpatía hasta él y la frenó apretando los dientes.

En la antesala el museo fotografió a la pareja amiga, parados, sentados, con él, sin él. . .

–Después se las mando, en cuanto me den su dirección—les prometió, y Mijael sintió un puñetazo en el vientre. “Hay que escaparse”, le hizo un señal a su esposa.

–¡Un momento! ¡Ustedes no se van sin cenar conmigo! Conozco un restaurante italiano de primera.

Se negaron. Néstor no cedió. “¡Cena! ¡Cena de despidida! ¡No digan que no!”, insistía el desgraciado. Y cuando ella soltó una implorante parrafada hebraica, aceptó, para congelar la lengua.

A los postres, agradecidos y un tanto sentimentales por el vino de brindis, Mijael cruzó la mirada con la Sigal y los dos coincidieron. Hay que terminar con la farsa. Néstor es un buen muchacho, vulnerable, sufrido, inofensivo. Con cuidado, para no causarle nuevas heridas, Mijael fue deshaciendo la burda cortina del embuste, sin mencionar la segunda etapa de su viaje.

Néstor dejó de hablar. Los ojos de muñeca los contemplaron, lúcidos, como si acabara de descubrir que no eran invisibles.

–¿Ustedes son israelíes?

–Sí, nacidos en Buenos Aires—y aguadaron el veredicto, atornillados a la silla.

–¡Fíjense lo que son las cosas! Yo también soy judío. ¿No se lo dije antes? Me olvidé. Hilda me echó en la cara una vez que trato de ocultar mi origen. No es cierto. Me acuerdo que fue durante un paseo que hicimos. . .

¿Quién es este hombre? ¿Psicópata? ¿Ladrón? ¿Terrorista? ¿Cuentero? ¿Semita? ¿Antisemita?

Mijael sintió que su cuerpo se tornaba tenso, como si antes de aprender una carrera que sólo podía concluir en dos lugares: en la habitación de su hotel, entre risas, o en la calle, con un tiro en la frente.

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La Torre de Londres? The Tower of London

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The Compatriot

“Go that way. Return that way. Don’t open that. Look below. Look above. . .” The list of precautions, warnings and rules to which he had to stick during his mission in Entremontes, filled two sheets for paper. An unpleasant thought made him agitated him in his chair. “If some fanatic can open up my brains there, why in the hell, did I get involved in this mess. Why did they give me the money for the ticket? I can travel to South America on my own, whenever I feel like it, without risking being shot.” He shook his head to get away from these minor excuses. “Right here, it’s necessary to take care of yourself and sometimes more than abroad. Don’t be fearful, you bookworm!

“Is that clear, Doctor Mier?,” inquired the security official, with a gravelly voice.

“I have a small issue.”

The big mustache went out of place, displeased, when he heard his plan.

“I don’t like the idea at all. London has a plague of terrorists.

Mijael softened his voice. A pause of forty-eight hours in the city, with his wife, before flying to Entremontes. That’s all. After that, Sigal moves some relatives’ place, and he leaves to give lectures in Cierro Alto. What risk could there be in that short vacation?

“I’ll go along with that, but with one exception. You and your wife don’t speak a single word in Hebrew in front of people you don’t know. Spanish, or you keep your mouth shut. And if anyone asks you where you come from, you are Argentine tourists. Is that clear?”

He left the office somewhat irritated. During his previous visits, he had heard Israelis speak in the language of the Bible, without any fear, in every corner of the island. The officer was exasperated. The euphoria de Sigal reanimated him. Agreed, we will please the boss. What is important is to enjoy those two days.

“Spanish, my girl,” he reminded her in a low voice, while they got off the plane.

To show that she was on guard, she replied, to the extreme with impeccable Spanish, dressed up with a Mexican sing-song, taken from the television series.

“It was a wise decision to have chosen a hotel near the Underground,” Mijael commented, while they were climbing the stairs.

“Ken!, she agreed. And on hearing his growl, translated quickly: “Sí, sí.”

Mijael observed her with a frown. “I’m going to have problems, when she gets excited, words come out before she can hold them back. I have to avoid having public discussions with her.”

The line of tourists waiting to enter the Tower was long. They sat down in a contiguous little square. The conversation burst out in Spanish, spontaneously, without the need to recur to the self-control that Mijael had proposed.

“Argentines?

A young man, elegant, with an enormous camera hanging from a shoulder, suddenly surged in front of them, like some English phantom.

“Yes, yes. . .”

“From Buenos Aires?”

“Exactly.”

“What luck! How long ago did you arrive?”

“Today. . .at noon.

“And you’ve already gone out to sight-see after such a flight? Fantastic! I’ve been here for ten days. Truthfully, I didn’t come from Buenos Aires, but New York. I’ve lived there since I got divorced, four years ago. I have a photographic studio. But permit me to introduce myself. I’m Néstor—he reached out his hand to them and continued providing information about himself, jovial, expansive, without waiting for a reply.

Mijael tried to catalog him. Thief? Conman?

Sigal didn’t take her eyes off him. Fascinated by the verbal torrent of Spanish, of which she had become a bit unused to. Néstor sat at her side and continued using the first person. Luckily, he didn’t ask questions. Neither did he look straight ahead. Little by little, Mijael was sketching out the profile of his talkative compatriot. Educated. Good economic situation, photographer of family events, distracted from everything that didn’t relate with his divorce. He referred to it as if her were reciting verses about the flood. The “I” then morphed into the “she,” from there it didn’t change, obsessed by the cut umbilical cord. It wasn’t his fault. It was she who left him.

“It must be for that reason, he attached himself to us,” thought Mijael, with a bit of compassion, while he watched him gesticulating, while he described one of his excursions through who knows what mountains or lakes with the “ex.” And in this, there is no danger. Sigal thought the same.

“We also had a fantastic tiul there.”

Néstor didn’t react to the foreign word. He agreed with watery eyes fixed in Sigal, without mentioning that his lips had moved in the wrong direction. “The lack of attention is the benediction of Heaven,” the professor discovered.

“We have to enter the Tower, my girl, he grabbed he by an arme. Let’s go!”

“Yes, yes, let’s go in. It’s getting late,” Néstor patted him, and Mijael felt the desire to smash the camera on his cranium.

Néstor accompanied them to the Underground station, without out giving them any rest, Mijael offered his hand, and before he had a chance to mutter a “it’s been a pleasure”, the sticky guy was already inviting them to visit Madame Toussot’s Wax Museum with him. The monologue continued to turn around her. It happens that Hilda (they were already becoming familiar with the panther) was living with someone else. Once again, he captured himself in the depths of a wave of sympathy for him, but stopped it by clenching his teeth.

When they finished the tour, the photographer’s vocabulary had been enriched with a half dozen Semitic words that he assimilated without blinking, something that most worried Mijael. Is it possible that his problems have doped him up to such an extreme? Or, has he is playing the imbecil, to get us to talk. The security official spoke to me about bombs and shots, but of subjects like this one. The worst of it is that my wife is beginning to feel very comfortable with him. Careful with your mouth, my girl!

In the foyer, he photographed the friendly couple, standing, sitting, with him, without him. . .

“Later on, I will send them to you, provided that you give me your address, he promised them, and Mijael felt a punch in the gut. “We have to get out of here,” he signaled his wife.

“One moment, you can’t leave without having supper with me. I know a first-class Italian restaurant.

They refused. Néstor didn’t give in. A supper! A goodbye dinner! Don’t say no!, insisted the poor fellow. And when she let go an imploring Hebraic spiel, he accepted to freeze her tongue..

At dessert, thankful and a bit sentimental for the wine from the toast, Mijael crossed glances with Sigal, and the two agreed. It’s time to end the farse. Néstor is a good fellow, vulnerable, long-suffering, inoffensive. With care, so as not to cause him new wounds, Mijael was undoing the heavy curtain of the fabrication, without mentioning the second stage of his trip.

Néstor stopped speaking. His doll’s eyes contemplated them, lucid, as if he had just discoved that they were not invisible.

“You are Israelis?”

“Yes, born in Buenos Aires,” and they awaited the verdict, screwed into their seats.

“Look at how things are! I too am a Jew. Didn’t I tell you before. I forgot. Hilda once threw it in my face/reproached me that I try to hide my origin. It’s not true. I remember that it was during a trip we made. . .

“Who is this man?” {Psychopath? Thief? Terrorist? Conman? Seminte? Anti-Semite?

Mijael felt his body become tense, as if before to take in a career that could only conclude in two places: in the hotel room, among laughter, or in the street, with a shot in the forehead.

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Mario Goloboff — Novelista y escritor judío-argentino/ Argentine Jewish Novelist and Writer “Criador de palomas” – dos fragmentos de la novela” — “Dove Keeper” – two sections of the novel

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Gerardo Mario Goloboff

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GERARDO MARIO GOLOBOFF nació en el pueblo Carlos Casares, en de la provincia de Buenos Aires. En 1966 publicó su primer libro de poemas, Entre la diáspora y octubre. En 1973 fue invitado por la Universidad de Toulouse-Le Mirail. Francia, a enseñar civilización y literatura hispanoamericanas, y continuó enseñando en ese país y en otras universidades hasta 1999. En 1976 apareció su primera novela, Caballos por el fondo de los ojos. En 1978 publicó la primera edición de Leer Borges (reeditado y aumentado en 2006). En 1984 publicó Criador de Palomas, la primera novela de la saga de Algarrobos, que se completó con La luna que cae (1989), El soñador de Smith (1990) y Comuna Verdad (1995).  Sus textos de creación han sido traducidos a varias lenguas y especialmente su novela Criador de palomas junto con las tres novelas siguientes de la saga, todas en un solo tomo bajo el título The Algarrobos Quartet (2002); en italiano, L’allevatore di colombe (2010). En 2013, en La Habana, la publicó en español otra vez. Desde su retorno definitivo a la Argentina, enseña literatura argentina en la Universidad Nacional de la Plata, donde ha sido designado profesor extraordinario en la categoría de «consulto». Fue electo Miembro de la Comisión Directiva de SADE (Sociedad Argentina de Escritores) para el período 2011-2015. En la actualidad tiene una columna semanal titulada «Relecturas» en el suplemento literario Télam de la agencia nacional de noticias Télam.

Adaptado de EcoRed (La Habana)

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Sus obras

Novelas

  • 1983: Criador de palomas (1978).
  • 1989: La luna que cae (1989).
  • 1990: El soñador de Smith (1990).
  • 1995: Comuna Verdad (1995).
  • The Algarrobos Quartet (2002)

Ensayos

  • 1989: Genio y figura de Roberto Arlt (1989).
  • 1998: Julio Cortázar. La biografía (1998, reeditada en 2011).
  • 2001: Elogio de la mentira. (Diez ensayos sobre escritores argentinos) (2001).
  • 2011: De este lado. (Crónicas de nuestro tiempo) (2011).

Poemarios

  • 1994: Los versos del hombre pájaro (1994).
  • 2010: El ciervo (y otros poemas) (2010).

Cuentos

  • 2005: La pasión según San Martín (2005) Textos breves.
  • 2008: Recuadros de una exposición (2008).

Goloboff is the autor de numerosos trabajos sobre problemas culturales y estéticos, y sobre artistas y escritores argentinos, latinoamericanos y europeos.

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GERARDO MARIO GOLOBOFF was born in the town Carlos Casares, in the province of Buenos Aires. In 1966 he published his first book of poems, Between the Diaspora and October. In 1973 he was invited by the University of Toulouse-Le Mirail. France, to teach Spanish-American civilization and literature, and continued teaching in that country and in other universities until 1999. In 1976 his first novel Caballos por el fondo de los ojos.. In 1978 he published the first edition of Leer Borges (reissued and augmented in 2006). In 1984 he published Criador de Palomas, the first novel in the Algarrobos saga, which was completed with La luna que cae (1989), El soñador de Smith (1990) and Comuna verdad (1995). His creative texts have been translated into several languages ​​and especially his novel Criador de paloma along with the following three novels of the saga, all in a single volume, in the United States, under the title The Algarrobos Quartet (2002); in Italian, L’allevatore di colombe (2010). In 2013, in Havana, it was published again in Spanish. Since his definitive return to Argentina, he teaches Argentine literature at the National University of La Plata, where he has been appointed extraordinary professor in the category of “consulting.” He was elected Member of the Board of Directors of SADE (Argentine Society of Writers) for the period 2011-2015. He currently has a weekly column entitled “Reread” in the Télam literary supplement of the national news agency Télam.

Adapted from EcoRed, Havana

Works by Gerardo Mario Goloboff

Novels

  • Caballos por el fondo de los ojos (1976)
  • 1983: Criador de palomas (1978).
  • 1989: La luna que cae (1989).
  • 1990: El soñador de Smith (1990).
  • 1995: Comuna Verdad (1995).
  • The Algarrobos Quartet (2002)

Essays

  • 1989: Genio y figura de Roberto Arlt (1989).
  • 1998: Julio Cortázar. La biografía (1998, reeditada en 2011).
  • 2001: Elogio de la mentira. (Diez ensayos sobre escritores argentinos) (2001).
  • 2011: De este lado. (Crónicas de nuestro tiempo) (2011).

Poemarios

  • 1994: Los versos del hombre pájaro (1994).
  • 2010: El ciervo (y otros poemas) (2010).

Cuentos

  • 2005: La pasión según San Martín (2005) Textos breves.
  • 2008: Recuadros de una exposición (2008)
  • Goloboff is the author of many works about cultural and aesthetic problems and about artists  and writers author of numerous works about social and aesthetic problems about Argentine, Latin American and European authors.

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Criador de palomas

(dos fragmentos)

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No sé dónde ni cómo, un día el tío consiguió el petiso bayo pata mí. Donde entonces comenzamos a hacer excursiones hasta la laguna de Alto. Él con sus cuarenta años y tantos, iba encima de su yegua Arisca, bien erguido, con el toscanito a medio encender entre los labios.

La laguna de Alto se había secado veinte años atrás, pero el tío buscaba visitarla como si aún existiera. Recordaba con melancolía su esplendor poblado por sombrillas multicolores de turistas que venían hasta de la Capital. Todo allí, sobre esos pedazos de tierra pelado. donde él veía aún un loco hormigueo, noviazgos y risas. En su versión, las salas concentradas de la tierra habían ido absorbiendo poco a poco las aguas, y por eso quedaban solamente algunos palos blancos, alambres rotos y muchos esqueletas de animales.

Cuando el sol rajaba la tierra, yo me ponía un sombrero de paja de ala ancha marca Hawai, y me quedaba quieto sobre mi petiso mientras mi tío dormía la siesta debajo de Arisca.

Al atardecer volvíamos y encontrábamos a algunos paisanos en el cmoo. Los viernes nos topábamos con Solito Wainfeld, quien regresaba a su chacra con el caballo a su lado, sin montarlo, porque ya había descubierto la primera estrella de sábado. Los domingos eran las mujeres que pasaban de sus chacras, emperifolladas para algún baile o una fiesta de familia. O los hombres que venían de cuadreras, o los muchachos que gustaban galopar contra el viento.

Durante unos de esos paseos, el tío me hizo conocer el antiguo cementerio de la Colonia, donde estaban enterrados sus  padres, y me mostró que, subiendo un pequeño semiderruido , podíamos ver del otro lado, my cerca, unos montículos bajos los cuales los indios puelches, un siglo atrás, ponían a sus muertos. “Ya ves  como al final nos mezclamos todos” creo que me dijo.

En las que alguna vez había la callecitas ordenadas del cementerio,, caminábanos mucho, y él se detenía a cada paso como para recordar a uno y saludarlo porque conocía todas las fotografías borrosas y descifraba para mi las inscripciones: “Yace aquí Berta Lifchitz, maestra de la Colonia. Nos enseñó los dos alfabetos, pero la muerte la visitó una tarde, muda”. “Aquí descansa José Aburbuj. La vida lo abandonó suavemente., como cuando cuando se funde nieve en el agua”. “Salomón Vapnir, muerto en diciembre. Un viento fuerte voló por los aires y lo confundió con un pequeño pájaro”. Yo me preguntaba si el tío en realidada leia o inventaba para mí estas frases, pero, en todo caso, lo hacía de un modo veloz y natural, contándome además la vida de cada uno de aquellos seres, habitantes abandonados de un cementerio también abandonado.

El regreso al pueblo se hacía en esas ocasiones muy ameno. Yo volvía con miedo, para sacármelo, hacia mil y una preguntas. El tío Negro pitaba intermitentemente su toscano, dejaba que Arisca le condujera el paso, y me hablaba de esas personas queridas y desaparecidas del mundo natural. moradores ya sólo de un cuenco de palabras.

El sol bajaba despacio. Yo probaba a mirarlo de frente y podía. A mi lado, en contraluz, marchaba el tío, firme y levantado sobre su yegua como otro hermoso animal. Los molinos daban uma sombra larguísima, menos Arisca, todo estaba quieto, hasta el olor de la tierra. El tiempo parecía no pasar; éramos nosotros los que íbamos hacia él, buscándolo.

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          Algunos dijeron que la culpa la tuvo Arisca, que se espantó. Otros, que algo la había asustado. El doctor Piacenza fue de la idea de un aneurisma: allí, en medio del camino, viniendo de Zubeldía, a las tres o cuatro de la tarde, bajo el solcito de abril, así nomás, como se te estira y se te rompe pero sin mucha fuerza, un final de los dulces, más que nos quisiéramos.

Oí murmurar también que venía galopando ligero, después de haber almorzado unas achuras cib buen vino en lo del Go  yo Sartori, y que esas cosas pasan además porque los autos andan a lo loco por los mismos caminos donde uno va tranquilo, sin molestar, pero ya no, ya no es antes.

Hubo quien dijo que ni siquiera había comido, y que hacía días que no andaba bien. No faltó el lenguaraz que chimentara “la vida que llevaba”, demasiado descuidada, solo, con mujeres, y que por la edad., se sabe, hubiera debido pensar más. Cuando no por el muchacho. . .

Alguien protestó, alguien dijo “callate”. Muchos lagrimaeron;. escuché decir “la vida”, “el tiempo” “Dios lo quiso”. Entendí todo y nada me importó.

Esta mañana de domingo, tomé café en vez de mate amargo, me miré al espejo cuando me lavaba, no me reconocí mucho en esta cara de joven, en esos ojos azules, en el bigotito rubio que empezaba a asomar. Me puse una camisa blanca, planchada, zapatos negros, al pantalón gris y la campera azul.

También quise ponerme algo de él , pero que no se viera. Después de pensarlo bastante, me decidí por su pañuelo negro, el que llevaba muchas veces en el cuello. Lo busqué en su pieza, me dio trabajo encontrarlo, al fin, di con él. Lo planché con la palma de mi mano y con el canto, lo doblé en cuatro, hice un rectángulo más o menos chico, me lo metí en el bolsillo izquierdo del pantalón, donde pudiera tocarlo y tenerlo conmigo sin que nadie se diera cuenta,

En su dormitorio no reparé nada, tal vez no quise mirar bien, y lo único que me quedó fue la silla de paja, sola, con una camisa gris colgada en el respaldo.

 

A las nueve tocaron unos bocinazos y salí, Subí atrás y compartí el asiento con Flora y con Carmencita Rosenfeld. Era el auto del Doctor Piacenza, al lado de él no recuerdo quién iba.

Pusimos una buena hora en llegar al cementerio de la Colonia. Pensé que en mi memoria estaba más distante, y creo que también pensé que sería la última vez que iba a ese a ese lugar.

Alguna gente se nos juntó en la puerta. Dos p tres me dieron la mano firme y sentidamente, alguien me toma de la nica, acerca mi cabeza a la suya y murmura palabras en idish que no alcanzo a comprender. Caminamos todos por una callecita hasta llegar a un pozo. allí un rabino con voz grave, barba con vetas blancas y manos de dedo finos, canta su elegía.

Flora, que no ha dejado de temblar y lagrimear un solo instante, rompe su silencio en un sollozo ahogado que me desconcierta. La miro y me toma fuertemente del brazo. Siento su mano caliente en la muñeca, y tomo a mi vez su brazo. . El gesto no tiene mayor importancia para mí, pero siento que ella lo necesita. Deja de temblar aunque solloza intermiteamente.

Ya han puesto el cajón en la tosa/ todos inclinan las cabezas en silencio. Los hombres tienen puestos gorros negros en los que hay letras hebreas y un candelabro dorado.

Alguien me aprieta el brazo desde atrás. El doctor Piacenza se agacha, toma un terrón de tierra y lo tira sobre la madera. Carmencita hizo lo mismo. Después Villaba, Soria, los Arriaga, Satori, muchos. El rengo Clementino se me acerca y se abraza  contra mí. Coraje, pibe, escucho que me dice.

Frente a mis ojos aparece la cara de Rosita. No sé si es de verdad. Espero que me deja libre Clementino. Mientras acerca como durante un siglo mi cara a la suya empapada en lágrimas saladas, me dice: “Querido cómo debes subir”.  Meto la mano en el bolsillo izquierdo. Toco el pañuelo negro. Siento que la garganta se me cierra. Que ya no tengo a nadie. Que es Rosita quien, después de tantos años, me abraza. Que, así, la tengo por primera vez. Quiero llorar pero tampoco puedo .

Vamos saliendo. El melodía otoñal es, aún más cálida. Pisamos hojas secas, amarillentas, ocres. Hubo algunas fogatas a lo lejos.

 

Me quedaré con con Flora, con Rosita, con dos o tres personas más. Así pasará el tiempo.

Después nos dejaremos. Al fin estaré solo, y el verdadero tiempo comenzará a crecer. Palmearé a Arisca, la llevaré algunas hasta la cancha de Sportivo para variarle un poco, la andaré, la subiré, y ella irá comprendiendo el peso diferente de los cuerpos, las voces diferentes, el silencio, como yo.

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Dove Keeper

 (two selections)

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I don’t know where or how, one day El Tío obtained the bay colt for me. From then on we began to make excursions as far as Alto Lake. He, with his forty and something years, would rid on the back of his mare Arisca, sitting very straight, with The Toscano half-lit between his lips.

Alto Lake had dried up twenty years back, but El Tío liked to visit it as if it still existed, Melancholically, he remembered its splendor, populated my multi-color parasols and by tourists who came from as far away as the capital. Everything there, on those      pieces of barren land, where he still saw crazed movement, couples and laughter. In his version, the salts had concentrated in the land, had little by little by little absorbed the waters, and because of that, there are now left only some white sticks and many animal skeletons.

When the sun cracked the earth, I put on a straw hat with a wide brim, Hawaii brand, and I stayed quiet on my colt while El Tío took a siesta under Arisca.

At dusk we would return and meet some Jewish comrades on the way. Fridays, we would run into Solito Wainfeld, who was walking back to his farm with his horse at his side, not riding, as he had already discovered the first star of the Sabbath. On Sundays, , it was the women who passed in their gaudy dresses, all dolled up for some dance or a family party. Or the man came from the horse races, or the boys who enjoyed galloping against the wind.

During some of those rides, El Tío made me aware of the old cemetery from the Colony, where is parents were buried, and he showed me, by raising up me to a partially broken wall down little wall, that we were able to see the other side, very close by some small mounds under which the Puelche Indians, a century back, put their dead. “You see how at the end we are all mixed together,” I believe he said.

In what had once been the ordered paths of the cemetery, we walked a great deal, and he stopped at each spot as to remember someone and greet him, because he knew all the faded photographs and he deciphered the instriptions for me: “Here lies Berta Lifshitz, schoolmarm of the Colony. She taught us two alphabets, but death visited her, mute.” “Here rests José Aberbuj. Life abandoned him softly as when snow dissolves in water.” Solomón Vapnir, dead in December. A strong wind blew through the air and confused him with a little bird.” I wondered if El Tío really read or invented these phrases for my benefit; in any case, he did it in a rapid and natural way, telling me also about those people, abandoned inhabitants of a cemetery also abandoned.

The return to turned out to be, very pleasant. I would return fearful, and to pull myself out of it, ask a thousand and one questions. El Tío puffed intermittently on his Toscano, let Arisca find the way. and talked to me about those people, dear and lon gone from the natural world, residents now of only hollow words.

The sun was going down slowly. I tried to look straight at it and I could. At my side, against the light, El Tío rode, firm and raised up high above his mare like another beautiful animal. The windmills created a very large shadow: other than Arisca,  everything was quiet, even the smell of death. Time seemed not to move; we were the ones that went toward it, seeking it.

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          Some said that it was Arisca’s fault, that she bolted. Others, that something had frightened her. Doctor Piacenza was of the opinion that it was an aneurism; there,in the middle of the road, coming from Zubeldía’s, at three or four in the afternoon, under the slight April sun, just like that, as it stretches you and breaks you without much force, and end to sweetness, more than we wished.

I also heard murmurings that he rode at a light galop, after having lunched on some achuras with good wine at Goyo Sartori’s place, and that those things happen because the autos go like crazy, on the same roads where one goes on tranquilly, without bothering anyone, but it’s not like it used to be.

There was one who said that he hadn’t even eaten, and that he hadn’t felt well for days. And there was the big mouth who gossiped about “the kind of life he lead,” too unkempt, alone, with women, and at his age, he should have thought about it more. At least for the boy. . .

Someone protested, someone said shut up. many wept; I heard it said: “life,” “time,” “God wanted him>” I understood everything. Nothing mattered to me.

That Sunday, I drank coffee instead of bitter mate, I looked at myself in the mirror as I washed, I didn’t recognize much uin that face that was so young, in those blue eyes, in the little blind mustache that was beginning to show. I put on an irone, white shirt, black shoes, the gray pants and the blue jacket.

I also wanted to put on something of his, but that wouldn’t be seen. After thinking about it for a while I decided on his black kerchief, the one he often wore around his neck. I searched for it in his room, it was hard to find; finally, I chanced on it. I ironed it well with the palm of my hand, folded it in four, made a rectangle that was small, more or thes, and I put it in the left pocket of the pants, where I could touch it and have it with me without anyone knowing.

In his bedroom, I didn’t notice anything, perhaps I didn’t want to see clearly, the only thing that remained for me was the straw chair, alone, with a gray shirt hung on the back.

 

At nine there was honking and I went out. I climbed in the back and shared the seat with Flora and wit Carmencita Rosenfeld. It was Doctor Piacenza’s car; I can’t remember who rode beside him.

It took us a good half hour to arrive at the Jewish Cemetery. I thought that in my memory it was further, and I believe that I also thought that it would be the last time that I would go that place.

Some people met us at the entrance. Two or three shook hand firmly; someone touches the back of my neck, brings his head near his, and murmurs some words in Yiddish that I don’t understand. we walk together down a path until we arrive at a hole in the ground. There a rabbi with white veins and hands with fine fingers, sang the elegy.

Flora, who had not stopped shaking and weeping for a moment, breaks into a stifled sigh that disconcerts me, I look at her and she takes me forcefully by the arm. I feel her hot hand on my wrist, and in turn I take her writs. The gesture doesn’t mean much to me, but I understand that she needs it. She stops trembling, though she continues to sigh from time to time.

They have already placed the coffin in the grave. All bow their heads in silence. The men are wearing black caps in which there are Hebrew letters and a golden candelabra.

Someone squeezes my arm from behind. Doctor Piazenza bends over, takes a piece of dirt, and throws it on the wood. Carmencita does the same things. Then Villaba, Soria, the Arreagas, Sartori, many. The lame Clementino approaches me and holds me against him. Be brave, boy, I hear him tell me.

Before my eye, Rosita’s face appears. I don’t know it is true. I wait for Clementino to let go of me. While he keeps his face, soaked in salty tears for what feels like half a century, he says to me, Dear boy, how you must be suffering. I put my hand in my left pocket. I touch the black kerchief. I feel my throat close up. That now I don’t have anyone. That it is Rosita, who, after so many years, is embracing me. That, in that way, I have her for the first time. I want to cry, but I can’t.

We are leaving. The autumn midday is still very warm. We step on dry leaves, yellow, ochre. I smell some faraway bonfires.

 

I will stay with Flora, with Rosita, with two or three more people. In that way, the time will pass.

Later we will leave each other. Finally, I will be alone, and the true time will begin to grow. I will pat Arisca with my palm a few times. I will take her as far as the racetrack, to vary things a little. I will walk her, I will mount her, and she will go, understanding the different weight of the bodies, the different voices, the silence, like me.

 

Translated by Stephen A. Sadow

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Obras de Gerardo Mario Goloboff/   Works by Gerardo Mario Goloboff

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Isaías Leo Kremer — Cuentista judío-argentino del campo/Argentine Jewish Short-Story Writer of the Countryside — “Don Wesser”

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Isaías Leo Kremer

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Isaías Leo Kremer nació en 1947 en Villalonga (Provincia de Buenos Aires ), pueblo donde su familia se había afincado varios años antes y donde su padre trabajaba en el campo. Ante la temprana muerte de su progenitor que falleció cuando él tenía 13 años, pasó a administrar el campo cuando su madre vio que estaba en condiciones de hacerlo. Allí aprendió a amar la tierra, el paisaje y la vida misma, en contacto con la naturaleza y con D”s.  Siendo adolescente cursó estudios rabínicos con verdaderos maestros como lo fueron Marshall T. Meyer y Mordejai Edery. Cumpliendo con esa especie de mandato de la mayoría de de los padres judíos de entonces, siguió estudios universitarios y en 1970 se recibió de Ingeniero Agrónomo en la UBA. Hoy vive en Buenos Aires, lugar que eligió para la educación de sus tres hijos y durante muchos años alternaba su estadía en la Capital con frecuentes viajes a las provincias, ya que sea su pueblo natal o otros sitios del interior donde puede sentirse más en contacto con la naturaleza y con el Creador.

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Isaias Leo Kremer was born en 1947 en Villalonga (Province of Buenos Aires), the town where his family had settled for several years, and where his father worked in the fields. After the early death of his progenitor who died when Kremer was 13 years old, he became administrator of the lands when his mother saw that he could do the job. There he learned to love the land, the countryside and life itself, in contact with nature and with God. As an adolescente, he took courses with true masters like Marshall T. Meyer and Mordejai Edery. Complying with that mandate of the majority of Jewish parents of the time, he did university studies, and in 1970 graduated with a degree in Agronomy from the University of Buenos Aires. Now he lives in Buenos Aires, the place he chose pro the education of his three children, and for many years, alternated his time in the Capital with frecuente trips to the provinces, being his where he was born and other places in the interior of the country where he could feel more in contact with nature and the Creator.

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“Don Wesser”: Isaías Leo Kremer. Milonga de la independencia: Cuentos con gauchos, judíos y argentinos. Buenos Aires:  Acero Cultural Editores, 2000, pp. 139-145.

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“Don Wesser”

Quiso el azar que unos cuantos años atrás me encomendaran un trabajo en el monte chaqueño. No tenía mucha idea de lo que debería hacer, pero con la soberbia que daba un título recién estrenado, no vacilé en aceptar la oferta y de ese modo aparecí en medio del “Mandiyú”, un establecimiento  agroforestal en el que supuestamente debía evaluar costos y posibilidades de desarrol

El clima caluroso y polvoriento, los mosquitos y jejenes, las víboras y alimañas, me mostraron que el emprendimiento no era para cualquiera. Sin embargo, me enamoré de la majestuoso de sus bosques (los que quedaron) de sus abras, donde todos los ruidos de alrededor se apagaban dejando sólo el susurro de la naturaleza en su plenitud.

No me detendré en las tareas que por sí merecerían varios libros (no los que yo hiciera), sino en episodio marginal que se dio a raíz de mi aburrimiento de fin de semana, cuando estaba saturado de contar rollos o evaluar algodón. Así fue con la secreta esperanza de hallar una niña bien dispuesta a mi persona, empecé a recorrer las chacras y obrajes vecinos; la suerte me era esquiva hasta di con el portal de un gran finca, en cuyos laterales resaltaba un cartel en el que se leía “Don Wesser” y en el otro colgaba una escupidera blanca enlozada, clavada firmemente al poste de quebracho, como si alguien pudiera pretender sustraerla

Picado por la curiosidad entré al establecimiento, total, a lo sumo me dirían que me marchara, aunque eso no fuera común en gente tan amable como la que conociera hasta entonces. Salió a recibirme un hombre alto, robusto y de avanzada edad, el rostro curtido por mil soles no tenía sitio sin pliegues y estos a su vez arrugas, pero la sonrisa que afloraba tras un mostacho blanco y tupido era cordial y antes de decirme nada, después del apretón de manos me ofreció que tomáramos mate; pese a que no vislumbraba a ninguna niña en edad de merecer, acepté el convite de don Wesser pues de él se trataba y me senté bajo un ñandubay copioso para charlar con el dueño de la finca, ahí empezaron mis sorpresas motivadas por la ignorancia.

Primero me tanteó en el aspecto agronómico (¿se habrá dado cuenta de cuán poco sabía?) y cuando prestamente le extendí mi reluciente tarjeta (gesto vano y estúpido pues los chacareros no portan tarjetero para retribuir), leyó mi nombre de inequívoco origen judío y me indagó sobre el mismo; no sin cierto recelo respondí a su pregunta y a la vez quise saber sobre el suyo que suponía alemán o austríaco. ¿Cómo, no lo sabe? Me dijo con asombro y ante mi negativa, ensilló un nuevo mate (de la calabaza grande) y me relató su historia que trataré de recordar ahora:

Era hijo de padres judíos que provenientes de Podolia-Kamenetz, habían llegado a la República Argentina en 1899 en un vapor llamado Wesser y cómo el naciera en el Hotel de Inmigrantes el 15 de agosto de ese año, los padres decidieron ponerle el nombre del viejo barco como homenaje; de los primeros años Wesser no recordaba, sino que se los contaron y así me los refirió.

Cuando el grupo de Podolia-Kamentz llegó al norte de Santa Fe, la condiciones no podían ser peores. Fueron albergados en viejos vagones sin condiciones sanitarias ni de habitabilidad. El terrateniente Palacios no cumplió con ninguna de las cláusulas convenidas con los colonos y no pasó mucho tiempo antes de éstos. Desesperados, comenzaron a desertar. Algunos salieron a la buena de D”s para tratar de sobrevivir en cualquier lugar, muchas de las mujeres cayeron en manos de los Imeim (impuros), que presurosos las buscaban con falsas promesas de bienestar; la mayoría se quedó para intentar ser pioneros y colonos en su propia tierra, éstos fueron los que en un principio más sufrieron.

Las paupérrimas condiciones de vida hicieron que sobrevivieron pestes y epidemias por lo que muchos de los niños fallecieron y según don Wesser, los padres los ponían en latas vacías de querosene como único ataúd y así los enterraban; al igual que en otros tiempos y latitudes, el llanto de mujeres judías pobló la atmósfera triste y agobiante del lugar.

Todos estos soñadores impenitentes lloraron su dolor en la selva norteña. La falta de alimentos los llevaba a merodear las vías del tren que llegaba a Tucumán y tanto los obreros del ferrocarriles como los pasajeros, contemplaban impávidos como los niños se peleaban por alguna galletita tirada desde el coche-comedor; los hombres y mujeres, vestidos con harapos, escarbaban la tierra sacando raíces para comer, se buscaban ratones y víboras para paliar el hambre que dolía en sus vientres y martillaba en sus cerebros.

Según el relato de Wesser, una casualidad hizo que el viajero del tren, el Sr. Lowenthal se percatara de que de que los mendigantes hablaban en rumano o idish y al conocer el estado de las cosas se puso en contacto con el Barón Hirsch a fin de paliar la situación de los pioneros judíos. En no sé cuánto tiempo llegó ayuda y según Wasser, se compraron los terrenos de Palacios. Mi relator no conocía los detalles porque pese a que aún era un niño, quiso escapar del lugar, por lo tanto se despidió de su afligida madre y saltó al vagón de cola de un tren, ignorando cuál será su destino.

Siendo aún muy pequeño, recorrió mil caminos del norte argentino, ya muy lejos de los vagones de hambre de Palacios y así fue como llegó al Chaco, donde siempre necesitaban brazos para la cosecha de algodón o para hachar quebracho en el monte.

Su primer trabajo estable lo tuvo en un obraje maderero. Lo llevaron a un establecimiento en el había un gran almacén, lo proveyeron un hacha, un pico, yerba, carne, galleta y agua; con ese equipo se instaló en medio del monte, para lo cual primero tuvo que hacerse un reparo de postes de dos metros terminados en un horqueta, clavó los postes, colocó otros transversales en la horquetas y cubrió todo con hojas de “sombol” (pasto alto típico del lugar) y esa fue la primera noche en la que el aún niño tuvo su comida asegurada.

De a poco fue dominando el duro oficio de hachero, sus brazos se hicieron fuertes y firmes sus músculos, pero cuando llevaba su carga al administrador, el valor de los rollizos no alcanzaba para pagar los insumos de alimentos y cada quincena, con cada liquidación, volvía a quedar endeudado y demás está decir que no permitían retirarse a quien tuviese deudas con el obrador.

Fueron muchos años de esclavitud forzada en el monte chaqueña, ¿para eso había abandonado a su madre? ¿Para volver a ser esclavo como los de Egipto que le relataran? Wesser tomó la decisión; saldría de allí como fuera, decidió no retirar ninguna mercadería del almacén, comió frutas del mistol, mulitas, víboras, liebres, lo que fuera, se justificaba aún volver a pasar hambre y así fue como el muchacho saldó “la deuda” con el obrador y con su “mono” al hombro, salió a la huella sin destino cierto ni rumbo a elegir.

Caminando entre las chacras, le llamó la atención el mar blanco de algodonales, que se extendía donde otrora se irguieran majestuosos los quebracho que sus manos grandes y callosas talaran en cantidad. Y estaba atrapado por esa tierra agobiante para los forasteros pero para que los lugareños era cálida y acogedora, así fue que detuvo a un camión que pasaba por la huella y preguntó al chofer por esos campos blancos, el conductor del vehículo tampoco era criollo sino ruso, notó que estaba en presencia de otro “gringo” parecido a él y de alguna manera, le hizo entender que en el algodonal era de su propiedad y que buscaba conchabo podría dárselo y así Wesser fue a pasar a “Ukrania”, tal era el nombre de la finca del “paisano gringo”.

Era dura la tarea de salir a la mañana con la bolsa de arpillera colgada a la cintura, arrancar capullos hasta que las yemas de los dedos perdían toda sensibilidad, quemarse la cabeza con el sol inclemente que caía a pico sobre el cosechero, dolía la cabeza, la cintura que se quebraba por el peso de la bolsa y al final del día, ¿cuánto era? 50 kilos, luego 80, hasta pasar los 100 kilos de vellón, a costa de un trajinar duro e incesante, pero por la noche sus doloridos músculos reposaban y su mente se permitía un futuro posible, lejos del hambre y la miseria que conociera del Sr. Palacios, allá en el lejano norte santafecino.

Al igual que Jacob frente a Lában, debió soportar muchos años de sacrificio para ver algún fruto y mientras tanto, añoraba con el sabor de los recuerdos los días junto a los suyos cuando pese a la desesperación, se cantaba y se rezaba, se bailaba y se lloraba, pero estaba decidido a no aflojar y no pensaba volver con la cabeza gacha a la colonia donde pasara tanto hambre y humillación. Sabía que por referencias de viajeros que habían cambiado mucho las condiciones en Santa Fe, pero él estaba atrapado por eso campos polvorientos que ya eran definitivamente su hogar.

Acostumbrado a las privaciones, guardaba el total de sus ganancias, a lo sumo algún par de alpargatas o un cuchillo eran los “lujos” que se permitió durante largos periodos, así fue que en una oportunidad, invirtió sus atesoradas ganancias en comprar aperos de labranza y tomó tierra para plantar algodón en su propio beneficio y no de otros.

Puso más ahínco aún en las tareas carpiendo con la azada, desyuyando con las manos lastimadas, de año en año sus cosechas se incrementaron y acumularon; como no tenía mejores necesidades, no vendió en los años de baja precio sino que compró producción de otros y cuando los valores subieron, negoció la venta en mejores condiciones por tener cantidades importantes y así fue que de a poco consolidó una posición estable.

Recién después de muchos años, un día tomó su flamante vehículo y enfiló hacia la Colonia Palacios, vio desarrollo y riqueza, pero sus afectos directos ya no estaban allí y pesa a disfrutar del contacto con sus ex paisanos, las tórridas tardes del Chaco lo atraían como un imán invisible y regresó a su finca, esta vez en forma definitiva.

Este fue el relato abreviado de Don Wesser, quien me dio una lección de historia que yo ignoraba; años después corroboré que sus historias eran absolutamente veraces y que la verdadera odisea de los viajeros del Wesser fue mucho más dramáticas de lo que él me refiriera, vaya para ellos mi sentido homenaje.

Volví a lo de Don Wesser en repetidas ocasiones, tenía una esposa eslava que era la imagen un una “mamuska” rusa, desconozco su origen aunque supongo que sería hija de algún finquero ucraniano del lugar. También había hijos e hijas de distintas edades, unos con rostros “europeos” y otros con caracteres que denunciaban su noble origen indígena, pero que también lo llamaban “papá”, de lo cual deduzco que serían hijos suyos con algunas de las mujeres criollas que de ambulaban por el lugar. Obviamente no pregunté nada al respecto y me concentraba en las numerosas charlas que tuve con él.

A punto de terminar mi labor y pronto a regresar del Chaco, fue a despedirme del finquero, como siempre “ensilló” la calabaza grande y me invitó a tomar mate bajo el ñandubay, me señaló los árboles que había plantado con sus manos y me dijo: lamento haberme alejado de mis hermanos, pero el destino me trajo aquí y no me arrepiento, pues logré lo que ambicionaba y de hecho soy feliz. Le respondí que me parecía correcto y que yo no era juez de nadie, aproveché para preguntarle por qué tenía colgada una bacinilla blanca en el portal de la finca.

So tomó tiempo para contestarme cual si su mente volviera a escenas vividas hacía ya muchos años y esbozando una sonrisa por el recuerdo me contestó:  Ese es  un “tepl” (escupidera), cuando mi madre recibió enseres de cocina, los criollos se reían y ella pensaba que eran ignorantes pues nunca habían visto una olla, la llamaba algo como “la petisa blanca” y me la dio cuando me escapé en tren a Tucumán, es el único recuerdo material que tengo de mi madre y la coloqué a la entrada, en el portal, para recordarme de donde provengo cada vez que ingreso del campo. Sus manos callosas y secas apretaron las mías sabiendo que no volverían a estrecharse, sus ojos claros me miraron cual si se despidieron a un hijo querido, aún permanece en mi retina con su brazo alzado saludándome, con un mar blanco como fondo.

 

Cada tanto evoco a Don Wesser, el chaqueño, otra hoja de nuestro pueblo empujada por los vientos de la vida, que nos llevan adonde no sabemos y nos depositan donde el Altísimo lo dispone.

P.D.: La epopeya de los viajeros del Wesser si bien es conocida no está muy difundida, aún entre aquellos que llevan en sus venas la sangre de aquellos sufridos pioneros argentinos.

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“Don Wesser”

A few years ago, fate willed that they put me in charge of a job in the Chaco hills. I didn’t have much of an idea of what I would have to do, but with the pride the that came from a degree recently acquired, I didn’t hesitate in accepting the offer and so, I appeared in the midst of “Mandiyú”, an agroforest establishment in which supposedly I ought to evaluate costs and possibilities for development.

The hot and dusty climate, the mosquitos and gnats, the snakes and the vermin, showed me that the undertaking was not for just anyone. Nevertheless, I fell in love with majesty of the forests (those that were left) of its passes, where all the surrounding sounds waned, leaving only the whisper of nature in its plenitude.

I won’t waste time with the work, which by itself would merit several books (not those that I might write,) but rather a marginal episode that arose from my weekend boredom, when I was sick of counting rolls or evaluating cotton. So, with the secret hope of finding a girl well-disposed to me, I began to go around the neighboring small farms and factories; luck was elusive until I stumbled upon a large farm, where on one gate post stood out a sign which read “Don Wesser” and on the other was hanging a white enameled spittoon, firmly nailed to the post of quebracho wood, as if anyone would try to remove it.

Incited by curiosity, I entered the establishment, so, at the worst, they would tell me to leave, although that was no common with people so friendly as those that I had known up to then. Coming out to meet was a tall, robust man of advanced age, whose face tanned by a thousand suns, had no place without folds, and these in turn without wrinkles, but the smile that flourished under a white and thick mustache, and before saying anything to me, after shaking hands, suggested that we take mate; despite not noticing a single girl of the appropriate age, I accepted don Wesser’s invitation, as that is what he was called and I sat down under a copious ñandubay, to chat with the owner of the farm, there, because of my ignorance, began my many surprises.

First, he sounded me out about agronomy (did he understand how little I knew?) and when I promptly reached out to him my shining card (a vain and stupid gesture since those who live in the Chaco don’t carry card wallets, and that they could give a card in return,) he read my name of unequivocal Jewish origin, and he asked me about it; not without a certain suspicion, I answered his question, and at the same time I wanted to know about his that I guessed was German or Austrian. Didn’t you know it? He said to me with amazement, and with my negative response, he put a new mate (from the large gourd) and he told me his story that I will try to remember now:

When the group from Podolia-Kamenetz arrived in the north of Santa Fe, the conditions couldn’t be worse. They were housed in old train cars without the necessary sanitary or living conditions. Palacios, the landowner, didn’t fulfil any of the clauses agreed upon with the colonists and didn’t spend much time among them. Desperate, some began to dessert. Some left, trusting God, to try to survive in any place, many of the women fell into the hands of the Imeim (impure ones,) who, shameless, sought after them with false promises of comfort; the majority stayed with the intention of being pioneers and colonists on their own land, these were those who, in the beginning, suffered the most.

The extremely poor conditions of life forced them to survive plagues and epidemics during with many of the children died and, according to don Wesser, the parents put them in empty cans of kerosene as their coffins as their only coffin and so they buried them; as in other times and in other latitudes, the cries of Jewish woman filled the sad and oppressive atmosphere of the place.

All of these impenitent dreamers cried of their pain in the northern jungle. The lack of food led them to hover around the rails of the train that was on its way to Tucumán. And the railroad workers as wells as the passengers, watched unmoved as the children fought over a little cracker thrown from the dinner car; the men and women, dressed in rags, dug into the earth, taking out roots to eat, they searched for rats and snakes to ease their hunger that hurt their bellies and hammered at their brains.

According to Wesser’s story, by chance, Mr. Lowenthal, a passenger on the train, noticed that those beggars spoke in Romanian or Yiddish, and on knowing the state of things, made contact with Baron Hirsch, in order to ease the situation of the Jewish pioneers. I don’t know how quickly, but help arrived, and, according to Wasser, they bought Palacio’s lands. My narrator didn’t know the details, because, despite the fact that he was still a boy, he wanted to escape from the place, and so he said goodbye to his heartbroken mother and jumped onto the last car of the train, not knowing what his destiny might be.

Being still very small, he travelled through a thousand roads of the north of Argentina, now very far from the train cars of hunger of Palacios, and that was how he arrived in the Chaco, where, in the north. they always needed arms for the harvest of cotton or to cut down quebracho trees.

His first stable job was in a lumber yard. They brought him to an establishment in which there was a large store. The provided him with an axe, a pick, mate, meat, crackers and water, with this equipment, he settled in the midst of the mountain. First, he had to make for himself a hut of two meter posts ending in a fork; he nailed the posts together, placed other cross-beams in on fork and covered everything with “sombol” leaves (high grass, typical of the area,) and that was the first night in which young boy had his meals assured for.

In little time, he mastered the difficult trade of the lumberjack, his arms became strong and his muscles firm, but when he brought his load to the administrator, the value of the cylinders was not enough to pay for the supplies of food, and every two weeks, with each settlement, he was further indebted, and it’s enough to say that they didn’t permit anyone to leave who had debts with the store.

There were many years of forced slavery in the Chaco hills. Was it for that that he had abandoned his mother? To be a slave again like those he was told about? Wesser made the decision that he would get out of there any way he could: he decided not to take any merchandise from the store. He ate fruit from the jujube tree, armadillos, snakes, rabbits, and so it was that the boy settled his debt with the company store and with his “monkey” on his shoulder, left on the path without a sure destiny of a direction to choose.

Walking among the farms, the white sea of cotton plants, that extended where once stood majestically the quebracho trees, that he with his large and calloused hands had cut down many. And he was trapped by this land, oppressive for foreigners, but for its inhabitants warm and welcoming; for that reason, he stopped a truck that was passing on the track, and asked the driver about these white lands. The driver of the vehicle was not criollo but Russian. He noticed that he was in the presence of a “gringo” like himself, and by some manner, let him know that he cottonfields were his property, and that, if I was looking for employment, he could give it to me.

The work consisted of going out in the morning with a bag of burlap hanging from his waist, to pull off cotton balls until the his fingertips lost all feeling, to burn his head with the inclement sun that fell sharply on the picker of cotton, made his head hurt, the waist would break by the weight of the sack, and at the end of the day, how much was it? 50 kilos, then 80, until passing 100 kilos of cotton fleece, at the cost of hard and incessant keeping on the move, but at night his sore muscles rested and his mind allowed for a possible future, far from the hunger and misery that he knew from Mr. Palacios, there in the far north Santa Fe.

As Jacob with Laban, he had to put up with many years of sacrifice to see any fruit, and at the same time, he missed the flavor of the memories of the days together with his own people, when, despite the desperation, they sang and prayed, danced and cried, but he had decided to not weaken and to not return with his head down to the colony where he had lived through so much hunger and humiliation. He knew from statements from travelers, that the conditions in Santa Fe had changed a lot, but he was trapped by these dusty fields that were now his home for good.

Used to privations, he saved the total of his earning, at most a pair of alpargatas shoes or a knife were the only “luxuries” that he permitted himself during long periods, so that when there was an opportunity, he invested his treasured earning in buying land and work tools, and planted cotton for his own benefit and not that of others.

He put even more effort into those tasks, digging with the hoe, picking with his injured hands. Year by year, his harvests increased and accumulated; as he didn’t have more important necessities, he didn’t sell in the years when the price was low, but bought the production of others and when the value of cotton was high, he negotiated the sale in better conditions since he had important quantities, and so it was that in a short time, he consolidated a stable position.

Recently, after many years, one day he took his brand new vehicle and headed for Colonia Palacios. He saw the development and riches, but his strong feelings were no longer there, and in spite of enjoying the contact with his former comrades, the torrid evenings of the Chaco attracted him like an invisible magnet, and he returned to his farm, this time definitively.

This was the abbreviated tale of Don Wesser, who gave me a history lesson all of which I was unaware; years later, I corroborated that his stories were absolutely true. The real Odyssey of the travelers on the Wesser was much more dramatic than those that he described to me, and I give to them my deeply felt homage.

I returned to Don Wesser’s farm on repeated occasions, he had a Slavic wife who was the image of a Russian“mamuska.” I don’t know her background, although I suppose that she would be the daughter of some Ukrainian farmer in the area. Also, he had sons and daughter of different ages, some with “European” faces and others with features that revealed their noble indigenous origin, but who also called him “papa.” From which I deduced that they were probably his children by criollo women who ambled around the place. Obviously, I didn’t ask anything about it, and I concentrated on the numerous conversations that I had with him.

About to finish my work and soon return from the Chaco, I went to say goodbye to the farmer, as always, he put more in the great gourd and invited me to take mate under the ñandubay. He pointed out to me the trees he had planted with his own hands, and he said to me: I lament having to gone far from my brothers, but destiny brought me here, and I don’t regret it, since I accomplished what I really wanted and, in truth, I am happy. I responded that it seemed to me right, and that I was no man’s judge. I took advantage of the moment to ask him why he had a white basin hanging the portal to the farm.

He took time to answer me as if his mind was going back to scenes lived many years ago, and smiling with the memory answered: That is a “tepl”(spittoon.) When my mother received cooking utensils, the criollos laughed, and she thought that they were ignorant, since they had never seen a pot, she called it something like “the white pony,” and she gave it to me when I escaped on the train to Tucumán; it’s the only material memory that I have of my mother, and I placed it at the entrance, on the portal, to remind me who where I come from, every time I enter from the countryside. His calloused and dry hands shook mine knowing that he wouldn’t ever embrace them again, his clear eyes looked a me as if he were saying goodbye to a beloved son. He remains in my retina with his arm raised, waving at me, with a white sea in the background.

 

Every once in a while, I evoke Don Wesser, from the Chaco, another leaf of our people pushed by the winds of life, that carry us to where we do not know and deposits us where the Most-High decrees.

P. S.: The epic of the travelers on the Wesser, if it is well-known, it is not well disseminated, even among those who carry in their veins the blood of those suffering Argentine pioneers.

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Unos de los libros de Isaías Leo Kremer/                      Some of Isaías Leo Kremer’s Books

 

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Alicia Freilich Warshavsky — Novelista y periodista judío-venezolana/Venezuelan Jewish Novelist and Journalist — “Cláper” — un fragmento de la novela/ “Cláper” — a selection from the novel

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Alicia Freilich Warshavsky

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           Nacida en Caracas, Alicia Freilich Warshavsky, es hija de inmigrantes de origen judío polaco. Asistió a la Universidad Central de Venezuela, donde recibió un B.A. en literatura en 1960. Freilich comenzó su carrera de periodista en 1969, trabajando desde entonces en una columna sobre literatura y política informativa, con un enfoque en temas de niños y familiares, entre otros temas. Gravitó hacia historias que presentaban luchas de la vida real de la gente común, con artículos de perfil que han obtenido premios nacionales de escritura y honores internacionales. Freilich también ha publicado artículos independientes en la prensa venezolana. Además, su interés en los medios se proyectó en la atmósfera televisiva, cuando fue anfitriona de un programa de asuntos culturales en Televisora ​​Nacional. Escribió un guión para un drama televisivo basado en la novela La Rebelión, del autor y presidente venezolano Rómulo Gallegos. Como educadora activa durante más de cuatro décadas, Freilich ha sido capaz de proporcionar instrucción en varios niveles en su disciplina desde la escuela primaria hasta la universidad, tanto en educación pública como privada. Su obra más conocida es Cláper (1987), una novela que muestra un sentido más profundo de pertenencia e identidad familiar durante un viaje espiritual y físico de un inmigrante judío a Estados Unidos a principios del siglo XX, que comienza en Polonia e incluye paradas en París. , Cuba y Estados Unidos antes de aterrizar en Venezuela. A través de los años, esta novela fue traducida al inglés y publicada por la University of New Mexico Press (EEUU). Freilich estuvo casado con Jaime Segal, un neurólogo, en 1962, hasta su divorcio en 1998. Tienen dos hijos, Ernesto y Ariel.

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Trabajos seleccionados

Libros

Cuarta Dimensión • En clave sexymental: Aldemaro Romero a medio siglo creativo • Entrevistados en carne y hueso • Ilan Chester es verdad • La Venedemocracia • Legítima defensa • Triálogo, Notas de crítica urgente

Novelas

Cláper (Traducido al inglés) • Colombina Descubierta • Vieja Verde (Traducido al inglés).

Adaptado de: Revoly Biografías

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          Born in Caracas, Alicia Freilich Warshavsky, is the daughter of immigrants of Polish-Jewish origin. She attended Universidad Central de Venezuela, where she received a B.A. in literature in 1960. Freilich began her journalism career in 1969, working since then on a column about literature and reporting politics, with a focus on children and family issues, among other subjects. She gravitated toward stories that featured real-life struggles of ordinary people, with profile articles that have garnered national feature-writing awards and international honors. Freilich also has published freelance articles in the Venezuelan press. In addition, her interest in the media projected into the television atmosphere, when she hosted a cultural affairs program at Televisora Nacional. She wrote a script for a television drama based on the novel La Rebelión, by the Venezuelan author and president Rómulo Gallegos. As an active educator for more than four decades, Freilich has been capable of providing instruction at various levels in her discipline from elementary school to university, both in private and public education. Her best-known work is Cláper (1987), a novel which shows a deeper sense of belonging and family identity during a spiritual and physical journey of a Jewish immigrant to America in the early twentieth century, which starts in Poland and includes stops in Paris, Cuba and the United States before landing in Venezuela. Through the years, this novel was translated into English and published by the University of New Mexico Press (EEUU). Freilich was married to Jaime Segal, a neurologist, in 1962, until their divorce in 1998. They have two sons, Ernesto and Ariel.

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Selected works

Books

Cuarta Dimensión • En clave sexymental: Aldemaro Romero a medio siglo creativo • Entrevistados en carne y hueso • Ilan Chester es verdad • La Venedemocracia • Legítima defensa • Triálogo, Notas de crítica urgente

Novels

Cláper (Translated into English – Colombina Descubierta – Vieja Verde (Translated into English

Adapted from: Revoly Biografías

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Cláper: Una novela

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Cláper

Llega la Semana Santa. El miércoles todavía abren los comercios. Desde que salgo de mi pensión, noto que las mujeres y hombres de todas las edades y en gran cantidad, van vestidos en túnicas moradas de tela gruesa. Algunos avanzan de rodillas como si en verdad fueran tullidos.

Decido seguir esa extraña manifestación silenciosa y así llego hasta la Basílica de Santa Teresa que está repleta de fieles apretujados, a su alrededor también.

Por la tarde luego de cerrar, paso de nuevo y entonces de lejos veo saliendo un Jésus de madera, cas arrastrándose bajo el peso de una gran cruz. Lo llaman Nazareno de San Pablo y va lentamente al centro de la multitud que lo pasea por las cercanías de la iglesia. A su paso ves que todos se persignan rogãndole ayuda por los males de salud.

Aquella inmensa cruz se vuelve mi martirio. Nadie me ha señalado en las calles como un criminal, pero de nuevo creo de advertir el odio, allá en Léndov, cuando la procesión de los cristianos en alguna Semana Mayor, culminó en piedras, palos y sangre  . . .  Como un asesino que acecha/ puñal en la mano/ a su víctima/ en altas horas de la noche/ así acecho tus pasos/ dios mío./ Mira tu piedad/ nunca me ha sonreído todavía a mí/ el nieto de Iscariote. . .?  Es otra vez un poeta que me explica con sus versos que leí tantas veces y ahora sólo ahora, son poema mío. Gracias, Itzik Manger. . .

Casi corriendo, voy a bañarme y vestirme pues esa misma tarde celebramos nuestra primera cena de pascua. Es lógico. ¿No fue la comida pascual como ésta llamada la Última Cena?

Nos reunimos en la quinta moderna de los esposos /Tolder, muy religiosos. Han traído de Estados Unidos el vino de consagrar y pan de aflicción, esas galletas de harina sin levadura recuerdo del maná que comieron nuestros antepasados en sus cuarenta años de peregrinaje por el desierto para alcanzar la tierra santa de Abraham, de Isaac y de Jacob.

Como si fuera una sola voz todo el grupo canta — Esclavos fuimos del Faraón en Egipto, de donde dios sacó con potente mano y brazo protector. . .

Y una sola voz de verdad, la del hijito de los Berger, hace las cuatro preguntas de qué esta noche es diferente de los otros del año.

Nos servimos hierbas amargas porque fue amargo nuestra forzado cautiverio egipcio y comemos huevo cocido y remojado en agua salada para reproducir la vida plena sumergida en lágrimas de servidumbre, aunque tú sabes, mi teoría particular sobre esta costumbre de los huevos duros en agua de sal, es que a nuestros hermanos se les mojaron mucho los suyos al cruzar el Mar Rojo. . . Y dios sabe que no le falto el respeto con esta esta opinión sincera porque no es necesario creer que él nos puso la cosa tan fácil, abriendo el mar en dos para huyéramos. No tiene gracia. ¿Dónde queda entonces el espíritu de lucha? Yo pienso que Moisés era muy astuto y cruzó la parte más angosta en tiempo de sequía, como hice yo en el Oder sin ser tan grande como Moisés. Aprovechó la baja marea y es seguro de ella que allá más de los nuestros se ahogaron. ¿Y dónde está el milagro entonces? preguntarás tú.  –En que calculó bien bien y se salvaron los necesarios para que sigamos existiendo como pueblo. . .

También probamos una crema de manzana triturada con nueces y vino para recordar la arcilla con que, año tras año pegamos los enormes ladrillos pues fuimos la mano de obra más barata para construir esas pirámides que admiras plácidamente hoy existiendo luego de tantos siglos ¿no?

Y el fin de aquella misma semana, soy testigo de un escena grotesca. En varias esquinas por donde transito queman un muñeco nombrado Judas. Es lo que llaman aquí un monigote, vestido con ropas viejas pero como nosotros, en flux de dril blanco y corbata. Antes de prenderle fuego lo cuelgan para significar su horca. Me resigno a no comprender el escarnio duele igual. Están cobrando la milenaria culpa a un correligionario mío de trapo y paja convertida en ceniza con gran contenido del poblacho,

Debo entonces agradecerme ¿verdad dio mío? Al menos esta vez, hoy, aquí, no soy la víctima de carne y hueso. . .

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Cláper: A novel —        in English

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Cláper

Holy Week is here. On Wednesday, the still open. From the moment I leave my boarding house I notice men and women of all ages and in large numbers wearing dark purple tunics made of heavy cloth. Some are kneeling as if they were really crippled.

I decide to follow that strange silent parade and arrive at the Basílica of Sta. Teresa packed with parishioners. That afternoon, after closing, I go again and at that time. I see from afar a wooden Jesus, dragging himself under the weight of an enormous crucifix. The refer to him as the Nazarene of St. Paul, He proceeds very slowly at the center of the crowd that accompanies him all around the church neighborhood. As he goes by, people cross themselves and beg his help for their many sorrows.

That immense crucifix becomes my martyrdom. No one has pointed me out as a criminal, but, once again I can feel the hatred I felt back in Lendov, when the Christian procession for the Holy Week would always end in stoning, beatings and bloodshed. . . .

 Como un asesino

puñal en mano

a su víctima

en altas horas de la noche

así acecho tus pases, dios mío.

Mira, tu piedad

Nunca me has sonreído todavía

el nieto de Iscariot. . . .

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Like an assassin who lurks

knife in hand

waiting for the victim

in the early hours of the morning

I search your steps my god

Your mercy has not yet smiled on me

I am the grandson of Judas Iscariot. . . .

           Once again, the answer comes from the poet Itsik Manger whose verses I read so often, yet only know have become truly mine. Thank you, Itsik!

I run to bathe and dress because that same night we celebrate out first night Passover Seder. Nu! After all, wasn’t the other on. the so-called Last Supper, a pashal meal too?

We gather in the modern house of the very religious Tolders. From the Univter States, they get kosher wine and the bread of affliction, matzoh to remind us of the manna our ancestors ate during the forty-year journey through the desert on the way to the Holy Land of Abraham, Isaac and Jacob.

As if in unison, the whole group chants,

 “We were the Pharaoh’s slaves in Egypt from

where He took us with a firm hand and an

outstretched arm.”

          Then, one true voice, the Berger’s youngest son, asks the four questions that answer:

“Why is this night different from any other night?”

We partake of bitter herbs because we were forced captivity by the Egyptians was bitter; we eat hard boiled eggs-dipped in saltwater in order to produce life submerged in the tears of slavery. You know that something though? To me, eggs dipped in salt water comes from the fact that I always thought that our brothers got them wet when they crossed the Red Sea. God knows I have no disrespect for with this theory, but they way i see it, he wouldn’t have made things that easy for us by just separating the waters so that we could flee. To me that makes no sense at all. What would that do to our fighting spirit? No, I think Moses was a pretty smart fellow, and he crossed the narrowest point during the dry season, just like I did , when I crossed the Oder and I’m not even half as Moses was. No. He, like me, took advantage of the low tide. The others probably died. So, nu? Where is the miracle you ask? Ah, in that Moses calculated right! He save enough of us so that we could continue to exist as a people. Believe me, that’s a miracle!

We also had some chopped apples mixed with wine and nuts to remind ourselves of the mortar with which, year after year, we cemented together the giant bricks to hold the pyramids you admire so much today and have lasted for centuries. Weren’t we, after all, the cheapest labor around!

At the end of that same week, i witness a grotesque scene. On several street corners they burn a rag doll named Judas. It’s a puppet, dressed like us, in white linen suits and ties. Before setting him on fire, they hang him. I pretend not to understand but the mocking hurts just the same. I know that once again a fellow Jew is paying for a thousand year-year-old sin, only this one is made of cloth and straw. to the mob’s great delight, it turns into ashes.

I thank you, gottenyu, that this time, today, here, now, I am not the flesh and blood victim. . . .

Translation into English by Joan E. Friedman

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Otros libros de Alicia Freilich Warshavsky

Other books by Alicia Freilich Warshavsky

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Angelina Muñiz-Huberman — Novelista judío-mexicana/Mexican Jewish Novelist — “Los esperandos”- fragmento de la novela sobre piratas judíos judeoportugueses/ “Those Who Wait”- a section of the novel about Portuguese Jewish Pirates

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Angelina Muñiz_Huberman

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Poemas místicos

Una historia cabalista

Cábala

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Angelina Muñiz-Huberman nació en Francia en 1936, hija de refugiados republicanos de la Guerra Civil Española. Está radicada en México desde que tenía seis años. Trazó su ascendencia por parte de su madre de judíos conversos que nunca salieron de España. Después de leer intensamente el Viejo Testamento y sus comentarios y en particular los libros místicos de la Cábala, se convirtió formalmente al judaísmo.  Por muchos años, Muñiz-Huberman ha sido profesora de literatura comparada en la Universidad Autónoma de México. Es escritora de numerosas novelas como La guerra del unicornio (1983), El mercader de Tudela (1999), y El sefaradí romántico: la azarosa vida de Mateo Aleman II (2005). Es autora de muchos libros de poesía, entre ellos El ojo de la creación (1992) y La sal en el rostro (1998). Sus temas predilectos son la creación y la destrucción, la unión de opuestos, el centro de la existencia, y más recientemente, el exilio como un estado de vivir. Escribe con gran cuidado, midiendo cada palabra y haciendo caso de sus sonidos. Sus imagines son sugestivas y alusivas. Insinúa en los poemas su enorme erudición y su conocimiento profundo del misticismo y lo hace sin frustrar a su lector.

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Angelina Muñiz-Huberman was born in France in 1936, daughter of Republican refugees from the Spanish Civil War. She has lived in Mexico since she was six years old. She traces her ancestry on her mother’s side to converted Jews who never left Spain. After reading intensely the Old Testament, its commentaries, and in particular the mystical books of the Kabbalah, she formally converted to Judaism. For many years, Muñiz-Huberman has been professor of comparative literature at the Autonomous University of Mexico. She is the author of many novels such as La guerra del unicornio (1983), El mercader de Tudela (1999), y El sefaradí romántico: la azarosa vida de Mateo Aleman II (2005). She is the the writer of many books of poetry, among them, El ojo de la creación (1992) y La sal en el rostro (1998). Her favorite themes are creation and destruction, and more recently, exile as a state of being. She writes with great care, considering each word and paying attention to how they sound. Her images are suggestive and allusive. Into her poems, she inserts her enormous erudition and her profound knowledge of mysticism, and she does so without frustrating her reader.

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Piratas

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“El cocinero de los piratas”

NO ES CUALQUIER COSA ser cocinero de unos famosos piratas. Unos piratas que han incursionado en casi todos los mares, que siempre han salido avante, que han obtenido cuantiosos botines, que, en tierra firme, también, han sabido desenvolverse y se han atrevido a ser espías, intermedios entre poderosos reyes, diplomáticos, escritores; que han urdido planes de ataque; han fundado colonias agrícolas y nuevas industrias; para, a la postre, retirarse a vivir de sus ganancias y convertirse en respetados miembros de su comunidad.

Si a esto añadimos que no eran cualesquier piratas, ni católicos, ni protestantes, ni musulmanes, sino judíos y que yo no era cualquier cocinero, sino un experto en las más exquisitas gastronomías, probadas y deliciosas recetas, con una sorprendente capacidad innovativa, aprovechando los más extraños y desconocidos sabores, en una palabra, que yo era un refinado gourmet y, aún más importante, que era un cocinero kósher.

Ante tales características empiezo en este momento a contar la historia de los llamados esperandos o piratas judeoportugueses del mar Caribe y del Mediterráneo. ¿Quiénes son los esperandos? Aquellos judíos de Sefarad, conversos forzados, que escapamos la persecución del Santo Oficio de la Inquisición y que hallamos nuevas fuentes de trabajo en las tierras recién descubiertas. Creamos los principales vías comerciales entre las nuevas tierras y Europa. Desarrollamos los cultivos de la caña de azúcar, del café, del cacao, del tabaco, del maíz, de la papa, y la explotación minería.

Hasta aquí iba bien todo, pero cuando el comercio     florecía nos eliminaron y los reyes de España y Portugal encargaron a la Inquisición nuestro hostigamiento, despojo y muerte. Los esperandos, ni cortos ni perezosos, buscamos otros lugares donde refugiarnos y acudimos a la protección de gobiernos protestantes que no habrían de perseguirnos. Holanda e Inglaterra nos permitieron establecernos y nos apoyaron, sobre todo ésta última, en su lucha contra los católicos. Fue así muchos de nosotros, expertos marinos y cartógrafos, y yo gran cocinero, nos convertimos en piratas del mar Caribe, al lado de los ingleses, para atacar los barcos españoles y arrebatar sus cargamentos.

A eso se debe que adoptáramos el nombre de esperandos para dar a conocer de manera velada nuestra identidad judía, a la espera de la llegada del Mesías, y distinguirnos de los cristianos.

Pues bien, para mi fue un gran honor preparar la comida para tan valientes personajes. Sobre todo, disfruté cuando me embarcaba bajo las órdenes de los capitanes Palanche, y cuando en cada una de nuestras excursiones fortuitas, mis dotes culinarias mejoraban Ahora quiero recordar una de nuestras incursiones.

La Burladora, el barco en el que entonces trabajaba, al avistar en el horizonte dos poderosos galeones españoles, enfiló la proa a toda velocidad, se introdujo entre las naves anulado su capacidad de maniobra, disparó  sus cañones por ambas bandas, siguió su veloz carrera y se esfumó.

A continuación nuestro barco de guerra, La Reina Esther, aprovechando de la confusión de los galeones españoles para atacarlos a su vez. Se hizo valer poderosamente, como verdadera reina, y los dejó a punto de hundirse para entonces iniciar el abordaje. Nuestra tripulación poseía una furia desatada y sus espadas centelleaban a diestra y siniestra sin dar reposo a los enemigos.

En poco tiempo dominaron a los españoles que no podían reponerse de lo que ocurría ante sus ojos. Pronto fueron empujados hacia la sentina quedando encerrados y despojados de sus armas.

Los piratas, en perfecto orden, desmantelaron las naves, y se llevaron un botín rico en monedas de oro, piedras preciosas, barras de plata y todo tipo de metales extraídos de las minas. La jornada resultó muy productiva y no contaron con ninguna baja. Prendieron fuego a las naves y se alejaron a toda vela para reunirse con La Burladora y dirigirse a puerto seguro. Lo que me daba tiempo preparar el exquisito banquete kósher en su honor, ya que nuestra sefardí manera de celebrar cualquier victoria es con una espléndida cena.

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Lápida de un pirata judío/Tombstone of a Jewish Pirate

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“The Pirates’ Cook”

IT’S NO SMALL THING to be the cook for famous pirates. Pirates who have made raids in almost all the seas, who have always gotten ahead, who have obtained substantial bounties, who, on dry land, also, have known how to stay afloat  and have dared to be spies, intermediaries among powerful kings, diplomats, writers; who have plotted attack plans; have founded agricultural colonies; so, in the end, retire to live of their gains and become respected members of their community.

And if we add to this that they weren’t any old pirates, not Catholics, not Protestants, not Muslims, but Jews and that I wasn’t any old cook, but an expert in the most exquisite gastronomies, proven and delicious recipes, with a surprising innovative capacity, taking advantage of the strangest and unknown flavors, in  word, that I was a refined gourmet and, even more important, that I was a kosher cook.

Given such characteristics, I will begin, now, ro tell the story of those called “esperandos,” “those who wait” or Portuguese-Jewish pirates in the Caribbean and the Mediterranean seas. Who are the esperamdos? Those Jews from Sepharad, our term for Spain and Portugal, forced converts, we escaped the persecution of the Holy Office of the Inquisition and we found new sources of work in the recently discovered lands. We established the principal commercial routed between the new lands and Europa. We developed  the cultivation of sugarcane, coffee, cocoa, tobacco and corn. the potato and the exploitation of mining.

Up to that point, everything went well, but when commerce was flourishing, they got rid of us, and the kings of Spain and Portugal commissioned the Inquisition with our harassment, removal and death. The esperandos, bold as they come, sought other places of refuge and we turned to the Protestant governments that wouldn’t persecute us. Holland and England permitted us to organize ourselves, and they supported us, especially the second, in their fight against the Catholics. So it was that many of us, expert sailors and cartographers, and I, great cook, we became pirates of the Caribbean Sea, beside the English, to attack the Spanish ships and snatch their cargo.

That’s why we took on the name “esperandos” to let our hidden Jewish identity it be known, waiting for the coming of the Messiah, and to distinguish ourselves from the Christians.

Well, for me it was a great honor to prepare food for such valiant fellows. Above all, I enjoyed it when I embarked under the orders of the captains Palanche, and when in each of our chance excursions, my culinary gifts improved. Now I want to recall one of one of our attacks.

The Lady Prankster, the ship in which I then worked, on catching sight of two powerful Spanish galleons, headed its bow at full speed , got in between the two ships and nullifying their ability to maneuver, shot its cannons from both sides, continued on its swift course and disappeared.

Next, our warship, The Queen Esther, took advantage of the confusion of the Spanish galleons by attacking them in turn. She took on powerful value, like our true queen, and left them about to sink in order to then commence the boarding. Our crew possessed an unbridled fury and their swords flashed left and right, without giving quarter to their enemies.

In little time, they dominated the Spanish who couldn’t respond to what was appearing before their eyes. Quickly they were pushed toward the bilge, hemmed in and stripped of their arms.

The pirates, in perfect order, dismantled the ships and took with them a rich booty of gold coins, precious stones, bars of silver and every type of metal extracted from the mines. The day resulted very productive and without a single casualty. They set fire to the ships and got away at full sail to meet up with The Lady Prankster and head for a safe port. Which gave me time to prepare and exquisite kosher banquet in their honor, since our Sephardic way of celebrating any victory is with a splendid supper.

Translated by Stephen A. Sadow

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Angelina Muñiz-Huberman:  Los Esperandos: Piratas judeoportugueses . . . y yo.                                  Ciudad México: Sepharad Editores, 2017, pp. 16.

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Algunos de los libros de Angelina Muñiz-Huberman

Some of the books by Angelina Muñiz-Huberman

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Isaac Goldemberg — Escritor y poeta judío-peruano, radicado en EEUU./ Peruvian Jewish Writer and Poet, living in the US. “Filosofía y otras fábulas”/ “Philosophy and other Fables”

 

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Isaac Goldemberg

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Poesía de Isaac Goldemberg

ISAAC GOLDEMBERG nació en Chepén, Perú, en 1945 y reside en Nueva York desde 1964. Ha publicado cuatro novelas, dos libros de relatos, trece de poesía y tres obras de teatro. Sus publicaciones más recientes son Libro de reclamaciones (2018), Philosophy and Other Fables (2016), Diálogos conmigo y mis otros (2013), La vida breve (2012), Acuérdate del escorpión (2010), Monos azules en Times Square (2008) y Libro de las transformaciones (2007).  Su obra ha sido sido traducida a varios idiomas e incluida en numerosas antologías de América Latina, Europa y los Estados Unidos. En 1995 su novela La vida a plazos de don Jacobo Lerner fue considerada en una encuesta de la revista Debate como una de las mejores novelas peruanas de todos los tiempos; y en el 2001 fue seleccionada por un Jurado Internacional de críticos literarios convocado por el Yiddish Book Center de Estados Unidos como una de las 100 obras más importantes de la literatura judía mundial de los últimos 150 años.  Goldemberg fue catedrático de New York University (1973-1986) y Profesor Distinguido de The City University of New York (1992-2019), donde dirigió el Instituto de Escritores Latinoamericanos y la revista internacional de cultura Hostos Review. Es Miembro Numerario de la Academia Norteamericana de la Lengua.  Es Miembro Numerario de la Academia Norteamericana de la Lengua Española y profesor honorario de la Universidad Ricardo Palma.

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ISAAC GOLDEMBERG was born in Chepén, Peru, in 1945 and has resided in New York since 1964. He has published four novels, two story books, thirteen poetry and three plays. His most recent publications are Libro de reclamaciones (2018), Philosophy and Other Fables (2016), Diálogos conmigo y mis otros (2013), La vida breve (2012), Acuérdate del escorpión (2010), Monos azules en Times Square (2008) and Libro de las transformaciones (2007). His work has been translated into several languages ​​and included in numerous anthologies of Latin America, Europe and the United States. In 1995 his novel Libro de reclamaciones (2018), Philosophy and Other Fables (2016), Diálogos conmigo y mis otros (2013), La vida breve (2012), Acuérdate del escorpión (2010), Monos azules en Times Square (2008) y Libro de las transformaciones (2007). was considered in a survey by the Debate magazine as one of the best Peruvian novels of all time; and in 2001 it was selected by an International Jury of literary critics convened by the Yiddish Book Center of the United States as one of the 100 most important works of world Jewish literature of the last 150 years. Goldemberg was a professor at New York University (1973-1986) and Distinguished Professor at The City University of New York (1992-2019), where he directed the Institute of Latin American Writers and the international culture magazine Hostos Review. He is a Full Member of the North American Academy of Language. He is a Full Member of the American Academy of the Spanish Language and an honorary professor at the Ricardo Palma University.

Introducción a las fábulas/Introduction to the Fables

Desde la época de los griegos antiguos, las fábulas han sido importante a la cultura popular. Fabulistas desde Asopo y Jean de la Fontaine hast Ambrose Bierce, George Orwell and James Thurber han expuesto sus pensamientos por las bocas de animales y han insistido en un moral muy claro y indisputable, ¡Uvas ácidas son siempre uvas ácidas!

Las fábulas de Isaac Goldemberg son muy diferentes. Atacan al lector, quien no puede leerlos literalmente, pero tiene que descifrar su significado o significados. Estas fábulas son plantillas que se pueden aplicarse a muchas situaciones de la historia y a la vida contemporáneas. Hay un humor, a veces negro, que puede sorprender o confundir al lector. Los morales también son ambiguos.

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Since the times of the ancient Greeks, fables have been important to popular culture. Fabulists like Aesop and Jean de La Fontaine to Ambrose Bierce, George Orwell and James Thurber have expressed their thoughts through the mouths of  animals and have insisted on a moral that is very clear and  indisputable. Sour grapes are always sour grapes!

Isaac Goldemberg’s fables are very different. They attack the reader, who can’t read them literally, but must decipher their meaning or meanings. These fables are templates that can be applied to many historical and contemporary situations. There is humor, often black, that can surprise and confuse the reader. The morals of the stories are ambiguous too.

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Irene Chelnitz

Isaac Goldemberg  Philosophy and Other Fables. New York : DíazGrey Editores, 2006.

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Fábulas/Fables 

Fábula de la Filosofía

La filosofía se instaló en los jardines de un monasterio donde los monjes leían cuentos de hadas a los niños. Eran momentos de verdadera felicidad porque la lectura iba acompañada de bofetadas en sus tiernas mejillas.

Aconteció entonces la segunda iluminación: si la filosofía pudiera hablar no podríamos entenderla. Así eran los juegos del lenguaje y ya no sería posible alcanzar la esencia de las palabras. Entonces la filosofía se sentó en una butaca y se dedicó a ver películas de cowboys mientras comía popcorn y los indios caían como moscas.

Philosophy’s Fable

Philosophy settled down in the gardens of a monastery where the monks were reading fairy tales to the children. These were moments of of true happiness because the readings were accompanied by slaps on their tender cheeks.

The second illumination then took place : if philosophy could speak, we couldn’t hear it. The games played by language were such, and it was no longer possible to reach the essence of the works. Then philosophy sat down in a theater seat and devoted itself to watching cowboy movies while eating popcorn and the Indians were falling like flies.

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Fábula del libro

Antes del libro existieron numerosos signos cuya lectura no era segura, por lo que no había manera de distinguir lo verdadero de lo falso. Entonces, ante la multitud agolpada al pie del cerro, el libro abrió la boca y dijo que era un regalo de los dioses. Nadie pudo imaginarse en ese instante su progresiva evolución. Primero su voz resonó en los templos: transmitió al humano el origen, las acciones y las cualidades de sus Creadores, pronunciando ritos, conjuros y plegarias. Fue el reflejo de la humanidad del humano, pero en un espejo distinto. Su voz —libresca desde un comienzo— reemplazó a la memoria del humano, perfeccionada durante milenios para recordar. Hablaron a través del libro y para la posteridad, políticos y gobernantes, sacerdotes y soldados. Fue un gesto de vanidad, cultivada y favorecida por sus páginas. Luego el libro transcribió cantos y poemas para la lectura individual, poniendo sólo al alcance de unos pocos y en privado lo que en su forma oral fue disfrutado por todos y en grupo.

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The Book’s Fable

Before the existence of the book, many signs whose meaning wasn’t clear, so that there was no way to distinguish the true from the falso. Then, the multitud crowded together at the foot of a hill, the book opened its mouth and said that it was a gift of the gods. In that instant, nobody was able to imagine its progressive evolution. First, its voice resonated in the temples: it transmitted to the humans the origin, the actions of its Creators, pronouncing rites, incantations and prayers. It was the reflection of the humanity of the human but through a  different mirror. Its voice –bookish from the start—replaced human memory, perfected during millenia of remembering. They spoke through the book and for posterity, politicians, and governors, priests and soldiers. It was a gesture of vanity, cultivated and preferred by its pages, Later the book transcribed songs and poems for individual reading, putting it within reach of only a few and in private what was in its oral form enjoyed by all and in groups

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 Fábula del mar y del río

El pueblo no tenía mar. Su mar eran las vías del tren. Río sí tenía: la infancia. Los viejos se sentaban  a su orilla a pescar recuerdos.

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El pueblo no tenía río. Su río eran las vías del tren. Mar sí tenía: el recuerdo. Los viejos se sentaban a su orilla a pescar infancias.

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The Sea and River’s Fable

The people didn’t have a sea. Their sea was the train rails. A river they did have: infancy. The old people sat at its banks to fish for memories.

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The people didn’t have a river. Their river was the train rails. A sea they did have: memory. The old people sat at its shore to fish for memories.

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Fábula de la ley del retorno

Fue propuesta la creación de una ruta de la lengua para recuperar el camino que recorrieron los expulsados.

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Fable of the Law of Return

They proposed the creation of a way for language to bring back of the road the traveled by the expelled.

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Fábula del fútbol

Pocos segundos antes de terminarse la final de la Copa del Mundo, el Rabino Mayor de Jerusalén, arquero del equipo de Israel, que iba perdiendo 1 a 0, lanzó un tiro desde su arco al arco del Vaticano —resguardado por el Papa—, con la esperanza de lograr el empate. La pelota sobrevoló todo el largo de la cancha y fue a incrustarse en el arco contrario. Entonces el Rabino se arrodilló sobre la grama, elevando los ojos al cielo en agradecimiento a Dios. El Altísimo, que había estado viendo el partido, esbozó una sonrisa y, rascándose la cabeza, se dijo que ese gol había sido un verdadero milagro.

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Fútbol’s Fable

A few seconds before the end of the World Cup final, The Chief Rabbi of Jerusalem, the  goalie of the Israeli team, which was losing 1 to 0, launched a shot from his goal toward the Vatican’s goal—shielded by the Pope—, with the hope of making it a tie game. The ball flew over the entire length of the field y was embedded in the opposing goal. Then the Rabbi fell to his knees onto the grass, raising his eyes in thankfulness to God. The Most High who had been watching the game, smiled slightly, and scratching his head, said to himself that that goal had been a true miracle.

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 Fábula del muro

Solo, el muro que separaba al humano del humano no sabía cómo derrumbarse. No sabía cómo. No sabía. No.

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The Wall’s Fable

Alone, the wall that separated human from human didn’t know how to fall down. It didn’t know how. It didn’t know. It didn’t.

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Fábula de la poesía

La poesía sufrió la mayor devastación. Fue expulsada de nación en nación. ¿Dónde estaba la justicia en esto? Al examinar lo ocurrido, la poesía llegó al corazón del asunto: podía ser que hubiese sido la víctima por haberse dedicado a  servir sus propios propósitos. Cierto, tuvo una visión y una perspectiva del Universo, pero permaneció oculta al humano. Su perspectiva fue nada más que una proyección de sí misma y quedó bastante satisfecha de su conclusión: no se encontraba a disposición de los humanos, y no era sensible a sus términos. La poesía era la poesía y el humano era el humano y ocurrió que ya casi nunca se encontraban la una con el otro. Esto puso al humano en su lugar, golpeó en la raíz de su error, de su concepción de la realidad misma.

¿Pero por qué se dio en el humano esa aversión tan profunda? El humano dijo que su mismísima presencia lo había puesto en peligro y tenía que hacerla perecer para no ser su amenaza. Luego rehusó voltear a mirarla.

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Poetry’s Fable

Poetry suffered the greatest devastation. It was expelled from one nation after another. Where is the justice in this? Upon examining what had happened, poetry arrived at the heart of the matter. It could be that it was the victim of having devoted itself to serving its own purposes. Surely it had a vision and perspective on the Universe, but it remained hidden from humans. Its perspective was nothing more than a projection of itself. And it was quite satisfied with its conclusion. It was not at the disposal of humans and wasn’t sensitive to their terms; poetry was poetry and humans were humans, and it happened that they rarely met each other. This put humans in their place, stuck to the root of the error of their conception of reality itself.

But what caused humans to have such a profound aversion to poetry? Humans said that it’s very presence had put them in danger, and they had to put it to death, so that it would not become a threat. Then, they refused to turn and look at it.

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Fábula del humano

Destruyó para crear, y tanto se ocultó dentro de sí que no existió sino exteriormente. Fue la escena viva por la que pasaron varios actores representando varios personajes. Pretendiendo ser exterior aun en lo más íntimo, simulando observar lo que acontecía fuera de ellos, el humano sólo pudo ver una cosa: el incesante desprenderse de esa carne con la que los unos intentaban configurar la silueta de los otros y el lento emerger de ese esqueleto que se desmoronaba sin llegar a encontrar ese vocablo misterioso que lo haría auténticamente soberano.

La búsqueda no fue sino el reflejo de esa desesperada ansia de unicidad que el humano no consiguió atrapar nunca. Porque la más pequeña cualidad que pudiera permitirle diferenciarse del caos que lo amenazaba con devorarlo, se transformó en impersonal y gris ceniza que le mostraba esa vida que intuía, pero a la que no le era posible acceder más que desapareciendo.

Pero el problema fue que todo el resto, incluso la paciente obra creada, no fueron sino rastros de la penosa ascensión. Ni más allá ni más acá existía nada. Todo el resto fue mentira. Sólo fue real el abismo de la derrota. Y esto fue evidente en el intento de disfrazarse una y otra vez con la piel del contrario para, en definitiva, no conseguir otra cosa que ese agujero insondable del que manaba sin cesar una lava arrolladora que fue transformándolo en la efigie de esa figura humana que cualquier transeúnte no advertido confundiría con la imagen de no importa qué melancólico oficinista.

Evidentemente, ese disfraz debió observarlo en un espejo que invertía totalmente las imágenes ya que el humano no hizo otra cosa durante toda su vida que intentar acceder a ese paraíso al que fue a parar su silueta como bronce y muerta estatua, de pie en una plaza y para consumo fotográfico de turistas apresurados, siempre auscultando el misterio de lo hondo, ese misterio tan verdadero como el sueño de la superficie, con la duda de esto u otra cosa, o de ni una cosa ni otra.

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The Human’s Fable

He destroyed in order to create, and he hid so much inside of himself that he existed only externally. It was a living scene through which passed several actors representing several characters. Pretending to be distant even with in most intimate, simulating the observation of that what happened around him, the human could only see one thing: the incessant casting off of that flesh with which the some intended to configure the silhouette of the others and the slow emergence of that skeleton which collapses without finding that mysterious word that would make it authentically sovereign.

The search was nothing but the reflection of that desperate anxiety of uniqueness that the human was never able to trap. Because the smallest quality that might permit him to differentiate from the chaos that threatened to devour him, was transformed into  impersonal and gray ash that showed him that life that he was intuiting but that wasn’t possible for to access without disappearing.

But the problem was that everything else, even the patiently created objects, were only traces of the terrible assent. Nor beyond nor her nothing existed. All the rest was lie. The only real thing was the abysm of the defeat. And this was evident in the intent to disguise itself again and again with the skin of the other, and definitely not acquire anything else than that unfathomable hole from which incessantly flowed a rolling lava that was transforming it into the efigie of that human figure that any uninformed passerby would confuse with the image of–it doesn’t matter which—melancholy office worker.

Evidently, that disguise ought to observe itself in a mirror that totally inverts the images, since the human did nothing else during all his life than try to ascend to that paradise where his silhouette would end up as a bronze and dead statue, standing in a plaza for photographic consumption by hurried tourists, and always assessing the mystery of the deep, that mystery as true as the dream of the surface, with the double of this or another thing, or of not one thing or the other.

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Fábula de la vida nueva

Los árboles daban sombra y ricos y pobres eran iguales debajo de la tierra. Niños y adultos estaban conectados a la red celestial del Internet y se encendían cirios recordatorios desde cualquier rincón del planeta. Nacionales como extranjeros estaban protegidos por una compañía de seguros y el precio del pasaje estaba incluido. Además,  se aseguraba el transporte del difunto y de familiares y amigos que deseasen acompañarlo. Se ofrecían también servicios de jardinería.

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 The New Life’s Fable

The trees gave shade and rich and poor were equal under the earth. Children and adults were connected to the celestial web of the Internet, and commemorative candles were burning from every corner of the planet. Natives as well as strangers were protected by an insurance company and the cost of travel was included. Moreover, the assured the transport of the dead one and relatives and friends who desired to accompany him. They also offered gardening services.

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Fábula de la religión     

Al rehusar interpretar correctamente la situación, la religión puso en movimiento la catástrofe final. Tal fue la trágica continuación de la historia. Sabía que nadie podía decir más del humano como el humano. Existían muchas cosas que se podían decir pero las más profundas, las más reveladoras, las más extremas se hallaban en la concepción de sí mismo.

Entonces la religión decidió hacer y decir algo. Deseó ser reconocida por el humano y que éste se definiera por sus preceptos. No quiso ser fruto de su imaginación. Luego se sentó sobre un trono alto y sublime y desde ahí dio voces, cubriéndose el rostro. Le advirtió al humano que su casa quedaría destruida y cualquier cosa demoníaca tendría libre derecho para atacarlo. Suplicó y lloró sobre el humano pero el humano ya no quiso.

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Religion’s Fable 

Refusing to correctly interpret the situation, religion put the final catastrophe in motion. It knew that nobody could saw more about the human than the human himself. Many things existed that could not be said, but the most profound, the most revelatory, the most extremes were found in the conception of one’s self.

Then, religion decided to do and to say something. She decided to be recognized by the human and that the human be defined by her precepts. She didn’t what to be the product of his imagination. Then, she sat on a high and sublime throne, and from there cried out, covering her face. She warned the human that his house would be destroyed and anything demonic would have the right to attack him. She supplicated and cried over the human, but the human still refused.

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Texto en Español por Isaac Goldemberg

Translation from the Spanish by Stephen A, Sadow

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Libros de Isaac Goldemberg/                Books by Isaac Goldemberg

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Gran Libro

 

Esther Seligson (1941-2010) — Escritora judío-mexicana/Mexican Jewish Writer — “Retornos”/”Returning”–

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ESther Seligson

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Esther Seligson estudió letras francesas e hispánicas en la Universidad Nacional Autónoma de México y empezó a publicar a los 24 años de edad en la revista Cuadernos del viento. En 1969, apareció su primer libro de cuentos Tras la ventana de un árbol.

En 1973 recibió al Premio Xavier Villaurrutia por su novela Otros son los sueños. Entre sus principales obras están Luz de dos (1978), Diálogos con el cuerpo y  La morada en el tiempo (1981), Isomorfismos (1991) y Hebras(1996), Rescoldos (2000), A campo traviesa (2005), Toda la luz (2006) y Todo aquí es polvo (post mortem, 2010).

“No puedo decir que mi literatura sea judía —afirmaba— porque hay elementos de la mitología griega, de hinduismo y de taoísmo, soy una lectora apasionada del I Ching, de sofismo y de miles de cosas. Ahora evidentemente no voy a negar que soy judía […]; considero que mi literatura es más mexicana que judía y eso lo señalaron hasta en Jerusalén”.

Otra de sus pasiones fue el teatro, al que dedicó muchas reseñas y ensayos; así como la traducción de autores como Edmond Jabés y Emil M. Cioran. Fue maestra del Centro Universitario de Teatro por más de 25 años.

En 1990 publicó El teatro, festín efímero (Reflexiones y testimonios), una compilación de textos y entrevistas a los directores, dramaturgos y actores de una de las épocas más prolíficas de la escena mexicana.

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“Retornos”

En cualquier caso, el instante presente es el plano sobre el que se proyectan las señales de todos los momentos.

                   GEORGE KUBLER, La configuración del tiempo

Si tornara a de vivir de nuevo, me gustaría encontrar a mi madre y ser las dos un par de amigas jóvenes. Ella no sabría que fui su hija, así, practicaríamos de sus sueños de mujer románticos a de los cuarenta y veríamos juntas aquellas películas que siempre amó y juntas nos enamoraríamos de Gary Cooper, aunque yo prefiera a Humphrey Bogart.

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Por la calle Tacuba, llena de puestos, fritangueríos y antojitos nos acomodaríamos en unos banquitos poco estables, comeríamos sopes y beberíamos una chaparrita mientras repasamos las escenas donde Fred Astaire y Ginger Rogers se miran antes de bailar a dúo. Con los dedos aceitosos—el papel estraza no es un pulcro kleenex—entrelazaríamos nuestras manos y seguiríamos rumbo al Zócalo para el sentarnos en alguna de las bancas pintadas de verde para esperar el tranvía, pero dejando que se pasen varios porque no hay prisa de regresar y aún ni hemos platicarnos deveras lo más íntimo y secreto. La tarde es una tarde de domingo, por ahí de mayo, ligera, transparente. Huele a azúcar quemado, a tamal. Ella lleva un sombrerito beige con un listón café ladeado hacia la derecha sobre sus ondas castaño oscuro. Los ojos verdes se le azulean cuando se pone soñadora. Carga una cartera de charol negro, larga, bajo el brazo, y siempre se la cambia del lado contrario cuando caminamos y yo la estrecho.

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Lleva un traje de dos piezas, beige, de mangas cortas con falsas bolsitas señalados por una tira simular a la del sombrero, y un cinturón del mismo material, lino. Mi abuela lo zurció a mano aunque tiene varia máquinas Singer en el taller y muchas costureras que pedalean rápidamente. Separaríamos las monedas del paisaje, con el resto compraríamos una antología barata, y leeríamos a vuela pájaro, de pie en la parte trasera de la tranvía, poemas de Amado Nervo, Gustavo Adolfo Bécquer, Luis G. Urbina, Manuel Acuña, Rubén Darío, cuyos versos nos rondarían, hojas sueltas, ya que cada una en su cama, antes de conciliar el sueño—si tú me dices con lo dejo todo volverían las oscuras golondrinas aquella mano suave de la palidez de yo necesito decirte que te quiero margarita está linda la mar margarita te voy a contar un cuento–, recitados a lo mejor por un príncipe azul cuya voz pastosa se perdería entre los acordes de Cantando bajo la lluvia.

De no ser posible, entonces, mi alma se sentaría junto a ella para escucharla interpretar el piano, cuando la abuela no se encontrara en casa, no los ejercicios correspondientes a una alumna del Conservatorio, sino, puro oído, aquellas mismas melodias que le rondan el corazón de noche y de día y que, aun hoy le tiñen la mirada de un azul enamorante…

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“Returning”

 

In every case, the present instant is the plain onto which one projects the signs of all moments.

GEORGE KUBLER. The Configuration of Time

If I had the chance to live once again, I would like to meet my mother, and have the two of us be a pair of young friends. She wouldn’t know that I was her daughter, therefore, we would chat about her dreams of being a romantic woman in the forties, and we would see together those films that she always loved, and together we would fall in love with Gary Cooper, although, I preferred Humphrey Bogart.

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On Tacuaba Street, full of stalls, fritangueríos y antojitos, we would get comfortable on some unstable benches, we would eat sopes and we would drink a chaparrita, While we would go back over the scenes where Fred Astaire and Ginger Rogers look at each other before dancing together. With our oily hands—the brown paper is no substitute for delicate Kleenex—we would interlace our hands and we would continue in the direction of the Zócalo in order to  sit down on one of the green-painted benches to wait for the trolley, but letting several  of them pass, because there is no hurry to return, and still we haven’t really chatted seriously about the most intimate and secret. The afternoon is a Sunday afternoon, like May, light, transparent. It smells of burnt sugar, a tamal. She carries a small beige hat with a wood strip tilted toward the right above her dark chestnut waves. Her green eyes turn blue when she becomes dreamy. She carries a handbag of black patent leather, large, under her arm, and she always moves it to the other side when we walk and I hold on to it.

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She’s wearing a two-piece suit, beige, with short sleeves with pretended little pockets, marked by a wood strip, similar to that on her hat, and a belt of the same material, linen. My grandmother sewed it all by hand, although she has several Singer sewing machines in the workshop and many dressmakers who pedal rapidly. We would put away the coins for the trip with the rest, we would buy an inexpensive anthology, and we would read  poems by Amado Nervo, Gustavo Adolfo Bécquer, Luis G. Urbina, Manuel Acuña, Rubén Darío, whose verse would hover about us. flying, we, on foot at the in the rear part of the trolley,

Free souls, because each is in her bed, before going/ getting to sleep—if you tell me that if I leave everything behind, the dark swallows would return, that soft pallid hand, I need to tell you that I love you margarita the sea is pretty margarita I’m going to tell you a story–.recited perhaps by a prince charming whose thick voice would be lost among the chords of Singing in the Rain.

If that’s not possible, then, my soul would sit together with her to hear her play the piano, when grandmother was not at home, not the exercises corresponding to a student of the Conservatory, but rather, pure listening/sound those same melodies that that surround the heart of the night and day and that, even today they color the gaze of an charming lover/falling in love. . .

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