David Viñas (1927-2011) — Crítico social y novelista judío-argentino/Argentine Social Critic and Novelist — “Los dueños de la tierra”/”The Owners of the Earth” — fragmento/excerpt

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David Viñas

 

Viñas, David

David Viñas nació en Buenos Aires en 1929. Estudió en el Liceo militar a causa de los problemas económicos familiares. Estudió Filosofía y Letras, allí conoció a algunos intelectuales. Fue uno de los fundadores, en 1953, de la revista Contorno. Al poco tiempo publicó su primera novela Cayó sobre su rostro. Recibió en 1962 el Premio Nacional de Literatura. En 1967 fue galardonado con el Premio Casa de las Américas, de La Habana (. También ha sido capital su aportación al ensayo con libros como Literatura argentina y realidad política: de Sarmiento a Cortázar o Rebeliones populares argentinas: De los montoneros a los anarquistas. La dictadura le robó a sus dos hijos, ambos acaban de ser padres cuando los detuvieron, y fueron desaparecidos por los militares, y lo obligó a exiliarse en México y España. En México fundó la editorial Tierra del Fuego junto a Pedro Orgambide, Jorge Boccanera, Alberto Ádelach y Humberto Costantini, en 1981. En 1984 pudo regresar a Argentina tras el fin de la dictadura. Fue nombrado titular de la Cátedra de Literatura Argentina de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. En los años siguientes se sucedieron los estrenos teatrales. En 1991 recibió la la Beca Guggenheim pero la rechazó como homenaje a sus hijos.

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David Viñas was born in Buenos Aires in 1929. He studied at the Military Lyceum because of family financial problems. He studied Philosophy and Letters, there he met some intellectuals. He was one of the founders, in 1953, of the magazine Contorno. Soon after, he published his first novel. It fell on his face. He received in 1962 the National Prize for Literature. In 1967 he was awarded the Casa de las Américas Prize. His contribution to the essay has also been capital with books such as Argentine literature and political reality: from Sarmiento to Cortázar or Argentine popular rebellions: From the montoneros to the anarchists. The dictatorship stole his two sons, both of whom had just become parents when they were detained, and who were disappeared by the military, and forced him into exile in Mexico and Spain. In Mexico he founded the Tierra del Fuego publishing house together with Pedro Orgambide, Jorge Boccanera , Alberto Ádelach and Humberto Costantini, in 1981. In 1984 he was able to return to Argentina after the end of the dictatorship.He was appointed holder of the Chair of Argentine Literature at the Faculty of Philosophy and Letters of the University of Buenos Aires. Theatrical premieres followed, in 1991 he received the Guggenheim Scholarship but rejected it as a tribute to his children.

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De la novela “Los Dueños de la tierra”, 1958

 

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“Esos de la Guardia Blanca”

Claro que estaban ésos de la guardia blanca. Vicente ya los conocía; en Buenos Aires, desde su departamento de la calle Ayacucho los había visto golpear a la gente del barrio en la semana de enero en 19.[i] Y rompían vidrieras y ensuciaban las sinagogas. Había sido un lunes y por las calles de la ciudad deambulaban algunos hombres solitarios y sudorosos, con las corbatas flojas y el saco en la mano. Los que acababa de ver en el puerto y los que tiraban bombas de alquitrán contra las sinagogas de Buenos Aires se parecían, desde la manera de golpear y reírse al mismo tiempo, hasta la insolencia se confeccionaban para insultar y pararse en medio de la calle con las piernas abiertas. Eran tipos que gritaban”—Judío sucio” con la misma calma que se instalaban a la salida de un jardín israelita para obligarles a cantar el Himno, “Oíd mortales el grito sagrado!” Sí, pensaba. Y desde su balcón de la calle Ayacucho había visto a esos chiquilines que cantaban destempladamente, espiando a sus maestras y esperando que les ordenasen que se callaran de una vez porque el Himno no se canta así, o que se largaran a correr hacia sus casas. Pero en 1910, cuando el Centenario.él, él mismo, Vicente había hecho algo parecido. Era más joven claro. Pero las balas de su revólver corrían por debajo del paño verde de los billares en esos cafés oscuros y bajos de la calle Libertad. Dos, tres, seis tiros sobre esas mesas mientras los parroquianos se apoyaban en sus tacos con inquietud hieráticos, extranjeros, pero con esa silenciosa y acusadora dignidad de las víctimas. Había olor a pólvora en aquella sala de billar. Un judío de rancho, insignificante, había seguido frotando la tiza sobre su taco. Vicente vació su revólver sobre una de las mesas de billar. Las balas se deslizaban por debajo del paño como unos extraños gusanos veloces y aturdidos. Eso había sido para divertirse, por cierto. Como él iba a pasar sus horas muertas en uno de los prostíbulos enfrente a los tribunales, le quedaba cerca. Era una diversión cercana. “Un trabajo a un paso de la farra”, comentaban en el Gimnasia y Esgrima. Los tribunales de un lado, y a la vuelta, el prostíbulo y los billares judíos de la calle Libertad. Todo ahí no más. ”Un verdadero centro de diversiones” proclamaba entonces. Pero es que todos los prostíbulos estaban atestados de judíos y muchos judíos andaban en ese negocio.[iii] “Las polacas”, les decían los amigos en el club. “Y una polaca le da vuelta y media a cinco francesas”.  Y todos se divertían con las judías que al fin de cuentas, eran lo mismo. Él, sus compañeros de la facultad en el año del Centenario y la guardia blanca en la semana de enero del 19. Pero con la diferencia que él lo había hecho para pasar el rato, total, no eran más que los paños de los billares. Además, unos días después había ido a pagarlos. Pasar el rato, de eso se trataba, porque él no tenía nada contra los judíos, que eran gente trabajadora y no se metían con nadie. Aunque un poco… un poco… ¿Cómo diría?, calculaba Vicente. Poco elegantes. Ahí estaba. No eran lindos los judíos y qué se la iba a hacer. Se nacío fiero o se nacía con pinta de macho. Una vez le habían comentado en la mesa de Ingenieros: “Usted es el precursor de las guardias blancas. Verá—“ Y Vicente no había sabido si se lo decían en serio o en divertirse. Él no tenía prejuicios. Y no pensaba eso para darse una explicación que lo tranquilizarse.

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[i] La Semana Trágica es el nombre con el que se conoce la represión y masacre sufrida por el movimiento obrero argentino, en la que fueron asesinadas cientos de personas en Buenos Aires, en la segunda semana de enero de 1919, La misma incluyó el único pogromo (matanza de judíos) del que se tiene registro en América. Dentro de la Semana Trágica se produjo el único pogromo (matanza de judíos) del que hay registro en el continente americano. El pogromo tuvo su epicentro en el barrio judío de Once. El pogromo se desató cuando promediaba la Semana Trágica y se sumaron a la represión los civiles de clase alta, Fue llevado a cabo por la Liga Patriótica Argentina, “la guardia blanca”; incendiaron sinagogas. Hubo centenares de muertos

[ii] La prostitución en Argentina fue dominada por judíos por muchos años. Fue terminado por protesta vehementes de la comunidad judía y legislación del gobiernos.

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From the novel: “The Rulers of the Earth, 1958”

 

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“Those of the White Guard”

 

Of course, those of the White Guard were there. Vicente knew them already; in Buenos Aires, from his apartment on Ayacucho Street, he had seen them strike the people of the neighborhood in the January week of 1919. And they broke store windows and the befouled the synagogues. It had been a Monday and solitary and sweaty men wandered the streets, with their ties loose and their jackets in their hands. Those that he had just seen in the port and those who threw tar bombs at the synagogues of Buenos Aires seemed, from their manner to punch and laugh at the same time, to the insolence they had for insulting and stopping in the middle of the street with their legs apart. They were guys who shouted “Dirty Jew” with the same calmness who stood in the exit of a Jewish kindergarten to force them to sing the National Anthem, “Hear, O Mortals, the sacred shout!” Ye, he thought. And from his balcony on Ayacucho Street he had seen those little ones who were singing off-key, spying at their teachers and hoping that they would order them to be quiet at once because the Anthem was not song in that way, or that they leave to run home. But in 1910, which was the Centenary, he, he himself, Vicente had done something similar. Surely, he was younger. But the bullets from his revolver shot below the green cloth of the billiard tables in those dark and humble cafes on Libertad Street. Two, three, six shots over those tables while the neighbors were leaning on their cues. A Jew from the farms, insignificant, had continued rubbing the chalk on his cue. Vicente opened his revolver on a billiard table. The bullets slid under the billiard cloth like some strange and confused worms. This was for fun, of course. Just like he was going to spend his free time in one of the brothels near the courts. It was a nearby diversion. Work just a step from the party, they commented at Gym and Fencing . The gym on one side and, around the corner the Jewish brothel and billiard parlors on Liberty Street. Everything there. That’s it. A true center of entertainment, they proclaimed in those days. But it was that all the brothels were filled with Jews and many Jews were in that business.The Polish girls”, his friends in the club called them.  “And a Polish girl gives you more than five French girls and they all had a good time with the Jewish girls who, in the end were the same ones. He, his buddies from the college, in the year of the Centenary and the White Guards in the January week of 1919. But the difference was that he had done it to pass the time, they weren’t more that cloths on billiard tables, that’s all. Moreover, a few days later, he went over to pay for them. To pass the time, that’s what it was about. Because he didn’t have anything against the Jews, who were hard working people and don’t bother anyone. Although a little… a little. How would you say it?, Vicente  reckoned. Not elegant. That was it. The Jews weren’t attractive and what are you going to do. You are born fierce or you were born with a macho look. He had once heard commented at the Engineer’s table. “You are precursor of the White Guards. You’ll see.” And Vicente didn’t know whether if it was said to him seriously or in jest. He didn’t have prejudices. And he wasn’t thinking that to give himself an explanation that would calm him down.

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“Those of the White Guard”

 

Of course, those of the White Guard were there. Vicente knew them already; in Buenos Aires, from his apartment on Ayacucho Street, he had seen them strike the people of the neighborhood in the January week of 1919. [i]And they broke store windows and the befouled the synagogues. It had been a Monday and solitary and sweaty men wandered the streets, with their ties loose and their jackets in their hands. Those that he had just seen in the port and those who threw tar bombs at the synagogues of Buenos Aires seemed, from their manner to punch and laugh at the same time, to the insolence they had for insulting and stopping in the middle of the street with their legs apart. They were guys who shouted “Dirty Jew” with the same calmness who stood in the exit of a Jewish kindergarten to force them to sing the National Anthem, “Hear, O Mortals, the sacred shout!” Ye, he thought. And from his balcony on Ayacucho Street he had seen those little ones who were singing off-key, spying at their teachers and hoping that they would order them to be quiet at once because the Anthem was not song in that way, or that they leave to run home. But in 1910, which was the Centenary, he, he himself, Vicente had done something similar. Surely, he was younger. But the bullets from his revolver shot below the green cloth of the billiard tables in those dark and humble cafes on Libertad Street. Two, three, six shots over those tables while the neighbors were leaning on their cues. A Jew from the farms, insignificant, had continued rubbing the chalk on his cue. Vicente opened his revolver on a billiard table. The bullets slid under the billiard cloth like some strange and confused worms. This was for fun, of course. Just like he was going to spend his free time in one of the brothels near the courts. It was a nearby diversion. Work just a step from the party, they commented at Gym and Fencing . The gym on one side and, around the corner the Jewish brothel and billiard parlors on Liberty Street. Everything there. That’s it. A true center of entertainment, they proclaimed in those days. But it was that all the brothels were filled with Jews and many Jews were in that business. [ii]The Polish girls”, his friends in the club called them.  “And a Polish girl gives you more than five French girls and they all had a good time with the Jewish girls who, in the end were the same ones. He, his buddies from the college, in the year of the Centenary and the White Guards in the January week of 1919. But the difference was that he had done it to pass the time, they weren’t more that cloths on billiard tables, that’s all. Moreover, a few days later, he went over to pay for them. To pass the time, that’s what it was about. Because he didn’t have anything against the Jews, who were hard working people and don’t bother anyone. Although a little… a little. How would you say it?, Vicente  reckoned. Not elegant. That was it. The Jews weren’t attractive and what are you going to do. You are born fierce or you were born with a macho look. He had once heard commented at the Engineer’s table. “You are precursor of the White Guards. You’ll see.” And Vicente didn’t know whether if it was said to him seriously or in jest. He didn’t have prejudices. And he wasn’t thinking that to give himself an explanation that would calm him down.

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[i] Tragic Week is the name by which the repression and massacre suffered by the Argentine labor movement is known, in which hundreds of people were murdered in Buenos Aires, in the second week of January 1919, it included the only pogrom (massacre of Jews) that is recorded in America. Within the Tragic Week there was the only pogrom (massacre of Jews) of which there is record in the American continent. The pogrom had its epicenter in the Jewish quarter of Once. The pogrom was unleashed when Tragic Week was averaging and the upper-class civilians joined the repression. It was carried out by the Argentine Patriotic League, “the white guard”; synagogues burned. There were hundreds of deaths.

[ii] While prostitution in Argentina was dominated by Jews for many years., it was terminated by vehement protest from the Jewish community and government legislation.

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Bibliografía de David Viñas/David Viñas’ Bibliography

NOVELA/NOVEL

Cayó sobre su rostro (1955)

Los años despiadados (1956)

Un Dios cotidiano (1957)

Los dueños de la tierra (1958)

Dar la cara (1962)

En la semana trágica (1966)

Hombres de a caballo (1967)

Cosas concretas (1969)

Jauría (1971)

Cuerpo a cuerpo (1979)

Prontuario (1993)

Tartabul (2006)

La hermosa yegua

TEATRO/THEATER

Sarah Goldmann

Maniobras

Dorrego

Lisandro (1971)

Tupac-Amaru

Walsh y Gardel

ENSAYO/ESSAYS:

Literatura argentina y realidad política: de Sarmiento a Cortázar (1970)

De los montoneros a los anarquistas (1971)

Momentos de la novela en América Latina (1973)

Indios, ejército y fronteras (1982)

Los anarquistas en América Latina (1983)

Literatura argentina y política – De los jacobinos porteños a la bohemia anarquista (1995)

PREMIOS

Premio Guillermo Kraft (1957)

Premio Gerchunoff (1957)

Premio Nacional de Literatura (1962) y (1971)

Premio Casa de las Américas (1967)

Premio Nacional de Teatro (1972)

Premio Nacional de la Crítica

 

 

 

Bernardo Verbitsky (1907-1979) — Novelista judío- argentino/Argentine Jewish Novelist — “Es difícil empezar a vivir”/”It is Difficult to Learn to Live” — fragmento de la novela/excerpt from the novel

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Bernardo Verbitsky

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Con sus novelas Es difícil empezar a vivir y Etiquetas a los hombres, se considera a Bernardo Verbitsky como uno de los fundadores de la literatura judío-argentina moderna.

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With his novels It is Difficult to Learn to Live and Labels on Men, Bernardo Verbitsky is considered one of the founders of modern Argentine Jewish literature.

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Bernardo Verbitsky abandonó los estudios universitarios para dedicarse al periodismo en diversos medios, en particular noticias gráficas, donde escribió durante muchos años una columna titulada “Los libros por dentro”. Se convirtió en un retratista de las glorias y miserias de la ciudad de Buenos Aires, muy ligado al tango y al alma de la ciudad. Con su primera novela, Es difícil aprender a vivir (1941), obtuvo el premio Ricardo Güiraldes. Tanto ésta como las siguientes fueron componiendo un amplio fresco de la baja clase media urbana.Fue también guionista y miembro de la Academia Porteña del Lunfardo. Como escritor, dirigió la serie “Letras Argentinas” de Editorial Paidós9. Su novela Calles de Tango fue llevada al cine con el título Una Cita con la Vida.

Bernardo Verbitsky abandoned his university studies to devote himself to journalism in various media, in particular, graphic news, where he wrote for many years a column entitled “The Books Inside”. He became a portraitist of the glories and miseries of the city of Buenos Aires, closely linked to tango and the soul of the city. His first novel, It is Difficult to Learn to Live (1941), received the Ricardo Güiraldes prize. Both this and the following ones composed a large fresco of the lower urban middle class. He was also a scriptwriter and member of the Academia Porteña del Lunfardo. As a writer, he directed the series “Letras Argentinas” of Editorial Paidós9.  His novel Calles de Tango made into a movie with the title An Appointment with Life.

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Es difícil empezar a vivir

Por Leo se enteraba de las fiestas judías. Le sorprendió la llegada del año nuevo y fue entonces que conoció como una deseable aventura ayunar en Iom-Kipur. La perspectiva de pasar un día entero sin comer ni beber, figurábasele como internarse a través de un tenebroso lugar en que las amenazas acechaban en retorcidas callejuelas que debía recorrer extrayendo ánimo de su propio temor. Imaginábase que sólo podría arriesgarse en ese viaje de exploración apenas unas horas y luego debería regresar, como desiste. Al planear este ayuno de Iom-Kipur concedía sus mecánicas comidas un valor que en realidad no alcanzaba a tener para él el transcurrir de todos los días. Lo que siempre era un cumplido sin conciencia adquiría ahora un nuevo relieve. Imponiéndose una exagerada y deformada apreciación, el temor infantil de tener hambre, un temor de un solo bloque, irracional. Un día de hambre. Entonces dejaba de ser un vericueto de tortuosas calles. Una jornada de ayuno se extendía como desierto blanquecino sobre el que reverberaba una liviana neblina. Se entretenía en su visión, que de pronto entroncó con el recuerdo de muchos días del perdón que había pasado en el campo. Pensó entonces que de ese recuerdo nacía lo imaginado y que en ese momento estaba haciendo consciente un rastro de su memoria. Esa neblina blanca recordaba la sinagoga llena de hombres en una tarde calurosa de un día de perdón, faltaba pocas horas para el término del ayuno y allí seguían todos desde el comienzo de la mañana, con sus “tales” colgados desde los hombros. Ya era una escena marchita. Débiles, cansados, proseguían animosamente. Rostros amarillos transparentes de debilidad. Olor a aglomeración, olor humano en la tarde calurosa. Zumbaban monótonos los rezos y adquirían un periódico crescendo que, al disminuir, dejaba una sensación de aburrimiento. Creía ver un rayo amarillento de sol atravesando oblicuo la sinagoga, iluminando la sumida palidez de los rostros y el crema claro de los mantos. Por sobre los reunidos flotaba un vaho pesado y agrio. De nuevo el ayuno era un espacio de turbio peligro que no se animaba a atravesar. Parecíale que al final del día de ayuno se hallaría convertido a un exhausto espectro al que agregaba blancas vestiduras que hacían juego con tanto desmayo y flojedad. Estar tantas horas a pie en la sinagoga murmurando rezos era convertirse en un cirio que iba ardiendo alimentando lentamente por su propia sustancia. Arder en un místico fuego frío, descamarse paulatino y casi insensible, hasta quedar en huesos amarillos, en pellejo marfilino.

No le animó tampoco la idea de que millones de judíos realizaban todos los años el sacrificio que le acobardaba. En casa no se ayunaba, pensó, y a esto se debía su manera temerosa de enfrentar su plan. Los millones de judíos que ayunan anualmente, ¿eran unos héroes? Reconsideró entonces con un nuevo espíritu la posibilidad de hacer lo mismo. Si era penoso, mayor el aliciente; ahora descubría y saboreaba el verdadero móvil del sacrificio proyectado en honor de lo que le importaba: someterse a un penoso ejercicio, una mortificación. Se exaltaba pensando que se castigaría, por todo. Así vagamente, por todo. Lo imaginaba con fervor, gozando la perspectiva de pedir un mudo perdón por todo lo que hacía, por todo lo que dejaba de hacer, complaciéndose en la oculta penitencia a cumplir. Porque no diría nada a nadie, seguro que de llegarse a saber, todo perdería valor y intento volveríase estúpido. Además, más fácil era callarlo que comunicárselo a alguien. Y sentía, ya casi la alegría de ser perdonado.

Alguien lo había dicho alguna vez delante suyo y lo recordaba muy bien. Había sido escrito. Si un judío entra en una sinagoga y no sabe rezar como lo demás, lo ha de lamentar, le ha de defender su ignorancia. Ahora podía comprobarlo en sí mismo. Podía causarle gracia el asunto, que la tenía, pero era así. El hubiera querido leer como todos en su libro. Ese leer era orar, hablarle a Dios. No era necesario arrodillarse, no había más sacerdote que el cantor, y todo se limitaba a decir con palabras con la cabeza alta. Y ya entraba a fantasear sobre un tema, que por interesarle, no dominaba en realidad. Con la cabeza alta y el sombrero puesto permanecían los judíos en la sinagoga. Conversaba con Dios de igual con igual. Ese sombrero que se conservaban puesto los judíos fue una pequeña preocupación de los años infantiles, y ahora interpretaba que los judíos, ni al hablar con Dios se descubrían. Era un poco en broma. Pero tal vez tenía una raíz más seria. Para los judíos Dios estaba en el hombre, en cada hombre hay algo de Dios, algo divino. Ignoraba si había tal contenido en el judaísmo, pero al suponerlo creía intuir la verdad o una parte de ella. A través de las edades se había intentado de la realidad. La religión podría ser eso, un teoría de vida, una guía para desenvolverse en el mundo. Con los datos aportados por la vieja ciencia, se formó la base de muchas religiones. Ninguna tan humana como el judaísmo que es más que una religión ya que es un sistema de vida, una posición ante la existencia, un concepción que tendía a elevar al hombre, singular entre todas que las  que ofrece la antigüedad. El socialismo no sería sino una interpretación, adaptada a una ciencia moderna. Eso era casi coincidir casi con los hitleristas, se dijo. Luego se sumergió en un estado de ánimo especial en el que se mezclaban reproches a su padre por no haberle instruido acerca de esas cosas, y un especie de vocación furiosa por enterarse de todo cuanto concernía al judaísmo que ignoraba. Un poco más y hubiese querido ser un viejo rabino sabio, hebraísta ducha y capaz en desempeñarse hábilmente en medio de los libros y las consultas. En fin. Algún día lo tomaría más en serio. Mientras se formulaba esa promesa de estudio a cumplir en plazo incierto, volvió a escuchar el “jazán” que seguía su canto plañidero. Le observó con atención. Lo conocía muy bien. Era el propio padre de Leo, el honrado y siempre laborioso peletero Porter. Era el mismo, pero era otro. Con su amplio “tales” blanco de pura seda, con su mitra de terciopelo negro, parecía un obispo de la iglesia ortodoxa. Quedaba bien la palabra archidiácono. Pero era más que un archidiácono y más que un obispo. Era un rey bíblico, como Saúl como David o Salomón. Mientras cantaba infatigable no pensaba seguramente en esas cosas, pero para Pablo era eso: Moisés Porter era un rey. Y tal vez todos los judíos allí reunidos eran tantos otros reyes. Todos no, en realidad. Tan sólo creyentes. Y Moisés Porter cuando cantaba era un creyente sincero de alma clara. Y él, él también cuando escuchaba su voz suave y modelada a la manera de todos los cantores, se hacía la ilusión consoladora de que creía en algo. ¿Creía en Dios? Tal vez nada más en la música, y eso es creer algo. eso de lo de creer no le importaba en este momento tanto. Sólo quería entender las palabras del libro hebreo que distinguía perdidas en el canto. Adoinoi, Malkeini, Acoileinu, de una sonoridad magnífica, con muchas vocales, palabras abiertas y hondas, de resonancia musical. Pablo miró a Leo. Este contemplaba satisfecho a su padre, orgullosamente rodeado de sus hijos que formaban el coro. En esa oportunidad los hermanos se vinculaban en el canto más estrechamente que en cualquier otro día del año, apoyando la voz del padre, que plañía con un profundo sabor judío en las inflexiones. Pero el coro de los muchachos se escuchaba inseguro, completando un poco tristemente la parte del solista. Pablo y Leo se miraron, poniéndose de acuerdo sobre el efecto nada brillante.

–Canta—dijo Pablo.

Leo este año había interrumpido una antigua costumbre de cantar acompañando a su padre; separándose de Pablo se alejó en busca de un manto y se colocó entre sus hermanos. De pronto se oyó su voz fortaleciendo el languideciente grupo. El canto se enderezó, se hizo más denso. Pablo distinguía muy bien la bella voz de su amigo en la que hallaba ahora un nuevo tono cálido, Al resonar en el alto local se expandía libremente, matizándose de un timbre familiar pero que no le conocía tan acentuado como surgía en esa plena voz. Se la individualizaba en el conjunto, pero al mismo tiempo se diluía en él y le comunicaba con rara firmeza, le infundía una clásica sonoridad. Se percibía en el ambiente, la impresión que producía en el transfigurado coro. Este calló y Leo dijo, solo, su parte. La voz, limpia, se moduló un minuto por sobre los reunidos y luego al cesar, el zumbido de las oraciones murmuradas se extendió como un blando colchón para recibir las notas, que al dejar de cobrar altura iban a caer desde lo alto. Le emocionó su amigo con su “schemensre”. Al terminar el kolnidre comenzó a dispersar la gente. Muchos felicitaron a Leo por su canto.

–¿Qué vas a hacer esta noche? –preguntó Pablo.

Este se sorprendió la pregunta.

–Y, nada, lo que quieras. Caminamos si querés, iremos a dar al café.

–Bueno, vamos –dijo el otro después de una vacilación.

Caminaron juntos. Pablo espontáneamente comunicativo trató de explicarle cómo pudo, lo mucho que le había gustado su canto, la impresión recibida y el efecto de la voz sobre el coro. Estaba como conmovido de amistad y sin deseo de reprimir el sentimiento. Y en contra de lo que había propuesto, decidió informarle su plan de ayuno, para cumplirlo juntos.

Pidió café, pero Leo se negó a tomar nada. Después de un rato de silencio, le dijo con una sonrisa un poco forzada.

–No quiero nada. Te voy a decir por qué. Decidí ayunar este año. Se me ocurrió y lo estoy haciendo.

— ¿Estás ayunando?—Y luego casi sin querer, agregó Pablo–. Yo también pensaba. Te lo iba a proponer ahora. Pensaba que comenzaríamos esta noche, después de cenar.

–¿Desde esta noche? –Leo se rió —Pero eso no ayunar. Nosotros cenamos en mi casa a las seis. Es antes de ir al kolnidre y no se come hasta el día siguiente.

Pablo lo sabía. Pero lo había olvidado.

–¿No ves – siguió Leo—que algunos se quedan ya en la sinagoga para rezar toda la noche? Se ayuna en el día, pero son veinticuatro horas seguidas las que debe suplicarse el perdón.

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It’s Difficult to Learn to Live

From Leo, he learned about the Jewish holidays. The arrival of the New Year surprised him and it was then that he decided that fasting on Yom Kippur would be an interesting adventure. The idea of spending an entire day without eating or drinking seemed to him like getting himself into a dark place in which the threats were lying in wait in the twisted little streets that he had to pass through, finding energy in his own fear. He imagined that he could only risk a few hours on this voyage of exploration and then return, giving up. On planning this Yom Kippur fast he conceded to his routine meals a value that in reality they didn’t have for him in his daily life. Something that was an unconscious act would acquire a new importance, imposing an exaggerated and deformed appreciation, the infantile fear of being hungry, a fear of a single block, irrational. A day of hunger. Then it ceased being a rough track of tortuous streets. A day without eating extended like a whitish desert above which reverberated a light mist. His vision entertained him, that suddenly connected to the memory of many days of pardon he had experienced in the countryside. He then thought that from that memory was born the what he had imagined and that in that moment a trail of memories was becoming conscious. That white mist reminded him of the synagogue full of men in a hot afternoon of a day of pardon, few hours were left before the end of the fast and there all had continued since early morning, with their tallit hanging from their shoulders. It was already a withered scene. Weak, tired, they went spiritedly. Yellow faces transparent from weakness. Odor of agglomeration, human odor in the hot afternoon. The prayers buzzed on monotonously and they came to a periodical crescendo the, when it diminished, left behind a sensation of boredom. He believed he saw a yellowing ray of sun obliquely crossing the synagogue, illuminating the sunken paleness of the faces and the light cream color of the prayer shawls. On the group was floating a heavy and bitter vapor. Once again the fasting was a turbid danger that he didn’t want to take on. It seemed to him that the end of the fast day, you would be converted into an exhausted specter to which were added white clothing that matched so much dismay and weakness. To spend so many hours standing in the synagogue, murmuring prayers was to convert oneself in a candle that kept on burning, slowly feeding itself on its own substance, To burn in a cold mystical fire, flaking off little by little and almost numb, until leaving yellow bones in ivory-white skin.

Neither did the idea inspire him that millions of Jews carried out every year the sacrifice that frightened. At home, we didn’t fast, he thought; this caused his fearful manner of carrying out/facing his plan. The millions of Jews who fast annually, were they heroes? He then reconsidered with a new spirit the possibility of doing the same thing.  If it were awful, greater the inspiration;; now he discovered and savored the true meaning of the sacrifice, done in honor of what was important: to submit himself to a painful exercise, a mortification. He became exalted thinking that he would punish himself, for all. And so, vaguely for all. He imagined it with fervor, enjoying the perspective of asking a mute pardon for everything he was doing, for everything he no longer did, pleasing himself in the hidden penance to be completed. Because he wouldn’t say anything to anybody, sure that if it became known, everything would lose value and intention and become stupid. Moreover, it was easier to keep it quiet than communicate it to anyone. And he felt, already, almost the joy of being pardoned.

Someone had once said in front of him and he remembered it very well. It had been written. If a Jew entered a synagogue and didn’t know how to pray like the others, it was a shame. He had to defend his ignorance. Now he could test this in himself. This could cause him embarrassment, that he didn’t know, but so it was. He would have liked to read in his book like everyone. That reading was praying, speaking to God. It wasn’t necessary to kneel down, there was no other priest than the cantor, and everything was limited to saying words with head held high. An already he began to fantasize about a theme, that though interesting to him, wasn’t based on reality. With head held hid and hat on head, the Jews stayed in the synagogue. They conversed with God as equals. This hat that the Jews kept wearing was based on a minor preoccupation from their childhood years, and now he interpreted that the Jews, speaking with God, discovered themselves. This was in part in jest. But perhaps it had a more serious basis. For the Jews, God was in man, in each man, there is something of God, something divine. He didn’t know if such ideas were part of Judaism, but on thinking so, he believed he intuited the truth or part of it. So. Some day he would take this more seriously. While he was formulating that promise to study at an unspecified time in the future, he listened again to the “Hazan,” the cantor, who continued on with his mournful song. He observed him attentively. He knew him well. He was Leo’s own father, the honored and always hard-working furrier Porter. He was the same, but he was at the same time different. With his ample white tallit of pure silk, with his miter of black velvet, he seemed like a bishop of the Orthodox Church. The title archdeacon suited him well. But he was more than an archdeacon and more than a bishop. He was a biblical king like Saul or David or Solomon. While he tirelessly sang, he surely didn’t think of those things, but for Pablo, that’s what he was: Moisés Porter was a king. And perhaps all the Jews there together were more kings. Not all, in reality. Only the believers. And Moisés Porter, when he sang, was a sincere believer with a clear soul. And he, he also, when he heard the smooth a voice, formed in the way of all the cantors, Pablo had the consoling illusion that he believed in something. Did he believe in God? Perhaps it was nothing more than the music, but that was to believe in something. At that moment, what to believe in wasn’t so important. He only wanted to understand the words of the Hebrew book that he noticed lost in the singing: Adonei, Malkenui, Acolenu, of a magnificent sonority, with many vowels, open and deep words, with musical resonance. Pablo looked at Leo. With satisfaction, he was contemplating his father, who was proudly surrounded by his sons who formed the choir. In that moment, the brothers were tied to the song more tightly than on any other day of the year, supporting their father’s voice, who grieved with profound Jewish flavor in the inflexions. But the chorus of boys sounded unsure, completing a bit sadly the voice of the soloist. Pablo and Leo looked at each other, agreeing that the effect was nothing brilliant.

“Sing,” Pablo said.

This year, Leo had interrupted an old custom of singing in accompaniment of his father; separating himself from Pablo, he went in search of his prayer shawl, and placed himself among his brothers. Immediately, his voice was heard, strengthening the languishing group. The singing strengthened; it became denser. Pablo distinguished very well the beautiful voice of his friend in in which was now a new warm tone. Resonating in the higher tones, it expanded freely, blending a familiar timbre, that Leo didn’t recognize, so extenuated as it surged in that full voice. He showed his individuality in the group, but at the same time it became part of him and he communicated with rare firmness as surged in that full voice. He infused a classical sonority. The impression that he produced in the transfigured choir was noticed throughout the synagogue. The choir became quiet. And, solo, Leo sang his part. His clean voice modulated for a moment over the congregants, and then, on stopping, the buzz of the murmured prayers extended like a white cushion to receive the notes, that after reaching the heights fell from there. His friend was moved by the “scjemensre.” At the end of Kol Nidre, the people began to disperse. Many congratulated Leo for his singing.

“What are you going to do tonight?” Pablo asked.

The question surprised Leo.

‘Well. Nothing. Whatever you like. We can walk if you want; we can go get a coffee.

“Okay, let’s go” said the other, without vacillation.

They walked together. .Spontaneously communicative, Pablo tried to explain to the extent that he could how much he had enjoyed singing, the reception it received and the effect of his voice on the choir. It was as if he was moved by friendship and without desire to repress his feeling. And in spite of what he had proposed, he decided to tell him about his plan to fast, so that they could do so together.

He ordered coffee, but Leo refused to have anything. After a period of silence, he said to him with a smile that was a bit forced:

“I don’t want anything. I will tell you why. This year I decided to fast. It occurred to me and I’m doing it.”

“You are fasting?” And then without wanting to, Pablo added. “I also thought about it. I’m going to propose it to you now. I thought that we would begin tonight, after supper.”

“Starting tonight?” Leo laughed. “But that’s not fasting. We had supper at home a six o’clock. It’s before Kol Nidre, and you don’t eat until the next day.”

Pablo knew, but he had forgotten.

“Didn’t you see?” Leo continued, “ that some of them stayed in the synagogue to pray all night? You fast during the day, but there are twenty-four hours straight in which you ought to be for asking pardon.

Translation by Stephen A. Sadow

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Algunas de las novelas de Bernardo Verbitsky/                                                    Some of the novels by Bernardo Verbitsky

Memo Ánjel — Escritor judío-colombiano/ Colombian Jewish Writer — “Mesa de Judíos”/”Jewish Table” — fragmentos de la novela/excerpts from the novel

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Memo Ánjel

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“Dos maletas”/”Two Suitcases”

Memo Ánjel (José Guillermo Ángel) nació en Medellín, Colombia, como hijo de inmigrantes argelinos en 1954. Además de su oeuvre literario, Ánjel ha trabajado por 16 years como professor of de Comunicación Social en la Universidad Pontificia Bolivariana en Medellín.

Algunos de sus libros: La luna verde de Atocha (novela); La casa de las cebollas (novela), Todos los sitios son Berlín (novela), Libreta de apuntes de Yehuda Malaji, relojero sefardí (Ejercicios de imaginación sobre la conformación de los pecados), Zurich es una letra alef (novela), Tanta gente (novela), El tercer huevo de la gallina (novela) y Calor intenso (cuentos).

Considera la escritura como una actividad existencial, algo que le ayuda a analizarse a sí mismo y a reconocer la naturaleza de los demás. Profundamente en el sentido de la tolerancia y la vida misma. Según Anjel, solo el conocimiento necesario de lo que nos rodea nos permite sobrevivir y dar a nuestra existencia la suficiente transparencia.

Ánjel es uno de un grupo de autores colombianos modernos que ya no piensan y escriben de una manera específicamente colombiana, sino universal. “En todo el mundo, las personas tienen experiencias similares, ya sea que vivan en Colombia o en Alemania: tienen familia, trabajan, sufren y experimentan las mismas tragedias, la guerra y la emigración”.

Ánjel ha realizado un intenso estudio de los clásicos judíos, y en muchas de sus obras examina su propia historia sefardí y la cuestión de lo que significa ser un judío sefardí en la cultura de asimilación actual. Ha escrito varios ensayos sobre la contribución de la cultura árabe al desarrollo de la civilización occidental y el papel de la cultura y la historia judías en las ideas literarias y filosóficas contemporáneas.

Adaptado de Berliner Künstlerprogramm des Daad

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Memo Anjel (José Guillermo Ángel) was born in Medellín, Columbia, as the child of Algerian immigrants in 1954. Besides his literary oeuvre, Anjel has worked for 16 years as a professor of social communication at the Universidad Pontificia Bolivariana in Medellín.

Some of his books: La luna verde de Atocha (novel) La casa de cebollas (novel), Todos los sitios son Berlín (novel), Libreta de apuntes de Yehuda Malaji, relojero sefardí (Ejercicios de imaginación sobre la conformación de los pecados), Zurich es una letra alef (novel), Tanta gente (novel), El tercer huevo de la gallina (novel) and Calor intenso (stories).

He regards writing as an existential activity, something that helps him to analyse himself and to recognise the nature of others, in order to look deeply at the meaning of tolerance and life itself. According to Anjel, only the necessary knowledge of what surrounds us enables us to survive at all and to give our existence sufficient transparency.

Ánjel is one of a group of modern Colombian authors who no longer think and write in a specifically Columbian, but rather universal way. “All over the world, people have similar experiences ? whether they live in Columbia or Germany: they have a family, work, suffer, and experience the same tragedies, war and emigration.”

Anjel has made an intense study of Jewish classics, and in many of his works he examines his own Sephardic history and the question of what it means to be a Sephardic Jew in today’s culture of assimilation. He has written several essays on the contribution of Arabic culture to the development of occidental civilisation and the role of Jewish culture and history in contemporary literary and philosophical ideas.

Adapted from Berliner Künstlerprogramm des Daad

Para comprar/To buy: “Cuentos judíos”

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MESA DE JUDÍOS

fragmento de novela

1.

Ese año tampoco pudimos ir a Jerusalén, no hubo con qué. Sin embargo, mi padre, un hombre dedicado a la mecánica, se hizo a la idea de que para el año próximo tendríamos el dinero suficiente para salir, pues había tenido un sueño con Eliahu ha navi[1] y el profeta le había guiñado un ojo. Y presidiendo la mesa del comedor, acto que lo emocionaba porque le evidencia su papel de hombre con familia, comenzó a explicarnos cómo haría para obtener las monedas y los billetes, hablándonos de una máquina maravillosa que estaba inventando con base en la segunda ley de Newton. Una máquina para hacer pan. Todos lo miramos con ojos de brillantes y nos vimos atravesando el Mar Rojo al lado del invento, menos mi madre que, en lugar de aportar palabras al sueño, se levantó de la mesa y comenzó a recoger los platos. Le colaboró a la idea de mi padre con una sonrisa y, encogida de hombros, le dijo a mi hermana Marta que la ayudara con los vasos y los pocillos. Ese día, cuando mi padre nos explicaba con detalles cómo funcionaria la máquina que nos haría famosos, la noche fue tibia.

Por los días de Pésaj,[2] a mi padre le entraba un especie de fiebre de primavera y por su cabeza pasaban todo tipo invenciones que él llevaba cuidadosamente al papel y luego nos mostraba dibujos con lápices de color. Creo que Elías[3] (para quien siempre hubo un puesto en nuestra mesa) se asomó para ver los proyectos dibujados, esas máquinas inmensas que nos haría ricos en 360 días y que nos permitirían cumplir con la ilusión que habíamos ido conformando año tras año, con palabras y objetos. Porque pasaba que si no podíamos ir a Jerusalén, como nos habíamos prometido y planeado, Jerusalén llegaba hasta nosotros en forma de vasijas y postales, trocitos de piedras antiguas y manos de metal con un ojo abierto en la palma. Ojos que miraban todo, Como D-s (claro que D-s no mira sino siente), eso decían los libros. Objetos que nos enviaban los amigos, algún familiar o que mi madre, escurriendo sus ahorros, compraba en los almacenes de importados para regalárselos a papá. Incluso llegó a bordar varias telas con detalles de la tierra prometida, que mi padre miró y lloró. Era un emocional mi padre y sabíamos que él, en soledad, se traía todos eso objetos a su taller y allí hablaba con ellos en un hebreo macarrónico que acreditaba hasta palabras en catalán, imaginando caminos en el desierto, oasis verdes y azules, piedras que cubrían tumbas de líderes y profetas, casa inmensas y blancas con jardines de flores rojas. Mirando cada detalle de los objetos que había puesto a su alrededor, llegó a beber té con samaritanos y café con los árabes de Cisjordania. Y a conversar con Iosef Caro[4] sobre las leyes de Shulján Arjuj, alajot, que apenas sí se cumplían en casa. Para muchos vecinos éramos unos herejes.

4.[5]

Pasó en el Kol Nidre de ese año, rito al que mi padre no faltaba. Era lo único que respetaba íntegro, el resto de las fiestas las cumplía a medias (excepto Pésaj, donde hacíamos los votos de ir a Jerusalén) o se olvidaba de ellas por estar en sus diseños mecánicos. Mi madre era escéptica y asistía a la sinagoga si mi padre iba. Lo mismo nosotros, que dependíamos de ellos o del señor Súdit, que como creyente se preocupaba de que supiéramos qué sucedía en cada fiesta, llevándonos muchas veces con él. Había que ver ese desfile, los seis niños mejores siguiéndolo detrás y él dándonos órdenes en esa lengua múltiple que apenas si entendíamos. Ya en la sinagoga, Súdit nos alineaba frente a él, se ponía el talit y comenzaba a rezar, moviéndose de atrás hacia delante, dándonos un coscorrón en la cabeza si hablábamos más fuerte de lo prometido o si nos daba por pelear o movernos como locos. Y el rabino, mirándonos por encima de los anteojos, las cejas enormes (como dos salchichas quemadas) que les daban un aire de cuervo a sus ojos negros y profundos. Nos miraba con dureza, callándonos con la mirada. Y los viejos judíos que estaban cerca, haciendo lo mismo y preguntándonos en susurros dónde estaban nuestros padres. Súdit y los hijos del hereje, así nos conocían en la sinagoga.

En el Kol Nidré de ese año, donde mi padre entraba en contacto con la divinidad para que lo inscribiera en el libro de la vida, Barcas se arrimó a él y le mostró unas cartas. Sonreía el hombre. –Vienen de Francia y se interesan en la máquina, debemos enviarle los planes–. Ese “debemos” le parecía simpático a mi padre y le sonó que Barcas ya se hubiera hecho socio suyo. Pero levantó una mano y le indicó que luego vería las cartas, que en ese momento sellando el pacto con D-s y nada era más importante, ni siquiera los franceses o los ingleses. Barcas se encogió como un pepino en almíbar. Mi padre infundía respeto cuando estaba en Kol Nidré, oración que leía lento y colocando en ese silencio muy bien cada palabra, labrándola en el corazón: era un rey en esta oración y ni siquiera el rabino, al verlo, se atrevía a pensar que era un hereje o un arrepentido. No, era un judío pactando con el Señor del universo para que le diera vida durante ese año para su familia y sus inventos. Y, como resultante, ya vendría la partida a Jerusalén, que tenía prevista para los días iniciales de la primavera, después de las primeras lluvias. Siempre creyó mi padre que D-s daba las herramientas y uno hacía el milagro, por eso se burló de los que intentaban sobornar a la divinidad con velas encendidas a o rezos largos. D-s estaba en nosotros y sabia que estaba pasando. Además Él sólo daba vida, el resto corría por nuestra cuenta. Eso lo decía, y el señor Súdit levantaba una ceja pero no soltaba palabra. ¿Qué palabra podía soltarle a un hombre que funcionaba con base en mecanismos, que miraba el cielo y lo veía funcionando como un enorme engranaje por donde se podía caminar si se contaba con las tuercas y tornillos precisos, con la herramienta adecuada, y una idea clara? Mi padre se enriquecía en D-s es Kol Nidré, por esto fulminó con los ojos a Barcas y a sus cartas, por eso, los franceses y los ingleses se volvieron puré, que en este momento lo importante era la vida  y lo que en ella se daría. Cuando mi padre rezaba en Kol Nidré, iba por el error a la verdad y entonces flotaba en sus fallas y las lavaba para ver qué había pasado y donde había estado la ceguera. Y las letras del libro de rezos se le convertían en números y palabras distintas, en un juego de inteligencia que lo hacía sentir en paz con ese mecanismo inmenso que era el universo y que se podía leer si había paciencia para que llegara el entendimiento. Un hijo de Maimónides y de Spinoza mi padre, eso lo entendía el rabino y dejaba de mirarlo. También Súdit, que se metía en lo suyo, pedía por él. Al día siguiente, ya en pleno Yom Kipur, mi padre se vería por ninguna parte. Sabíamos que caminaba por la ciudad, que miraba el vuelo de los pájaros y las hojas de los árboles, mientras rediseñaba calles y edificios, puentes y caras y que al final se sentaba en un parque y leía un libro de matemáticas o alguna novela corta. Y lejos de todos, para evitar el escándalo.

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[1] En hebreo, el profeta Elías.

[2] Pascua hebrea, debido a la cuenta que se hace con base en el calendario lunar, cae por marzo o abril.

[3] Dice la tradición que el profeta Elías llegará en Pésaj. Por esto siempre hay un lugar para él en cada casa judía.

[4] Iosef Caro, judío sefardí, escribió Shulján Aruj (la mesa servida), serie de leyes sobre la vida judía,

[5] Kol Nidré, todos los votos, oración y ritual de la víspera de Yom Kipur (día  del Perdón).

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JEWISH TABLE

FRAGMENTS OF A NOVEL

1.

This year too we won’t we won’t be able to go to Jerusalem; the funds aren’t there. Nevertheless, mi father, a man dedicated to mechanical things, came up with the idea that for next year, we would have the sufficient money to go, since he had had a dream about Eliahu HaNavi,[1] and the prophet had winked at him. And presiding over the dining room table, an act that thrilled him because it proved to him his role as man of the family, he began to explain to us how he would obtain the coins and the paper money, speaking to us about a marvelous machine that he invented by following Newton’s Second Law. A machine to make bread. We all looked at him with sparkling eyes, and we envisioned ourselves crossing the Red Sea beside the machine, except my mother who, instead of speaking in support of the dream, got up from the table and began clearing the plates. She reacted to my father’s idea with a smile, a shrug of her shoulders, she told my sister Marta to help her with the glasses and the bowls. That day, when my father explained to us how the machine that would make us famous would function, the night was a warm.

During the days of Passover[2] , a spring fever entered my father and through his head passed all sorts of inventions that he put carefully on paper and then show them to us drawn with colored pencils. I believe that Elijah[3] himself (for whom there was always a place setting at our table) appeared to see the project drawings; those immense machines that would make us rich in 360 days and would permit us fulfil that dream that we had been forming year after year, with words and objects/things. Because it happened that if we couldn’t do to Jerusalem, as we had promised and planned, Jerusalem came to us in the form of pots, dishes and postcards, bits of ancient rocks and hands made of metal with an open eye in the palm. Objects that saw everything, as G-d does (of course G-d doesn’t see, but feels,) that is what the books said. Objects that our friends, some family member sent us, or that my mother squeezed out of her saving, bought in the import stores to give them to my father. She even went as far as embroidering several clothes with details from the promised land, that my father took a look at and cried. My father was an emotional person, and we knew that he, when alone, brought all these objects to his workshop and there he spoke to them in a macaronic Hebrew that even admitted words in Catalan, imagining roads through the desert, green and blue oasis, stones that covered the tombs of leaders and prophets, immense white houses with gardens of red flowers. Observing every detail of the objects that he had set around him, he came to drink tea with the Samaritans and coffee with the Arabs of Cisjordania.  And to confer with Joseph Caro about the laws of the Shulchan Aruch[4], and “alaot,” practices that occasionally took place in the house. For many of our neighbors, we were heretics.

4.[5]

It happened during Kol Nidre of that year, ritual that my father never missed. It was the only one that he respected completely, the rest of the holidays, he followed in part (except Passover, when we made our vow to go to Jerusalem) or he forgot about them when he was working on his mechanical designs. My mother was a sceptic and she attended the synagogue if my father went. We did too, relying on them or on Mr. Sudit, who, as a believer, worried about what we knew about what happened at every holiday, many times bringing us along with him. You had to see that parade, the six older children following behind him, and he, giving us orders in that multiple language that we hardly understood. Once in the synagogue, Sudit lined us up in front of him, put on his tallit and began to pray, moving from back to front, giving us a smack on the head if we spoke louder than permitted or if we started to quarrel or move around like crazy people. And the rabbi, looking at us from above his eyeglasses, his enormous eyebrows (like two burnt sausages,) that gave his black and deep eyes the look of a crow. He looked at us harshly, quieting us down with his glance. And the old Jews who were nearby, doing the same thing and asking us in whispers where our parents were. Sudit and his children of the heretic, so we were known in the synagogue. During that year’s Kol Nidre, where my father entered into contact with the divinity so that he be inscribed in the book of life, Barcas moved closer to him and showed him some letters. The man was smiling. “They come from France and they are interested in the machine; we should send them the plans.” This “we should” seemed agreeable to my father, and it sounded  to him that Barcas had already become his partner. But he raised his hand, and he indicated that he would see the letters later, that in this moment he was sealing a pact with G-d

[1] Hebrew name of Elijah, the prophet.

[2] Because of the Jewish lunar calendar, Passover falls in March or April.

[3] Tradition says that the prophet Elijah will arrive during Passover. For that reason, there is always a place for him in every Jewish home.

[4] Joseph Caro, a Sephardic Jew, wrote the Shulhan Aruch (The Served Table) a series of laws about Jewish life.

[5] Kol Nidre, all the vows, prayer and ritual of Yom Kippur eve (Day of Pardon.)

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Translated by Stephen A, Sadow

 

 

José G. Adolph (1933-2008) — Cuentista judío-peruano de ciencia ficción/Peruvian Jewish Science Fiction Short-Story Writer — “Nosotros, no”/”Not Us”

José B. Adolph “Persistencia”

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José B. Adolph

José B. Adolph nació en Stüttgart, Alemania en 1933. Su familia se trasladó a Perú cuando él tenía 5 años. Estudió en la Universidad Mayor de San Marcos. Fue un escritor y periodista peruano en muchos periódicos  Su obra más conocida Mañana las ratas, una novela de ciencia ficción. Es uno de los escritores más conocidos y más prolijos de la ciencia ficción latinoamericana del siglo XX. En 1983, recibió el Primer Premio de la Municipalidad de Lima. También en ese año él ganó el Primer Premio en el concurso del “Cuento de 1000 Palabras” que le otorgo la revista “Caretas.”  José B. Adolph se falleció 2008 en Lima.

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José B. Adolph was born in Stüttgart, Germany, in 1933. His family moved to Perú when he was 5. He studied at the University of San Marcos in Lima. He was a Peruvian and writer and journalist for many periodicals. His most famous work Mañana las ratas, a science fiction novel. He was one of the best-known and most prolific authors of science fiction in Latin-America in the twentieth century. In 1983, he received the First Prize of the City of Lima. Also, in that year, he won first prize in the “Short-story of 1000 Words” competition, awarded by the “Carretas magazine. He died in 2008 in Lima.

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“NOSOTROS, NO”

Aquella tarde, cuando tintinearon las campanillas de los teletipos y fue repartida la noticia como un milagro, los hombres de todas las latitudes se confundieron en un solo grito de triunfo. Tal como había sido predicho doscientos años antes, finalmente el hombre había conquistado la inmortalidad en 2168.

Todos los altavoces del mundo, todos los transmisores de imágenes, todos los boletines destacaron esta gran revolución biológica. También yo me alegré, naturalmente, en un primer instante.

¡Cuánto habíamos esperado este día!

Una sola inyección, de cien centímetros cúbicos, era todo lo que hacía falta para no morir jamás. Una sola inyección, aplicada cada cien años, garantizaba que ningún cuerpo humano se descompondría nunca. Desde ese día, solo un accidente podría acabar con una vida humana. Adiós a la enfermedad, a la senectud, a la muerte por desfallecimiento orgánico.

Una sola inyección, cada cien años.

Hasta que vino la segunda noticia, complementaria de la primera. La inyección sólo surtiría efecto entre los menores de veinte años. Ningún ser humano que hubiera traspasado la edad del crecimiento podría detener su descomposición interna a tiempo. Solo los jóvenes serian inmortales. El gobierno federal se aprestaba ya a organizar el envió, reparto y aplicación de la dosis a todos los niños y adolescentes de la tierra. Los compartimentos de medicina de los cohetes llevarían las ampolletas a las más lejanas colonias terrestres del espacio.

Todos serían inmortales.

Menos nosotros, los mayores, los formados, en cuyo organismo la semilla de la muerte estaba ya definitivamente implantada.

Todos los muchachos sobrevivirían para siempre. Serían inmortales, y de hecho animales de otra especie. Ya no seres humanos; su psicología, su visión, su perspectiva, eran radicalmente diferentes a las nuestras. Todos serían inmortales. Dueños del universo para siempre. Libres. Fecundos. Dioses.

Nosotros, no. Nosotros, los hombres y mujeres de más de 20 años, éramos la última generación mortal. Éramos la despedida, el adiós, el pañuelo de huesos y sangre que ondeaba, por última vez, sobre la faz de la tierra.

Nosotros, no. Marginados de pronto, como los últimos abuelos de pronto nos habíamos convertido en habitantes de un asilo para ancianos, confusos conejos asustados entre una raza de titanes. Estos jóvenes, súbitamente, comenzaban a ser nuestros verdugos sin proponérselo. Ya no éramos sus padres. Desde ese día éramos otra cosa; una cosa repulsiva y enferma, ilógica y monstruosa. Éramos Los Que Morirían. Aquellos Que Esperaban la Muerte. Ellos derramarían lágrimas, ocultando su desprecio, mezclándolo con su alegría. Con esa alegría ingenua con la cual expresaban su certeza de que ahora, ahora sí, todo tendría que ir bien.

Nosotros solo esperábamos. Los veríamos crecer, hacerse hermosos, continuar jóvenes y prepararse para la segunda inyección, una ceremonia – que nosotros ya no veríamos – cuyo carácter religioso se haría evidente. Ellos no se encontrarían jamás con Dios. El último cargamento de almas rumbo al más allá, era el nuestro. ¡Ahora cuánto nos costaría dejar la tierra! ¡Cómo nos iría carcomiendo una dolorosa envidia! ¡Cuantas ganas de asesinar nos llenaría el alma, desde hoy y hasta el día de nuestra muerte!

Hasta ayer. Cuando el primer chico de quince años, con su inyección en el organismo, decidió suicidarse. Cuando llegó esa noticia, nosotros, los mortales, comenzamos recientemente a amar y a comprender a los inmortales.

Porque ellos son unos pobres renacuajos condenados a prisión perpetua en el verdoso estanque de la vida. Perpetua. Eterna. Y empezamos a sospechar que dentro de 99 años, el día de la segunda inyección, la policía saldrá a buscar a miles de inmortales para imponérsela.

Y la tercera inyección, y la cuarta, y el quinto siglo, y el sexto; cada vez menos voluntarios, cada vez más niños eternos que implorarán la evasión, el final, el rescate. Será horrenda la cacería. Serán perpetuos miserables.

Nosotros, no.

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“Not Us”

That afternoon, when the small bells of the teletypes jingled, and the notice was distribute like a miracle, the people of all latitudes came together in a sole triunfull shout. Just as it had been predicted two hundred years earlier, finally, in 2168, man had conquered immortality.

All the loudspeakers in the world, all the modes for the transmission of images, all the bulletins emphasized this great biological revolution. I was happy too, naturally, at the first instant/moment.

How long had we waited for this day!

One single injection, of one hundred cubic centimeters, was all that was necessary to never die. A single injection, applied every hundred years, guaranteed that no human body would ever decompose. From that day on, only an accident could end a human life. Goodbye to sickness, senility, deal by organic failure.

One single injection every hundred years.

Until the second notice arrive, complementing the first . The injection only would have effect on those who are less than twenty years old. No human being who had passed that age could halt the the internal breakdown over time, Only the young people would be immortal. The federal government already hurried in organizing the shipment, division and application of the dose to all the children and adolescents on earth. The medicine compartments rockets would carry the vials  to the most distant earth colonies in space.

All would be immortal.

Except for us, the grownups, the mature, in whose organisms the seed of death was already definitively implanted.

All the kids would survive forever. They would be immortal, and in fact of another species. No longer human beings: their psychology, their vision, their perspective were radically different from ours. All would be immortal. Rulers of the universe for all times. Free. Fecund, Gods.

Not us, Quickly marginalized, like the last grandparents, in no time, we had been converted into inhabitants of an asslym for old people, confused rabbits, stunned among a race of titans. These young people, suddenly, began to be our VERDUGOs without even intending to. We were no longer their parents. From that day on, we were something else: a repulsive and sick thing, illogical and monstrous. We were Those Who Would Die/ Those Who Were Waiting for Death. They would cry tears, hiding their disgust, mixing that with joy. With that ingenuous joy in which they expressed their certainty that for now, yes now, everything had to go well.

We only waited. We saw them grow, become beautiful, going being young and preparing for the second injection, a ceremony-that we wouldn’t get to see-whose religious character would become evident. They never would meet with God, The last shipment of souls on the way to heaven was ours. Now how it would cost us to leave the earth! How a painful envy would go on CARCOMIENDO. How much wish to kill would fill our souls, from today and until the day of our death.

Until yesterday. When the first fifteen-year-old boy, with the injection in his organizm, decided to commit suicide. When this news arrived, we, the mortals, just then began to love and understand the immortals.

Because they are poor Renacuajos condemned to perpetual prison in the VERDOSO ESTANQUE of life. Perpetual. Eternal. And we begin to suspect that within 99 years, the day of the second injection, the police will go out in search of thousands of mortals in order to give it to them.

And the third injection, and the forth, and the fifth century, and the sixth; each time, fewer volunteers, each time more eternal children that will implore for the EVASiOn, the end, the rescue, The hunt will be horrendous. They will be perpetually miserable.

Not us.

Ariel Segal Freilich — Profesor y cuentista venezolano-israelí/Venezuelan Israeli Professor and Short-story Writer — “Demasiada imaginación”/”Too Much Imagination”

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Ariel Freilich Segal

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Ariel Segal Freilich

Nacido en 1965, en Venezuela. Educación: Universidad de Miami, Ph.D., 1998. Escritor y académico. Se ha asociado con el Centro Buber de la Universidad Hebrea de Jerusalén, Jerusalén, Israel, y el Instituto Ben Gurion, Sde Boker, el Negev, Israel; También ha enseñado a nivel universitario en Lima, Perú. British Broadcasting Corporation (BBC), corresponsal en Israel.

Publicaciones

Jews of the Amazon: Self-Exile in Earthly Paradise, Jewish Publication Society, 1999.

David de los tiempos, Centro de Estudios Sefardíes de Caracas (Caracas, Venezuela), 1989.

Llegar cerca, Monte Ávila Editores Latinoamericana ( Caracas, Venezuela), 1996.

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Born 1965, in Venezuela. Education: University of Miami, Ph.D., 1998. Writer and scholar. He has been associated with the Buber Center of the Hebrew University of Jerusalem, Jerusalem, Israel, and the Ben Gurion Institute, Sde Boker, the Negev, Israel; he has also taught at the university level in Lima, Peru. He is a British Broadcasting Corporation (BBC), correspondent in Israel.

Publications

Jews of the Amazon: Self-Exile in Earthly Paradise, Jewish Publication Society, 1999.

David de los tiempos, Centro de Estudios Sefardíes de Caracas (Caracas, Venezuela), 1989.

Llegar cerca, Monte Ávila Editores Latinoamericana (Caracas, Venezuela), 1996.

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“Demasiada imaginación”

Con gratitud y cariño
a una hermosa consejera
Delisa Tanner

Bertrand Russell era un escéptico por excelencia. Humanista hasta lo más profundo de su ser, su pasión, su pasión por buscar la felicidad como estado frecuente en el hombre lo llevó a lo hondo del amor, la amistad, el arte y el conocimiento. Pero Dios estaba muy al margen de sus pensamientos.

Cuentan una vez, en una reunión social, alguien le preguntó al filósofo qué diría si después de su muerte se encontrara con Dios.

Russell está pensativo. Mueve rápidamente los engranajes de su intelecto buscando una respuesta al interesante reto, porque no es honorable-especialmente para él-contestar algo así como “eso no está planteado”. Sería poco menos cobarde, tonto, no jugar con la posibilidad de un encuentro cara a cara con Dios.

Hay un largo silencia y muchos ojos se posan sobre la figura bohemia del hombre de blanca cabellera, quien sabe muy bien cuán esperada es su respuesta.

Pronto la tensión de aquel momento de reflexión se traducirá en aplausos. (Cuando se es famoso, cualquier estupidez es tan bien recibida como una idea original) ¡Qué predecibles somos!–puede estar pensando Russell–porque su mente busca respuesta y al mismo tiempo dirige miradas antropólogas a su alrededor.

En realidad, yo sólo llegué a leer por encima estos dos párrafos del libro que traje como compañero de viaje y mientras esperaba el anuncio del embarque, indiferente a lo que sucedía o no en el aeropuerto, releí la anécdota sobre Russell: ” Cuentan una vez, en una reunión social, alguien le preguntó al filósofo que diría si después de su muerte se encontrara con Dios.

Dicen que el filósofo titubeó y tras la insistencia de su inquisidor, contestó: Dios, ¿por qué has hecho que la evidencia de su existencia resultar tan insuficiente?”.

Lo que ocurre es que mi imaginación está poco domesticada y suele entonces entremeterse entre las líneas de los libros. Por eso, casi vi a Bertrand Russell y hasta le inventé toda una historia a ese momento. Entonces, cerré bruscamente el libro pues me resulta bochornoso crear historias ya creadas. Me resiento conmigo al añadir mentiras de mi invención a escenas que no son descritas para agregar más ideas a ya las ya impresas en el libro.

Traté de olvidar la escena del viejo Russell de cabellera blanca que mientras piensa en la respuesta prometida se da cuenta de cuán cuán predecibles somos. ¿A ver? ¿Qué dijo Russell? ¿Qué no hay suficientes evidencias de la existencia a Dios? Lo admiro por atreverse a decirlo al Creador, pero me pregunto si tendrá razón mi muy idealizado Russell.

Con el libro cerrado entre mis manos, mis pensamientos se disolvieron cuando reconocí el rostro de alguien familiar. Era Elie Wiesel. El escritor que constantemente nos recuerda que los crímenes perpetrados por los nazis, aunque únicos en magnitud e inhumanidad, se repiten constantemente cada día y en diferentes lugares, ante la indiferencia de todo el mundo. Wiesel, el promotor de las conferencias sobre “Anatomía del Odio que lo condujeron a ser reconocido con el premio Nobel de la Paz. El  sobreviviente del Holocausto, el sufrido escritor, estaba frente a mí.

Lo miré con detenimiento como si cada rasgo de su arrugada cara pudiese revelarme todo acerca de él. Uno de mis profesores cuenta sobre la gente que despectivamente lo llama “Míster Holocausto”. No sólo por su insistencia en mantener viva la voz de aquellos que no sobrevivieron, sino también porque parece llevar al mundo sobre su espalda.

Aunque no vi a nuestro caótico planeta posarse sobre el escritor, noté cómo su espalda, algo encorvada, intentaba sin éxito zafarse del peso invisible que soporta su figura enjuta. Pareciera estar a la defensa de un improbable ataque físico.

Quise saludarlo, decirle cuánto lo admiraba por ser un sobreviviente proclamando su condición en un mundo de sobrevivientes incapaces de reconocerse. Creo que me miró y creo que lo saludé con un ligero gesto de mi cabeza,. Creo que no se dio cuenta.

Pasó rápidamente frente a mí y luego desapareció entre la multitud de los viajantes, familiares y amigos, siempre parecen ser los mismos, cuando estoy en un aeropuerto.

“¡Vi a Elie Wiesel.” –tenía ganas de contarles a mis conocidos. Estúpida pretensión: “Vi a alguien famoso”. Como si todo en esta época fuese cuestión de extraer a las personalidades de televisión y gritar: “Los vi en carne y hueso”. Además, mucha gente ni sabe quién es Elie Wiesel y, además, también es más hueso que carne, como una vez alguien, quien me imaginó antes de conocerme, dijo de mí.

“Vi a Dios y le pregunté por qué la evidencia de su existencia es insuficiente”–podría jactarse Bertrand Russell. “Vi a Elie Wiesel y no le pregunté por qué la evidencia resulta insuficiente prueba de la era nazi para muchas personas empeñadas en negar el Holocausto” –quería jactarme, pero no lo hice.

Wiesel se alejó entre el tumulto de los caminantes que chocan unos con otros, cargando sus equipajes. Por un momento, contemplándolo casi aplastado entre la multitud, luchando por esquivar a decenas de personas ansiosas y sudorosas, escuché el chirrido de las ruedas del tren y una voz tosca dando órdenes en alemán. Luego la gente se detuvo y sus rostros impersonales se transformaron en caras específicas. Algunos rezaban, otros, con voces entrecortadas, rogaban que se les permitiera quedarse en la estación.

Elie Wiesel lucía más joven y su aspecto eran tan frágil como el que hacia unos había visto. Un funcionario lo llamó y le exigió que le mostrase sus documentos. Observándolo con desdén, le dijo: –su vuelo saldrá un poco más tarde, señor–lo miró con simpatía–, si quiere puede ir a tomar un café o hacer unas compras antes de abordar el avión.

Elie Wiesel agradeció la cordialidad del funcionario. Otra vez mi imaginación hizo de los suyos y me pregunté de dónde vino la extraña idea de haber escuchado el chirrido del tren. Por supuesto, nadie rezaba sino que hablan desaforadamente. Todos ellos, simplemente, abordarían aviones o estaban allî para despedirse por un tiempo de sus seres queridos; nadie pretendía devolver a Elie Wiesel ni a nadie mucho menos a un viaje sin retorno hacia algún campo de la muerte.

Decidi concentrarme de nuevo en el libro para no distorsionar lo que ocurría a mi alrededor, pero pronto lo puse en mi bolso pues sabía que volvería a inventar una historia a lo que leía. Demasiadas acrobacias de mi imaginación para un dîa como éste, cuando necesito tener los pies bien aferrados al suelo aunque sea sobre uno que está sobre el cielo surcado por un avión.

Aproveché los pocos minutos que me quedaban  para llamar por teléfono a dos personas. Una amiga quien para nada me molestaría que fuese sólo una amiga y un amigo que para nada me molestaría que dejara de ser mi amigo. Pero en los aeropuertos nos sentimos muy solos–quizás por el exceso de gente–y llamamos a cualquier voz que pueda decir nuestro nombre, devolviéndonos la idea de individualidad.

Mientras conversaba sobre cuestiones que si aún no he olvidado, prometo muy pronto hacerlo, apareció de nuevo Elie Wiesel. Esta vez, exactamente en el teléfono más próximo al mío. Mi amigo seguía hablando al otro lado de la línea telefõnica, pero yo dejé de prestarle atención. Mi curiosidad era mucha y colgué el teléfono para acercarme a Míster Wiesel y escuchar su conversación.

De cerca, su rostro severo y su mirada melancólica inspiraban más afecto que lástima. Todo su cuerpo, pero en especial la suavidad d e su voz, delatan a Elie Wiesel como un hombre débil que se sabe débil y, por lo tanto, nos resulta percibir su gran fortaleza.

–Míster Wiesel, ¿con quién hablaba?

–Trataba de localizar a Aquel a quien se le ha pedido una explicación de por qué la evidencia de su existencia es insuficiente.

–¿Obtuvo una respuesta? — creí estar más cerca que nunca ante una revelación.

–Un ángel me atendió al teléfono (debí suponerlo, pues Elie Wiesel es gran amigo de los ángeles, a quienes ha mencionado muchas veces en sus ensayos sobre relatos y leyendas bíblicas). Me ha dicho, el ángel, que Él está ocupado. Hace mucho tiempo sostiene una discusión de alto nivel con Bertrand Russell.

Por supuesto, Elie Wiesel colgó el teléfono antes que yo y no hubo tal conversación entre nosotros (ya deberían conocerme y predecirme). Se marchó y de nuevo me dirigió una mirada amigable y supongo que hasta una sonrisa. Luego, dije adiós a mi amigo y me alejé de la caseta de teléfono, para caminar apurado hasta el avión.

Nunca más vuelvo a leer a Russell, o sobre Russell, antes de ir a un aeropuerto donde pueda encontrarme con Elie Wiesel.

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                      Bertrand Russell                                      Elie Wiesel

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“Too Much Imagination”

With gratitude and affection
to a sister advisor
Delisa Tanner

Bertrand Russell was a sceptic par excellence. Humanist to the deepest of his being, his passion, his passion to seek happiness in man as a frequent state led him to the depths of love, friendship, art and knowledge. But God was very much at the margin of his thoughts.

They say that once, at a social get-together, someone asked the philosopher what he would say if after his death he met God.

There is a long silence and many eyes are set on the bohemian figure of the white-haired man, who knows very well how much is expected from his answer.

Russell is thoughtful. The gears of his intellect move rapidly seeking an answer to the interesting challenge, because it is not honorable—especially for him—to answer something like “that is not well formulated.” I would be a little less cowardly, stupid, not to play with the possibility of a face to face encounter with God.

Soon the tension of that moment of reflection translated into applause (when one is famous, whatever stupidity is as well received as an original idea) How predictable we are!—Russell could be thinking—because is mind looks for an answer and at the same time directs anthropological glances around him.

In reality, I was only able to read through two paragraphs of a book that I brought to keep me company on the trip and while I was awaiting the boarding announcement, indifferent to what happened or not in the airport, I reread the anecdote about Russell. They say that once, at a social get-together, someone asked the philosopher what he would say if after his death he would meet God.

They say the philosopher hesitated and after the insistence of his inquisitor, answered: “God, why have you made the evidence of your existence turn out to be insufficient?”

What happens is that my imagination is not domesticated and continues to intrude among the lines of books. For that reason, I almost saw a Bertrand Russell, and I even invented a complete story in that moment. Therefore, I brusquely closed the book since it seemed to me embarrassing to create stories that were already created.

I tried to forget the scene with the old Russell with his white mane, who while he thinks of the promised answer, he realizes how predictable we are. Let’s see. What did Russell say: That there isn’t sufficient evidence for the existence of God, but I wonder if my very idealized Russell could be right.

With the closed book in my hands, my thoughts dissolved when I recognized the face of someone familiar. It was Elie Wiesel. The writer who constantly reminds of the crimes perpetrated by the Nazis, although unique in magnitude and inhumanity, repeat constantly, every day, in different places, before the indifference of the entire world. Wiesel, the prime mover of the meetings about the “Anatomy of Hatred” that led to him being recognized with the Nobel Peace Prize. He, survivor of the Holocaust, the long-suffering writer, was in front of me.

I looked at him with close attention as if each characteristic of his wrinkled face could reveal to me everything about him. One of my professors tells about the people who call him contemptuously “Mister Holocaust.” Not only for his insistence in keeping alive the voice of those who didn’t survive, but also because he seems to carry the world on his shoulders.

Although I didn’t see our chaotic world resting on the writer, I noticed his back, so what curved over, trying without success to throw off the invisible weight that his gaunt figure carried. It seemed to be at the defense against a physical attack.

I wanted to greet him, to tell him how much I admired him for being a survivor, proclaiming his condition in a world of survivors, incapable of being recognized. I believe that he looked at me and I believe that I greeted him with a slight movement of my head. I believe he didn’t notice.

He passed rapidly in front of me and then disappeared among the multitude of travelers, family members and friends, always seeming to be the same, when I am in an airport.

“I saw Elie Wiesel!” – I wanted to tell my acquaintances. Stupid pretentiousness: “I saw someone famous.” As if everything in this time was a question of extracting the personalities of television and shouting: “I saw him in flesh and blood.” Moreover, many people don’t even know who Elie Wiesel is and, moreover, he is also more bone than flesh, as if someone, I imagined knowing Although I didn’t see our chaotic planet set on the writer, I noticed how his back, a bit stooped, tried without success to rid itself of the invisible weight that his gaunt figure supports. I seemed to be defending against an improbable physical attack.

Elie Wiesel moved away into the tumult of those walking who bumped into each other, carrying their luggage. For a moment, contemplating him almost flattened by the multitude, fighting to dodge dozens of anxious and sweating people, I heard the squeal of train wheel and a course voice giving orders in German. Then the people stopped and their impersonal faces transformed into the faces of specific individuals. Some were praying, others with voices choked with emotion, begged that they be permitted to stay in the station.

I decided to concentrate again on the book to as not to distort what was occurring around me, but soon, I put it in my pocket, since I knew that once again I would invent a story upon what I read. To many acrobatics of my imagination for a day like this, when I need to have my feet well attached to the floor even if it on one that that is about the sky furrowed by a plane.

I took advantage of the few minutes that were left to call two people by telephone. A female friend with whom it would not bother me to remain only a friend and a male friend whom it would not bother me if he ceased being my friend. But in airports, we feel alone—perhaps because of the excess of people—and we call whatever voice that could say our name, returning to us the idea of individuality.

Elie Wiesel seemed younger and his appearance more fragile than that I had seen a few moments earlier. An official called to him and demanded his documents. Observing him with distain, he said to him—your flight will leave a little later, sir—he looked at him with sympathy–, if you wish, you can have a cup of coffee or do some shopping before boarding the aircraft.

Up close, his severe face and his melancholy gaze inspired more affection than pity. All his body, but especially the softness of his voice betrayed Elie Wiesel as a weak man who knew himself to be weak and, for that reason, made us perceive his fortitude.

While I was conversing about topics that if I haven’t yet forgotten, I promise to do so promptly, Elie Wiesel appeared again. This time, exactly in the telephone booth nearest to mine. My friend went on speaking on the other end of the telephone line, but I ceased paying attention. My curiosity was great, and I hung up the phone in order to move neared to Mister Wiesel and hear his conversation.

“I saw God and I asked him why the evidence for his existence is insufficient”—Bertrand Russell could boast. “ I saw Elie Wiesel and I didn’t ask him why the evidence was insufficient proof the Nazi era for many people insisting on negated the Holocaust{–O would insist on, but I didn’t.

“Mister Wiesel, with whom were you speaking?

“I was trying to locate That One whom had been asked and explanation for why the evidence is insufficient.

“Did you obtain an answer?” – I believed myself to be closer than ever to a revelation.

And an angel answered the telephone (I should have expected it, since Elie Wiesel is a great friend of the angels, whom he had mentioned many times in his essays about biblical stories and legends.) The angel has told me that He is busy. For a long time, he has been carrying out a high-level discussion with Bertrand Russell.

Of course, Elie Wiesel hung up the phone before I did, and there was no such conversation between us (all of you should know me and predict my behavior by now.) He left and once again he directed to me a friendly look, and I suppose even a smile. Then, I said goodbye to my friend, moved away from the telephone booth, to walk hurriedly toward the plane.

I never read Russell again, or about Russell, before going to an airport where I could meet Elie Wiesel.

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                            Bertrand Russell                              Elie Wiesel

 

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Translation from the Spanish by Stephen A. Sadow

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Rafael Eli (1952-2020) Empresario y cuentista judío-cubano-norteamericano/Cuban American Jewish Businessman and Short-story Writer — “Camino a Tierra Santa”/ “Journey to the Holy Land” — Realismo mágico/Magical Realism

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Rafael Eli

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Trabajé con Rafael Eli por un par de meses en 1994, cuando publiqué este cuento. Me impresionó muchísimo. Fue un víctima de COVID-19./

I worked with Rafael Eli for a couple of months in 1994 when I published this story. He made a great impression on me. He was a victim of COVID-19.

Steve Sadow

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Sobre Rafael Eli por Joseph Schram

El socio y director de operaciones de Schramm, Rafael Eli, perdió su batalla de cinco semanas con la neumonía por coronavirus hoy. Rafael es mi querido amigo y leal socio comercial, y, hasta que fue sedado hace aproximadamente dos semanas, nos habíamos comunicado todos los días durante 30 años. Contrajo el virus a mediados de marzo y, durante los últimos 18 días, ha estado bajo el cuidado del equipo médico dedicado en Mt. Hospital Sinaí en la ciudad de Nueva York. Rafael es conocido por nuestros socios comerciales como especialista en las áreas de marketing hispano, ventas de patrocinio y promoción del fútbol internacional. A menudo mencionaba alegremente su papel en la promoción exitosa de eventos de fútbol internacionales con entradas agotadas con equipos de clase mundial en el estadio Giants, MetLife y Citifield. Rafael también es conocido dentro de las comunidades de radio y televisión hispanas y ha sido el coproductor detrás de escena de la Cumbre Anual de Televisión Hispana, presentada durante los últimos 18 años por Broadcasting & Cable y Multichannel News. Disfrutó especialmente influir en la elección de los ganadores del premio de la Cumbre, en particular el talento de la televisión hispana y las celebridades con las que tuvo una relación personal, como la presentadora de programas de entrevistas Cristina Saralegui, el presentador deportivo Andrés Cantor, los presentadores de noticias José Díaz Balart y Jorge Ramos, por nombrar algunos. Hace unos 10 años, aprovechó estas relaciones personales con personalidades destacadas de radio y televisión para llevar a cabo con éxito una campaña pro bono en español, en los medios de comunicación de masas para alentar la donación de órganos en nombre de Matchingdonors.com Rafael se benefició personalmente de esta campaña cuando él mismo se convirtió en el receptor de un riñón de un donante vivo. Antes de convertirse en socio de Schramm, Rafael trabajó en ventas de distribución de contenido para ABC Radio y anteriormente en marketing hispano para AT&T. Mientras estaba en ABC y en AT&T, hizo amigos para toda la vida dentro del personal, en sus agencias de publicidad hispanas y entre muchos en la industria de medios hispanos. AT&T también le brindó la oportunidad de desempeñar un papel influyente para ayudar a la compañía a asegurar su patrocinio a largo plazo de Major League Soccer (MLS). Estaba especialmente emocionado de hacer un discurso bilingüe en el evento de “lanzamiento” de la liga de fútbol en la ciudad de Nueva York. También ha disfrutado sus actividades con el capítulo de Nueva York del American Jewish Committee (AJC) donde ha hecho muchos amigos. Se sintió honrado de haber servido como miembro de su junta capitular. Estaba particularmente orgulloso de un evento especial que había organizado en la Sociedad Histórica de Nueva York, que asoció una exhibición de México con el cónsul mexicano en Nueva York y con el apoyo del AJC. Rafael también disfrutó de los perezosos días de verano en Fire Island, leyendo, buscando libros antiguos en la librería Strand, viajes internacionales, aprendiendo idiomas extranjeros, hablando de historia, compartiendo datos interesantes sobre el judaísmo y la cultura judía, compartiendo historias sobre su infancia en La Habana, asistiendo películas, compartir chistes de colores, escribir ficción en español, asistiendo a espectáculos de Broadway, realizando viajes espirituales a Brasil, compartiendo sus puntos de vista sobre espiritualidad y desarrollo personal, y fotografía. El legado que nos deja son la multitud de fotos que ha tomado. Quizás, lo que más disfrutó Rafael fue estar con otros. Me encantaron las conversaciones interesantes y conocer otros puntos de vista. Daría seguimiento y se mantendría en comunicación con muchas personas que conoció a través de negocios, voluntariado, familia o sus intereses personales. Como resultado, Rafael Eli es un hombre con muchos amigos. Además de sus muchos amigos, Rafael tiene una hermana, Myriam Eli, un cuñado Joe Zeytoonian de Margate, Florida, así como muchos familiares en su natal Cuba, Florida, Nueva York, Israel y España. Rafael también es miembro “oficial” de ambos lados de mi propia familia Schramm-Bruce. Para terminar, Rafael es un amigo leal y querido que siempre nos alentó a ambos a tratar a los demás con amabilidad (incluso cuando era más fácil no hacerlo), a realizar negocios con integridad, a ser mentores, alentar y ser pacientes con los empleados y entre sí (lo cual tendría sus desafíos), y estar entusiasmado con el futuro. Es cierto que es difícil para la familia de Schramm Marketing Group, tanto actual como pasada, imaginar el futuro sin Rafael. Extrañaré especialmente a mi aliado cercano y reconozco que las amistades cercanas como la que tengo con Rafael son un bien raro en la vida.

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About Rafael Eli by Joseph Schramm

Schramm partner and COO, Rafael Eli lost his five-week battle with coronavirus pneumonia today. Rafael is my beloved friend and loyal business partner, and, until he was sedated about two weeks ago, we had communicated every day for 30 years. He contracted the virus in mid-March and, for the past 18 days, has been under the care of the dedicated medical team at Mt. Sinai Hospital in New York City. Rafael is known to our business associates as a specialist in the areas of Hispanic marketing, sponsorship sales and the promotion of international soccer. He would often gleefully mention his role in successfully promoting sold-out international soccer events featuring world-class teams at Giants Stadium, MetLife and Citifield. Rafael is also well-known within the Hispanic television and radio communities and has been the behind-the-scenes co-producer of the annual Hispanic Television Summit, presented for the past 18 years by Broadcasting & Cable and Multichannel News. He especially enjoyed influencing the choice of the Summit’s award recipients, notably Hispanic TV talent and celebrities with whom he had a personal relationship including talk-show host Cristina Saralegui, sportscaster Andrés Cantor, news anchors Jose Diaz Balart, and Jorge Ramos to name a few. About 10 years ago, he leveraged these personal relationships with noted on-air radio and TV personalities to successfully conduct a pro-bono Spanish language, mass media campaign to encourage organ donation on behalf of Matchingdonors.com  Rafael benefited personally from this campaign when he himself became the recipient of a kidney from a live donor. Prior to becoming a partner at Schramm, Rafael was employed in content distribution sales for ABC Radio, and earlier in Hispanic marketing for AT&T. While at ABC and at AT&T, he made life-long friends within the staff, at their Hispanic advertising agencies and among many in the Hispanic media industry. AT&T also afforded him an opportunity to play an influential role in helping the company secure its long-running sponsorship of Major League Soccer (MLS). He was especially excited to make a bilingual speech at the soccer league’s “launch” event in New York City. He has also enjoyed his activities with the New York chapter of the American Jewish Committee (AJC) where he has made many friends. He was honored to have served as a member of its chapter board. He was particularly proud of a special event that he had orchestrated at the New-York Historical Society that partnered an exhibit from Mexico with the Mexican consul to New York and with the support of the AJC. Rafael also enjoyed lazy summer days on Fire Island, reading, hunting through old books at the Strand Bookstore, international travel, learning foreign languages, talking about history, sharing interesting facts about Judaism and Jewish culture, sharing stories about his childhood in Havana, attending movies, sharing off-color jokes, writing fiction in Spanish, attending Broadway shows, going on spiritual journeys to Brazil, sharing his views of spiritualty and personal development, and photography. The legacy he leaves us are the multitude of photos he has taken. Perhaps, what Rafael enjoyed the most, was being with others. He loved interesting conversations and getting to know other points of view. He would follow up and stay in communication with many people he met through business, volunteerism, family, or his personal interests. As a result, Rafael Eli is a man with many friends. In addition to his many friends, Rafael has a sister Myriam Eli, a brother-in-law Joe Zeytoonian of Margate, Florida as well as many relatives in his native Cuba, Florida, New York, Israel and Spain. Rafael is also an “official” member of both sides of my own Schramm-Bruce family.  In closing, Rafael is a loyal and beloved friend who always encouraged us both to treat others with kindness (even when it was easier not to), to conduct business with integrity, to mentor, encourage and be patient with employees and each other (which would have its challenges), and to be enthusiastic about the future. Admittedly, it is difficult for the Schramm Marketing Group family, both current and past, to imagine the future without Rafael. I will especially miss my close ally and I recognize that close friendships like the one I have with Rafael are a rare commodity in life.

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Camino a la Tierra Santa

por Rafael Eli

A mi abuelo Abraham Mowszwicz (1884-1991), y a sus cuentos.

Nunca olvidaré aquellos tiempos en los años treinta. Aunque éramos pobres, vivíamos sumidos en el aire de magia que habitaba nuestras vidas, transmutando nuestra pobreza y ayudándonos a soportarla. Debido a esos de lo que somos ahora que tenemos carros último modelo y casa en una isla privada en Miami Beach. Sin embargo, aquel mundo, donde lo supernatural cohabitaba con lo trivial, dejó de existir desde el momento en que el abuelo nos dejó para siempre.

Lo que más recuerdo y añoro de aquella década, son las mañanas cuando perseguía en su trayectoria al Parque Central de la Habana, sin que él diera cuenta. Cuando llegábamos, el abuelo se sentaba en un banquito debajo del almendro, frente al Capitolio, y comenzaba a relatar cuentos inverosímiles, mientras yo me escondía sobre la multitud que rápidamente se aglomeraba.

Su favorito era aquel que comenzaba con la anunciada muerte de su propio abuelo que, si vamos a creerle, había expirado a la bíblica edad de 150 años aunque, a veces se contradecía al contarnos que andaba vivo por el mundo haciendo las suyas. Le fascinaba contarlo más que nada porque esperaba él también a vivir dos vidas en una, y cuando la gente se impresionaba con que le faltasen sólo tres años para el centenario, se moría de risa, mostrando los pocos dientes carcomidos que les quedaban.

Si se encuentra con algún incrédulo, procedía a insultarlo en dialectos de idiomas oriundos desde la Rusia esteparia al oeste del Volga hasta la planicie de Varsovia para no le comprendiesen, deseándoles enfermedades ya desconocidas en sociedades avanzadas como el cólera y el tifus. Pero si disgustaba con lo que consideraba una concurrencia de ignorantes y cretinos, primero los mandaba a todos al carajo, en su castellano bastardazado  y después se ponía a recitar las oraciones religiosas de la mañana en hebreo, como si estuviera en la sinagoga y la gente lo estudiaba como si fuera un fenómeno o un loco.

Cuando esto sucedía, yo por mi parte, echaba a la gente a un lado y me le sentaba a sus pies. El me castigaba con la palabra usual de: “Moishele, ¿por qué no estás en la escuela?”, yo le decía: “Abuelo, mami me pidió que te llevara a casa ahora mismo. Dice que vas a achicharrar con el sol, pero si me compras un helado de mamey, le haré un cuento de que lo pasaste en el centro sionista jugando dominó “. Invariablemente, en ese instante, el abuelo me sonaba un manotazo por mentiroso que me mandaba a volar y que la gente aplaudía por el espectáculo. El abuelo se levantaba y se inclinaba dándole las gracias a su público y en eso continuaba el cuento del día.

Obviamente, lo que relataba había sucedido en otro continente y posiblemente hasta en un siglo ajeno al nuestro. El abuelo del abuelo simplemente había decidido que sólo le quedaban exactamente un mes, una semana, tres días y unas pocas horas de vida, y ordenó a sus hijos legítimos y demás, nietos, bisnietos y tataranietos hasta la infinidad para despedirse de todos, uno por uno.

La noticia se había regado rápidamente por toda la comarca y habían tenido que enviar jinetes a galope a las ciudades cercanas para notificar, a través de telegramas, a los parientes que le habían ausentado de la región y hasta del país en busca de mejores oportunidades. La procesión había tomado semanas durante las cuales el pueblo se había convertido en un festival carnavalesca llena de familiares y oportunistas que los seguían por los caminos.

Por las calles del pueblo terminaron por pasearse zíngaros errantes listos a leerle a uno a su fortuna a medio kópek, tártaros de la Crimea buscando compradores para sus sementales y cosacos que bailaban en las calles al son del acordeón. Por otra parte, los campesinos judíos, polacos y ukranianos en pos de vender sus productos agrícolas se mezclaban en oradores prediciendo del fin del mundo y vendedores de botellitas llenas de agua del río Jordán para protección contra los malos espíritus.

La gente terminaba por dormir en las calles, en los campos y hasta en las carreteras. Pero una vez que diez campesinos venido del Cáucaso ultrajaron dos veces cada uno a Rajil, la mujer del carnicero, quedó el pánico sembrado en la población. Las mujeres se atemorizaron y únicamente salían acompañado por sus padres, hermanos o esposos y sólo de día, pues de noche, las prostitutas venidas de Odessa se acostaban debajo de los árboles y hasta en las aceras donde había casi pisarlas para poder pasar.

La noticia del caos que esto le estaba causando a las regiones colindantes con las provincias polacas , llegaron a los oídos del Zar en San Petersburgo. El Zar decidió enviar uno de sus batallones para restablecer el orden y controlar aquella algarabía que aparentaba poner en peligro la paz del reino. Sin embargo, al acercarse el primer pelotón a pocas millas del pueblo, los soldados quedaron entontecidos, se podía decir que hasta hipnotizados por una fuerte niebla de aromas que provenía del poblado.

Los valles cercanos habían quedado invadidos por olores a strudels de manzana con canela, a sopas de kneidlach y de borscht, a enormes kugels de tallarines repletos de ciruelas pasas, kasha varnishkes, a panes de huevo rellenos de frutas secas y cubiertos con azúcar y a montones de otros exquisitos platos en proceso de ser preparados para la gran cena antes de la caída del sol, ya que el próximo día sería Yom Kipur, el día de ayunas en el cual los judíos le piden perdón a Dios por todos los pecados cometidos en el año.

Los soldados perdieron conciencia de sus órdenes y entraron al pueblo muertos de hambre. Forzaron a los moradores a que los alimentaran para finalmente juntarse con chusma que se había apoderado de las calles y celebrar, orgiásticamente a la rusa, después del gran banquete con vodka y sexo. El pueblo había tomado matices de Sodoma y Gomorra y los judíos se lamentaban, no sólo porque les habían contaminado el día más sagrado del año, sino porque no habían podido comer antes de la caída del sol y tendrán que esperar hasta el final del próximo día, como lo ordenaba la ley sagrada. Desafortunadamente, muchos ni llegaron a ver la salida del sol.

Al llegar a esta parte del cuento, el abuelo siempre comenzaba a temblequear y entre sollozos le contaba a la muchedumbre emocionada cómo había presenciado el descuartizamiento de su abuelo por los soldados de zar que, de orgía sexual, habían pasado a una matanza desenfrenada. El abuelo se había escondido junto con su madre en un escaparate y desde ahí, había escuchado los gritos de los familiares que rodeaban a su abuelo para protegerlo de la ira de la soldadesca. Por su parte, el abuelo del abuelo no moría, a pesar de lo que estaban despedazando y se reía a carcajadas de los desconcertados soldados. Finalmente, el abuelo vio cómo se llevaron a su abuelo todavía vivo, que ya sólo venía a ser un ensangrentado torso con cabeza. Poco después tuvo que salir del escondite debido al calor y al humo y, al caer en cuenta que el pueblo entero estaba en llamas, se dio a la fuga, junto con su madre, hacia los campos de trigo.

Nunca se supo si el abuelo del abuelo falleció antes de su tiempo o si sobrevivió aquel abuso, pues nunca se recobró lo que quedaba de su cuerpo. Por su parte, los ciento y tanto familiares sobrevivientes de la masacre se reunieron en las afueras del pueblo arrasado y decidieron que era hora de marcharse de aquella tierra inhóspita. La búsqueda por un refugio había comenzado una vez más y no podían ponerse de acuerdo si debían marcharse a Palestina o a los EEUU. Por otra parte, algunos querían ir a donde la prima Rebeca que vivía en Londres. Otros preferían Sur África porque había oportunidades para inmigrantes como mencionaba el tío Mendl en sus cartas. Al fin y al cabo, como muertos de hambre que eran, terminaron por andar a pie en dirección a Varsovia, donde vivía el primo Jaím, que se había vuelto rico con la venta de pieles.

En Varsovia, el primo Jaím, con tal de salirse de la parentela que le había invadido la vida de ricachón, recorrió desesperado todas las embajadas extranjeras hasta se enteró que la República de Cuba acababa de abrir su embajada en la calle Tlomatska. El embajador quedó impresionado por el primo Jaím no sólo por ser la primera persona que visitara el recinto sino, más que nada las grandes cantidades de dinero que le ofreció con tal de salirse de aquel gentío que lo esperaba apiñado afuera de lo que había sido en un tiempo una mansión de Conde Vranitsky. Con las visas en las manos, los llevó a todos a la estación de trenes y los mandó en dirección de París y rumbo al Caribe con tal de nunca verlos más. Pero la vida tiene sus cosas y, años más tarde, después de la Segunda Guerra, se nos apareció el primo Jaím en La Habana muerto de hambre y pidiéndonos de comer y donde dormir.

Yo siempre escuchaba al abuelo embobecido hasta llegar al punto en que llegaba el tren a París, pues, hasta ahí, siempre relataba con variaciones como si contara un nuevo cuento. Pero de ahí en adelante, ya yo me lo sabía de memoria y me iba camino a la escuela.

Una vez que llegaba a París, contaba sobre la primera vez que había visto un negro y cómo éste le había vendido una banana y le había indicado que se comía con cáscara y todo. Sin embargo, nunca explicaba cómo había logrado entenderse con supuesto vendedor de bananas. Después de aquello, su cuento deterioraba y ya para cuando el barco se adentraba por la bahía de La Habana, la gente aburrida se disipaba dejándolo solo en un banquito hasta que mamá lo recogió a la hora del almuerzo.

En los años cincuenta, mucho después de su centenario y también mucho después que dejara de dar sus peroratas frente al Capitolio, todavía la gente hablaba de aquel viejo polaco cuentista y hasta llegaron a mencionarlo en un artículo en una edición de la revista Bohemia del año 52 que trataba sobre los personajes curiosos que rondaban por las calles de la capital como, el Caballero de París, que era el más famoso, y otros que se distinguían por sus locuras y peculiaridades.

Ya por aquel entonces, medio ciego y casi sin poder caminar, se pasaba el día contándonos en casa sus cuentos aunque no quisiéramos escucharlos. “La gente del pueblo se había cansado de los abusos de los rusos y también del frío”, nos decía mientras se quejaba del calor habanero y hasta de los negros y sus timbales que se oían diariamente. Otros días convertía a la Rusia que lo había oprimido en un lugar mitológico inigualable donde las manzanas eran del tamaño de coliflores, las casas eran palacios y la nieve era una maravilla.

Hacia finales del año 58, cuando el sudor del abuelo empezó a oler a violetas gensianas, supimos que se nos iba. Cuando mamá lo encontró una noche flotando en sueños con el cuerpo a pocas pulgadas del techo mientras cantaba en ruso: “Volga, Volga. . .”, me llamó para que le ayudara a bajarlo. Le pedimos una escalera a Fefa, la vecina, y lo bajamos y mamá decidió atarlo de ahí en adelante a los postes de la cama.

A la semana, me lo encontré lloriqueando y me dijo: “Moishele, suéltame, que Dios ha venido a buscar para que yo viaje con él a Jerusalem y así, morir para que me entierren en el Monte de los Olivos y no tener que viajar mucho cuando llegue el Mesías. “Sí, mi zeide”, le dije mientras una lágrima me corría por la mejilla y le pedía que me enviara alguna señal que me dejara saber si por fin había muerto o si su alma todavía rondaba perdida por la tierra.

La zafé las amarras y se elevó saliendo por la puerta del balcón y se siguió elevando hasta que quedó flotando junto sobre La Habana Vieja. La voz se regó como fuego y todo el vecindario se tiró para la calle, la gente colgaba de los balcones, y hasta el tráfico se detuvo a lo largo de los muelles. La gente lo miraba azorada, unos se santiguaban, otros se despojaban con pañuelos blancos. Cuando alguien gritó, “Es la reencarnación del diablo”, el gentío se echó a correr despavorido pero en eso, el abuelo, con su acento de ruso y en una voz que retumbó por toda la ciudad como el bombazo de las nueve, donde allá arriba le dirigió la palabra a Alejandrina, que era la muchacha que nos limpiaba la casa y me cuidaba los niños y le dijo: “Jalendrine, de aquí veo la mantziclet de Myriamke en el tzolar de la etzquine” y caímos en la cuenta que se refería a la bicicleta de mi niña Myriam, que había desaparecido en el solar de la esquina.

Aunque la gente no entendía lo que había dicho, el vozarrón hizo que se detuvieron. En eso, le notaron el aura que se lo rodeaba, reconocieron la mano de Dios en lo que sucedía y comenzaron a gritar: “El polaco es un santo, por amor de María Santísima”. Todo aquello culminó en procesiones religiosas. Los curas sacaron a las vírgenes de las iglesias y dicen que al otro lado de la bahía, los negros celebraron un sendo bembé bajo la enorme estatua del Cristo Rey. A medianos del próximo día, comenzó un viento huracanado que se llevaba el abuelo hacia el este. La gente decía que iba en dirección de Guanabacoa pero nosotros sabíamos cuál sería su destinación final.

Aquello fue apoteósico. Desde 1909, el año en el cual pasó el cometa Halley por La Habana y enterraron al célebre chulo Yarini, no acontecía algo semejante al revuelo que deja opacada la entrada de los barbudos en la ciudad pocos días después.

Hoy día, cuando me viene el abuelo a la mente, pienso que tuvo suerte al escaparse de un entierro mecanizado como los que se llevan a cabo aquí donde, después que lo meten a uno en la fosa y justo antes de que haya terminado el rabino de leer las oraciones, le cubren a uno el ataúd con un plancha de cemento depositada por una grúa. De esa prisión hermética más nunca lograría salir el abuelo para encontrarse con su creador en Jerusalem en el día de la redención de Israel. Y es por eso me alegro de que el abuelo no haya llegado a vivir hasta la bíblica edad de 150 años aunque, a veces tengo mis dudas cuando me pregunto si no se habrá desviado en camino a la Tierra Santa para seguir relatando sus cuentos.

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Journey to the Holy Land

by Rafael Eli

To my grandfather Abraham Mowszwicz (1884-1991), and his stories.

I will never forget those times in the thirties. Although we were poor we lived immersed in the air of magic that inhabited our lives, transmuting our poverty and helping us tolerate it. Owing to who we are now that we have the newest model cars and a house on a private island in Miami Beach. Nevertheless, that world, where the supernatural cohabited with the trivial, ceased to exist that moment that our grandfather left us forever.

What I most remember and miss from that decade, are the mornings when I pursued him in his trajectory to the Central Park of Havana, without his knowing it. When we arrived, grandfather sat on a bench below the almond tree, in front of the Capitolio building and began to tell implausible stories, while I hid within the mass of people who rapidly came together.

His favorite was that one that began with the heralded death of his own grandfather, who, if we were to believe him, had expired at the biblical age of 150 years old, although, at times, he contradicted himself, telling us that he was still alive in the world and busy. It fascinated him to tell it especially because he also expected to live two lives in one, and when people understood that he was three years short of his centenary, they died of laughter, showing the few rotted teeth they had left.

If he encountered someone incredulous, he proceeded to insult him in dialects of languages native from the Russian steppes west of the Volga to the plains of Warsaw, so that they didn’t understand, wishing on them diseases not yet known in advanced societies, such as cholera and typhus.  But if he was disgusted with a those he considered an audience of uneducated and cretins, first he told them to go to hell in a bastardized Spanish, and then he began to recite, in Hebrew, the morning religious prayers, as if he were in the synagogue and the people looked at him as if he were a phenomenon or crazy.

When this happened, I, for my part, pushed the people to one side and I sat at his feet. He castigated me with the usual words: “Moishele, why aren’t you in school?” And I said to him, “Mami asked me to bring you home right away. She says that you are going to burn to a crisp in the sun, but if you buy me a mamey ice cream, I will tell her that you passed the time in the Zionist Center, playing dominoes.” Invariably, in this instant, my grandfather made my head ring with a slap for lying, that sent me flying and that the people applauded for the spectacle of it.

Obviously, what he was telling had happened in another continent and possibly in a century unconnected with ours. The grandfather of my grandfather had simply decided that only exactly a month, a week, three days and a few days of life were left to him, and he ordered his children, legitimate and others, grandchildren, great-grandchildren and great-great grandchildren endlessly to say goodbye to all, one by one.

The notice had rapidly washed through the entire region, and they had had to send riders at a gallop to nearby cities to notify, by telegrams, those relatives who had left the region and even the country in search of better opportunities. The procession had taken weeks during which the town had been converted into a carnival-like festival full of relatives and opportunists who followed them on the roads.

On the streets of the town ended up errant gypsies, ready to read your fortune for half a kopek. Tartars from the Crimea, buyers for their stud farms, and Cossacks who danced in the street to the sound of the accordion. Also, the Jewish, Polish and Ukrainian peasants, in pursuit of selling their agricultural products, mixed with orators predicting the end of the world and salesmen of little bottles full of water of the Jordan River for protection against evil spirits.

The people ended up by sleeping in the streets, in the fields and even in the main roads. But once, when ten campesinos coming from the Caucuses twice each raped Rajil, the wife of the butcher, panic was sown in the population. The women were terrified and only went out, accompanied by their fathers, brothers or husbands and only by day, since at night, the prostitutes who came from Odessa slept below the trees and even on the sidewalks where it was necessary to nearly step on them to be able to pass.

The news of the chaos that all this was causing to the regions bordering on the Polish provinces reached the ears of the Tsar in St. Petersburg. The Tsar decided to send one of his battalions to reestablish order and control that commotion that seemed to endanger the peace of the realm. Nevertheless, on the first platoon’s approaching a few miles from the town, the soldiers became stupefied, it could be said almost hypnotized by a strong mist of aromas coming from the village.

The nearby valleys had stayed invaded by the smell of apple strudels with vanilla, soups of kneidlach and of borscht, kasha varnishkes, enormous noodle kugels over-filled with dried cherries, egg breads filled with dried fruit and covered with sugar and mountains of exquisite dishes in process of being prepared for the grand supper before sundown, since the next day would be Yom Kippur, the day of fasting in which the Jews ask God’s pardon for all the sins committed in that year.

The soldiers lost conscious of their orders and, dying of hunger, entered the town. They forced the inhabitants to feed them in order to finally pair up with the rabble that had taken over the streets and celebrate, orgiastically in the Russian style, after the banquet, with vodka and sex. The town had taken on shades of Sodom and Gomorra, and the Jews lamented, not only because the most sacred day of the year had been contaminated, but because they hadn’t been able to eat before sundown, and therefore they would have to wait until the end of the next day to eat once again, as the sacred law so ordered. Unfortunately, many didn’t live to see the dawn.

Arriving at this part of the story, grandfather always began to tremble and between sobs told the deeply moved crowd how he had witnessed the dismemberment of his grandfather by the soldiers of the Tsar who, from a sexual orgy had moved on to an uncontrolled killing spree. Grandfather had hidden with his mother in a closet and from there, had heard the shouts of his relatives who had surrounded their grandfather to project him from the anger of the army rabble. For his part, the grandfather of my grandfather didn’t die, despite that they were cutting him to pieces and laughed scoffingly at the disconcerted soldiers. Finally, grandfather saw how they carried his grandfather, still alive, now become a bloody torso with a head. Shortly thereafter, my grandfather had to leave the closet because of the heat and smoke, and realizing that the entire town was in flames, began to flee, with his mother, toward the fields of grain.

It was never known if the grandfather of my grandfather died before his time or he survived that abuse, as what was left of his body was never recovered. For their part, the hundred or so surviving relatives of the massacre met at the outskirts of the destroyed town and decided that it was time to leave that inhospitable land. The search for a refuge had begun once more, and they couldn’t come to an agreement is they ought to leave for Palestine or the US. On the other hand, some wanted to go to cousin Rebeca who lived in London. Others preferred South Africa because there were opportunities for immigrants, as Uncle Mendl mentioned in his letters. Finally, dying of hunger as they were, they ended up by walking in the direction of Warsaw, where cousin Chaim, who had become rich, dealing in furs, lived.

In Warsaw, cousin Chaim, with the intention of getting away from the relatives that had invaded his life as a man who was loaded, desperately checked all the foreign embassies until he learned that the Republic of Cuba had just opened its embassy on Tlomatska Street. The ambassador was impressed by cousin Chaim, not only for being the first person who visited the place, but, more than anything, for the great quantities of money that he offered to get rid of those people who were waiting for him crammed in the stairs of what had been in its time the mansion of Count Vranitsky. The visas in their hands, he brought all of them to the train station and sent them toward Paris on route to the Caribbean, with the idea of never see them again. And years later, after the Second World War, cousin Chaim appeared in Havana, dying of hunger and asking us for food and a place to sleep.

I always heard my silly grandfather he got to the point when the train arrived in Paris, since, from then on, he always told the story with variations as if he were telling a new story. But from there on, I already knew it by heart and I went on to school.

Once he arrived in Paris, he told about the first time he had seen a black man who had sold him a banana and had indicated to him that you ate it peel and all. Nevertheless, he never explained how he had been able to communicate with the supposed banana salesman. After that, his story deteriorated and already when the ship entered Havana bay, the bored people dissipated leaving him alone on a bench until his mama collected him at lunch hour.

In the fifties, much after his centenary and also long after he gave his boring speeches at the Capitolio building, the people still spoke about that old Polish story teller and he was mentioned in an edition of the Bohemia magazine of 1952 that dealt with curious persons who wandered about the streets of the capital like, the Gentleman of Paris, who was the most famous, and others who distinguished themselves by their craziness and peculiarities.

And in those days, half blind and almost without the ability to walk, he passed his days, telling his stories at home, although we didn’t want to hear them. “The people of the town had tired of the Russian abuses and also of the cold,” he told us while he complained about the heat in Havana and even the blacks and their timbales heard daily. Other days he converted the Russia that oppressed him, into a mythological place where the apples were the size melons and the snow was a marvel.

Toward the end of 1958, when grandfather’s sweat began to smell like ginseng violets, we knew that he was leaving us. One night, when mama found him floating on dreams with his body a few inches under the ceiling, while he sang in Russian: “Volga, Volga…,” she called over me to help her bring him down. We asked our neighbor Fefa, for a ladder and we lowered him and tied him from then on to his bedposts.

A week later, I found him sobbing, and he told me: “Moishele, untie me, since God has come to seek me so that I travel with him to Jerusalem and so, to die so that they bury me on the Mount of Olives and I won’t have to travel far when the Messiah comes.” “Yes, my zeide,” I said to him while a tear ran down my cheek and I asked that he give me some sort of signal to let me know that he finally had died or if his soul was still wandering lost on earth.

I let go his moorings and he rose leaving by the balcony door and kept rising until he was floating just above La Habana Vieja. His voice broke out like fire and all the neighborhood rushed to the street, people hung from the balconies, and even the traffic stopped along the docks. Astonished, people looked at him; some crossed themselves, others said goodbye with white handkerchiefs. When someone yelled” “He’s the reincarnation of the devil,” the crowd began to run terrified, but to that, the grandfather, with his Russian accent, that reverberated through the entire city like the nine o’clock shotblast, from high above, he directed his words to Alejandrina, who was the girl who cleaned our hour and took care of the children, and he said to her: “Jalendrine, I see from here the mantziclet of Myriamke in the tzolar de la etzquine”, and we understood that he was referring to the bicycle of my daughter Myriam, that had disappeared in the grassy spot on the corner.

Although the people didn’t understand what he had said, the huge voice made them stop short. Then, they noticed the aura that surrounded him, recognized the hand of God in what was happening and began to shout: “The Pole is a saint, for the love of Maria, the Most Holy.” That all ended in religious processions. The priests took the Virgins out of the churches and it was said that at the other side of the bay the blacks celebrated a sendo bembe festival under the enormous statue of Christ, the King. At the middle of the next day, a hurricane wind came up that carried grandfather to the east. The people said he was going in the direction of Guanabacoa, but we knew where would be his final destination.

That was awesome. Since 1909, the year in which Halley’s Comet passed over Havana and they buried the famous pimp, Yarini, nothing had happened similar to the commotion that almost made overshadowed the entrance to the city of the bearded men a few days later.

These days, when I think of my grandfather, I think that he had the good fortune to escape a mechanized burial like those that take place here where, after they  had put someone in the grave and just before the rabbi had finished reading the prayers, they cover someone’s casket with a sheet of cement deposited by a crane. From this hermetic prison, never more would the grandfather been able to leave to meet with his Creator in Jerusalem on the Day of Redemption of Israel. And for that, I am pleased the grandfather had not reached 150 years old, although, at times I have my doubts when I wonder if he hadn’t wandered off on the way to the Holy Land so that he could go on telling his stories.

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Published in Spanish in: Brújula/Compass 21. New York: Latin American Writers Institute. Edited by Isaac Goldemberg and Stephen A, Sadow. Invierno/Winter, 1994, pp. 30-31.

Translation into English by Stephen A. Sadow

Paula Varsavsky — Novelista, cuentista y traductora judío-argentina/Argentine Jewish Novelist, Short-story Writer and Translator — “Cúpula dorada” “Golden Dome”

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Paula Varsavsky

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“Cúpula Dorada”

No bien vi la cúpula dorada que se asomaba por encima de la Ciudad Vieja, lo supe: mi abuela nos había regalado un juego con piezas de madera para armar la Ciudad Vieja de Jerusalén.

Lo armamos decenas de veces en un cuarto de la casa de mis abuelos en la Avenida Libertador. El departamento al que yo hubiese querido mudar, sin mi abuela Elsa, claro. Muchas veces le preguntaba qué tal si nos cambiaba de casa, nosotros íbamos a vivir allí y ella a la nuestra. El cuarto donde armábamos la Ciudad Vieja era el que había sido de mi tía. Teníamos las piezas guardadas n una caja y había también una lámina que poníamos debajo. Debía indicar dónde iba cada parte. También traía las murallas.

Yo no sabía nada sobre Israel y muy poco sobre el judaísmo. Mi hermano y yo lo amábamos. Siempre jaqueada por la mirada inquisidora de mi hermano que me decía que pronunciaba mal las palabras o me preguntaba datos que yo jamás sabía contestar. Me llevaba cinco años. Y digo que me llevaba porque ahora no me lleva años y yo tampoco a él. A partir que se fue a vivir a China, no supe más de su vida y de eso va ya diez años. Que se fue a China, sí, suena a un chiste pero es verdad. Allí parece que se casó con una china inclusive. Nada extraño, ya que hay tantas. Aquí también hay chinitas, no sé para qué se fue a buscarla tan lejos, decía un amigo de mi mamá.

“Israel es como un pedacito”, me dijo una vez mi abuela. Señalaba una franja del tapizada del auto de ellos. Le decían el automóvil. Yo pensaba en su batimóvil. “Y los árabes tienen todo esto”, pasó la mano por el resto del tapizado del auto. La debo hacer mirada con cara de qué me importa. Para mí, eso no tenía ningún significado. Mis padres nunca me habían hablado de Israel. Mi abuela siempre intentaba inculcarme algo que yo evitaba todo lo podía. Insistía tanto que yo no sabía de qué hablaba, lo único que me rogaba internamente era que no insistiera más.

Mi abuela comentaba que mi tía había ido a Israel, pero no había entendía nada. Se lo había pasado planchando camisas en un kibutz. Una vez también me dijo que nos había hecho socios del Club Hebraica. No recuerdo haber ido, creo que alguna vez vi un carnet de ese club mientras revolvía los cajones del escritorio de mi hermano. Los papeles bajaban y subían mezclados con lapiceras, revistas pornográficas y cables. Después mi abuela me aclaró que seguramente, mamá no había seguido pagando las cuotas.

Algunos años festejamos Año Nuevo Judío, comíamos guefilte fish, un budín hecho de tres pescados, rodeado de gelatina de pescado con zanahorias y pedacitos de perejil adentro. Después venía la sopa con bolas de matzah; por último, pollo al horno con papas y batatas. Cenábamos en el comedor de la casa de mis abuelos. Tenía que ir bien vestida. Cuando llegaba, mi abuelo, con sus bigotes y sus anteojos, me decía, “Cada vez estás más linda”.

Las cenas eran tensas; por lo general, terminaban en irremediables ofensas entre mamá y la abuela. Elsa relataba en detalle su periplo por las pescaderías en busca de los pescados adecuados para la preparación de la comida. Se refería a la consistencia de cada uno, y cómo se combinaban, a cómo reemplazaban en Buenos Aires los que habían usado en Ucrania. También contaba sobre la búsqueda de jrein, compañero infaltable del guefilte fish.  Siempre nos avisaba que era picante. A mi hermano y a mí nos ponían grandes vasos de agua que miraban con deprecio. Según mis abuelos, hacía mal tomar tanta agua durante las comidas. Eran situaciones a las que nadie entendía cómo se llegaba, y menos aún, cómo se salía de ella. A veces se interrumpían por la mitad, a veces en el segundo plato. No sé qué había de postre, no creo que llegáramos.

El comedor era grande, con puertas corredizas. En una de las paredes tenía un empapelado de fondo gris donde aparecía dibujada, en forma mu sutil, una gran cena. Mi abuela Elsa lo explicaba para quienes no entendían o no veían. Había una amplia mesa de color caoba y sillas estilo inglés. Las cortinas eran de una seda gruesa color azul claro. Todo relucía. Primero nos sentábamos un rato en el living a conversar. En algún momento, Elsa anunciaba que teníamos que pasar al comedor. Había otros invitados, parientes o amigos de mis abuelos. Mi abuela tenía muchos hermanos, era a la menor de once, había nacido cuando su madre tenía cuarenta y siete años. Desde Rusia habían ido a la provincia de San Juan. Algunos todavía vivían allí: Abrasha, Menasha, Liuba, Sasha y otros más.

Para mí, el ruso era un idioma judío, lo mismo que los barenikes de guindas de papas. Mi abuela amaba el ruso, nos lo enseñaba a mi hermano y a mí. Del yiddish no había oído hasta que mi abuela me dijo que entendía algo de holandés porque tenía cierta semejanza con el alemán que ella había aprendido durante su estadía en Alemania antes en embarcar en Hamburgo hacia la Argentina, y además se parecía al yiddish.

Mi abuela paterna también era judía, pero con ella nunca festejamos fiestas judías. Papá era anti-religioso por definición: todo lo que oliera  a religión le disgustaba. Lo único que me contó fue que, de chico, había leído un a versión de la biblia judía adaptada para niños. Mamá deslizaba, de vez en cunando, un comentario sobre algo judío. Parecía detenerse solamente en el miedo a los nazis, en su infancia, teñida del temor a que llegaran a la Argentina. Todo lo alemán le disgustaba y no iba más allá de eso.

Cierta vez, mientras almorzamos con mi abuela en el comedor diario de la casa, le dije que no entendía qué era ser judío.  Además, me parecía que serlo no era intrascendente. Me contestó que algún día me dirían “judía de mierda” o algo por el estilo, entonces, mi opinión cambiaría. Me contó que ella había asistido a una escuela alemana en San Juan. “Me mandaron allí porque cuando llegamos a la Argentina hablaba ruso y alemán, no sabía castellano. Muchas veces me dijeron muy bien castellano, tan bien que se nota es aprendido”.  Luego relató la historia de su compañera de banco: un día le anunció que no se sentara más a su lado, el papá le prohibió sentarse con una judía”.

Mi abuela había conocido la forma en que se trataba a los judíos en Rusia. Otra palabra que me enseñó fue pogrom. Alguna de sus hermanas o tías había sido violada en un pogrom, un levantamiento espontáneo en contra los judíos. “Salir a matarlos así porque sí”, me explicaba. “Y violar a sus mujeres”.

Una vez acompañé a mi abuela durante la tarde en el Día del Perdón. Preparó una comida que, me dijo, empezaríamos a comerla cuando saliera la primera estrella. Ella a veces ayunaba y otras no, dependía de cómo se sintiese. Para ese entonces, las celebraciones del Año Nuevo Judío “en familia” ya habían terminado. Finalizaron luego de la muerte de mi abuelo, cuando yo tenía tres años.

Mi interés por conocer Israel vino mucho más tarde, por una amiga israelí. Nada de lo que me habían dicho en mi familia había despertado interés: era un lugar remoto donde iba gente que había asistido a actividades de las que apenas había oído hablar, a clubes cuyos nombres escasamente me sonaban conocidos como Acoaj o Macabi. Y aún más, a un idioma de que jamás, salvo en un casamiento de un pariente lejano o en un Bat Mitzvah, había oído alguna palabra.  Lugares a los que no había pertenecido.

Ni la religión ni la cultura judía me fueron inculcadas, salvo, por cierto, la cúpula dorada.

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“Golden Dome”

I barely saw the golden dome that stuck out above the Old City, I learned it: my grandmother had given us a game with pieces of wood for putting together the Old City of Jerusalem.

We put it together dozens of times in a room in my grandparents’ house on Libertador Avenue. That was the apartment to which I would have liked to move, without my grandmother Elsa, of course. I asked her many times how about it if we exchanged houses, we would go to live there and she to our place. The room where we built the Old City was the one that had been my aunt’s. We kept the pieces in a box and also had a metal sheet that we put underneath. It was supposed to indicate where each piece went. Also, it had the walls inside.

I didn’t know anything about Israel and very little about Judaism. My brother and I loved each other. I always harassed by the Inquisitorial gaze of my brother who told me I mispronounced words or asked me for bits of information that I never knew. He was five years older than. And I say that he was, because now he is not older than I nor I of him. Since he left to live in China, I didn’t learn much about his life, and that was already ten years ago. That he went to China, yes, it sounds like a joke, but it’s true. It appears that he even married a Chinese woman there. Nothing strange about that, since there are so many of them. Here too, there are little Chinese girls, I don’t know why he had to look for them so far away, a friend of my mother’s said.

“Israel is like a little piece,” my grandmother told me once. She pointed to the border of their car’s upholstery. They would say to her automobile. I would think of their Batmobile. “And the Arabs have all this;” she passed her hand over the rest of the car’s upholstery. I had to make a face showing that I didn’t care. For me, that had no meaning at all. My parents had never spoken to me about Israel. My grandmother always tried to inculcate something that I avoided to the best that I could. She insisted so much that I didn’t know what she was talking about, the only thing that I begged for inside was that she didn’t insist anymore.

My grandmother commented that my aunt had gone to Israel, but she hadn’t understood anything. She had spent the time ironing shirts on a kibbutz. Once, she also told me that we had become members of the Hebraic Club. I don’t remember ever having been. I think that once I saw a membership card from that club, when I was going through the drawers of my brother’s desk. The papers rose and fell, mixed with ballpoint pens, pornographic magazines and cables. Later on, my grandmother made clear that surely Mama had continued making the payments.

Some years we celebrated the Jewish New Year, we ate guifilte fish, a kind of pudding made from three different kinds of fish, surrounded by fish gelatin with carrots and little bits of parsley inside. Then, came the Matzah ball soup, and finally, roast chicken with potatoes and sweet potatoes. We ate in the dining room of my grandparents’ house. I had to go well-dressed. When I arrived, my grandfather, with his mustache and his eyeglasses, would say to me, “You get prettier every time.”

The dinners were tense; generally, they ended in irremediable offences between mama and grandma. Elsa retold in detail her journey through the fish stores in search of the proper fish for the preparation of the meal. She mentioned the consistency of each on, and how they were combined, how to replace in Buenos Aires those that they had used in the Ukraine. She also told of the search for herein, the required companion to guefilte fish. She always warned us that it was spicy. My parents gave my brother and me large glasses of water that they looked on with distain. According to my grandparents, it was harmful to drink so much water during meals. Nobody knew how these situations happened, nor, much less, how to get out of them. At times, they arose in the middle of dinner, at times during the second course. I don’t know what there was for dessert, I don’t think we ever got that far.

The dining room was large with movable doors. one of the walls was papered with a gray background on which a great dinner seemed to be drawn in a very subtle way. My grandmother Elsa explained it for those who didn’t understand of couldn’t see. There was an ample table of mahogany color and English-style chairs. The curtains were of a thick light-blue colored silk  Everything shined. First we sat in the living room to talk. At a certain moment, Elsa announced that we had to move to the dining room. There were other guests, relatives or friends of my grandparents. My grandmother had many brothers and sisters, she was the youngest of eleven, she had been born when her mother was forty-seven years old. From Russia, they had gone to the Province of San Juan. Some still lived there: Abrasha, Menasha, Liuba, Sasha and others.

For me, Russian was a Jewish language, the same as the varinikes of potato bits. My grandmother loved Russian, she taught to my brother and me. I hadn’t heard Yiddish until my grandmother told me that the understood a bit of Dutch because it had a certain similarity with the German that she had learned during her stay in Germany before embarking in Hamburg for Argentina, and, moreover, it seemed like Yiddish.

My paternal grandmother was also Jewish, but we never celebrated the Jewish holidays with her. Papa was anti-religious by definition, anything that smelled of religion disgusted him. The only thing he told me was that, as a boy, he had read a version of the Jewish Bible adapted for children. Mama slipped in, from time to time, a comment about something Jewish. It only had to do with her fear of the Nazis, in her childhood, tainted by the fear that they might reach Argentina. Everything German displeased, and it never went further than that.

Once, while were having lunch with my grandmother in the everyday dining room of her house, I told her that I didn’t understand what it meant to be a Jew. Moreover, being one didn’t seem all that important. She answered that one day they would call me “Shitty Jew” or something like that, then, my opinion would change. She told me that she had attended a German school in San Juan. “They sent me there because when we arrived in Argentina, I didn’t speak Spanish. Often I’ve been told that I spoke Spanish very well, so well that you can tell it was learned.” Then she told the story of her bench mate; one day they told her not to no longer sit by my side, her father forbade that she sit with a Jew.”

My grandmother had known way that they treated Jews in Russia. Another word she taught me was pogrom. One of her sisters or aunts had been raped during a pogrom, a spontaneous uprising against the Jews.” “To go out to kill Jews just because,” she explained to me. “And rape their women.”

One day I accompanied my grandmother during the evening of the Day of Atonement. She prepared a meal, she told me, that we would begin to eat when the first star was seen. Sometimes, she fasted, others no, it depended on how she felt. By that time, celebrations of the Jewish New Year had already stopped. They ended with the death of my grandfather, when I was three.

My interest in knowing about Israel came much later, through an Israeli girlfriend. Nothing said in my family had awakened an interest; it was a remote place where people would go who had attended activities of which I’d hardly heard spoken, to clubs like Acoaj or Macabi. And even more, with a language of which, except in wedding of a distant relative or in a Bat Mitzvah, had I heard a word. Places to which I had not belonged.

Neither the religion nor the Jewish culture we inculcated, except, for sure, the golden dome.

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Libros de Paula Varsavsky/Books by Paula Varsavsky

 

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Samuel Pecar (1922–2000) — Cuentista judío-argentino-israelí/Argentine-Israeli Jewish Short-story Writer — “El compatriota” “The Compatriot” — Espionaje/Espionage

 

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Samuel Pecar

SAMUEL PECAR (1922–2000), nació en Colonia López, una colonia agrícola en Iin Entre Ríos (Argentina). En 1930 su familia se mudó a San Fernando, en las afueras de Buenos Aires. Entre 1951 e hizo su aliá en 1962. Publicó tres libros que criticaron humorísticamente la vida de la comunidad judía en Argentina: Cuentos de Klein-ville  1954), La generación olvidada (1958); Los rebeldes y los perplejos. Cuentos casi serios 1959). Estas obras lo convirtieron en uno de los autores más representativos reconocidos por la comunidad judía argentina. Samuel Pecar continuó su trabajo literario en español, describiendo su experiencia en Israel: sus textos literarios maduros expresaron la comprensión de Pecar de los componentes utópicos del sionismo en Israel, manifestado en dos de sus novelas: Temática e ideológicamente, estas obras narran la dimensión existencial humana y La epopeya general de una nueva vida en Israel. Pecar fundó, en 1985, la Asociación de Escritores Israelíes en Español (AIELC). Coeditó, con Itzhak Gun, la antología Mi-Sham Le-Kan: Soferim Yisra’elim Kotevim Sefaradit (“Desde allí hasta aquí, los autores israelíes escriben en español”, 1994), con obras de 41 escritores. Ganó el Premio Presidente de Israel.

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SAMUEL PECAR (1922–2000), was born in Colonia López, an agricultural colony Iin Entre Rios (Argentina). In 1930 his family moved to San Fernando, in the outskirts of Buenos Aires. Between 1951 and he made his aliyah in 1962. He published three books that humorously criticized Jewish community life in Argentina: Cuentos de Klein-ville (“Stories of Smallville,” 1954), La generación olvidada (1958); Los rebeldes y los perplejos. Cuentos casi serios 1959). These works made him one of the most representative authors acknowledged by the Argentina Jewish community. Samuel Pecar continued his literary work in Spanish, describing his experience in Israel: His mature literary texts expressed Pecar’s understanding of the utopian components of Zionism in Israel, manifested in two of his novels: Thematically and ideologically, these works narrate the human existential dimension and the general epic of a new life in Israel. Pecar founded, in 1985, the Association of Israeli Writers in Spanish (AIELC). He co-edited, with Itzhak Gun, the anthology Mi-Sham Le-Kan: Soferim Yisra’elim Kotevim Sefaradit (“From There to Here, Israeli Authors Write in Spanish,” 1994), with works of 41 writers. He won the President of Israel Prize.

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“El compatriota”

“Ir por aqui. Volver por allí. No abrir eso. Buscar abajo. Buscar arriba. . .” La lista de precauciones, advertencias y reglas a las que debía ajustarse durante su misión en Entremontes, le llenaron dos hojas de papel. Un pensamiento nada simpático lo agitó en la silla. “Si algún fanático me puede abrir los sesos allá, ¿para qué demonios me metí en este baile? ¿Por qué el pasaje que me pagan? Puedo viajar a Sudamérica por mi cuenta, cuántas veces se me dé, sin arriesgarme que me baleen.” Sacudió la cabeza para alejar de sí esas salidas de pigmeo. “También aquí hay que cuidarse y a veces más que en el exterior. ¡No seas miedoso, tragalibros!”

–¿Está claro, doctor Mier?—inquirió el oficial de seguridad, con una voz pedregosa.

–Tengo un pequeño problema.

El bigotazo se corrió a un lado, descontento, cuando escuchó su plan.

–La idea no me gusta nada. Londres está plagado de terroristas.

Mijael se endulzó la voz. Una pausa de cuarenta y ocho horas en la ciudad, con su mujer, antes de volar a Entremontes. Eso es todo.  Después Sigal se traslada a la casa de unos parientes y él se va dictar clases en Cierro Alto. ¡Qué riesgo puede haber en esa corta vacación?

–Acepto, pero con una excepción. Usted y su esposa no pronuncian ni una sola palabra en hebreo delante de personas a quienes no conozcan. Castellano, o cierran la boca. Castellano, o cierran la boca. Y si alguien les pregunta de donde vienen, ustedes son turistas argentinos. ¿Está claro?

Salió de la oficina con paso irritado. Durante sus visitas anteriores había escuchado hablar a los israelíes en el idioma de la Biblia, sin miedo alguno, en cada recodo de la isla. El oficial exageraba. La euforia de Sigal lo reanimó. De acuerdo; vamos a darle el gusto al mandón. Lo que importa es pasarla bien durante esos dos días.

–Castellano, nena—le recordó en voz baja, mientras bajaron del avión.

Para demostrarle que estaba en guardia, ella le replicó en extrema en un español impecable, aderezado con el canturreo mexicano, extraído de las series televisivas. “Que hable con el acento que quiera. La cuestión es que no se vaya mara el Medio Oriente.”

Llegaron al hotel antes de del mediodía, frescos y llenos de energía, después del vuelo de cinco horas. Almorzaron, abrieron el paraguas y enfilaron hacia la Torre de Londres, el primer punto señalado en la guía turística.

–Fue un acierto haber elegido un hotel cerca del tren subterráneo—comentó Mijael, mientras subían las escaleras.

¡Ken!—asintió ella. Y al escuchar su gruñido, tradujo con rapidez: “Sí, sí”.

Mijael la observó con cara ceñuda. “Voy a tener problemas. Cuando se excita, le brotan palabras antes de que pueda retenerlas. Tengo que evitar en público, los diálogos con ella.”

La cola de turistas para entrar a la Torre era larga. Se sentaron en una plazoleta contigua. La conversación brotó en castellano, espontáneamente, sin necesidad de recurrir al autocontrol que se había propuesto Mijael.

Un hombre joven, elegante, con un enorme cámara fotográfica colgada de un hombro, surgió de golpe delante de ellos, como un fantasma inglés.

–Sí, sí. . .

–¿De Buenos Aires?”

–Exacto.

–¡Qué suerte! ¿Hace mucho que llegaron?

–Hoy. . . al mediodía.

–¿Y ya salieron a pasear después de semejante vuelo? ¡Bárbaro! Yo estoy aquí hace diez días. En realidad, no vengo de Buenos Aires, sino de Nueva York. Vivo allí desde que me divorcié, hace cuatro años. Tengo un estudio fotográfico. Pero permítanme que me presente. Me llamo Néstor—les estrechó la mano y siguió subministrado datos sobre él mismo, jovial, expansivo, sin esperar réplica.

Mijael trató de catologarlo. ¿Ladrón? ¿Cuentero?

Sigal no le quitaba los ojos de encima. Fascinada por el torrente verbal latino, del que estaba un poco deshabituada. Néstor se sentó a su lado y siguió usando el primer pronombre personal. Por suerte, no preguntaba. Tampoco miraba de frente. Poco a poco, Mijael fue bosquejando el perfil de su locuaz compatriota. Culto. Buena posición económica, fotógrafo de eventos familiares, distraído de todo que no guarde relación con su divorcio. Se refería a él como si recitara versículos del diluvio. El “yo” se fundía entonces con el “ella”, y de allí no salía, obsesionado por el cordón umbilical cortado. No por culpa suya. Fue la mujer quien lo dejó.

“Por eso se pegó a nosotros”. reparó Mijael, con una gota de piedad, al verlo gesticular mientras describía una de sus excursiones, por quién sabe qué montañas o lagos con la ex. Y en eso no hay peligro ninguno. Sigal pensó lo mismo.

–¡Nosotros también hicimos un tiul fantástico por allí—soltó.

Néstor no reaccionó ante le vocablo foráneo. Asintió, con los ojos vidriosos fijos en Sigal, sin advertir que sus labios se habían movido a contramano. “La falta de atención es la bendición del cielo”, descubrió el profesor.

–Tenemos que entrar la Torre, nena, la aferró de un brazo. ¡Vamos!

–Si, sí, entremos. Se nos hace tarde—le palmeó Néstor, y Mijael sintió deseo de aplastarle la cámara en el cráneo.

Cuando concluyeron el recorrido, el vocabulario del fotógrafo se había enriquecido con media docena de vocablos semitas que asimiló sin un pestañeo, eso es lo que más le inquietó a Mijael. ¿Es posible que sus problemas lo narcoticen en tal extremo? O se hace el imbécil, para tirarnos la lengua? El oficial de seguridad me habló de bombas y tiros, pero no de sujetos como éste. Lo peor es que mi mujer empieza a sentirse muy cómoda con él. ¡cuidado con la boquita, nena!

Néstor los acompañó hasta la estación subterránea, sin darle descanso a la blanda, Mijael le tendió la mano, y antes de que alcanzara a musitar un “mucho gusto”, el pegajoso ya se estaba invitando a visitar con ellos el museo de cera de Madame Toussot. El monólogo seguía girando en torno de ella. Resulta que Hilda (ya les estaba resultando familiar la pantera) vivía con otro. De nuevo captó en sus honduras la ola de simpatía hasta él y la frenó apretando los dientes.

En la antesala el museo fotografió a la pareja amiga, parados, sentados, con él, sin él. . .

–Después se las mando, en cuanto me den su dirección—les prometió, y Mijael sintió un puñetazo en el vientre. “Hay que escaparse”, le hizo un señal a su esposa.

–¡Un momento! ¡Ustedes no se van sin cenar conmigo! Conozco un restaurante italiano de primera.

Se negaron. Néstor no cedió. “¡Cena! ¡Cena de despedida! ¡No digan que no!”, insistía el desgraciado. Y cuando ella soltó una implorante parrafada hebraica, aceptó, para congelar la lengua.

A los postres, agradecidos y un tanto sentimentales por el vino de brindis, Mijael cruzó la mirada con la Sigal y los dos coincidieron. Hay que terminar con la farsa. Néstor es un buen muchacho, vulnerable, sufrido, inofensivo. Con cuidado, para no causarle nuevas heridas, Mijael fue deshaciendo la burda cortina del embuste, sin mencionar la segunda etapa de su viaje.

Néstor dejó de hablar. Los ojos de muñeca los contemplaron, lúcidos, como si acabara de descubrir que no eran invisibles.

–¿Ustedes son israelíes?

–Sí, nacidos en Buenos Aires—y aguadaron el veredicto, atornillados a la silla.

–¡Fíjense lo que son las cosas! Yo también soy judío. ¿No se lo dije antes? Me olvidé. Hilda me echó en la cara una vez que trato de ocultar mi origen. No es cierto. Me acuerdo que fue durante un paseo que hicimos. . .

¿Quién es este hombre? ¿Psicópata? ¿Ladrón? ¿Terrorista? ¿Cuentero? ¿Semita? ¿Antisemita?

Mijael sintió que su cuerpo se tornaba tenso, como si antes de aprender una carrera que sólo podía concluir en dos lugares: en la habitación de su hotel, entre risas, o en la calle, con un tiro en la frente.

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La Torre de Londres? The Tower of London

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The Compatriot

“Go that way. Return that way. Don’t open that. Look below. Look above. . .” The list of precautions, warnings and rules to which he had to stick during his mission in Entremontes, filled two sheets for paper. An unpleasant thought made him agitated him in his chair. “If some fanatic can open up my brains there, why in the hell, did I get involved in this mess. Why did they give me the money for the ticket? I can travel to South America on my own, whenever I feel like it, without risking being shot.” He shook his head to get away from these minor excuses. “Right here, it’s necessary to take care of yourself and sometimes more than abroad. Don’t be fearful, you bookworm!

“Is that clear, Doctor Mier?,” inquired the security official, with a gravelly voice.

“I have a small issue.”

The big mustache went out of place, displeased, when he heard his plan.

“I don’t like the idea at all. London has a plague of terrorists.

Mijael softened his voice. A pause of forty-eight hours in the city, with his wife, before flying to Entremontes. That’s all. After that, Sigal moves some relatives’ place, and he leaves to give lectures in Cierro Alto. What risk could there be in that short vacation?

“I’ll go along with that, but with one exception. You and your wife don’t speak a single word in Hebrew in front of people you don’t know. Spanish, or you keep your mouth shut. And if anyone asks you where you come from, you are Argentine tourists. Is that clear?”

He left the office somewhat irritated. During his previous visits, he had heard Israelis speak in the language of the Bible, without any fear, in every corner of the island. The officer was exasperated. The euphoria de Sigal reanimated him. Agreed, we will please the boss. What is important is to enjoy those two days.

“Spanish, my girl,” he reminded her in a low voice, while they got off the plane.

To show that she was on guard, she replied, to the extreme with impeccable Spanish, dressed up with a Mexican sing-song, taken from the television series.

“It was a wise decision to have chosen a hotel near the Underground,” Mijael commented, while they were climbing the stairs.

“Ken!, she agreed. And on hearing his growl, translated quickly: “Sí, sí.”

Mijael observed her with a frown. “I’m going to have problems, when she gets excited, words come out before she can hold them back. I have to avoid having public discussions with her.”

The line of tourists waiting to enter the Tower was long. They sat down in a contiguous little square. The conversation burst out in Spanish, spontaneously, without the need to recur to the self-control that Mijael had proposed.

“Argentines?

A young man, elegant, with an enormous camera hanging from a shoulder, suddenly surged in front of them, like some English phantom.

“Yes, yes. . .”

“From Buenos Aires?”

“Exactly.”

“What luck! How long ago did you arrive?”

“Today. . .at noon.

“And you’ve already gone out to sight-see after such a flight? Fantastic! I’ve been here for ten days. Truthfully, I didn’t come from Buenos Aires, but New York. I’ve lived there since I got divorced, four years ago. I have a photographic studio. But permit me to introduce myself. I’m Néstor—he reached out his hand to them and continued providing information about himself, jovial, expansive, without waiting for a reply.

Mijael tried to catalog him. Thief? Conman?

Sigal didn’t take her eyes off him. Fascinated by the verbal torrent of Spanish, of which she had become a bit unused to. Néstor sat at her side and continued using the first person. Luckily, he didn’t ask questions. Neither did he look straight ahead. Little by little, Mijael was sketching out the profile of his talkative compatriot. Educated. Good economic situation, photographer of family events, distracted from everything that didn’t relate with his divorce. He referred to it as if her were reciting verses about the flood. The “I” then morphed into the “she,” from there it didn’t change, obsessed by the cut umbilical cord. It wasn’t his fault. It was she who left him.

“It must be for that reason, he attached himself to us,” thought Mijael, with a bit of compassion, while he watched him gesticulating, while he described one of his excursions through who knows what mountains or lakes with the “ex.” And in this, there is no danger. Sigal thought the same.

“We also had a fantastic tiul there.”

Néstor didn’t react to the foreign word. He agreed with watery eyes fixed in Sigal, without mentioning that his lips had moved in the wrong direction. “The lack of attention is the benediction of Heaven,” the professor discovered.

“We have to enter the Tower, my girl, he grabbed he by an arme. Let’s go!”

“Yes, yes, let’s go in. It’s getting late,” Néstor patted him, and Mijael felt the desire to smash the camera on his cranium.

Néstor accompanied them to the Underground station, without out giving them any rest, Mijael offered his hand, and before he had a chance to mutter a “it’s been a pleasure”, the sticky guy was already inviting them to visit Madame Toussot’s Wax Museum with him. The monologue continued to turn around her. It happens that Hilda (they were already becoming familiar with the panther) was living with someone else. Once again, he captured himself in the depths of a wave of sympathy for him, but stopped it by clenching his teeth.

When they finished the tour, the photographer’s vocabulary had been enriched with a half dozen Semitic words that he assimilated without blinking, something that most worried Mijael. Is it possible that his problems have doped him up to such an extreme? Or, has he is playing the imbecil, to get us to talk. The security official spoke to me about bombs and shots, but of subjects like this one. The worst of it is that my wife is beginning to feel very comfortable with him. Careful with your mouth, my girl!

In the foyer, he photographed the friendly couple, standing, sitting, with him, without him. . .

“Later on, I will send them to you, provided that you give me your address, he promised them, and Mijael felt a punch in the gut. “We have to get out of here,” he signaled his wife.

“One moment, you can’t leave without having supper with me. I know a first-class Italian restaurant.

They refused. Néstor didn’t give in. A supper! A goodbye dinner! Don’t say no!, insisted the poor fellow. And when she let go an imploring Hebraic spiel, he accepted to freeze her tongue..

At dessert, thankful and a bit sentimental for the wine from the toast, Mijael crossed glances with Sigal, and the two agreed. It’s time to end the farse. Néstor is a good fellow, vulnerable, long-suffering, inoffensive. With care, so as not to cause him new wounds, Mijael was undoing the heavy curtain of the fabrication, without mentioning the second stage of his trip.

Néstor stopped speaking. His doll’s eyes contemplated them, lucid, as if he had just discoved that they were not invisible.

“You are Israelis?”

“Yes, born in Buenos Aires,” and they awaited the verdict, screwed into their seats.

“Look at how things are! I too am a Jew. Didn’t I tell you before. I forgot. Hilda once threw it in my face/reproached me that I try to hide my origin. It’s not true. I remember that it was during a trip we made. . .

“Who is this man?” {Psychopath? Thief? Terrorist? Conman? Seminte? Anti-Semite?

Mijael felt his body become tense, as if before to take in a career that could only conclude in two places: in the hotel room, among laughter, or in the street, with a shot in the forehead.

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Mario Goloboff — Novelista y escritor judío-argentino/ Argentine Jewish Novelist and Writer “Criador de palomas” – dos fragmentos de la novela” — “Dove Keeper” – two sections of the novel

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Gerardo Mario Goloboff

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GERARDO MARIO GOLOBOFF nació en el pueblo Carlos Casares, en de la provincia de Buenos Aires. En 1966 publicó su primer libro de poemas, Entre la diáspora y octubre. En 1973 fue invitado por la Universidad de Toulouse-Le Mirail. Francia, a enseñar civilización y literatura hispanoamericanas, y continuó enseñando en ese país y en otras universidades hasta 1999. En 1976 apareció su primera novela, Caballos por el fondo de los ojos. En 1978 publicó la primera edición de Leer Borges (reeditado y aumentado en 2006). En 1984 publicó Criador de Palomas, la primera novela de la saga de Algarrobos, que se completó con La luna que cae (1989), El soñador de Smith (1990) y Comuna Verdad (1995).  Sus textos de creación han sido traducidos a varias lenguas y especialmente su novela Criador de palomas junto con las tres novelas siguientes de la saga, todas en un solo tomo bajo el título The Algarrobos Quartet (2002); en italiano, L’allevatore di colombe (2010). En 2013, en La Habana, la publicó en español otra vez. Desde su retorno definitivo a la Argentina, enseña literatura argentina en la Universidad Nacional de la Plata, donde ha sido designado profesor extraordinario en la categoría de «consulto». Fue electo Miembro de la Comisión Directiva de SADE (Sociedad Argentina de Escritores) para el período 2011-2015. En la actualidad tiene una columna semanal titulada «Relecturas» en el suplemento literario Télam de la agencia nacional de noticias Télam.

Adaptado de EcoRed (La Habana)

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Sus obras

Novelas

  • 1983: Criador de palomas (1978).
  • 1989: La luna que cae (1989).
  • 1990: El soñador de Smith (1990).
  • 1995: Comuna Verdad (1995).
  • The Algarrobos Quartet (2002)

Ensayos

  • 1989: Genio y figura de Roberto Arlt (1989).
  • 1998: Julio Cortázar. La biografía (1998, reeditada en 2011).
  • 2001: Elogio de la mentira. (Diez ensayos sobre escritores argentinos) (2001).
  • 2011: De este lado. (Crónicas de nuestro tiempo) (2011).

Poemarios

  • 1994: Los versos del hombre pájaro (1994).
  • 2010: El ciervo (y otros poemas) (2010).

Cuentos

  • 2005: La pasión según San Martín (2005) Textos breves.
  • 2008: Recuadros de una exposición (2008).

Goloboff is the autor de numerosos trabajos sobre problemas culturales y estéticos, y sobre artistas y escritores argentinos, latinoamericanos y europeos.

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GERARDO MARIO GOLOBOFF was born in the town Carlos Casares, in the province of Buenos Aires. In 1966 he published his first book of poems, Between the Diaspora and October. In 1973 he was invited by the University of Toulouse-Le Mirail. France, to teach Spanish-American civilization and literature, and continued teaching in that country and in other universities until 1999. In 1976 his first novel Caballos por el fondo de los ojos.. In 1978 he published the first edition of Leer Borges (reissued and augmented in 2006). In 1984 he published Criador de Palomas, the first novel in the Algarrobos saga, which was completed with La luna que cae (1989), El soñador de Smith (1990) and Comuna verdad (1995). His creative texts have been translated into several languages ​​and especially his novel Criador de paloma along with the following three novels of the saga, all in a single volume, in the United States, under the title The Algarrobos Quartet (2002); in Italian, L’allevatore di colombe (2010). In 2013, in Havana, it was published again in Spanish. Since his definitive return to Argentina, he teaches Argentine literature at the National University of La Plata, where he has been appointed extraordinary professor in the category of “consulting.” He was elected Member of the Board of Directors of SADE (Argentine Society of Writers) for the period 2011-2015. He currently has a weekly column entitled “Reread” in the Télam literary supplement of the national news agency Télam.

Adapted from EcoRed, Havana

Works by Gerardo Mario Goloboff

Novels

  • Caballos por el fondo de los ojos (1976)
  • 1983: Criador de palomas (1978).
  • 1989: La luna que cae (1989).
  • 1990: El soñador de Smith (1990).
  • 1995: Comuna Verdad (1995).
  • The Algarrobos Quartet (2002)

Essays

  • 1989: Genio y figura de Roberto Arlt (1989).
  • 1998: Julio Cortázar. La biografía (1998, reeditada en 2011).
  • 2001: Elogio de la mentira. (Diez ensayos sobre escritores argentinos) (2001).
  • 2011: De este lado. (Crónicas de nuestro tiempo) (2011).

Poemarios

  • 1994: Los versos del hombre pájaro (1994).
  • 2010: El ciervo (y otros poemas) (2010).

Cuentos

  • 2005: La pasión según San Martín (2005) Textos breves.
  • 2008: Recuadros de una exposición (2008)
  • Goloboff is the author of many works about cultural and aesthetic problems and about artists  and writers author of numerous works about social and aesthetic problems about Argentine, Latin American and European authors.

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Criador de palomas

(dos fragmentos)

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No sé dónde ni cómo, un día el tío consiguió el petiso bayo pata mí. Donde entonces comenzamos a hacer excursiones hasta la laguna de Alto. Él con sus cuarenta años y tantos, iba encima de su yegua Arisca, bien erguido, con el toscanito a medio encender entre los labios.

La laguna de Alto se había secado veinte años atrás, pero el tío buscaba visitarla como si aún existiera. Recordaba con melancolía su esplendor poblado por sombrillas multicolores de turistas que venían hasta de la Capital. Todo allí, sobre esos pedazos de tierra pelado. donde él veía aún un loco hormigueo, noviazgos y risas. En su versión, las salas concentradas de la tierra habían ido absorbiendo poco a poco las aguas, y por eso quedaban solamente algunos palos blancos, alambres rotos y muchos esqueletas de animales.

Cuando el sol rajaba la tierra, yo me ponía un sombrero de paja de ala ancha marca Hawai, y me quedaba quieto sobre mi petiso mientras mi tío dormía la siesta debajo de Arisca.

Al atardecer volvíamos y encontrábamos a algunos paisanos en el cmoo. Los viernes nos topábamos con Solito Wainfeld, quien regresaba a su chacra con el caballo a su lado, sin montarlo, porque ya había descubierto la primera estrella de sábado. Los domingos eran las mujeres que pasaban de sus chacras, emperifolladas para algún baile o una fiesta de familia. O los hombres que venían de cuadreras, o los muchachos que gustaban galopar contra el viento.

Durante unos de esos paseos, el tío me hizo conocer el antiguo cementerio de la Colonia, donde estaban enterrados sus  padres, y me mostró que, subiendo un pequeño semiderruido , podíamos ver del otro lado, my cerca, unos montículos bajos los cuales los indios puelches, un siglo atrás, ponían a sus muertos. “Ya ves  como al final nos mezclamos todos” creo que me dijo.

En las que alguna vez había la callecitas ordenadas del cementerio,, caminábanos mucho, y él se detenía a cada paso como para recordar a uno y saludarlo porque conocía todas las fotografías borrosas y descifraba para mi las inscripciones: “Yace aquí Berta Lifchitz, maestra de la Colonia. Nos enseñó los dos alfabetos, pero la muerte la visitó una tarde, muda”. “Aquí descansa José Aburbuj. La vida lo abandonó suavemente., como cuando cuando se funde nieve en el agua”. “Salomón Vapnir, muerto en diciembre. Un viento fuerte voló por los aires y lo confundió con un pequeño pájaro”. Yo me preguntaba si el tío en realidada leia o inventaba para mí estas frases, pero, en todo caso, lo hacía de un modo veloz y natural, contándome además la vida de cada uno de aquellos seres, habitantes abandonados de un cementerio también abandonado.

El regreso al pueblo se hacía en esas ocasiones muy ameno. Yo volvía con miedo, para sacármelo, hacia mil y una preguntas. El tío Negro pitaba intermitentemente su toscano, dejaba que Arisca le condujera el paso, y me hablaba de esas personas queridas y desaparecidas del mundo natural. moradores ya sólo de un cuenco de palabras.

El sol bajaba despacio. Yo probaba a mirarlo de frente y podía. A mi lado, en contraluz, marchaba el tío, firme y levantado sobre su yegua como otro hermoso animal. Los molinos daban uma sombra larguísima, menos Arisca, todo estaba quieto, hasta el olor de la tierra. El tiempo parecía no pasar; éramos nosotros los que íbamos hacia él, buscándolo.

                                                                     ********

          Algunos dijeron que la culpa la tuvo Arisca, que se espantó. Otros, que algo la había asustado. El doctor Piacenza fue de la idea de un aneurisma: allí, en medio del camino, viniendo de Zubeldía, a las tres o cuatro de la tarde, bajo el solcito de abril, así nomás, como se te estira y se te rompe pero sin mucha fuerza, un final de los dulces, más que nos quisiéramos.

Oí murmurar también que venía galopando ligero, después de haber almorzado unas achuras cib buen vino en lo del Go  yo Sartori, y que esas cosas pasan además porque los autos andan a lo loco por los mismos caminos donde uno va tranquilo, sin molestar, pero ya no, ya no es antes.

Hubo quien dijo que ni siquiera había comido, y que hacía días que no andaba bien. No faltó el lenguaraz que chimentara “la vida que llevaba”, demasiado descuidada, solo, con mujeres, y que por la edad., se sabe, hubiera debido pensar más. Cuando no por el muchacho. . .

Alguien protestó, alguien dijo “callate”. Muchos lagrimaeron;. escuché decir “la vida”, “el tiempo” “Dios lo quiso”. Entendí todo y nada me importó.

Esta mañana de domingo, tomé café en vez de mate amargo, me miré al espejo cuando me lavaba, no me reconocí mucho en esta cara de joven, en esos ojos azules, en el bigotito rubio que empezaba a asomar. Me puse una camisa blanca, planchada, zapatos negros, al pantalón gris y la campera azul.

También quise ponerme algo de él , pero que no se viera. Después de pensarlo bastante, me decidí por su pañuelo negro, el que llevaba muchas veces en el cuello. Lo busqué en su pieza, me dio trabajo encontrarlo, al fin, di con él. Lo planché con la palma de mi mano y con el canto, lo doblé en cuatro, hice un rectángulo más o menos chico, me lo metí en el bolsillo izquierdo del pantalón, donde pudiera tocarlo y tenerlo conmigo sin que nadie se diera cuenta,

En su dormitorio no reparé nada, tal vez no quise mirar bien, y lo único que me quedó fue la silla de paja, sola, con una camisa gris colgada en el respaldo.

 

A las nueve tocaron unos bocinazos y salí, Subí atrás y compartí el asiento con Flora y con Carmencita Rosenfeld. Era el auto del Doctor Piacenza, al lado de él no recuerdo quién iba.

Pusimos una buena hora en llegar al cementerio de la Colonia. Pensé que en mi memoria estaba más distante, y creo que también pensé que sería la última vez que iba a ese a ese lugar.

Alguna gente se nos juntó en la puerta. Dos p tres me dieron la mano firme y sentidamente, alguien me toma de la nica, acerca mi cabeza a la suya y murmura palabras en idish que no alcanzo a comprender. Caminamos todos por una callecita hasta llegar a un pozo. allí un rabino con voz grave, barba con vetas blancas y manos de dedo finos, canta su elegía.

Flora, que no ha dejado de temblar y lagrimear un solo instante, rompe su silencio en un sollozo ahogado que me desconcierta. La miro y me toma fuertemente del brazo. Siento su mano caliente en la muñeca, y tomo a mi vez su brazo. . El gesto no tiene mayor importancia para mí, pero siento que ella lo necesita. Deja de temblar aunque solloza intermiteamente.

Ya han puesto el cajón en la tosa/ todos inclinan las cabezas en silencio. Los hombres tienen puestos gorros negros en los que hay letras hebreas y un candelabro dorado.

Alguien me aprieta el brazo desde atrás. El doctor Piacenza se agacha, toma un terrón de tierra y lo tira sobre la madera. Carmencita hizo lo mismo. Después Villaba, Soria, los Arriaga, Satori, muchos. El rengo Clementino se me acerca y se abraza  contra mí. Coraje, pibe, escucho que me dice.

Frente a mis ojos aparece la cara de Rosita. No sé si es de verdad. Espero que me deja libre Clementino. Mientras acerca como durante un siglo mi cara a la suya empapada en lágrimas saladas, me dice: “Querido cómo debes subir”.  Meto la mano en el bolsillo izquierdo. Toco el pañuelo negro. Siento que la garganta se me cierra. Que ya no tengo a nadie. Que es Rosita quien, después de tantos años, me abraza. Que, así, la tengo por primera vez. Quiero llorar pero tampoco puedo .

Vamos saliendo. El melodía otoñal es, aún más cálida. Pisamos hojas secas, amarillentas, ocres. Hubo algunas fogatas a lo lejos.

 

Me quedaré con con Flora, con Rosita, con dos o tres personas más. Así pasará el tiempo.

Después nos dejaremos. Al fin estaré solo, y el verdadero tiempo comenzará a crecer. Palmearé a Arisca, la llevaré algunas hasta la cancha de Sportivo para variarle un poco, la andaré, la subiré, y ella irá comprendiendo el peso diferente de los cuerpos, las voces diferentes, el silencio, como yo.

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Dove Keeper

 (two selections)

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I don’t know where or how, one day El Tío obtained the bay colt for me. From then on we began to make excursions as far as Alto Lake. He, with his forty and something years, would rid on the back of his mare Arisca, sitting very straight, with The Toscano half-lit between his lips.

Alto Lake had dried up twenty years back, but El Tío liked to visit it as if it still existed, Melancholically, he remembered its splendor, populated my multi-color parasols and by tourists who came from as far away as the capital. Everything there, on those      pieces of barren land, where he still saw crazed movement, couples and laughter. In his version, the salts had concentrated in the land, had little by little by little absorbed the waters, and because of that, there are now left only some white sticks and many animal skeletons.

When the sun cracked the earth, I put on a straw hat with a wide brim, Hawaii brand, and I stayed quiet on my colt while El Tío took a siesta under Arisca.

At dusk we would return and meet some Jewish comrades on the way. Fridays, we would run into Solito Wainfeld, who was walking back to his farm with his horse at his side, not riding, as he had already discovered the first star of the Sabbath. On Sundays, , it was the women who passed in their gaudy dresses, all dolled up for some dance or a family party. Or the man came from the horse races, or the boys who enjoyed galloping against the wind.

During some of those rides, El Tío made me aware of the old cemetery from the Colony, where is parents were buried, and he showed me, by raising up me to a partially broken wall down little wall, that we were able to see the other side, very close by some small mounds under which the Puelche Indians, a century back, put their dead. “You see how at the end we are all mixed together,” I believe he said.

In what had once been the ordered paths of the cemetery, we walked a great deal, and he stopped at each spot as to remember someone and greet him, because he knew all the faded photographs and he deciphered the instriptions for me: “Here lies Berta Lifshitz, schoolmarm of the Colony. She taught us two alphabets, but death visited her, mute.” “Here rests José Aberbuj. Life abandoned him softly as when snow dissolves in water.” Solomón Vapnir, dead in December. A strong wind blew through the air and confused him with a little bird.” I wondered if El Tío really read or invented these phrases for my benefit; in any case, he did it in a rapid and natural way, telling me also about those people, abandoned inhabitants of a cemetery also abandoned.

The return to turned out to be, very pleasant. I would return fearful, and to pull myself out of it, ask a thousand and one questions. El Tío puffed intermittently on his Toscano, let Arisca find the way. and talked to me about those people, dear and lon gone from the natural world, residents now of only hollow words.

The sun was going down slowly. I tried to look straight at it and I could. At my side, against the light, El Tío rode, firm and raised up high above his mare like another beautiful animal. The windmills created a very large shadow: other than Arisca,  everything was quiet, even the smell of death. Time seemed not to move; we were the ones that went toward it, seeking it.

*********

          Some said that it was Arisca’s fault, that she bolted. Others, that something had frightened her. Doctor Piacenza was of the opinion that it was an aneurism; there,in the middle of the road, coming from Zubeldía’s, at three or four in the afternoon, under the slight April sun, just like that, as it stretches you and breaks you without much force, and end to sweetness, more than we wished.

I also heard murmurings that he rode at a light galop, after having lunched on some achuras with good wine at Goyo Sartori’s place, and that those things happen because the autos go like crazy, on the same roads where one goes on tranquilly, without bothering anyone, but it’s not like it used to be.

There was one who said that he hadn’t even eaten, and that he hadn’t felt well for days. And there was the big mouth who gossiped about “the kind of life he lead,” too unkempt, alone, with women, and at his age, he should have thought about it more. At least for the boy. . .

Someone protested, someone said shut up. many wept; I heard it said: “life,” “time,” “God wanted him>” I understood everything. Nothing mattered to me.

That Sunday, I drank coffee instead of bitter mate, I looked at myself in the mirror as I washed, I didn’t recognize much uin that face that was so young, in those blue eyes, in the little blind mustache that was beginning to show. I put on an irone, white shirt, black shoes, the gray pants and the blue jacket.

I also wanted to put on something of his, but that wouldn’t be seen. After thinking about it for a while I decided on his black kerchief, the one he often wore around his neck. I searched for it in his room, it was hard to find; finally, I chanced on it. I ironed it well with the palm of my hand, folded it in four, made a rectangle that was small, more or thes, and I put it in the left pocket of the pants, where I could touch it and have it with me without anyone knowing.

In his bedroom, I didn’t notice anything, perhaps I didn’t want to see clearly, the only thing that remained for me was the straw chair, alone, with a gray shirt hung on the back.

 

At nine there was honking and I went out. I climbed in the back and shared the seat with Flora and wit Carmencita Rosenfeld. It was Doctor Piacenza’s car; I can’t remember who rode beside him.

It took us a good half hour to arrive at the Jewish Cemetery. I thought that in my memory it was further, and I believe that I also thought that it would be the last time that I would go that place.

Some people met us at the entrance. Two or three shook hand firmly; someone touches the back of my neck, brings his head near his, and murmurs some words in Yiddish that I don’t understand. we walk together down a path until we arrive at a hole in the ground. There a rabbi with white veins and hands with fine fingers, sang the elegy.

Flora, who had not stopped shaking and weeping for a moment, breaks into a stifled sigh that disconcerts me, I look at her and she takes me forcefully by the arm. I feel her hot hand on my wrist, and in turn I take her writs. The gesture doesn’t mean much to me, but I understand that she needs it. She stops trembling, though she continues to sigh from time to time.

They have already placed the coffin in the grave. All bow their heads in silence. The men are wearing black caps in which there are Hebrew letters and a golden candelabra.

Someone squeezes my arm from behind. Doctor Piazenza bends over, takes a piece of dirt, and throws it on the wood. Carmencita does the same things. Then Villaba, Soria, the Arreagas, Sartori, many. The lame Clementino approaches me and holds me against him. Be brave, boy, I hear him tell me.

Before my eye, Rosita’s face appears. I don’t know it is true. I wait for Clementino to let go of me. While he keeps his face, soaked in salty tears for what feels like half a century, he says to me, Dear boy, how you must be suffering. I put my hand in my left pocket. I touch the black kerchief. I feel my throat close up. That now I don’t have anyone. That it is Rosita, who, after so many years, is embracing me. That, in that way, I have her for the first time. I want to cry, but I can’t.

We are leaving. The autumn midday is still very warm. We step on dry leaves, yellow, ochre. I smell some faraway bonfires.

 

I will stay with Flora, with Rosita, with two or three more people. In that way, the time will pass.

Later we will leave each other. Finally, I will be alone, and the true time will begin to grow. I will pat Arisca with my palm a few times. I will take her as far as the racetrack, to vary things a little. I will walk her, I will mount her, and she will go, understanding the different weight of the bodies, the different voices, the silence, like me.

 

Translated by Stephen A. Sadow

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Obras de Gerardo Mario Goloboff/   Works by Gerardo Mario Goloboff

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Isaías Leo Kremer — Cuentista judío-argentino del campo/Argentine Jewish Short-Story Writer of the Countryside — “Don Wesser”

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Isaías Leo Kremer

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Isaías Leo Kremer nació en 1947 en Villalonga (Provincia de Buenos Aires ), pueblo donde su familia se había afincado varios años antes y donde su padre trabajaba en el campo. Ante la temprana muerte de su progenitor que falleció cuando él tenía 13 años, pasó a administrar el campo cuando su madre vio que estaba en condiciones de hacerlo. Allí aprendió a amar la tierra, el paisaje y la vida misma, en contacto con la naturaleza y con D”s.  Siendo adolescente cursó estudios rabínicos con verdaderos maestros como lo fueron Marshall T. Meyer y Mordejai Edery. Cumpliendo con esa especie de mandato de la mayoría de de los padres judíos de entonces, siguió estudios universitarios y en 1970 se recibió de Ingeniero Agrónomo en la UBA. Hoy vive en Buenos Aires, lugar que eligió para la educación de sus tres hijos y durante muchos años alternaba su estadía en la Capital con frecuentes viajes a las provincias, ya que sea su pueblo natal o otros sitios del interior donde puede sentirse más en contacto con la naturaleza y con el Creador.

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Isaias Leo Kremer was born en 1947 en Villalonga (Province of Buenos Aires), the town where his family had settled for several years, and where his father worked in the fields. After the early death of his progenitor who died when Kremer was 13 years old, he became administrator of the lands when his mother saw that he could do the job. There he learned to love the land, the countryside and life itself, in contact with nature and with God. As an adolescente, he took courses with true masters like Marshall T. Meyer and Mordejai Edery. Complying with that mandate of the majority of Jewish parents of the time, he did university studies, and in 1970 graduated with a degree in Agronomy from the University of Buenos Aires. Now he lives in Buenos Aires, the place he chose pro the education of his three children, and for many years, alternated his time in the Capital with frecuente trips to the provinces, being his where he was born and other places in the interior of the country where he could feel more in contact with nature and the Creator.

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“Don Wesser”: Isaías Leo Kremer. Milonga de la independencia: Cuentos con gauchos, judíos y argentinos. Buenos Aires:  Acero Cultural Editores, 2000, pp. 139-145.

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“Don Wesser”

Quiso el azar que unos cuantos años atrás me encomendaran un trabajo en el monte chaqueño. No tenía mucha idea de lo que debería hacer, pero con la soberbia que daba un título recién estrenado, no vacilé en aceptar la oferta y de ese modo aparecí en medio del “Mandiyú”, un establecimiento  agroforestal en el que supuestamente debía evaluar costos y posibilidades de desarrol

El clima caluroso y polvoriento, los mosquitos y jejenes, las víboras y alimañas, me mostraron que el emprendimiento no era para cualquiera. Sin embargo, me enamoré de la majestuoso de sus bosques (los que quedaron) de sus abras, donde todos los ruidos de alrededor se apagaban dejando sólo el susurro de la naturaleza en su plenitud.

No me detendré en las tareas que por sí merecerían varios libros (no los que yo hiciera), sino en episodio marginal que se dio a raíz de mi aburrimiento de fin de semana, cuando estaba saturado de contar rollos o evaluar algodón. Así fue con la secreta esperanza de hallar una niña bien dispuesta a mi persona, empecé a recorrer las chacras y obrajes vecinos; la suerte me era esquiva hasta di con el portal de un gran finca, en cuyos laterales resaltaba un cartel en el que se leía “Don Wesser” y en el otro colgaba una escupidera blanca enlozada, clavada firmemente al poste de quebracho, como si alguien pudiera pretender sustraerla

Picado por la curiosidad entré al establecimiento, total, a lo sumo me dirían que me marchara, aunque eso no fuera común en gente tan amable como la que conociera hasta entonces. Salió a recibirme un hombre alto, robusto y de avanzada edad, el rostro curtido por mil soles no tenía sitio sin pliegues y estos a su vez arrugas, pero la sonrisa que afloraba tras un mostacho blanco y tupido era cordial y antes de decirme nada, después del apretón de manos me ofreció que tomáramos mate; pese a que no vislumbraba a ninguna niña en edad de merecer, acepté el convite de don Wesser pues de él se trataba y me senté bajo un ñandubay copioso para charlar con el dueño de la finca, ahí empezaron mis sorpresas motivadas por la ignorancia.

Primero me tanteó en el aspecto agronómico (¿se habrá dado cuenta de cuán poco sabía?) y cuando prestamente le extendí mi reluciente tarjeta (gesto vano y estúpido pues los chacareros no portan tarjetero para retribuir), leyó mi nombre de inequívoco origen judío y me indagó sobre el mismo; no sin cierto recelo respondí a su pregunta y a la vez quise saber sobre el suyo que suponía alemán o austríaco. ¿Cómo, no lo sabe? Me dijo con asombro y ante mi negativa, ensilló un nuevo mate (de la calabaza grande) y me relató su historia que trataré de recordar ahora:

Era hijo de padres judíos que provenientes de Podolia-Kamenetz, habían llegado a la República Argentina en 1899 en un vapor llamado Wesser y cómo el naciera en el Hotel de Inmigrantes el 15 de agosto de ese año, los padres decidieron ponerle el nombre del viejo barco como homenaje; de los primeros años Wesser no recordaba, sino que se los contaron y así me los refirió.

Cuando el grupo de Podolia-Kamentz llegó al norte de Santa Fe, la condiciones no podían ser peores. Fueron albergados en viejos vagones sin condiciones sanitarias ni de habitabilidad. El terrateniente Palacios no cumplió con ninguna de las cláusulas convenidas con los colonos y no pasó mucho tiempo antes de éstos. Desesperados, comenzaron a desertar. Algunos salieron a la buena de D”s para tratar de sobrevivir en cualquier lugar, muchas de las mujeres cayeron en manos de los Imeim (impuros), que presurosos las buscaban con falsas promesas de bienestar; la mayoría se quedó para intentar ser pioneros y colonos en su propia tierra, éstos fueron los que en un principio más sufrieron.

Las paupérrimas condiciones de vida hicieron que sobrevivieron pestes y epidemias por lo que muchos de los niños fallecieron y según don Wesser, los padres los ponían en latas vacías de querosene como único ataúd y así los enterraban; al igual que en otros tiempos y latitudes, el llanto de mujeres judías pobló la atmósfera triste y agobiante del lugar.

Todos estos soñadores impenitentes lloraron su dolor en la selva norteña. La falta de alimentos los llevaba a merodear las vías del tren que llegaba a Tucumán y tanto los obreros del ferrocarriles como los pasajeros, contemplaban impávidos como los niños se peleaban por alguna galletita tirada desde el coche-comedor; los hombres y mujeres, vestidos con harapos, escarbaban la tierra sacando raíces para comer, se buscaban ratones y víboras para paliar el hambre que dolía en sus vientres y martillaba en sus cerebros.

Según el relato de Wesser, una casualidad hizo que el viajero del tren, el Sr. Lowenthal se percatara de que de que los mendigantes hablaban en rumano o idish y al conocer el estado de las cosas se puso en contacto con el Barón Hirsch a fin de paliar la situación de los pioneros judíos. En no sé cuánto tiempo llegó ayuda y según Wasser, se compraron los terrenos de Palacios. Mi relator no conocía los detalles porque pese a que aún era un niño, quiso escapar del lugar, por lo tanto se despidió de su afligida madre y saltó al vagón de cola de un tren, ignorando cuál será su destino.

Siendo aún muy pequeño, recorrió mil caminos del norte argentino, ya muy lejos de los vagones de hambre de Palacios y así fue como llegó al Chaco, donde siempre necesitaban brazos para la cosecha de algodón o para hachar quebracho en el monte.

Su primer trabajo estable lo tuvo en un obraje maderero. Lo llevaron a un establecimiento en el había un gran almacén, lo proveyeron un hacha, un pico, yerba, carne, galleta y agua; con ese equipo se instaló en medio del monte, para lo cual primero tuvo que hacerse un reparo de postes de dos metros terminados en un horqueta, clavó los postes, colocó otros transversales en la horquetas y cubrió todo con hojas de “sombol” (pasto alto típico del lugar) y esa fue la primera noche en la que el aún niño tuvo su comida asegurada.

De a poco fue dominando el duro oficio de hachero, sus brazos se hicieron fuertes y firmes sus músculos, pero cuando llevaba su carga al administrador, el valor de los rollizos no alcanzaba para pagar los insumos de alimentos y cada quincena, con cada liquidación, volvía a quedar endeudado y demás está decir que no permitían retirarse a quien tuviese deudas con el obrador.

Fueron muchos años de esclavitud forzada en el monte chaqueña, ¿para eso había abandonado a su madre? ¿Para volver a ser esclavo como los de Egipto que le relataran? Wesser tomó la decisión; saldría de allí como fuera, decidió no retirar ninguna mercadería del almacén, comió frutas del mistol, mulitas, víboras, liebres, lo que fuera, se justificaba aún volver a pasar hambre y así fue como el muchacho saldó “la deuda” con el obrador y con su “mono” al hombro, salió a la huella sin destino cierto ni rumbo a elegir.

Caminando entre las chacras, le llamó la atención el mar blanco de algodonales, que se extendía donde otrora se irguieran majestuosos los quebracho que sus manos grandes y callosas talaran en cantidad. Y estaba atrapado por esa tierra agobiante para los forasteros pero para que los lugareños era cálida y acogedora, así fue que detuvo a un camión que pasaba por la huella y preguntó al chofer por esos campos blancos, el conductor del vehículo tampoco era criollo sino ruso, notó que estaba en presencia de otro “gringo” parecido a él y de alguna manera, le hizo entender que en el algodonal era de su propiedad y que buscaba conchabo podría dárselo y así Wesser fue a pasar a “Ukrania”, tal era el nombre de la finca del “paisano gringo”.

Era dura la tarea de salir a la mañana con la bolsa de arpillera colgada a la cintura, arrancar capullos hasta que las yemas de los dedos perdían toda sensibilidad, quemarse la cabeza con el sol inclemente que caía a pico sobre el cosechero, dolía la cabeza, la cintura que se quebraba por el peso de la bolsa y al final del día, ¿cuánto era? 50 kilos, luego 80, hasta pasar los 100 kilos de vellón, a costa de un trajinar duro e incesante, pero por la noche sus doloridos músculos reposaban y su mente se permitía un futuro posible, lejos del hambre y la miseria que conociera del Sr. Palacios, allá en el lejano norte santafecino.

Al igual que Jacob frente a Lában, debió soportar muchos años de sacrificio para ver algún fruto y mientras tanto, añoraba con el sabor de los recuerdos los días junto a los suyos cuando pese a la desesperación, se cantaba y se rezaba, se bailaba y se lloraba, pero estaba decidido a no aflojar y no pensaba volver con la cabeza gacha a la colonia donde pasara tanto hambre y humillación. Sabía que por referencias de viajeros que habían cambiado mucho las condiciones en Santa Fe, pero él estaba atrapado por eso campos polvorientos que ya eran definitivamente su hogar.

Acostumbrado a las privaciones, guardaba el total de sus ganancias, a lo sumo algún par de alpargatas o un cuchillo eran los “lujos” que se permitió durante largos periodos, así fue que en una oportunidad, invirtió sus atesoradas ganancias en comprar aperos de labranza y tomó tierra para plantar algodón en su propio beneficio y no de otros.

Puso más ahínco aún en las tareas carpiendo con la azada, desyuyando con las manos lastimadas, de año en año sus cosechas se incrementaron y acumularon; como no tenía mejores necesidades, no vendió en los años de baja precio sino que compró producción de otros y cuando los valores subieron, negoció la venta en mejores condiciones por tener cantidades importantes y así fue que de a poco consolidó una posición estable.

Recién después de muchos años, un día tomó su flamante vehículo y enfiló hacia la Colonia Palacios, vio desarrollo y riqueza, pero sus afectos directos ya no estaban allí y pesa a disfrutar del contacto con sus ex paisanos, las tórridas tardes del Chaco lo atraían como un imán invisible y regresó a su finca, esta vez en forma definitiva.

Este fue el relato abreviado de Don Wesser, quien me dio una lección de historia que yo ignoraba; años después corroboré que sus historias eran absolutamente veraces y que la verdadera odisea de los viajeros del Wesser fue mucho más dramáticas de lo que él me refiriera, vaya para ellos mi sentido homenaje.

Volví a lo de Don Wesser en repetidas ocasiones, tenía una esposa eslava que era la imagen un una “mamuska” rusa, desconozco su origen aunque supongo que sería hija de algún finquero ucraniano del lugar. También había hijos e hijas de distintas edades, unos con rostros “europeos” y otros con caracteres que denunciaban su noble origen indígena, pero que también lo llamaban “papá”, de lo cual deduzco que serían hijos suyos con algunas de las mujeres criollas que de ambulaban por el lugar. Obviamente no pregunté nada al respecto y me concentraba en las numerosas charlas que tuve con él.

A punto de terminar mi labor y pronto a regresar del Chaco, fue a despedirme del finquero, como siempre “ensilló” la calabaza grande y me invitó a tomar mate bajo el ñandubay, me señaló los árboles que había plantado con sus manos y me dijo: lamento haberme alejado de mis hermanos, pero el destino me trajo aquí y no me arrepiento, pues logré lo que ambicionaba y de hecho soy feliz. Le respondí que me parecía correcto y que yo no era juez de nadie, aproveché para preguntarle por qué tenía colgada una bacinilla blanca en el portal de la finca.

So tomó tiempo para contestarme cual si su mente volviera a escenas vividas hacía ya muchos años y esbozando una sonrisa por el recuerdo me contestó:  Ese es  un “tepl” (escupidera), cuando mi madre recibió enseres de cocina, los criollos se reían y ella pensaba que eran ignorantes pues nunca habían visto una olla, la llamaba algo como “la petisa blanca” y me la dio cuando me escapé en tren a Tucumán, es el único recuerdo material que tengo de mi madre y la coloqué a la entrada, en el portal, para recordarme de donde provengo cada vez que ingreso del campo. Sus manos callosas y secas apretaron las mías sabiendo que no volverían a estrecharse, sus ojos claros me miraron cual si se despidieron a un hijo querido, aún permanece en mi retina con su brazo alzado saludándome, con un mar blanco como fondo.

 

Cada tanto evoco a Don Wesser, el chaqueño, otra hoja de nuestro pueblo empujada por los vientos de la vida, que nos llevan adonde no sabemos y nos depositan donde el Altísimo lo dispone.

P.D.: La epopeya de los viajeros del Wesser si bien es conocida no está muy difundida, aún entre aquellos que llevan en sus venas la sangre de aquellos sufridos pioneros argentinos.

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“Don Wesser”

A few years ago, fate willed that they put me in charge of a job in the Chaco hills. I didn’t have much of an idea of what I would have to do, but with the pride the that came from a degree recently acquired, I didn’t hesitate in accepting the offer and so, I appeared in the midst of “Mandiyú”, an agroforest establishment in which supposedly I ought to evaluate costs and possibilities for development.

The hot and dusty climate, the mosquitos and gnats, the snakes and the vermin, showed me that the undertaking was not for just anyone. Nevertheless, I fell in love with majesty of the forests (those that were left) of its passes, where all the surrounding sounds waned, leaving only the whisper of nature in its plenitude.

I won’t waste time with the work, which by itself would merit several books (not those that I might write,) but rather a marginal episode that arose from my weekend boredom, when I was sick of counting rolls or evaluating cotton. So, with the secret hope of finding a girl well-disposed to me, I began to go around the neighboring small farms and factories; luck was elusive until I stumbled upon a large farm, where on one gate post stood out a sign which read “Don Wesser” and on the other was hanging a white enameled spittoon, firmly nailed to the post of quebracho wood, as if anyone would try to remove it.

Incited by curiosity, I entered the establishment, so, at the worst, they would tell me to leave, although that was no common with people so friendly as those that I had known up to then. Coming out to meet was a tall, robust man of advanced age, whose face tanned by a thousand suns, had no place without folds, and these in turn without wrinkles, but the smile that flourished under a white and thick mustache, and before saying anything to me, after shaking hands, suggested that we take mate; despite not noticing a single girl of the appropriate age, I accepted don Wesser’s invitation, as that is what he was called and I sat down under a copious ñandubay, to chat with the owner of the farm, there, because of my ignorance, began my many surprises.

First, he sounded me out about agronomy (did he understand how little I knew?) and when I promptly reached out to him my shining card (a vain and stupid gesture since those who live in the Chaco don’t carry card wallets, and that they could give a card in return,) he read my name of unequivocal Jewish origin, and he asked me about it; not without a certain suspicion, I answered his question, and at the same time I wanted to know about his that I guessed was German or Austrian. Didn’t you know it? He said to me with amazement, and with my negative response, he put a new mate (from the large gourd) and he told me his story that I will try to remember now:

When the group from Podolia-Kamenetz arrived in the north of Santa Fe, the conditions couldn’t be worse. They were housed in old train cars without the necessary sanitary or living conditions. Palacios, the landowner, didn’t fulfil any of the clauses agreed upon with the colonists and didn’t spend much time among them. Desperate, some began to dessert. Some left, trusting God, to try to survive in any place, many of the women fell into the hands of the Imeim (impure ones,) who, shameless, sought after them with false promises of comfort; the majority stayed with the intention of being pioneers and colonists on their own land, these were those who, in the beginning, suffered the most.

The extremely poor conditions of life forced them to survive plagues and epidemics during with many of the children died and, according to don Wesser, the parents put them in empty cans of kerosene as their coffins as their only coffin and so they buried them; as in other times and in other latitudes, the cries of Jewish woman filled the sad and oppressive atmosphere of the place.

All of these impenitent dreamers cried of their pain in the northern jungle. The lack of food led them to hover around the rails of the train that was on its way to Tucumán. And the railroad workers as wells as the passengers, watched unmoved as the children fought over a little cracker thrown from the dinner car; the men and women, dressed in rags, dug into the earth, taking out roots to eat, they searched for rats and snakes to ease their hunger that hurt their bellies and hammered at their brains.

According to Wesser’s story, by chance, Mr. Lowenthal, a passenger on the train, noticed that those beggars spoke in Romanian or Yiddish, and on knowing the state of things, made contact with Baron Hirsch, in order to ease the situation of the Jewish pioneers. I don’t know how quickly, but help arrived, and, according to Wasser, they bought Palacio’s lands. My narrator didn’t know the details, because, despite the fact that he was still a boy, he wanted to escape from the place, and so he said goodbye to his heartbroken mother and jumped onto the last car of the train, not knowing what his destiny might be.

Being still very small, he travelled through a thousand roads of the north of Argentina, now very far from the train cars of hunger of Palacios, and that was how he arrived in the Chaco, where, in the north. they always needed arms for the harvest of cotton or to cut down quebracho trees.

His first stable job was in a lumber yard. They brought him to an establishment in which there was a large store. The provided him with an axe, a pick, mate, meat, crackers and water, with this equipment, he settled in the midst of the mountain. First, he had to make for himself a hut of two meter posts ending in a fork; he nailed the posts together, placed other cross-beams in on fork and covered everything with “sombol” leaves (high grass, typical of the area,) and that was the first night in which young boy had his meals assured for.

In little time, he mastered the difficult trade of the lumberjack, his arms became strong and his muscles firm, but when he brought his load to the administrator, the value of the cylinders was not enough to pay for the supplies of food, and every two weeks, with each settlement, he was further indebted, and it’s enough to say that they didn’t permit anyone to leave who had debts with the store.

There were many years of forced slavery in the Chaco hills. Was it for that that he had abandoned his mother? To be a slave again like those he was told about? Wesser made the decision that he would get out of there any way he could: he decided not to take any merchandise from the store. He ate fruit from the jujube tree, armadillos, snakes, rabbits, and so it was that the boy settled his debt with the company store and with his “monkey” on his shoulder, left on the path without a sure destiny of a direction to choose.

Walking among the farms, the white sea of cotton plants, that extended where once stood majestically the quebracho trees, that he with his large and calloused hands had cut down many. And he was trapped by this land, oppressive for foreigners, but for its inhabitants warm and welcoming; for that reason, he stopped a truck that was passing on the track, and asked the driver about these white lands. The driver of the vehicle was not criollo but Russian. He noticed that he was in the presence of a “gringo” like himself, and by some manner, let him know that he cottonfields were his property, and that, if I was looking for employment, he could give it to me.

The work consisted of going out in the morning with a bag of burlap hanging from his waist, to pull off cotton balls until the his fingertips lost all feeling, to burn his head with the inclement sun that fell sharply on the picker of cotton, made his head hurt, the waist would break by the weight of the sack, and at the end of the day, how much was it? 50 kilos, then 80, until passing 100 kilos of cotton fleece, at the cost of hard and incessant keeping on the move, but at night his sore muscles rested and his mind allowed for a possible future, far from the hunger and misery that he knew from Mr. Palacios, there in the far north Santa Fe.

As Jacob with Laban, he had to put up with many years of sacrifice to see any fruit, and at the same time, he missed the flavor of the memories of the days together with his own people, when, despite the desperation, they sang and prayed, danced and cried, but he had decided to not weaken and to not return with his head down to the colony where he had lived through so much hunger and humiliation. He knew from statements from travelers, that the conditions in Santa Fe had changed a lot, but he was trapped by these dusty fields that were now his home for good.

Used to privations, he saved the total of his earning, at most a pair of alpargatas shoes or a knife were the only “luxuries” that he permitted himself during long periods, so that when there was an opportunity, he invested his treasured earning in buying land and work tools, and planted cotton for his own benefit and not that of others.

He put even more effort into those tasks, digging with the hoe, picking with his injured hands. Year by year, his harvests increased and accumulated; as he didn’t have more important necessities, he didn’t sell in the years when the price was low, but bought the production of others and when the value of cotton was high, he negotiated the sale in better conditions since he had important quantities, and so it was that in a short time, he consolidated a stable position.

Recently, after many years, one day he took his brand new vehicle and headed for Colonia Palacios. He saw the development and riches, but his strong feelings were no longer there, and in spite of enjoying the contact with his former comrades, the torrid evenings of the Chaco attracted him like an invisible magnet, and he returned to his farm, this time definitively.

This was the abbreviated tale of Don Wesser, who gave me a history lesson all of which I was unaware; years later, I corroborated that his stories were absolutely true. The real Odyssey of the travelers on the Wesser was much more dramatic than those that he described to me, and I give to them my deeply felt homage.

I returned to Don Wesser’s farm on repeated occasions, he had a Slavic wife who was the image of a Russian“mamuska.” I don’t know her background, although I suppose that she would be the daughter of some Ukrainian farmer in the area. Also, he had sons and daughter of different ages, some with “European” faces and others with features that revealed their noble indigenous origin, but who also called him “papa.” From which I deduced that they were probably his children by criollo women who ambled around the place. Obviously, I didn’t ask anything about it, and I concentrated on the numerous conversations that I had with him.

About to finish my work and soon return from the Chaco, I went to say goodbye to the farmer, as always, he put more in the great gourd and invited me to take mate under the ñandubay. He pointed out to me the trees he had planted with his own hands, and he said to me: I lament having to gone far from my brothers, but destiny brought me here, and I don’t regret it, since I accomplished what I really wanted and, in truth, I am happy. I responded that it seemed to me right, and that I was no man’s judge. I took advantage of the moment to ask him why he had a white basin hanging the portal to the farm.

He took time to answer me as if his mind was going back to scenes lived many years ago, and smiling with the memory answered: That is a “tepl”(spittoon.) When my mother received cooking utensils, the criollos laughed, and she thought that they were ignorant, since they had never seen a pot, she called it something like “the white pony,” and she gave it to me when I escaped on the train to Tucumán; it’s the only material memory that I have of my mother, and I placed it at the entrance, on the portal, to remind me who where I come from, every time I enter from the countryside. His calloused and dry hands shook mine knowing that he wouldn’t ever embrace them again, his clear eyes looked a me as if he were saying goodbye to a beloved son. He remains in my retina with his arm raised, waving at me, with a white sea in the background.

 

Every once in a while, I evoke Don Wesser, from the Chaco, another leaf of our people pushed by the winds of life, that carry us to where we do not know and deposits us where the Most-High decrees.

P. S.: The epic of the travelers on the Wesser, if it is well-known, it is not well disseminated, even among those who carry in their veins the blood of those suffering Argentine pioneers.

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Unos de los libros de Isaías Leo Kremer/                      Some of Isaías Leo Kremer’s Books

 

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Alicia Freilich Warshavsky — Novelista y periodista judío-venezolana/Venezuelan Jewish Novelist and Journalist — “Cláper” — un fragmento de la novela/ “Cláper” — a selection from the novel

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Alicia Freilich Warshavsky

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           Nacida en Caracas, Alicia Freilich Warshavsky, es hija de inmigrantes de origen judío polaco. Asistió a la Universidad Central de Venezuela, donde recibió un B.A. en literatura en 1960. Freilich comenzó su carrera de periodista en 1969, trabajando desde entonces en una columna sobre literatura y política informativa, con un enfoque en temas de niños y familiares, entre otros temas. Gravitó hacia historias que presentaban luchas de la vida real de la gente común, con artículos de perfil que han obtenido premios nacionales de escritura y honores internacionales. Freilich también ha publicado artículos independientes en la prensa venezolana. Además, su interés en los medios se proyectó en la atmósfera televisiva, cuando fue anfitriona de un programa de asuntos culturales en Televisora ​​Nacional. Escribió un guión para un drama televisivo basado en la novela La Rebelión, del autor y presidente venezolano Rómulo Gallegos. Como educadora activa durante más de cuatro décadas, Freilich ha sido capaz de proporcionar instrucción en varios niveles en su disciplina desde la escuela primaria hasta la universidad, tanto en educación pública como privada. Su obra más conocida es Cláper (1987), una novela que muestra un sentido más profundo de pertenencia e identidad familiar durante un viaje espiritual y físico de un inmigrante judío a Estados Unidos a principios del siglo XX, que comienza en Polonia e incluye paradas en París. , Cuba y Estados Unidos antes de aterrizar en Venezuela. A través de los años, esta novela fue traducida al inglés y publicada por la University of New Mexico Press (EEUU). Freilich estuvo casado con Jaime Segal, un neurólogo, en 1962, hasta su divorcio en 1998. Tienen dos hijos, Ernesto y Ariel.

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Trabajos seleccionados

Libros

Cuarta Dimensión • En clave sexymental: Aldemaro Romero a medio siglo creativo • Entrevistados en carne y hueso • Ilan Chester es verdad • La Venedemocracia • Legítima defensa • Triálogo, Notas de crítica urgente

Novelas

Cláper (Traducido al inglés) • Colombina Descubierta • Vieja Verde (Traducido al inglés).

Adaptado de: Revoly Biografías

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          Born in Caracas, Alicia Freilich Warshavsky, is the daughter of immigrants of Polish-Jewish origin. She attended Universidad Central de Venezuela, where she received a B.A. in literature in 1960. Freilich began her journalism career in 1969, working since then on a column about literature and reporting politics, with a focus on children and family issues, among other subjects. She gravitated toward stories that featured real-life struggles of ordinary people, with profile articles that have garnered national feature-writing awards and international honors. Freilich also has published freelance articles in the Venezuelan press. In addition, her interest in the media projected into the television atmosphere, when she hosted a cultural affairs program at Televisora Nacional. She wrote a script for a television drama based on the novel La Rebelión, by the Venezuelan author and president Rómulo Gallegos. As an active educator for more than four decades, Freilich has been capable of providing instruction at various levels in her discipline from elementary school to university, both in private and public education. Her best-known work is Cláper (1987), a novel which shows a deeper sense of belonging and family identity during a spiritual and physical journey of a Jewish immigrant to America in the early twentieth century, which starts in Poland and includes stops in Paris, Cuba and the United States before landing in Venezuela. Through the years, this novel was translated into English and published by the University of New Mexico Press (EEUU). Freilich was married to Jaime Segal, a neurologist, in 1962, until their divorce in 1998. They have two sons, Ernesto and Ariel.

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Selected works

Books

Cuarta Dimensión • En clave sexymental: Aldemaro Romero a medio siglo creativo • Entrevistados en carne y hueso • Ilan Chester es verdad • La Venedemocracia • Legítima defensa • Triálogo, Notas de crítica urgente

Novels

Cláper (Translated into English – Colombina Descubierta – Vieja Verde (Translated into English

Adapted from: Revoly Biografías

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Cláper: Una novela

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Cláper

Llega la Semana Santa. El miércoles todavía abren los comercios. Desde que salgo de mi pensión, noto que las mujeres y hombres de todas las edades y en gran cantidad, van vestidos en túnicas moradas de tela gruesa. Algunos avanzan de rodillas como si en verdad fueran tullidos.

Decido seguir esa extraña manifestación silenciosa y así llego hasta la Basílica de Santa Teresa que está repleta de fieles apretujados, a su alrededor también.

Por la tarde luego de cerrar, paso de nuevo y entonces de lejos veo saliendo un Jésus de madera, cas arrastrándose bajo el peso de una gran cruz. Lo llaman Nazareno de San Pablo y va lentamente al centro de la multitud que lo pasea por las cercanías de la iglesia. A su paso ves que todos se persignan rogãndole ayuda por los males de salud.

Aquella inmensa cruz se vuelve mi martirio. Nadie me ha señalado en las calles como un criminal, pero de nuevo creo de advertir el odio, allá en Léndov, cuando la procesión de los cristianos en alguna Semana Mayor, culminó en piedras, palos y sangre  . . .  Como un asesino que acecha/ puñal en la mano/ a su víctima/ en altas horas de la noche/ así acecho tus pasos/ dios mío./ Mira tu piedad/ nunca me ha sonreído todavía a mí/ el nieto de Iscariote. . .?  Es otra vez un poeta que me explica con sus versos que leí tantas veces y ahora sólo ahora, son poema mío. Gracias, Itzik Manger. . .

Casi corriendo, voy a bañarme y vestirme pues esa misma tarde celebramos nuestra primera cena de pascua. Es lógico. ¿No fue la comida pascual como ésta llamada la Última Cena?

Nos reunimos en la quinta moderna de los esposos /Tolder, muy religiosos. Han traído de Estados Unidos el vino de consagrar y pan de aflicción, esas galletas de harina sin levadura recuerdo del maná que comieron nuestros antepasados en sus cuarenta años de peregrinaje por el desierto para alcanzar la tierra santa de Abraham, de Isaac y de Jacob.

Como si fuera una sola voz todo el grupo canta — Esclavos fuimos del Faraón en Egipto, de donde dios sacó con potente mano y brazo protector. . .

Y una sola voz de verdad, la del hijito de los Berger, hace las cuatro preguntas de qué esta noche es diferente de los otros del año.

Nos servimos hierbas amargas porque fue amargo nuestra forzado cautiverio egipcio y comemos huevo cocido y remojado en agua salada para reproducir la vida plena sumergida en lágrimas de servidumbre, aunque tú sabes, mi teoría particular sobre esta costumbre de los huevos duros en agua de sal, es que a nuestros hermanos se les mojaron mucho los suyos al cruzar el Mar Rojo. . . Y dios sabe que no le falto el respeto con esta esta opinión sincera porque no es necesario creer que él nos puso la cosa tan fácil, abriendo el mar en dos para huyéramos. No tiene gracia. ¿Dónde queda entonces el espíritu de lucha? Yo pienso que Moisés era muy astuto y cruzó la parte más angosta en tiempo de sequía, como hice yo en el Oder sin ser tan grande como Moisés. Aprovechó la baja marea y es seguro de ella que allá más de los nuestros se ahogaron. ¿Y dónde está el milagro entonces? preguntarás tú.  –En que calculó bien bien y se salvaron los necesarios para que sigamos existiendo como pueblo. . .

También probamos una crema de manzana triturada con nueces y vino para recordar la arcilla con que, año tras año pegamos los enormes ladrillos pues fuimos la mano de obra más barata para construir esas pirámides que admiras plácidamente hoy existiendo luego de tantos siglos ¿no?

Y el fin de aquella misma semana, soy testigo de un escena grotesca. En varias esquinas por donde transito queman un muñeco nombrado Judas. Es lo que llaman aquí un monigote, vestido con ropas viejas pero como nosotros, en flux de dril blanco y corbata. Antes de prenderle fuego lo cuelgan para significar su horca. Me resigno a no comprender el escarnio duele igual. Están cobrando la milenaria culpa a un correligionario mío de trapo y paja convertida en ceniza con gran contenido del poblacho,

Debo entonces agradecerme ¿verdad dio mío? Al menos esta vez, hoy, aquí, no soy la víctima de carne y hueso. . .

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Cláper: A novel —        in English

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Cláper

Holy Week is here. On Wednesday, the still open. From the moment I leave my boarding house I notice men and women of all ages and in large numbers wearing dark purple tunics made of heavy cloth. Some are kneeling as if they were really crippled.

I decide to follow that strange silent parade and arrive at the Basílica of Sta. Teresa packed with parishioners. That afternoon, after closing, I go again and at that time. I see from afar a wooden Jesus, dragging himself under the weight of an enormous crucifix. The refer to him as the Nazarene of St. Paul, He proceeds very slowly at the center of the crowd that accompanies him all around the church neighborhood. As he goes by, people cross themselves and beg his help for their many sorrows.

That immense crucifix becomes my martyrdom. No one has pointed me out as a criminal, but, once again I can feel the hatred I felt back in Lendov, when the Christian procession for the Holy Week would always end in stoning, beatings and bloodshed. . . .

 Como un asesino

puñal en mano

a su víctima

en altas horas de la noche

así acecho tus pases, dios mío.

Mira, tu piedad

Nunca me has sonreído todavía

el nieto de Iscariot. . . .

———————-

Like an assassin who lurks

knife in hand

waiting for the victim

in the early hours of the morning

I search your steps my god

Your mercy has not yet smiled on me

I am the grandson of Judas Iscariot. . . .

           Once again, the answer comes from the poet Itsik Manger whose verses I read so often, yet only know have become truly mine. Thank you, Itsik!

I run to bathe and dress because that same night we celebrate out first night Passover Seder. Nu! After all, wasn’t the other on. the so-called Last Supper, a pashal meal too?

We gather in the modern house of the very religious Tolders. From the Univter States, they get kosher wine and the bread of affliction, matzoh to remind us of the manna our ancestors ate during the forty-year journey through the desert on the way to the Holy Land of Abraham, Isaac and Jacob.

As if in unison, the whole group chants,

 “We were the Pharaoh’s slaves in Egypt from

where He took us with a firm hand and an

outstretched arm.”

          Then, one true voice, the Berger’s youngest son, asks the four questions that answer:

“Why is this night different from any other night?”

We partake of bitter herbs because we were forced captivity by the Egyptians was bitter; we eat hard boiled eggs-dipped in saltwater in order to produce life submerged in the tears of slavery. You know that something though? To me, eggs dipped in salt water comes from the fact that I always thought that our brothers got them wet when they crossed the Red Sea. God knows I have no disrespect for with this theory, but they way i see it, he wouldn’t have made things that easy for us by just separating the waters so that we could flee. To me that makes no sense at all. What would that do to our fighting spirit? No, I think Moses was a pretty smart fellow, and he crossed the narrowest point during the dry season, just like I did , when I crossed the Oder and I’m not even half as Moses was. No. He, like me, took advantage of the low tide. The others probably died. So, nu? Where is the miracle you ask? Ah, in that Moses calculated right! He save enough of us so that we could continue to exist as a people. Believe me, that’s a miracle!

We also had some chopped apples mixed with wine and nuts to remind ourselves of the mortar with which, year after year, we cemented together the giant bricks to hold the pyramids you admire so much today and have lasted for centuries. Weren’t we, after all, the cheapest labor around!

At the end of that same week, i witness a grotesque scene. On several street corners they burn a rag doll named Judas. It’s a puppet, dressed like us, in white linen suits and ties. Before setting him on fire, they hang him. I pretend not to understand but the mocking hurts just the same. I know that once again a fellow Jew is paying for a thousand year-year-old sin, only this one is made of cloth and straw. to the mob’s great delight, it turns into ashes.

I thank you, gottenyu, that this time, today, here, now, I am not the flesh and blood victim. . . .

Translation into English by Joan E. Friedman

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Otros libros de Alicia Freilich Warshavsky

Other books by Alicia Freilich Warshavsky

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Angelina Muñiz-Huberman — Novelista judío-mexicana/Mexican Jewish Novelist — “Los esperandos”- fragmento de la novela sobre piratas judíos judeoportugueses/ “Those Who Wait”- a section of the novel about Portuguese Jewish Pirates

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Angelina Muñiz_Huberman

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Poemas místicos

Una historia cabalista

Cábala

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Angelina Muñiz-Huberman nació en Francia en 1936, hija de refugiados republicanos de la Guerra Civil Española. Está radicada en México desde que tenía seis años. Trazó su ascendencia por parte de su madre de judíos conversos que nunca salieron de España. Después de leer intensamente el Viejo Testamento y sus comentarios y en particular los libros místicos de la Cábala, se convirtió formalmente al judaísmo.  Por muchos años, Muñiz-Huberman ha sido profesora de literatura comparada en la Universidad Autónoma de México. Es escritora de numerosas novelas como La guerra del unicornio (1983), El mercader de Tudela (1999), y El sefaradí romántico: la azarosa vida de Mateo Aleman II (2005). Es autora de muchos libros de poesía, entre ellos El ojo de la creación (1992) y La sal en el rostro (1998). Sus temas predilectos son la creación y la destrucción, la unión de opuestos, el centro de la existencia, y más recientemente, el exilio como un estado de vivir. Escribe con gran cuidado, midiendo cada palabra y haciendo caso de sus sonidos. Sus imagines son sugestivas y alusivas. Insinúa en los poemas su enorme erudición y su conocimiento profundo del misticismo y lo hace sin frustrar a su lector.

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Angelina Muñiz-Huberman was born in France in 1936, daughter of Republican refugees from the Spanish Civil War. She has lived in Mexico since she was six years old. She traces her ancestry on her mother’s side to converted Jews who never left Spain. After reading intensely the Old Testament, its commentaries, and in particular the mystical books of the Kabbalah, she formally converted to Judaism. For many years, Muñiz-Huberman has been professor of comparative literature at the Autonomous University of Mexico. She is the author of many novels such as La guerra del unicornio (1983), El mercader de Tudela (1999), y El sefaradí romántico: la azarosa vida de Mateo Aleman II (2005). She is the the writer of many books of poetry, among them, El ojo de la creación (1992) y La sal en el rostro (1998). Her favorite themes are creation and destruction, and more recently, exile as a state of being. She writes with great care, considering each word and paying attention to how they sound. Her images are suggestive and allusive. Into her poems, she inserts her enormous erudition and her profound knowledge of mysticism, and she does so without frustrating her reader.

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Piratas

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“El cocinero de los piratas”

NO ES CUALQUIER COSA ser cocinero de unos famosos piratas. Unos piratas que han incursionado en casi todos los mares, que siempre han salido avante, que han obtenido cuantiosos botines, que, en tierra firme, también, han sabido desenvolverse y se han atrevido a ser espías, intermedios entre poderosos reyes, diplomáticos, escritores; que han urdido planes de ataque; han fundado colonias agrícolas y nuevas industrias; para, a la postre, retirarse a vivir de sus ganancias y convertirse en respetados miembros de su comunidad.

Si a esto añadimos que no eran cualesquier piratas, ni católicos, ni protestantes, ni musulmanes, sino judíos y que yo no era cualquier cocinero, sino un experto en las más exquisitas gastronomías, probadas y deliciosas recetas, con una sorprendente capacidad innovativa, aprovechando los más extraños y desconocidos sabores, en una palabra, que yo era un refinado gourmet y, aún más importante, que era un cocinero kósher.

Ante tales características empiezo en este momento a contar la historia de los llamados esperandos o piratas judeoportugueses del mar Caribe y del Mediterráneo. ¿Quiénes son los esperandos? Aquellos judíos de Sefarad, conversos forzados, que escapamos la persecución del Santo Oficio de la Inquisición y que hallamos nuevas fuentes de trabajo en las tierras recién descubiertas. Creamos los principales vías comerciales entre las nuevas tierras y Europa. Desarrollamos los cultivos de la caña de azúcar, del café, del cacao, del tabaco, del maíz, de la papa, y la explotación minería.

Hasta aquí iba bien todo, pero cuando el comercio     florecía nos eliminaron y los reyes de España y Portugal encargaron a la Inquisición nuestro hostigamiento, despojo y muerte. Los esperandos, ni cortos ni perezosos, buscamos otros lugares donde refugiarnos y acudimos a la protección de gobiernos protestantes que no habrían de perseguirnos. Holanda e Inglaterra nos permitieron establecernos y nos apoyaron, sobre todo ésta última, en su lucha contra los católicos. Fue así muchos de nosotros, expertos marinos y cartógrafos, y yo gran cocinero, nos convertimos en piratas del mar Caribe, al lado de los ingleses, para atacar los barcos españoles y arrebatar sus cargamentos.

A eso se debe que adoptáramos el nombre de esperandos para dar a conocer de manera velada nuestra identidad judía, a la espera de la llegada del Mesías, y distinguirnos de los cristianos.

Pues bien, para mi fue un gran honor preparar la comida para tan valientes personajes. Sobre todo, disfruté cuando me embarcaba bajo las órdenes de los capitanes Palanche, y cuando en cada una de nuestras excursiones fortuitas, mis dotes culinarias mejoraban Ahora quiero recordar una de nuestras incursiones.

La Burladora, el barco en el que entonces trabajaba, al avistar en el horizonte dos poderosos galeones españoles, enfiló la proa a toda velocidad, se introdujo entre las naves anulado su capacidad de maniobra, disparó  sus cañones por ambas bandas, siguió su veloz carrera y se esfumó.

A continuación nuestro barco de guerra, La Reina Esther, aprovechando de la confusión de los galeones españoles para atacarlos a su vez. Se hizo valer poderosamente, como verdadera reina, y los dejó a punto de hundirse para entonces iniciar el abordaje. Nuestra tripulación poseía una furia desatada y sus espadas centelleaban a diestra y siniestra sin dar reposo a los enemigos.

En poco tiempo dominaron a los españoles que no podían reponerse de lo que ocurría ante sus ojos. Pronto fueron empujados hacia la sentina quedando encerrados y despojados de sus armas.

Los piratas, en perfecto orden, desmantelaron las naves, y se llevaron un botín rico en monedas de oro, piedras preciosas, barras de plata y todo tipo de metales extraídos de las minas. La jornada resultó muy productiva y no contaron con ninguna baja. Prendieron fuego a las naves y se alejaron a toda vela para reunirse con La Burladora y dirigirse a puerto seguro. Lo que me daba tiempo preparar el exquisito banquete kósher en su honor, ya que nuestra sefardí manera de celebrar cualquier victoria es con una espléndida cena.

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Lápida de un pirata judío/Tombstone of a Jewish Pirate

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“The Pirates’ Cook”

IT’S NO SMALL THING to be the cook for famous pirates. Pirates who have made raids in almost all the seas, who have always gotten ahead, who have obtained substantial bounties, who, on dry land, also, have known how to stay afloat  and have dared to be spies, intermediaries among powerful kings, diplomats, writers; who have plotted attack plans; have founded agricultural colonies; so, in the end, retire to live of their gains and become respected members of their community.

And if we add to this that they weren’t any old pirates, not Catholics, not Protestants, not Muslims, but Jews and that I wasn’t any old cook, but an expert in the most exquisite gastronomies, proven and delicious recipes, with a surprising innovative capacity, taking advantage of the strangest and unknown flavors, in  word, that I was a refined gourmet and, even more important, that I was a kosher cook.

Given such characteristics, I will begin, now, ro tell the story of those called “esperandos,” “those who wait” or Portuguese-Jewish pirates in the Caribbean and the Mediterranean seas. Who are the esperamdos? Those Jews from Sepharad, our term for Spain and Portugal, forced converts, we escaped the persecution of the Holy Office of the Inquisition and we found new sources of work in the recently discovered lands. We established the principal commercial routed between the new lands and Europa. We developed  the cultivation of sugarcane, coffee, cocoa, tobacco and corn. the potato and the exploitation of mining.

Up to that point, everything went well, but when commerce was flourishing, they got rid of us, and the kings of Spain and Portugal commissioned the Inquisition with our harassment, removal and death. The esperandos, bold as they come, sought other places of refuge and we turned to the Protestant governments that wouldn’t persecute us. Holland and England permitted us to organize ourselves, and they supported us, especially the second, in their fight against the Catholics. So it was that many of us, expert sailors and cartographers, and I, great cook, we became pirates of the Caribbean Sea, beside the English, to attack the Spanish ships and snatch their cargo.

That’s why we took on the name “esperandos” to let our hidden Jewish identity it be known, waiting for the coming of the Messiah, and to distinguish ourselves from the Christians.

Well, for me it was a great honor to prepare food for such valiant fellows. Above all, I enjoyed it when I embarked under the orders of the captains Palanche, and when in each of our chance excursions, my culinary gifts improved. Now I want to recall one of one of our attacks.

The Lady Prankster, the ship in which I then worked, on catching sight of two powerful Spanish galleons, headed its bow at full speed , got in between the two ships and nullifying their ability to maneuver, shot its cannons from both sides, continued on its swift course and disappeared.

Next, our warship, The Queen Esther, took advantage of the confusion of the Spanish galleons by attacking them in turn. She took on powerful value, like our true queen, and left them about to sink in order to then commence the boarding. Our crew possessed an unbridled fury and their swords flashed left and right, without giving quarter to their enemies.

In little time, they dominated the Spanish who couldn’t respond to what was appearing before their eyes. Quickly they were pushed toward the bilge, hemmed in and stripped of their arms.

The pirates, in perfect order, dismantled the ships and took with them a rich booty of gold coins, precious stones, bars of silver and every type of metal extracted from the mines. The day resulted very productive and without a single casualty. They set fire to the ships and got away at full sail to meet up with The Lady Prankster and head for a safe port. Which gave me time to prepare and exquisite kosher banquet in their honor, since our Sephardic way of celebrating any victory is with a splendid supper.

Translated by Stephen A. Sadow

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Angelina Muñiz-Huberman:  Los Esperandos: Piratas judeoportugueses . . . y yo.                                  Ciudad México: Sepharad Editores, 2017, pp. 16.

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Algunos de los libros de Angelina Muñiz-Huberman

Some of the books by Angelina Muñiz-Huberman

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Isaac Goldemberg — Escritor y poeta judío-peruano, radicado en EEUU./ Peruvian Jewish Writer and Poet, living in the US. “Filosofía y otras fábulas”/ “Philosophy and other Fables”

 

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Isaac Goldemberg

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Poesía de Isaac Goldemberg

ISAAC GOLDEMBERG nació en Chepén, Perú, en 1945 y reside en Nueva York desde 1964. Ha publicado cuatro novelas, dos libros de relatos, trece de poesía y tres obras de teatro. Sus publicaciones más recientes son Libro de reclamaciones (2018), Philosophy and Other Fables (2016), Diálogos conmigo y mis otros (2013), La vida breve (2012), Acuérdate del escorpión (2010), Monos azules en Times Square (2008) y Libro de las transformaciones (2007).  Su obra ha sido sido traducida a varios idiomas e incluida en numerosas antologías de América Latina, Europa y los Estados Unidos. En 1995 su novela La vida a plazos de don Jacobo Lerner fue considerada en una encuesta de la revista Debate como una de las mejores novelas peruanas de todos los tiempos; y en el 2001 fue seleccionada por un Jurado Internacional de críticos literarios convocado por el Yiddish Book Center de Estados Unidos como una de las 100 obras más importantes de la literatura judía mundial de los últimos 150 años.  Goldemberg fue catedrático de New York University (1973-1986) y Profesor Distinguido de The City University of New York (1992-2019), donde dirigió el Instituto de Escritores Latinoamericanos y la revista internacional de cultura Hostos Review. Es Miembro Numerario de la Academia Norteamericana de la Lengua.  Es Miembro Numerario de la Academia Norteamericana de la Lengua Española y profesor honorario de la Universidad Ricardo Palma.

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ISAAC GOLDEMBERG was born in Chepén, Peru, in 1945 and has resided in New York since 1964. He has published four novels, two story books, thirteen poetry and three plays. His most recent publications are Libro de reclamaciones (2018), Philosophy and Other Fables (2016), Diálogos conmigo y mis otros (2013), La vida breve (2012), Acuérdate del escorpión (2010), Monos azules en Times Square (2008) and Libro de las transformaciones (2007). His work has been translated into several languages ​​and included in numerous anthologies of Latin America, Europe and the United States. In 1995 his novel Libro de reclamaciones (2018), Philosophy and Other Fables (2016), Diálogos conmigo y mis otros (2013), La vida breve (2012), Acuérdate del escorpión (2010), Monos azules en Times Square (2008) y Libro de las transformaciones (2007). was considered in a survey by the Debate magazine as one of the best Peruvian novels of all time; and in 2001 it was selected by an International Jury of literary critics convened by the Yiddish Book Center of the United States as one of the 100 most important works of world Jewish literature of the last 150 years. Goldemberg was a professor at New York University (1973-1986) and Distinguished Professor at The City University of New York (1992-2019), where he directed the Institute of Latin American Writers and the international culture magazine Hostos Review. He is a Full Member of the North American Academy of Language. He is a Full Member of the American Academy of the Spanish Language and an honorary professor at the Ricardo Palma University.

Introducción a las fábulas/Introduction to the Fables

Desde la época de los griegos antiguos, las fábulas han sido importante a la cultura popular. Fabulistas desde Asopo y Jean de la Fontaine hast Ambrose Bierce, George Orwell and James Thurber han expuesto sus pensamientos por las bocas de animales y han insistido en un moral muy claro y indisputable, ¡Uvas ácidas son siempre uvas ácidas!

Las fábulas de Isaac Goldemberg son muy diferentes. Atacan al lector, quien no puede leerlos literalmente, pero tiene que descifrar su significado o significados. Estas fábulas son plantillas que se pueden aplicarse a muchas situaciones de la historia y a la vida contemporáneas. Hay un humor, a veces negro, que puede sorprender o confundir al lector. Los morales también son ambiguos.

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Since the times of the ancient Greeks, fables have been important to popular culture. Fabulists like Aesop and Jean de La Fontaine to Ambrose Bierce, George Orwell and James Thurber have expressed their thoughts through the mouths of  animals and have insisted on a moral that is very clear and  indisputable. Sour grapes are always sour grapes!

Isaac Goldemberg’s fables are very different. They attack the reader, who can’t read them literally, but must decipher their meaning or meanings. These fables are templates that can be applied to many historical and contemporary situations. There is humor, often black, that can surprise and confuse the reader. The morals of the stories are ambiguous too.

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Irene Chelnitz

Isaac Goldemberg  Philosophy and Other Fables. New York : DíazGrey Editores, 2006.

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Fábulas/Fables 

Fábula de la Filosofía

La filosofía se instaló en los jardines de un monasterio donde los monjes leían cuentos de hadas a los niños. Eran momentos de verdadera felicidad porque la lectura iba acompañada de bofetadas en sus tiernas mejillas.

Aconteció entonces la segunda iluminación: si la filosofía pudiera hablar no podríamos entenderla. Así eran los juegos del lenguaje y ya no sería posible alcanzar la esencia de las palabras. Entonces la filosofía se sentó en una butaca y se dedicó a ver películas de cowboys mientras comía popcorn y los indios caían como moscas.

Philosophy’s Fable

Philosophy settled down in the gardens of a monastery where the monks were reading fairy tales to the children. These were moments of of true happiness because the readings were accompanied by slaps on their tender cheeks.

The second illumination then took place : if philosophy could speak, we couldn’t hear it. The games played by language were such, and it was no longer possible to reach the essence of the works. Then philosophy sat down in a theater seat and devoted itself to watching cowboy movies while eating popcorn and the Indians were falling like flies.

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Fábula del libro

Antes del libro existieron numerosos signos cuya lectura no era segura, por lo que no había manera de distinguir lo verdadero de lo falso. Entonces, ante la multitud agolpada al pie del cerro, el libro abrió la boca y dijo que era un regalo de los dioses. Nadie pudo imaginarse en ese instante su progresiva evolución. Primero su voz resonó en los templos: transmitió al humano el origen, las acciones y las cualidades de sus Creadores, pronunciando ritos, conjuros y plegarias. Fue el reflejo de la humanidad del humano, pero en un espejo distinto. Su voz —libresca desde un comienzo— reemplazó a la memoria del humano, perfeccionada durante milenios para recordar. Hablaron a través del libro y para la posteridad, políticos y gobernantes, sacerdotes y soldados. Fue un gesto de vanidad, cultivada y favorecida por sus páginas. Luego el libro transcribió cantos y poemas para la lectura individual, poniendo sólo al alcance de unos pocos y en privado lo que en su forma oral fue disfrutado por todos y en grupo.

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The Book’s Fable

Before the existence of the book, many signs whose meaning wasn’t clear, so that there was no way to distinguish the true from the falso. Then, the multitud crowded together at the foot of a hill, the book opened its mouth and said that it was a gift of the gods. In that instant, nobody was able to imagine its progressive evolution. First, its voice resonated in the temples: it transmitted to the humans the origin, the actions of its Creators, pronouncing rites, incantations and prayers. It was the reflection of the humanity of the human but through a  different mirror. Its voice –bookish from the start—replaced human memory, perfected during millenia of remembering. They spoke through the book and for posterity, politicians, and governors, priests and soldiers. It was a gesture of vanity, cultivated and preferred by its pages, Later the book transcribed songs and poems for individual reading, putting it within reach of only a few and in private what was in its oral form enjoyed by all and in groups

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 Fábula del mar y del río

El pueblo no tenía mar. Su mar eran las vías del tren. Río sí tenía: la infancia. Los viejos se sentaban  a su orilla a pescar recuerdos.

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El pueblo no tenía río. Su río eran las vías del tren. Mar sí tenía: el recuerdo. Los viejos se sentaban a su orilla a pescar infancias.

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The Sea and River’s Fable

The people didn’t have a sea. Their sea was the train rails. A river they did have: infancy. The old people sat at its banks to fish for memories.

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The people didn’t have a river. Their river was the train rails. A sea they did have: memory. The old people sat at its shore to fish for memories.

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Fábula de la ley del retorno

Fue propuesta la creación de una ruta de la lengua para recuperar el camino que recorrieron los expulsados.

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Fable of the Law of Return

They proposed the creation of a way for language to bring back of the road the traveled by the expelled.

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Fábula del fútbol

Pocos segundos antes de terminarse la final de la Copa del Mundo, el Rabino Mayor de Jerusalén, arquero del equipo de Israel, que iba perdiendo 1 a 0, lanzó un tiro desde su arco al arco del Vaticano —resguardado por el Papa—, con la esperanza de lograr el empate. La pelota sobrevoló todo el largo de la cancha y fue a incrustarse en el arco contrario. Entonces el Rabino se arrodilló sobre la grama, elevando los ojos al cielo en agradecimiento a Dios. El Altísimo, que había estado viendo el partido, esbozó una sonrisa y, rascándose la cabeza, se dijo que ese gol había sido un verdadero milagro.

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Fútbol’s Fable

A few seconds before the end of the World Cup final, The Chief Rabbi of Jerusalem, the  goalie of the Israeli team, which was losing 1 to 0, launched a shot from his goal toward the Vatican’s goal—shielded by the Pope—, with the hope of making it a tie game. The ball flew over the entire length of the field y was embedded in the opposing goal. Then the Rabbi fell to his knees onto the grass, raising his eyes in thankfulness to God. The Most High who had been watching the game, smiled slightly, and scratching his head, said to himself that that goal had been a true miracle.

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 Fábula del muro

Solo, el muro que separaba al humano del humano no sabía cómo derrumbarse. No sabía cómo. No sabía. No.

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The Wall’s Fable

Alone, the wall that separated human from human didn’t know how to fall down. It didn’t know how. It didn’t know. It didn’t.

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Fábula de la poesía

La poesía sufrió la mayor devastación. Fue expulsada de nación en nación. ¿Dónde estaba la justicia en esto? Al examinar lo ocurrido, la poesía llegó al corazón del asunto: podía ser que hubiese sido la víctima por haberse dedicado a  servir sus propios propósitos. Cierto, tuvo una visión y una perspectiva del Universo, pero permaneció oculta al humano. Su perspectiva fue nada más que una proyección de sí misma y quedó bastante satisfecha de su conclusión: no se encontraba a disposición de los humanos, y no era sensible a sus términos. La poesía era la poesía y el humano era el humano y ocurrió que ya casi nunca se encontraban la una con el otro. Esto puso al humano en su lugar, golpeó en la raíz de su error, de su concepción de la realidad misma.

¿Pero por qué se dio en el humano esa aversión tan profunda? El humano dijo que su mismísima presencia lo había puesto en peligro y tenía que hacerla perecer para no ser su amenaza. Luego rehusó voltear a mirarla.

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Poetry’s Fable

Poetry suffered the greatest devastation. It was expelled from one nation after another. Where is the justice in this? Upon examining what had happened, poetry arrived at the heart of the matter. It could be that it was the victim of having devoted itself to serving its own purposes. Surely it had a vision and perspective on the Universe, but it remained hidden from humans. Its perspective was nothing more than a projection of itself. And it was quite satisfied with its conclusion. It was not at the disposal of humans and wasn’t sensitive to their terms; poetry was poetry and humans were humans, and it happened that they rarely met each other. This put humans in their place, stuck to the root of the error of their conception of reality itself.

But what caused humans to have such a profound aversion to poetry? Humans said that it’s very presence had put them in danger, and they had to put it to death, so that it would not become a threat. Then, they refused to turn and look at it.

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Fábula del humano

Destruyó para crear, y tanto se ocultó dentro de sí que no existió sino exteriormente. Fue la escena viva por la que pasaron varios actores representando varios personajes. Pretendiendo ser exterior aun en lo más íntimo, simulando observar lo que acontecía fuera de ellos, el humano sólo pudo ver una cosa: el incesante desprenderse de esa carne con la que los unos intentaban configurar la silueta de los otros y el lento emerger de ese esqueleto que se desmoronaba sin llegar a encontrar ese vocablo misterioso que lo haría auténticamente soberano.

La búsqueda no fue sino el reflejo de esa desesperada ansia de unicidad que el humano no consiguió atrapar nunca. Porque la más pequeña cualidad que pudiera permitirle diferenciarse del caos que lo amenazaba con devorarlo, se transformó en impersonal y gris ceniza que le mostraba esa vida que intuía, pero a la que no le era posible acceder más que desapareciendo.

Pero el problema fue que todo el resto, incluso la paciente obra creada, no fueron sino rastros de la penosa ascensión. Ni más allá ni más acá existía nada. Todo el resto fue mentira. Sólo fue real el abismo de la derrota. Y esto fue evidente en el intento de disfrazarse una y otra vez con la piel del contrario para, en definitiva, no conseguir otra cosa que ese agujero insondable del que manaba sin cesar una lava arrolladora que fue transformándolo en la efigie de esa figura humana que cualquier transeúnte no advertido confundiría con la imagen de no importa qué melancólico oficinista.

Evidentemente, ese disfraz debió observarlo en un espejo que invertía totalmente las imágenes ya que el humano no hizo otra cosa durante toda su vida que intentar acceder a ese paraíso al que fue a parar su silueta como bronce y muerta estatua, de pie en una plaza y para consumo fotográfico de turistas apresurados, siempre auscultando el misterio de lo hondo, ese misterio tan verdadero como el sueño de la superficie, con la duda de esto u otra cosa, o de ni una cosa ni otra.

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The Human’s Fable

He destroyed in order to create, and he hid so much inside of himself that he existed only externally. It was a living scene through which passed several actors representing several characters. Pretending to be distant even with in most intimate, simulating the observation of that what happened around him, the human could only see one thing: the incessant casting off of that flesh with which the some intended to configure the silhouette of the others and the slow emergence of that skeleton which collapses without finding that mysterious word that would make it authentically sovereign.

The search was nothing but the reflection of that desperate anxiety of uniqueness that the human was never able to trap. Because the smallest quality that might permit him to differentiate from the chaos that threatened to devour him, was transformed into  impersonal and gray ash that showed him that life that he was intuiting but that wasn’t possible for to access without disappearing.

But the problem was that everything else, even the patiently created objects, were only traces of the terrible assent. Nor beyond nor her nothing existed. All the rest was lie. The only real thing was the abysm of the defeat. And this was evident in the intent to disguise itself again and again with the skin of the other, and definitely not acquire anything else than that unfathomable hole from which incessantly flowed a rolling lava that was transforming it into the efigie of that human figure that any uninformed passerby would confuse with the image of–it doesn’t matter which—melancholy office worker.

Evidently, that disguise ought to observe itself in a mirror that totally inverts the images, since the human did nothing else during all his life than try to ascend to that paradise where his silhouette would end up as a bronze and dead statue, standing in a plaza for photographic consumption by hurried tourists, and always assessing the mystery of the deep, that mystery as true as the dream of the surface, with the double of this or another thing, or of not one thing or the other.

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Fábula de la vida nueva

Los árboles daban sombra y ricos y pobres eran iguales debajo de la tierra. Niños y adultos estaban conectados a la red celestial del Internet y se encendían cirios recordatorios desde cualquier rincón del planeta. Nacionales como extranjeros estaban protegidos por una compañía de seguros y el precio del pasaje estaba incluido. Además,  se aseguraba el transporte del difunto y de familiares y amigos que deseasen acompañarlo. Se ofrecían también servicios de jardinería.

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 The New Life’s Fable

The trees gave shade and rich and poor were equal under the earth. Children and adults were connected to the celestial web of the Internet, and commemorative candles were burning from every corner of the planet. Natives as well as strangers were protected by an insurance company and the cost of travel was included. Moreover, the assured the transport of the dead one and relatives and friends who desired to accompany him. They also offered gardening services.

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Fábula de la religión     

Al rehusar interpretar correctamente la situación, la religión puso en movimiento la catástrofe final. Tal fue la trágica continuación de la historia. Sabía que nadie podía decir más del humano como el humano. Existían muchas cosas que se podían decir pero las más profundas, las más reveladoras, las más extremas se hallaban en la concepción de sí mismo.

Entonces la religión decidió hacer y decir algo. Deseó ser reconocida por el humano y que éste se definiera por sus preceptos. No quiso ser fruto de su imaginación. Luego se sentó sobre un trono alto y sublime y desde ahí dio voces, cubriéndose el rostro. Le advirtió al humano que su casa quedaría destruida y cualquier cosa demoníaca tendría libre derecho para atacarlo. Suplicó y lloró sobre el humano pero el humano ya no quiso.

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Religion’s Fable 

Refusing to correctly interpret the situation, religion put the final catastrophe in motion. It knew that nobody could saw more about the human than the human himself. Many things existed that could not be said, but the most profound, the most revelatory, the most extremes were found in the conception of one’s self.

Then, religion decided to do and to say something. She decided to be recognized by the human and that the human be defined by her precepts. She didn’t what to be the product of his imagination. Then, she sat on a high and sublime throne, and from there cried out, covering her face. She warned the human that his house would be destroyed and anything demonic would have the right to attack him. She supplicated and cried over the human, but the human still refused.

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Texto en Español por Isaac Goldemberg

Translation from the Spanish by Stephen A, Sadow

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Libros de Isaac Goldemberg/                Books by Isaac Goldemberg

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Gran Libro

 

Esther Seligson (1941-2010) — Escritora judío-mexicana/Mexican Jewish Writer — “Retornos”/”Returning”–

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ESther Seligson

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Esther Seligson estudió letras francesas e hispánicas en la Universidad Nacional Autónoma de México y empezó a publicar a los 24 años de edad en la revista Cuadernos del viento. En 1969, apareció su primer libro de cuentos Tras la ventana de un árbol.

En 1973 recibió al Premio Xavier Villaurrutia por su novela Otros son los sueños. Entre sus principales obras están Luz de dos (1978), Diálogos con el cuerpo y  La morada en el tiempo (1981), Isomorfismos (1991) y Hebras(1996), Rescoldos (2000), A campo traviesa (2005), Toda la luz (2006) y Todo aquí es polvo (post mortem, 2010).

“No puedo decir que mi literatura sea judía —afirmaba— porque hay elementos de la mitología griega, de hinduismo y de taoísmo, soy una lectora apasionada del I Ching, de sofismo y de miles de cosas. Ahora evidentemente no voy a negar que soy judía […]; considero que mi literatura es más mexicana que judía y eso lo señalaron hasta en Jerusalén”.

Otra de sus pasiones fue el teatro, al que dedicó muchas reseñas y ensayos; así como la traducción de autores como Edmond Jabés y Emil M. Cioran. Fue maestra del Centro Universitario de Teatro por más de 25 años.

En 1990 publicó El teatro, festín efímero (Reflexiones y testimonios), una compilación de textos y entrevistas a los directores, dramaturgos y actores de una de las épocas más prolíficas de la escena mexicana.

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“Retornos”

En cualquier caso, el instante presente es el plano sobre el que se proyectan las señales de todos los momentos.

                   GEORGE KUBLER, La configuración del tiempo

Si tornara a de vivir de nuevo, me gustaría encontrar a mi madre y ser las dos un par de amigas jóvenes. Ella no sabría que fui su hija, así, practicaríamos de sus sueños de mujer románticos a de los cuarenta y veríamos juntas aquellas películas que siempre amó y juntas nos enamoraríamos de Gary Cooper, aunque yo prefiera a Humphrey Bogart.

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Por la calle Tacuba, llena de puestos, fritangueríos y antojitos nos acomodaríamos en unos banquitos poco estables, comeríamos sopes y beberíamos una chaparrita mientras repasamos las escenas donde Fred Astaire y Ginger Rogers se miran antes de bailar a dúo. Con los dedos aceitosos—el papel estraza no es un pulcro kleenex—entrelazaríamos nuestras manos y seguiríamos rumbo al Zócalo para el sentarnos en alguna de las bancas pintadas de verde para esperar el tranvía, pero dejando que se pasen varios porque no hay prisa de regresar y aún ni hemos platicarnos deveras lo más íntimo y secreto. La tarde es una tarde de domingo, por ahí de mayo, ligera, transparente. Huele a azúcar quemado, a tamal. Ella lleva un sombrerito beige con un listón café ladeado hacia la derecha sobre sus ondas castaño oscuro. Los ojos verdes se le azulean cuando se pone soñadora. Carga una cartera de charol negro, larga, bajo el brazo, y siempre se la cambia del lado contrario cuando caminamos y yo la estrecho.

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Lleva un traje de dos piezas, beige, de mangas cortas con falsas bolsitas señalados por una tira simular a la del sombrero, y un cinturón del mismo material, lino. Mi abuela lo zurció a mano aunque tiene varia máquinas Singer en el taller y muchas costureras que pedalean rápidamente. Separaríamos las monedas del paisaje, con el resto compraríamos una antología barata, y leeríamos a vuela pájaro, de pie en la parte trasera de la tranvía, poemas de Amado Nervo, Gustavo Adolfo Bécquer, Luis G. Urbina, Manuel Acuña, Rubén Darío, cuyos versos nos rondarían, hojas sueltas, ya que cada una en su cama, antes de conciliar el sueño—si tú me dices con lo dejo todo volverían las oscuras golondrinas aquella mano suave de la palidez de yo necesito decirte que te quiero margarita está linda la mar margarita te voy a contar un cuento–, recitados a lo mejor por un príncipe azul cuya voz pastosa se perdería entre los acordes de Cantando bajo la lluvia.

De no ser posible, entonces, mi alma se sentaría junto a ella para escucharla interpretar el piano, cuando la abuela no se encontrara en casa, no los ejercicios correspondientes a una alumna del Conservatorio, sino, puro oído, aquellas mismas melodias que le rondan el corazón de noche y de día y que, aun hoy le tiñen la mirada de un azul enamorante…

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“Returning”

 

In every case, the present instant is the plain onto which one projects the signs of all moments.

GEORGE KUBLER. The Configuration of Time

If I had the chance to live once again, I would like to meet my mother, and have the two of us be a pair of young friends. She wouldn’t know that I was her daughter, therefore, we would chat about her dreams of being a romantic woman in the forties, and we would see together those films that she always loved, and together we would fall in love with Gary Cooper, although, I preferred Humphrey Bogart.

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On Tacuaba Street, full of stalls, fritangueríos y antojitos, we would get comfortable on some unstable benches, we would eat sopes and we would drink a chaparrita, While we would go back over the scenes where Fred Astaire and Ginger Rogers look at each other before dancing together. With our oily hands—the brown paper is no substitute for delicate Kleenex—we would interlace our hands and we would continue in the direction of the Zócalo in order to  sit down on one of the green-painted benches to wait for the trolley, but letting several  of them pass, because there is no hurry to return, and still we haven’t really chatted seriously about the most intimate and secret. The afternoon is a Sunday afternoon, like May, light, transparent. It smells of burnt sugar, a tamal. She carries a small beige hat with a wood strip tilted toward the right above her dark chestnut waves. Her green eyes turn blue when she becomes dreamy. She carries a handbag of black patent leather, large, under her arm, and she always moves it to the other side when we walk and I hold on to it.

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She’s wearing a two-piece suit, beige, with short sleeves with pretended little pockets, marked by a wood strip, similar to that on her hat, and a belt of the same material, linen. My grandmother sewed it all by hand, although she has several Singer sewing machines in the workshop and many dressmakers who pedal rapidly. We would put away the coins for the trip with the rest, we would buy an inexpensive anthology, and we would read  poems by Amado Nervo, Gustavo Adolfo Bécquer, Luis G. Urbina, Manuel Acuña, Rubén Darío, whose verse would hover about us. flying, we, on foot at the in the rear part of the trolley,

Free souls, because each is in her bed, before going/ getting to sleep—if you tell me that if I leave everything behind, the dark swallows would return, that soft pallid hand, I need to tell you that I love you margarita the sea is pretty margarita I’m going to tell you a story–.recited perhaps by a prince charming whose thick voice would be lost among the chords of Singing in the Rain.

If that’s not possible, then, my soul would sit together with her to hear her play the piano, when grandmother was not at home, not the exercises corresponding to a student of the Conservatory, but rather, pure listening/sound those same melodies that that surround the heart of the night and day and that, even today they color the gaze of an charming lover/falling in love. . .

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Rosa Nissán — Novelista judío-mexicana/ Mexican Jewish Novelist — “Novia que te vea” – fragmentos de la novela/ “Like a Bride” – portions of the novel

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Rosa Nissán

Rosa Nissán Rovero nace en la Ciudad de México. Obtiene el título de periodista en la Universidad Femenina en 1957. Ha publicado: 1992 Novia que te Vea (también llevada al cine en 1999 y para la que participó como guionista), 1997 Tierras Prometidas, 1999 Hisho que te Nazca, 1999 No sólo para dormir es la noche (Cuentos), 2000. Like a Bride. Like a Mother, Traducción al inglés en un sólo tomo de Novia que te vea e Hisho que te Nazca, 2002, Los viajes de mi cuerpo, 2003 Horizontes sagrados, 2016 Trrri biutiful leidis y en 2019 Cuántas Rosas hay en un rosal, libro Autobiográfico.

Durante 20 años formó parte activa en el taller literario de Elena Poniatowska. A partir de 1997 imparte talleres literarios, y diversos talleres de autobiografía novelada.

Su obra es parte de trabajos internacionales sobre literatura y otros temas (Estados Unidos, España, Francia, Alemania, Canadá) y son parte del material obligatorio en cursos de diferentes universidades del mundo.

En 1993. recibió el Heraldo al mejor guión cinematográfico y el Ariel al mejor guión cinematográfico por su trabajo en Novia que te vea. En 1994 la Asociación de Periodistas y Escritores Israelitas de México le otorgan el Ariel León Dultzin,  En 2002, la Academia Nacional de la Mujer de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística la distinguió con el título de Maestra Emérita de México. .En 2005, recibió el Premio Coatlicue, otorgado por el Colegio de Mujeres en la Música. En este mismo año, la Comunidad Sefaradí y la Federación Sefaradí Latinoamericana le otorgaron el reconocimiento especial Algo de lo nuestro, por su trayectoria literaria.

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Rosa Nissán Rovero was born in Mexico City. She received her certification as a journalist in the Universidad Feminina,  She has published: 1992, Novia que te vea (also made into a movie in 1999, and for which she acted as the screenwriter, 1997 Tierras Prometidas, 1999 Hisho que te Nazca, 1999 No sólo para dormir es la noche (Short-stories), 2000 Like a Bride. Like a Mothertranslation into English in one volume of Novia que te vea and Hisho que te Nazca, 2002, Los viajes de mi cuerpo, 2003 Horizontes sagrados, 2016 Trrri biutiful leidis y en 2019, Cuántas Rosas hay en un rosal, an autobiography.

For twenty years, she was an active part of  the literary workshop of Elena Poniatowska. Since 1997, she has given literary workshops and and varied workshops about the autobiographical novel.

Her work forms part of international works about literature and other themes (United States , Spain, France, Germany and  Canadá) and is required reading in courses in many world universities.

In 1994, Nissán received the Herald and Ariel prizes for the best cinematic script for her work on Novia que te vea. In 1994, the Association of Jewish Journalists awarded her the Ariel León Dultzin Prize. In 2002, the National Academy of Women of the Mexican Society of Geography and Statistics awarded her the title of the Emérita Teacher of Mexico. In 2003, she received the Coatlicue Prize from the Women’s College of Music. I the same year, The Sephardic Community and the Latin American Sephardic Federation awarded her a special recognition: “Something of Ours,” for her literary trajectory.

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NoviaCover

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La novela, autobiográfica en parte trata una tensión generacional entre unos padres de una familia sefardí en Ciudad México y su hija. Para los padres, inmigrantes de Turquía, es de sumamente importancia que su hija se case joven y les dé nietos masculinos. Oshinica, la heroína y narradora nacida en México, tiene otras ideas.   — Cuando hablan los padres de Oshinica, palabras de ladino aparecen en su español.

 

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“Novia que te vea”

fragmentos de la novela

Este domingo Becky y yo fuimos al Paso de Chapultepec, dicen que las que van se queman. De todas maneras fuimos, Y nos fue a todo dar, Andábamos en su VW azulito, paseando, mirando, riendo, Nos paramos en la glorieta de las ranitas a platicar con unos amigos de Becky; nos invitaron a cenar en un lugar maravilloso; El Chardas, donde toca el violín Elías Briskin. Yo estaba chiveadísima  por que son muy grandes; Jack, un médico francés, que apenas llegó a México, es primo del doctor Maya, tan famoso; nos contó que ejercer aquí, tiene que revalidar su título y presentar exámenes. Mientras en sociedad con su primo, van a abrir una clínica de análisis clínicos.

–¿No sabes de una muchacha paisana que quiera ser secretaria?, me preguntó.

–No, pero si sé, te aviso. Yo quiero trabajar, y apenitas me salió la voz, pero no soy secretaria, aunque sí sé taquigrafía y mecanografía.

–Vente al laboratorio.

–No creo poder.

–Prueba…

–Voy a pedir permiso de mi mamá.

–¿Te hablo por teléfono para que avises? Abrimos en dos semanas. Estamos en Insurgentes casi frente a Sears.

Cuando le conté a mi mamá se puso feliz.

–Ya vez siquiera que estudiaste taquigrafía y mecanografía, ¿cuálo no queremos los padres para nuestros hishos? La madre es una señora de lo mejor, ya estuve hablando francés con ella, salimos parientes, una prima de Estambul es su sobrinica.

Ora se puso bien contenta con mi mamá.

No, ya son muchos líos en mi casa, mamá se puso como loca, suena el teléfono y cuelgan, me siento con mis cuadritos y pongo el rojo y suena otra vez, contesta mi mamá y cuelgan; dejo mi estambre y contesto. Lalo me dice: “Quiero verte, mi vida, voy a hacer mucho dinero para ti”. Mi mamá agarró la bocina y sin más le echó de gritos; le dijo que me deje en paz, que si no entiende español.

Ya no quiere dejarme salir con mis amigas, ni contestar el teléfono; dice que si lo veo, me saca de la escuela y de todo.

Hablé con Lalo y aunque se puso tristísimo, ya no lo voy a ver. ¿Qué quiere que haga? No puedo.

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¡En que laboratorio tan elegante voy a trabajar!, la sala de espera tiene unas cortinas de manta blanca con rombos de colores pintados a mano; nunca he visto nada parecido; cuando me case quisiera tener unas así. No me canso de verlas.

Entrando está un escritorio reluciente para la secre: Yo. La máquina de escribir está fija y también puedo esconderla dando la vuelta, y queda libre la cubierta de la mesa. Estoy contenta de tener dónde guardar mi diario, las tarjetas de Lalo y las cartas de Frida, y que mi mamá no pueda esculcarme: es la primera vez en mi vida que tengo un lugarcito donde nadie puedo entrar, porque ella y su limpieza llegan a todos los rincones de la casa.

Detrás de mí, está el despacho de Jack, lleno de libros maravillosos y de muchas revistas de medicina, que son fáciles a entender. En el cubículo que está junto, recibimos a los que viene a sacar sangre y una plancha para tomas vaginales, luego está lo que propiamente es le laboratorio: microscopios, mesas de trabajo, frigeradores, centrífugas, pipetas, matraces, tubos de ensayo, probetas, al un recinto pequeño, donde se hacen los análisis de orina y excremento, cultivos y parasitoscópicos.

El lunes viene a quedarse de planta Rita, la joven que el otro día se encerró con Jack en su despacho. Creía que era su novia. Ella va a ser la química farmacobióloga responsable; tiene una trenza pelirroja muy muy grande, su cuerpo es largo y estirado y camina muy rápido se ve linda con su bata blanca.

Rita y yo recibimos nuestros primeros pacientes; me puse mi bata y mi mejor sonrisa y con un miedo espantoso, les abrí la puerta y me senté en mi escritorio  para atenderlos; me enseñaron su receta, busqué el listo de precios en la lista de precios, saqué mi libreta de recibos y les pregunté y les pregunté: ¿cuánto van a dar a cuenta? Y los pasé a la sala de espera a que admiraran, como yo, las cortinas: le llevé a Rita la receta, preparó lo necesario y los hizo pasar dándoles instrucciones levantarse la manga para una toma de sangre.

Me quedé con ellos; no es cosa de salirse después de esperar este momento durante dos largas semanas. Me fascina la seguridad de Rita. No me canso de verla trabajar, asomarse al microscopio, entusiasmarse con lo que ve adentro, y llamarme para que yo también vea como son los glóbulos rojos, los blancos.

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[Cumplí] un mes trabajando y he aprendido muchas cosas; ahora cuando me llaman por teléfono para pedir instrucciones de cómo presentarse a los exámenes, las doy como si nada, como se llevara años en esto; si alguna mujer viene a un estudio vaginal, entro con ella y le digo muy amable y muy seria que se suba la plancha y se quite sus chones, con; con esta bata he de parecer enfermera porque me obedecen. A mí me daría una pena horrible que me acostaran así, es más, no me dejaré nunca; es una posición humillante, de desventaja junto al doctor y enfermeras, uno medio desnudo y ellos muy arregladitos.

Si no hay mucho trabajo de escritorio me voy volada a ver cómo trabaja Rita; de tantas análisis de orina que he visto ya sé cómo se hacen.

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En la Femenina tienen la carrera de Laboratorista; el horario es en la tarde y son tres años.

–Búscate una amiga medio tiempo, y te metes a estudiar; sólo que vas a compartir tu sueldo con ella – me dijo Jack.

¡Qué bruto! ¡Qué cuate!, voy a ver quién me quiere trabajar aquí; quisiera abrazarlo y besarlo; las clases comienzan en dos semanas; no sé si voy a conseguir a alguien; ¿quién no va a querer un trabajo tan bonito? Lo gordo es cómo decirle a mis papás lo de una nueva carrera, bueno. . .más bien a mi mamá.

¡Laboratorista? Dios mío, esta niña nunca va a acabar!, estás loca?, ¿para qué quieres y esto agora! Estaba yo amán amán para que acabaras, ¡qué no va ver fin para esta desgraciada escuela?, no te basta con el mugroso título de periodista. ¡Dime por favor!, ¿para qué lo quieres, para colgar en el excusado?, para esto te va a servir; estás atavanada, a ver, ¿quién de sus amigas hace lo que tú? Dori ni terminó nada; se casó. Ni siquiera tiene un título; está feliz; el otro día la vi con su niña, me dio mil modos de alegría; está lindísima la niñita. Y tú, cuando gracias a Dios ya terminaste y eres periodista titulada y que tu papá te pagó tus estudios, se te ocurre otra carrera. Y cuándo vamos a descansar un poco para decir nuestra hija, sosdé ya gana su dinerito, ¡no!, apenas dos meses de sueldo y ya inventas algo nuevo, y sales con que quieres ser química. ¡Dios mío! ¿Por qué mos diste una hija sabia?, ¿por qué?, ande le afitan tantos estudios. ¿Y tú, Shamuel de qué estás tan calladico?, ¿por qué no le dices lo que me dishiste anoche?, ¿por qué me dejas siempre con el paquete?

Lo volteo a ver y me doy cuenta de que está de acuerdo.

¿Por qué me darán ganas de estudiar?, ¿y si acabé una cosa, no me conformo ya?

Me he estado acordando de Alicia, la que estudiaba periodismo, y eso que era abuelita. ¿Y si me caso y mi marido no me deja estudiar como a ella?  ¿Encontraré un hombre que no me considere loca si ya casada quiero estudiar?

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Cuando llegó mi papá de la tienda, dijo que Lalo entró a hablar con él, le dijo que si no se casa conmigo se va a matar y me va a matar a mí. Mi papá se puso furioso y le dijo: “Si quieres mátate tú”. Y ahora Lalo está loco, que cómo me va a dejar casar con ese trastornado.

Lalo, pobrecito de ti. Me da pena que mi familia le haga desprecios. Ya verás, te vas a superar y nadie se atreverá a hacértelos más. Y me voy a arrepentir de no haber tenido la fuerza para casarme contigo.

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Caminaba yo por el Parque México y me chiflaron muy insistentemente; vi a un muchacho guapísimo con suéter rojo, en un carrazo; ¡Era Lalo, qué bruto!, se parece a James Dean; cómo ha cambiado en estos tres meses que no nos hemos visto!; como siempre me cerró el ojo, se bajó de su coche último modelo y me acompañó hasta el laboratorio. Dijo que me ama, que no puede vivir sin mí.

–Cásate conmigo, te juro que no te vas a arrepentir, voy a hacerte feliz.

–Todavía no quiero, ya aprendí muchas cosas. Estoy estudiando ara laboratorista; pronto dejaré de ser secretaria; un día haré los análisis yo sola.

–¡Cásate conmigo y sigues estudiando!

Me quedé viendo con la boca y los ojos abiertos.

–De veras no te importaría que siguiera estudiando, ¿de veras?

–¿Por qué habría de importarme?

–¡No puede ser!, me estás vacilando, o como dicen los amigos de mi mamá: “Te dicen que sí, y cuando de casas no te dejan. A ver, si no te parece, ¿qué haces?” ¡Mentiroso!, eso es lo que eres, ya es hora que entro a trabajar, al rato te hablo. ¡Ah!, oye, ¡qué guapo que eres en ese suéter!, “es nuevo?

–¡No!, no puede ser, lo amo, lo adoro. Me ama. No sé qué me pasa; no puedo siquiera estar sentada en mi escritorio. ¡Claro que me caso!, pero ¡qué guapo estaba Lalo!, y después de tanto tiempo sin verlo, siento que lo quiero más.

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Editado de: Rosa Nissán. Novia que te vea. México: Editorial Planeta Mexicana, 1992, pp. 147-154.

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BrideCover

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The novela, autobiographical in parte, deals with generational tension between the parents of a Sephardic family in Mexico City and their daughter. For the parents, immigrants from Turkey, it is of extreme importance that their daughter marry young and “give them” grandchildren. Oshinica, the heroine and narrator, born in Mexico, has other ideas. — When Oshinica’s parents speak, they use words from Ladino in their conversations.

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“Like a Bride”

 portions of the novel

This past Sunday, Becky and I went to Chapultepec Park. They say you can really get sunburned there. We went anyway. And we had a great time. We went in her blue VW, drove around, looked at everyone, laughed and parked at a kiosk in order to talk to some friends of hers. They invited us to a marvelous place called Las Chardas, where the musician Elías Briskin plays the violin. I was avoiding them like the plague because they were all older: Jack, a French doctor who has just arrived in Mexico is a cousin of Dr. Maya, who is very famous. He explained to us that in order to practice in Mexico, he has to revalidate his title and take some exams. In the meantime, he and his cousin are going to open up a laboratory for clinical analysis.

“Do you know any young person who might like to work as a secretary?’ he asked.

“No, I’ll let you know if I hear of someone. But I would like to work,” my voice was barely audible, “and I know dictation and typing.”

“Come by the laboratory.”

“I doubt if I’ll be able to.”

“Give it a try.”

“I’m going to ask my mother for permission.”

“I’ll give you a call and you can let me know. We open in two weeks. We’re on Insurgentes Street, in front of Sears.”

When I told my mother, she was happy.

“Don’t you see, you didn’t even finish dictation and typing, and who says we parents don’t know what’s best for our children? The new owner’s mother is a cultured person; I’ve already been talking to her in French, and we discovered that we’re related; a cousin of mine from Istanbul is her niece.”

Now my mother was really beaming.

No doubt about it, conflict rules in my house. My mom is going crazy. The telephone rings and then they hang up. I’m here with my knitting, working on red squares this time, and the phone rings again. My mom answers, but they hang up again. The next time, I put down my knitting and answer the phone.

“I want to see you,” said Lalo, “I need to see you, honey. I’m going to make a pile of money for you.”

My mom grabs the receiver from me and starts yelling at him, telling him to leave me alone and that he doesn’t understand Spanish. She doesn’t want to let me go out with my girlfriends or answer the telephone; and she says that if she sees me with him she’ll take me out of school and make life hard on me. I spoke with Lalo, and even though he was sad, I won’t be seeing him anymore. What am I supposed to do? This is too much!

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What a luxurious laboratory! The waiting room has some beautiful curtains with colorful designs on them. I’ve never seen anything like them. When I get married, I want to have the same thing. As you enter, there’s a new shiny desk for the secretary: that’s me. The typewriter can be stored away underneath the top of the desk. I’m happy to have a place to put my diary, Lalo’s cards, and Frida’s letters. Finally, my mom can’t go through my personal things. This is the first time in my life that I’ve had a little secret place where I can hide my things because my mom’s mania for cleaning reaches every corner of the house.

Behind my desk is Jack’s office, which is full of marvelous books and magazines about medicine that aren’t to understand. There is a small cubicle for taking blood and vaginal samples. At the back of the lab are the microscopes, lab tables, refrigerators, centrifuges, glass tubes, flasks, beakers, and Bunsen burners. At the other end is another room for analyzing urine and feces cultures.

Starting Monday, Rita will join us. She’s a young, beautiful girl who was alone with Jack in his office for the interview. I thought she was his lover. She’s going to be the head pharmacologist. She has a long red braid and a long thin body. She seems to walk fast wherever she goes. She’s pretty in her white smock.

Finally, Rita and I welcomed our first clients. I had to put on my smock and my best smile, because I was really nervous.

I  opened the door and sat down to take care of our first customer. He showed me the doctor’s orders. I looked for the price of the analysis on my list, took out my receipt book and asked him how much he was going to give as down payment. Then I asked him to take a seat in the waiting room where he could admire, like me, the curtains. I took the doctor’s orders to Rita, prepared some other documents, and asked him to go into the cubicle and roll up his sleeve in order to take a blood sample.

I stayed around to watch. I couldn’t pass up waiting for this moment; it’s been two weeks. I’m fascinated with Rita’s professionalism. I never tire of watching her do her work, peer into the microscope, get excited about what she sees, and then calls me over to look at the red and white cells.

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. . .  I have other reasons to be happy. I’ve just finished my first my first month at work, and I have learned many new things. Now, when someone calls for instructions for having an analysis done, I can do it with ease; it’s like I’ve been doing it for years. When a woman comes for a vaginal analysis, I go into the cubicle with her, and in a friendly but serious way, tell her to get on the examination table and take off her panties. I guess this white smock looks important because they do exactly as I say. I would feel pretty embarrassed if I had to get on that table myself. I’ll never do it. It’s such a humiliating position to be in—you’re at the mercy of the doctors and the nurses, lying there half naked while they’re formally dressed.

If we don’t have a lot of customers, I run back to watch Rita do her work. After seeing so many urine analyses, I know exactly how it’s done. I type up the remarks that makes in a notebook. XXC I always make an extra copy for myself, even though there are there urine tests and three different ones for feces. I’m going to do an analysis and compare it to hers; I bet they turn out the same.

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They offer a program at my school that certifies you as a lab technician. They have an afternoon schedule, and it takes three years

“Find a friend who’ll work half time for you, and you can study; but you’ll have to split your salary with her.” Jack told me.

He’s cool!  What a guy! I would love to hug and kiss him. Classes begin in two weeks. I know I’ll find someone. Who wouldn’t want to work in such a delightful atmosphere? The hard part will be telling my parents that I am starting a new degree program. My mom is going to have a fit.

“Lab technician? Oh, my God, this young lady will never grow up. Are you crazy? Why do you want to do this, and why now? I’ve been praying and praying for you to finish. Are we ever going to done with that damn school? Please tell me why? To hang your certificate in the bathroom? That’s all it will be good for. You’ve gone off the deep end. Okay, answer me this; do you have any friends who are doing such a silly thing? Dori never finished anything; she got married. She doesn’t have a certificate and she’s happy. I saw her the other day with her baby; I felt so happy for her. Her daughter is beautiful. And here you are—just when—thanks be to God—you got your certificate in journalism and your father finished paying for your studies, you come up with the idea to get another certificate. And when will be able to sit back and telling everyone that our daughter is earning her way a bit? But no, barely two months go by in your new job and you invent something new; now you want to be a chemist. Dear God, why did you give us and intelligent daughter? Why? Where does so much studying get you? And you, Shamuel, why don’t you tell what you told me last night? Why do I always have to be the one?”

I turn to him and see that he’s in agreement. Well, then why do I want to keep studying? I’ve already got one certificate, why shouldn’t I be happy with that? I’ve been thinking about Alicia, the woman who was studying journalism although she was already a grandmother. And what if I get married and my husband lets me study like her? Will I find a who won’t think I’m crazy because I want to continue studying after I get married?

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When my father arrived home from the store, he told me that Lalo had gone to see him. He told my dad that if he can’t marry me, he’s going to kill himself, and me as well.

“If that’s what you want, go ahead and kill yourself.” My father told him with anger.

Now he says that Lalo has gone crazy, and how could he ever allow me to marry a madman.

Lalo, I feel so sorry for you. I’m sorry my family doesn’t think much of you. You’ll see, things will get better and no one will trouble you ever again. I’ll always feel guilty for not having the courage to marry you.

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I was walking through Mexico Park and they started whistling at me. I saw a really handsome guy wearing a red sweater, in a fancy car, no less. It was Lalo. Unbelievable! He looked like James Dean.

He’s changed so much in the three months we haven’t seen each other. As always, he winked at me, got out of his brand-new car, and walked me to the lab. He told me he loves me, and that he can’t live without me,

“Marry me, I swear you won’t be sorry. I will make you happy.”

“I don’t want to get married yet. I’m happy right now. I’ve been learning new things. I’m studying to be a lab technician; in fact, I’m going to quit as a secretary, and soon I’ll be doing the analysis all by myself.”

“Marry me, and you can continue your studies.”

My mouth fell open and my eyes popped out.

“Do you mean it really didn’t matter to you if I continued studying? Are you sure?”

“Why should it matter to me?”

“I can’t believe it. You must be joking with me. My mother’s friends say, ‘They always tell you yes, but after you get married, they say no.’ If you don’t like it, what are you going to do about it?  Liar, that’s what you are. But now I’ve got to get back to work. I’ll talk to you later. Hey, you look really handsome in that sweater. Is it new?

No, this isn’t happening. I love him; I adore him. He loves me. I don’t know what’s happening. I can’t even sit at my desk. Of course, I will get married, but Lalo’s so handsome! And after not having seen him for a time. I feel like I love him even more.

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Edited from: Rosa Nissán. Like a Bride/Like a Mother. Albuquerque: University of New Mexico Press, 2002, pp. 171-182.

 

Translation by Dick Gerdes.

 

 

 

 

 

 

Bernardo Kordon (1915-2002) — Escritor judio-argentino/Argentine Jewish Writer — “La Biblia y yo”/ “The Bible and I”

 

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Bernardo Kor

Bernardo Kordon, escritor y periodista argentino,  nació  1915 en Buenos Aires y falleció en Santiago de Chile en 2002. Es considerado como uno de los autores más importantes e influyentes de la narrativa argentina del siglo XX y se le considera parte de la “Generación del 50”. Kordon publicó tanto novela como relato y libro de viajes, siendo muy conocido por sus crónicas en países de América, Europa y Asia. Sus obras tienen un marcado todo realista que muestra las inquietudes de la población y el costumbrismo, con influencia de autores norteamericanos y del cine, sus novelas tienen un enfoque abierto y se centra en la vida de la gente corriente en ambientes marginales y suburbanos. Publicó más de veinte obras a lo largo de su vida y seis de ellas se han llevado al cine. Entre sus obras más destacadas se encuentran: La Vuelta de Rocha. Brochazos y Relatos Porteños (1936), Un horizonte de cemento (1940), Seiscientos millones y uno (1958), Vencedores y vencidos (1965), Historias de sobrevivientes (1983), entre muchas otras. En 1969 se vio obligado a exiliarse de Argentina a Chile por motivos políticos, allí se casó con la chilena Marina López. En 1983 recibió el Premio Municipal y en 1984 recibió el prestigioso Premio  Konex.

Adaptado de Lecturalia

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Bernardo Kordon, Argentine writer and journalist, was born in 1915 in Buenos Aires and died in Santiago de Chile in 2002. He is considered one of the most important and influential authors of the twentieth century Argentine narrative and is considered part of the “Generation of the Fifties”. Kordon published both novels and stories and travel books. He was well known for his chronicles in countries of America, Europe and Asia. His works have a realistic mark that shows the concerns of the population and costumbrismo, with influence of American authors and cinema, his novels have an open approach and focuses on the lives of ordinary people in marginal and suburban environments. He published more than twenty works throughout his life and six of them have taken to the cinema. Among his most outstanding works are: La Vuelta de Rocha. Brochazos y Relatos Porteños (1936), Un horizonte de cemento (1940), Seiscientos millones y uno (1958), Vencedores y vencidos (1965), Historias de sobrevivientes (1983). En 1969, he was obliged to go into exile from Argentina to Chile for political reasons, There he married the  a Marina López, a Chilean. En 1983, he received the Municipal Prize and in 1984, the prestigious Konex Prize.

Adaptado de Lecturalia

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“La Biblia y yo”

Confieso que de la Biblia tuve poco tránsito y ninguna permanencia. Sin duda, la aprecié, dada mi condición de judío. En tal sentido y nunca traté de ocultarlo. Esa permanencia deriva de mi abuelo materno, que se llamó Isaac Piterbarg. Era cantor de sinagoga y oir ese motivo fue invitado a cantar en Buenos Aires. Se embarcó en compañía de familiares hasta este Río de la Plata donde nunca vio el mejor ápice de plata, ni de oro (hubiera sido un consuelo), Aquí don Isaac sufrió varios contratiempos y algunas satisfacciones;iletrado entre éstas seguramente figuraron mostrarme la Biblia, la recuerdo bien porque era una edición ilustrada que puso en mis manos, hecho muy importante dada mi condición circunstancial de niño iletrado. Con esa Biblia mi abuelo me marcó; el libro señalaba el camino de mi pueblo y señalaba mi propio camino. Mi abuelo me marcó el camino de arte. Su canto, escuchado casualmente a los cinco años, marcó mi destino. Nunca olvidé el canto de mi abuelo Isaac.

Debo aclarar que mi padre era “progresista”, seguramente de socialista. Por eso no me inició en la religión en costumbres ni idiomas judíos. A mi hermano, por ejemplo, lo gratificaron con el nombre de Jean Juarès. Pero un día con mis padres, porque allí cantaba mi abuelo. Nunca pude olvidar su canción, algo funebre… un kadish.

A mi alrededor los niños continuaron sus juegos, pero la impresión que a mí me produjo el canto de mi abuelo fue tremenda. Vuelvo a sentir lo mismo cuando escucho el cante-jondo o los actores cantores hacen sentir sus desgarradas melopeas en las óperas chinas. Desde el comienzo, quiero decir desde ese canto de mi abuelo escuchado a los cuatro o cinco años, el hedonismo nada tiene que ver conmigo. Lo que me desgarra, o me estremece, no lo sentía y no lo siento como arte.

No olvidé el ambiente de casarón del Paisaje del Carmen donde fue trasplantado mi abuelo y toda su familia, lo más parecido a un patio de sainete de Vacarezza.

A los inmigrantes los costaba dejar las características traídas de todo el mundo, hasta formar esa mezcla que comienza a clarificarse medio siglo después. Ya no era el mundo estático entre idn y goim  de Ucrania, sino que este supuesto nuevo mundo consistía en un hervidero de razas y naciones que convertían a todos los inmigrantes en especies de judíos, que si no se peleaban abiertamente, al menos se despreciaban  y ridiculizaban mutuamente.

En especial el idioma confundía a mi abuelo. “Aquí todo se dice lo mismo” -reflexionaba-. “Esto”- señalaba su cara – “es caro, y es caro lo que no es barato, y también es caro el carro que transitaba la calle”. Pero esto no me reía, nunca me reí de esas dificultades idiomáticas de los inmigrantes; por el contrario, me provocan lástima y solidaridad.

Por supuesto a mi abuelo no lo consideraba un extranjero. En especial su canto era tan profundo y misterioso como nuestro pasado y nuestro porvenir. Su canto era yo mismo. En verdad aspiro a que mi pobre literatura resulte algo parecido al canto de mi abuelo.

A mi abuelo lo entendí cabalmente en ese gesto de ensoñación que acompañaba sus cánticos y plegarias. En su contagioso estado de ensoñación aprendí a sentirme judío. Mi abuelo soñaba con la gloria de su religión y también soñaba en convertirse en un próspero comerciante. Un buen día concretó el sueño de instalar una taller de confección ojalillos de camisas de seda. Uno de mis tíos, aún niño, fue el encargado de entregar la mercadería elaborada. Salió mi tío Elías con su paqueton de camisas de seda y una cuadra después lo detuvo un tipo: “Querés pibe ganarte veinte guitas? Aquí están: te los pago adelantado. Solamente tenés que subir al segundo piso y le entregás esta carta a esa mujer que se llama Tita, así como dice el sobre. Ah, me olvidaba de decirte que del paquete no te preocupés, te lo cuido yo”. La tal Tita no vivía ni en el segundo piso ni en ningún otro piso. Cuando mi tío Elías volvió a la calle tampoco encontró el hombre del recado, y menos el paquete de camisas de seda. Hubo que pagarlas al fabricante, sin contar del descrédito del confeccionista que comienza dejándose robar la mercadería. Contratiempo que acentuó la dedicación de mi abuelo a sus cánticos. Los mejores jeremiadas no son dictadas por el ritual, sino por la vida.

En realidad, la Biblia la conocí por mi abuelo y la viví en su canto. No estudié, debo confesar que tuve que conformarme con estudiar Buenos Aires. Lo que no ocurrió con mi abuelo, hablo la lengua de Buenos Aires, inclusive la escribo. Ya lo confesé  en un cuento: al hablar su idioma trato de disimular mi condición de extranjero. Extranjero por identificación con mi abuelo. Escribo pero debo decir como mi abuelo: todo se dice el mismo.

Cuando su impronta y sus hijos crecieron, mi viejo se mudó al caserón de la calle Potosí, al lado de los fondos del Hotel Italiano. En el jardín habían varias palmeras y un par de rejas: allí me mantuve quieto como un pequeño preso, mirando la calle todo el día, desde entonces mi ocupación favorita. Después comenzaron mis peregrinaciones por el barrio, por la ciudad, y de algún modo Buenos Aires fue la Biblia soñado por mi abuelo Isaac Piterbarg.

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“The Bible and I”

I confess that with the Bible, I had little traffic and no continuity.  Without doubt, I appreciated it, give my condition as a Jew. In that sense, I never tried to hide it. That permanent condition derives from my maternal grandfather, named Isaac Piterberg. He was a synagogue cantor, and for that reason, he was invited to sing in Buenos Aires. He embarked the company of relatives until this Río de la Plata, where he never saw a speck of silver nor of gold (it would have been a consolation. Here don Isaac suffered several setbacks and some satisfactions. My illiteracy, among these, surely figured in showing me the Bible, I remember it well because it was an illustrated edition that he put in my hands, made very important given my condition circumstantial of being and illiterate child. With this Bible, my grandfather marked me; the book signaled the path of my people and it signaled my own path. His singing, casually heard at five years old, marked my destiny. I will never forget the chanting of my grandfather Isaac.

I should make it    clear that my father was a “progressive,’ surely a socialist. For that reason, he didn’t initiate me in the Jewish religion, customs or languages. They rewarded my brother, for example, with the name Jean Juarès, the socialist leader. But one day, I went with my parents to the synagogue because my grandfather was singing there. I never could forget his song, something funereal. . . a Kaddish.

Around me, the children continued playing their games, but the impression that my grandfather’s singing had on me was enormous. I felt the same way when I heard the cante-jondo or when the actors and singers made their licentious intonations feel in the Chinese operas. From the beginning, I want to say that this chanting of my grandfather, heard at four of five years old, with me, had nothing to do with hedonism.

I can’t forget the ambiance of the large house on the Plaza del Carmen where my grandfather and his entire family was transplanted. It was more like a courtyard for comic sketches in Vacarezza.

It was difficult for the immigrants to leave behind the characteristics brought from around the world, until forming a that mixture that began to be clarified a half century later. It was no longer the static world between idn and goim, Jews and non-Jews of the Ukraine, but rather this supposed new world consisted in a beehive of races and nations that were converted all immigrants in species of Jews, who, if they didn’t fight openly, least they looked down upon and ridiculed each other.

The language especially confused my grandfather. “Here everything is said the same way, he reflected: there are sheeps in the fields. there are sheeps on the river, and if something is not expensive it’s sheep.” But this didn’t make me laugh; I never laughed at the linguistic difficulty of the immigrants; on the contrary, it provoked compassion and solidarity in me.

Of course, my grandfather wasn’t considered to be a foreigner. Especially, his singing was so profound and mysterious as our past and our future. His singing was me myself. Truthfully, I aspire that my poor literature becomes something like the singing of my grandfather.

My grandfather understood precisely that gesture of dreaminess that accompanied his chants and prayers. In his contagious dream-like state, I learned to feel myself to be a Jew. My grandfather dreamed about the glory of his religion, and he also dreamed about becoming a prosperous merchant. One day, he realized his dream of setting up a workshop for the manufacturing of small button holes for silk shirts. One of my uncles, still a child, was put in charge of delivering the completed merchandise, My Uncle Elías left with his large package of silk shirts, and a block later, a guy stopped him: “Kid, do you want to earn twenty pesos? Here they are: I’ll pay them to you in advance. All you have to do is go up to the second floor and deliver this this letter to that woman named Tita, as it says on the envelope. Ah, I forgot to tell you not to worry about the package, I’ll look after it for you.” Such a Tita didn’t live on the second floor nor in any other floor. When my uncle Elías returned to the street he didn’t find the man with the message either, and even less the package of silk shirts. It was necessary to pay the manufacturer, without speaking of the loss of trust in the seamstress who began allowing the merchandise to be stolen. Setbacks that accentuated my grandfather’s dedication to his songs. The best Jeremiads and not dictated by ritual, but by life.

In truth, I knew the Bible through my grandfather and I lived it in his singing. I didn’t study; I have to confess that I had to be content with studying Buenos Aires. As didn’t happen to my grandfather, I speak the language of Buenos Aires, I even write it. I already confessed this in a short-story: by speaking its language, I try to dissimulate my condition as a foreigner. Foreigner by identification with my grandfather. I write, but I should say like my grandfather: everything is said the same way.

When his reputation and his children were grown, my old man moved to the large house on Potosí Street, next to the rear section of the Italian Hospital. In the garden, there were several palms and a pair of railings: there I kept myself quiet like a small prisoner, looking at the street all day long, since then my favorite occupation. Later, my peregrinations through the neighborhood, through the city, and in some way, Buenos Aires was the Bible dreamt by my grandfather Isaac Piterberg.

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Algunos de los libros de Bernardo Kordon/                                                Some of Bernardo Kordon’s Books

 

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Clara Weil (1924-1985) Cuentista judía-italiana-argentina/Italian Argentine Jewish Short-story Writer — “Por todos sus errores” – un cuento/”For All Their Sins” – A short-story

Clara Weil
Clara Weil

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Clara Weil nació en 1924 en Malfoncone, Italia en el seno de una familia judía muy tradicionalista. En 1938, la familia emigró a la Argentina debido a las leyes raciales recién implantadas en Italia.

Con el tiempo, se incorporó al grupo de judíos italianos inmigrados que se había formado, a través del cual se puso en contacto con la judería argentina, a pesar de que no hablara idish.

A los 22 años sufrió una grave enfermedad que la tuvo postrado por más de un año. Es en ese periodo que nace en ella el deseo de escribir. Su espontánea creatividad y fantasía la inducen a escribir cuentos para niños, que nunca publicó.

No obstante su inagotable energía, sufre del trauma legado por la persecución racial y su grave enfermedad. Con el análisis supera con el tiempo la situación, logrando canalizar su mente hacia la contenida vocación de escritora.

Se inicia con la publicación de un libro de cuentos: Una cruz para los judíos (1982), seguido por otros: De amor a la condena (1984). Estaba en avanzada terminación de una novela cuando la muerte la sorprende en 1985, a temprana edad.

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Clara Weil was born in 1924 in Malfacone, Italy in heart of a very traditional Jewish family. In 1938, the family immigrated to Argentina because of the recently implemented racial laws in Italy.

After a while, she became part of a group of Italian Jewish immigrants, through which she made contact with the Jews of Argentina, even though she didn’t speak Yiddish.

At 22, Weil suffered a grave illness that kept her prostrate for more than a year. During this period, her desire to write was born. Her spontaneous creativity and fantasy induced her to write stories for children, that were never published.

Despite her tireless energy, she suffered from the  legacy of the traumas of racial persecution and her grave illness. With psychoanalysis, in time, she was able to overcome the situation, and succeeded in focusing her mind toward her repressed vocation as a writer.

Weil began with the publication of a book of short stories: Una cruz para los judíos/ A Cross for the Jews, 1982, followed by another: De amor a la condena/ From Love to Condemnation, 1984. She was in the last stages of completing a novel, when death surprised her in 1985, at an early age.

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Kol Nidre oración/prayer

Moishe Oysher (1906-1958)

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“Por todos esos errores”

El techo estrellado contemplaba la sinagoga con las luces escondidas, eran las luces que perforaban los diseños de los vitrales.

(La víspera del día del arrepentimiento había comenzado)

En aquella sinagoga en Belgrano, las largas paredes estaban colmadas por los que en silencio que encerraba cielo y muerte escuchaban:

Kol Nidre…Kol Nidre…

En la oración en cuya melodía de Max Bruch en la tibia voz del joven jazán devolvería lágrimas y aroma de un gueto olvidado.

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Max Bruch

Esa noche allí estaban aquellos judíos que durante el año no dejan de amar la sinagoga, de aquellos judíos a los que los judíos alemanes llaman Die drei tagen Juden y aquellos otros y aquellos otros…y aquellos otros…

***

Esa noche en esa sinagoga estaba Raquel. Ocupaba uno de los asientos de la cuarta baja de la planta baja. Raquel o Ruchele, como la llamaba el abuelo Schloime, que había trabajado toda su vida como vendedor ambulante. Vivió en un conventillo de Pasteur y Lavalle y apreciaba gefülte fish. Tenía por costumbre sostener con las palmas de las manos el vaso de té con la cuchara sumergida. Con un terrón de azúcar entre los dientes sorbía su té en silencio. Aquel anciano leía el Idishe Zeitung e iba del Schll de la calle Uriburu. Hoy la tierra lo ha borrado. La memoria de Rujele también lo ha olvidado

***

Con el silencio que encierra cielo y muerte, todos escuchan de pie: – Kol Nidre… Kol Nidre.

“¡Qué música hermosa! Como cantaba este muchacho…

Y el rabino, ese hombre es bárbaro… cuando habla parece un Dios… es buen mozo… en fin no le falta nada… Y claro, es un rabino de los de hoy… bien moderno…” se dice Raquel. Suspira encogiendo el abdomen. A su derecha, está su marido, Mario, que tiene al lado, Martín, el hijo menor. A la izquierda, está Vanina, la hija mayor.

Kol Nidre… Kol Nidre… prosiguió el canto. Como si quisiera alcanzar a deslizarse por memorias que no tienen continuidad. Raquel gira su cabeza en diagonal y una mitad almibarada acariciaba la larga cabellera de Vanina.

…”¡Esta hija mía es riquísima…! ¡Pero qué tonta! Venirse aquí vestida con esos buggies blancos y para colmo con unas botas como las de los tres mosqueteros… Es inútil que yo proteste Ya estoy harto de escuchar que quiere vestirse como sus amigas,

Después de todo tiene razón… tengo que admitir que mi hija es riquísima… Sí, una mina bárbara, como dicen los chicos de ahora. Mucha gente opina que parecemos como dos gotas de agua, pero creo que exageran cuando nos toman por gemelas.”

Raquel levanta el brazo derecho y sus dedos de la mando se deslizan por las mejillas como estuviesen controlándolas. El tiempo se marca por finas telarañas de arrugas en la frente y alrededor de los ojos se ha borrado en ella, por la cirugía. Esa cirugía no solamente ha dejado la piel de su rostro como pulida con esmeril, sino que ha hecho su nariz ganchuda luciera ahora tan respingada como la de Ingrid Bergman. Debajo de sus párpados, cubiertos por el maquillaje, asoman unos ojos grises como la niebl. Tiene los labios teñidos de lacre con un brillo dorado y su cabeza está envuelta en un nido de gruesos rulos del color de cobre que se confunden el uno con el otro.

Ella es una mujer consecuente. Dos vece a la semana somete sus carnes al rítmico encuentro de las manos de la masajista. Además, cada lunes por la mañana, con el cuerpo comprimido en la malla, levanta y baja sus piernas durante la clase de gimnasia. Por eso Raquel Jojén, a las cuarenta y seis años, es una mujer que enciende miradas, en particular en los ojos de los maridos de sus amigas.

 -Kol Nidre… Kol Nidre… Y el oficiante sigue en crescendo con su do-me-ri-me fa-“.

Raquel apoya su mano derecha sobre el diafragma. “Augmenté un kilo en un solo día, mejor dicho, en una sola comida. También ¡con la cena de anoche! ¡Esos Chalomy tienen una clase para recibir! Pero la pobre Sofía es realmente un bofe… y Dios sabe que yo no soy envidiosa. El marido en cambio es bárbaro… ¡Ah! Ese José es tan churro… yo, yo si no fuese una señora seria… pero no, yo no sería capaz a hacer sufrir a Mario. De no ser así, hace rato que ya me hubiese encamado con ese hombre… ¡Qué barbaridad! Estoy loca para pensar todo esto… y estando en la sinagoga. Pero, no hay nada que hacer. José es tan macho que a veces me ocurre que cuando miro en la tele esa película Casablanca y veo a Humphrey Bogart, me parece ver a José… y ver que me acaricia, me besa y me dice: –I love you- me derrito. Escucho esa canción: You must remember these o algo parecido y sigo derritiéndome… menos mal que nadie se da cuenta de que ni bien me mira, esos ojos tiñen de rojo hasta mis orejas… pero por Dios, tengo marido e hijos. ¿Qué locuras estoy pensando? Y la mente de Raquel vuelve a distraerse con los champiñones de la víspera, con el caviar de Irán, que parecía anoche navegar en los dos moldes de hielo apoyados sobre las fuentes de plata. Aquellas frutillas que le parecían del tamaño de mandarines, aquellos helados que estaban escondidos tras pirámides de almendras y nueces y esos crepes naufragados en el Gran Marnier que echaba llamas con franjas doradas y violáceas.

Raquel sostiene en las manos el libro de tapas azules que luce en el lomo las cinco letras hebreas Majsor. Sus labios se mueven y sus pupilas corren de derecha a izquierda. Vuelve a levantar la cabeza y se sorprende al ver a Déborah ya Simón Bokerinsky.

“Déborah ha venido empilchada como para un casamiento”, juzga la mente de Raquel. “Vanina no se cansa de decirme: – ¡Pero, má! Los Bokerinsky tendrá una mosca loca, pero son tan mersas… y él, para decirte, es una mierda-. Esta hija mía es tan mal hablada y tan hincha cuando se le ocurre decir que si Déborah tuviese un prótesis de brillantes, con tal de mostrarlos no cerraría jamás la boca… En fin, no hay que tomar muy en serio lo que dicen los chicos… “

Raquel recuerda que la semana pasada, Mario le comentó que Simón había tomado el costumbre de no levantar los pagarés firmados, y que entregaba a los acreedores cheques voladores. Si bien ella no entiende de finanzas no deja de opinar que Simón es un hombre inteligente y sabe de negocios. De no ser así, el año pasado no hubiese comprado la casa y un departamento en Punta del Este, Además, Simón, hace apenas meses, regaló a Déborah el piso de la calle Virrey del Pino, con pileta y sauna. Y Raquel está convencida de que nadie puede comprar tantas propiedades juntas, sin disponer de dinero.

La oración de Kol Nidre ha terminado. Hay crujido de sillas y murmullos. Una vieja señora con la cabeza cubierta de una mantilla de encaje blanco está sentada en uno de los asientos de la primera fila del piso alto con codos apoyados sobre la baranda. Sus pupilas, envueltos como en una niebla, lucha a través de los bifocales para mirar a ese rabino moderno, a esos que ocupan a la planta baja y aquellos que, por falta de lugar, permanecen de pie en los pasillos de la nave del templo. Un niño o dos o tres berrean en los brazos que los mecen espasmódicamente.

¡Silencio, por favor! – reclama el rabino.

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Libros de Clara Weil/Books by Clara Weil

 

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     “For All Our Those Sins”

The star-filled ceiling looked down upon the synagogue with its hidden lights, the lights that perforated the designs of the stain glass windows.

(The eve of the Day of Atonement had begun)

In that synagogue in Belgrano the large walls were filled with those who in a silence encerraba cielo y muerte escuchaban:

Kol Nidre…Kol Nidre…

In that prayer whose melody by Max Bruch song with the warm voice of the young jazán would bring back tears and aroma of a forgotten ghetto.

MaxBruch
Max Bruch

That night, those Jews who during year never stopped loving the synagogue, of those Jews whom the German Jews call Die drei tagen Juden and those others and those others… and those others…

***

That night in Raquel was in that synagogue. She occupied one of the seats in the lower fourth of the ground floor. Raquel or Ruchele as her grandfather Shloime called her, who had worked all his life as a peddler. He lived in a tenement on Pasteur and Lavalle and was fond of gurfülte fish. He had the custom of holding of holding in the palms of his hands a glass of tea with the spoon submerged in it. With a cube of sugar between his teeth, he sipped his tea in silence. That old man read the Idishe Zeitung and he went to the Schil on Uriburu Street. But now the land had erased it. Rujele’s memory had also forgotten it.

 With the silence that contains heaven and death, all listen, standing: Kol Nidre… Kol Nidre.

“What beautiful music! How that young man sang. . . And the rabbi, that man is marvelous. . . when he speaks, he seems like a God. . . He is a good fellow. . .  In short, he doesn’t lack anything. . .  And of course, he is a rabbi of those of today. . . very modern. . .“ Raquel said to herself. She sighed, pulling in her abdomen. At her right, was her husband, Mario, who had at his side Martín, his younger son. On the left, is Vanina, the older daughter.   

Kol Nidre…Kol Nidre… continued the chant. As if it wished to slip/ slide thought the memories that  didn’t have continuity. Raquel turned her head diagonally and half gently caressed Vanina’s long hair.

“This daughter of mine is so precious. . .” But so silly! To come here dressed in those white buggies and even worse with boots like those of the three musketeers. . .  It’s useless for me to protest. I’ve had enough of hearing that she wants to dress like her friends.

After all, she’s right. . . I have to admit that this daughter is very charming. .  Yes, a marvelous girl, like the kids say today. Many people think that we are like two drops of water, but I think they exaggerate when they take us for twins.

She is a consistent woman. Twice a week, she submits her flesh to the rhythmic touch of the masseuse’s hands. Moreover, every Monday morning, with her body compressed into her bathing suit, she raises and lowers her legs during the gym class. For that Raquel Jojén, at forty-six years old, is a woman who ignites glances, particularly in the eyes of the husbands of her friends.

Kol Nidre… Kol Nidre. . . And the officiant continues in crescendo with his do-mi-re-fa.”

If that were not so, quite a while ago, I would have already gone to bed with that man. . . How awful! I’m crazy for thinking all of this. . . and in the synagogue. But, there’s nothing to do about it. José is so macho that at times, it occurs to me when I see on television that film Casablanca, and I see Humphrey Bogart, I seem to see José. . . and to see that he caresses me, kisses me and tells me : “I love you, and I melt, I listen to that song: You must remember these or something like that and I go on melting. . . at least no one notices that I don’t even look good, with eyes stained with red up to my ears. . . But my God, I have a husband and children. What craziness am I thinking?

And Rachel’s mind was distracted again by the mushrooms of the previous evening, with the caviar from Iran, that last night seemed to navigate in the two molds of ice, supported by the silver platters. Those strawberries that seemed to be the size of mandarin oranges, those ice creams, hidden behind pyramids of  almonds and walnuts and those crepes shipwrecked in the Gran Marnier that threw out flames in golden and violet streaks.

Raquel held in her hands the book with blue covers on whose spine shine the five Hebrew letters Machzor. Her lips moved and her pupils run from right to left. She raised her head again and was surprised to see Déborah and Simon Dokerinsky.

“Déborah has come dolled up as if she were going to a wedding,” Raquel’s mind judged. “Vanina never tires of telling me: but ma, the Bokerinsky must have plenty of money, but they are so vulgar, , ,and he, to tell you the truth is a piece of shit. This daughter of mine is so crudely spoken and so begrudging when is occurs to her to say that Déborah has shiny false teeth, and so to show them she never keeps her mouth shut. . . “But, you can’t take seriously what children say.”

Raquel then remembers that last week, Mario commented to her that Simón had taken on the custom of not paying off his promissory notes and that he was sending checks that bounced to his creditors. If that had not been so, last year, he wouldn’t had bought the house and a department in Punta del Este. Moreover, Simón, only a few months ago, gave Déborah an apartment on Virrey del Pino Street, with a swimming pool and sauna. And Raquel was convinced that nobody can purchase so many properties at the same time, without having money to spend.

The Kol Nidre prayer had ended. There was a creaking of chairs and murmurs. An elderly señora with her head covered by a mantilla of white lace is sitting on one of the seats of the first row of the upper floor with her elbows leaning on the railing. Her pupils, covered as if with a mist, struggled through her bifocals to look at this modern rabbi, at those who occupied the ground floor and those who, for lack of space, stood in the hallways on the sides of the temple. A child or two or three bawled in the hands that rocked then spasmodically.

“Silence please!” The rabbi demanded.

Translation by Stephen A. Sadow

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Moacyr Scliar (1937-2011) — Novelista y contista brasileiro judeu/Brazilian Jewish “A vaca” — un conto/ “The Cow” — A Short-story

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Moacyr Scliar

Moacyr Jaime Scliar nasceu em Porto Alegre, Rio Grande do Sul, no 1937. A partir de 1943, cursa a Escola de Educação e Cultura, conhecida como Colégio Iídiche. Em 1948, transfere-se para o Colégio Rosário. Começa a cursar medicina em 1955, na Universidade Federal do Rio Grande do Sul. Especializou-se na área de saúde pública, tornando-se médico sanitarista e ocupando os cargos de chefe da equipe de Educação em Saúde da Secretaria da Saúde do Rio Grande do Sul e diretor do Departamento de Saúde Pública.

Na década de 1970, cursou pós-graduação em medicina, em Israel, e também se tornou doutor em Ciências pela Escola Nacional de Saúde Pública. Ainda na área médica, atuou como professor do curso de medicina da Universidade Federal de Ciências da Saúde de Porto Alegre.

O dia a dia de estudante de medicina inspirou a Scliar o seu primeiro livro, “Histórias de um médico em formação”, publicado em 1962. Foi o começo de uma brilhante carreira como ficcionista, durante a qual publicou mais de setenta livros, divididos entre romances, coletâneas de contos e crônicas, literatura infantojuvenil e ensaios. Seu romance “O centauro no jardim”, publicado em 1980, faz parte da lista dos 100 melhores livros de temática judaica dos últimos 200 anos, organizada pelo National Yiddish Book Center (EUA).

Scliar conquistou diversos prêmios literários, como, por exemplo: três prêmios Jabuti (nas categorias “romance” e “contos, crônicas e novelas”); o Prêmio  da Associação Paulista dos Críticos de Arte, em 1989, na categoria “literatura”; e o Casa de las Americas, em 1989, na categoria “conto”. Seus livros foram traduzidos em inúmeros países.

Em 1993 e 1997, foi professor visitante na Brown University e na Universidade do Texas, ambas nos EUA.

Moacyr Scliar faleceu no 2011.

Adaptado de educação,uol,br

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Moacyr Jaime Scliar was born in Porto Alegre, Rio Grande do Sul, in 1937.  From 1943, he attended the School of Education and Culture, known as Yiddish School. In 1948, he transferred to the Rosario School. He began to study medicine in 1955, at the Federal University of Rio Grande do Sul. He specialized in public health. and was head of the Health Education team of the Rio Grande do Sul Health Secretariat South and director of the Department of Public Health.

In the 1970s, he did post-graduate studies in medicine in Israel, and also received a doctorate in science from the National School of Public Health. Also, in the medical area, he acted as professor of the medicine of the Federal University of Health Sciences of Porto Alegre.

His experience as a medical student inspired Scliar his first book, “Stories of a Physician in Training,” published in 1962. It was the beginning of a brilliant career as a fictionist, during which he published more than seventy books, divided between novels, compilations of short stories and chronicles, children’s literature and essays. His novel “The Centaur in the Garden,” published in 1980, is one of the 100 best Jewish-themed books of the last 200 years, organized by the National Yiddish Book Center.

Scliar won several literary awards, such as three Jabuti awards (in the categories “romance” and “short stories, chronicles and novels”); the Prize of the Paulista Association of Art Critics, in 1989, in the category “Literature”; and the Casa de las Americas Prize, in 1989, in the category “short story”. His books have been translated into countless countries.

In 1993 and 1997, he was a visiting professor at Brown University and the University of Texas, both in the United States.

Moacyr Scliar passed away in 2011,

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“A vaca”

 

Numa noite de temporal, um navio naufragou ao largo da costa africana. Partiu-se ao meio, e foi ao fundo em menos de um minuto. Passageiros e tripulantes pererecam instantaneamente. Salvou-se apenas um marinheiro, projetado à distância no momento do desastre. Meio afogado, pois não era bom nadador, o marinheiro orava e despedia-se da vida, quando viu a seu lado, nadando com presteza e vigor, a vaca Carola.

A vaca Carola tinha sido embarcada em Amsterdam.

Excelente ventre, fora destinada a uma fazenda na América do Sul.

Agarrado aos chifres da vaca, o marinheiro deixou-se conduzir; e assim, ao romper do dia, chegaram a uma ilhota arenosa, onde a vaca depositou o infeliz rapaz, lambendo-Ilhe o rosto até que ele acordasse.

Notando que estava numa ilha deserta, o marinheiro rompeu em prantos: “Ai de mim! Esta ilha está fora de todas as rotas! Nunca mais verei um ser humano!” Chorou muito, prostrado na areia, enquanto a vaca Carola fitava-o com os grandes olhos castanhos.

Finalmente, o jovem enxugou as lágrimas e pôs-se de pé.

Olhou ao redor: nada havia na ilha, a não ser rochas pontiagudas e umas poucas árvores raquíticas. Sentiu forme: chamou a vaca: “Vem Carola!”. Ordenou-a e bebeu leite bom e espumante. Sentiu-se melhor; sentiu-se e ficou a olhar o oceano. “Ai de mim” – gemia de vez em quando, mas já sem muita convicção; o leite fizera-lhe bem.

Naquela noite dormiu abraça o á vaca. Foi um sono bom, cheio de sonhos reconfortantes: e quando acordou – ali estava o ubre a ilhe oferecer o leite abundante.

Os dias foram passando e o rapaz cada vez mais se apegava a vaca. “Vem, Carola!” Ela vinha, obediente.

Ele cortava um pedaço de carne tenra – gostava muito de língua – e devorava-o cru, ainda quente, o sangue escorrendo pelo queixo. A vaca nem mugia. Lambia as feridas, apernas. O marinheiro tinha sempre o cuidado de não ferir órgãos vitais; se tirava um pulmão; deixava o outro; comeu o baço, mas não o coração, etc.

Com os pedaços de couro, o marinheiro fez roupas e -sapatos e um toldo para abriga-lo do sol e da chuva. Amputou a cauda de Carola e usava-a para espantar as moscas.

Quando a carne começou a escassear, atrelou a vaca a um tosco arado, feito de galhos, e lavrou um pedaço de terra mais fértil, entre as árvores.

Usou o excremento do animal como adubo. Como fosse escasso, triturou alguns ossos, para usá-los como fertilizante.

Semeou alguns grãos de milho, que tinham ficado nas cáries da dentadura de Carola. Logo, as plantinhas começaram a brotar e o rapaz sentiu renascer a esperança.

Na festa de São João comeu canjica.

A primavera chegou. Durante a noite uma brisa suave soprava de lugares remotos, trazendo sus aromas.

Olhando as estrelas, o marinheiro suspirava. Uma noite, arrancou um dos olhos de Carola, misturou-o com água do mar e engoliu esta leve massa. Teve visões voluptuosas, como nenhum mortal jamais experimentou. . .  Transportado de desejo, aproximou-se da vaca. . .  E ainda desta vez, foi Carola quem ilhe valeu.

Muito tempo se passou, e um dia o marinheiro avistou um navio no horizonte. Doido de alegria, berrou com todas as forças, mais não Ihe respondiam; o navio estava muito longe. O marinheiro arrancou um de chifres de Carola e improvisou uma corneta. O som poderoso atroou os ares, mas ainda assim não obteve reposta.

O rapaz desesperava-se; a noite caia e o navio afastava-se de ilha. Finalmente, o rapaz deitou Carola no chão e jogou um fósforo aceso no ventre ulcerado de Carola, onde um pouco de gordura ainda aparecia.

Rapidamente, a vaca incendiou-se. Em meio á fumaça negra, fitava o marinheiro com seu único olho bom. O rapaz estremeceu, julgou ter visto uma lágrima. Mas foi só impressão.

O claro chamou atenção do comandante do navio; uma lancha veio recolher o marinheiro. Iam aí partir, aproveitando a mar, quando o rapaz gritou: “Um momento!”; voltou para a ilha, e apandou, do montículo de cinzas fumegantes, um punhado que guardou dentro do gibão de couro. “Adeus, Carola – murmurou. Os tripulantes da lancha se entreolharam. “É o sol” – disse um.

O marinheiro chegou a seu país natal. Abandonou a vida do mar e tornou-se um rico e respeitado granjeiro, dono de um tambo com centenas de vacas.

Mas a pesar disto, vivou infeliz e solitário, tendo pesadelos horríveis todas as noites, até os quarenta anos. Chegando a esta idade, viajou a Europa de navio.

Uma noite, insone, deixou o luxuoso camarote e subiu ao tombadilho iluminado pelo luar.  Acendeu um cigarro, apoiou-se na amura e ficou olhando o mar..

De repente estirou o pescoço, ansioso. Avistara uma ilhota no horizonte.

— Alô – disse alguém, pelo dele.

Voltou-se. Era uma bela loira, de olhos castanhos e busto opulento.

— Meu nome é Carola – disse ela.

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De:/From: Moacyr Scliar. Sus mejores cuentos. São Paulo, 1996.

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“The Cow”

 

On a stormy night, a ship went down off the African coast. It broke in half, and went to the bottom in less than a minute. Passengers and crewmen perished instantly. Only one sailor was saved, thrust out at a distance at the moment of the disaster. Half-drowned, since he wasn’t a good swimmer, the sailor prayed and said goodbye to his life, when he saw at his side, swimming quickly and vigorously, the cow Carola.

The cow, Carola had been put onboard in Amsterdam.

Excellent belly, she was destined for a farm in South America.

Grasping on the cow’s horns, the sailor let himself be guided, and so, at the break of day, they arrived at a little sandy island where the cow deposited the unhappy boy, licking him on his face until he woke up.

Noticing that he was on a desert island, the sailor broke out wailing: “Woe is me!” The island is outside al the shipping routes. I’ll never see a human being again.” He cried a great deal, prostrated on the sand, while the cow Carola stared at him with chestnut eyes.

Finally, the boy dried his tears and stood up. He looked around: there was nothing on the island, but sharp rocks and a few rickety trees. He felt hungry: he called the cow: “Come Carola!” He ordered her and he drank good and frothy milk. He felt better; he felt and he turned to look at the ocean. “Woe is me” – he sighed from time to time, but now without much conviction: the mild did him good.

The sailor arrived at his native land. He abandoned the sailor’s life and became a rich and respected farmer, owner of a dairy farm with hundreds of cows.

That night he slept hugging the cow. I was a good dream; full of comforting sounds; and when he awoke – there was the utter offering him abundant milk.

The days passed, and the boy more and more fond of the cow. “Come, Carola!” She came obediently.

He cut off a piece of tender meat—he liked the tongue a lot—and he devoured it raw, still hot, the blood flowing over his chin. The cow didn’t moo. She hardly licked her wounds. The sailor always took care to no injure the vital organs; he took out a lung; he left the other one; he ate the spleen, but not the heart, etc.

With the pieces of leather, the sailor made clothing and shoes and a canopy/awning to protect himself from the sun and the rea. He amputated Carola’s tail and used it to chase flies away.

When the meat began to become scarce, he harnessed the cow to a crude plow, made of pieces of wood and tilled a piece of the most fertile land among the trees.

He used the animal’s excrement for compost. As it was scarce, he ground up some bones, to use them as fertilizer.

He planted some grains of corn, which he had stuck in the cavities of Carola’s teeth. Then, the plants began to sprout and the boy felt a resurgence of hope.

On Saint John’s Day, he ate hominy.

Spring arrived. During the night, a gentle breeze blew in from remote places, bringing their fragrances.

Gazing at the stars, the sailor sighed. One night, he tore out one of Carola’s eyes, mixed it with seawater and swallowed this light paste. He had voluptuous visions, as no mortal had ever experienced. . . Carried away with desire, he came near the cow. . . And this time too, it was Carola whom he wanted.

A great deal of time passed, and one day, the sailor caught sight of a ship on the horizon. Crazy with happiness, he hollered with his strength, but nothing, but there was no answer; the ship was very far away. The sailor tore off one of Carola’s horns and improvised a bugle. The powerful sound thundered through the air, but even so, it wasn’t answered.

The boy was losing hope; it was nightfall and the ship remained at a distance from the island. Finally, the boy laid Carola down on the ground and threw down a match and lit Carola’s ulcerated belly on fire, at a spot where a little bit of fat still appeared.

Rapidly, the cow caught fire. Amidst the black smoke, she stared at the sailor with her only good eye. The boy trembled and was sure he had seen a tear. But it was only an impression.

The bright light caught the attention of the commander of the ship, a launch set out to rescue the sailor. Leaving there, taking advantage of the sea, when the boy shouted: One moment!”; he returned to the island, and gathered, from the little pile of smoking ashes, a handful that he saved inside of his leather doublet. “Goodbye, Carola” – he murmured. The crew of the launch looked at one another. “It’s the sun!” one said.

But, in spite of this, he lived unhappy and alone, having horrible nightmares every night for forty years. Reaching this age, he travelled to Europe by ship.

One night, suffering insomnia, he left the luxurious cabin and went up to the quarterdeck, lit up by the moonlight.

Suddenly, he stretched his neck anxiously. He caught sight of a small island on the horizon.

“Hello,” said someone nearby him.

He turned around. It was a beautiful blond, with chestnut eyes and an opulent bust.

“My name is Carola,” she said.

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Translation by Stephen A. Sadow

 

Livros/Books — Moacyr Scliar

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Memo Ánjel — Escritor judío-colombiano/ Colombian-Jewish Writer — De “Cuentos judíos”/ From “Jewish Stories” — “Dos maletas” — un cuento”/ “Two Suitcases” — a short-story

 

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Memo Ánjel

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Memo Ánjel (José Guillermo Ángel) nació en Medellín, Colombia, como hijo de inmigrantes argelinos en 1954. Además de su oeuvre literario, Ánjel ha trabajado por 16 years como professor of de Comunicación Social en la Universidad Pontificia Bolivariana en Medellín.

Algunos de sus libros: La luna verde de Atocha (novela); La casa de las cebollas (novela), Todos los sitios son Berlín (novela), Libreta de apuntes de Yehuda Malaji, relojero sefardí (Ejercicios de imaginación sobre la conformación de los pecados), Zurich es una letra alef (novela), Tanta gente (novela), El tercer huevo de la gallina (novela) y Calor intenso (cuentos).

Considera la escritura como una actividad existencial, algo que le ayuda a analizarse a sí mismo y a reconocer la naturaleza de los demás. Profundamente en el sentido de la tolerancia y la vida misma. Según Anjel, solo el conocimiento necesario de lo que nos rodea nos permite sobrevivir y dar a nuestra existencia la suficiente transparencia.

Ánjel es uno de un grupo de autores colombianos modernos que ya no piensan y escriben de una manera específicamente colombiana, sino universal. “En todo el mundo, las personas tienen experiencias similares, ya sea que vivan en Colombia o en Alemania: tienen familia, trabajan, sufren y experimentan las mismas tragedias, la guerra y la emigración”.

Ánjel ha realizado un intenso estudio de los clásicos judíos, y en muchas de sus obras examina su propia historia sefardí y la cuestión de lo que significa ser un judío sefardí en la cultura de asimilación actual. Ha escrito varios ensayos sobre la contribución de la cultura árabe al desarrollo de la civilización occidental y el papel de la cultura y la historia judías en las ideas literarias y filosóficas contemporáneas.

Adaptado de Berliner Künstlerprogramm des Daad

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Memo Anjel (José Guillermo Ángel) was born in Medellín, Columbia, as the child of Algerian immigrants in 1954. Besides his literary oeuvre, Anjel has worked for 16 years as a professor of social communication at the Universidad Pontificia Bolivariana in Medellín.

Some of his books: La luna verde de Atocha (novel) La casa de cebollas (novel), Todos los sitios son Berlín (novel), Libreta de apuntes de Yehuda Malaji, relojero sefardí (Ejercicios de imaginación sobre la conformación de los pecados), Zurich es una letra alef (novel), Tanta gente (novel), El tercer huevo de la gallina (novel) and Calor intenso (stories).

He regards writing as an existential activity, something that helps him to analyse himself and to recognise the nature of others, in order to look deeply at the meaning of tolerance and life itself. According to Anjel, only the necessary knowledge of what surrounds us enables us to survive at all and to give our existence sufficient transparency.

Ánjel is one of a group of modern Colombian authors who no longer think and write in a specifically Columbian, but rather universal way. “All over the world, people have similar experiences ? whether they live in Columbia or Germany: they have a family, work, suffer, and experience the same tragedies, war and emigration.”

Anjel has made an intense study of Jewish classics, and in many of his works he examines his own Sephardic history and the question of what it means to be a Sephardic Jew in today’s culture of assimilation. He has written several essays on the contribution of Arabic culture to the development of occidental civilisation and the role of Jewish culture and history in contemporary literary and philosophical ideas.

Adapted from Berliner Künstlerprogramm des Daad

Para comprar/To buy: “Cuentos judíos”

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“Dos maletas”

Por esos días la gente bajaba de los barcos después de un viaje en el que ya perdían una tierra vieja y peligrosa y se ganaba otra de la que se sabía poco o nada. Abrían mucho los ojos cuando veían tanto verde y gente de colores diversos. Las guías de viaje mencionaban más hombres con maracas y mujeres de pollera, que puertos que hervían del calor y el movimiento. Pero como sea que como fuera, el mundo estaba revuelto, los barcos seguían llegando a estas tierras y se devolvían con las bodegas repletas de banano, plátano, carbón y cobre. Y en esto de barcos con gente que desembarcaba y se ponía nerviosa, Shmuel Baruj bajó de un paquebote que atravesó el mar en casi cuarto semanas. Mucha agua, mucha gente distinta con pequeña carga al lado: maletas, sacos, pequeñas cajas. Los puertos se multiplicaron en este viaje y él, que venía de Hamburgo en segunda clase y con dos maletas de tamaño mediano, conoció los colores del agua, los movimientos de los marineros, la casa de máquinas, el ir y venir de las olas y a muchas personas que no querían hablar de lo que había pasado, y preferían chalar sobre las noticias, el tiempo o la baraja con los que jugaban. Las preguntas sobre el pasado, rebotaron contra las caras. Y en ese barco en el que unos jugaban, otros leían libros sagrados y los demás no paraban de mirarse y luego bajar los ojos. Shmuel Baruj conoció a una mujer, bailó con ella en la proa, se amaron en un camarote pobre y antes de que él llegara a Barranquilla, ella se quedó en La Guaira. Allí, al bajarse, la acompañaron unos hombres de barba y sombrero negro grande. Nunca supo si judíos ortodoxos o algún grupo protestante. Shmuel Baruj no habló de religión con la mujer y prefirió decirle que sus ojos eran como soles y que le podía adivinar la suerte en la palma de la mano. Ella se dejó y él le dijo: vas a ser una buena mujer. Ese día se amaron lento, como si ella fuera una geografía que él se estuviera aprendiendo. Después, cuando la vio bajar en el puerto de la Guaira, arrastrando un pequeño baúl con ruedas, le dijo lo mismo. La mujer vestía un traje de flores que le quedaba un poco amplio y largo, y se había quitado el maquillaje de la cara. Ya no era la mujer alegre del barco sino alguien que cumpliría muchos deberes. Mucho calor, eso sintió Shmuel Baruj cuando ella se perdió por entre las calles del puerto, detrás de esos hombres que parecían cuervos cansados. Todos terminamos perdidos, se dijo él. Apoyado en la barda, miraba el mar y las casas, el vuelo de los pájaros y el cielo sin una nube, azul e infinito. A su lado y a la altura de las rodillas, permanecían sus dos maletas.                                                                                                                         Shmuel Baruj, antes de que le dieran la visa, había pulido metales en un taller de Hannover, vendido abrigos recosidos en Bremen, arreglado relojes y motores en Bonn y al fin, después de un recorrido loco en bicicleta huyendo de unas deudas que no eran las suyas, terminó recibiendo ayudas de unos y otros en un campo de refugiados en Frankfurt, al que llegó con una mano machacada, se la había mordido un motor, enfermo de los pulmones, con la circulación de la sangre mala, entre los codos y los hombros, y vencido y, entonces, quiso morirse. Pero no murió, la tos se le redujo con pastillas de penicilina, igual que los calambres en los brazos con pomadas, la mano le secó bien y acabó como habitante de ese campo que no fue de tiendas militares sino de calles estrechas y casas semi derruidas en los que unos esperaban irse a los Estados Unidos, a Palestina, Bolivia o Argentina donde tenían familias o decían tenerlas, y otros simplemente estaban clavados allí habitando el azar, fumando en las esquinas, leyendo periódicos y avisos pegados en las paredes, bebiendo una mala vodka en los bares, jugando a las cartas y mirando a las mujeres que se prostituían. Tres de ellas eran enanas y las llamaban el ejército. Shmuel Baruj fumaba con ellas, les contaba chistes y, como se rumoró por ahí, les enseñó algunos trucos de magia para alucinar clientes. Cuando las enanas no estaban (o si estaban, pero en su oficio), el hombre recogía periódicos, ayudaba a atender bares, cargaba alimentos para llevar a las bodegas, jugó algún partido de fútbol y se dejó acoger por una mujer que lloraba cada vez que oía el nombre de Abraham, que pudo ser el de su padre o su marido, pero nunca dijo nada y nadie se inquietó por eso. Los que habían salido la guerra no abrían la boca más de lo necesario. Decían sí, no, está bien, me gusta, podría ser más tarde, no más. Y los demás entendían: con estar de pie, beber una cerveza o ir hasta la pared donde ponían los avisos, tenían. La mujer a veces leía avisos, miraba los nombres tachados y los sin tachar. Y mientras miraba, sacaba la lengua y se la mordía un poco. Luego se humedecía los labios y salía a caminar con las manos metidas entre los bolsillos del delantal, pues siempre llevó un delantal y un trozo de pan que mordisqueaba. Con ella, Shmuel bailó el tango, en los días y en las noches, hasta que la vio montar a un camión que la llevaría al puerto y luego a Israel, que ya se había fundado y recibía gente de los campos. La mujer llevaba una maleta amarilla y una bandera, y se sentó entre dos hombres que parecían dormidos. Antes, Shmuel Baruj no había querido inscribirse con los de la Agencia Judía, asegurando que una hermana le estaba buscando visa para la Argentina. Mintió y la mujer que lloraba se encogió de hombros. No era fea, se le veía bien la ropa y las medias dobladas a la altura del tobillo, el delantal le daba un aire de muy limpia, sus manos eran finas y tenía los ojos muy redondos. Pero lloraba y los lloros le duraban una tarde entera y a veces hasta una noche. Después de la guerra siguieron otras pequeñas guerras, y en una de ellas Shmuel Baruj consiguió un pasaporte de la Cruz Roja. Paria, decía ahí. Y estaba bien, un paria no tiene historia.                                                                                                       Hacía un calor intenso cuando Shmuel Baruj pisó Puerto Colombia. Paisaje azul de muchos tonos, hombres y mujeres negras, casas de paredes blancas, mercadillos de frutas y carnes secas, gringos de vestidos de lino y sombrero panamá, barcos pequeños entrando y saliendo del puerto y la bahía, monjas caminando en fila hacia algún convento y él, ahí, pensando que nadie hablaría alemán ni yidish en ese lugar al que había llegado porque sí, como si un dibbuck[1] lo hubiera tomado de los pies y tirado por los aires hasta caer en el paquebote donde llegó. El caso era que ya estaba en Puerto Colombia y le gustó el sonido del nombre de la ciudad, le gustó que estuviera en el Caribe, le gustó la cara de la mujer gorda que estaba detrás del policía que le selló el pasaporte. Todo le gustó porque lo que viniera sería ganancia, incluido el tener que volver a salir si las cosas se complicaban. Había sabido de mosquitos, fiebres, mordeduras de serpiente, delirios debido al exceso de sol, de selvas que se comían a los hombres y sus canoas porque los ríos se ampliaban y cerraban como una boca. Le dijeron cosas como salidas de libros y él no hizo más que sonreír. Y ya estaba aquí. Acabó en un pequeño hotel que olía a pintura de aceite, en una habitación con un abanico que mal revolvía el aire y tenía una ventana que daba a un campo de tierra roja. Y allí se quedó dormido con los zapatos puestos, abrazando una de las maletas.                                              Una semana completa, recibiendo el sol, comiendo bocachico con patacón y bebiendo cerveza, pasó Shmuel Baruj en Puerto Colombia. En el hotel le cambiaron unos dólares por pesos, se encamó con una negra de caderas grandes y conoció a un médico alemán, que resultó siendo un mero enfermero y en lugar de ejercer en algún hospital, tenía una finca de bananos y venía cada tanto al puerto para recibir mercancías y correspondencia, eso dijo. La negra caderona los presentó y el alemán, que era chico y gordo y había llegado antes de la guerra, le escribió en un cuaderno cien palabras en español a Shmuel Baruj. Entre ellas había vulgaridades, por si te pisan o te empujan, le dijo. Y no lo volvió a ver, porque dos días después Shmuel Baruj tomó un bus hacia Barranquilla y cerca de donde lo dejó el bus encontró una pensión. Allí usó dos palabras en español; dormir, comer. Lo atendió una puna mujer que no paraba de reír, con las manos llenas de pulseras y las uñas muy rojas. Quiso ayudarle con las maletas, pero Shmuel Baruj no lo permitió. Al fondo de la pensión, en un patio de baldosas amarillas, unos pájaros de picos grandes, encerrados en una jaula, picoteaban un plátano gordo. Olía a comino esa pensión y de algún lugar llegaba una música de trompetas. El sol pegaba con furia contra las ventanas.                                                                                                            En la habitación, donde a más de la cama y una bacinilla, una jarra con agua y un vaso sobre el nochero, un foco que colgaba del techo, un taburete con una toalla encima y un abanico que daba vueltas lentas sin refrescar, había también un almanaque de cerveza Águila y una página de revista, enmarcada, de una mujer al lado de una piscina. Shmuel Baruj sonrió: la tierra son muchas cosas. Se quitó el saco, la camisa y los zapatos. Luego tomó una de las maletas y la abrió sobre la cama: contenía destornilladores, pequeñas tenazas, puntillas, algunos martillos finos. Allí usó puntillas, tornillos, algunos martillos finos, un par de reglas y trozos de terciopelo de variados colores, un termómetro y dos tubos de ensayo, acompañados de unas bolsitas con anilina. Aquí está mi negocio, se dijo. Bebió un poco de agua y abrió la otra maleta: un par de camisas, un abrigo que no usaría en estos calores, algunos interiores y medias, tres pantalones (uno de trabajo), una cartera con dólares y marcos, un libro del Zohar[2] que no llegaría a leer porque estaba en arameo, un sidur[3] con las hojas grasosas, un espejo, una maquinilla de afeitar, un juego de peines, una candela marca Ronson, un par de zapatos combinados, un clarinete, el libro de Los Hermanos Karamazov en alemán, tres fotografías de familia y algunas cartas sin abrir. Y aquí estoy yo. Soy lo único que queda, murmuró. Fue hasta el taburete, se sentó y miró el almanaque: cinco de abril de 1952. El abanico que se movía en el techo no cortaba el aire caliente. Por debajo de la puerta entraba la música de trompetas y se oían las risas de la mujer que lo había atendido. Shmuel Baruj comenzó a rezar, se pasó un pañuelo por la frente y sintió su sudor. De aquí en adelante amén a todo, se dijo. Se paró del taburete y se miró al espejo. No se veía mal con el sombrero que llevaba puesto.

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[1]  Pequeño duende del folclor de los judíos de Europa Oriental.

[2]  El libro de los resplandores, escrito por Moshé de León, en España, en el siglo XIII.

[3]  Libro de oraciones en hebreo.

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From:.De: Cuentos judíos. © Memo Ánjel © Medellín: Editorial Universidad Pontificia Bolivariana Vigilada, 2015, 75-81.

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“Two Suitcases”

Those days, people were getting off the ships after a trip in which they already were losing an old and dangerous country and were gaining another of which they knew little or nothing. Their eyes were opening wide when they were seeing so much green and people of diverse colors. The travel guidebooks mentioned that there would be more men with maracas and women with over-skirts, that the ports were boiling with heat and movement. But be that as it may, the world was turbulent, the ships kept arriving at these lands and were returned back with their hulls filled with bananas, plantains, coal and copper. And in this of ships with people who were disembarking and were becoming nervous, Shmuel Baruj came down off a packet boat that crossed the sea in almost four weeks. A lot of water, a lot of different people, four weeks. A lot of water, a lot of different people with their small baggage at their sides: suitcases, sacks, small boxes. The ports multiplied in his voyage, and he, who was coming from Hamburg in second class and with two suitcases of average size, was familiar with the colors of the water, the movements of the sailors on the decks, the engine room, the comings and goings of the waves and many people who didn’t want to talk about what had happened and preferred to chat about the news, the weather or the deck of cards they were playing with. The questions about the past bounced back from their faces. And that ship in which some were playing cards, others reading sacred books, and the others didn’t stop looking at each other and then lowering their eyes, Shmuel Baruj met a woman, danced with her in the prow, they made love in a dismal cabin, and before he arrived at Barranquilla, she stayed in La Guaira. There, on disembarking, she was accompanied by some men with beards and large black hats. He never learned whether they were orthodox Jews or some protestant group. Shmuel Baruj didn’t speak about religion with the woman and preferred to tell her that her eyes were like suns and that he could discern her fortune in the palm of her hand. She let him, and he told her: you are going to be a good woman. That day, they made love slowly, as if she were a geography that he was learning. Later, when he saw her get off in the port of La Guaira, pulling along a small trunk with wheels, he said the same. The woman was wearing a flowered dress that was a little loose and large, she had taken off her makeup. She was no longer the happy woman of the ship, but someone who would carry out many obligations. A lot of heat, that is what Shmuel Baruj felt as he lost her in the streets of the port, behind those men who seemed like tired crows. We all end up lost, he said to himself. Leaning on the cover, he looked at the sea and the houses, the flight of the birds and the cloudless sky, blue and infinite. At his side, at the height of his knees, his two suitcases stood.                                                                                      Shmuel Baruj, before they gave him the visa, had polished metals in a workshop in Hannover, sold patched overcoats in Bremen, fixed watches and motors in Bonn, and finally, after a crazy bicycle ride fleeing some debts of that weren’t his, ended up receiving help from some folks in a refugee camp in Frankfort, where he arrived with a mangled hand, a motor had bitten in to him, sick lungs, with poor blood circulation, between his elbows and his shoulders, and defeated and, then, he wanted to die. But he didn’t die, the cough was suppressed by some penicillin tablets, the same with ointments for the cramps in his arms, his hand dried out well, and he ended up as an inhabitant of that camp that wasn’t of military tents, but rather narrow streets and semi-destroyed houses in which some were waiting to leave for the United States. Palestine, Bolivia or Argentina where they had families or said that they had them, and others were still stuck there living, leaving it to fate, smoking on the corners, reading newspapers and ads stuck up on the walls, drinking bad vodka in the bars, playing cards and watching women who were prostituting themselves. Three of those were midgets and they were called the army. Shmuel Baruj smoke with them, told them jokes, and as it was rumored there, taught them some magic tricks to deceive their clients. When the midgets weren’t around (or they were, but on the job,) the man collected newspapers, helped out at bars, loaded food stuffs to carry to the grocery stores, played a game of soccer and let himself be embraced by a woman who cried every time she heard the name Abraham, who could be her father of her husband, but she never said anything and nobody worried about that. Those who had left the war didn’t open their mouths more than necessary. The said yes, no, it’s ok, I like it, perhaps later, no more. And the others understood: by standing up, drinking a beer or going as far as the wall where the ads were put, they had to. At times, the woman read ads, looked at the names crossed out and those not crossed out. And while was looking, she was sticking out her tongue and chewing it a little. The she moistened her lips and went out to walk with her hands put between the pockets of her apron, since she always wore an apron and had a bit of bread that she nibbled. With her, Shmuel danced the tango, day and night. until he saw her get on a truck that would take her to the port and then to Israel, which had been founded and was receiving people from the camps. The woman was carrying a yellow suitcase and a flag, and she sat between two men who seemed to be asleep. Earlier, Shmuel Baruj hadn’t wanted to register with the Jewish Agency, assuring them that a sister was seeking a visa for him to Argentina. He lied and the woman who was crying, shrugged her shoulders. She wasn’t ugly, she looked good in her cloths and stockings folded over at her ankles, the apron gave her a very clean appearance, her hands were fine and she had very round eyes. But she cried and the tears went on for an afternoon and at times into the night. After the war, other small wars followed, and in one of them, Shmuel Baruj obtained a passport from the Red Cross. Stateless, it said on it. And that was fine, a stateless person doesn’t have a history.                                                                                                                                                      It was intensely hot when Shmuel Baruj stepped onto Puerto Colombia. Blue landscape of many tones, black men and women, houses with white walls, small markets of fruits and dried meats, Americans in linen suits and Panama hats, small boats entering and leaving the port and the bay, nuns walking in line toward some convent, and he, there, thinking that nobody would speak German or Yiddish in that place where he arrived, just because, as if a dybbuk[1] had taken his legs and thrown him in the air until he fell into the packet boat where he arrived. The fact was that he was already in Puerto Colombia, and he liked the sound of the name of the city, he liked the fact that he was in the Caribbean, he liked the face of the fat woman who was behind the policeman who stamped his passport. He liked everything because whatever might come, would be winnings, including having to leave again if things got complicated. He had known about mosquitos, fevers, snakebites, delirium because an excess of sun, of jungles that eat up men and their canoes because the rivers widen and close up like a mouth. They told him things that seemed to come from books, and he only smiled. And he was already here. He ended up in a small hotel that smelled like oil paint, in a room with a fan that moved the air poorly and had a window facing an a field of red dirt. And there, he fell asleep with his shoes on, hugging one of the suitcases.                                                                                                  A full week, taking the sun, eating bocachico fish with fried bananas, Shmuel Baruj spent in Puerto Colombia. In the hotel, he exchanged some dollars for pesos, he had sex with black woman with large hips and met a German doctor, who turned out to be a mere nurse, and instead of working in a hospital, he owned a banana farm and, every once in a while, came into the port to collect merchandise and correspondence, so he said. The big-hipped black woman introduced them and the German who was small and fat and had arrived a year before the war, and wrote for Schmuel, in a notebook, a hundred words in Spanish. Among them were vulgarities, in case they step on you or push you, he told him. And he never saw him again, because two days later, Shmuel Baruj took a bus toward Barranquilla, and he found a pension near where the bus left him. There he used two words in Spanish: sleeping, eating. He was attended by a mountain woman who didn’t stop laughing, with her hands full of bracelets and her nails very red. She wanted to help him with the suitcases, but Shmuel Baruj didn’t permit it. At the rear of the pension, in a patio with yellow tiles, some birds with large beaks, enclosed in a cage, picked at a fat plantain. This pension smelled of cumin, and from somewhere trumpet music could be heard. The sun was striking with fury against the windows.                                                                                                                                                               In the room, where, besides the bed and a basin, a pitcher of water and a glass on the night table, a lightbulb was hanging from the ceiling, a stool with a towel on it and a fan that turned slowly without cooling, there also was an almanac from Aguila beer, and a picture from a magazine, framed, of a woman by the side of a swimming pool. Shmuel Baruj smiled: the world is many things. He took off his jacket, his shirt and shoes. Then, he took one of the suitcases and opened it on the bed: it contained screwdrivers, small pliers, brads, screws, a few fine hammers, a pair of rulers, a thermometer and two test tubes, accompanied by little bags of aniline dye. Here is my trade, he said to himself. He drank a little water and opened the other suitcase: a pair of shirts, an overcoat that he wouldn’t use in this heat, several sets of underwear and socks, three pairs of pants (one for work,) a wallet with dollars and marks, a book of the Zohar[2] that he’d never read because it was in Aramaic, a siddur[3] with greasy pages, a small shaver, A set of combs, a Ronson cigarette lighter, a pair of color coordinated shoes, a clarinet, The Brothers Karamazov in German, three photographs of his family and some unopened letters. And here I am, I am the only thing left, he murmured. He went to the stool, sat down and looked at the almanac: April 5, 1952. The fan that was moving in the ceiling didn’t cut through the hot air. From under the door, the trumpet music was coming in and the laughter of the woman who had attended was heard. Shmuel Baruj began to pray, he wiped his forehead with a handkerchief and felt the sweat. From here on, amen to everything, he said to himself. He got up from the stool and looked at himself in the mirror. He didn’t look bad with the hat was wearing.

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[1]  Small spirit from Eastern European Jewish folklore.

[2]  The Book of Splendor, written by Moshé de León, in Spain, in the thirteenth century.

[3] Prayer book in Hebrew.

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Translation by Stephen A. Sadow

 

 

 

Alberto José Miyara–Cuentista y poeta judío-argentino/Argentine Jewish Short-story Writer — “Miguel y su violín milagroso” — un cuento sefardí/ “Miguel and his Miraculous Violin” — a Sephardic short-story

 

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Alberto Miyara/Avraham ben Yosef

Alberto Miyara (Rosario, 1960) es un escritor argentino de origen judío sefardí.
Su principal interés es la narrativa corta, en la que experimenta con el
humor, el absurdo y los juegos de lenguaje. También ha escrito poesía para
niños y adultos, ha traducido entre el castellano y el catalán y ha
realizado trabajos de lexicografía.

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Alberto Miyara (Rosario, 1960) is an Argentine writer of Sephardic Jewish origin. His principal interest is the short narrative, in which he experiments with humor, the absurd and language games. He has also written poetry for children and adults, has translated between Spanish and Catalan and has done studies in lexicography.

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“Miguel y su violín milagroso”

“Una capa de gitanos’ era, según mi madre, una expresión adecuada para describir un lugar desordenado y maloliente, producto de una indecible dejadez. Más tarde, a partir de mi relación más amistosa con una encantadora viuda gitana, visité asiduamente el campamento de su tribu, en el Barrio San Francisquito, y comprobé que esas ideas eran absolutamente falsas. Si es verdad que la mayoría de los gitanos viven en carpas; tan cierto como que los italianos viven en departamentos, y sin embargo nadie dice un “un departamento de italianos”. Por otro lado, en los meses fríos una carpa era adecuadamente calefaccionada es mucho más acogedora que un departamento.

Pero el tema no son los prejuicios raciales de mi madre, ni de mis amoríos con una zingara, sino una persona que conocí a raíz de estos últimos. Se hacía llamar Miguel, sin aclarar si era su nombre, su apellido, o ambos, y hablaba con este acento indefinible de quien en su vida ha debido transitar por muchas lenguas. Lo conocí una tarde, estando de visita en el campamento, cuando al pasar junto a una carpa individual sentí una música de violín en su interior. Parándome a la entrada batí de palmas; la música se interrumpió y al rato salió un gitano de pelo canoso y ojos celestes. Le expliqué mi presencia en ese campamento y le expresé mi admiración por lo que estaba tocando.

-Este violín es milagroso-dijo, y me invitó a pasar.

-¿Qué tiene de milagroso?

-Ya lo vas a saber. ¿Qué te gustaría que toque?

Czardas de Monti.

Hizo un gesto de desaprobación.

Czardas de Monti no es una música auténtica. De hecho, Monti ni siquiera era gitano. Escuchó una melodía en la pueszta húngara, la endulzó y la vendió como música gitana. Pero no es auténtica. En cambio, escuchá éstas.

Me tocó varias piezas muy breves, hermosas y chispeantes, pero para mí indistinguibles de las Czardas de Monti. Se le dije.

-Lo que pasa es que vos no sos gitano. Pero díceme: ¿Vos dirías que genuinamente porteños los tangos de Malando?

-¿Quién es Malando?

-Malando es Ari Maasland, un holandés que sin haber estado nunca en la Argentina se puso a escribir tangos. Y escuchá lo que le salió.

Me tocó varios, pero yo los encontraba perfectamente porteños. Entonces me hizo un gesto de “Con vos no hay manera’, y después, como vio que yo miraba la hora, me tendió la mano.

-Volvé cuando quieras. Miguel.

 

No tardé en romper con Selene, la viuda. Nuestra relación no tenía futuro, como no fuera el que continuamente me leía en los naipes de tarot ajados. Nuestros hijos no habrían aceptado conocerse, incapaces de franquear la barrera del prejuicio. Lo único en concreto que teníamos en común era el interés por los autos: ella se dedicaba a comprarlos y venderlos, yo a coleccionar ejemplares clásicos. Pero cuando ella entusiasmada me comentó que había encontrado un comprador para mi Camaro 59, quedó claro que esa afinidad era más que una forma que de fondo.

Así que nos separamos, pero volví a pasar por lo de mi amigo el músico, porque ha quedado un tema pendiente.

 

-Miguel, ¿Por qué es tan milagroso tu violín?

Cerró sus ojos y, se puso a tocar y decir “¡Vuelo, vuelo!”. Aunque tocaba bien a ciegas, lo cual para mí es un gran mérito, lo cierto es que en ningún momento se despegó al cielo. A lo mejor hablaba metafóricamente, pero entonces ya no se trataba de un milagro.

Así y todo, me resultaba una conmovedora simpatía, y haciéndose caso a sus palabras, volví a visitarlo cada vez que quise.

A menudo yo le llamo desde afuera y Miguel me gritaba que esperase. Después, cuando me hacía pasar, lo veía en compañía de alguna muchacha con evidentes signos de vestir. “Fulanita, mi cuñada”, decía invariablemente; a mí resultaba sospechoso que en la familia de Miguel fueron semejante manga de cornudos. Paulatinamente fui cayendo en la cuenta que esas “cuñadas”, adecuadamente coordinadas por Miguel, constituía su principal fuente de ingresos.

 

-¿Por qué es milagrosa tu violín?

-Ya son varias generaciones que tocan este violín en mi familia. Ya son varias generaciones extraordinariamente longevas.

-¿Cuántos años tenés, Miguel?

-Muchos y pocos. Muchos, para vos. Pocas, para mi linaje. Ya soy bisabuelo y todavía soy bisnieto. La muerte se va filtrando, pero el proceso se puede hacer infinitamente lento. Hay varias maneras. Una de ellas es la música.

Desde hace varias generaciones, los varones de familia no bajan de los 160 años.

Así dicho, era realmente milagroso. Pero no podía presentar un solo documento que lo probara.

Cuando Miguel tocaba algo, lo situaba geográficamente, invariablemente resultaba que él había estado en esos lugares. Aparentemente conocía Europa Central como la palma de su mano, pero también Oriente, África. Australia. . .

 

Un día tocaba la canción hindú de Rimsky-Korsakov.

-¿También, estuviste en la India?

-Claro que sí; ¿no sabés que los gitanos venimos de allí?

-Sí, pero eso qué tiene que ver. Los judíos venimos de Israel, sin embargo, yo nunca estuve en Israel.

-Ah, pero yo sí. Viví dos años en Haifa.

Era insufrible.

Un día se me ocurrió preguntarle:

-Después de todo, ¿Vos, de dónde sos?

-Alguna vez tuve un documento donde figuraba mi ciudad natal.

-¿Y cuál era?

-Ya no me acuerdo,

-¿Qué pasó con el documento?

–Me lo confiscaron los Nazis en Auschwitz.

También ha habido en Auschwitz.

-Y decíme, ¿tu gente no se acuerda?

-Acordarse. . . Dicen que soy de Timishoara, en Rumania. Es lo que se dice. También dicen que mi violín es de Cremona.

-Así que ésa era la magia del dichoso violín? Aquella tarde llevé a la carpa de Miguel un cajón de cerveza, y cuando lo tuve bien borracho lo dejé en un rincón y me abalancé sobre el instrumento.

Valiéndome de una linternita, espié ansiosamente por las aberturas de la caja, a búsqueda de las letras A. S. No estaban. No era un Stradivarius. Siempre sospeché que había sido un truco de Miguel para emborracharse a costa mía.

 

-Miguel, por última vez: ¿por qué es milagroso tu violín?

-Bueno, mirá. Vos estuviste escuchando este violín toda la tarde, ¿no?

-Sí.

-Ahora decíme, ¿cuál de mis cuñadas te gusta más?

-Y . . .la Zulema.

-Mañana va ser tuya.

Al día siguiente en efecto Zulema me hizo el amor. Pero como todas las demás cuñadas ya se habían acostado conmigo, lo realmente milagrosa habría sido que Zulema no lo hiciera.

 

Lo de las giras, surgió de casualidad, una tarde esplendorosa de domingo, que no valía la pena pasarla en una carpa.

-¿Vamos al arroyo? – sugerí.

-¿Llevamos el violín?

-¿Por qué no?

Cuando llegamos al Saladillo, Miguel dijo que le recordó un riacho de Bohemia y empezó a tocar una melodía. Alguna gente que paseaba con sus chicos se puso en círculo, después aplaudieron y tiraron plata. A nosotros no nos hacía falta; a los dos sobraba dinero. Por eso decidimos donar al Hogarcito Don Bosco esa imprevista recaudación.

 

Muchos otros domingos salimos, nos hicimos de plata y donamos. Esas cantidades no despreciables, sobre todo cuando en lugar de aquellos barrios, nos fuimos acercando más al centro. Un día llegamos hasta el Parque Urquiza, y en toda la tarde reunimos lo equivalente al suelo de un profesional. Un policía quiso llevarnos por vagabundismo, pero Miguel lo disuadió tocándole esa canción que dice “Por eso soy de Newell’s Old Boys”.

Cuando llegábamos al Hogarcito y entregábamos el efectivo, Miguel solía decir que ésa era la única acción buena que había hecho en su vida. Quiero creer eso le habrá servido de último consuelo la tarde que, a pesar de su anunciada longevidad, Miguel se murió.

 

Al entrar el campamento noté algo raro. Aunque era un payo, la gente ya se había acostumbrado a verme, primero con Selene, últimamente con Miguel. Pero ahora venían hacia mí y señalaban.

-A vos, a vos.

-¿A mí qué?

–Miguel quiere verte.

-¿Qué pasa?

-Se está muriendo.

Entré la carpa con una desesperada urgencia.

–¡Miguel!

 

Sus ojos saltones estaban completamente abiertos. Como los de un alucinado, y se movían en todas direcciones. Su voz era ronca, casi inaudible.

-El violín . . .

“Los niños y los locos dicen la verdad”, recordé de mi abuela. Miguel era un poco niño y sumamente loco, pero recién ahora, a las puertas de la muerte, me iba a decir la verdad. Desesperado, me volví hacia la gente.

-Un grabador -pedí.- Traigan un grabador a pila-. Si me iba a relevar el milagro no podía correr riesgos. Sus palabras finales podían ser en rumano, en húngaro, o en macedonio. Lo importante era registrarlo, ya encontraría alguien quién me lo tradujera.

-El violín . . .  -repitió mientras un joven irrumpía en la carpa con el grabador.

Se lo arrebaté y lo puso junto a la boca de Miguel.

-Sí . . . ¿el violín . . .? – imploré.

-Te lo puedes quedar-dijo, y sus ojos se quedaron inmóviles.

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“Miguel and his Marvelous Violin”

“A gypsy dump” according my mother, was an adequate expression to describe a disordered an ill-smelling place, product of an unspeakable neglect. But later on, because of my most friendly relation with an enchanting Gypsy widow, I visited assiduously the camp of her tribe, in the Barrio San Francisquito, and I confirmed that those ideas were absolutely false. If it is true that the majority of Gypsies live in tents; it is equally true that the Italians live in apartments, but nobody says an apartment of Italians.” Furthermore, during the cold months, a tent sufficiently heated is much more inviting than an apartment.

But the point I’m making is not about the racial prejudices of my mother nor my love affair with a gypsy, but rather a person that I met as a result of all that. He was called Miquel, without making it clear whether it was his first name, his last name or both, and he spoke with that undefinable accent of someone who, during his lifetime, had had to pass through many languages. I met him one afternoon, while visiting the camp, when passing close to a single tent, I heard violin music coming from inside. Stopping in front of the entrance, I clapped my hands: the music stopped, and a while later, a gypsy with gray hair and light-blue eyes came out. I explained my presence in that camp and I expressed admiration for what he was playing. “This violín is miraculous, he said, and he invited me to come inside.

“What’s miraculous about it?”

“You’ll know soon. What would you like me to play?”

Czardas by Monti.”

Czardas by Monti isn’t authentic music. In fact, Monti was’t even a gypsy. He heard a melody in the Hungarian pueszta, He sweetened it and sold it as gypsy music. But, listen to these.”

He played several very short, beautiful, scintillating pieces, but for me indistinguishable from the Czardas by Monti. I told him so.

“That’s because you aren’t a gypsy. But tell me: would you say that the tangos by Malando are genuinely porteños.

“Who is Malando?”

“Malando is Ari Maasland, a Dutchman, who, without ever been in Argentina began to write tangos. And listen to what what happened.”

He played a few for me, but I found them perfectly porteño. Then he gestured to me, “what can I do with you?” And then, when he saw that I was looking at his watch, he reached out his hand to me:

“Come back whenever you want. Miguel.”

 

I didn’t take long to break up with Selene, the widow. Our relationship didn’t have a future, as wasn’t what she   continuously read for me in some worn out tarot cards. Our children wouldn’t be accepted by others, unable to clear the barrier of prejudice. The only real thing that we had in common was an interest in cars: she dedicated herself to buying them and selling them, I to collecting classics. But when she excitedly told me that she had found a buyer for my ’59 Camaro, it became clear that that affinity was more of form than of depth.

So, we separated, but I once again stopped by my friend the musician, because a matter remained pending.

 

“Miguel, why is your violin so miraculous?”

He closed his eyes, and he began to play and said: “I fly, I fly!” Although he played well with his eyes closed, which for me is a great feat, what is for sure is that at no time did he take off for the sky. Perhaps he was speaking metaphorically, but then, it no longer had to do with a miracle. Even so, it caused me such poignant sympathy that I went back to visit my friend, whenever I felt like it.

 

Often, I called from outside and Miguel would yell to me to wait. Later on, when he let me enter, l saw in in the company of some girl, evidently getting dressed. “Juana, my sister-in-law,” he invariable said to me; it seemed suspicious to me that in Miguel’s family there was such a mob of cuckolds. Suddenly, I realized that those “sister-in-law,” managed by Miguel, constituted his principal source of income.

 

“Why is your violin miraculous?”

“There are already have been many generations of my family who played this violin. There have been several generations of my family extraordinarily long-lived.”

“How many years have you been alive, Miguel?”

“Many and few. Many for you. Few for my lineage. I’m a great-grandfather and a great-grandson. Death goes on filtering, but the process may be infinitely slow. There are several ways. One of them is music.

For several generations now, the men of the family are not less than 160 years old.

Said that way, it was really miraculous. But he couldn’t produce even one document to prove it.

 

When Miguel played something, he would place it geographically, invariably it happened that he had been in those places. Apparently, he knew Central Europe like the back of his hand. Also, the Orient Africa, Australia. . .

One day, he played the Hindu Song by Rimsky-Korsakov.

“You were in India too?”

“Of course: didn’t you know that the gypsies come from there?”

“Yes, but what has that to do with it. We Jews come from Israel, nevertheless, I’ve never been in Israel.”

“Ah, but I have. I lived in Haifa for two years.”

He was insufferable.

One day, it occurred to me to ask him:

“After all, where are you from?”

“Once, I had a document that listed my native city.”

“I don’t remember anymore.”

“What happened to the document?”

“The Nazis confiscated it from me in Auschwitz?”

He had also been in Auschwitz.”

“And tell me, your people don’t remember?”

“Remember. . . They say I’m from Timishoara in Romania. That’s what they say. They also say that my violin is from Cremona.”

“So that was the magic of the lucky violin? That afternoon, I brought a case of beer to Miguel’s tent, and when I had him very drunk, I left him in a corner, and I threw myself on the instrument.

And with the help of a small flashlight, I anxiously spied though the apertures of the violin, looking for the letters A. S. It wasn’t a Stradivarius. I always suspected that it was a trick by Miguel to get himself drunk at my expense.

 

Miguel, for the last time: why is your violin miraculous?”

“Well, look, you were listening to this violin all afternoon, no?”

“Yes.”

“Now, tell me, which of my sisters-in-law do you like best?”

“Well . . .Zulema.”

“Tomorrow, she will be yours.”

The next day, indeed Zulema made love to me. But like all of the other sisters-in-law, she had already gone to bed with me: if she hadn’t done so, it would have really been miraculous.

 

As for outings, by chance, a splendid Sunday afternoon took place, when staying in the tent didn’t make sense.

“Let’s go to the brook?” I suggested.

“Should we bring the violin?

“Why not?”

When we arrived al Saldillo, Miguel said that it reminded him of a small river in Bohemia, and he began to play a melody. Some people, who were walking by with their children, formed a circle; later they applauded and they threw money. We didn’t need it; the two of us had more than enough money. So, we donated that unexpected collection to the Don Bosco Orphanage.

We went out on many other Sundays; we made money and we donated it. Those quantities weren’t insignificant, especially. when instead of those neighborhoods, we were approaching the center of the city. One day, we arrived at the Parque Urquiza, and in the entire afternoon, we collected the equivalent of a professional’s salary. A policeman wanted to arrest us for vagrancy, but Miguel dissuaded him by playing the team anthem that says “For that, I’m with the Newell’s Old Boys.”

When we arrived at the Orphanage and delivered the cash, Miguel used to say that that was the only good deed that he had done in his life. I want to believe that would have served his as a final consolation the afternoon that, despite his proclaimed longevity, Miguel died.

Entering the camp, I noticed something strange. Although I was a payo, the people had become accustomed to see me, first with Selene, recently with Miguel. But now the came toward me and signaled.

“To you. To you.”

“To me, what?”

“Miguel wants to see you.”

“What happened?”

“He’s dying.”

With a desperate urgency, I entered the tent.

“Miguel!”

 

His bulging eyes were completely open. Like those of someone hallucinating, and they moved in every direction. His voice was hoarse, almost inaudible.

“The violin. . .”

“The children and the crazy tell the truth,” I remembered my grandmother saying. Miguel was a little bit child and extremely crazy, but just now, at the doors of death, he was going to tell me the truth. Desperate, I turned toward the group.

“A tape recorder,” I requested. “Bring me a battery powered tape recorder.” If I was to reveal the miracle, I couldn’t take chances. His final words could be in Rumanian, Hungarian or Macedonian. The important thing was to record it. Later, I would find someone who could translate it for me.

I grabbed it for, and I put it close to Miguel’s mouth.

“Yes. . .the violin. . .? I implored.

“You can keep it,” he said, and his eyes stopped moving.

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Translation by Stephen A. Sadow

 

 

Susana Gertopán — Novelista judío-paraguaya/Paraguayan Jewish Novelist — Todo pasó en setiembre: Una Novela/ Everything Happened in September: A Novel

 

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Susana Gertopán 

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Todo pasó en setiembre

(fragmento de la novela)

Capítulo 7

-¿Y Jacobo?

Cuando el zeide terminó de formular la pregunta, todas las miradas se entrecruzaron, menos la de mi baba. En ese momento ella tomó con el tenedor uno de los varéniques y lo llevó a la boca como si estuviera sola en la mesa, o no hubiera oído aquella pregunta.

-¿Hace frío hoy? ¿No tienen un saco?

-No hace frío papá– le respondió mi madre.

-¿Y Jacobo?

Entonces el tío Elías intervino.

Tote! ¿Por qué preguntas por Jacobo?

-Porque me escribió una carta y ella, señalándome con el dedo, no me quiere dar, me esconde.

-Yo no tengo ninguna carta tuya, zeide.

Pero el abuelo continuó insistiendo. Repetía una y otra vez aquella queja.

-Jacobo me escribió una carta, y yo quiero esa carta, y nadie me da.

-No hay ninguna carta –dijo mi madre.

Entonces el abuelo la miró, y no volvió a preguntar ni a hablar. Había retornado a su estado de olvidos, extraviado en su laberíntica memoria. De nuevo se encontraba atrapado en el vacío, en un presente sin historia.

La baba no agregó ni una sola palabra, ni siquiera me miró, en realidad a nadie, continuó comiendo sin inmutarse mientras yo sentía por primera y única vez su rechazo.

Estábamos en pleno verano. Diciembre se presentaba como siempre, caluroso. Me encontraba contenta, época de vacaciones, de festejos, de ir al club, nadar, tomar sol. De caminatas por la costanera a mirar el río en días luminosos. Las noches eran claras, el atardecer se prolongaba en las copas de los árboles, en los tejados. Mientras, en los patios, la luna se reflejaba radiante, cómplice de serenatas. Las casas olían a jazmín y las veredas a flor de coco. Disfrutaba ayudar en casa de Marianita a desenvolver las figuras de barro que iban en el pesebre, también a armar el árbol de navidad, colgar las guirnaldas, las estrellas de cartón y la purpurina, focos multicolores cuyas luces guiñaban igual a ojos incandescentes. Y aunque los judíos no celebráramos dicha festividad, igualmente me sentía parte de ciertas costumbres del Paraguay.

De niña, cada cinco de enero yo dejaba en casa de unos vecinos mis zapatos con la intención de recibir algún obsequio; ya de adolescente, abandoné esa tradición, pero adquirí otras como ir a las kermeses en diferentes iglesias, colegios, o escaparme a reuniones que mis padres me prohibían ir porque sabían que me encontraría con el noviecito de turno. Me encantaba transgredir los mandatos impuestos por ellos sobre todo cuando no estaban bien fundamentados y para encubrir aquellas desobediencias estaban Azucena y Marianita, mis fieles compinches. También durante esos años se había decretado en el país el estado de sitio, existían persecuciones, prisión y tortura para los que se rebelaban, a todos los que manifestaban sus “ideas subversivas”. Por ello, la preocupación de mis padres no era solamente que me escondiera para ir a un baile, o a encontrarme con algún joven, sino que formara parte de estos grupos. Mi papá siendo profesor de la Cátedra de Clínica Médica en la facultad de Medicina estaba al tanto de los movimientos rebeldes porque en esa universidad, funcionaba un centro de estudiantes que activaba contra el sistema político.

No debíamos olvidar que estábamos gobernados por un régimen despótico. Vivíamos bajo una dictadura.

Aquel día íbamos caminando Marianita, unas vecinas y también Joaquín por el centro de Asunción. Los sábados a la mañana nos reuníamos algunos amigos en una cafetería conocida, eran muy agradables esos encuentros, a veces llegábamos hasta la costanera, o nos quedábamos a comer empanadas en algún bar o sencillamente recorríamos las calles a modo de diversión, pero de pronto aquella mañana se escucharon unos silbatos, también disparos y gritos. Miré a mi alrededor. Era la policía montada que perseguía a un grupo de jóvenes.

Permanecimos juntos aterrorizados y curiosos por ver qué pasaba, pero de pronto Joaquín comenzó a gritar y a insultar a los represores; entonces se acercó un par de policías a golpearlo con cachiporras. Por suerte dos jóvenes lo ayudaron, y finalmente los tres consiguieron escapar de aquella golpiza, pero en la vereda habían quedado manchas de sangre. Marianita y yo permanecimos quietas, tomadas de la mano. Cuando la gente comenzó a dispersarse regresamos a toda prisa. Apenas entré a mi casa fui directo a buscar a la abuela. Pasé por el zaguán, caminé por el corredor largo de baldosas negras y blancas. De un lado de aquella galería estaban los dormitorios y del otro, un pasillo angosto que también comunicaba a la calle. Atrás del patio se encontraba el baño, la cocina y la pieza de Azucena. Y por último, solitario, estaba el cuarto de mi baba como desprendido del resto.

Me sorprendió encontrar su puerta abierta, como si me estuviera esperando.

Ella estaba cosiendo y escuchando música.

-Hola, baba.

Movió el dial de la radio para bajar el volumen.

-Hola, Freidele. Volviste temprano, ¿qué pasó?

-Hubo una manifestación en la calle, sentí miedo, la policía se encontraba reprimiendo a un grupo de jóvenes en la explanada de la Catedral, por eso todos volvimos.

– El país no se encuentra en un momento muy tranquilo, toda Sudamérica está en manos de gobiernos de derecha, militares, hay que cuidarse, sobre todo ustedes, los jóvenes.

¿Cómo fue tu adolescencia, baba?

Ella levantó los pies del pedal y los apoyó en la baldosa. Se sacó los anteojos, miró la pared y me dijo:

-Triste, lo que acabaste de ver en las calles es muy penoso, nosotros vivíamos a diario persecuciones, represiones. Acá el frío no es desalmado como lo era en mi ciudad. Había días que no teníamos para comer ni con qué abrigarnos, no disponíamos de medicamentos, además del miedo que padecíamos. Entonces, los soldados cuando encontraban a algún judío en la calle lo mataban sin ninguna razón o lo castigaban sin piedad; podía tratarse de jóvenes, mujeres, ancianos, niños, total para ellos era igual, lo único que les importaba era “matar un judío”.

-¿Y tu familia?

-Ellos también sufrían. Ser judío allá y en esos años era muy difícil de sobrellevar.

Los pies de la baba de vuelta comenzaron a pedalear. Y ella, dejó de hablar.

-Cóntame, ¿cómo fue tu vida en Vilna?

No respondió.

Continuó cosiendo.

Me acosté en su cama y miré el techo, también en silencio. Me sentía igual a un ladrón aguardando el castigo por haber cometido un delito. Yo estaba ahí resignada a escuchar la reprimenda de mi baba por haber tomado sin permiso la carta, el boleto y la fotografía. Aunque tampoco tenía la certeza que ella se hubiera dado cuenta de aquel robo. No porque el zeide haya nombrado a Jacobo ella tendría que descubrir mi travesura, aunque no se trataba del juego de una niña, sino del capricho y del enojo de una adolescente tras un ataque de celos.

Estaba aguardando el momento en que ella me manifestara su enojo. De pronto se oyeron unos ruidos extraños que llegaban de la calle. Era la sirena de la camioneta de la policía. Entonces mi baba se levantó de la silla y se acostó a mi lado.

Baba, ¿qué está pasando?

-No sé, debe ser que la policía está buscando a alguien.

– Me da miedo lo que pueda pasar.

-Ya no depende de vos ni de mí lo que vaya a pasar.

-¿Quién fue Jacobo, baba?

-Mi marido.

-¿El papá de mi papá?

-Así es, Freidele.

Escondí las manos debajo de la colcha. La miré. Su rostro reflejaba serenidad.

Baba! Te diste cuenta, ¿verdad?

-En esa carta él me contaba que ya había comenzado la guerra. Que Shimon y él nos extrañaban mucho, a tu padre y a mí. Que ya se encontraban dentro del ghetto.

-Pero no fue eso lo que me leyó el zeide.

– ¿Él te leyó la carta, así como estaba escrita, en yiddish?

-Primero la leyó en yiddish y luego la tradujo.

-¿Y qué decía la carta según tu zeide?

-Hablaba del frío, del hambre, dijo algunos nombres que yo no conocía, y que en la calle había muchas frutas, y que Jacobo estaba en una fábrica. En realidad, no era muy claro su relato.

La baba me acarició el pelo y rio.

-Ah, sabés mi tesoro, aquel boleto era de una entrada al cine, y en la foto está mi familia, fue durante un pesaj, el último que pasábamos juntos.

-¿Quiénes?

-Mis padres, mi marido y mis hijos. En esa fotografía tu papá aún no había cumplido el año y Shimon tenía tres añitos.

-¿Y después qué pasó, baba?

– Luego, tu papá y yo nos escapamos de Vilna.

-¿Solo ustedes?

-Sí. No le conté a nadie del viaje.

-¿Por qué, baba?

Permanecimos acostadas, en silencio, mirando las paletas del ventilador dando vueltas y vueltas. Luego escuché mi nombre. Era mi mamá que me estaba llamando. Me levanté y salí del cuarto. Regresé a visitar a mi baba en la noche. La habitación estaba a oscuras y ella se encontraba en un rincón, meciéndose en el sillón de mimbre.

-No prendas la luz, Freidele.

-¿Baba?

-Sí, meidele

-¿Me perdonás?

Se puso de pie y encendió la luz del velador. Volvió a sentarse en el sillón con la mirada puesta en el suelo y sin levantar la vista, me preguntó.

-¿Por qué? ¿Qué tengo que perdonarte, Freidele?

-Que te haya robado la carta, el boleto y la foto.

-¿Qué cosas?

-Las que estaban guardadas en un sobre amarillento dentro de uno de los cajones de la cómoda.

Ella no respondió. Continuó meciéndose, mientras observaba con ojos lánguidos la noche apagada. Noche insomne que acompañaba el trajín de su vida.

Aquel verano, además de haber cometido un robo, me había enamorado.

Por primera vez sentía deseos, quería estar, encontrarme con Vicente. Era ese joven el que despertaba mis ganas de amar.

Cuando mi madre se enteró de mis encuentros con Vicente, además de castigarme, me habló de los peligros del enamoramiento a mi edad, de las consecuencias que podrían acarrearme un encuentro íntimo con un hombre. Me recitó todos los peligros que se corren al tener sexo, comenzando en el desnudo. Recibí amenazas de mi padre; los dos argumentaban que yo era muy joven para tener novio, además y sobre todo porque Vicente no era de la comunidad, que era apenas un adolescente. Sin embargo, cuando le conté a la baba aquel sentimiento, ella me habló de lo hermoso que es amar, que las experiencias íntimas son eso, íntimas, solo se viven de a dos y que a nadie debía confiar mis emociones ni mi sentir, solo debía disfrutarlas. Me dijo que no temiera al desnudo, ni al mío ni al del otro. Que solamente sin ropa uno se conoce.

Luego de un par de días me regaló un libro de poemas de Gustavo Adolfo Bécquer. No llevaba dedicatoria porque mi baba no había aprendido a leer ni a escribir correctamente en castellano.

Poco tiempo disfruté de los encuentros con Vicente, pronto llegaría la fecha de nuestra partida. Se trataba de una determinación, incuestionable.

A pesar del disgusto que la futura mudanza ocasionara a mi madre, de sus permanentes negativas por tener que irnos, abandonar todo, de las miles de razones que argumentaba para evitar aquel traslado, mi padre hacía caso omiso a sus reclamos y continuaba con los trámites para aquel exilio.

Mi madre padecía con solo pensar que debía abandonar a la baba, a su padre, al tío Elías.

Mi hermano se oponía férreamente a ese cambio, los motivos con que justificaba su negativa eran válidos: se encontraba cursando el segundo año de ingeniería, no tenía ninguna intención de abandonar la carrera ni continuar en otra universidad y mucho menos en otro país. Yo expuse mi rechazo por tener que dejar la casa, los amigos, al zeide, que se había puesto muy viejo y con una salud extremadamente deteriorada, al tío Elías y sobre todo a mi baba. No podía aceptar por ninguna razón separarme de ella. Era inconcebible.

Mi padre no escuchó ningún reclamo, ni tampoco quejas. Igual nos fuimos.

Los días previos a la mudanza y los meses que le siguieron fueron para mí los más tristes que recuerdo haber vivido. No entendía cómo mi padre podía abandonar a mi baba. A esa mujer mayor, a su madre que no tenía parientes en Asunción. Ni en ningún otro lugar.

Pero no hubo argumentos que lo hiciesen reflexionar y desistir.

La decisión estaba tomada.

Nunca logré superar aquel dolor, como tampoco la baba consiguió superar los suyos.

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Libros/Books – Susana Gertopán

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Susana Gertopán

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Everything Happened in September

(Part of the novel)

Chapter 7

“And Jacobo?

When the zeide had finished formulating the question, everyone looked at each other, except my baba. At that moment, she took one of the varéniques with a fork and raised it to her mouth, as if she were alone at the table, or that she had not heard that question.

“Is it cold today, Don’t you all have jackets?”

“It’s not cold, papa.” My mother answered him.

“And Jacobo?”

Then Uncle Elias intervened.

Tote! Why do you ask about Jacobo?”

“Because he wrote me a letter and she, pointing to me with his finger, doesn’t want to give it to me. She is hiding it from me.

“I don’t have any card of yours, zeide.

But the grandfather kept insisting. He repeated his complaint time and again.

“Jacobo wrote me a letter, and I want that letter, and nobody gives it to me.”

“There is no letter,” my mother said.

Then grandfather looked at her, and didn’t ask again or speak. He had returned to his state of forgetfulness, lost in his labyrinthine memory. Once again, he found himself trapped in the void, in a present without history.

La boba didn’t say a single word, she didn’t even look at me, or really, at anyone. She  continued eating with without batting an eyelash, while I felt her rejection for the first and only time.

We were in full summer. December presented itself as always, hot. I found myself to be content, vacation time, of celebrations, to go to the club, swim, sunbathe. Of strolls by the esplanade to see the river in luminous days. The nights were clear, the dusk extending itself onto the tops of the trees, on the roofs. Meanwhile, in the patios, the moon was reflected radiantly, an accomplice to the serenades. The houses smelled of jasmine and the sidewalks of coconut flowers. It was pleasant to help out in Marianita’s house, to unpack the clay figures that went into the manger, and also to put up the Christmas tree, hang the wreaths, the cardboard stars, the glitter, multicolor lights winked like incandescent eyes. And although the Jews didn’t celebrate that holiday,  I felt equally a part of certain Paraguayan customs.

As a girl, every fifth of January, I would leave my shoes in the home of some neighbors with the intention of receiving a present, as an ado;escent, I abandoned this tradition, but I took on others such as going to the festivals in different churches, high schools, or sneak away to parties that my parents had prohibited me from attending, because they knew that I would meet with my little boyfriend of the moment. I loved transgressing the rules imposed by them, especially when they weren’t well justified. My loyal partners in crime Azucena and Marianita were there to help. Also, throughout those years, martial law had been declared in the entire country. There were persecutions, prison and torture for those who rebelled, for everyone who expressed “subversive ideas.” For that reason, my parents’ worry wasn’t only that I sneak way to attend a dance, or meet some young man, but that I join one of these groups. My father, being a full professor of Clinical Medicine in the School Medicine was up to date about the rebel movements because in that university, a student center whose purpose was to fight against the political system.

We shouldn’t forget that we were governed by a despotic regime. We were living under a dictatorship.

That day, I was walking with Marianita, some neighbors and also Joaquín though the center of Asunción. On Saturday mornings, some friends met in in a familiar cafeteria; these get togethers were very enjoyable, sometimes we arrived as far as the esplanade, or we stopped to eat empanadas in some bar or we simply walked around the streets for fun. However, that morning we heard some whistles and also shots and shouting. I looked around. It was the mounted police pursuing a group of young people.

We huddled together, terrified and curious to see what was happening, but suddenly Joaquín began to shout and insult the repressors; then a pair of policemen approached in order to hit him with billy clubs. Luckily, two young men helped him, and finally the three were able to escape that beating, but there were blood stains on the sidewalk. Marianita and I remained motionless, holding hands, When the people began to disperse, we went back as fast as we could. Having barely entered my house, I went straight to find my grandmother. I passed through the hallway, walked through the long corridor of black and white tiles. On one side of that veranda were the bedrooms and on the other, a narrow passage that also opened to the street. Behind the patio was the bathroom, the kitchen and Azucena’s room. And finally, alone, was the room my baba had cut herself off from the rest of the house.

It surprised me to find her door open, as if she were waiting for me.

She was sewing and listening to music.

“Hi, baba.”

She turned the radio dial to lower the volume.

“Hi Freideled. You’re back early. What happened?”

“There was a demonstration in the street. I was afraid. The police were there suppressing a group of young people on the esplanade of the Cathedral, so we all came back.

“The country isn’t in a tranquil moment, all of South America is in the hands of right-wing governments, military, you have to be careful, especially the young people.

“What was your adolescence like, baba?”

She took her feet off the pedals and rested them on the tile floor. She took off her glasses and looked at me:

“Sad, what you just saw in the streets is very painful. We were living through daily persecutions, repressions. Here the cold isn’t as bitter as it was in my city. There were days when we didn’t have anything to eat or to keep us warm, we didn’t have medicines, to say nothing of the fear we suffered. In those days, when the soldiers found a Jew in the street they killed him for no reason or they beat him without mercy; it could be young people, old people, children, the same was true for all, the only thing that mattered was “to kill a Jew.”

“And your family?”

“They suffered too. To be a Jew there and in those years, it was very difficult bear.

Baba’s feet began to pedal again. And she stopped speaking:

“Tell me. How was your life in Vilna?’

She didn’t answer.

She continued sewing.

I lay down in her bed and I looked at the ceiling, also in silence. I felt like a thief awaiting punishment of having committed a crime. I was there resigned to hear the scolding from my baba for having taken without permission the letter, the ticket and the photograph. But neither was I sure that she had been aware of the theft. Even though zeide named Jacobo, she wouldn’t have necessarily have discovered my mischief, though it wasn’t a little girl’s game, but the whim and anger of an adolescent after an attack of jealousy.

I was waiting for the moment when she would show her anger. Suddenly, we heard some strange noises coming from the street. It was the siren of a police van. Then my baba got up from her chair and lay down at my side.

Baba. What’s happening?”

“I don’t know. It must be that the police are looking for someone.

“What could happen frightens me.”

“It doesn’t depend on you or on me what’s going to happen.”

“Who was Jacobo, baba?

“My husband.”

“My father’s father?”

“That’s right, Freidele.”

I hid my hands under the bedspread. I looked at her. Her face reflected serenity.

“Baba, you figured it out, right?”

“In that letter, he told me that the war had already begun. That he and Shimon missed us, your father and me, terribly. That they were already in the ghetto.

“And it wasn’t that which zeide read me.”

“Did he read you the letter as it was written, in yiddish?”

“First he read it in Yiddish, and the he translated it.”

“What did the letter say, according to your zeide?”

“It talked about the cold, the hunger, it mentioned some names that I didn’t know, and that in the street there was a lot of fruit, and that Jacobo was in a factory. Truthfully, the story wasn’t very clear.

Baba caressed me and laughed.

“Ah, you know my treasure, that ticket was for the movies and my family is in the photograph. It was during Pesach, the last one we spent together.”

“Who?”

“My parents, my husband and my children. In that photograph, my father was not yet one year old and Shimon was three.”

“And what happened after that, baba?”

“Then you father and I escaped to Vilna.?

“Only you two?”

“Yes, I didn’t tell anyone about the trip.”

“Why, baba?”

We stayed in bed, in silence, looking at the fan blades going round and round. Then I heard my name. It was my mother who was calling me. I got up and left the bedroom. That night, I visited my baba again. The room was dark, and I found her in a corner, rocking on a wicker chair.

“Don’t turn on the light, Freidele”.

“Baba?”

“Yes, meidele.”

“Do you forgive me?”

She stood up and turned on the light on the fan. She sat down again with her gaze fixed on the floor, and without raising her voice, asked me>

“Why?” What do I have to forgive you for, Freidele?

“That I stole from you the letter, the ticket and the photograph.”

“What things?”

“Those that were kept in a yellowed envelope in side of one of the drawers of the dresser.

She didn’t answer. She continued rocking, while she observed the listless night with languid eyes. Sleepless night that accompanied the comings and goings of her life.

That summer, besides committing a robbery, I had fallen in love.

For the first time, I felt desire, I wanted to be, to meet with Vicente. I was that boy who awakened my wish to love.

When my mother learned of my meetings with Vicente. Besides punishing me, she spoke to me about the dangers of falling in love at my age, of the consequences which an intimate encounter with a man could lead me. She recited to me all the dangers that are involved in having sex, beginning with nudity. I received threats from my father; the two argued that I was very young to have a boyfriend, and more so because Vicente wasn’t from the Jewish community, that he was hardly an adolescent. Nevertheless, when I told baba about those beliefs, she spoke about how beautiful love is, that intimate experiences are just that, intimate, they only live as a couple, and that I shouldn’t entrust my emotions or my feelings to anyone, just enjoy them. She told me not to fear nudity, not mine nor that of the other. That only without clothing do you know yourself.

A couple of days later, she gave me a book of poems by Gustavo Adolfo Bécquer. There was no dedication because my baba hadn’t learned to read or write correctly in Spanish.

I had little time to enjoy my meetings with Vicente, soon would arrive the date of our departure. That decision was an unquestionable.

Despite my mother’s being greatly upset about the future move, her permanent negative feelings about our having to go, to abandon everything, of the thousands of reasons that argued to avoid that move, my father paid no attention to her demands and went on with the procedures for that exile.

My mother suffered simply to think that it was necessary to abandon boba, her father and Uncle Elias.

My brother fiercely opposed that change, the motives by which he justified his negative position were valid; he was in his second year of engineering school, he didn’t have the slightest intention of giving up his career or continuing in another university and even less in another country. I expressed my refusal to having to leave the house, zeide, who was now very old and with extremely poor health. Uncle Elías, and above all my baba. There was no reason that could make me accept separating from her.

My father didn’t listen to any demand or complaints either. Just the same, we left.

The days before the move and the months that followed it were for me the saddest that I can remember having lived through. I didn’t understand how my father could abandon my baba, that old woman, his mother, who didn’t have relatives in Asuncion. Nor in anywhere else.

But there were no arguments that would make him think about it and and desist.

The decision was made.

I never succeeded in getting over that pain, as neither did boba get over hers.

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Alberto Gerchunoff (1884-1950) — “Padre de la literatura judío-latinoamericana”/”Father of Latin American-Jewish Literature” — Un capítulo de “Los gauchos judíos”/A chapter from “The Jewish Gauchos of the Pampas”

 

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ALBERTO GERCHUNOFF

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          Alberto Gerchunoff (1884 -1950) produjo una obra que enlaza la

cultura criolla y la judía.  De familia de emigrantes judíos que se establecieron

en Entre Ríos, pronto se incorporó a la vida nacional como periodista en

el diario La Nación, del que en diversas ocasiones fue corresponsal

en el extranjero, principalmente en Chile; fue director del diario El Mundo

(1927). Se distinguió como conferenciante en el Ateneo de Madrid durante

un viaje a Europa que hizo en 1914. Militó en el partido demócrata progresista.

Los gauchos judíos, su obra más conocida (1910) es la colección de cuentos y

cuadros de costumbres  de la vida de los residentes de los colonias agrícolas judías

en las pampas. Gerchunoff es novelista y ensayista de brillante estilo, a veces

un tanto retórico y siempre documentado. Ataca el caudillismo simbolizado por

Hipólito Yrigoyen en El  hombre importante (1934); cultiva el ensayo

en Roberto J. Payró (1925) y El retorno de Don Quijote (póstumo, 1951).

 

          Alberto Gerchunoff (1884-1950) produced a work that links Creole and
Jewish culture.  From a family of Jewish emigrants who settled in Entre Ríos,
he joined national life as a journalist in the newspaper La Nación, for which on
various occasions, he was a correspondent abroad, mainly in Chile; he was director
of El Mundo  newspaper (1927). He distinguished himself as a lecturer at the
Ateneo de Madrid during a trip to Europe in 1914. He was a member of the
progressive Democratic party.  The Jewish gauchos of the Pampas, his best-known
work (1910) contains a series  of interconnected stories based on the life of the
residents of the Jewish agricultural colonies in the pampas. Gerchunoff is a also
novelist and essayist of brilliant style, sometimes somewhat rhetorical and always
well documented. He attacks the caudillismo symbolized by Hipólito Yrigoyen in El
hombre importante (1934) and cultivates the essay in Roberto J. Payró (1925) and
in El retorno de don Quixote. (posthumous, 1951.)
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Comenta la profesora Mónica Szumuk en su muy reciente biografía de Alberto Gerchunoff (2018): “Escribí La vocación desmesurada: Una biografía de Alberto Gerchunoff convencida de que contando la vida de Gerchunoff iba a poder describir una época de la historia del mundo desde la Argentina. . . Gerchunoff fue un periodista    y escritor excepcional, dueño de una voracidad y una insaciabilidad en la escritura y en la vida que lo hacían un guía ideal para este mundo que yo quería describir.”

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Professor Monica Szumuk comments in her very recent biography of Alberto Gerchunoff (2018): “I wrote  convinced that telling the life of Gerchunoff was going to be able to describe a time of the history of the world from Argentina … Gerchunoff was an exceptional journalist and writer, owner of a voraciousness and an insatiability in writing and in life that made him an ideal guide for this world that I wanted to describe.”

Para comprar la biografía de Gerchunoff de Mónica Szurmuk

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Los gauchos judíos, capítulo VI:

El EPISODIO DE MIRYAM

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          Rogelio Míguez y Miryam se entendían únicamente por

medio del canto. Rogelio era el mozo más afortunado de

aquel pago enterriano. Eximio improvisador de vidalitas,

sabía modelarlas en los bailes campestres y arrancar,

junto con lo gemidos de su ilustre guitarra, lágrimas de

las muchachas. Era extraordinario. Garrido en su rudeza

rural, se distinguía entre todos y ninguno podía mostrar

en su vida tantas aventuras de amor. Tampoco era

lo se llama un buen mozo. Tiene siempre la misma cara

taciturna y raras veces reía.

          Los peones de la colonia, envidiosos de sus triunfos,

alegaban en contra suya su ninguna habilidad en el juego

de la taba. Tenía pocos amigos. Los israelitas del pueblecito

lo estimaban por su buen carácter y por su laboriosidad.

Asi, no debía extrañarse que Jacobo Jalerman lo cuidara

como un tesoro. Don Jacobo, viejo de rala barba,

nariz curva y narices secas, antiguo alumnos de la escuela

hebrea de Vilna, cerealista en Besarabia y agricultor en

Entre Ríos,  solía explicar las excelencias

de su peón incomparable. Recorría a comentarios

agudos y a citas difíciles y una tarde llegó hasta convencer

a sus oyentes de que Rogelio aceptaría los  preceptos mosaicos

si las luces escasas le permitiera comprender la verdad.

          —¿Os acordéis de la sentencia de Rabenu Jenuda?–

solía interrogar a propósito al maestro del colegio

colonial–. Decía en mis interpretaciones que sólo

un oscurecimiento maligno de los cerebros impide a todos

los hombres seguir a la ley de Jehová. . .  Miryam, su hija,

profundizaba mucho menos. Para elogiar a Rogelio no necesitaba

las máximas que ocultan los rabinos en los recovecos

del Talmud.  Tampoco entendía las conversaciones del peón.

Hacía poco que habían venido de Rusia y el idioma

le parecía más duro que una piedra. En cambio, comprendía

sus canciones. Cuando Rogelio entonaba una vidalita, ella,

inevitablemente, respondía con un canto judío, extraño al

oído del criollo, que se embelesaba oyéndolo. Y su

rostro moreno se iluminaba al oír a la hermosa muchacha

rubia como la tarde y los trigales. Cuando don Jacobo y

Rogelio salían al campo, Miryam les llevaba el desayuno. Junto

al arado, fuera del surco, entreteniéndose, cada uno en su lengua.

El sol les bañaba en su luz matinal, don Jacobo hablaba de las vueltas

hechas, de la resistencia de los bueyes bíblicos, enormes como

montañas y mansos como criaturas.

Los bueyes teman nombres deprimentes para Rusia: Zar,

Moscú, Zarevich. . .

          Alejandro III tiene una llaga en la nuca . . .                                                                                                                                                                                                     –Pierda cuidado, patrón– respondía Rogelio,

dirigiéndose a Miryam, afirmaba:

          –Está bien el café con leche, patroncita. . .

          –¿Hoy trabajo mucho?”

          –Jugando no más. . .

          En los descuidos de don Jacobo, Rogelio arrojaba

a la muchacha pelotitas de hierba.                                                                                                                                                                                                                              Esas relaciones comenzaron a comentarse en las

tertulias de las colonias. La gente extrañaba la conducta

demasiado liberal de Miryam, hija de un hombre

tan religioso e instruido como don Jacobo. Los comentarios

se convirtieron pronto en murmuraciones. El chico

Isaac los había visto a las dos sentados en la costa del arroyo

que divide el potrero común. Raquel, madre del matarife,

sostenía haberlo encontrado en el mismo sitio y otra vez

los divisó detrás de la casa.

          Don Jacobo no ignoraba esos murmullos, y, claro está,

no creía. A las indirectas de sus amigos del sinagoga,

contestaba con argucias y concluía siempre:

          –Miryam no se casará con un cristiano; no tengan

miedo. Además, Rogelio, por ejemplo, no roba ni mata.

En su cuarto no se encontrarán rollos de alambre ni el cencerro

de la yegua madrina. Con eso aludía a proezas de la familia

más devota de la colonia.

          Sin embargo, don Jacobo, persona prudente, despidió al peón

con un pretexto cualquiera. Así terminaron los cuentos.  El matarife

mismo declaró un sábado que don Jacobo era un hombre de honor

y Miryam una digna muchacha, una muchacha hebrea al fin.

          Pero el asunto concluyó en una manera inesperada.

          Celebrábase la Pascua, instalada en el rancho del matarife.

Estaba lleno  de colonos. Las mozas lucían vestidas de alegres colores y

los mozos hablaban de sus caballos.

          La tarde se anegaba en la pesadumbre del octubre naciente,

y en el potrero bordeado de casuchas, el ganado descansaba.

          Don Jacobo en la túnica sagrada sobre sus hombros, dilucidaba

con su elocuencia habitual detalles complicadas de la Biblia. De

pronto, un niño gritó:

          –¡Miren, miren allá!

          Todos los colonos se salieron de la sinagoga y pudieron

presenciar algo horrible. Rogelio, en su portentoso alazán, venía a

todo correr con Miryam en ancas. Pasaron como viento, erguido

altivamente el criollo, y ella, suelta la cabellera, envolvió a la

gente en una mirada de desafío, hechos una llama los ojos,

y cuando los colonos volvieron de su asombro, la pareja fugitiva

era un punto en la distancia. En el camino, una vasta polvareda

levantaba franjas de oro.

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Alberto Gerchunoff. Los gauchos judíos. Buenos Aires: Agebe, 2009/                             Alberto Gerchunoff. The Jewish Gauchos of the Pampas. trans. Prudencio de Pereda. intro. Ilan Stavans. Albuquerque: University of New Mexico Press, 1998.

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The  Jewish Gauchos of the Pampas, chapter VI:

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Translation from the Spanish by Prudencio de Pereda

 

 

 

 

 

 

Aída Bortnik (1938-2013) — Guionista, dramaturga y cuentista judío-argentina/Argentine-Jewish Writer of Screenplays, Plays and Short-stories == “El corazón de Celeste”/”Celeste’s Heart”

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Aída Bortnik

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               Por una vida de esfuerzos, casi todos sus años en silla de ruedas, Aída Bortnik fue guionista de éxitos internacionales, periodista de investigación en tiempos duros, docente y cuentista, Ella fue una figura prestigiosa del país, donde se mantuvo, salvo unos pocos años en que debió escapar de las amenazas para-policiales de 1975 y los arrasamientos de 1976/1979. Estudiante de derecho y filosofía y letras, en 1967 pasó al periodismo. Trabajó en “Primera Plana”, “La Opinión”, “Panorama” y particularmente en “Humor” donde aparecieron sus cuentos. Como guionista había empezado en 1971, con un especial televisivo “Sebastián y su amigo artista”. Para la televisión hizo también “Hombres en pugna”, 1980, t”Gringos”, dirigido por David Stivel, sobre los inmigrantes, “Ruggero”, con Rodolfo Ranni, y tres capítulos de “Vientos de agua”, la miniserie (2006). En cine escribió los guiones de “La tregua”, 1974, “La historia oficial”, 1986, que la convirtió en la primera escritora latinoamericana a ganar un Oscar y hacerse miembro de la Academia de Hollywood, y la trilogía de Marcelo Piñeyro: “Tango feroz”, “Caballos salvajes” y “Cenizas del paraíso”. Pero también escribió, o co-escribió, varios otros guiones, fue asesora de algunos más, incluso estadounidenses, y enseñó, tanto a comienzos de los ’80 como a finales de su carrera, en su departamento de la Avenida Pueyrredón y en el Sundance de Utah. Escribió también algunas obras teatrales. Aida Bortnik falleció en 2013.

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              During a lifetime of intense effort, almost all of that time in a wheelchair, Aída Bortnik was a scriptwriter of international success, a hard-working investigative journalist, teacher and storyteller She was a prestigious figure in the country, where she remained, except for a few years in that he had to escape from the para-police threats of 1975 and the devastation of 1976/1979. A student of Law and Philosophy and Letters, in 1967, Bortnik turned to journalism. She worked for “Primera Plana”, “La Opinión”, “Panorama” and particularly “Hum(r)”, where her short-stories appeared. Bornik became a screenwriter in 1971, with a television special “Sebastián y su amigo artista”. For television, she also made “Hombres en pugna”; 1980, “Gringos”, directed by David Stivel, about immigrants, “Ruggero”, with Rodolfo Ranni, and episodes of the “Vientos de agua”miniseries. In cinema, she wrote the script of “La tregua”, In 1974, “La Historia oficial”/”The Official Story, “1986, made her the first Latin American writer to win an Oscar and become a member of the Hollywood Academy She wrote the scripts for the Marcelo Piñeyro’s trilogy: “Tango feroz”, “Caballos salvajes ” “and” Cenizas del Paraíso “. She was an advisor to many others, including American screenplays. She taught, both in the early 80s and late in her career, in her apartment on Pueyrredón Avenue, Buenos Aires, and in Sundance, Utah. She also wrote plays. Aída Bortnik died in 2013.

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“El corazón de Celeste” fue escrito durante la “Guerra Sucia”/”El Proceso”. la dictadura de 1976-1983 en Argentina. Fue publicado en la revista HUM(R), un periódico de la resistencia presentó sus opiniones metáfora y oblicuidad. A propósito, celeste es uno de los colores de la bandera argentina.

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EL CORAZÓN DE CELESTE

por Aída Bortnik

 

Celeste iba a una escuela que tenía dos patios. En el de adelante se hacían los actos. En el de atrás era donde la Maestra les hacía parar en fila, tomando distancia y sin bajar el brazo, y sin apoyar más que un pie y doblar la otra rodilla, y sin hablar. Toda la hora. Y una vez dos horas seguidas. Bueno, no eran horas. Pero hubo dos recreos y cuatro campanadas, antes de que las dejara volver a clase. Y las de los otros grados, que en el primer recreo se reían y jugaban casi como siempre, en el segundo recreo, no jugaron nadie. Se fueron parando contra las paredes y solamente las miraban. Miraban a la fila derechita, tomando distancia en el medio del patio. Y nadie se reía. Y cuando la Maestra golpeó las manos para indicar que había terminado el castigo, Celeste fue la única que no se estiró, ni se quejó, ni se frotó el brazo, ni marcó el paso hasta el aula. Cuando se sentaron, empezó a mirar fijamente a la Maestra. Como miraba en el pizarrón las palabras nuevas, las que no sabía qué querían decir, ni para qué servían, exactamente.

Esa noche, cuando lo acostaba, su hermanito volvió a preguntar: “Y cuándo voy a ir a la escuela?” Pero esa noche, ella no se río, no lo contestó cualquier cosa. Se sentó y lo abrazó un rato, como hacía siempre se daba cuenta de que era tan chiquito y sabía tan poco todavía. Y apretó más el abrazo porque se lo imaginó, de repente, en medio del patio, con el brazo extendido tomando distancia, con el cuerpo duro, sintiendo frío y rabia y miedo, en una fila en la que todos eran chiquitos como él.

Y la siguiente vez que la Maestra se enojó con el grado, Celeste ya sabía lo que tenía que hacer.

No levantó el brazo.

La Maestra repitió la orden, mirándola con un poquito de sorpresa. Pero Celeste no levantó el brazo. La Maestra se acercó y le preguntó casi preocupada qué le pasaba. Y ella ser lo dijo. Le dijo que el brazo le dolía, después. Y que todas tenían frío y miedo. Y que uno no iba a la escuela para sentir dolor, frío y miedo.

 

          Celeste no se oía a sí misma, pero veía la cara de la Maestra, mientras ella hablaba. Y era una cara muy rara, muy rara. Y las compañeras le dijeron después que hablaba muy alto, no gritando, pero muy alto. Como cuando uno dice un poema de esos de palabras grandes, parada arriba de la tarima, en el patio de adelante. Como cuando todos saben que están en un acto solemne que se habla de cosas importantes, que pasaron hace mucho, pero que se recuerdan, porque el mundo mejoró después de aquel día.

 

Y casi todas empezaron a bajar los brazos. Y después volvieron al aula. Y la Muestra escribió una nota con tinta roja en su cuaderno. Y cuando su padre le preguntó qué había hecho y ella se lo contó, su padre se quedó mirándola durante largo rato, pero como si no la viera a ella sino a otra cosa que estaba adentro o más allá de ella. Y después sonrió y firmó sin decir nada. Y mientras ella ponía el secante sobre la firma, él le pasó la mano por la cabeza, muy suavemente, como si la cabeza de Celeste fuera muy frágil, que una mano pesada podía quebrar.

Esa noche, Celeste casi no se durmió, porque tenía una sensación muy extraña en el cuerpo. Una sensación que había comenzado cuando no levantó el brazo, en medio de la fila: la sensación de que algo crecía adentro del pecho. Ardía un poco, pero no era doloroso. Y pensó que si a uno le crecen las piernas y los brazos y todo eso, lo de adentro también tiene que crecer. Pero las piernas y los brazos crecen sin que uno se dé cuenta, parejo y de a poquito. Y el corazón debía crecer así, a saltos. Y le pareció un pensamiento lógico: el corazón crece cuando uno hace algo que no había hecho nunca, cuando uno aprende algo que no sabía, cuando uno siente algo distinto y mejor, por primera vez. Y la sensación extraña le pareció buena. Y se prometió a sí misma que su corazón seguiría creciendo y creciendo y creciendo.

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“Celeste’s Heart” was written during the “Dirty War”/”El Proceso,’ la dictadura de 1976-1983 en la Argentina. It was published in HUM(R) anti-government periodical that presented its opinions through metaphor and indirection. Celeste,”light-blue” is one of the colors of the Argentine flag.

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CELESTE’S HEART

by Aída Bortnik

 

Celeste went to a school that had two patios. The front one was for ceremonies. In the one in the back, the Teacher made them stand in file, at a distance from one another and without lowering their hands, and standing on one foot only, and bending the other knee and not speaking. The whole hour. And once two hours in a row. Well, they weren’t hours. But there were two recesses and and four bell ringings, before she let them go back to class. And the other grades, during the first recess laughed and played as always, but in the second recess, nobody played. They they stood facing the walls and looked only at them. They watched the very straight line at a distance from one another in the middle of the patio. And nobody was laughing, And when the Teacher clapped her hands to indicate that the punishment was over, Celeste was the only one who didn’t stretch, nor complain, nor rubbed her arm, nor set the pace to the classroom, When they sat down, she began to stare at the Teacher. As when she looked at the new words on the blackboard, those she didn’t know the meaning of, nor what they were good for, exactly.

That night, when she was putting him to bed, he little brother asked once again: “¿And when an I going to go to school?” but that night, she didn’t laugh, she didn’t give any answer at all. She sat down and she embraced him for a while, as always did when she realized that he was so still so small and knew so little as yet. And she squeezed his arm harder, because she suddenly imagined him, in the middle of the patio, with her arm extended, stepping back with her body hard, feeling cold and anger and fear, in a line in which everyone were as small as she was.

And the next time that the Teacher got mad at the class, Celeste already knew what she had to do.

She didn’t raise her arm.

The Teacher repeated the order, looking at her a little surprised. But Celeste didn’t raise her arm. Almost worried, the Teacher approached her and asked her what was going on. And she told her. She told her that her arm hurt her, afterwards. And that everyone was cold and afraid. And that you didn’t go to school to feel pain, cold and fear.

Celeste didn’t hear herself, but she saw the Teacher’s face, while she was speaking. And it was a very strange face, very strange. And her companions told her later that she spoke very loudly, not yelling, but very loud, As when you recite a poem with long words, standing atop the platform, in the front patio. As when everyone knows that they are at a solemn ceremony where important things were spoken, that happened long ago, but are remembered, because the world was better after that day.

And almost all of them began to lower their arms. and then they returned to the classroom. And the teacher wrote a note in red ink in her notebook. And when her father asked her what she had done and she told him, her father continued looking at her for a long time, but as if he didn’t see her or something else that was inside or beyond her. And then he smiled and signed without saying anything. And while she put drying powder on the signature, he stroked his hand over her head, very softly, as if Celeste’s head was so very fragile, that a heavy hand could break it.

That night, Celeste hardly slept, because she had a very strange sensation that had begun when she didn’t raise her arm, in the middle of the line:  the sensation that something was growing inside her chest. It burned a little, but it wasn’t painful. And she thought that if your legs and arms and all that grew, what was inside also had to grow. But the legs and arms grow even though you didn’t notice it, evenly and bit by bit. And the heart should grow this way, in jumps. And this seemed to be a logical thought: the heart grows when you do something that you had never done before, when you learn something you didn’t know, when you feel something different and better for the first time. And the strange sensation seemed good to her. And she promised to herself that her heart would continue growing and growing and growing.

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Ivonne Saed — Novelista judeomexicana, residente en los Estados Unidos — Mexican Novelist, resident of the United States — “Triple crónica de un nombre”/ “Triple Chronicle of a Name”

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Ivonne Saed

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          Diseñadora gráfica, escritora, traductora y fotógrafa, Ivonne Saed ha explorado ampliamente la encrucijada entre lo visual y lo textual, tanto en su trabajo creativo como en la enseñanza. Es autora de la novela Triple crónica de un nombre (2003) y de la no ficción Sobre Paul Auster: Autoría, distopía y textualidad (2009). Es coautora de Literatura: imaginación, identidad y poder, Vampiros transmundanos y tan urbanos, y ¡Madres! Cuentos (y precauciones) de maternidad. Saed ha publicado reseñas de libros, ficción corta y fotos en publicaciones periódicas como Reforma y Crónica (México) y Literal Magazine (EE. UU.). Su documental Naïve se estrenó en 2011 como parte de Object Stories, un proyecto del Museo de Arte de Portland, y produjo Vida Sefaradí: A Century of Sephardic Life en Portland. Saed ha sido docente en Universidad Marylhurst, Universidad Estatal de Oregon y en la Universidad Iberoamericana, Ciudad México, entre otras..

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             Graphic designer, writer, translator, and photographer, Ivonne Saed has extensively explored the crossroads between the visual and the textual, both in her creative work and in teaching. She is the author of the novel Triple crónica de un nombre (2003) and the non-fiction Sobre Paul Auster: Autoría, distopía y textualidad (2009). She co-authored Literatura: imaginación, identidad y poderVampiros transmundanos y tan urbanos, and ¡Madres! Cuentos (y precauciones) de maternidad. Saed has published book reviews, short fiction and photos in periodicals like Reforma and Crónica (Mexico), and Literal Magazine( US). Her documentary Naïve premiered in 2011 as part of Object Stories, a Portland Art Museum project, and she produced Vida Sefaradí: A Century of Sephardic Life in Portland. Saed has taught at Marylhurst University, Oregon State University and Universidad Iberoamericana in Mexico City, among others”.

Ivonne Saed is from a traditional Syrian-Jewish background.

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“Triple crónica de un nombre”

“Fue niña”. Las palabras cayeron pesadamente sobre su cabeza. La tercera mujer. En el fondo a Rebeca le causaba un inmenso placer oír esas palabras, pero el placer se mezclaba con la angustia del enfrentamiento con su suegra. Desde su primer embarazo las discusiones de si tenía que ser hombre o mujer habían sido una constante recurrente, como si la decisión del sexo de los hijos fuera un acto controlable por los padres. Sí, la historia se repetía irremediablemente, pero con algunas variantes: a Rebeca le daba igual tener una niña o un niño, para ella no tenía importancia y el simple hecho del nacimiento de su bebé la colmaba de felicidad. Para Rafael también era razón de alegría, aunque en el fondo también deseaba un heredero. Un varón, el símbolo de la fuerza, de la continuidad. Por su parte, para Regina el asunto era casi una cuestión imperdonable. Repetía lo que sus padres y abuelos habían hecho con ella y que tanto había detestado. Su tiempo entero lo dedicaba a reprochar y manifestar su disgusto con las más crudas maneras. La única forma en que ella estaría contenta o al menos parcialmente conforme ante la nueva decepción sería imponiendo su nuevo capricho, una deuda que ella tenía con su propia madre: la niña se llamaría Ferdose, como su bisabuela. Era su turno. Era la tercera y le tocaba.

Cuando Rebeca escuchó a su suegra pronunciar el impronunciable nombre tuvo exactamente la misma sensación de náusea que Regina había sentido treinta y tantos años antes al dar a luz a su segunda hija. La bilis se revolvía en su estómago perforando sus paredes y el dolor era tan intenso y la ansiedad tan grande que hasta la leche se le cortó. La pequeña, desde el tercer día de vida tuvo que ser alimentada con leche de vaca porque su madre, del enojo, se había secado por completo.

En su angustia Rebeca tenía en claro una sola idea: por ningún motivo permitiría que a su hija la nombraran así. Regina, en su capricho, trataba por todos los medios —desde la seducción hasta los gritos, pasando por el chantaje— de convencer a Rebeca de hacer su voluntad. Argumentó que era el nombre más bello, que significaba la gloria, que era una cuestión de honor, que le traería buena suerte. Rebeca se mostraba implacable por lo que Regina comenzó a recurrir a sus conocidas técnicas de persuasión impositiva: “La niña se va a llamar Ferdose porque así se llamaba mi mamá y yo no pude poner ese nombre a ninguna de mis hijas. Alguien debe perpetuarlo”. Pero no logró nada. Rebeca seguía terca con sus nombres modernos. La quería llamar Lorena. Y si no, Sofía, en su memoria.

“Lorena… Lorena… ¿qué clase de nombre es ése? Ni siquiera se parece un poco al de mi madre; no es un nombre judío. Y Sofía, de ninguna manera. Con una muerta ya tuvimos más que suficiente”, pensaba Regina con frustración, “no se saldrá con la suya”.

“Ferdose podrá significar la gloria y mucho más, pero en este país nadie lo sabe y el nombre es horrendo; si le pongo así, la gloria para ella va a ser el infierno”, pensaba Rebeca a su vez, mientras luchaba consigo misma para contener la ira que se desataba dentro de ella cada vez que su suegra entraba al cuarto. Tenía que concentrarse tan sólo en no ceder a la imposición del nombre.

Este acontecimiento marcó la primera ocasión en que Rebeca decidió, por una vez, jugar todas sus cartas y rebelarse ante la familia de su marido. Antes de que Rafael pudiera opinar o ser convencido por el temor a su madre y apenas habiendo Rebeca despertado de la anestesia, al escuchar el horrible nombre, le dijo a su esposo: “sobre mi cadáver”.

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Gaucho Span

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“Triple Chronicle of a Name”

“It’s a girl.” The words fell heavily on her head. The third female. Deep down Rebeca had an immense pleasure hearing those words, but the pleasure mingled with the anguish of her coming confrontation with her mother-in-law. From her first pregnancy, the discussions of whether it had to be a boy or a girl had been a constant recurrence, as if the decision of the sex of the children was an act that could be controlled by the parents. Yes, the story was repeated irremediably, with some variants: Rebeca wanted equally to have a girl or a boy, for her, it was of no importance and the simple fact of the birth of a baby filled her with happiness. For Rafael, [her husband] it was also a reason for joy, although deep down he also wanted an heir. A male, the symbol of strength, of continuity. For Rebeca, [her mother-in-law], it was an unforgivable question. She repeated what her parents and grandparents had done with her and she had hated it so much. Her entire time was devoted to reproach and expressing her displeasure in the most crude ways. The only way she would be happy or at least partially satisfied with the new disappointment would be to impose her new whim, a debt she had with her mother: the girl would be called Ferdose, like her great-grandmother. It was her turn. She was the third daughter, and it was her turn.

When Rebecca heard her mother-in-law pronounce the unpronounceable name, she had exactly the same nausea that Regina had felt thirty-odd years before giving birth to her second. The bile was stirring in her stomach, piercing its walls, and the pain was so intense and the anxiety so great that even her milk was cut off. The little one, from her third day, had to be fed cow’s milk because her mother, from the anger, had completely dried up.

In her anguish, Rebecca had only one idea: for no reason would she allow her daughter to be named that way. Regina in her whim, tried by all means – from seduction to shouting, going through blackmail – to convince Rebeca to do her will. He argued that it was the most beautiful name, which means the glory, which was a matter of honor, that would bring good luck. Rebeca was implacable because Regina began to resort to her well-known techniques of tax persuasion: “The girl is going to be called Ferdose because that’s the name of my mother, and I could not put her name to any of my daughters. But he did not achieve anything. Rebeca remained stubborn with her modern names. I wanted to call her Lorena. And, yes, no, Sofia, in her memory.

“Lorena … Lorena … what kind of name is that?” It does not even sound like my mother’s name, it’s not a Jewish name, and Sofia, by no means, with one dead woman we already have more than enough,” thought Regina. in frustration, “she will not get away with it.”

“Ferdose may mean glory and much more, but in this country no one knows and it is horrendous, if I give her that name, the glory for her, is going to be hell,” thought Rebeca, in turn, as she fought with herself to contain the anger that broke out every time her mother-in-law entered the room. She had to concentrate only on not giving in to the imposition of the name. This event marked the first time that Rebeca decided, for once, to play all her cards and rebel against her husband’s family. Before Rafael could comment or be convinced by the fear of his mother and barely having Rebeca awakened from the anesthesia, upon hearing the horrible name, she told her husband: “over my dead body.”

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Translated from the Spanish by Stephen A. Sadow

Meir Kucinski (1904-1976) Escritor polonês-brasileiro-judio que escrevei em iídiche/Polish-Brazilian-Jewish Writer who wrote in Yiddish. O seu conto aqui em portugués e inglês/ His short-story here in Portuguese and English

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          Entre os intelectuais e escritores judeus de língua iídiche que emigraram da Europa Oriental para o Brasil, Meir Kucinski foi, sem sombra de dúvidas, um dos mais marcantes em São Paulo. Seu talento foi reconhecido pelas maiores autoridades em literatura judaica na Argentina, Israel e nos Estados Unidos. ‘Imigrantes, Mascates & Doutores’ reúne os escritos do autor, pela primeira vez em versão para o português. Os contos de Kucinski são sobre a história dos imigrantes judeus. Nelas aparecem os diferentes tipos humanos, os problemas econômicos e sociais, a ascensão socioeconômica e suas conseqüências no relacionamento social, os problemas familiares, relação de pais e filhos, enfim, a vida da sociedade judaica de São Paulo. Em cada relato do livro pulsam a própria experiência de imigrante do autor e as diferenças culturais e religiosas entre quem chega e quem aqui já vive. Os contos recuperam uma parte da história da imigração judaica; a luta e ideais daqueles que, temerosos e deslumbrados, aportaram no Brasil, na esperança de aqui reconstruir suas vidas.

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          Among the Yiddish-speaking Jewish intellectuals and writers who emigrated from Eastern Europe to Brazil, Meir Kucinski was, without a doubt, one of the most out-standing. His talent was recognized by the leading authorities in Jewish literature in Argentina, Israel and the United States.  Immigrants, Peddlers & Doctors brings together the writings of the author, for the first time in Portuguese. Kucinski’s tales are about the history of Jewish immigrants. In them they appear the different human types, their economic and social problems, their socioeconomic rise and its consequences in the social relations, the familia problems, relationships between parents and children, in short, the life of Jewish society of São Paulo. In each story of the book, the author’s own experience as an immigrant and the cultural and religious differences between those who are arriving and those who already live in Brazil. The tales recapture a part of the history of Jewish immigration; the struggle and ideals of those who, fearful and dazzled, contributed to Brazil, hoping to rebuild their lives there.

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CHAMPANHE AUTÊNTICO FRANCÉS

Traduçáo de iídich por Cilka Thalenberg
Editão por Simone Elias

          Manuel voltou para casa com sua mulher Rebeca, do grandioso casamento no clube francês. Aquele tinha sido o primeiro casamento judaico no novo, num  elegante e aristocrático salão.

          Os mekhetunim, os consogros, eram judeus de Bom Retiro e clientes do banqueiro Manuel: Um fabricante de calças Faivisch Glatzkop, que para sua filha em casamento o filho do fabricante de casacos Moshe Pildermascher. Marido e mulher tiram seus agasalhos e se acomodam, um em frente ao outro, nas poltronas confortáveis.

           “Madame banqueira” acende o discreto abajur que está a meio da salão, criando um clima agradável, enquanto os tapetes antigos e fofos envolvem, como os como os feixes de luz do abajur, melhoraram atmosfera entre o casal banqueiro.

          Naquele momento eles comentam a festa do casamento, de onde acabaram de voltar à qual foram, principalmente, para observar e planejar a organização da Teófila deles, que está próximo e deveria realizar-em três meses naquele mesmo clube francês. Eles ficaram indignados, com o atrevimento daqueles confeccionistas do Bom Retiro, que dependem dele, do banqueiro Manuel, por terem se antecipado e, antes dele, banqueiro Manuel, seu financiador, conseguirem o salão francês: aquilo era um desaforo!

          Novos-ricos se metem onde não devem, horrível!

          Apesar de tudo, o casamento tinha sido ultramoderno (o casal de banqueiros se espanta, imaginando como e onde aqueles “alfaiatezinhos” tinham aprendido tanto). Em primeiro lugar o salão, o clube francês, que está escondido, numa alameda de uma região aristocrática de São Paulo, que tem uma cozinha e um bufê com comidas francesas: lagostas e outros fruto do mar servidos em conchas originais marinhas. Contratarem, ainda, uma orquestra francesa com músicos de Paris, que embalava a juventude que se espremia entre as filas de mesas, numa ondulante e silenciosa dança. Ao mesmo tempo, a discreta e autêntica música francesa, envolvia e acalentava os quase adormecidos casais, dando-ilhes um ar de seres lunáticos iluminados pelos casais que lançavam luzes e sombras sobre os pares que silenciosamente arrastavam os pés, com si estivessem dançando.

          Era tudo a francesa, Made in France. Mas o casal banqueiro, exclusivamente aristocrático, logo reconheceu dos parvenues, os novos ricos. 

           Aqueles alfaiates do Bom Retiro, fabricantes de roupas de carregação, que tinham tido uma boa temporada por causa do frio de aquele ano, em vez de reforçarem seus créditos, tinham-se lançado à nova moda de um casamento à francesa.

          –Esse povo, criado con guefilte fisch, peixe recheado… sentenciou Rebeca, a gourmet, e bateu com suas luvas prateadas. — Não deveríamos ter ido a esse casamento plebeu; poderíamos, só como obrigação, mandar o presente. Agora, seremos obrigados a convidar todos eles para o casamento da Teófila.

           Manuel olhou atentamente a sua esposa.Em estilo bancário ele fechou os olhos, como que estivesse decidindo sobre una operação de crédito: Dar un empréstimo o não uma pessoa do Bom Retiro? Um sorriso espalhou-se a partir de suas grossas, peludas e escovadas sobrancelhas até o esbelto, aristocrático e delicado rosto. Os finos lábios cerrados, como seus olhos, com seu nariz torneado e polido como un relógio de coluna ornamentado. Tudo em Manuel brilhava; as lapelas enormes, com pespontos prateados, o brilhante na gravata, as abotoaduras e até o bigodinho prateado sobre seus finos lábios e sob suas narinas cerosas e torneadas.

          Afinal o cansado Manuel abriu os olhos e como após uma operação bancária, respondeu à mulher:  — Não, não é isso, o champanhe do senhor Faivisch não era o legítimo champagne francês e é justamente nisso que se reconhece o pé-rapado de ontem. Para o casamento da Teófila vou eu próprio à França para trazer o champagne autêntico. É nesses detalhes se reconhece o aristocrata — Manuel ficou feliz, medindo suas palavras; pela oportunidade de utilizar sua frase predileta.

          Madame Rebeca, satisfeita com o rumo inesperado que a conversa tomara, concordou prontamente. É que ela já tinha preenchido uma lista de peças de vestuário que teriam de ser trazidos del exterior, pois não eram encontradas nem nas lojas de roupas exclusivas da quais ela é cliente habitual.

           — Sim! O mais certo é irmos nós mesmos. Falsos brilhantes se reconhecem logo, falso champanhe, não. Nós iremos pessoalmente a Paris. É o casamento da nossa Teófila. Os nossos mekhetunim, os consogros, esses não são confeccionistas do Bom Retiro; os Frisels são outra gente…

          Feliz com consentimento da mulher, Manuel retorno á sua imobilidade, de olhos fechados, petrificado como uma múmia reluzente. Cerrou seus finos lábios, afilou su nariz de marfim torneado e brilhante e, antes de seu tempo, se embalou na próximo viajem… Já se via entrando em uma maravilhosa casa de vinhos e conhaques em Paris, negociando dezenas de caixas de champagne e de conhaque…  Via as cores violeta dos lacres de chumbo, os rótulos… as finas etiquetas, tudo envolto de papel de seda. Chegou a sentir o aroma maravilhoso do conhaque que emanava das bocas prateadas de garrafas arrolhadas.

          No dia seguinte o banqueiro reservou os passagens pelo telefone, para si e para a madame, naturalmente na primeira classe. A data do casamento da sua Teófila, estava se aproximando. O vôo para Paris saía nas terças à tarde e, como sempre, nas vésperas da partida, o casal fez-se examinar pelo médico. Não nos horários habituais das consultas, mas fora do expediente, quando não há mais clientes no consultório. Primeiro entrou Manuel. A madame ficou aguardando, folheando entediada umas revistas. Folheou-as longamente.

           “Por que demora tanta a consulta?”

           De súbito, entra correndo o médico, muito nervoso, e avança para a assustada madame Rebeca:

            – – O quê?! Champagne? Champagne francês? O senhor Manuel já está há dias enfartado! É um milagre ele ainda estar de pé. Já requisitei uma ambulância pelo telefone! Sua pressão é zero!! Zero!! Internar já!! Até segunda ordem ele deve se manter imobilizado por algumas semanas! Nada de visitas!

          Gesticulando, indignado, o médico ainda não se conformava:

          –Pois é! Champagne! Um balão de oxigênio e o que ele precisa! Ele corre perigo de morte!…

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Iimigrantes

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AUTHENTIC FRENCH CHAMPAGNE

Translated from Yiddish by Cilka Thalenberg

          Manuel came home with his wife Rebeca, from the grandiose wedding at the French Club. It had been the first Jewish wedding in the the new, elegant and aristocratic ballroom.

          The mekhetunim, or “co-in-laws” were Jews from Bom Retiro and clients of the banker Manuel: the trouser manufacturer Faivisch Glatzkop had given his daughter in marriage to the son of the manufacturer of coats Moshe Pildermasche. Husband and wife take their places and make themselves comfortable, facing each other, on the soft armchairs.

           “Madam Banker” raises the discreet lampshade that is in the middle of the living room, creating an agreeable ambience, while the antique and soft rugs, as well as the rays of light coming from the lampshade, enhanced the atmosphere between the banking couple.

           At the moment, they are commenting on wedding party, from which they had just returned to which they had gone, principally, to observe and make plans for the arrangements for their Teófila, whose wedding was happening soon and ought to talk place in three month in that same French Club. They were indignant about the NERVe of those  clothing makers from Bom Retiro, who depend on him, the banker Manuel, for having beaten him to the punch, and ahead of him, the banker Manuel, their creditor , and gotten hold of the French ballroom; that was an affront!

           The nouveau riche get themselves into places where they don’t belong. Horrible!

          In spite of everything, the wedding had been ultra-modern (the banker couple was shocked, imagining how and where those “little tailors” had learned so much.) In the first place the ballroom, the French Club, that is hidden away, in an esplanade in an aristocratic section of São Paulo, that has a kitchen and a buffet with French dishes: lobsters and other seafood served in their original shells. It employed, even, a French orchestra with musicians from Paris that lulled the young people to squeeze between the rows of tables, in an undulating and silent dance. At the same time, an unobtrusive and and authentic French music, surrounded and lulled the couples who were almost asleep, giving them an air of lunatic beings, illuminated by the candles, that threw light and shadows over the couples who silently dragged along their feet as if they were dancing.

        It was completely French-style. Made in France. But the banker couple, exclusively aristocratic, soon identified/saw them as parvenues, the nouveau riche.

          Those tailors from Bom Retiro, manufacturers of heavy clothing, who had had a good season because of the cold weather that year, instead of strengthening their credit, had thrown themselves into the new fashion of having a  French-style wedding.

          “Those people, raised with guefile fisch, ground up fish,” Rebeca proclaimed, “now it’s gourmet, and beaten with silver gloves on. We shouldn’t have gone to that plebeian wedding; we could have, by obligation, sent a present. Now we will be obliged to invite all of them to Teófila’s wedding.”

        Manuel looked intently at his wife. In a banker’s fashion, he closed his eyes, as when was deciding about a credit issue: to make a loan or not to a person from Bom Retiro. A smile broke out from his thick, hairy/hirsute and brushed eyebrows and even his slim, aristocratic and delicate face. Hi fine, closed lips, like his eyes, with his nose rounded and polished like a clock on an ornamented column. Everything about Manual shined; his enormous lapels with silvered stitching, the brilliance in the tie, the buttons and even the slim, silvery mustache above his fine lips and beneath his waxy and rounded nostrils.

           Finally, a tired Manuel opened his eyes and as after a piece of banking work, answered his wife:  –No, no it’s not that, Mr. Faivisch’s chapagne wasn’t real French champagne, and it’s just from that, that you can see their uncouthness. For Teófila’s wedding, I myself are going to France  to bring back authentic champagne. And in such details, you can tell the aristocrat– Manuel was cheered up, measuring his words, looking for the opportunity to use his favorite phrase.

          “Yes, we will go ourselves. False jewels can be taken for true, false champagne, no. We will go to Paris, in particular. It’s our Teófila’s wedding. Our mekhetunim, our co-in-laws, they are not clothing makers from Bom Retiro: the Freisls are another sort of people… “

           Happy with his wife’s agreement, Manuel returned to his state of immobility, with his eyes shut like a shining mummy. He closed his fine lips, stroked his nose of round and brilliant/shining marble, and, right away, began mentally packing for his next trip…  He already saw himself entering the marvelous house of wines and cognacs in Paris, haggling over dozens of crates of champagne and cognac; he saw the colores of the leaden sealing wax, the labels.. the fine brands, everything wrapped in silk paper. He began to smell the marvelous aroma of the cognac that emanated from the silver mouths of  corked bottles.

         The next day, the banker made the reservations by phone for himself and for his wife, in first class, of course. The day of Teófila’s was approaching, The flight to Paris left on Tuesday afternoons, and as alway, on the eve of a departure, the couple went for a medical checkup. Not during the regular hours for appointments, but outside of business hours, when there were no other patients in the doctor’s office. Manuel went in first. Madam waited, bored, leafing through some magazines. She waited for a long time.

          “Why was the exam taking so long?”

          Suddenly, the doctor came in running, and went toward the frightened Madam Rebeca.

          “What?! Champagne? French champagne? Mr. Manuel had a heart attack days ago! It’s a miracle that he is still on his feet. I called an ambulance by phone! His blood pressure is zero!!  Zero!!  Put him in the hospital! Until the next order, he must be kept immobilized for several weeks! No visitors!”

        Gesticulating, indignant, the doctor was still beside himself:

       “So that’s it! Champagne! A tank of oxygen is what he needs! He is in danger of dying.”

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Translation from the Portuguese by Stephen A. Sadow

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José B. Adolph (1933-2008) — Escritor de ciencia ficción judío-peruano/Jewish-Peruvian Science-Fiction Writer — “Persistencia” “Persistence”

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José B. Adolph nació en Stüttgart, Alemania en 1933. Su familia se trasladó a Perú cuando él tenía 5 años. Estudió en la Universidad Mayor de San Marcos. Fue un escritor y periodista peruano en muchos periódicos  Su obra más conocida Mañana las ratas, una novela de ciencia ficción. Es uno de los escritores más conocidos y más prolijos de la ciencia ficción latinoamericana del siglo XX. En 1983, recibió el Primer Premio de la Municipalidad de Lima. También en ese año él ganó el Primer Premio en el concurso del “Cuento de 1000 Palabras” que le otorgo la revista “Caretas.”  José B. Adolph se falleció 2008 en Lima.

José B. Adolph was born in Stüttgart, Germany, in 1933. His family moved to Perú when he was 5. He studied at the University of San Marcos in Lima. He was a Peruvian and writer and journalist for many periodicals. His most famous work Mañana las ratas, a science fiction novel. He was one of the best-known and most prolific authors of science fiction in Latin-America in the twentieth century. In 1983, he received the First Prize of the City of Lima. Also, in that year, he won first prize in the “Short-story of 1000 Words” competition, awarded by the “Carretas magazine.

José B. Adolfo se falleció en 2008.

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Persistencia

Gobernar la nave se hace cada vez más problemático. Los hombres están inquietos; sólo la más ardua disciplina, las más dulces promesas, las más absurdas amenazas mantienen a la tripulación activa y dispuesta.

Una humanidad que ya no se asombra de nada nos vio partir hacia el más allá: estaba ya habituada a una desfalleciente fascinación.

Comprendo a todos; estos han sido años de sucesos terribles, de convulsiones. Muertes masivas, guerras, inventos maravillosos; ¿quién podía entusiasmarse por una conquista de aquel espacio que ya nada nuevo promete a hombres hartos de progreso?

Los costos son elevados, pero ya nadie se fija en cifras. Corre sangre y corre dinero en estos años en que somos, a la vez, creadores y asesinos.

Amo y odio a mis compañeros. En cierto sentido, son la hez del universo; en otro son balbucientes niños en cuyas manos se moldea el futuro. Abriremos una ruta que liberará a este planeta del hambre, de las multitudes crecientes que ya no encuentran un lugar bajo el sol y que sólo esperan aterradas y resignadas, un juicio final del que desconfío: ¿cómo se puede ser tan supersticioso en estos tiempos de triunfo de la ciencia, del arte, de una nueva promesa de libertad como la que encarna esta nave?.

Hemos partido hace meses; en este tiempo solitario hemos recorrido la inmensidad de cambiantes colores, reducidos a lo mínimo. Nos hemos visto convertidos
en criaturas desnudas, flotando en la creación: los hombres tienen miedo. Sabían que existía este vació; lo supieron siempre. Pero ahora que se sienten devorados
por él, sus miradas se han endurecido para siempre. El final es un lejano punto que no logro construirles.

Huimos de un mundo de miseria y hartazgo; de violencia y caridad; de revolución y orden. Habremos de retornar, sin duda, pero tampoco puedo garantizárselo a ellos. Ven el vacío; no son capaces de perseguir un sueño a plenitud. No hay comunicación con un  pasado que sólo recobraremos como futuro. Y mi soledad es mayor: ¡ay de los que poseemos la verdad y la seguridad! Una sola lagrima nuestra, descubierta por ellos, equivaldría a una desesperada muerte.

Pero es inmensa la recompensa: al otro lado nos esperamos a nosotros mismos, encarnados en esa libertad y en esa abundancia de que ahora carece nuestro planeta. Debemos durar, debemos resistir, no solo porque el retorno es imposible,
sino porque mienten cuando dicen preferir la seguridad de la prisión que dejaron.

La verdad, me digo, es obligatoria. Y el encargo que llevamos nos ha sido encomendado por todos los hombres de la tierra, aun por aquellos que no saben de este viaje e ignoran lo miserable de su existencia.

El viaje continuará, así tuviese que matarlos a todos y gobernar yo sólo la nave. Nadie puede escapar, si no es a través de su propia muerte: confío en sus instintos, más que en sus razonados temores. Hasta ahora no hemos encontrado las horribles pesadillas que algunos timoratos previeron. Sé que todo marchará bien, o todos moriremos juntos; si así fuera, si lo último se cumpliera, otros retomarán la esperanza y esa huída que será un gran encuentro. El cielo es negro sobre nosotros, pero miles de luces nos acompañan; son como cirios de esperanza. Ellos las miran con temor y odio; no quieren comprender que son guardianes y guías: ¿Cómo no sentirse hermano de las estrellas, que observan, comprensivas, nuestra soledad que es la de ellas?

Me siento solo, y no me siento solo. ¿Habrá alguien que pueda comprender esta atracción por un abismo que para mí no es sino una ruta más? Es cierto que a veces tengo miedo, como todos. No soy sino un hombre frente a fuerzas desconocidas: las intuyo, pero no las domino; las comprendo pero no son mías. Pero sin miedo no hay esperanza.

Y sin embargo, el tiempo es largo, sobre todo para ellos. El viaje se les aparece infinito. Empiezan a sentirse privados de toda realidad; se creen fantasmas de sí mismos. Sus ojos me amenazan, porque siempre hay un culpable. La nave cruje y se mece, la inmensidad es cada vez mas aplastante, pese a esos signos que, desde hace un par de días, nos aseguran que no hay error, que mis cálculos son correctos.

Debo anotar, pues, que ojalá se cumplan los pronósticos favorables antes que el temor termine totalmente con la confianza. Rogaré al Señor para que tal cosa no ocurra. Danos, pues, Señor, la gracia de poder cumplir nuestra misión antes que finalice este octubre de 1492.

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Persistence

Commanding the ship  is becoming more and more problematic. The men are restless; only the strictest discipline, the sweetest promises, the most absurd threats keep the crew active and ready.

A humanity that no longer is surprised/amazed by anything saw us depart toward the great beyond; it is already used to a lesser fascination. I understand them all: these have been years of terrible events. of convulsions. Massive deaths, wars, marvelous inventions; who could get exited by a conquest of that space that doesn’t even promise anything new to men sick of progress?

The costs are high; but nobody pays attention to the figures anymore. Blood flows and money flows in these years in which we are at the same time creators and murderers.

I love and I hate my comrades. In a certain sense, they are the dregs of the universe, in another, they are babbling boys in whose hands the future is molded. We will open a route that will free this planet of hunger, of the growing multitudes who no linger find a place under the sun and who only wait frightened and resigned, a final judgment which I distrust: how can you be so superstitious in these times of triumph of science, of art, of a new promise of freedom such as that which embodies this vessel?

We set out months ago; in this solitary time we have crossed the immensity of changing colores, reduced to the minimum. We have seen ourselves changed into naked creatures, floating in creation; the men are afraid. They knew that this emptiness existed; they always knew it. But now they feel devoured by it; their faces have hardened forever. The end is a far off point that I can’t make real for them.

We fled from a world misery and glut; of violence and charity; of revolution and order. We will have to return, no doubt, but I can’t guarantee that to them either. They see the emptiness; they are not capable of pursuing a dream of plentitude. There is no communication with a past that we will only recover as future. And my solitude is greater; wow to those of us who possess truth and conviction! A single tear from me would be equivalent for them to a desperate death.

But the reward is immense: on the other side, we wish for ourselves, embodied in that liberty and in that abundance that our planet now lacks. We must endure, we must resist, not only because going back is impossible, but because they lie when the say that they prefer the security of the prison the left behind.

The truth, I say to myself, is obligatory. And the mission that we tack on has been charged to us by all the men of the earth, even by those who don’t know about this voyage and are unaware of the misery of its existence.

The voyage will continue, even if I have to kill them all and alone command the ship/ No one can escape, if it is not by his own death; I trust their instincts, more than the horrible nightmares that some fearful ones expected. I know that everything will go well, or we will all die together; it that happens, if the ultimate takes place, others will take up the hope, and that this escape will be a great encounter. The sky is black above us, but thousands of lights accompany us: they are like large candles of hope. The men watch them with fear and hatred: the don’t want to understand that they are guardians and guides. How can you not feel yourself brother to the stars, that observe, understanding, that our solitude is theirs?

I feel alone, and I don’t feel alone. Will there be someone who can understand this attraction for an abysm that for me is nothing but another route?  Certainly, at times I am afraid, like everyone. I am only a man facing unknown forces; I sense them, but I don’t dominate them: I understand them but the aren’t mine. But with our fear, there is no hope.

Nevertheless, the time is long, especially for them. The voyage seems to them to be infinite. They begin to feel deprived of all reality; they believe themselves to be ghosts of themselves. Their eves threaten me, because there is always a guilty one. The ship creaks and rocks, the immensity is more and more overwhelming, despite those signs that, for two days now, assure us that the is no mistake, that my calculations are correct.

I should note, that, God willing, the favorable predictions are fulfilled before fear completely does away with confidence. I will pray to God that such a thing does not happen. Give, then, Lord, the grace to be able to complete our mission before this October of 1492.

 

Angelina Muñiz-Huberman — Escritora y poeta judío-mexicana/Mexican-Jewish Writer and Poet — “La Shejiná”- Una historia cabalista /”The Shekinah” – A Kabbalistic Tale

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Angelina Muñiz-Huberman

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Poemas

Angelina Muñiz-Huberman nació en Francia en 1936, hija de refugiados republicanos de la Guerra Civil Española. Está radicada en México desde que tenía seis años. Trazó su ascendencia por parte de su madre de judíos conversos que nunca salieron de España. Después de leer intensamente el Viejo Testamento y sus comentarios y en particular los libros místicos de la Cábala, se convirtió formalmente al judaísmo.  Por muchos años, Muñiz-Huberman ha sido profesora de literatura comparada en la Universidad Autónoma de México. Es escritora de numerosas novelas como La guerra del unicornio (1983), El mercader de Tudela (1999), y El sefaradí romántico: la azarosa vida de Mateo Aleman II (2005). Es autora de muchos libros de poesía, entre ellos El ojo de la creación (1992) y La sal en el rostro (1998). Sus temas predilectos son la creación y la destrucción, la unión de opuestos, el centro de la existencia, y más recientemente, el exilio como un estado de vivir. Escribe con gran cuidado, midiendo cada palabra y haciendo caso de sus sonidos. Sus imagines son sugestivas y alusivas. Insinúa en los poemas su enorme erudición y su conocimiento profundo del misticismo y lo hace sin frustrar a su lector.

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Angelina Muñiz-Huberman was born in France in 1936, daughter of Republican refugees from the Spanish Civil War. She has lived in Mexico since she was six years old. She traces her ancestry on her mother’s side to converted Jews who never left Spain. After reading intensely the Old Testament, its commentaries, and in particular the mystical books of the Kabbalah, she formally converted to Judaism. For many years, Muñiz-Huberman has been professor of comparative literature at the Autonomous University of Mexico. She is the author of many novels such as La guerra del unicornio (1983), El mercader de Tudela (1999), y El sefaradí romántico: la azarosa vida de Mateo Aleman II (2005). She is the the writer of many books of poetry, among them, El ojo de la creación (1992) y La sal en el rostro (1998). Her favorite themes are creation and destruction, and more recently, exile as a state of being. She writes with great care, considering each word and paying attention to how they sound. Her images are suggestive and allusive. Into her poems, she inserts her enormous erudition and her profound knowledge of mysticism, and she does so without frustrating her reader.

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La Shejiná *

Por los caminos del destierro avanza una doncella, princesa despojada, a tientas. Carece de vista y, sin embargo, no tropieza con las piedras y no golpea con las ramas de los árboles. Una luz interna la guía entre los obstáculos y pareciera que sus pies no apoyasen en la tierra. Quienes también padecen el destierro la toman como guía y se unen a su caravana. Ella, entonces, extiende su manto de lunas y estrellas para cubrir a sus seguidores.

Los pecadores saben que ella los perdonará y su llanto es agua de salvación. Ataviada con joyas que no existen y telas que nadie había hilado, la doncella camina día y noche sin parar. El sábado descansa y entona cánticos de amor con los fieles. Se une a la novia o kalá el día del matrimonio y en el momento que la madre da a luz, ella está presente. Cuando los reyes son ungidos, brilla en la corona entre las piedras preciosas. El día de la muerte enjuga las lágrimas de los dolientes y desgarra sus vestiduras. Podría ser la forma en que la presencia divina se manifiesta en todo suceso comunitario.

Mas hay quienes dicen que vivir bajo el signo de la luna posee también una parte cambiante, severa y que se esconde bajo el Árbol de la Muerte. La verdad es que corren muchas y contrapuestas historias sobre quién es esta doncella que ha sido llamada Shejiná. Lo más probable es que sea el punto invisible de la comunión entre el mundo terrenal y el mundo celestial. Un desprendimiento de hálito divino que protege el pueblo en su dispersión. El consuelo en el exilio y el manto encubridor que aparta los peligros. La morada divina que un día habrá de ser alcanzada cuando ocurra la consumación de todo en el fin de los tiempos.

*  Los cabalistas creen que la Shejiná es el aspecto femenino de Dios.

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Esta historia forma parte de: Angelina Muñiz-Huberman. En el jardín de la cábala. México, D.F: Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 2008.

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The Shekinah *

By the paths of exile, a maiden moves forward, dispossessed princess, feeling her way. She lacks sight and, nevertheless, she doesn’t trip on the stones and doesn’t bump into the branches of trees. An internal light guides her through obstacles, and it seemed that her feet don’t rest on the earth. Those who also suffer from exile take her as a guide and join her caravan. She, then, extends her cloak of moons and stars to cover her followers.

Sinners know that she will pardon them and their tears are salvation’s water. dressed in jewels that don’t exist and clothed in fabric that nobody had spun, the maiden walks night and day without stopping. On Saturday, she rests, and with the faithful. entones love songs. She joints the bride or kalah on the marriage day, and in the moment that the mother gives birth, she is present. When the kings are anointed, she shines among the precious stones in the crown. On the day of a death, she wipes away the the tears of the mourners and tears their clothing. She could be the form in which the devine presence shows itself in every communal event.

However, there are those who say that to live under the sign of the moon also have a changeable and severe side and that it hides under the Tree of Death. The truth is that many and conflicting stories circulate about who is this damsel who has been called the Shekinah. The most probable is that she is the invisible point of communion between the earthly world and the celestial world. A release of divine breath that protects the people in dispersion. The solace in the exile and the covering cape that pushes aside the dangers. The divine abode that one day has to be reached when the consummation of everything occurs at the end of times.

* The Kabbalists believe that the Shekinah is the female aspect of God.

Translation by Stephen A. Sadow

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This story forms part of: Angelina Muñiz-Huberman. En el jardín de la cábala. México, D.F: Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 2008.

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Alicia Steimberg (1933 -2012) Escritora judío-argentina/ Argentine-Jewish Writer — Cuento/Short-story: “Su espíritu inocente”/”Her Innocent Soul”

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Alicia Steimberg

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SU ESPÍRITU INOCENTE

(FRAGMENTO DE NOVELA)

Alguien se casa y estamos invitados a la fiesta. Es un casamiento judío, pero no importa; basta con no contarlo en el colegio. Después de la ceremonia nupcial nos hallamos sentados ante largas mesas esperando la comida. A mí me han ubicado junto a grupo de señoritas muy vestidas y maquilladas. Tengo mis alusiones de que más tarde alguien me invite a bailar, cosa que no sucede. Como es de noche de primavera he venido sin medias (sin los infamantes zoquetes). Mis vecinas de mesa hablan de muchachos, de si los muchachos las han llamado por teléfono o no.

–Che—le dice una boca pintada de rojo coral a una oreja con caro de fantasía—Che, ¿sabes?, me llamó.

–¿Quién?

–Moishe.

Me quedo estupefacta. No comprendo que una chica se entusiasma por alguien que se llama Moishe. Pero ellas no prestan atención. Parece que Moishe se hace el interesante y no ha llamado a esa chica en los últimos ocho días. Ella tampoco lo llama para que él no se crea importante, y la táctica da buen resultado y finalmente Moishe llama y le invita a salir. Siguen hablando de acontecimientos parecidos entre otras chicas y otros muchachos. Parece que es que es gente que pasa la mitad del tiempo durmiendo y la otra mitad llamándose o no llamándose por teléfono.

Al principio, escucho disimuladamente con la mirada fija en mi plato o en alguna botella, pero sin darme cuenta, me voy acercando, y a medida que me intereso directamente en la que hablan, volviendo los ojos de aquí para allá como en un partido de tenis.

–¿Y entonces? – pregunta los labios de color coral.

Un par de ojos grises se clavan en los míos, los correspondientes a la boca color bermellón que debía contestar. Pero en cambio, dirigiéndose a mí, la boca dice en tono desagradable:

–Acercáte nena, así oías mejor.

Me toma tan de sorpresa que estoy a punto de decir:

–Bueno, gracias—Un segundo después su intención burlona llega a mi conciencia. Me arden las mejillas, me saltan las lagrimas. Quiero desaparecer. O estallar como una bomba debajo de la mesa y todas las horribles señoritas salgan volando por el aire.

Después de un rato las espío de reojo. Siguen hablando animadamente; se han olvidado de una mosca que ha espantado unos segundos antes.

Cuando termina la cena, me levanto de la mesa y no me acerco a nadie más, no siento en las sillas que rodean el espacio para bailar. Me quedo parada mirando algún objeto como si me interesara mucho, y al rato me traslado a otro lugar, y me pongo a pensar en otro objeto, por ejemplo, la torta de bodas, que es de cartón, o la gran estrella de David formada por lamparitas eléctricas que cuelgan del techo.

El lunes siguiente cuento en el Colegio que he ido a un casamiento, y me preguntan en qué iglesia fue la ceremonia religiosa.

–No se casaron por la iglesia—contesto–. Son agnósticos.

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HER INNOCENT SOUL

(A SECTION FROM A NOVEL)

Someone is getting married, and we are invited to the party. It’s a Jewish wedding, but that doesn’t matter, it’s enough no not to talk about it at hit high school. After the marriage ceremony, we found ourselves facing a long table waiting for dinner. They have placed me next to a group of very well dress and well-made-up young ladies I have my hopes that later on someone would ask me to dance, something that didn’t happen. As it is a Spring evening, I have come without stockings, without shameful socks.) My table mates speak about boys, of whether the boys have called them by telephone or not.

–Che—a coral-red mouth says to an ear with expensive costume jewelry—Che—Che, did you know? He called me.

–Who?

–Moishe.

I am stupefied. I don’t understand how a girl gets excited about someone named Moishe. But they don’t pay attention. It seems that Moishe has tried to attract attention, and he hasn’t called that girl in the last eight days. She doesn’t call him either, so that he won’t consider himself important, and the tactic worked well, and finally Moishe calls and asks her out. The continue talking about similar happenings with other girls and other boys. It seems that these people spend half of their time sleeping and the other half calling each other or not calling each other on the phone.

At first, I pretend to listen with my gaze fixed on my plate or some bottle, but without realizing it, I am drawing near, as I become directly interested what they say, moving my eyes from here to there, like a tennis match.

“And then?” asks the coral colored lips.

A pair of gray eyes fix on mine, the others to the vermillion colored mouth who ought to answer. However, directing itself to me, the mouth says in a disagreeable tone:

“Come closer, little girl, that way, you hear better.

She took me so by surprise that I was about to say “Well, thanks.” A second later, her sarcastic intention reached my consciousness. My cheeks burn, tears come out. I want to disappear. Or explode like a bomb under the table, and all the horrible young ladies leave flying through the air.

After a while, I spy on them through the corner of my eye. They continue speaking animatedly; they have forgotten a fly that had frightened them a few seconds before.

When dinner ends, i get up from the table, and I don’t go near anyone else; I don’t sit on the chairs that surround the dance floor. I remain standing looking at some object or other as if it interested me.

Then I begin to think about another object, for example the wedding cake, which is made of cardboard, or the huge Star of David formed by small electric lamps that hang from the ceiling.

The next Monday, I mention at the high school that I have gone to a wedding, and they asked in which church the religious ceremony took place.

“They weren’t married by the church,” I answer. “They are agnostics.”

Translation by Stephen A. Sadow

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Alicia Steimberg, escritora y traductora argentina, combinó su pasión por la literatura con su trabajo como profesora de inglés y, posteriormente, directora de la Sección de Libros en la Secretaría de Cultura Argentina.

Steimberg publicó quince novelas y fue traducida a más de cinco idiomas. A lo largo de su carrera recibió premios como el Konex de Platino en Traducción, el Planeta del Sur y la Beca Fulbright.

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Alicia Steimberg, Argentine Jewish writer and translator, combined her passion for literature with her work as a professor of English, and, later on, Director of the Book Section of the Argentine Ministry of Culture.

Steimberg published fifteen novels, and her work was translated to five languages. Throughout her career, she received prizes such a Konex Platinum Prize for Translation, The Planeta del Sur Prize and a Fulbright Fellowship.

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Algunos libros de Alicia Steimberg/Some Books by Alicia Steimberg

Carlos Szwarcer — Cuentista judío-argentino/Argentine-Jewish Short-story Writer — “Los Boios de Simbul”/ “The Boyos of Simbul”

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Carlos Szwarcer

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Carlos Szwarcer es historiador, periodista y cuentista judío-argentino. Es especialista en la historia de los sefardíes en la Argentina y ha coleccionado muchos testimonios orales de la gente vieja sefaradí de los barrios de Buenos Aires.

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Carlos Szwarcer is a Jewish-Argentine historian, journalist and short-story writer. He is a specialist in the history of Sephardic Jews of Argentina, and he has collected many oral testimonies from older people in Sephardic neighborhoods of Buenos Aires.

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“Hechizo sefaradí” por/by Carlos Szwarcer

“Café Izmir “por/by Carlos Szwarcer

“El reloj de esfera celeste”/”The Watch with the Sky-Blue Dial” por/by Carlos Szwarcer

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Los Boios de Simbul x spinetto
Ilustración por Horacio J. Spinetto

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Los Boios de Simbul

 por

Carlos Szwarcer

 

Simbul, mujer pequeña y esmirriada, ese invierno arrastraba minuciosamente sus setenta y tantos años por las gastadas y frías baldosas del inquilinato. Había nacido en Izmir, la antiquísima ciudad del Asia Menor. Los avatares de la vida la habían traído a Buenos Aires cuando era una hermosa joven de veinte.

El tiempo no pasa en vano solía pensar cada mañana. “¿Adió, adió cualo es ésto?” (1) se decía en tanto observaba la imagen borrosa que le devolvía el espejo redondo de la pared descascarada del patio. Apretaba su rodete canoso y aquel rostro arrugado como un pergamino milenario gesticulaba resignación en un rictus lúgubre, cotidiano

El ruido metálico y estridente de los frenos del tranvía 89 le avisaba la llegada de Mushiko, su sobrino, que dejaba estacionada unos pocos minutos la mole repleta de gente frente a la casa de su tía. Ella le tenía preparado su desayuno express, criollo-sefaradí: el infaltable mate amargo acompañado de un par de mulupitas (2). La anciana le espetaba un cariñoso “meoio que te mande el Dió” (3) creyendo liberarse de su complicidad con la supina irresponsabilidad laboral de su pariente.

Luego de aquella súplica salvifica  Mushiko, con la última chupada de bombilla, media mulupita en la mano y la otra mitad mascándola todavía, le contestaba: “saludosa que estés… tía”. Y un tanto agitado bajaba de a tres peldaños la escalera medio desvencijada cuando le llegaba el lejano “berajá i salú” (4) de la añosa mujer apoyada en la baranda.

Los tres a cuatro minutos de protestas y gritos de los perjudicados pasajeros se acallaban cuando el insensato “motorman” ponía en marcha otra vez el vehículo. En tanto terminaba de comer displicentemente los restos de la galletita, recibía de los pasajeros los últimos: “atorrante”, “mascalzone” (5), “papanata” o “Aide… masalbasho… que te vó a dar un shamar” (6)

Las tres hijas de Simbul se casaron, su marido había tenido una muerte absurda y su sobrino sentó cabeza al formar pareja y trasladarse a Montevideo. Vivía sola y cada tanto, cuando la artritis se lo permitía, se entretenía haciendo alguna comida sefaradí que yo de pequeño alcancé a degustar. Sus “boios” (7) habían sido célebres y una tarde le aseguré: -¡boios como los tuyos, tía Simbul, no hay ni habrán! Su rostro se transformó. Esa mujer sí que supo del arte culinario. Como buena dyudía había aprendido puntillosamente las recetas ancestrales que por décadas agradaron a su familia.

Un día, detrás de una puerta escuché que esta lejana pariente, a la que yo llamaba tía, había logrado casar a una de sus hijas gracias a una “poción” que le hizo tomar al desprevenido novio y que, además, curaba ciertas enfermedades con cenizas de muertos mezclándolas en comidas o bebidas. Quedé perplejo y con cierta aprehensión por aquella escuálida figura que en sus últimos años vestía de negro absoluto. Juré no comer más, por las dudas, ninguna de sus exquisiteces.

Hacía mucho tiempo que no veía a mi entrañable tía Simbul, pero una tarde desde el local donde yo trabajaba, súbitamente escucho un tenue pregón que llegaba desde la calle; la voz añeja y apagada repetía con insistencia y cada vez más cerca: “¡… aquí traje los boícos para Carlicos… boicos para Carlicos… !”

Tragué saliva y salí a la vereda. Vi a la pobre vieja lánguida, medio extenuada. Había llegado caminando, o más bien arrastrando su ligera humanidad las cuatro largas e interminables cuadras que separaban su casa de mi trabajo. Dejé mis estúpidos escrúpulos de lado invadido por un halo de ternura. Sabía que hacía muchísimo que no cocinaba casi nada, que apenas si calentaba algunas simplezas para mantener su frágil cuerpo en pie y casi no salía a la calle. ¿Qué le ocurrió ese día? Me sonrió y miró a los ojos como nunca antes. Creí, convencido, que su presencia tenía un profundo significado, y no me equivocaba. Levantó el plato con tres boios de verdura tapados con una servilleta anudada y me lo dio como quien entrega algo muy preciado diciéndome a media voz.

– ¡Carlicos… los boicos! Apenas pude responderle – ¡Gracias tía! Le di un beso en su mejilla magra y ahuecada y acaricié unos instantes su canoso rodete. Me sonrió y fue desandando el camino mientras repetía – ¡Berajá y salú! Compartí los boios con mi padre y me quedé frente al plato de loza vacío pensando tantas cosas. Pocos días después me enteré que la tía Simbul había pasado serenamente a mejor vida. Somos apenas un soplo entre costumbres, tradiciones, verdades, mentiras, razones y supersticiones. Siempre recordaré el último gesto que tuvo hacia mí la tía Simbul. Matrona sefaradí. “Muyer” (8) que comenzó sus días en la Izmir de fines del siglo XIX pero que en realidad tenía quince, veinte siglos o más. Es que en ella estaban sus ancestros de Sefarad (9). La tradición nos lleva tan lejos en el tiempo. Y Simbul pervive en la memoria.

Tarde, pero seguro uno comprende que sus “boios”, “mulupitas” o “trabados”(10) eran sólo una excusa para reunir a la familia a través de las texturas, gustos y olores de aquellos manjares orientales fatigosamente elaborados, para complacer, para mimar, para festejar la vida. Aún hoy, cada vez que saboreo un boio de verdura evoco con especial cariño a mi dulce, querida y sorprendente tía Simbul.

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Notas:

1) ¿Qué es ésto?. En este caso como expresión de desagrado.

2) Galletita redonda

3) Inteligencia, cerebro te envíe Dios.

4) Bendición para las comidas.

5) Insulto en italiano

6) Aide: vamos. Masalbasho: mal hombre, de baja estofa. Shamar.

7) Comida. Especie de empanada redonda de hojaldre, rellena indistintamente de verdura, queso, berenjena, etc.

8) Mujer.

8) ‘Woman.

9) España.

9) Spain.

10) Un tipo de dulce, similar a una diminuta empanada, con relleno de nueces trituradas.

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Publicado en “Los Muestros” Nº 59. Junio de 2005. Bruselas. Bélgica.

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boios verdura

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Los Boios de Simbul x spinetto
Illustration by Horacio J. Spinetto

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The “Boios” de Simbul

 by

Carlos Szwarcer

Simbul, a small and skinny woman, that winter meticulously dragged her seventy-something years on the worn-out and cold floor tiles of the tenement house.. She had been born in Izmir, the very ancient city of Asia Minor. The ups and downs of life had brought her to Buenos Aires when she was a beautiful twenty-year-old young woman.

Time didn’t pass in vain, she used to think every morning, “¿Adió, adió cualo es ésto?” (1). she said to herself while she looked at the blurred image that faced her from the round mirror on the peeling patio wall. She adjusted her grayed bun and that face, wrinkled like a millennial parchment gesticulated resignation with a melancholy expression.

The strident and metallic noise of the brakes of the 89-trolley let her know of the arrival of her nephew Mushiko, who left behind, parked for a few minutes in front of his aunt’s house, the car packed with people. She had prepared for him an Argentine-Sephardic quick breakfast, the indispensable bitter “mate” accompanied by un pair of mulupitas (2). The old lady blurted out an affectionate “meoio que te mande el Dió” (3), believing that she was freeing herself from complicity with the utter irresponsibility from work of her relative.

After that salvific request, Mushiko, with the last sip from the “mate” gourd, half a mulupita in his hand and still chewing the other, answered her “saludosa que estés… tía.”(4)  And a bit agitated, he went down the rickety staircase three steps at a time, when he heard the distant “berajá i salú” (5) from the old woman leaning on the railing.

The three or four minutes of protests and shouts from the wronged passengers calmed down when the impudent “motorman” put the vehicle in motion again. While he was indifferently finishing eating what was left of the cracker, he received from the passengers the last “good-for-nothing”, “mascalzone” (6), “papanata” o “Aide… masalbasho… que te vó a dar un shamar” (7).

Simbul’s three daughters married, her husband has an absurd death, and her nephew settled down when he got married and moved to Montevideo. She lived alone and every once in a while, when her arthritis permitted it, she entertained herself making some Sephardic meal that I, as a kid, was able to taste. Her “boyos” (8) had been famous and one afternoon, I assured her, “boyos” like yours, aunt Simbul, can’t be beat and never will be! Her face transformed. That woman certainly knew the culinary arts. Like a good dyudía, (9) she had learned punctiliously the ancestral recipes that for decades pleased her family,

One day, behind the door, I heard that this distant relative whom I called aunt, had succeeded in marrying off one of her daughters thanks to a “potion, that she made the unprepared boyfriend drink, and moreover, cured certain illnesses with ashes of dead people, mixing them into meals or drinks. I remained perplexed and with a certain apprehension of that squalid figure who in her last years, dressed completely in black; I swore to not to eat more of her delicacies, just in case.

Much time had passed since I saw my dear Aunt Simbul, but one day from the store where I was working, I suddenly hear faint words, coming from the street; the elderly and muffled voice repeated insistently, and each time closer: “I brought here the boícos for Carlicos..  . . boicos for Carlicos . . .!”

I swallowed my saliva and I went out to the sidewalk. I saw the poor old lady, languid and half exhausted. She had arrived walking, or better said, dragging her lightweight humanity the four long and interminable four blocks that separated her house from my workplace. I left aside my stupid scruples, invaded by a halo of tenderness, I knew that for a very long time, she had cooked almost nothing, that she hardly heated some silly things to maintain her fragile body upright, and she almost  never went out on the street. What happened to her that day? She smiled at me and looked into my eyes as never before. I believed, convinced, that her presence had a profound significance, and I wasn’t mistaken. She raised the plate with three vegetable “boyos” covered with a tied napkin, and she gave it to me like someone who delivers something very precious, saying to me in a whisper:

“Carlicos…los boyicos!” I could barely answer her, “Thank you, Aunt!” I gave her a kiss on her thin and hollow cheek, and I caressed for a few instants her gray-haired bun. She smiled at me, and was retracing her steps on the street, while she repeated, – ¡Berajá y salú! I shared the boyos with my father, and I sat facing the empty crockery plate, thinking so many things! A few days later, I learned that Aunt Simbul has gone serenely to a better place. We are scarcely a breath among customs, truths, lies, reasoning and superstition, I will always remember the final gesture that Aunt Simbul made for me. Sephardic matron. “Muyer” (10) who began her days in Izmir at the end of the nineteenth century, but in truth, she was fifteen, twenty or more centuries old. In her were her ancestors from Sefarad. (11) Tradition carries us so far back in tim! And Simbul endures in my memory.

Late, but surely, one understands that her ‘boyos“, “mulupitas” or “trabados”(12) were only an excuse for reuniting the family by means of the textures, tastes and smells of those oriental dishes prepared with difficulty to please, indulge, celebrate life. Even today, every time I savor a vegetable boyo, I evoke with especial affection my sweet, beloved and surprising Aunt Simbul.

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Notes:

1)  My God! What is this! Here, an expression of dismay.

2) A round cracker

3) Intelligence, that God give a brain.

4) I Wish You stay Healthy.. Aunt

5) Blessing for meals.

6) An insult in Italian. (scoundrel)

7) Aide: let’s go. Masalbasho: bad man, low class. Shamar: I’m going to slap you.

8) Type of food.  A kind of round empanada of puff pastry, filled interchangeably with vegetables, cheese eggplant et cetera.

9) Sephardic woman.

10) Woman

11) Spain.

12) A type of sweet, similar to a small empanada, with a filling of ground walnuts.

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Published in “Los Muestros” Nº 59., June 2005. Brussels, Belgium.

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Translation by Stephen A. Sadow

Miryam Gover de Nasatsky — Novelista, historiadora judío-argentina/Argentine- Jewish Novelist, Historian — “Hacia la libertad”/”Toward Freedom” — Un novela de la Resistencia Francesa/A novel of the French Resistance

 

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Miryam Gover De Nasatsky se graduó como profesora enLetras en la Universidad Nacional del Litoral, Argentina. Docente e investigadora. Con una beca del Fondo Nacional de las Artes editó La Bibliografía de Alberto Gerchunoff. Conjuntamente con la Lic. Ana Weinstein dio a conocer los dos tomos del libro Escritores judeoargentinos: bibliografía 1900-1987. Además, con Ana Weinstein y Roberto Nasatsky, relevaron las distintas facetas de la actividad musical en Trayectorias musicales judeo-argentinas. Dado que las artes plásticas constituyen otra vertiente importante de la creatividad judío-latinoamericana, con Steve Sadow construyeron el sitio web Jewish Latin American Art (http://www.jewishlatinart.com) que centraliza la obra de más de cien artistas para favorecer su estudio y difusión. Ha presentado ponencias en congresos internacionales y colabora en varias revistas literarias argentinas. Entre sus obras están dos poemarios Persistentes vibraciones (1999) y Resonancias de Auschwitz (2011); y tres novelas históricas, La pasión de un visionario—Theodor Herzl (2004) y Desde la cima: Reminiscencias de David Ben-Gurión (2008) y Hacia la libertad (2015)

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Miryam Gover de Nasatsky graduated with a degree in education from the National University of the Littoral, Argentina. She is a teacher and researcher. With a fellowship from the National Fund for the Arts, she edited the Bibliografía de Alberto Gerchunoff. With Ana Weinstein, she published the two volumes of Escritores judeo-argentinos: bibliografía 1900-1987. Also, with Ana Weinstein and Roberto Nasatsky, she described the diversity of musical activity in Trayectorias musicales judeo-argentinas. Since the arts constitute another aspect of Jewish Latin American creativity, Miryam Gover de Nasatsky and Steve Sadow developed the website “Jewish Latin American Art” (http://www.jewishlatinart.com/) that brings together the work of more than one hundred artists, so that this art can be disseminated and studied. Miryam Gover de Nasatsky has presented papers at international conferences. She is a contributor to various Argentinean literary magazines. Gover de Nasatsky is the author of two books of poems, Persistentes vibraciones (1999) and Resonancias de Auschwitz (2011); and two historical novels, La pasión de un visionario—Theodor Herzl (2004) and Desde la cima: Reminiscencias de David Ben-Gurión (2008) and Hacia la libertad (2015.)

Poemas de/Poems of Miryam Gover de Nasatsky

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Hacia la libertad: Una Novela

por

Miryam E. Gover de Nasatsky

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“Un ejército silencioso”

(capítulo abreviado)

 Nos sentamos en el piso formando una ronda. ………… Al recobrarme, volví a sentirme una persona con ganas de vivir y de luchar contra tanta opresión.

-Los que quieran, podrán ayudar a salvar a los más jóvenes, trasladándolos a través de las montañas hacia Suiza o España. A la madrugada, saldrán varios grupos, cada uno con un guía llamado pasador. Conoce perfectamente el camino. Le pagamos para que les indique cómo cruzar las altas cumbres eludiendo los controles y cuáles son los refugios con menos riesgos –anunció con expresión cansada pero afable, Reine, una de las mujeres.

Todos, abstraídos en sus palabras, no nos animábamos a preguntar nada.

Una misión nada sencilla. Además de las dificultades propias de la elevada altura, ya que existen picos de 3.000 metros, el frío es muy intenso y, a veces, cae nieve. Es más acentuada la pendiente de nuestro lado que la española. Por lo tanto, el descenso será más fácil. Cuando lleguen, uno de los contactos los va a esperar. Ahora, el guía les dará algunos consejos útiles para la travesía. Escúchenlo con atención.

Se acercó al grupo un muchacho de, aproximadamente, treinta y cinco años, con muy buen estado atlético y una actitud simpática, que inspiraba confianza. Se dirigió a nosotros en perfecto francés.

-Mi nombre es Charlie. Es una suerte que estén con nosotros. Me alegra que me acompañen en esta maravillosa aventura hacia la libertad. Según Reine, no es una empresa fácil. Tampoco, imposible. Se necesita perseverancia y prudencia. Un mal paso, puede frustrar la travesía. Cuando avancen, deben concentrarse en todo lo que los rodea. Hay hendiduras imperceptibles y despeñaderos. Mantengan lo que lleven bien atado y caminen todos al mismo ritmo. Con un silbato les anunciaré dónde nos detendremos para descansar y cuál será el sitio más conveniente para dormir unas horas.

-¿Hay animales peligrosos?

-Los peores son los jabalíes y las víboras.       

¿Qué hacemos si aparecen? – la voz de Roger reflejaba cierto nerviosismo y temor.

 – Es importante mantener la calma y no agredirlos para que no nos molesten – lo tranquilizó Charlie.

 …………………   Pensé que las amenazas de la naturaleza eran menos nocivas que las del nazismo con su afán de exterminio y de poder ilimitado……………

Mientras recibía los consejos de Charlie, observaba con curiosidad a un hombre de unos cuarenta años, alto, delgado, con cabello morocho y encrespado, de mirada penetrante, quien se había sentado atrás, algo distante y tomaba nota de todo lo que se decía.

Al sentirse descubierto y ver nuestra expresión de asombro y desconfianza, nos tranquilizó:

Mi nombre real es Joseph Kessel pero ahora me llamo Felipe Gerbier para cambiar mi identidad. Como soy escritor y periodista, intento dejar un testimonio de este aspecto de Francia, sumamente valioso donde la rebelión individual es la única ley. Los que resisten integran un ejército secreto y noble con estaciones de radio clandestinas, periódicos libres y armas enterradas. Si bien están lejos de la familia, encuentran amigos y cómplices entre quienes persiguen el mismo objetivo. Gracias a ellos no podrán someternos. Lo mejor de nosotros se oculta en esta gesta valiente y subterránea. 

Su intención me pareció muy loable e importante. No era una tarea menor escribir sobre el valor de tantos civiles dispuestos a perder sus identidades, que responden a jefes desconocidos y viven lejos de los suyos, con el riesgo de ser apresados………

Para saber más sobre Felipe Gerbier, cuando terminó la reunión con Charlie, me acerqué a él junto con Nadine. Como ella había vivido en Londres, conocía de cerca la realidad de los grupos de lucha antinazi liderados por De Gaulle.

Apoyamos tu propósito de contar a las nuevas generaciones cómo funciona la resistencia. Nos gustaría conocer algo más sobre tu vida y cómo llegaste hasta aquí- se interesó.

Mis padres son rusos, pero yo nací circunstancialmente en Entre Ríos, provincia de Argentina. Después vinimos a París, donde estudié en el Liceo Louis-le Grand. Durante la Primera Guerra fui teniente de aviación. Participé en la Guerra Civil Española como corresponsal. Ahora, quiero relatar las acciones por escrito para que se conozcan en el futuro. Con mi sobrino y escritor Maurice Druon redactamos el ‘Canto de los partisanos’, con música de la cantante y guitarrista Anna Marly, nombre artístico de Anna Betoulinsky. Justamente ella fue a Londres a unirse a la Francia Libre de Charles De Gaulle.

-¡Muy curioso!- exclamamos ambas a coro.

La he escuchado varias veces por la BBC………… Recuerdo que dice: ‘Nadie, ninguna fuerza / nos someterá…/ Y destruiremos / las redes enemigas…’ –agregué entonándola.

Tratamos de alentar a los que resisten en el anonimato- respondió Joseph, admirado de que yo la conociera.

Cuando mencionó Argentina recordé que mi abuelo Pierre lo había nombrado como el mejor país para radicarse, por sus bellezas naturales y por la posibilidad de desarrollar allí una existencia normal, sin tantos sobresaltos.

Una vez que cruces los Pirineos no vuelvas. Deberías embarcarte para América e instalarte en alguno de los países. Después, yo también iría- prometió Nadine, como si hubiera leído mis pensamientos.

Si fuera posible, elegiría la República Argentina- lo deseé, ilusionándome con un futuro mejor.

Es una buena elección. Vive allí tu tío abuelo Frédéric que estará feliz de recibirte. Guardá algunas joyas que conservo de mi madre para comprar el pasaje y también la voluntad de algún funcionario no muy predispuesto. Las vas a necesitar- me advirtió, dándome un pequeño paquete que disimulé rápidamente entre mi ropa.

La voz de Reine me trajo a la realidad. A su lado se acercó un hombre aproximadamente de treinta y ocho o cuarenta años, delgado y alto.

Quiero presentarles al pastor André Trocmé, teólogo y partidario de la no violencia. Me gustaría que les cuente su tarea –propuso con voz pausada y grave.

   -Los protestantes hemos conocido la persecución porque, en Francia, constituimos una minoría religiosa en un país católico. Por tal motivo, nos identificamos con todos los judíos perseguidos. Son seres humanos iguales a los demás. Junto con mi esposa Magda Grilli hemos creado la Casa de Refugiados en Le Chambon-sur-Lignon, en el Alto Loira. Allí, gracias a la solidaridad de todo el pueblo, amparamos a los que llegan y les facilitamos la huida a través de las montañas, principalmente a Suiza…… .

Sus palabras y la actitud tan calma inspiraban tranquilidad. Hubiera preferido que siguiera hablando. Me alentaban quienes, con coraje y humildad, asumían el deber de socorrer al prójimo en situación desesperada, aunque expusieran la propia vida y la de su familia. Integrábamos un gran ejército silencioso que luchaba pacíficamente contra el poder diabólico. Quizás, todavía no estaba todo perdido.

…………….  Casi sin voz se dirigió al grupo que demostraba interés:

Me gustaría que, quienes lo deseen, nos relaten sus experiencias con la resistencia. Así, nos iremos conociendo antes de emprender el cruce de las montañas.

 -Todo lo que digan resultará muy provechoso. Permitirá mejorar lo que hace la Cruz Roja y ampliar el radio de acción aumentando los enlaces con otros países- sugirió Reine en un tono convincente y esperanzado.

 Un joven aparentemente de 26 años, con marcada musculatura a pesar de su delgadez, comenzó a hablar:

Fui campeón de natación 1932 en África del Norte. Nací en Argelia, colonia francesa. Soy Alfred Nakache. Me persiguieron aunque sólo conservo pocas tradiciones de mi credo. Nunca participé en política pero, desde que los nazis apresaron y mataron a uno de mis hermanos, decidí integrar la lucha activa junto con Paule Elbaz, mi mujer. Los dos dimos clases de Educación Física en París. Podemos guiar a los jóvenes, entrenándolos para defenderse y comprometiéndolos con los movimientos opositores. Mi ilusión es que en un futuro se cumpla el ideal sionista de crear el Estado de Israel. Parece una utopía pero es la única solución posible.

 ……… -Otra amenaza son los espías que trabajan para el enemigo y que fácilmente pueden infiltrarse. Por eso es interesante la historia de cada uno de ustedes para crear un ambiente fiable. Espero que, si los pescan, resistan las torturas y no delaten a los demás. Sé que es difícil pero muchos lo han logrado. Sean cautelosos. Después de escucharlos, merecen mi confianza- terminó diciendo Reine, con cierto alivio.

 El intenso ruido de los motores de aviones sobrevolando a baja altura nos conmocionó. Aunque el temor se había adueñado de nosotros, sentí junto a mí, gracias a la esperanza de la gente que me rodeaba, todos combatientes sin armas, una complicidad amigable, protectora y valiente.

 -Vamos a quedarnos a oscuras y en silencio hasta que pase el peligro- planteó Reine, con bastante presencia de ánimo.

Dos hombres de unos cincuenta años, callados hasta entonces, se presentaron y opinaron sobre lo que ocurría.

Somos pilotos de aviación pertenecientes a las FALF o Fuerzas Aéreas Libres Francesas, comandadas provisionalmente por Émile Muselier. Estamos en contra del gobierno títere. Caímos con paracaídas cerca de aquí cuando nos atacaron en pleno vuelo mientras hacíamos una patrulla aérea para interceptar naves enemigas.

 -Por el fuerte sonido, están probando los nuevos aviones de combate, llamados de caza a reacción, más pequeños y veloces- explicó su compañero. -La aviación es determinante de la estrategia moderna y decisiva en esta guerra por el uso de radares para detectar aeronaves adversarias. Confío en los últimos adelantos técnicos………..

-Vayamos a la sala del subsuelo rápidamente y en forma ordenada – indicó Reine con cierto nerviosismo, algo temerosa. –Está más protegida de un posible bombardeo. Allí trataremos de sintonizar la radio para saber qué sucede antes de que salgan los grupos que cruzarán los Pirineos.

………… La voz del locutor de la BBC decía, con alguna interferencia:

-SE  VA  A  REALIZAR  UNA REUNIÓN  EN  WANNSEE, SITUADA EN UN ELEGANTE BARRIO BERLINÉS, A ORILLAS  DEL  LAGO  DEL  MISMO  NOMBRE, CONVOCADA  POR  REINHARD  HEYDRICH, JEFE  DE  SEGURIDAD  DEL  REICH…….., PARA  ACORDAR  LAS  MEDIDAS  A TOMAR  CON RESPECTO  A  LOS  JUDÍOS  Y  EL  PLAN  DE  SU  DEPORTACIÓN  HACIA  EL  ESTE.

DE  ESTA  MANERA,  LA  LLAMADA  SOLUCIÓN  FINAL  SE EXPANDE  HASTA  ALCANZAR  EL  OBJETIVO  PROPUESTO.

La noticia nos sacudió porque, evidentemente, coordinaban el asesinato en masa de los nuestros………. Nos miramos atónitos y horrorizados.

Si bien no podemos detenerlos, sería interesante obstaculizar el diabólico  plan y demorarlo. Pronto llegarán los aliados- deseó uno de los pilotos consternado.

Es de esperar que ahora las grandes potencias actúen y que eviten la catástrofe final- susurró Nadine.

Los países saben lo que ocurre porque los medios lo difunden y, aunque parezca mentira, no hacen nada para frenarlo- agregó Reine, sin disimular su enojo.

………………… Con Nadine estábamos azoradas sin poder creer que existiera en el mundo tanta insensibilidad frente al crimen organizado. El pastor André Trocmé, quien había permanecido en silencio, habló:   –No todos sienten apatía ante los hechos tan graves. Conozco un caso ejemplar. Se trata de Sempo Sugihara, cónsul japonés en Kovno, capital de Lituania. Desobedeciendo las órdenes de su gobierno, dio visas para ir a Japón a los judíos desesperados porque el resto de los países les cerraban las puertas. Así, salvó a varios miles aunque, debido a que el gesto humanitario fue considerado una transgresión por sus superiores, perdió su cargo.

El alentador relato del pastor me tranquilizó lo suficiente como para imaginar acciones similares de hipotéticos cónsules en todo el mundo ……………. Con este pensamiento, vencida por el cansancio, me fui adormeciendo, sentada en el piso y recostada sobre mi madre como cuando era pequeña. Fue un breve intervalo feliz antes de nuestra despedida.

      La voz de Reine  me trajo a la realidad: –Los aviones se han  calmado, pero pueden volver en cualquier momento. Debemos organizar la partida de los grupos cuanto antes. Sólo esperaremos los nuevos documentos.

Te deseo lo mejor- me abrazó Nadine. –¡Cuidáte mucho! Nos encontraremos en Argentina. Lo prometo. Le voy a mandar una carta a tu tío abuelo Frédéric quien está allí, contándole nuestros planes. Nos va a ayudar.  Escribíme a este refugio………..      -Por supuesto lo haré………… Por la emoción, un nudo en la garganta me impedía seguir hablando.

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Toward Freedom: A  Novel

by

Miryam E. Gover de Nasatsky

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“A Silent Army”

(an abbreviated chapter)

We sat on the floor, forming a circle…………Recovering, I felt once again a person with the will to live and to fight against so much oppression.

“Those who want to, will be able help save the youngest ones, transferring them across the mountains to Switzerland or Spain. In the early morning, several groups will set out with a guide called a “pasador’ He knows the route perfectly.

We pay him to point out how to cross the high peaks, dodging the control posts, and which are the least risky shelters,” , Reine, one of the women, announced with a tired but affable expression.

All of us, engrossed in her words, didn’t bring ourselves to ask anything.

“There is nothing simple about this mission. Besides the difficulties caused by the high altitude, as there are peaks, 3,000 meters tall, the cold is very intense, and at times, snow falls. The slope on our side is more pronounced than on the Spanish side. So, the descent will be easier. When you arrive, one of the contacts will be waiting for you. Now, the guide will give you some useful advice about the crossing. Listen attentively.”

A fellow, approximately, thirty-five years old, in very good athletic condition and a likeable attitude, and who inspired confidence, approached the group. He addressed the group  in perfect French.

 “My name is Charlie. It’s good fortune that you are with us. It makes me happy that you will accompany me on this marvelous adventure towards freedom. As Reine said, this is not an easy task. But, not impossible. Perseverance and prudence are necessary. A wrong step, can hinder the crossing. As you go advance, you should concentrate on everything around you. There are almost imperceptible cracks and cliffs. Keep everything you have well-tied, and all walk at the same pace. With a whistle, I’ll tell you where we will stop to rest, and which will be most convenient place to sleep a few hours.”

 “Are there dangerous animals?”

 “The worst are the wild boars and the snakes.

“What do we do if they come close?” Roger’s voice reflected a certain nervousness and fear.

“It’s important to keep calm and to not attack them, so that they don’t bother us,” Charlie reassured him.

……………It occurred to me that the threats posed by nature were less dangerous those of Nazism, with its ambition for extermination and unlimited power…………….

While I was taking in Charlie’s advice, I observed with curiosity a man of about forty years old, tall, thin with brown and frizzy hair, and a penetrating gaze, who had sat down behind us, a bit distant, and who took note of everything being said.

Feeling himself discovered and seeing our expressions of surprise and lack of confidence, he calm us down.

“My real name is Joseph Kessel, but now I go by Felipe Gerber to change my identity. As I am a writer and a journalist, I intend to leave a testimony of this aspect of France, extremely gallant, where the individual rebellion is the only law. Those who resist make up a secret and noble army, with clandestine radio stations, free press and buried armaments. If they are quite far from their families, they find friends and accomplices among those who pursue the same objective. Thanks to them, they will not make us submit. The best of us hide in this valiant and subterranean epic achievement.

His intention was very praiseworthy and important. It wasn’t a small task to write about the valor of so many civilians ready to give up their identities, to answer to unknown leaders and live far from their own, with the risk of being arrested……….

To know more about Felipe Gerbier, when the meeting with Charlie was over, together with Nadine, I came over to him. As she had lived in London, she knew up-close the reality of the anti-Nazi groups led by De Gaulle.

“We support your plan to tell the coming generations how the Resistance functions. We would like to know something more about your life and how you got here.

My parents are Russians, but I was born incidentally in Entre Ríos Province in Argentina. Later, we came to Paris, where I studied in the Lycée Louis-le Grand. During the First World War, I was a lieutenant aviator. I participated in the Spanish Civil War as a correspondent. Now I want to tell in print the actions of the Resistance, so that they be known in the future. My nephew, the writer Maurice Druon and I wrote the ‘Song of the Partisans,’ with music by the singer and guitarist Anna Marly, stage-name of Anna Betoulinsly. Exactly for that, she went to London to join the Free France, led by Charles De Gaulle.”

“How surprising!” both of us exclaimed in chorus.

 “I have heard it several times on the BBC….…. I remember that it says“No one, no force/ will defeat us/And we will destroy the networks….,” I added, singing it.

    We try to raise the spirits of those who resist anonymously,” Joseph responded, impressed that I knew it.

When he mentioned Argentina, I remembered that my grandfather Pierre had called it the best country to settle in, for its natural beauty and for the possibility of developing a normal existence there, without so many scary moments.

“Once you have crossed the Pyrenees, don’t return. You should embark for America and settle in one of the countries there. Later on, I too would go,” Nadine promised, as if she had read our thoughts.

“If it were possible, I would choose the Argentine Republic,” I looked forward to it, getting my hopes up for a better future.

“That’s a good choice. Your great uncle Frédéric lives there. He’d be happy to welcome you,  Hide some jewels that I have from my mother to buy your passage and also the will of some functionary not so predisposed to help you. You are going to need them, she warned me, giving me a small package that I rapidly concealed in my clothing.

Reine’s voice brought me back to reality. At her side, a man, approximately thirty-eight to forty years old, thin and tall, came forward.

“I want to introduce you to Pastor André Trocmé, the theologian and proponent of non-violence. I would like him to tell you about his work,” she proposed with a deliberate and grave voice.

 “We Protestants have known persecution, because in France we constitute a religious minority in a Catholic country. For that reason, we identify with al persecuted Jews. They are human beings just like the rest. Together, my wife Magda Grilli and I have created the Refugee House in Le Chambon-sur-Lignon, in the Upper Loire. There, thanks to the solidarity of the people, we shelter those who arrive and facilitate their escape across the mountains, principally to Switzerland……….”

His words and serene attitude inspired calm . I would have preferred that he kept talking. Those who, with courage and humility, assumed the debt of helping their neighbor in desperate circumstances, even chancing their own lives and that of their families, encouraged me. We made up a great silent army that fought pacifically against diabolic power. Perhaps, not everything was lost yet.

With a very low voice, he spoke to the group that showed interest:

“I would like those who wish, to tell us about their experiences with the resistance. That way, we will get to know each other before we take on the crossing of the mountains.”

“Everything you say will be very beneficial. It will help the Red Cross improve what it is doing and expand its sphere of action, augmenting the links with other countries         .” Reine suggested with a convincing and hopeful tone.

A young man, twenty-six years old, with marked musculature despite his thinness, began to speak:

” I was a swimming champion in North Africa. I was born in Algeria, a French colony. I am Alfred Nakache. They persecuted me, although I only keep a few traditions of my faith. I never participated in politics, but, because the Nazis arrested and murdered one of my brothers, I decided to join the active  fight with Paule Elbaz, my wife. We both give classes in Physical Education in Paris. We guide the young people, training them to defend themselves and to getting them involved with opposition movements. My dream is that in a future time, the Zionist ideal of creating the State of Israel happens. It seems like a utopia, but it is the only possible solution.”

……Another threat is the spies who work for the enemy and who can easily infiltrate. For that reason, the each of your stories is interesting in order to create an environment of trust, I hope that, if you are caught, you will resist the tortures and not inform on the others. I know that it is difficult, but many have achieved it. Be careful. After hearing you, you deserve my trust,” Reine finished saying, with clear relief.

The intense noise of airplane motors, flying over at low altitude shook us profoundly. Although fear had taken hold of us, I felt that together. thanks to the hopes of the people who surrounded me, all combatants without arms, a friendly complicity, protective and valiant,

“We will stay in the dark and silent until the danger passes,” suggested Reine, with enough presence of mind.

Two men of about fifty years old, quiet until that moment, introduced themselves and commented on about what had happened.

“We are pilot who belong to the FFAF, the Free French Air Force, commanded provisionally by Émile Muselier. We are against the puppet government. We landed here by parachute, when they attacked us in flight, while we were on patrol to intercept enemy planes.”

 “By the loud noise, they are testing new combat planes, called jet planes,” his comrade explained. “Air power is the determinate of modern strategy and is decisive in this war by the use of radar to detect enemy planes, I trust in the latest techniques……….

The intense noise of airplane motors, flying over at low altitude moved us. Although fear had taken hold of us, I felt that around me, thanks to the hopes of the people who surrounded me, all combatants without arms, a friendly complicity, protective and valiant.

“We will stay in the dark and silent until the danger passes,” suggested Reine, with enough presence of mind.

Two men of about fifty years old, quiet until that moment, introduced themselves and commented on about what had happened.

“We are pilot who belong to the FFAF, the Free French Air Force, commanded provisionally by Émile Muselier. We are against the puppet government. We landed here by parachute, when they attacked us in flight, while we were on patrol to intercept enemy planes.”

Given the loud noise, they are testing new combat planes, called jet planes,” his comrade explained. “Air power is the determinate of modern strategy and is made decisive in this war by the use of radar to detect enemy planes, I trust in the latest techniques………”

“Let’s go to the basement rapidly and in an organized way,” Reine indicated, with some nervousness, a bit fearful. “”It’s  more protected in case of a bombardment. There, we will try to synchronize the radio to know what’s happening, before the groups crossing the Pyrenees leave.”

    ———-The voice of a BBC announcer was saying, with some interference.

THERE WILL A MEEITING IN WANNSEE, SITUATED IN AN ELEGANT BERLIN NEIGHBOROOD, ON THE BANKS OF THE LAKE OF THE SAME NAME, ORGANIZED BY REINHARD HEYDRICH, CHIEF OF SECURITY OF THE REICH…….. TO DECIDE ON THE METHODS TO TAKE WITH RESPECT TO THE JEWS AND THE PLAN FOR THE DEPORTATION TO THE EAST.

IN THIS WAY, THE SO-CALLED FINAL SOLUTION IS EXPANDING TO REACH ITS PROPOSED OBJECTIVE.

The notice stunned us, because, evidently, they were coordinating the mass murder of our people…………We looked at each other, shaken and horrified.

 “If we can’t stop them, it would be interesting to put obstacles in the way of the diabolical plan and slow it down. The Allies will arrive soon,” one of the dismayed pilots wished.

 “We can only hope that now the great powers will act to avoid the final catastrophe,” Nadine whispered.

“The countries know what is happening because the media spreads the news, and it’s unbelievable, the don’t do anything to stop it,” added Reine, without hiding her anger.

Nadine and I are stunned, unable to believe that there existed in the world such insensitivity toward the organized crime.

Pastor André Trocmé, who had been silent, spoke: “Not everyone is apathetic about such grave acts. I know an exemplary case. It has to do with Sempo Sugihara, the Japanese consul in Kovno, the capital de Lithuania. Disobeying the orders of his government,, he gave visas to Jews, desperate because all other countries had closed their doors to them. And so, he saved several thousand, although his humanitarian gesture was considered a transgression by his superiors, he lost his position.

The pastor’s inspiring story calmed me down sufficiently so that I could imagine similar actions of the hypothetical consuls around the world ……….With this thought, very tired, I was falling asleep, sitting on the floor and feeling like I was resting against my mother, as if I were a little girl. It was a brief happy interlude before our farewell.

Reine’s voices brought me back to reality: “The airplanes have calmed down, but they could remain at any moment. We should organize the departure of the groups as soon as possible. We will only waiting for the new documents.”

”I wish you the best,” Nadine hugged me. “Take very good care of yourself! We will meet in Argentina. I promise. I’m going to send a letter to your grandfather Frédéric, who is there, telling him of our plans We will stay. Write me at this shelter…….”Of course, I will”……..With all the emotion, a knot in my throat kept me for continuing to talk.

Translation by Stephen A. Sadow

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Libros de/Books by Miryam Gover de Nasatsky

 

Samuel Rovinski (1934-2013) — Escritor, dramaturgo judío-costarricense/Costa Rican-Jewish Writer, Playwright — “Las naranjas de la pascua”/”The Oranges of Passover”

Samuel-Rovinski
Samuel Rovinski

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Samuel Rovinski Gruszco es autor judío-costarricense de numerosas obras

de teatro, novelas, cuentos y ensayos. De sus 16 obras de teatro, las de mayor éxito

han sido: Las fisgonas de Paso Ancho, Un modelo para Rosaura (Premio Editorial

Costa Rica, 1974, y Premio Nacional Aquileo Echeverría 1975), El martirio del

pastor (Finalista del premio Casa de las Américas, 1982), Gulliver dormido, La

víspera del sábado y Gobierno de alcoba,

Su narrativa también ha obtenido econocimientos importantes, como el Premio

Nacional Aquileo Echeverría de cuento para La hora de los vencidos, en 1963 y de  novela

para Ceremonia de casta, en 1976.

Fungió por varios años como director general del Teatro Nacional de Costa

Rica y miembro de la Academia Costarricense de la Lengua.

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          Samuel Rovinski Gruszco is a Jewish Costa Rican author of many plays, novels,

short-stories and essays. Of his 16 works for the theater, the most successful have

been: Las fisgonas de Paso Ancho, Un modelo para Rosaura (Editorial Costa Rica

Prize,1974, and the Aquileo Echeverría National Prize,1975), El martirio del pastor

(Finalist for the  Casa de las Américas Prize, 1982), Gulliver dormido, La víspera del

sábado and Gobierno de alcoba.

His fiction has also received important recognition, such as the, Premio Nacional

Aquileo Echeverría National Prize for Short-Stories for La hora de los vencidos, in 1963

for the Novel for Ceremonia de casta, in 1976.

For several years, he served as the Director General of the National Theater of Costa

Rica and member of the Costa Rican Academy of the Spanish Language.

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LAS NARANJAS DE LA PASCUA

Por

Samuel Rovinski

 

” Con medio vaso de jugo es más que suficiente, Janche. Si yo fuera cafetalero,

te digo que no importa llenar el vaso. Pero como no soy cafetalero

ni me ha caído una herencia, te digo que hay que ahorrar. Las fortunas

sanas se hacen mediante el ahorro . Todo lo que sobrepasa media

vaso de j ugo es un desperdicio ” .

” ¿Recuerdas cuánto costaba una naranja en Polonia? No, Janche,

era media zloti; como decir, dos y medio colones. Por ese precio, aquí te

dan un saco de cien naranjas. Ahora me vas a decir que, como son tan

baratas, no importa llenar cien vasos de jugo. Pues no, Janche; es un

cálculo desacertado. Toda cosa tiene su valor y el desperdicio es el desperdicio.

.Si se desperdician las cosas, ¿cómo se puede ahorrar? ”

” Somos cinco en esta casa. Sí, Janche, cinco; porque la sirvienta

también es una persona. ¿Me vas a decir que ella no se toma su juguito?

Pues bien, si con dos naranjas se llena un vaso, con una naranja se

tiene medio . Entonces, Janche, diariamente podemos aho rrar cinco

naranj as que en veinte días se convierten en un saco completo; o sea, un

ahorro de dos y medio colones en menos de un mes . Bueno, no voy a

negar que parece una insignificancia. Pero en zlotis, ¿cuánto nos da? :

una pequeña fortuna en un año . Además, si te fijas : dos y medio colones

en las naranjas, otro poco por ahí, en la mantequilla y el pan, un diez

menos en el tranvía, un diecito aquí, un colón ahí, Janche: ¡verás que es

un buen ahorro! ”

“No hay que aparentar lo que no se tiene, Janche. Comportarse

como ricos, debiéndole a todo el mundo, es un pecado . Y si se tiene un

dinerito, ¿qué? , ¿tiene uno que sacarle los ojos a la gente? El dinero es

para guardarlo; para cuando uno llega a viejo o cuando lo persiguen.

¿Cómo se salva la vida? Con dinero, Janche . . . Pero no nos pongamos

tristes . ¿Quién nos persigue? , ¿quién es viejo ? Todavía somos jóvenes,

Janche, y estamos en una bendita tierra de gente buena”.

” ¿Y los bananos? ¿Qué me dices de los bananos, Janche ? En

Polonia, solamente los aristócratas comen bananos. Los pobres, como

nosotros, los veíamos pintados en las paredes . En esta bendita tierra te

puedes empachar comiendo bananos frescos, de la propia rama. Pero no

te vayas a hacer malas ideas; los bananos también tienen su precio ” .

“Hay gente que no sabe apreciar lo que tiene. Yo he visto con mis

propios ojos, mi linda Janche, como los campesinos dejan podrirse las

frutas en el suelo: naranjas, papayas, duraznos, guayabas y tantas otras;

mátame, Janche, si me acuerdo de todos los nombres. Y, en la Navidad,

se gastan todo el dinero en manzanas, peras, uvas y frutas secas de

Estados Unidos. Esta gente no ahorra, Janche, no ahorra. Sólo los ricos

serán ricos en este país. A ellos no les hace falta ahorrar. Nacieron ricos,

Janche . Pero nosotros, ¿qué haríamos si fuéramos pobres?”

“Cuando era pequeño, yo también quería comer bananos y naranjas.

¿Sabes lo que me decía mi abuelo, que Dios lo guarde a su diestra? Los

judíos no deben comer bananos, Meier; así está escrito en la Torá. Y yo

tenía que creérselo porque aún no había aprendido a leer la Torá”.

“A los hijos hay que enseñarles el valor del trabajo. Y del dinero,

también. La persona que no trabaja es vaga, inútil, se llena de malos

pensamientos, y codicia el dinero ahorrado por los que sí trabajan.

Nuestros hijos deben aprender que un cinco es un cinco y que el dinero

no nace en los árboles; así es, Janche. Tú y yo no nos vamos a matar trabajando

para que nuestros hijos después tiren el dinero a la calle.

Cuando terminan sus tareas escolares deben ayudarte en la casa. y,

cuando pongamos una tienda, tendrán que ayudarnos a vender. No

protestes, Janche; ¿crees que soy un mal padre? Trabajarán solamente

en las vacaciones y en los ratos libres, como te dije. Yo estoy de acuerdo

con que deben educarse . ¿Qué es una persona sin educación? Rubén

será doctor, Janche; el mejor doctor del mundo . Pero, ahora, él y

Reizele tendrán que aprender la importancia del trabajo y del ahorro, y

la inconveniencia del desperdicio”.

“Pensemos en Reizele, mi dulce Janche. Dentro de diez años será

una señorita de dieciocho, lista para casarse. Si no hemos ahorrado,

como Dios manda, ¿de dónde sacaremos para darle una dote decente?

¿Quieres que pasemos vergüenzas, Janche, y que la pobre Reizele se

quede sin marido?

“¿Te he dicho alguna vez que estoy cansado de trabajar? A mí me

gusta el trabajo y me gusta el ahorro, también. Sabes bien que los demás

se contentan con vender en San José. Yo no. Yo cojo mi valija y me voy

directamente donde los campesinos, allá por Aserrí y Vuelta de Jorco y

Dota, donde pagan las cobijas al contado. Y me invitan a comer con ellos,

Janche . ¿A dónde viste eso? ¿En Polonia, donde los campesinos

son ignorantes y antisemitas? Entonces, ¿por qué me voy a quejar ? Ahí

en el