Esther Seligson (1941-2010) — Escritora judío-mexicana/Mexican Jewish Writer — “Retornos”/”Returning”–

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ESther Seligson

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Esther Seligson estudió letras francesas e hispánicas en la Universidad Nacional Autónoma de México y empezó a publicar a los 24 años de edad en la revista Cuadernos del viento. En 1969, apareció su primer libro de cuentos Tras la ventana de un árbol.

En 1973 recibió al Premio Xavier Villaurrutia por su novela Otros son los sueños. Entre sus principales obras están Luz de dos (1978), Diálogos con el cuerpo y  La morada en el tiempo (1981), Isomorfismos (1991) y Hebras(1996), Rescoldos (2000), A campo traviesa (2005), Toda la luz (2006) y Todo aquí es polvo (post mortem, 2010).

“No puedo decir que mi literatura sea judía —afirmaba— porque hay elementos de la mitología griega, de hinduismo y de taoísmo, soy una lectora apasionada del I Ching, de sofismo y de miles de cosas. Ahora evidentemente no voy a negar que soy judía […]; considero que mi literatura es más mexicana que judía y eso lo señalaron hasta en Jerusalén”.

Otra de sus pasiones fue el teatro, al que dedicó muchas reseñas y ensayos; así como la traducción de autores como Edmond Jabés y Emil M. Cioran. Fue maestra del Centro Universitario de Teatro por más de 25 años.

En 1990 publicó El teatro, festín efímero (Reflexiones y testimonios), una compilación de textos y entrevistas a los directores, dramaturgos y actores de una de las épocas más prolíficas de la escena mexicana.

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“Retornos”

En cualquier caso, el instante presente es el plano sobre el que se proyectan las señales de todos los momentos.

                   GEORGE KUBLER, La configuración del tiempo

Si tornara a de vivir de nuevo, me gustaría encontrar a mi madre y ser las dos un par de amigas jóvenes. Ella no sabría que fui su hija, así, practicaríamos de sus sueños de mujer románticos a de los cuarenta y veríamos juntas aquellas películas que siempre amó y juntas nos enamoraríamos de Gary Cooper, aunque yo prefiera a Humphrey Bogart.

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Por la calle Tacuba, llena de puestos, fritangueríos y antojitos nos acomodaríamos en unos banquitos poco estables, comeríamos sopes y beberíamos una chaparrita mientras repasamos las escenas donde Fred Astaire y Ginger Rogers se miran antes de bailar a dúo. Con los dedos aceitosos—el papel estraza no es un pulcro kleenex—entrelazaríamos nuestras manos y seguiríamos rumbo al Zócalo para el sentarnos en alguna de las bancas pintadas de verde para esperar el tranvía, pero dejando que se pasen varios porque no hay prisa de regresar y aún ni hemos platicarnos deveras lo más íntimo y secreto. La tarde es una tarde de domingo, por ahí de mayo, ligera, transparente. Huele a azúcar quemado, a tamal. Ella lleva un sombrerito beige con un listón café ladeado hacia la derecha sobre sus ondas castaño oscuro. Los ojos verdes se le azulean cuando se pone soñadora. Carga una cartera de charol negro, larga, bajo el brazo, y siempre se la cambia del lado contrario cuando caminamos y yo la estrecho.

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Lleva un traje de dos piezas, beige, de mangas cortas con falsas bolsitas señalados por una tira simular a la del sombrero, y un cinturón del mismo material, lino. Mi abuela lo zurció a mano aunque tiene varia máquinas Singer en el taller y muchas costureras que pedalean rápidamente. Separaríamos las monedas del paisaje, con el resto compraríamos una antología barata, y leeríamos a vuela pájaro, de pie en la parte trasera de la tranvía, poemas de Amado Nervo, Gustavo Adolfo Bécquer, Luis G. Urbina, Manuel Acuña, Rubén Darío, cuyos versos nos rondarían, hojas sueltas, ya que cada una en su cama, antes de conciliar el sueño—si tú me dices con lo dejo todo volverían las oscuras golondrinas aquella mano suave de la palidez de yo necesito decirte que te quiero margarita está linda la mar margarita te voy a contar un cuento–, recitados a lo mejor por un príncipe azul cuya voz pastosa se perdería entre los acordes de Cantando bajo la lluvia.

De no ser posible, entonces, mi alma se sentaría junto a ella para escucharla interpretar el piano, cuando la abuela no se encontrara en casa, no los ejercicios correspondientes a una alumna del Conservatorio, sino, puro oído, aquellas mismas melodias que le rondan el corazón de noche y de día y que, aun hoy le tiñen la mirada de un azul enamorante…

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“Returning”

 

In every case, the present instant is the plain onto which one projects the signs of all moments.

GEORGE KUBLER. The Configuration of Time

If I had the chance to live once again, I would like to meet my mother, and have the two of us be a pair of young friends. She wouldn’t know that I was her daughter, therefore, we would chat about her dreams of being a romantic woman in the forties, and we would see together those films that she always loved, and together we would fall in love with Gary Cooper, although, I preferred Humphrey Bogart.

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On Tacuaba Street, full of stalls, fritangueríos y antojitos, we would get comfortable on some unstable benches, we would eat sopes and we would drink a chaparrita, While we would go back over the scenes where Fred Astaire and Ginger Rogers look at each other before dancing together. With our oily hands—the brown paper is no substitute for delicate Kleenex—we would interlace our hands and we would continue in the direction of the Zócalo in order to  sit down on one of the green-painted benches to wait for the trolley, but letting several  of them pass, because there is no hurry to return, and still we haven’t really chatted seriously about the most intimate and secret. The afternoon is a Sunday afternoon, like May, light, transparent. It smells of burnt sugar, a tamal. She carries a small beige hat with a wood strip tilted toward the right above her dark chestnut waves. Her green eyes turn blue when she becomes dreamy. She carries a handbag of black patent leather, large, under her arm, and she always moves it to the other side when we walk and I hold on to it.

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She’s wearing a two-piece suit, beige, with short sleeves with pretended little pockets, marked by a wood strip, similar to that on her hat, and a belt of the same material, linen. My grandmother sewed it all by hand, although she has several Singer sewing machines in the workshop and many dressmakers who pedal rapidly. We would put away the coins for the trip with the rest, we would buy an inexpensive anthology, and we would read  poems by Amado Nervo, Gustavo Adolfo Bécquer, Luis G. Urbina, Manuel Acuña, Rubén Darío, whose verse would hover about us. flying, we, on foot at the in the rear part of the trolley,

Free souls, because each is in her bed, before going/ getting to sleep—if you tell me that if I leave everything behind, the dark swallows would return, that soft pallid hand, I need to tell you that I love you margarita the sea is pretty margarita I’m going to tell you a story–.recited perhaps by a prince charming whose thick voice would be lost among the chords of Singing in the Rain.

If that’s not possible, then, my soul would sit together with her to hear her play the piano, when grandmother was not at home, not the exercises corresponding to a student of the Conservatory, but rather, pure listening/sound those same melodies that that surround the heart of the night and day and that, even today they color the gaze of an charming lover/falling in love. . .

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Rosa Nissán — Novelista judío-mexicana/ Mexican Jewish Novelist — “Novia que te vea” – fragmentos de la novela/ “Like a Bride” – portions of the novel

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Rosa Nissán

Rosa Nissán Rovero nace en la Ciudad de México. Obtiene el título de periodista en la Universidad Femenina en 1957. Ha publicado: 1992 Novia que te Vea (también llevada al cine en 1999 y para la que participó como guionista), 1997 Tierras Prometidas, 1999 Hisho que te Nazca, 1999 No sólo para dormir es la noche (Cuentos), 2000. Like a Bride. Like a Mother, Traducción al inglés en un sólo tomo de Novia que te vea e Hisho que te Nazca, 2002, Los viajes de mi cuerpo, 2003 Horizontes sagrados, 2016 Trrri biutiful leidis y en 2019 Cuántas Rosas hay en un rosal, libro Autobiográfico.

Durante 20 años formó parte activa en el taller literario de Elena Poniatowska. A partir de 1997 imparte talleres literarios, y diversos talleres de autobiografía novelada.

Su obra es parte de trabajos internacionales sobre literatura y otros temas (Estados Unidos, España, Francia, Alemania, Canadá) y son parte del material obligatorio en cursos de diferentes universidades del mundo.

En 1993. recibió el Heraldo al mejor guión cinematográfico y el Ariel al mejor guión cinematográfico por su trabajo en Novia que te vea. En 1994 la Asociación de Periodistas y Escritores Israelitas de México le otorgan el Ariel León Dultzin,  En 2002, la Academia Nacional de la Mujer de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística la distinguió con el título de Maestra Emérita de México. .En 2005, recibió el Premio Coatlicue, otorgado por el Colegio de Mujeres en la Música. En este mismo año, la Comunidad Sefaradí y la Federación Sefaradí Latinoamericana le otorgaron el reconocimiento especial Algo de lo nuestro, por su trayectoria literaria.

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Rosa Nissán Rovero was born in Mexico City. She received her certification as a journalist in the Universidad Feminina,  She has published: 1992, Novia que te vea (also made into a movie in 1999, and for which she acted as the screenwriter, 1997 Tierras Prometidas, 1999 Hisho que te Nazca, 1999 No sólo para dormir es la noche (Short-stories), 2000 Like a Bride. Like a Mothertranslation into English in one volume of Novia que te vea and Hisho que te Nazca, 2002, Los viajes de mi cuerpo, 2003 Horizontes sagrados, 2016 Trrri biutiful leidis y en 2019, Cuántas Rosas hay en un rosal, an autobiography.

For twenty years, she was an active part of  the literary workshop of Elena Poniatowska. Since 1997, she has given literary workshops and and varied workshops about the autobiographical novel.

Her work forms part of international works about literature and other themes (United States , Spain, France, Germany and  Canadá) and is required reading in courses in many world universities.

In 1994, Nissán received the Herald and Ariel prizes for the best cinematic script for her work on Novia que te vea. In 1994, the Association of Jewish Journalists awarded her the Ariel León Dultzin Prize. In 2002, the National Academy of Women of the Mexican Society of Geography and Statistics awarded her the title of the Emérita Teacher of Mexico. In 2003, she received the Coatlicue Prize from the Women’s College of Music. I the same year, The Sephardic Community and the Latin American Sephardic Federation awarded her a special recognition: “Something of Ours,” for her literary trajectory.

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La novela, autobiográfica en parte trata una tensión generacional entre unos padres de una familia sefardí en Ciudad México y su hija. Para los padres, inmigrantes de Turquía, es de sumamente importancia que su hija se case joven y les dé nietos masculinos. Oshinica, la heroína y narradora nacida en México, tiene otras ideas.   — Cuando hablan los padres de Oshinica, palabras de ladino aparecen en su español.

 

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“Novia que te vea”

fragmentos de la novela

Este domingo Becky y yo fuimos al Paso de Chapultepec, dicen que las que van se queman. De todas maneras fuimos, Y nos fue a todo dar, Andábamos en su VW azulito, paseando, mirando, riendo, Nos paramos en la glorieta de las ranitas a platicar con unos amigos de Becky; nos invitaron a cenar en un lugar maravilloso; El Chardas, donde toca el violín Elías Briskin. Yo estaba chiveadísima  por que son muy grandes; Jack, un médico francés, que apenas llegó a México, es primo del doctor Maya, tan famoso; nos contó que ejercer aquí, tiene que revalidar su título y presentar exámenes. Mientras en sociedad con su primo, van a abrir una clínica de análisis clínicos.

–¿No sabes de una muchacha paisana que quiera ser secretaria?, me preguntó.

–No, pero si sé, te aviso. Yo quiero trabajar, y apenitas me salió la voz, pero no soy secretaria, aunque sí sé taquigrafía y mecanografía.

–Vente al laboratorio.

–No creo poder.

–Prueba…

–Voy a pedir permiso de mi mamá.

–¿Te hablo por teléfono para que avises? Abrimos en dos semanas. Estamos en Insurgentes casi frente a Sears.

Cuando le conté a mi mamá se puso feliz.

–Ya vez siquiera que estudiaste taquigrafía y mecanografía, ¿cuálo no queremos los padres para nuestros hishos? La madre es una señora de lo mejor, ya estuve hablando francés con ella, salimos parientes, una prima de Estambul es su sobrinica.

Ora se puso bien contenta con mi mamá.

No, ya son muchos líos en mi casa, mamá se puso como loca, suena el teléfono y cuelgan, me siento con mis cuadritos y pongo el rojo y suena otra vez, contesta mi mamá y cuelgan; dejo mi estambre y contesto. Lalo me dice: “Quiero verte, mi vida, voy a hacer mucho dinero para ti”. Mi mamá agarró la bocina y sin más le echó de gritos; le dijo que me deje en paz, que si no entiende español.

Ya no quiere dejarme salir con mis amigas, ni contestar el teléfono; dice que si lo veo, me saca de la escuela y de todo.

Hablé con Lalo y aunque se puso tristísimo, ya no lo voy a ver. ¿Qué quiere que haga? No puedo.

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¡En que laboratorio tan elegante voy a trabajar!, la sala de espera tiene unas cortinas de manta blanca con rombos de colores pintados a mano; nunca he visto nada parecido; cuando me case quisiera tener unas así. No me canso de verlas.

Entrando está un escritorio reluciente para la secre: Yo. La máquina de escribir está fija y también puedo esconderla dando la vuelta, y queda libre la cubierta de la mesa. Estoy contenta de tener dónde guardar mi diario, las tarjetas de Lalo y las cartas de Frida, y que mi mamá no pueda esculcarme: es la primera vez en mi vida que tengo un lugarcito donde nadie puedo entrar, porque ella y su limpieza llegan a todos los rincones de la casa.

Detrás de mí, está el despacho de Jack, lleno de libros maravillosos y de muchas revistas de medicina, que son fáciles a entender. En el cubículo que está junto, recibimos a los que viene a sacar sangre y una plancha para tomas vaginales, luego está lo que propiamente es le laboratorio: microscopios, mesas de trabajo, frigeradores, centrífugas, pipetas, matraces, tubos de ensayo, probetas, al un recinto pequeño, donde se hacen los análisis de orina y excremento, cultivos y parasitoscópicos.

El lunes viene a quedarse de planta Rita, la joven que el otro día se encerró con Jack en su despacho. Creía que era su novia. Ella va a ser la química farmacobióloga responsable; tiene una trenza pelirroja muy muy grande, su cuerpo es largo y estirado y camina muy rápido se ve linda con su bata blanca.

Rita y yo recibimos nuestros primeros pacientes; me puse mi bata y mi mejor sonrisa y con un miedo espantoso, les abrí la puerta y me senté en mi escritorio  para atenderlos; me enseñaron su receta, busqué el listo de precios en la lista de precios, saqué mi libreta de recibos y les pregunté y les pregunté: ¿cuánto van a dar a cuenta? Y los pasé a la sala de espera a que admiraran, como yo, las cortinas: le llevé a Rita la receta, preparó lo necesario y los hizo pasar dándoles instrucciones levantarse la manga para una toma de sangre.

Me quedé con ellos; no es cosa de salirse después de esperar este momento durante dos largas semanas. Me fascina la seguridad de Rita. No me canso de verla trabajar, asomarse al microscopio, entusiasmarse con lo que ve adentro, y llamarme para que yo también vea como son los glóbulos rojos, los blancos.

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[Cumplí] un mes trabajando y he aprendido muchas cosas; ahora cuando me llaman por teléfono para pedir instrucciones de cómo presentarse a los exámenes, las doy como si nada, como se llevara años en esto; si alguna mujer viene a un estudio vaginal, entro con ella y le digo muy amable y muy seria que se suba la plancha y se quite sus chones, con; con esta bata he de parecer enfermera porque me obedecen. A mí me daría una pena horrible que me acostaran así, es más, no me dejaré nunca; es una posición humillante, de desventaja junto al doctor y enfermeras, uno medio desnudo y ellos muy arregladitos.

Si no hay mucho trabajo de escritorio me voy volada a ver cómo trabaja Rita; de tantas análisis de orina que he visto ya sé cómo se hacen.

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En la Femenina tienen la carrera de Laboratorista; el horario es en la tarde y son tres años.

–Búscate una amiga medio tiempo, y te metes a estudiar; sólo que vas a compartir tu sueldo con ella – me dijo Jack.

¡Qué bruto! ¡Qué cuate!, voy a ver quién me quiere trabajar aquí; quisiera abrazarlo y besarlo; las clases comienzan en dos semanas; no sé si voy a conseguir a alguien; ¿quién no va a querer un trabajo tan bonito? Lo gordo es cómo decirle a mis papás lo de una nueva carrera, bueno. . .más bien a mi mamá.

¡Laboratorista? Dios mío, esta niña nunca va a acabar!, estás loca?, ¿para qué quieres y esto agora! Estaba yo amán amán para que acabaras, ¡qué no va ver fin para esta desgraciada escuela?, no te basta con el mugroso título de periodista. ¡Dime por favor!, ¿para qué lo quieres, para colgar en el excusado?, para esto te va a servir; estás atavanada, a ver, ¿quién de sus amigas hace lo que tú? Dori ni terminó nada; se casó. Ni siquiera tiene un título; está feliz; el otro día la vi con su niña, me dio mil modos de alegría; está lindísima la niñita. Y tú, cuando gracias a Dios ya terminaste y eres periodista titulada y que tu papá te pagó tus estudios, se te ocurre otra carrera. Y cuándo vamos a descansar un poco para decir nuestra hija, sosdé ya gana su dinerito, ¡no!, apenas dos meses de sueldo y ya inventas algo nuevo, y sales con que quieres ser química. ¡Dios mío! ¿Por qué mos diste una hija sabia?, ¿por qué?, ande le afitan tantos estudios. ¿Y tú, Shamuel de qué estás tan calladico?, ¿por qué no le dices lo que me dishiste anoche?, ¿por qué me dejas siempre con el paquete?

Lo volteo a ver y me doy cuenta de que está de acuerdo.

¿Por qué me darán ganas de estudiar?, ¿y si acabé una cosa, no me conformo ya?

Me he estado acordando de Alicia, la que estudiaba periodismo, y eso que era abuelita. ¿Y si me caso y mi marido no me deja estudiar como a ella?  ¿Encontraré un hombre que no me considere loca si ya casada quiero estudiar?

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Cuando llegó mi papá de la tienda, dijo que Lalo entró a hablar con él, le dijo que si no se casa conmigo se va a matar y me va a matar a mí. Mi papá se puso furioso y le dijo: “Si quieres mátate tú”. Y ahora Lalo está loco, que cómo me va a dejar casar con ese trastornado.

Lalo, pobrecito de ti. Me da pena que mi familia le haga desprecios. Ya verás, te vas a superar y nadie se atreverá a hacértelos más. Y me voy a arrepentir de no haber tenido la fuerza para casarme contigo.

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Caminaba yo por el Parque México y me chiflaron muy insistentemente; vi a un muchacho guapísimo con suéter rojo, en un carrazo; ¡Era Lalo, qué bruto!, se parece a James Dean; cómo ha cambiado en estos tres meses que no nos hemos visto!; como siempre me cerró el ojo, se bajó de su coche último modelo y me acompañó hasta el laboratorio. Dijo que me ama, que no puede vivir sin mí.

–Cásate conmigo, te juro que no te vas a arrepentir, voy a hacerte feliz.

–Todavía no quiero, ya aprendí muchas cosas. Estoy estudiando ara laboratorista; pronto dejaré de ser secretaria; un día haré los análisis yo sola.

–¡Cásate conmigo y sigues estudiando!

Me quedé viendo con la boca y los ojos abiertos.

–De veras no te importaría que siguiera estudiando, ¿de veras?

–¿Por qué habría de importarme?

–¡No puede ser!, me estás vacilando, o como dicen los amigos de mi mamá: “Te dicen que sí, y cuando de casas no te dejan. A ver, si no te parece, ¿qué haces?” ¡Mentiroso!, eso es lo que eres, ya es hora que entro a trabajar, al rato te hablo. ¡Ah!, oye, ¡qué guapo que eres en ese suéter!, “es nuevo?

–¡No!, no puede ser, lo amo, lo adoro. Me ama. No sé qué me pasa; no puedo siquiera estar sentada en mi escritorio. ¡Claro que me caso!, pero ¡qué guapo estaba Lalo!, y después de tanto tiempo sin verlo, siento que lo quiero más.

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Editado de: Rosa Nissán. Novia que te vea. México: Editorial Planeta Mexicana, 1992, pp. 147-154.

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The novela, autobiographical in parte, deals with generational tension between the parents of a Sephardic family in Mexico City and their daughter. For the parents, immigrants from Turkey, it is of extreme importance that their daughter marry young and “give them” grandchildren. Oshinica, the heroine and narrator, born in Mexico, has other ideas. — When Oshinica’s parents speak, they use words from Ladino in their conversations.

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“Like a Bride”

 portions of the novel

This past Sunday, Becky and I went to Chapultepec Park. They say you can really get sunburned there. We went anyway. And we had a great time. We went in her blue VW, drove around, looked at everyone, laughed and parked at a kiosk in order to talk to some friends of hers. They invited us to a marvelous place called Las Chardas, where the musician Elías Briskin plays the violin. I was avoiding them like the plague because they were all older: Jack, a French doctor who has just arrived in Mexico is a cousin of Dr. Maya, who is very famous. He explained to us that in order to practice in Mexico, he has to revalidate his title and take some exams. In the meantime, he and his cousin are going to open up a laboratory for clinical analysis.

“Do you know any young person who might like to work as a secretary?’ he asked.

“No, I’ll let you know if I hear of someone. But I would like to work,” my voice was barely audible, “and I know dictation and typing.”

“Come by the laboratory.”

“I doubt if I’ll be able to.”

“Give it a try.”

“I’m going to ask my mother for permission.”

“I’ll give you a call and you can let me know. We open in two weeks. We’re on Insurgentes Street, in front of Sears.”

When I told my mother, she was happy.

“Don’t you see, you didn’t even finish dictation and typing, and who says we parents don’t know what’s best for our children? The new owner’s mother is a cultured person; I’ve already been talking to her in French, and we discovered that we’re related; a cousin of mine from Istanbul is her niece.”

Now my mother was really beaming.

No doubt about it, conflict rules in my house. My mom is going crazy. The telephone rings and then they hang up. I’m here with my knitting, working on red squares this time, and the phone rings again. My mom answers, but they hang up again. The next time, I put down my knitting and answer the phone.

“I want to see you,” said Lalo, “I need to see you, honey. I’m going to make a pile of money for you.”

My mom grabs the receiver from me and starts yelling at him, telling him to leave me alone and that he doesn’t understand Spanish. She doesn’t want to let me go out with my girlfriends or answer the telephone; and she says that if she sees me with him she’ll take me out of school and make life hard on me. I spoke with Lalo, and even though he was sad, I won’t be seeing him anymore. What am I supposed to do? This is too much!

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What a luxurious laboratory! The waiting room has some beautiful curtains with colorful designs on them. I’ve never seen anything like them. When I get married, I want to have the same thing. As you enter, there’s a new shiny desk for the secretary: that’s me. The typewriter can be stored away underneath the top of the desk. I’m happy to have a place to put my diary, Lalo’s cards, and Frida’s letters. Finally, my mom can’t go through my personal things. This is the first time in my life that I’ve had a little secret place where I can hide my things because my mom’s mania for cleaning reaches every corner of the house.

Behind my desk is Jack’s office, which is full of marvelous books and magazines about medicine that aren’t to understand. There is a small cubicle for taking blood and vaginal samples. At the back of the lab are the microscopes, lab tables, refrigerators, centrifuges, glass tubes, flasks, beakers, and Bunsen burners. At the other end is another room for analyzing urine and feces cultures.

Starting Monday, Rita will join us. She’s a young, beautiful girl who was alone with Jack in his office for the interview. I thought she was his lover. She’s going to be the head pharmacologist. She has a long red braid and a long thin body. She seems to walk fast wherever she goes. She’s pretty in her white smock.

Finally, Rita and I welcomed our first clients. I had to put on my smock and my best smile, because I was really nervous.

I  opened the door and sat down to take care of our first customer. He showed me the doctor’s orders. I looked for the price of the analysis on my list, took out my receipt book and asked him how much he was going to give as down payment. Then I asked him to take a seat in the waiting room where he could admire, like me, the curtains. I took the doctor’s orders to Rita, prepared some other documents, and asked him to go into the cubicle and roll up his sleeve in order to take a blood sample.

I stayed around to watch. I couldn’t pass up waiting for this moment; it’s been two weeks. I’m fascinated with Rita’s professionalism. I never tire of watching her do her work, peer into the microscope, get excited about what she sees, and then calls me over to look at the red and white cells.

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. . .  I have other reasons to be happy. I’ve just finished my first my first month at work, and I have learned many new things. Now, when someone calls for instructions for having an analysis done, I can do it with ease; it’s like I’ve been doing it for years. When a woman comes for a vaginal analysis, I go into the cubicle with her, and in a friendly but serious way, tell her to get on the examination table and take off her panties. I guess this white smock looks important because they do exactly as I say. I would feel pretty embarrassed if I had to get on that table myself. I’ll never do it. It’s such a humiliating position to be in—you’re at the mercy of the doctors and the nurses, lying there half naked while they’re formally dressed.

If we don’t have a lot of customers, I run back to watch Rita do her work. After seeing so many urine analyses, I know exactly how it’s done. I type up the remarks that makes in a notebook. XXC I always make an extra copy for myself, even though there are there urine tests and three different ones for feces. I’m going to do an analysis and compare it to hers; I bet they turn out the same.

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They offer a program at my school that certifies you as a lab technician. They have an afternoon schedule, and it takes three years

“Find a friend who’ll work half time for you, and you can study; but you’ll have to split your salary with her.” Jack told me.

He’s cool!  What a guy! I would love to hug and kiss him. Classes begin in two weeks. I know I’ll find someone. Who wouldn’t want to work in such a delightful atmosphere? The hard part will be telling my parents that I am starting a new degree program. My mom is going to have a fit.

“Lab technician? Oh, my God, this young lady will never grow up. Are you crazy? Why do you want to do this, and why now? I’ve been praying and praying for you to finish. Are we ever going to done with that damn school? Please tell me why? To hang your certificate in the bathroom? That’s all it will be good for. You’ve gone off the deep end. Okay, answer me this; do you have any friends who are doing such a silly thing? Dori never finished anything; she got married. She doesn’t have a certificate and she’s happy. I saw her the other day with her baby; I felt so happy for her. Her daughter is beautiful. And here you are—just when—thanks be to God—you got your certificate in journalism and your father finished paying for your studies, you come up with the idea to get another certificate. And when will be able to sit back and telling everyone that our daughter is earning her way a bit? But no, barely two months go by in your new job and you invent something new; now you want to be a chemist. Dear God, why did you give us and intelligent daughter? Why? Where does so much studying get you? And you, Shamuel, why don’t you tell what you told me last night? Why do I always have to be the one?”

I turn to him and see that he’s in agreement. Well, then why do I want to keep studying? I’ve already got one certificate, why shouldn’t I be happy with that? I’ve been thinking about Alicia, the woman who was studying journalism although she was already a grandmother. And what if I get married and my husband lets me study like her? Will I find a who won’t think I’m crazy because I want to continue studying after I get married?

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When my father arrived home from the store, he told me that Lalo had gone to see him. He told my dad that if he can’t marry me, he’s going to kill himself, and me as well.

“If that’s what you want, go ahead and kill yourself.” My father told him with anger.

Now he says that Lalo has gone crazy, and how could he ever allow me to marry a madman.

Lalo, I feel so sorry for you. I’m sorry my family doesn’t think much of you. You’ll see, things will get better and no one will trouble you ever again. I’ll always feel guilty for not having the courage to marry you.

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I was walking through Mexico Park and they started whistling at me. I saw a really handsome guy wearing a red sweater, in a fancy car, no less. It was Lalo. Unbelievable! He looked like James Dean.

He’s changed so much in the three months we haven’t seen each other. As always, he winked at me, got out of his brand-new car, and walked me to the lab. He told me he loves me, and that he can’t live without me,

“Marry me, I swear you won’t be sorry. I will make you happy.”

“I don’t want to get married yet. I’m happy right now. I’ve been learning new things. I’m studying to be a lab technician; in fact, I’m going to quit as a secretary, and soon I’ll be doing the analysis all by myself.”

“Marry me, and you can continue your studies.”

My mouth fell open and my eyes popped out.

“Do you mean it really didn’t matter to you if I continued studying? Are you sure?”

“Why should it matter to me?”

“I can’t believe it. You must be joking with me. My mother’s friends say, ‘They always tell you yes, but after you get married, they say no.’ If you don’t like it, what are you going to do about it?  Liar, that’s what you are. But now I’ve got to get back to work. I’ll talk to you later. Hey, you look really handsome in that sweater. Is it new?

No, this isn’t happening. I love him; I adore him. He loves me. I don’t know what’s happening. I can’t even sit at my desk. Of course, I will get married, but Lalo’s so handsome! And after not having seen him for a time. I feel like I love him even more.

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Edited from: Rosa Nissán. Like a Bride/Like a Mother. Albuquerque: University of New Mexico Press, 2002, pp. 171-182.

 

Translation by Dick Gerdes.

 

 

 

 

 

 

Bernardo Kordon (1915-2002) — Escritor judio-argentino/Argentine Jewish Writer — “La Biblia y yo”/ “The Bible and I”

 

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Bernardo Kor

Bernardo Kordon, escritor y periodista argentino,  nació  1915 en Buenos Aires y falleció en Santiago de Chile en 2002. Es considerado como uno de los autores más importantes e influyentes de la narrativa argentina del siglo XX y se le considera parte de la “Generación del 50”. Kordon publicó tanto novela como relato y libro de viajes, siendo muy conocido por sus crónicas en países de América, Europa y Asia. Sus obras tienen un marcado todo realista que muestra las inquietudes de la población y el costumbrismo, con influencia de autores norteamericanos y del cine, sus novelas tienen un enfoque abierto y se centra en la vida de la gente corriente en ambientes marginales y suburbanos. Publicó más de veinte obras a lo largo de su vida y seis de ellas se han llevado al cine. Entre sus obras más destacadas se encuentran: La Vuelta de Rocha. Brochazos y Relatos Porteños (1936), Un horizonte de cemento (1940), Seiscientos millones y uno (1958), Vencedores y vencidos (1965), Historias de sobrevivientes (1983), entre muchas otras. En 1969 se vio obligado a exiliarse de Argentina a Chile por motivos políticos, allí se casó con la chilena Marina López. En 1983 recibió el Premio Municipal y en 1984 recibió el prestigioso Premio  Konex.

Adaptado de Lecturalia

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Bernardo Kordon, Argentine writer and journalist, was born in 1915 in Buenos Aires and died in Santiago de Chile in 2002. He is considered one of the most important and influential authors of the twentieth century Argentine narrative and is considered part of the “Generation of the Fifties”. Kordon published both novels and stories and travel books. He was well known for his chronicles in countries of America, Europe and Asia. His works have a realistic mark that shows the concerns of the population and costumbrismo, with influence of American authors and cinema, his novels have an open approach and focuses on the lives of ordinary people in marginal and suburban environments. He published more than twenty works throughout his life and six of them have taken to the cinema. Among his most outstanding works are: La Vuelta de Rocha. Brochazos y Relatos Porteños (1936), Un horizonte de cemento (1940), Seiscientos millones y uno (1958), Vencedores y vencidos (1965), Historias de sobrevivientes (1983). En 1969, he was obliged to go into exile from Argentina to Chile for political reasons, There he married the  a Marina López, a Chilean. En 1983, he received the Municipal Prize and in 1984, the prestigious Konex Prize.

Adaptado de Lecturalia

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“La Biblia y yo”

Confieso que de la Biblia tuve poco tránsito y ninguna permanencia. Sin duda, la aprecié, dada mi condición de judío. En tal sentido y nunca traté de ocultarlo. Esa permanencia deriva de mi abuelo materno, que se llamó Isaac Piterbarg. Era cantor de sinagoga y oir ese motivo fue invitado a cantar en Buenos Aires. Se embarcó en compañía de familiares hasta este Río de la Plata donde nunca vio el mejor ápice de plata, ni de oro (hubiera sido un consuelo), Aquí don Isaac sufrió varios contratiempos y algunas satisfacciones;iletrado entre éstas seguramente figuraron mostrarme la Biblia, la recuerdo bien porque era una edición ilustrada que puso en mis manos, hecho muy importante dada mi condición circunstancial de niño iletrado. Con esa Biblia mi abuelo me marcó; el libro señalaba el camino de mi pueblo y señalaba mi propio camino. Mi abuelo me marcó el camino de arte. Su canto, escuchado casualmente a los cinco años, marcó mi destino. Nunca olvidé el canto de mi abuelo Isaac.

Debo aclarar que mi padre era “progresista”, seguramente de socialista. Por eso no me inició en la religión en costumbres ni idiomas judíos. A mi hermano, por ejemplo, lo gratificaron con el nombre de Jean Juarès. Pero un día con mis padres, porque allí cantaba mi abuelo. Nunca pude olvidar su canción, algo funebre… un kadish.

A mi alrededor los niños continuaron sus juegos, pero la impresión que a mí me produjo el canto de mi abuelo fue tremenda. Vuelvo a sentir lo mismo cuando escucho el cante-jondo o los actores cantores hacen sentir sus desgarradas melopeas en las óperas chinas. Desde el comienzo, quiero decir desde ese canto de mi abuelo escuchado a los cuatro o cinco años, el hedonismo nada tiene que ver conmigo. Lo que me desgarra, o me estremece, no lo sentía y no lo siento como arte.

No olvidé el ambiente de casarón del Paisaje del Carmen donde fue trasplantado mi abuelo y toda su familia, lo más parecido a un patio de sainete de Vacarezza.

A los inmigrantes los costaba dejar las características traídas de todo el mundo, hasta formar esa mezcla que comienza a clarificarse medio siglo después. Ya no era el mundo estático entre idn y goim  de Ucrania, sino que este supuesto nuevo mundo consistía en un hervidero de razas y naciones que convertían a todos los inmigrantes en especies de judíos, que si no se peleaban abiertamente, al menos se despreciaban  y ridiculizaban mutuamente.

En especial el idioma confundía a mi abuelo. “Aquí todo se dice lo mismo” -reflexionaba-. “Esto”- señalaba su cara – “es caro, y es caro lo que no es barato, y también es caro el carro que transitaba la calle”. Pero esto no me reía, nunca me reí de esas dificultades idiomáticas de los inmigrantes; por el contrario, me provocan lástima y solidaridad.

Por supuesto a mi abuelo no lo consideraba un extranjero. En especial su canto era tan profundo y misterioso como nuestro pasado y nuestro porvenir. Su canto era yo mismo. En verdad aspiro a que mi pobre literatura resulte algo parecido al canto de mi abuelo.

A mi abuelo lo entendí cabalmente en ese gesto de ensoñación que acompañaba sus cánticos y plegarias. En su contagioso estado de ensoñación aprendí a sentirme judío. Mi abuelo soñaba con la gloria de su religión y también soñaba en convertirse en un próspero comerciante. Un buen día concretó el sueño de instalar una taller de confección ojalillos de camisas de seda. Uno de mis tíos, aún niño, fue el encargado de entregar la mercadería elaborada. Salió mi tío Elías con su paqueton de camisas de seda y una cuadra después lo detuvo un tipo: “Querés pibe ganarte veinte guitas? Aquí están: te los pago adelantado. Solamente tenés que subir al segundo piso y le entregás esta carta a esa mujer que se llama Tita, así como dice el sobre. Ah, me olvidaba de decirte que del paquete no te preocupés, te lo cuido yo”. La tal Tita no vivía ni en el segundo piso ni en ningún otro piso. Cuando mi tío Elías volvió a la calle tampoco encontró el hombre del recado, y menos el paquete de camisas de seda. Hubo que pagarlas al fabricante, sin contar del descrédito del confeccionista que comienza dejándose robar la mercadería. Contratiempo que acentuó la dedicación de mi abuelo a sus cánticos. Los mejores jeremiadas no son dictadas por el ritual, sino por la vida.

En realidad, la Biblia la conocí por mi abuelo y la viví en su canto. No estudié, debo confesar que tuve que conformarme con estudiar Buenos Aires. Lo que no ocurrió con mi abuelo, hablo la lengua de Buenos Aires, inclusive la escribo. Ya lo confesé  en un cuento: al hablar su idioma trato de disimular mi condición de extranjero. Extranjero por identificación con mi abuelo. Escribo pero debo decir como mi abuelo: todo se dice el mismo.

Cuando su impronta y sus hijos crecieron, mi viejo se mudó al caserón de la calle Potosí, al lado de los fondos del Hotel Italiano. En el jardín habían varias palmeras y un par de rejas: allí me mantuve quieto como un pequeño preso, mirando la calle todo el día, desde entonces mi ocupación favorita. Después comenzaron mis peregrinaciones por el barrio, por la ciudad, y de algún modo Buenos Aires fue la Biblia soñado por mi abuelo Isaac Piterbarg.

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“The Bible and I”

I confess that with the Bible, I had little traffic and no continuity.  Without doubt, I appreciated it, give my condition as a Jew. In that sense, I never tried to hide it. That permanent condition derives from my maternal grandfather, named Isaac Piterberg. He was a synagogue cantor, and for that reason, he was invited to sing in Buenos Aires. He embarked the company of relatives until this Río de la Plata, where he never saw a speck of silver nor of gold (it would have been a consolation. Here don Isaac suffered several setbacks and some satisfactions. My illiteracy, among these, surely figured in showing me the Bible, I remember it well because it was an illustrated edition that he put in my hands, made very important given my condition circumstantial of being and illiterate child. With this Bible, my grandfather marked me; the book signaled the path of my people and it signaled my own path. His singing, casually heard at five years old, marked my destiny. I will never forget the chanting of my grandfather Isaac.

I should make it    clear that my father was a “progressive,’ surely a socialist. For that reason, he didn’t initiate me in the Jewish religion, customs or languages. They rewarded my brother, for example, with the name Jean Juarès, the socialist leader. But one day, I went with my parents to the synagogue because my grandfather was singing there. I never could forget his song, something funereal. . . a Kaddish.

Around me, the children continued playing their games, but the impression that my grandfather’s singing had on me was enormous. I felt the same way when I heard the cante-jondo or when the actors and singers made their licentious intonations feel in the Chinese operas. From the beginning, I want to say that this chanting of my grandfather, heard at four of five years old, with me, had nothing to do with hedonism.

I can’t forget the ambiance of the large house on the Plaza del Carmen where my grandfather and his entire family was transplanted. It was more like a courtyard for comic sketches in Vacarezza.

It was difficult for the immigrants to leave behind the characteristics brought from around the world, until forming a that mixture that began to be clarified a half century later. It was no longer the static world between idn and goim, Jews and non-Jews of the Ukraine, but rather this supposed new world consisted in a beehive of races and nations that were converted all immigrants in species of Jews, who, if they didn’t fight openly, least they looked down upon and ridiculed each other.

The language especially confused my grandfather. “Here everything is said the same way, he reflected: there are sheeps in the fields. there are sheeps on the river, and if something is not expensive it’s sheep.” But this didn’t make me laugh; I never laughed at the linguistic difficulty of the immigrants; on the contrary, it provoked compassion and solidarity in me.

Of course, my grandfather wasn’t considered to be a foreigner. Especially, his singing was so profound and mysterious as our past and our future. His singing was me myself. Truthfully, I aspire that my poor literature becomes something like the singing of my grandfather.

My grandfather understood precisely that gesture of dreaminess that accompanied his chants and prayers. In his contagious dream-like state, I learned to feel myself to be a Jew. My grandfather dreamed about the glory of his religion, and he also dreamed about becoming a prosperous merchant. One day, he realized his dream of setting up a workshop for the manufacturing of small button holes for silk shirts. One of my uncles, still a child, was put in charge of delivering the completed merchandise, My Uncle Elías left with his large package of silk shirts, and a block later, a guy stopped him: “Kid, do you want to earn twenty pesos? Here they are: I’ll pay them to you in advance. All you have to do is go up to the second floor and deliver this this letter to that woman named Tita, as it says on the envelope. Ah, I forgot to tell you not to worry about the package, I’ll look after it for you.” Such a Tita didn’t live on the second floor nor in any other floor. When my uncle Elías returned to the street he didn’t find the man with the message either, and even less the package of silk shirts. It was necessary to pay the manufacturer, without speaking of the loss of trust in the seamstress who began allowing the merchandise to be stolen. Setbacks that accentuated my grandfather’s dedication to his songs. The best Jeremiads and not dictated by ritual, but by life.

In truth, I knew the Bible through my grandfather and I lived it in his singing. I didn’t study; I have to confess that I had to be content with studying Buenos Aires. As didn’t happen to my grandfather, I speak the language of Buenos Aires, I even write it. I already confessed this in a short-story: by speaking its language, I try to dissimulate my condition as a foreigner. Foreigner by identification with my grandfather. I write, but I should say like my grandfather: everything is said the same way.

When his reputation and his children were grown, my old man moved to the large house on Potosí Street, next to the rear section of the Italian Hospital. In the garden, there were several palms and a pair of railings: there I kept myself quiet like a small prisoner, looking at the street all day long, since then my favorite occupation. Later, my peregrinations through the neighborhood, through the city, and in some way, Buenos Aires was the Bible dreamt by my grandfather Isaac Piterberg.

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Algunos de los libros de Bernardo Kordon/                                                Some of Bernardo Kordon’s Books

 

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Clara Weil (1924-1985) Cuentista judía-italiana-argentina/Italian Argentine Jewish Short-story Writer — “Por todos sus errores” – un cuento/”For All Their Sins” – A short-story

Clara Weil
Clara Weil

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Clara Weil nació en 1924 en Malfoncone, Italia en el seno de una familia judía muy tradicionalista. En 1938, la familia emigró a la Argentina debido a las leyes raciales recién implantadas en Italia.

Con el tiempo, se incorporó al grupo de judíos italianos inmigrados que se había formado, a través del cual se puso en contacto con la judería argentina, a pesar de que no hablara idish.

A los 22 años sufrió una grave enfermedad que la tuvo postrado por más de un año. Es en ese periodo que nace en ella el deseo de escribir. Su espontánea creatividad y fantasía la inducen a escribir cuentos para niños, que nunca publicó.

No obstante su inagotable energía, sufre del trauma legado por la persecución racial y su grave enfermedad. Con el análisis supera con el tiempo la situación, logrando canalizar su mente hacia la contenida vocación de escritora.

Se inicia con la publicación de un libro de cuentos: Una cruz para los judíos (1982), seguido por otros: De amor a la condena (1984). Estaba en avanzada terminación de una novela cuando la muerte la sorprende en 1985, a temprana edad.

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Clara Weil was born in 1924 in Malfacone, Italy in heart of a very traditional Jewish family. In 1938, the family immigrated to Argentina because of the recently implemented racial laws in Italy.

After a while, she became part of a group of Italian Jewish immigrants, through which she made contact with the Jews of Argentina, even though she didn’t speak Yiddish.

At 22, Weil suffered a grave illness that kept her prostrate for more than a year. During this period, her desire to write was born. Her spontaneous creativity and fantasy induced her to write stories for children, that were never published.

Despite her tireless energy, she suffered from the  legacy of the traumas of racial persecution and her grave illness. With psychoanalysis, in time, she was able to overcome the situation, and succeeded in focusing her mind toward her repressed vocation as a writer.

Weil began with the publication of a book of short stories: Una cruz para los judíos/ A Cross for the Jews, 1982, followed by another: De amor a la condena/ From Love to Condemnation, 1984. She was in the last stages of completing a novel, when death surprised her in 1985, at an early age.

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Kol Nidre oración/prayer

Moishe Oysher (1906-1958)

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“Por todos esos errores”

El techo estrellado contemplaba la sinagoga con las luces escondidas, eran las luces que perforaban los diseños de los vitrales.

(La víspera del día del arrepentimiento había comenzado)

En aquella sinagoga en Belgrano, las largas paredes estaban colmadas por los que en silencio que encerraba cielo y muerte escuchaban:

Kol Nidre…Kol Nidre…

En la oración en cuya melodía de Max Bruch en la tibia voz del joven jazán devolvería lágrimas y aroma de un gueto olvidado.

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Max Bruch

Esa noche allí estaban aquellos judíos que durante el año no dejan de amar la sinagoga, de aquellos judíos a los que los judíos alemanes llaman Die drei tagen Juden y aquellos otros y aquellos otros…y aquellos otros…

***

Esa noche en esa sinagoga estaba Raquel. Ocupaba uno de los asientos de la cuarta baja de la planta baja. Raquel o Ruchele, como la llamaba el abuelo Schloime, que había trabajado toda su vida como vendedor ambulante. Vivió en un conventillo de Pasteur y Lavalle y apreciaba gefülte fish. Tenía por costumbre sostener con las palmas de las manos el vaso de té con la cuchara sumergida. Con un terrón de azúcar entre los dientes sorbía su té en silencio. Aquel anciano leía el Idishe Zeitung e iba del Schll de la calle Uriburu. Hoy la tierra lo ha borrado. La memoria de Rujele también lo ha olvidado

***

Con el silencio que encierra cielo y muerte, todos escuchan de pie: – Kol Nidre… Kol Nidre.

“¡Qué música hermosa! Como cantaba este muchacho…

Y el rabino, ese hombre es bárbaro… cuando habla parece un Dios… es buen mozo… en fin no le falta nada… Y claro, es un rabino de los de hoy… bien moderno…” se dice Raquel. Suspira encogiendo el abdomen. A su derecha, está su marido, Mario, que tiene al lado, Martín, el hijo menor. A la izquierda, está Vanina, la hija mayor.

Kol Nidre… Kol Nidre… prosiguió el canto. Como si quisiera alcanzar a deslizarse por memorias que no tienen continuidad. Raquel gira su cabeza en diagonal y una mitad almibarada acariciaba la larga cabellera de Vanina.

…”¡Esta hija mía es riquísima…! ¡Pero qué tonta! Venirse aquí vestida con esos buggies blancos y para colmo con unas botas como las de los tres mosqueteros… Es inútil que yo proteste Ya estoy harto de escuchar que quiere vestirse como sus amigas,

Después de todo tiene razón… tengo que admitir que mi hija es riquísima… Sí, una mina bárbara, como dicen los chicos de ahora. Mucha gente opina que parecemos como dos gotas de agua, pero creo que exageran cuando nos toman por gemelas.”

Raquel levanta el brazo derecho y sus dedos de la mando se deslizan por las mejillas como estuviesen controlándolas. El tiempo se marca por finas telarañas de arrugas en la frente y alrededor de los ojos se ha borrado en ella, por la cirugía. Esa cirugía no solamente ha dejado la piel de su rostro como pulida con esmeril, sino que ha hecho su nariz ganchuda luciera ahora tan respingada como la de Ingrid Bergman. Debajo de sus párpados, cubiertos por el maquillaje, asoman unos ojos grises como la niebl. Tiene los labios teñidos de lacre con un brillo dorado y su cabeza está envuelta en un nido de gruesos rulos del color de cobre que se confunden el uno con el otro.

Ella es una mujer consecuente. Dos vece a la semana somete sus carnes al rítmico encuentro de las manos de la masajista. Además, cada lunes por la mañana, con el cuerpo comprimido en la malla, levanta y baja sus piernas durante la clase de gimnasia. Por eso Raquel Jojén, a las cuarenta y seis años, es una mujer que enciende miradas, en particular en los ojos de los maridos de sus amigas.

 -Kol Nidre… Kol Nidre… Y el oficiante sigue en crescendo con su do-me-ri-me fa-“.

Raquel apoya su mano derecha sobre el diafragma. “Augmenté un kilo en un solo día, mejor dicho, en una sola comida. También ¡con la cena de anoche! ¡Esos Chalomy tienen una clase para recibir! Pero la pobre Sofía es realmente un bofe… y Dios sabe que yo no soy envidiosa. El marido en cambio es bárbaro… ¡Ah! Ese José es tan churro… yo, yo si no fuese una señora seria… pero no, yo no sería capaz a hacer sufrir a Mario. De no ser así, hace rato que ya me hubiese encamado con ese hombre… ¡Qué barbaridad! Estoy loca para pensar todo esto… y estando en la sinagoga. Pero, no hay nada que hacer. José es tan macho que a veces me ocurre que cuando miro en la tele esa película Casablanca y veo a Humphrey Bogart, me parece ver a José… y ver que me acaricia, me besa y me dice: –I love you- me derrito. Escucho esa canción: You must remember these o algo parecido y sigo derritiéndome… menos mal que nadie se da cuenta de que ni bien me mira, esos ojos tiñen de rojo hasta mis orejas… pero por Dios, tengo marido e hijos. ¿Qué locuras estoy pensando? Y la mente de Raquel vuelve a distraerse con los champiñones de la víspera, con el caviar de Irán, que parecía anoche navegar en los dos moldes de hielo apoyados sobre las fuentes de plata. Aquellas frutillas que le parecían del tamaño de mandarines, aquellos helados que estaban escondidos tras pirámides de almendras y nueces y esos crepes naufragados en el Gran Marnier que echaba llamas con franjas doradas y violáceas.

Raquel sostiene en las manos el libro de tapas azules que luce en el lomo las cinco letras hebreas Majsor. Sus labios se mueven y sus pupilas corren de derecha a izquierda. Vuelve a levantar la cabeza y se sorprende al ver a Déborah ya Simón Bokerinsky.

“Déborah ha venido empilchada como para un casamiento”, juzga la mente de Raquel. “Vanina no se cansa de decirme: – ¡Pero, má! Los Bokerinsky tendrá una mosca loca, pero son tan mersas… y él, para decirte, es una mierda-. Esta hija mía es tan mal hablada y tan hincha cuando se le ocurre decir que si Déborah tuviese un prótesis de brillantes, con tal de mostrarlos no cerraría jamás la boca… En fin, no hay que tomar muy en serio lo que dicen los chicos… “

Raquel recuerda que la semana pasada, Mario le comentó que Simón había tomado el costumbre de no levantar los pagarés firmados, y que entregaba a los acreedores cheques voladores. Si bien ella no entiende de finanzas no deja de opinar que Simón es un hombre inteligente y sabe de negocios. De no ser así, el año pasado no hubiese comprado la casa y un departamento en Punta del Este, Además, Simón, hace apenas meses, regaló a Déborah el piso de la calle Virrey del Pino, con pileta y sauna. Y Raquel está convencida de que nadie puede comprar tantas propiedades juntas, sin disponer de dinero.

La oración de Kol Nidre ha terminado. Hay crujido de sillas y murmullos. Una vieja señora con la cabeza cubierta de una mantilla de encaje blanco está sentada en uno de los asientos de la primera fila del piso alto con codos apoyados sobre la baranda. Sus pupilas, envueltos como en una niebla, lucha a través de los bifocales para mirar a ese rabino moderno, a esos que ocupan a la planta baja y aquellos que, por falta de lugar, permanecen de pie en los pasillos de la nave del templo. Un niño o dos o tres berrean en los brazos que los mecen espasmódicamente.

¡Silencio, por favor! – reclama el rabino.

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Libros de Clara Weil/Books by Clara Weil

 

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     “For All Our Those Sins”

The star-filled ceiling looked down upon the synagogue with its hidden lights, the lights that perforated the designs of the stain glass windows.

(The eve of the Day of Atonement had begun)

In that synagogue in Belgrano the large walls were filled with those who in a silence encerraba cielo y muerte escuchaban:

Kol Nidre…Kol Nidre…

In that prayer whose melody by Max Bruch song with the warm voice of the young jazán would bring back tears and aroma of a forgotten ghetto.

MaxBruch
Max Bruch

That night, those Jews who during year never stopped loving the synagogue, of those Jews whom the German Jews call Die drei tagen Juden and those others and those others… and those others…

***

That night in Raquel was in that synagogue. She occupied one of the seats in the lower fourth of the ground floor. Raquel or Ruchele as her grandfather Shloime called her, who had worked all his life as a peddler. He lived in a tenement on Pasteur and Lavalle and was fond of gurfülte fish. He had the custom of holding of holding in the palms of his hands a glass of tea with the spoon submerged in it. With a cube of sugar between his teeth, he sipped his tea in silence. That old man read the Idishe Zeitung and he went to the Schil on Uriburu Street. But now the land had erased it. Rujele’s memory had also forgotten it.

 With the silence that contains heaven and death, all listen, standing: Kol Nidre… Kol Nidre.

“What beautiful music! How that young man sang. . . And the rabbi, that man is marvelous. . . when he speaks, he seems like a God. . . He is a good fellow. . .  In short, he doesn’t lack anything. . .  And of course, he is a rabbi of those of today. . . very modern. . .“ Raquel said to herself. She sighed, pulling in her abdomen. At her right, was her husband, Mario, who had at his side Martín, his younger son. On the left, is Vanina, the older daughter.   

Kol Nidre…Kol Nidre… continued the chant. As if it wished to slip/ slide thought the memories that  didn’t have continuity. Raquel turned her head diagonally and half gently caressed Vanina’s long hair.

“This daughter of mine is so precious. . .” But so silly! To come here dressed in those white buggies and even worse with boots like those of the three musketeers. . .  It’s useless for me to protest. I’ve had enough of hearing that she wants to dress like her friends.

After all, she’s right. . . I have to admit that this daughter is very charming. .  Yes, a marvelous girl, like the kids say today. Many people think that we are like two drops of water, but I think they exaggerate when they take us for twins.

She is a consistent woman. Twice a week, she submits her flesh to the rhythmic touch of the masseuse’s hands. Moreover, every Monday morning, with her body compressed into her bathing suit, she raises and lowers her legs during the gym class. For that Raquel Jojén, at forty-six years old, is a woman who ignites glances, particularly in the eyes of the husbands of her friends.

Kol Nidre… Kol Nidre. . . And the officiant continues in crescendo with his do-mi-re-fa.”

If that were not so, quite a while ago, I would have already gone to bed with that man. . . How awful! I’m crazy for thinking all of this. . . and in the synagogue. But, there’s nothing to do about it. José is so macho that at times, it occurs to me when I see on television that film Casablanca, and I see Humphrey Bogart, I seem to see José. . . and to see that he caresses me, kisses me and tells me : “I love you, and I melt, I listen to that song: You must remember these or something like that and I go on melting. . . at least no one notices that I don’t even look good, with eyes stained with red up to my ears. . . But my God, I have a husband and children. What craziness am I thinking?

And Rachel’s mind was distracted again by the mushrooms of the previous evening, with the caviar from Iran, that last night seemed to navigate in the two molds of ice, supported by the silver platters. Those strawberries that seemed to be the size of mandarin oranges, those ice creams, hidden behind pyramids of  almonds and walnuts and those crepes shipwrecked in the Gran Marnier that threw out flames in golden and violet streaks.

Raquel held in her hands the book with blue covers on whose spine shine the five Hebrew letters Machzor. Her lips moved and her pupils run from right to left. She raised her head again and was surprised to see Déborah and Simon Dokerinsky.

“Déborah has come dolled up as if she were going to a wedding,” Raquel’s mind judged. “Vanina never tires of telling me: but ma, the Bokerinsky must have plenty of money, but they are so vulgar, , ,and he, to tell you the truth is a piece of shit. This daughter of mine is so crudely spoken and so begrudging when is occurs to her to say that Déborah has shiny false teeth, and so to show them she never keeps her mouth shut. . . “But, you can’t take seriously what children say.”

Raquel then remembers that last week, Mario commented to her that Simón had taken on the custom of not paying off his promissory notes and that he was sending checks that bounced to his creditors. If that had not been so, last year, he wouldn’t had bought the house and a department in Punta del Este. Moreover, Simón, only a few months ago, gave Déborah an apartment on Virrey del Pino Street, with a swimming pool and sauna. And Raquel was convinced that nobody can purchase so many properties at the same time, without having money to spend.

The Kol Nidre prayer had ended. There was a creaking of chairs and murmurs. An elderly señora with her head covered by a mantilla of white lace is sitting on one of the seats of the first row of the upper floor with her elbows leaning on the railing. Her pupils, covered as if with a mist, struggled through her bifocals to look at this modern rabbi, at those who occupied the ground floor and those who, for lack of space, stood in the hallways on the sides of the temple. A child or two or three bawled in the hands that rocked then spasmodically.

“Silence please!” The rabbi demanded.

Translation by Stephen A. Sadow

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Moacyr Scliar (1937-2011) — Novelista y contista brasileiro judeu/Brazilian Jewish “A vaca” — un conto/ “The Cow” — A Short-story

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Moacyr Scliar

Moacyr Jaime Scliar nasceu em Porto Alegre, Rio Grande do Sul, no 1937. A partir de 1943, cursa a Escola de Educação e Cultura, conhecida como Colégio Iídiche. Em 1948, transfere-se para o Colégio Rosário. Começa a cursar medicina em 1955, na Universidade Federal do Rio Grande do Sul. Especializou-se na área de saúde pública, tornando-se médico sanitarista e ocupando os cargos de chefe da equipe de Educação em Saúde da Secretaria da Saúde do Rio Grande do Sul e diretor do Departamento de Saúde Pública.

Na década de 1970, cursou pós-graduação em medicina, em Israel, e também se tornou doutor em Ciências pela Escola Nacional de Saúde Pública. Ainda na área médica, atuou como professor do curso de medicina da Universidade Federal de Ciências da Saúde de Porto Alegre.

O dia a dia de estudante de medicina inspirou a Scliar o seu primeiro livro, “Histórias de um médico em formação”, publicado em 1962. Foi o começo de uma brilhante carreira como ficcionista, durante a qual publicou mais de setenta livros, divididos entre romances, coletâneas de contos e crônicas, literatura infantojuvenil e ensaios. Seu romance “O centauro no jardim”, publicado em 1980, faz parte da lista dos 100 melhores livros de temática judaica dos últimos 200 anos, organizada pelo National Yiddish Book Center (EUA).

Scliar conquistou diversos prêmios literários, como, por exemplo: três prêmios Jabuti (nas categorias “romance” e “contos, crônicas e novelas”); o Prêmio  da Associação Paulista dos Críticos de Arte, em 1989, na categoria “literatura”; e o Casa de las Americas, em 1989, na categoria “conto”. Seus livros foram traduzidos em inúmeros países.

Em 1993 e 1997, foi professor visitante na Brown University e na Universidade do Texas, ambas nos EUA.

Moacyr Scliar faleceu no 2011.

Adaptado de educação,uol,br

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Moacyr Jaime Scliar was born in Porto Alegre, Rio Grande do Sul, in 1937.  From 1943, he attended the School of Education and Culture, known as Yiddish School. In 1948, he transferred to the Rosario School. He began to study medicine in 1955, at the Federal University of Rio Grande do Sul. He specialized in public health. and was head of the Health Education team of the Rio Grande do Sul Health Secretariat South and director of the Department of Public Health.

In the 1970s, he did post-graduate studies in medicine in Israel, and also received a doctorate in science from the National School of Public Health. Also, in the medical area, he acted as professor of the medicine of the Federal University of Health Sciences of Porto Alegre.

His experience as a medical student inspired Scliar his first book, “Stories of a Physician in Training,” published in 1962. It was the beginning of a brilliant career as a fictionist, during which he published more than seventy books, divided between novels, compilations of short stories and chronicles, children’s literature and essays. His novel “The Centaur in the Garden,” published in 1980, is one of the 100 best Jewish-themed books of the last 200 years, organized by the National Yiddish Book Center.

Scliar won several literary awards, such as three Jabuti awards (in the categories “romance” and “short stories, chronicles and novels”); the Prize of the Paulista Association of Art Critics, in 1989, in the category “Literature”; and the Casa de las Americas Prize, in 1989, in the category “short story”. His books have been translated into countless countries.

In 1993 and 1997, he was a visiting professor at Brown University and the University of Texas, both in the United States.

Moacyr Scliar passed away in 2011,

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“A vaca”

 

Numa noite de temporal, um navio naufragou ao largo da costa africana. Partiu-se ao meio, e foi ao fundo em menos de um minuto. Passageiros e tripulantes pererecam instantaneamente. Salvou-se apenas um marinheiro, projetado à distância no momento do desastre. Meio afogado, pois não era bom nadador, o marinheiro orava e despedia-se da vida, quando viu a seu lado, nadando com presteza e vigor, a vaca Carola.

A vaca Carola tinha sido embarcada em Amsterdam.

Excelente ventre, fora destinada a uma fazenda na América do Sul.

Agarrado aos chifres da vaca, o marinheiro deixou-se conduzir; e assim, ao romper do dia, chegaram a uma ilhota arenosa, onde a vaca depositou o infeliz rapaz, lambendo-Ilhe o rosto até que ele acordasse.

Notando que estava numa ilha deserta, o marinheiro rompeu em prantos: “Ai de mim! Esta ilha está fora de todas as rotas! Nunca mais verei um ser humano!” Chorou muito, prostrado na areia, enquanto a vaca Carola fitava-o com os grandes olhos castanhos.

Finalmente, o jovem enxugou as lágrimas e pôs-se de pé.

Olhou ao redor: nada havia na ilha, a não ser rochas pontiagudas e umas poucas árvores raquíticas. Sentiu forme: chamou a vaca: “Vem Carola!”. Ordenou-a e bebeu leite bom e espumante. Sentiu-se melhor; sentiu-se e ficou a olhar o oceano. “Ai de mim” – gemia de vez em quando, mas já sem muita convicção; o leite fizera-lhe bem.

Naquela noite dormiu abraça o á vaca. Foi um sono bom, cheio de sonhos reconfortantes: e quando acordou – ali estava o ubre a ilhe oferecer o leite abundante.

Os dias foram passando e o rapaz cada vez mais se apegava a vaca. “Vem, Carola!” Ela vinha, obediente.

Ele cortava um pedaço de carne tenra – gostava muito de língua – e devorava-o cru, ainda quente, o sangue escorrendo pelo queixo. A vaca nem mugia. Lambia as feridas, apernas. O marinheiro tinha sempre o cuidado de não ferir órgãos vitais; se tirava um pulmão; deixava o outro; comeu o baço, mas não o coração, etc.

Com os pedaços de couro, o marinheiro fez roupas e -sapatos e um toldo para abriga-lo do sol e da chuva. Amputou a cauda de Carola e usava-a para espantar as moscas.

Quando a carne começou a escassear, atrelou a vaca a um tosco arado, feito de galhos, e lavrou um pedaço de terra mais fértil, entre as árvores.

Usou o excremento do animal como adubo. Como fosse escasso, triturou alguns ossos, para usá-los como fertilizante.

Semeou alguns grãos de milho, que tinham ficado nas cáries da dentadura de Carola. Logo, as plantinhas começaram a brotar e o rapaz sentiu renascer a esperança.

Na festa de São João comeu canjica.

A primavera chegou. Durante a noite uma brisa suave soprava de lugares remotos, trazendo sus aromas.

Olhando as estrelas, o marinheiro suspirava. Uma noite, arrancou um dos olhos de Carola, misturou-o com água do mar e engoliu esta leve massa. Teve visões voluptuosas, como nenhum mortal jamais experimentou. . .  Transportado de desejo, aproximou-se da vaca. . .  E ainda desta vez, foi Carola quem ilhe valeu.

Muito tempo se passou, e um dia o marinheiro avistou um navio no horizonte. Doido de alegria, berrou com todas as forças, mais não Ihe respondiam; o navio estava muito longe. O marinheiro arrancou um de chifres de Carola e improvisou uma corneta. O som poderoso atroou os ares, mas ainda assim não obteve reposta.

O rapaz desesperava-se; a noite caia e o navio afastava-se de ilha. Finalmente, o rapaz deitou Carola no chão e jogou um fósforo aceso no ventre ulcerado de Carola, onde um pouco de gordura ainda aparecia.

Rapidamente, a vaca incendiou-se. Em meio á fumaça negra, fitava o marinheiro com seu único olho bom. O rapaz estremeceu, julgou ter visto uma lágrima. Mas foi só impressão.

O claro chamou atenção do comandante do navio; uma lancha veio recolher o marinheiro. Iam aí partir, aproveitando a mar, quando o rapaz gritou: “Um momento!”; voltou para a ilha, e apandou, do montículo de cinzas fumegantes, um punhado que guardou dentro do gibão de couro. “Adeus, Carola – murmurou. Os tripulantes da lancha se entreolharam. “É o sol” – disse um.

O marinheiro chegou a seu país natal. Abandonou a vida do mar e tornou-se um rico e respeitado granjeiro, dono de um tambo com centenas de vacas.

Mas a pesar disto, vivou infeliz e solitário, tendo pesadelos horríveis todas as noites, até os quarenta anos. Chegando a esta idade, viajou a Europa de navio.

Uma noite, insone, deixou o luxuoso camarote e subiu ao tombadilho iluminado pelo luar.  Acendeu um cigarro, apoiou-se na amura e ficou olhando o mar..

De repente estirou o pescoço, ansioso. Avistara uma ilhota no horizonte.

— Alô – disse alguém, pelo dele.

Voltou-se. Era uma bela loira, de olhos castanhos e busto opulento.

— Meu nome é Carola – disse ela.

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De:/From: Moacyr Scliar. Sus mejores cuentos. São Paulo, 1996.

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“The Cow”

 

On a stormy night, a ship went down off the African coast. It broke in half, and went to the bottom in less than a minute. Passengers and crewmen perished instantly. Only one sailor was saved, thrust out at a distance at the moment of the disaster. Half-drowned, since he wasn’t a good swimmer, the sailor prayed and said goodbye to his life, when he saw at his side, swimming quickly and vigorously, the cow Carola.

The cow, Carola had been put onboard in Amsterdam.

Excellent belly, she was destined for a farm in South America.

Grasping on the cow’s horns, the sailor let himself be guided, and so, at the break of day, they arrived at a little sandy island where the cow deposited the unhappy boy, licking him on his face until he woke up.

Noticing that he was on a desert island, the sailor broke out wailing: “Woe is me!” The island is outside al the shipping routes. I’ll never see a human being again.” He cried a great deal, prostrated on the sand, while the cow Carola stared at him with chestnut eyes.

Finally, the boy dried his tears and stood up. He looked around: there was nothing on the island, but sharp rocks and a few rickety trees. He felt hungry: he called the cow: “Come Carola!” He ordered her and he drank good and frothy milk. He felt better; he felt and he turned to look at the ocean. “Woe is me” – he sighed from time to time, but now without much conviction: the mild did him good.

The sailor arrived at his native land. He abandoned the sailor’s life and became a rich and respected farmer, owner of a dairy farm with hundreds of cows.

That night he slept hugging the cow. I was a good dream; full of comforting sounds; and when he awoke – there was the utter offering him abundant milk.

The days passed, and the boy more and more fond of the cow. “Come, Carola!” She came obediently.

He cut off a piece of tender meat—he liked the tongue a lot—and he devoured it raw, still hot, the blood flowing over his chin. The cow didn’t moo. She hardly licked her wounds. The sailor always took care to no injure the vital organs; he took out a lung; he left the other one; he ate the spleen, but not the heart, etc.

With the pieces of leather, the sailor made clothing and shoes and a canopy/awning to protect himself from the sun and the rea. He amputated Carola’s tail and used it to chase flies away.

When the meat began to become scarce, he harnessed the cow to a crude plow, made of pieces of wood and tilled a piece of the most fertile land among the trees.

He used the animal’s excrement for compost. As it was scarce, he ground up some bones, to use them as fertilizer.

He planted some grains of corn, which he had stuck in the cavities of Carola’s teeth. Then, the plants began to sprout and the boy felt a resurgence of hope.

On Saint John’s Day, he ate hominy.

Spring arrived. During the night, a gentle breeze blew in from remote places, bringing their fragrances.

Gazing at the stars, the sailor sighed. One night, he tore out one of Carola’s eyes, mixed it with seawater and swallowed this light paste. He had voluptuous visions, as no mortal had ever experienced. . . Carried away with desire, he came near the cow. . . And this time too, it was Carola whom he wanted.

A great deal of time passed, and one day, the sailor caught sight of a ship on the horizon. Crazy with happiness, he hollered with his strength, but nothing, but there was no answer; the ship was very far away. The sailor tore off one of Carola’s horns and improvised a bugle. The powerful sound thundered through the air, but even so, it wasn’t answered.

The boy was losing hope; it was nightfall and the ship remained at a distance from the island. Finally, the boy laid Carola down on the ground and threw down a match and lit Carola’s ulcerated belly on fire, at a spot where a little bit of fat still appeared.

Rapidly, the cow caught fire. Amidst the black smoke, she stared at the sailor with her only good eye. The boy trembled and was sure he had seen a tear. But it was only an impression.

The bright light caught the attention of the commander of the ship, a launch set out to rescue the sailor. Leaving there, taking advantage of the sea, when the boy shouted: One moment!”; he returned to the island, and gathered, from the little pile of smoking ashes, a handful that he saved inside of his leather doublet. “Goodbye, Carola” – he murmured. The crew of the launch looked at one another. “It’s the sun!” one said.

But, in spite of this, he lived unhappy and alone, having horrible nightmares every night for forty years. Reaching this age, he travelled to Europe by ship.

One night, suffering insomnia, he left the luxurious cabin and went up to the quarterdeck, lit up by the moonlight.

Suddenly, he stretched his neck anxiously. He caught sight of a small island on the horizon.

“Hello,” said someone nearby him.

He turned around. It was a beautiful blond, with chestnut eyes and an opulent bust.

“My name is Carola,” she said.

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Translation by Stephen A. Sadow

 

Livros/Books — Moacyr Scliar

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Memo Ánjel — Escritor judío-colombiano/ Colombian-Jewish Writer — De “Cuentos judíos”/ From “Jewish Stories” — “Dos maletas” — un cuento”/ “Two Suitcases” — a short-story

 

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Memo Ánjel

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Memo Ánjel (José Guillermo Ángel) nació en Medellín, Colombia, como hijo de inmigrantes argelinos en 1954. Además de su oeuvre literario, Ánjel ha trabajado por 16 years como professor of de Comunicación Social en la Universidad Pontificia Bolivariana en Medellín.

Algunos de sus libros: La luna verde de Atocha (novela); La casa de las cebollas (novela), Todos los sitios son Berlín (novela), Libreta de apuntes de Yehuda Malaji, relojero sefardí (Ejercicios de imaginación sobre la conformación de los pecados), Zurich es una letra alef (novela), Tanta gente (novela), El tercer huevo de la gallina (novela) y Calor intenso (cuentos).

Considera la escritura como una actividad existencial, algo que le ayuda a analizarse a sí mismo y a reconocer la naturaleza de los demás. Profundamente en el sentido de la tolerancia y la vida misma. Según Anjel, solo el conocimiento necesario de lo que nos rodea nos permite sobrevivir y dar a nuestra existencia la suficiente transparencia.

Ánjel es uno de un grupo de autores colombianos modernos que ya no piensan y escriben de una manera específicamente colombiana, sino universal. “En todo el mundo, las personas tienen experiencias similares, ya sea que vivan en Colombia o en Alemania: tienen familia, trabajan, sufren y experimentan las mismas tragedias, la guerra y la emigración”.

Ánjel ha realizado un intenso estudio de los clásicos judíos, y en muchas de sus obras examina su propia historia sefardí y la cuestión de lo que significa ser un judío sefardí en la cultura de asimilación actual. Ha escrito varios ensayos sobre la contribución de la cultura árabe al desarrollo de la civilización occidental y el papel de la cultura y la historia judías en las ideas literarias y filosóficas contemporáneas.

Adaptado de Berliner Künstlerprogramm des Daad

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Memo Anjel (José Guillermo Ángel) was born in Medellín, Columbia, as the child of Algerian immigrants in 1954. Besides his literary oeuvre, Anjel has worked for 16 years as a professor of social communication at the Universidad Pontificia Bolivariana in Medellín.

Some of his books: La luna verde de Atocha (novel) La casa de cebollas (novel), Todos los sitios son Berlín (novel), Libreta de apuntes de Yehuda Malaji, relojero sefardí (Ejercicios de imaginación sobre la conformación de los pecados), Zurich es una letra alef (novel), Tanta gente (novel), El tercer huevo de la gallina (novel) and Calor intenso (stories).

He regards writing as an existential activity, something that helps him to analyse himself and to recognise the nature of others, in order to look deeply at the meaning of tolerance and life itself. According to Anjel, only the necessary knowledge of what surrounds us enables us to survive at all and to give our existence sufficient transparency.

Ánjel is one of a group of modern Colombian authors who no longer think and write in a specifically Columbian, but rather universal way. “All over the world, people have similar experiences ? whether they live in Columbia or Germany: they have a family, work, suffer, and experience the same tragedies, war and emigration.”

Anjel has made an intense study of Jewish classics, and in many of his works he examines his own Sephardic history and the question of what it means to be a Sephardic Jew in today’s culture of assimilation. He has written several essays on the contribution of Arabic culture to the development of occidental civilisation and the role of Jewish culture and history in contemporary literary and philosophical ideas.

Adapted from Berliner Künstlerprogramm des Daad

Para comprar/To buy: “Cuentos judíos”

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“Dos maletas”

Por esos días la gente bajaba de los barcos después de un viaje en el que ya perdían una tierra vieja y peligrosa y se ganaba otra de la que se sabía poco o nada. Abrían mucho los ojos cuando veían tanto verde y gente de colores diversos. Las guías de viaje mencionaban más hombres con maracas y mujeres de pollera, que puertos que hervían del calor y el movimiento. Pero como sea que como fuera, el mundo estaba revuelto, los barcos seguían llegando a estas tierras y se devolvían con las bodegas repletas de banano, plátano, carbón y cobre. Y en esto de barcos con gente que desembarcaba y se ponía nerviosa, Shmuel Baruj bajó de un paquebote que atravesó el mar en casi cuarto semanas. Mucha agua, mucha gente distinta con pequeña carga al lado: maletas, sacos, pequeñas cajas. Los puertos se multiplicaron en este viaje y él, que venía de Hamburgo en segunda clase y con dos maletas de tamaño mediano, conoció los colores del agua, los movimientos de los marineros, la casa de máquinas, el ir y venir de las olas y a muchas personas que no querían hablar de lo que había pasado, y preferían chalar sobre las noticias, el tiempo o la baraja con los que jugaban. Las preguntas sobre el pasado, rebotaron contra las caras. Y en ese barco en el que unos jugaban, otros leían libros sagrados y los demás no paraban de mirarse y luego bajar los ojos. Shmuel Baruj conoció a una mujer, bailó con ella en la proa, se amaron en un camarote pobre y antes de que él llegara a Barranquilla, ella se quedó en La Guaira. Allí, al bajarse, la acompañaron unos hombres de barba y sombrero negro grande. Nunca supo si judíos ortodoxos o algún grupo protestante. Shmuel Baruj no habló de religión con la mujer y prefirió decirle que sus ojos eran como soles y que le podía adivinar la suerte en la palma de la mano. Ella se dejó y él le dijo: vas a ser una buena mujer. Ese día se amaron lento, como si ella fuera una geografía que él se estuviera aprendiendo. Después, cuando la vio bajar en el puerto de la Guaira, arrastrando un pequeño baúl con ruedas, le dijo lo mismo. La mujer vestía un traje de flores que le quedaba un poco amplio y largo, y se había quitado el maquillaje de la cara. Ya no era la mujer alegre del barco sino alguien que cumpliría muchos deberes. Mucho calor, eso sintió Shmuel Baruj cuando ella se perdió por entre las calles del puerto, detrás de esos hombres que parecían cuervos cansados. Todos terminamos perdidos, se dijo él. Apoyado en la barda, miraba el mar y las casas, el vuelo de los pájaros y el cielo sin una nube, azul e infinito. A su lado y a la altura de las rodillas, permanecían sus dos maletas.                                                                                                                         Shmuel Baruj, antes de que le dieran la visa, había pulido metales en un taller de Hannover, vendido abrigos recosidos en Bremen, arreglado relojes y motores en Bonn y al fin, después de un recorrido loco en bicicleta huyendo de unas deudas que no eran las suyas, terminó recibiendo ayudas de unos y otros en un campo de refugiados en Frankfurt, al que llegó con una mano machacada, se la había mordido un motor, enfermo de los pulmones, con la circulación de la sangre mala, entre los codos y los hombros, y vencido y, entonces, quiso morirse. Pero no murió, la tos se le redujo con pastillas de penicilina, igual que los calambres en los brazos con pomadas, la mano le secó bien y acabó como habitante de ese campo que no fue de tiendas militares sino de calles estrechas y casas semi derruidas en los que unos esperaban irse a los Estados Unidos, a Palestina, Bolivia o Argentina donde tenían familias o decían tenerlas, y otros simplemente estaban clavados allí habitando el azar, fumando en las esquinas, leyendo periódicos y avisos pegados en las paredes, bebiendo una mala vodka en los bares, jugando a las cartas y mirando a las mujeres que se prostituían. Tres de ellas eran enanas y las llamaban el ejército. Shmuel Baruj fumaba con ellas, les contaba chistes y, como se rumoró por ahí, les enseñó algunos trucos de magia para alucinar clientes. Cuando las enanas no estaban (o si estaban, pero en su oficio), el hombre recogía periódicos, ayudaba a atender bares, cargaba alimentos para llevar a las bodegas, jugó algún partido de fútbol y se dejó acoger por una mujer que lloraba cada vez que oía el nombre de Abraham, que pudo ser el de su padre o su marido, pero nunca dijo nada y nadie se inquietó por eso. Los que habían salido la guerra no abrían la boca más de lo necesario. Decían sí, no, está bien, me gusta, podría ser más tarde, no más. Y los demás entendían: con estar de pie, beber una cerveza o ir hasta la pared donde ponían los avisos, tenían. La mujer a veces leía avisos, miraba los nombres tachados y los sin tachar. Y mientras miraba, sacaba la lengua y se la mordía un poco. Luego se humedecía los labios y salía a caminar con las manos metidas entre los bolsillos del delantal, pues siempre llevó un delantal y un trozo de pan que mordisqueaba. Con ella, Shmuel bailó el tango, en los días y en las noches, hasta que la vio montar a un camión que la llevaría al puerto y luego a Israel, que ya se había fundado y recibía gente de los campos. La mujer llevaba una maleta amarilla y una bandera, y se sentó entre dos hombres que parecían dormidos. Antes, Shmuel Baruj no había querido inscribirse con los de la Agencia Judía, asegurando que una hermana le estaba buscando visa para la Argentina. Mintió y la mujer que lloraba se encogió de hombros. No era fea, se le veía bien la ropa y las medias dobladas a la altura del tobillo, el delantal le daba un aire de muy limpia, sus manos eran finas y tenía los ojos muy redondos. Pero lloraba y los lloros le duraban una tarde entera y a veces hasta una noche. Después de la guerra siguieron otras pequeñas guerras, y en una de ellas Shmuel Baruj consiguió un pasaporte de la Cruz Roja. Paria, decía ahí. Y estaba bien, un paria no tiene historia.                                                                                                       Hacía un calor intenso cuando Shmuel Baruj pisó Puerto Colombia. Paisaje azul de muchos tonos, hombres y mujeres negras, casas de paredes blancas, mercadillos de frutas y carnes secas, gringos de vestidos de lino y sombrero panamá, barcos pequeños entrando y saliendo del puerto y la bahía, monjas caminando en fila hacia algún convento y él, ahí, pensando que nadie hablaría alemán ni yidish en ese lugar al que había llegado porque sí, como si un dibbuck[1] lo hubiera tomado de los pies y tirado por los aires hasta caer en el paquebote donde llegó. El caso era que ya estaba en Puerto Colombia y le gustó el sonido del nombre de la ciudad, le gustó que estuviera en el Caribe, le gustó la cara de la mujer gorda que estaba detrás del policía que le selló el pasaporte. Todo le gustó porque lo que viniera sería ganancia, incluido el tener que volver a salir si las cosas se complicaban. Había sabido de mosquitos, fiebres, mordeduras de serpiente, delirios debido al exceso de sol, de selvas que se comían a los hombres y sus canoas porque los ríos se ampliaban y cerraban como una boca. Le dijeron cosas como salidas de libros y él no hizo más que sonreír. Y ya estaba aquí. Acabó en un pequeño hotel que olía a pintura de aceite, en una habitación con un abanico que mal revolvía el aire y tenía una ventana que daba a un campo de tierra roja. Y allí se quedó dormido con los zapatos puestos, abrazando una de las maletas.                                              Una semana completa, recibiendo el sol, comiendo bocachico con patacón y bebiendo cerveza, pasó Shmuel Baruj en Puerto Colombia. En el hotel le cambiaron unos dólares por pesos, se encamó con una negra de caderas grandes y conoció a un médico alemán, que resultó siendo un mero enfermero y en lugar de ejercer en algún hospital, tenía una finca de bananos y venía cada tanto al puerto para recibir mercancías y correspondencia, eso dijo. La negra caderona los presentó y el alemán, que era chico y gordo y había llegado antes de la guerra, le escribió en un cuaderno cien palabras en español a Shmuel Baruj. Entre ellas había vulgaridades, por si te pisan o te empujan, le dijo. Y no lo volvió a ver, porque dos días después Shmuel Baruj tomó un bus hacia Barranquilla y cerca de donde lo dejó el bus encontró una pensión. Allí usó dos palabras en español; dormir, comer. Lo atendió una puna mujer que no paraba de reír, con las manos llenas de pulseras y las uñas muy rojas. Quiso ayudarle con las maletas, pero Shmuel Baruj no lo permitió. Al fondo de la pensión, en un patio de baldosas amarillas, unos pájaros de picos grandes, encerrados en una jaula, picoteaban un plátano gordo. Olía a comino esa pensión y de algún lugar llegaba una música de trompetas. El sol pegaba con furia contra las ventanas.                                                                                                            En la habitación, donde a más de la cama y una bacinilla, una jarra con agua y un vaso sobre el nochero, un foco que colgaba del techo, un taburete con una toalla encima y un abanico que daba vueltas lentas sin refrescar, había también un almanaque de cerveza Águila y una página de revista, enmarcada, de una mujer al lado de una piscina. Shmuel Baruj sonrió: la tierra son muchas cosas. Se quitó el saco, la camisa y los zapatos. Luego tomó una de las maletas y la abrió sobre la cama: contenía destornilladores, pequeñas tenazas, puntillas, algunos martillos finos. Allí usó puntillas, tornillos, algunos martillos finos, un par de reglas y trozos de terciopelo de variados colores, un termómetro y dos tubos de ensayo, acompañados de unas bolsitas con anilina. Aquí está mi negocio, se dijo. Bebió un poco de agua y abrió la otra maleta: un par de camisas, un abrigo que no usaría en estos calores, algunos interiores y medias, tres pantalones (uno de trabajo), una cartera con dólares y marcos, un libro del Zohar[2] que no llegaría a leer porque estaba en arameo, un sidur[3] con las hojas grasosas, un espejo, una maquinilla de afeitar, un juego de peines, una candela marca Ronson, un par de zapatos combinados, un clarinete, el libro de Los Hermanos Karamazov en alemán, tres fotografías de familia y algunas cartas sin abrir. Y aquí estoy yo. Soy lo único que queda, murmuró. Fue hasta el taburete, se sentó y miró el almanaque: cinco de abril de 1952. El abanico que se movía en el techo no cortaba el aire caliente. Por debajo de la puerta entraba la música de trompetas y se oían las risas de la mujer que lo había atendido. Shmuel Baruj comenzó a rezar, se pasó un pañuelo por la frente y sintió su sudor. De aquí en adelante amén a todo, se dijo. Se paró del taburete y se miró al espejo. No se veía mal con el sombrero que llevaba puesto.

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[1]  Pequeño duende del folclor de los judíos de Europa Oriental.

[2]  El libro de los resplandores, escrito por Moshé de León, en España, en el siglo XIII.

[3]  Libro de oraciones en hebreo.

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From:.De: Cuentos judíos. © Memo Ánjel © Medellín: Editorial Universidad Pontificia Bolivariana Vigilada, 2015, 75-81.

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“Two Suitcases”

Those days, people were getting off the ships after a trip in which they already were losing an old and dangerous country and were gaining another of which they knew little or nothing. Their eyes were opening wide when they were seeing so much green and people of diverse colors. The travel guidebooks mentioned that there would be more men with maracas and women with over-skirts, that the ports were boiling with heat and movement. But be that as it may, the world was turbulent, the ships kept arriving at these lands and were returned back with their hulls filled with bananas, plantains, coal and copper. And in this of ships with people who were disembarking and were becoming nervous, Shmuel Baruj came down off a packet boat that crossed the sea in almost four weeks. A lot of water, a lot of different people, four weeks. A lot of water, a lot of different people with their small baggage at their sides: suitcases, sacks, small boxes. The ports multiplied in his voyage, and he, who was coming from Hamburg in second class and with two suitcases of average size, was familiar with the colors of the water, the movements of the sailors on the decks, the engine room, the comings and goings of the waves and many people who didn’t want to talk about what had happened and preferred to chat about the news, the weather or the deck of cards they were playing with. The questions about the past bounced back from their faces. And that ship in which some were playing cards, others reading sacred books, and the others didn’t stop looking at each other and then lowering their eyes, Shmuel Baruj met a woman, danced with her in the prow, they made love in a dismal cabin, and before he arrived at Barranquilla, she stayed in La Guaira. There, on disembarking, she was accompanied by some men with beards and large black hats. He never learned whether they were orthodox Jews or some protestant group. Shmuel Baruj didn’t speak about religion with the woman and preferred to tell her that her eyes were like suns and that he could discern her fortune in the palm of her hand. She let him, and he told her: you are going to be a good woman. That day, they made love slowly, as if she were a geography that he was learning. Later, when he saw her get off in the port of La Guaira, pulling along a small trunk with wheels, he said the same. The woman was wearing a flowered dress that was a little loose and large, she had taken off her makeup. She was no longer the happy woman of the ship, but someone who would carry out many obligations. A lot of heat, that is what Shmuel Baruj felt as he lost her in the streets of the port, behind those men who seemed like tired crows. We all end up lost, he said to himself. Leaning on the cover, he looked at the sea and the houses, the flight of the birds and the cloudless sky, blue and infinite. At his side, at the height of his knees, his two suitcases stood.                                                                                      Shmuel Baruj, before they gave him the visa, had polished metals in a workshop in Hannover, sold patched overcoats in Bremen, fixed watches and motors in Bonn, and finally, after a crazy bicycle ride fleeing some debts of that weren’t his, ended up receiving help from some folks in a refugee camp in Frankfort, where he arrived with a mangled hand, a motor had bitten in to him, sick lungs, with poor blood circulation, between his elbows and his shoulders, and defeated and, then, he wanted to die. But he didn’t die, the cough was suppressed by some penicillin tablets, the same with ointments for the cramps in his arms, his hand dried out well, and he ended up as an inhabitant of that camp that wasn’t of military tents, but rather narrow streets and semi-destroyed houses in which some were waiting to leave for the United States. Palestine, Bolivia or Argentina where they had families or said that they had them, and others were still stuck there living, leaving it to fate, smoking on the corners, reading newspapers and ads stuck up on the walls, drinking bad vodka in the bars, playing cards and watching women who were prostituting themselves. Three of those were midgets and they were called the army. Shmuel Baruj smoke with them, told them jokes, and as it was rumored there, taught them some magic tricks to deceive their clients. When the midgets weren’t around (or they were, but on the job,) the man collected newspapers, helped out at bars, loaded food stuffs to carry to the grocery stores, played a game of soccer and let himself be embraced by a woman who cried every time she heard the name Abraham, who could be her father of her husband, but she never said anything and nobody worried about that. Those who had left the war didn’t open their mouths more than necessary. The said yes, no, it’s ok, I like it, perhaps later, no more. And the others understood: by standing up, drinking a beer or going as far as the wall where the ads were put, they had to. At times, the woman read ads, looked at the names crossed out and those not crossed out. And while was looking, she was sticking out her tongue and chewing it a little. The she moistened her lips and went out to walk with her hands put between the pockets of her apron, since she always wore an apron and had a bit of bread that she nibbled. With her, Shmuel danced the tango, day and night. until he saw her get on a truck that would take her to the port and then to Israel, which had been founded and was receiving people from the camps. The woman was carrying a yellow suitcase and a flag, and she sat between two men who seemed to be asleep. Earlier, Shmuel Baruj hadn’t wanted to register with the Jewish Agency, assuring them that a sister was seeking a visa for him to Argentina. He lied and the woman who was crying, shrugged her shoulders. She wasn’t ugly, she looked good in her cloths and stockings folded over at her ankles, the apron gave her a very clean appearance, her hands were fine and she had very round eyes. But she cried and the tears went on for an afternoon and at times into the night. After the war, other small wars followed, and in one of them, Shmuel Baruj obtained a passport from the Red Cross. Stateless, it said on it. And that was fine, a stateless person doesn’t have a history.                                                                                                                                                      It was intensely hot when Shmuel Baruj stepped onto Puerto Colombia. Blue landscape of many tones, black men and women, houses with white walls, small markets of fruits and dried meats, Americans in linen suits and Panama hats, small boats entering and leaving the port and the bay, nuns walking in line toward some convent, and he, there, thinking that nobody would speak German or Yiddish in that place where he arrived, just because, as if a dybbuk[1] had taken his legs and thrown him in the air until he fell into the packet boat where he arrived. The fact was that he was already in Puerto Colombia, and he liked the sound of the name of the city, he liked the fact that he was in the Caribbean, he liked the face of the fat woman who was behind the policeman who stamped his passport. He liked everything because whatever might come, would be winnings, including having to leave again if things got complicated. He had known about mosquitos, fevers, snakebites, delirium because an excess of sun, of jungles that eat up men and their canoes because the rivers widen and close up like a mouth. They told him things that seemed to come from books, and he only smiled. And he was already here. He ended up in a small hotel that smelled like oil paint, in a room with a fan that moved the air poorly and had a window facing an a field of red dirt. And there, he fell asleep with his shoes on, hugging one of the suitcases.                                                                                                  A full week, taking the sun, eating bocachico fish with fried bananas, Shmuel Baruj spent in Puerto Colombia. In the hotel, he exchanged some dollars for pesos, he had sex with black woman with large hips and met a German doctor, who turned out to be a mere nurse, and instead of working in a hospital, he owned a banana farm and, every once in a while, came into the port to collect merchandise and correspondence, so he said. The big-hipped black woman introduced them and the German who was small and fat and had arrived a year before the war, and wrote for Schmuel, in a notebook, a hundred words in Spanish. Among them were vulgarities, in case they step on you or push you, he told him. And he never saw him again, because two days later, Shmuel Baruj took a bus toward Barranquilla, and he found a pension near where the bus left him. There he used two words in Spanish: sleeping, eating. He was attended by a mountain woman who didn’t stop laughing, with her hands full of bracelets and her nails very red. She wanted to help him with the suitcases, but Shmuel Baruj didn’t permit it. At the rear of the pension, in a patio with yellow tiles, some birds with large beaks, enclosed in a cage, picked at a fat plantain. This pension smelled of cumin, and from somewhere trumpet music could be heard. The sun was striking with fury against the windows.                                                                                                                                                               In the room, where, besides the bed and a basin, a pitcher of water and a glass on the night table, a lightbulb was hanging from the ceiling, a stool with a towel on it and a fan that turned slowly without cooling, there also was an almanac from Aguila beer, and a picture from a magazine, framed, of a woman by the side of a swimming pool. Shmuel Baruj smiled: the world is many things. He took off his jacket, his shirt and shoes. Then, he took one of the suitcases and opened it on the bed: it contained screwdrivers, small pliers, brads, screws, a few fine hammers, a pair of rulers, a thermometer and two test tubes, accompanied by little bags of aniline dye. Here is my trade, he said to himself. He drank a little water and opened the other suitcase: a pair of shirts, an overcoat that he wouldn’t use in this heat, several sets of underwear and socks, three pairs of pants (one for work,) a wallet with dollars and marks, a book of the Zohar[2] that he’d never read because it was in Aramaic, a siddur[3] with greasy pages, a small shaver, A set of combs, a Ronson cigarette lighter, a pair of color coordinated shoes, a clarinet, The Brothers Karamazov in German, three photographs of his family and some unopened letters. And here I am, I am the only thing left, he murmured. He went to the stool, sat down and looked at the almanac: April 5, 1952. The fan that was moving in the ceiling didn’t cut through the hot air. From under the door, the trumpet music was coming in and the laughter of the woman who had attended was heard. Shmuel Baruj began to pray, he wiped his forehead with a handkerchief and felt the sweat. From here on, amen to everything, he said to himself. He got up from the stool and looked at himself in the mirror. He didn’t look bad with the hat was wearing.

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[1]  Small spirit from Eastern European Jewish folklore.

[2]  The Book of Splendor, written by Moshé de León, in Spain, in the thirteenth century.

[3] Prayer book in Hebrew.

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Translation by Stephen A. Sadow

 

 

 

Alberto José Miyara–Cuentista y poeta judío-argentino/Argentine Jewish Short-story Writer — “Miguel y su violín milagroso” — un cuento sefardí/ “Miguel and his Miraculous Violin” — a Sephardic short-story

 

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Alberto Miyara/Avraham ben Yosef

Alberto Miyara (Rosario, 1960) es un escritor argentino de origen judío sefardí.
Su principal interés es la narrativa corta, en la que experimenta con el
humor, el absurdo y los juegos de lenguaje. También ha escrito poesía para
niños y adultos, ha traducido entre el castellano y el catalán y ha
realizado trabajos de lexicografía.

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Alberto Miyara (Rosario, 1960) is an Argentine writer of Sephardic Jewish origin. His principal interest is the short narrative, in which he experiments with humor, the absurd and language games. He has also written poetry for children and adults, has translated between Spanish and Catalan and has done studies in lexicography.

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“Miguel y su violín milagroso”

“Una capa de gitanos’ era, según mi madre, una expresión adecuada para describir un lugar desordenado y maloliente, producto de una indecible dejadez. Más tarde, a partir de mi relación más amistosa con una encantadora viuda gitana, visité asiduamente el campamento de su tribu, en el Barrio San Francisquito, y comprobé que esas ideas eran absolutamente falsas. Si es verdad que la mayoría de los gitanos viven en carpas; tan cierto como que los italianos viven en departamentos, y sin embargo nadie dice un “un departamento de italianos”. Por otro lado, en los meses fríos una carpa era adecuadamente calefaccionada es mucho más acogedora que un departamento.

Pero el tema no son los prejuicios raciales de mi madre, ni de mis amoríos con una zingara, sino una persona que conocí a raíz de estos últimos. Se hacía llamar Miguel, sin aclarar si era su nombre, su apellido, o ambos, y hablaba con este acento indefinible de quien en su vida ha debido transitar por muchas lenguas. Lo conocí una tarde, estando de visita en el campamento, cuando al pasar junto a una carpa individual sentí una música de violín en su interior. Parándome a la entrada batí de palmas; la música se interrumpió y al rato salió un gitano de pelo canoso y ojos celestes. Le expliqué mi presencia en ese campamento y le expresé mi admiración por lo que estaba tocando.

-Este violín es milagroso-dijo, y me invitó a pasar.

-¿Qué tiene de milagroso?

-Ya lo vas a saber. ¿Qué te gustaría que toque?

Czardas de Monti.

Hizo un gesto de desaprobación.

Czardas de Monti no es una música auténtica. De hecho, Monti ni siquiera era gitano. Escuchó una melodía en la pueszta húngara, la endulzó y la vendió como música gitana. Pero no es auténtica. En cambio, escuchá éstas.

Me tocó varias piezas muy breves, hermosas y chispeantes, pero para mí indistinguibles de las Czardas de Monti. Se le dije.

-Lo que pasa es que vos no sos gitano. Pero díceme: ¿Vos dirías que genuinamente porteños los tangos de Malando?

-¿Quién es Malando?

-Malando es Ari Maasland, un holandés que sin haber estado nunca en la Argentina se puso a escribir tangos. Y escuchá lo que le salió.

Me tocó varios, pero yo los encontraba perfectamente porteños. Entonces me hizo un gesto de “Con vos no hay manera’, y después, como vio que yo miraba la hora, me tendió la mano.

-Volvé cuando quieras. Miguel.

 

No tardé en romper con Selene, la viuda. Nuestra relación no tenía futuro, como no fuera el que continuamente me leía en los naipes de tarot ajados. Nuestros hijos no habrían aceptado conocerse, incapaces de franquear la barrera del prejuicio. Lo único en concreto que teníamos en común era el interés por los autos: ella se dedicaba a comprarlos y venderlos, yo a coleccionar ejemplares clásicos. Pero cuando ella entusiasmada me comentó que había encontrado un comprador para mi Camaro 59, quedó claro que esa afinidad era más que una forma que de fondo.

Así que nos separamos, pero volví a pasar por lo de mi amigo el músico, porque ha quedado un tema pendiente.

 

-Miguel, ¿Por qué es tan milagroso tu violín?

Cerró sus ojos y, se puso a tocar y decir “¡Vuelo, vuelo!”. Aunque tocaba bien a ciegas, lo cual para mí es un gran mérito, lo cierto es que en ningún momento se despegó al cielo. A lo mejor hablaba metafóricamente, pero entonces ya no se trataba de un milagro.

Así y todo, me resultaba una conmovedora simpatía, y haciéndose caso a sus palabras, volví a visitarlo cada vez que quise.

A menudo yo le llamo desde afuera y Miguel me gritaba que esperase. Después, cuando me hacía pasar, lo veía en compañía de alguna muchacha con evidentes signos de vestir. “Fulanita, mi cuñada”, decía invariablemente; a mí resultaba sospechoso que en la familia de Miguel fueron semejante manga de cornudos. Paulatinamente fui cayendo en la cuenta que esas “cuñadas”, adecuadamente coordinadas por Miguel, constituía su principal fuente de ingresos.

 

-¿Por qué es milagrosa tu violín?

-Ya son varias generaciones que tocan este violín en mi familia. Ya son varias generaciones extraordinariamente longevas.

-¿Cuántos años tenés, Miguel?

-Muchos y pocos. Muchos, para vos. Pocas, para mi linaje. Ya soy bisabuelo y todavía soy bisnieto. La muerte se va filtrando, pero el proceso se puede hacer infinitamente lento. Hay varias maneras. Una de ellas es la música.

Desde hace varias generaciones, los varones de familia no bajan de los 160 años.

Así dicho, era realmente milagroso. Pero no podía presentar un solo documento que lo probara.

Cuando Miguel tocaba algo, lo situaba geográficamente, invariablemente resultaba que él había estado en esos lugares. Aparentemente conocía Europa Central como la palma de su mano, pero también Oriente, África. Australia. . .

 

Un día tocaba la canción hindú de Rimsky-Korsakov.

-¿También, estuviste en la India?

-Claro que sí; ¿no sabés que los gitanos venimos de allí?

-Sí, pero eso qué tiene que ver. Los judíos venimos de Israel, sin embargo, yo nunca estuve en Israel.

-Ah, pero yo sí. Viví dos años en Haifa.

Era insufrible.

Un día se me ocurrió preguntarle:

-Después de todo, ¿Vos, de dónde sos?

-Alguna vez tuve un documento donde figuraba mi ciudad natal.

-¿Y cuál era?

-Ya no me acuerdo,

-¿Qué pasó con el documento?

–Me lo confiscaron los Nazis en Auschwitz.

También ha habido en Auschwitz.

-Y decíme, ¿tu gente no se acuerda?

-Acordarse. . . Dicen que soy de Timishoara, en Rumania. Es lo que se dice. También dicen que mi violín es de Cremona.

-Así que ésa era la magia del dichoso violín? Aquella tarde llevé a la carpa de Miguel un cajón de cerveza, y cuando lo tuve bien borracho lo dejé en un rincón y me abalancé sobre el instrumento.

Valiéndome de una linternita, espié ansiosamente por las aberturas de la caja, a búsqueda de las letras A. S. No estaban. No era un Stradivarius. Siempre sospeché que había sido un truco de Miguel para emborracharse a costa mía.

 

-Miguel, por última vez: ¿por qué es milagroso tu violín?

-Bueno, mirá. Vos estuviste escuchando este violín toda la tarde, ¿no?

-Sí.

-Ahora decíme, ¿cuál de mis cuñadas te gusta más?

-Y . . .la Zulema.

-Mañana va ser tuya.

Al día siguiente en efecto Zulema me hizo el amor. Pero como todas las demás cuñadas ya se habían acostado conmigo, lo realmente milagrosa habría sido que Zulema no lo hiciera.

 

Lo de las giras, surgió de casualidad, una tarde esplendorosa de domingo, que no valía la pena pasarla en una carpa.

-¿Vamos al arroyo? – sugerí.

-¿Llevamos el violín?

-¿Por qué no?

Cuando llegamos al Saladillo, Miguel dijo que le recordó un riacho de Bohemia y empezó a tocar una melodía. Alguna gente que paseaba con sus chicos se puso en círculo, después aplaudieron y tiraron plata. A nosotros no nos hacía falta; a los dos sobraba dinero. Por eso decidimos donar al Hogarcito Don Bosco esa imprevista recaudación.

 

Muchos otros domingos salimos, nos hicimos de plata y donamos. Esas cantidades no despreciables, sobre todo cuando en lugar de aquellos barrios, nos fuimos acercando más al centro. Un día llegamos hasta el Parque Urquiza, y en toda la tarde reunimos lo equivalente al suelo de un profesional. Un policía quiso llevarnos por vagabundismo, pero Miguel lo disuadió tocándole esa canción que dice “Por eso soy de Newell’s Old Boys”.

Cuando llegábamos al Hogarcito y entregábamos el efectivo, Miguel solía decir que ésa era la única acción buena que había hecho en su vida. Quiero creer eso le habrá servido de último consuelo la tarde que, a pesar de su anunciada longevidad, Miguel se murió.

 

Al entrar el campamento noté algo raro. Aunque era un payo, la gente ya se había acostumbrado a verme, primero con Selene, últimamente con Miguel. Pero ahora venían hacia mí y señalaban.

-A vos, a vos.

-¿A mí qué?

–Miguel quiere verte.

-¿Qué pasa?

-Se está muriendo.

Entré la carpa con una desesperada urgencia.

–¡Miguel!

 

Sus ojos saltones estaban completamente abiertos. Como los de un alucinado, y se movían en todas direcciones. Su voz era ronca, casi inaudible.

-El violín . . .

“Los niños y los locos dicen la verdad”, recordé de mi abuela. Miguel era un poco niño y sumamente loco, pero recién ahora, a las puertas de la muerte, me iba a decir la verdad. Desesperado, me volví hacia la gente.

-Un grabador -pedí.- Traigan un grabador a pila-. Si me iba a relevar el milagro no podía correr riesgos. Sus palabras finales podían ser en rumano, en húngaro, o en macedonio. Lo importante era registrarlo, ya encontraría alguien quién me lo tradujera.

-El violín . . .  -repitió mientras un joven irrumpía en la carpa con el grabador.

Se lo arrebaté y lo puso junto a la boca de Miguel.

-Sí . . . ¿el violín . . .? – imploré.

-Te lo puedes quedar-dijo, y sus ojos se quedaron inmóviles.

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“Miguel and his Marvelous Violin”

“A gypsy dump” according my mother, was an adequate expression to describe a disordered an ill-smelling place, product of an unspeakable neglect. But later on, because of my most friendly relation with an enchanting Gypsy widow, I visited assiduously the camp of her tribe, in the Barrio San Francisquito, and I confirmed that those ideas were absolutely false. If it is true that the majority of Gypsies live in tents; it is equally true that the Italians live in apartments, but nobody says an apartment of Italians.” Furthermore, during the cold months, a tent sufficiently heated is much more inviting than an apartment.

But the point I’m making is not about the racial prejudices of my mother nor my love affair with a gypsy, but rather a person that I met as a result of all that. He was called Miquel, without making it clear whether it was his first name, his last name or both, and he spoke with that undefinable accent of someone who, during his lifetime, had had to pass through many languages. I met him one afternoon, while visiting the camp, when passing close to a single tent, I heard violin music coming from inside. Stopping in front of the entrance, I clapped my hands: the music stopped, and a while later, a gypsy with gray hair and light-blue eyes came out. I explained my presence in that camp and I expressed admiration for what he was playing. “This violín is miraculous, he said, and he invited me to come inside.

“What’s miraculous about it?”

“You’ll know soon. What would you like me to play?”

Czardas by Monti.”

Czardas by Monti isn’t authentic music. In fact, Monti was’t even a gypsy. He heard a melody in the Hungarian pueszta, He sweetened it and sold it as gypsy music. But, listen to these.”

He played several very short, beautiful, scintillating pieces, but for me indistinguishable from the Czardas by Monti. I told him so.

“That’s because you aren’t a gypsy. But tell me: would you say that the tangos by Malando are genuinely porteños.

“Who is Malando?”

“Malando is Ari Maasland, a Dutchman, who, without ever been in Argentina began to write tangos. And listen to what what happened.”

He played a few for me, but I found them perfectly porteño. Then he gestured to me, “what can I do with you?” And then, when he saw that I was looking at his watch, he reached out his hand to me:

“Come back whenever you want. Miguel.”

 

I didn’t take long to break up with Selene, the widow. Our relationship didn’t have a future, as wasn’t what she   continuously read for me in some worn out tarot cards. Our children wouldn’t be accepted by others, unable to clear the barrier of prejudice. The only real thing that we had in common was an interest in cars: she dedicated herself to buying them and selling them, I to collecting classics. But when she excitedly told me that she had found a buyer for my ’59 Camaro, it became clear that that affinity was more of form than of depth.

So, we separated, but I once again stopped by my friend the musician, because a matter remained pending.

 

“Miguel, why is your violin so miraculous?”

He closed his eyes, and he began to play and said: “I fly, I fly!” Although he played well with his eyes closed, which for me is a great feat, what is for sure is that at no time did he take off for the sky. Perhaps he was speaking metaphorically, but then, it no longer had to do with a miracle. Even so, it caused me such poignant sympathy that I went back to visit my friend, whenever I felt like it.

 

Often, I called from outside and Miguel would yell to me to wait. Later on, when he let me enter, l saw in in the company of some girl, evidently getting dressed. “Juana, my sister-in-law,” he invariable said to me; it seemed suspicious to me that in Miguel’s family there was such a mob of cuckolds. Suddenly, I realized that those “sister-in-law,” managed by Miguel, constituted his principal source of income.

 

“Why is your violin miraculous?”

“There are already have been many generations of my family who played this violin. There have been several generations of my family extraordinarily long-lived.”

“How many years have you been alive, Miguel?”

“Many and few. Many for you. Few for my lineage. I’m a great-grandfather and a great-grandson. Death goes on filtering, but the process may be infinitely slow. There are several ways. One of them is music.

For several generations now, the men of the family are not less than 160 years old.

Said that way, it was really miraculous. But he couldn’t produce even one document to prove it.

 

When Miguel played something, he would place it geographically, invariably it happened that he had been in those places. Apparently, he knew Central Europe like the back of his hand. Also, the Orient Africa, Australia. . .

One day, he played the Hindu Song by Rimsky-Korsakov.

“You were in India too?”

“Of course: didn’t you know that the gypsies come from there?”

“Yes, but what has that to do with it. We Jews come from Israel, nevertheless, I’ve never been in Israel.”

“Ah, but I have. I lived in Haifa for two years.”

He was insufferable.

One day, it occurred to me to ask him:

“After all, where are you from?”

“Once, I had a document that listed my native city.”

“I don’t remember anymore.”

“What happened to the document?”

“The Nazis confiscated it from me in Auschwitz?”

He had also been in Auschwitz.”

“And tell me, your people don’t remember?”

“Remember. . . They say I’m from Timishoara in Romania. That’s what they say. They also say that my violin is from Cremona.”

“So that was the magic of the lucky violin? That afternoon, I brought a case of beer to Miguel’s tent, and when I had him very drunk, I left him in a corner, and I threw myself on the instrument.

And with the help of a small flashlight, I anxiously spied though the apertures of the violin, looking for the letters A. S. It wasn’t a Stradivarius. I always suspected that it was a trick by Miguel to get himself drunk at my expense.

 

Miguel, for the last time: why is your violin miraculous?”

“Well, look, you were listening to this violin all afternoon, no?”

“Yes.”

“Now, tell me, which of my sisters-in-law do you like best?”

“Well . . .Zulema.”

“Tomorrow, she will be yours.”

The next day, indeed Zulema made love to me. But like all of the other sisters-in-law, she had already gone to bed with me: if she hadn’t done so, it would have really been miraculous.

 

As for outings, by chance, a splendid Sunday afternoon took place, when staying in the tent didn’t make sense.

“Let’s go to the brook?” I suggested.

“Should we bring the violin?

“Why not?”

When we arrived al Saldillo, Miguel said that it reminded him of a small river in Bohemia, and he began to play a melody. Some people, who were walking by with their children, formed a circle; later they applauded and they threw money. We didn’t need it; the two of us had more than enough money. So, we donated that unexpected collection to the Don Bosco Orphanage.

We went out on many other Sundays; we made money and we donated it. Those quantities weren’t insignificant, especially. when instead of those neighborhoods, we were approaching the center of the city. One day, we arrived at the Parque Urquiza, and in the entire afternoon, we collected the equivalent of a professional’s salary. A policeman wanted to arrest us for vagrancy, but Miguel dissuaded him by playing the team anthem that says “For that, I’m with the Newell’s Old Boys.”

When we arrived at the Orphanage and delivered the cash, Miguel used to say that that was the only good deed that he had done in his life. I want to believe that would have served his as a final consolation the afternoon that, despite his proclaimed longevity, Miguel died.

Entering the camp, I noticed something strange. Although I was a payo, the people had become accustomed to see me, first with Selene, recently with Miguel. But now the came toward me and signaled.

“To you. To you.”

“To me, what?”

“Miguel wants to see you.”

“What happened?”

“He’s dying.”

With a desperate urgency, I entered the tent.

“Miguel!”

 

His bulging eyes were completely open. Like those of someone hallucinating, and they moved in every direction. His voice was hoarse, almost inaudible.

“The violin. . .”

“The children and the crazy tell the truth,” I remembered my grandmother saying. Miguel was a little bit child and extremely crazy, but just now, at the doors of death, he was going to tell me the truth. Desperate, I turned toward the group.

“A tape recorder,” I requested. “Bring me a battery powered tape recorder.” If I was to reveal the miracle, I couldn’t take chances. His final words could be in Rumanian, Hungarian or Macedonian. The important thing was to record it. Later, I would find someone who could translate it for me.

I grabbed it for, and I put it close to Miguel’s mouth.

“Yes. . .the violin. . .? I implored.

“You can keep it,” he said, and his eyes stopped moving.

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Translation by Stephen A. Sadow