“Reading the Infinite”/”Leer el Infinito” — A Book of Poems by Jenny Asse Chayo, Mexican Jewish Poet/Un libro de poemas de Jenny Asse Chayo, poeta judío-mexicana — Translated into English from the Spanish by Stephen A. Sadow and J. Kates/ Traducido al inglés por Stephen A. Sadow y J. Kates

Jenny Asse Chayo — Early Poems
Jenny Asse Chayo – Poems

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Asse Chayo, Jenny. Reading the Infinite: Jewish Poetry from Mexico. Translated by Stephen A. Sadow and J. Kates. Westborough, Massachusetts: Pendulum Press, 2020. 150 pp.

Available por Amazon. Disponible por Amazon.  Reading the Infinite

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Cover1

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The book can only be written around the book.

Everything was created from time out of memory,

We have inherited the responsibility to give names.

“I prefer to keep quiet.”

“If you keep quiet, things stay in their savage state,

there will be nothing to hold them in.

The Adamic word contained the essence of things>’

“Adam, by naming, found imperfection.

The imperfection of sharing the named,

scarcity if the other,

the gap is always love.

 

“God is Hospitable.”

He weaves an invisible thread into our names.

He narrates the story having lost his voice.

He hides behind His Book, throbbing.

 

To read is to be broken into pieces.

To interpret the meaning of the Infinite.

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El libro sólo puede escribirse alrededor del Libro.

Todo ha sido creado desde un tiempo inmemorial,

hemos heredado la responsabilidad de dar el nombre. –

-Prefiero callar.

–Si callas, las cosas permanecerán en su estado salvaje,

no habrá nada que las contenga.

La palabra adánica contenía la esencia de las cosas.

–Adán, al nombrar, encontró la falta.

La falta para compartir lo nombrado,

carencia del otro,

el hueco siempre es el amor.

 

–Dios es solidario.

Se teje en nuestros nombres como hilo invisible.

Narra la historia desde su afonía.

Se esconde detrás de Su Libro, palpita

 

Leer a Dios es fragmentarse.

Interpretar el sentido del Infinito.

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The book can only be written around the book.

Everything was created from time out of memory,

We have inherited the responsibility to give names.

“I prefer to keep quiet.”

“If you keep quiet, things stay in their savage state,

there will be nothing to hold them in.

The Adamic word contained the essence of things>’

“Adam, by naming, found imperfection.

 

The imperfection of sharing the named,

scarcity if the other,

the gap is always love.

 

“God is Hospitable.”

He weaves an invisible thread into our names.

He narrates the story having lost his voice.

He hides behind His Book, throbbing.

 

To read is to be broken into pieces.

To interpret the meaning of the Infinite.

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Paula Varsavsky — Novelista, cuentista y traductora judío-argentina/Argentine Jewish Novelist, Short-story Writer and Translator — “Cúpula dorada” “Golden Dome”

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Paula Varsavsky

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“Cúpula Dorada”

No bien vi la cúpula dorada que se asomaba por encima de la Ciudad Vieja, lo supe: mi abuela nos había regalado un juego con piezas de madera para armar la Ciudad Vieja de Jerusalén.

Lo armamos decenas de veces en un cuarto de la casa de mis abuelos en la Avenida Libertador. El departamento al que yo hubiese querido mudar, sin mi abuela Elsa, claro. Muchas veces le preguntaba qué tal si nos cambiaba de casa, nosotros íbamos a vivir allí y ella a la nuestra. El cuarto donde armábamos la Ciudad Vieja era el que había sido de mi tía. Teníamos las piezas guardadas n una caja y había también una lámina que poníamos debajo. Debía indicar dónde iba cada parte. También traía las murallas.

Yo no sabía nada sobre Israel y muy poco sobre el judaísmo. Mi hermano y yo lo amábamos. Siempre jaqueada por la mirada inquisidora de mi hermano que me decía que pronunciaba mal las palabras o me preguntaba datos que yo jamás sabía contestar. Me llevaba cinco años. Y digo que me llevaba porque ahora no me lleva años y yo tampoco a él. A partir que se fue a vivir a China, no supe más de su vida y de eso va ya diez años. Que se fue a China, sí, suena a un chiste pero es verdad. Allí parece que se casó con una china inclusive. Nada extraño, ya que hay tantas. Aquí también hay chinitas, no sé para qué se fue a buscarla tan lejos, decía un amigo de mi mamá.

“Israel es como un pedacito”, me dijo una vez mi abuela. Señalaba una franja del tapizada del auto de ellos. Le decían el automóvil. Yo pensaba en su batimóvil. “Y los árabes tienen todo esto”, pasó la mano por el resto del tapizado del auto. La debo hacer mirada con cara de qué me importa. Para mí, eso no tenía ningún significado. Mis padres nunca me habían hablado de Israel. Mi abuela siempre intentaba inculcarme algo que yo evitaba todo lo podía. Insistía tanto que yo no sabía de qué hablaba, lo único que me rogaba internamente era que no insistiera más.

Mi abuela comentaba que mi tía había ido a Israel, pero no había entendía nada. Se lo había pasado planchando camisas en un kibutz. Una vez también me dijo que nos había hecho socios del Club Hebraica. No recuerdo haber ido, creo que alguna vez vi un carnet de ese club mientras revolvía los cajones del escritorio de mi hermano. Los papeles bajaban y subían mezclados con lapiceras, revistas pornográficas y cables. Después mi abuela me aclaró que seguramente, mamá no había seguido pagando las cuotas.

Algunos años festejamos Año Nuevo Judío, comíamos guefilte fish, un budín hecho de tres pescados, rodeado de gelatina de pescado con zanahorias y pedacitos de perejil adentro. Después venía la sopa con bolas de matzah; por último, pollo al horno con papas y batatas. Cenábamos en el comedor de la casa de mis abuelos. Tenía que ir bien vestida. Cuando llegaba, mi abuelo, con sus bigotes y sus anteojos, me decía, “Cada vez estás más linda”.

Las cenas eran tensas; por lo general, terminaban en irremediables ofensas entre mamá y la abuela. Elsa relataba en detalle su periplo por las pescaderías en busca de los pescados adecuados para la preparación de la comida. Se refería a la consistencia de cada uno, y cómo se combinaban, a cómo reemplazaban en Buenos Aires los que habían usado en Ucrania. También contaba sobre la búsqueda de jrein, compañero infaltable del guefilte fish.  Siempre nos avisaba que era picante. A mi hermano y a mí nos ponían grandes vasos de agua que miraban con deprecio. Según mis abuelos, hacía mal tomar tanta agua durante las comidas. Eran situaciones a las que nadie entendía cómo se llegaba, y menos aún, cómo se salía de ella. A veces se interrumpían por la mitad, a veces en el segundo plato. No sé qué había de postre, no creo que llegáramos.

El comedor era grande, con puertas corredizas. En una de las paredes tenía un empapelado de fondo gris donde aparecía dibujada, en forma mu sutil, una gran cena. Mi abuela Elsa lo explicaba para quienes no entendían o no veían. Había una amplia mesa de color caoba y sillas estilo inglés. Las cortinas eran de una seda gruesa color azul claro. Todo relucía. Primero nos sentábamos un rato en el living a conversar. En algún momento, Elsa anunciaba que teníamos que pasar al comedor. Había otros invitados, parientes o amigos de mis abuelos. Mi abuela tenía muchos hermanos, era a la menor de once, había nacido cuando su madre tenía cuarenta y siete años. Desde Rusia habían ido a la provincia de San Juan. Algunos todavía vivían allí: Abrasha, Menasha, Liuba, Sasha y otros más.

Para mí, el ruso era un idioma judío, lo mismo que los barenikes de guindas de papas. Mi abuela amaba el ruso, nos lo enseñaba a mi hermano y a mí. Del yiddish no había oído hasta que mi abuela me dijo que entendía algo de holandés porque tenía cierta semejanza con el alemán que ella había aprendido durante su estadía en Alemania antes en embarcar en Hamburgo hacia la Argentina, y además se parecía al yiddish.

Mi abuela paterna también era judía, pero con ella nunca festejamos fiestas judías. Papá era anti-religioso por definición: todo lo que oliera  a religión le disgustaba. Lo único que me contó fue que, de chico, había leído un a versión de la biblia judía adaptada para niños. Mamá deslizaba, de vez en cunando, un comentario sobre algo judío. Parecía detenerse solamente en el miedo a los nazis, en su infancia, teñida del temor a que llegaran a la Argentina. Todo lo alemán le disgustaba y no iba más allá de eso.

Cierta vez, mientras almorzamos con mi abuela en el comedor diario de la casa, le dije que no entendía qué era ser judío.  Además, me parecía que serlo no era intrascendente. Me contestó que algún día me dirían “judía de mierda” o algo por el estilo, entonces, mi opinión cambiaría. Me contó que ella había asistido a una escuela alemana en San Juan. “Me mandaron allí porque cuando llegamos a la Argentina hablaba ruso y alemán, no sabía castellano. Muchas veces me dijeron muy bien castellano, tan bien que se nota es aprendido”.  Luego relató la historia de su compañera de banco: un día le anunció que no se sentara más a su lado, el papá le prohibió sentarse con una judía”.

Mi abuela había conocido la forma en que se trataba a los judíos en Rusia. Otra palabra que me enseñó fue pogrom. Alguna de sus hermanas o tías había sido violada en un pogrom, un levantamiento espontáneo en contra los judíos. “Salir a matarlos así porque sí”, me explicaba. “Y violar a sus mujeres”.

Una vez acompañé a mi abuela durante la tarde en el Día del Perdón. Preparó una comida que, me dijo, empezaríamos a comerla cuando saliera la primera estrella. Ella a veces ayunaba y otras no, dependía de cómo se sintiese. Para ese entonces, las celebraciones del Año Nuevo Judío “en familia” ya habían terminado. Finalizaron luego de la muerte de mi abuelo, cuando yo tenía tres años.

Mi interés por conocer Israel vino mucho más tarde, por una amiga israelí. Nada de lo que me habían dicho en mi familia había despertado interés: era un lugar remoto donde iba gente que había asistido a actividades de las que apenas había oído hablar, a clubes cuyos nombres escasamente me sonaban conocidos como Acoaj o Macabi. Y aún más, a un idioma de que jamás, salvo en un casamiento de un pariente lejano o en un Bat Mitzvah, había oído alguna palabra.  Lugares a los que no había pertenecido.

Ni la religión ni la cultura judía me fueron inculcadas, salvo, por cierto, la cúpula dorada.

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“Golden Dome”

I barely saw the golden dome that stuck out above the Old City, I learned it: my grandmother had given us a game with pieces of wood for putting together the Old City of Jerusalem.

We put it together dozens of times in a room in my grandparents’ house on Libertador Avenue. That was the apartment to which I would have liked to move, without my grandmother Elsa, of course. I asked her many times how about it if we exchanged houses, we would go to live there and she to our place. The room where we built the Old City was the one that had been my aunt’s. We kept the pieces in a box and also had a metal sheet that we put underneath. It was supposed to indicate where each piece went. Also, it had the walls inside.

I didn’t know anything about Israel and very little about Judaism. My brother and I loved each other. I always harassed by the Inquisitorial gaze of my brother who told me I mispronounced words or asked me for bits of information that I never knew. He was five years older than. And I say that he was, because now he is not older than I nor I of him. Since he left to live in China, I didn’t learn much about his life, and that was already ten years ago. That he went to China, yes, it sounds like a joke, but it’s true. It appears that he even married a Chinese woman there. Nothing strange about that, since there are so many of them. Here too, there are little Chinese girls, I don’t know why he had to look for them so far away, a friend of my mother’s said.

“Israel is like a little piece,” my grandmother told me once. She pointed to the border of their car’s upholstery. They would say to her automobile. I would think of their Batmobile. “And the Arabs have all this;” she passed her hand over the rest of the car’s upholstery. I had to make a face showing that I didn’t care. For me, that had no meaning at all. My parents had never spoken to me about Israel. My grandmother always tried to inculcate something that I avoided to the best that I could. She insisted so much that I didn’t know what she was talking about, the only thing that I begged for inside was that she didn’t insist anymore.

My grandmother commented that my aunt had gone to Israel, but she hadn’t understood anything. She had spent the time ironing shirts on a kibbutz. Once, she also told me that we had become members of the Hebraic Club. I don’t remember ever having been. I think that once I saw a membership card from that club, when I was going through the drawers of my brother’s desk. The papers rose and fell, mixed with ballpoint pens, pornographic magazines and cables. Later on, my grandmother made clear that surely Mama had continued making the payments.

Some years we celebrated the Jewish New Year, we ate guifilte fish, a kind of pudding made from three different kinds of fish, surrounded by fish gelatin with carrots and little bits of parsley inside. Then, came the Matzah ball soup, and finally, roast chicken with potatoes and sweet potatoes. We ate in the dining room of my grandparents’ house. I had to go well-dressed. When I arrived, my grandfather, with his mustache and his eyeglasses, would say to me, “You get prettier every time.”

The dinners were tense; generally, they ended in irremediable offences between mama and grandma. Elsa retold in detail her journey through the fish stores in search of the proper fish for the preparation of the meal. She mentioned the consistency of each on, and how they were combined, how to replace in Buenos Aires those that they had used in the Ukraine. She also told of the search for herein, the required companion to guefilte fish. She always warned us that it was spicy. My parents gave my brother and me large glasses of water that they looked on with distain. According to my grandparents, it was harmful to drink so much water during meals. Nobody knew how these situations happened, nor, much less, how to get out of them. At times, they arose in the middle of dinner, at times during the second course. I don’t know what there was for dessert, I don’t think we ever got that far.

The dining room was large with movable doors. one of the walls was papered with a gray background on which a great dinner seemed to be drawn in a very subtle way. My grandmother Elsa explained it for those who didn’t understand of couldn’t see. There was an ample table of mahogany color and English-style chairs. The curtains were of a thick light-blue colored silk  Everything shined. First we sat in the living room to talk. At a certain moment, Elsa announced that we had to move to the dining room. There were other guests, relatives or friends of my grandparents. My grandmother had many brothers and sisters, she was the youngest of eleven, she had been born when her mother was forty-seven years old. From Russia, they had gone to the Province of San Juan. Some still lived there: Abrasha, Menasha, Liuba, Sasha and others.

For me, Russian was a Jewish language, the same as the varinikes of potato bits. My grandmother loved Russian, she taught to my brother and me. I hadn’t heard Yiddish until my grandmother told me that the understood a bit of Dutch because it had a certain similarity with the German that she had learned during her stay in Germany before embarking in Hamburg for Argentina, and, moreover, it seemed like Yiddish.

My paternal grandmother was also Jewish, but we never celebrated the Jewish holidays with her. Papa was anti-religious by definition, anything that smelled of religion disgusted him. The only thing he told me was that, as a boy, he had read a version of the Jewish Bible adapted for children. Mama slipped in, from time to time, a comment about something Jewish. It only had to do with her fear of the Nazis, in her childhood, tainted by the fear that they might reach Argentina. Everything German displeased, and it never went further than that.

Once, while were having lunch with my grandmother in the everyday dining room of her house, I told her that I didn’t understand what it meant to be a Jew. Moreover, being one didn’t seem all that important. She answered that one day they would call me “Shitty Jew” or something like that, then, my opinion would change. She told me that she had attended a German school in San Juan. “They sent me there because when we arrived in Argentina, I didn’t speak Spanish. Often I’ve been told that I spoke Spanish very well, so well that you can tell it was learned.” Then she told the story of her bench mate; one day they told her not to no longer sit by my side, her father forbade that she sit with a Jew.”

My grandmother had known way that they treated Jews in Russia. Another word she taught me was pogrom. One of her sisters or aunts had been raped during a pogrom, a spontaneous uprising against the Jews.” “To go out to kill Jews just because,” she explained to me. “And rape their women.”

One day I accompanied my grandmother during the evening of the Day of Atonement. She prepared a meal, she told me, that we would begin to eat when the first star was seen. Sometimes, she fasted, others no, it depended on how she felt. By that time, celebrations of the Jewish New Year had already stopped. They ended with the death of my grandfather, when I was three.

My interest in knowing about Israel came much later, through an Israeli girlfriend. Nothing said in my family had awakened an interest; it was a remote place where people would go who had attended activities of which I’d hardly heard spoken, to clubs like Acoaj or Macabi. And even more, with a language of which, except in wedding of a distant relative or in a Bat Mitzvah, had I heard a word. Places to which I had not belonged.

Neither the religion nor the Jewish culture we inculcated, except, for sure, the golden dome.

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Libros de Paula Varsavsky/Books by Paula Varsavsky

 

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Moico Yaker — Artista judío-peruano/Peruvian Jewish Artist — Sobre “Teniendo problemas para rezar” “On Having Trouble to Pray”

 

Moico Yaker Editadas (3)
Moico Yaker

Moico Yaker’s Website

Moico Yaker

Moico Yaker nació en Arequipa, Perú in 1949. Estudió Arquitectura en la University of Miami (EEUU), También estudió literatura, filosofía e historia en la Universidad Hebrea de Jerusalem. Fue a la Escuela de Dibujo y Pintura “Byam Shaw” en Londres y a la École National Supérièure de Beaux-Arts, Paris.

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Moico Yaker was born in Arequipa, Peru, in 1949. He studied Architecture at the University of Miami, Miami, Florida, He also studied literature, philosophy and history at the Hebrew University in Jerusalem. He attended the “Byam Shaw” School of Drawing and Painting in London and the École National Supérièure de Beaux-Arts in Paris.

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“Tener problemas para orar” es una serie continua de sesenta dibujos que representan a un adorador cuya crisis existencial asume dimensiones inesperadas y a veces fantásticas.

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SOBRE “TENIENDO PROBLEMAS PARA REZAR”

Una mañana en Tel Aviv, decidí que la única forma en que podía orar era salir a las calles en busca de una persona religiosa que me obligara a hacerlo. Necesitaba sentir que las rayas de cuero del tefilín apretaban mi piel para precipitar nuevamente de mi corazón el fluido de las emociones que una vez me calentaron los días. Paseé por las calles de Bnei Barak infructuosamente durante unos días, pero no pude encontrar lo que estaba buscando. “Tener problemas para orar” comenzó allí, donde la representación intenta cumplir el mismo acto de orar. . .o de “no rezar”. Un ritual matutino de rayas de tinta en la piel del papel.

Ese día dibujo mi oración mientras mis dedos, enredados en rayas, corren como sangre tan negra como un toro furioso. A la mañana siguiente, mientras dibujaba mi lectura de las palabras santas, son cálidas, como el gato de mi hija acariciando mi pierna. Pero debo concentrarme y trato de encontrar una mejor posición para leer mis oraciones. Me paro en un brazo. Puse el libro en el suelo y lo leí doblado. Pero luego un olivo comienza a crecer de mis dedos, y lo aprieto en mi brazo para dejar claros signos de mi devoción. Al día siguiente, el arbusto ha crecido profusamente, ha florecido. Cuando escuché un zumbido y vi que un grupo de insectos se había unido a mí, cantando al unísono, combinamos nuestras voces y vi cómo sus alas estampadas y las rayas negras alrededor de mi brazo se veían iguales. “Todos debemos ser judíos”, dije. Luego comenzaron a llegar pájaros más coloridos y loros de la jungla, que se acomodaron en el árbol que crecía lentamente de mi cuello. Estaba tratando de repetir solemnemente esas palabras que en un trueno unen todas las cosas en una. . . Pero mi cuerpo ahora se sentía tan ligero como un susurro y podía escuchar a todos mis invitados, algunos silbando y otros chillando en el dosel al ritmo de las letras hinchadas de tinta que no había podido leer. Volví a mirar mi libro de oraciones y noté cuán blanco y desprovisto de tinta se había vuelto mi cuerpo sentado. . Me estremecí en mi transparencia, haciendo que todos los pájaros e insectos de tinta negra saltaran en un trueno de la página blanca, volviéndome una vez más al vacío del día. Pero a la mañana siguiente había crecido un limonero donde aún se podía oír el divino grito. tratando de leer n mandarinas. . . Todos éramos judíos y comenzamos a cantar una canción. Tenía que poner fin a todas estas distracciones banales y concentrarme en mi propósito: tenía que liberar mis oídos y mis ojos, esperando alguna respuesta. En silencio, comencé a envolver las filacterias negras y devolverlas a sus pequeños hogares. En el camino, las rayas de tinta negra surgieron abruptamente de la página blanca y comenzaron a girar y girar caprichosamente, recordándome todos los lugares donde habían estado. Un brazo vacío, mi cabeza desnuda, pájaros cantando sobre el amor, un toro furioso, una flor abierta, un ciervo ciego, todos ellos repetidos incansablemente, en blanco y negro, cómo los árboles, pájaros y montañas, nubes y lluvia, se regocijaban en su recreación; un caos organizado en el que las cabezas y los brazos estaban agrupados en patrones de líneas negras que cobraron vida en cantos piadosos.

Me aparté, notando cuán ansiosamente se reproducían. Estaba sudando tinta negra en mi piel de papel blanco. La intensidad de su devoción los había hecho sólidos, como el canto de toda una sinagoga; mi propia voz ya no se podía escuchar. Me escondí dentro de mi chal de oración, deseando el silencio de una respuesta. Hoy mi piel de papel es blanca otra vez, el espacio vacío que refleja esa hora devota en Tel Aviv. No hay respuestas en su superficie, solo la vanidad de otro lunes por la mañana y un leve recuerdo de mi sueño.

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“Having trouble to Pray” is an ongoing series of sixty drawings that depict a worshiper whose existential crisis assumes unexpected and sometimes fantastical dimensions

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“ABOUT: HAVING TROUBLE TO PRAY”

That day I draw my prayer as my fingers, entangled in stripes, run like blood as black as a raging bull. The next morning as I draw my reading of the saintly words, they are warm – like my daughter’s cat caressing my leg. But I must concentrate, and I try to find a better position to read my prayers. I stand on one arm. I put the book on the floor and read it bending. But then an olive tree starts to grow from my fingers, and I squeeze it on my arm to leave clear signs of my devotion. By the next day the bush has grown profusely, it has flowered. When I heard a buzz and saw a group of insects had joined me, chanting in unison, we matched our voices and I saw how their patterned wings and the black stripes around my arm looked just the same. “We must all be Jewish,” I said. Then more colorful birds and jungle parrots began to arrive, arraying themselves on the tree that was slowly growing out of my neck. I was trying to solemnly repeat those words that in a thunder unite all things in one. . . But my body now felt as light as a whisper and  I could  hear all of my guests—some whistling and others screeching on the canopy to the rhythm of the of the ink-swollen letters that I had been unable to read. I looked back at my prayer book and noticed how white and devoid of ink my seated body had become. . .I shivered in my transparency, making all the black-ink birds and insects to jump in a thunder out of the white page, returning me once again to the emptiness of the day. But next morning a lemon tree had grown where the divine warbling could still be heard. There were many juicy fruits, and the weight of the black ink perfumed the intricate branches that grew tightly around the words of awe I was trying to read.

“This fruit must also be Jewish,” I said, hoping to warm my heart with a feeling of mutual understanding. But I had to make sure and insisted on having the round delightful shapes of my fruits perform my ultimate intention. Quickly, I wound them around my own pen and ink as a sign of belonging to my community. And the lemons turned to apples and they became bananas and soon tangerines. . . We were all Jewish and we began to sing a song. I had to end all these banal distractions and concentrate on my purpose—had to liberate my ears and my eyes, hoping for some answer. Silently, I started to wrap the black phylacteries and return them to their small homes. On the way, the black ink stripes abruptly arose out of the white page and started to twist and swirl capriciously, reminding me of all the places they had been. An empty arm, my naked head, birds singing about love, a raging bull, an open flower, a blind deer, all of them repeated tirelessly, in black and white, how trees, birds and mountains, clouds and rain, rejoiced in their recreation; an organized chaos in which heads and arms were bundled up in think , black-lined patterns that became alive in pious chanting.

I stood back, noticing how eagerly they reproduced. I was sweating black ink on my white paper skin. The intensity of their devotion had made them become solid, like the chant of a whole synagogue; my own voice could no longer be heard. I hid within my prayer shawl, wishing for the silence of an answer. Today my paper skin is white again, the empty space reflecting that devout hour in Tel Aviv. There are no answers on its surface, only the vanity of another Monday morning and a faint remembrance of my dream.

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Samuel Pecar (1922–2000) — Cuentista judío-argentino-israelí/Argentine-Israeli Jewish Short-story Writer — “El compatriota” “The Compatriot”

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Samuel Pecar

SAMUEL PECAR (1922–2000), nació en Colonia López, una colonia agrícola en Iin Entre Ríos (Argentina). En 1930 su familia se mudó a San Fernando, en las afueras de Buenos Aires. Entre 1951 e hizo su aliá en 1962. Publicó tres libros que criticaron humorísticamente la vida de la comunidad judía en Argentina: Cuentos de Klein-ville  1954), La generación olvidada (1958); Los rebeldes y los perplejos. Cuentos casi serios 1959). Estas obras lo convirtieron en uno de los autores más representativos reconocidos por la comunidad judía argentina. Samuel Pecar continuó su trabajo literario en español, describiendo su experiencia en Israel: sus textos literarios maduros expresaron la comprensión de Pecar de los componentes utópicos del sionismo en Israel, manifestado en dos de sus novelas: Temática e ideológicamente, estas obras narran la dimensión existencial humana y La epopeya general de una nueva vida en Israel. Pecar fundó, en 1985, la Asociación de Escritores Israelíes en Español (AIELC). Coeditó, con Itzhak Gun, la antología Mi-Sham Le-Kan: Soferim Yisra’elim Kotevim Sefaradit (“Desde allí hasta aquí, los autores israelíes escriben en español”, 1994), con obras de 41 escritores. Ganó el Premio Presidente de Israel.

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SAMUEL PECAR (1922–2000), was born in Colonia López, an agricultural colony Iin Entre Rios (Argentina). In 1930 his family moved to San Fernando, in the outskirts of Buenos Aires. Between 1951 and he made his aliyah in 1962. He published three books that humorously criticized Jewish community life in Argentina: Cuentos de Klein-ville (“Stories of Smallville,” 1954), La generación olvidada (1958); Los rebeldes y los perplejos. Cuentos casi serios 1959). These works made him one of the most representative authors acknowledged by the Argentina Jewish community. Samuel Pecar continued his literary work in Spanish, describing his experience in Israel: His mature literary texts expressed Pecar’s understanding of the utopian components of Zionism in Israel, manifested in two of his novels: Thematically and ideologically, these works narrate the human existential dimension and the general epic of a new life in Israel. Pecar founded, in 1985, the Association of Israeli Writers in Spanish (AIELC). He co-edited, with Itzhak Gun, the anthology Mi-Sham Le-Kan: Soferim Yisra’elim Kotevim Sefaradit (“From There to Here, Israeli Authors Write in Spanish,” 1994), with works of 41 writers. He won the President of Israel Prize.

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“El compatriota”

“Ir por aqui. Volver por allí. No abrir eso. Buscar abajo. Buscar arriba. . .” La lista de precauciones, advertencias y reglas a las que debía ajustarse durante su misión en Entremontes, le llenaron dos hojas de papel. Un pensamiento nada simpático lo agitó en la silla. “Si algún fanático me puede abrir los sesos allá, ¿para qué demonios me metí en este baile? ¿Por qué el pasaje que me pagan? Puedo viajar a Sudamérica por mi cuenta, cuántas veces se me dé, sin arriesgarme que me baleen.” Sacudió la cabeza para alejar de sí esas salidas de pigmeo. “También aquí hay que cuidarse y a veces más que en el exterior. ¡No seas miedoso, tragalibros!”

–¿Está claro, doctor Mier?—inquirió el oficial de seguridad, con una voz pedregosa.

–Tengo un pequeño problema.

El bigotazo se corrió a un lado, descontento, cuando escuchó su plan.

–La idea no me gusta nada. Londres está plagado de terroristas.

Mijael se endulzó la voz. Una pausa de cuarenta y ocho horas en la ciudad, con su mujer, antes de volar a Entremontes. Eso es todo.  Después Sigal se traslada a la casa de unos parientes y él se va dictar clases en Cierro Alto. ¡Qué riesgo puede haber en esa corta vacación?

–Acepto, pero con una excepción. Usted y su esposa no pronuncian ni una sola palabra en hebreo delante de personas a quienes no conozcan. Castellano, o cierran la boca. Castellano, o cierran la boca. Y si alguien les pregunta de donde vienen, ustedes son turistas argentinos. ¿Está claro?

Salió de la oficina con paso irritado. Durante sus visitas anteriores había escuchado hablar a los israelíes en el idioma de la Biblia, sin miedo alguno, en cada recodo de la isla. El oficial exageraba. La euforia de Sigal lo reanimó. De acuerdo; vamos a darle el gusto al mandón. Lo que importa es pasarla bien durante esos dos días.

–Castellano, nena—le recordó en voz baja, mientras bajaron del avión.

Para demostrarle que estaba en guardia, ella le replicó en extrema en un español impecable, aderezado con el canturreo mexicano, extraído de las series televisivas. “Que hable con el acento que quiera. La cuestión es que no se vaya mara el Medio Oriente.”

Llegaron al hotel antes de del mediodía, frescos y llenos de energía, después del vuelo de cinco horas. Almorzaron, abrieron el paraguas y enfilaron hacia la Torre de Londres, el primer punto señalado en la guía turística.

–Fue un acierto haber elegido un hotel cerca del tren subterráneo—comentó Mijael, mientras subían las escaleras.

¡Ken!—asintió ella. Y al escuchar su gruñido, tradujo con rapidez: “Sí, sí”.

Mijael la observó con cara ceñuda. “Voy a tener problemas. Cuando se excita, le brotan palabras antes de que pueda retenerlas. Tengo que evitar en público, los diálogos con ella.”

La cola de turistas para entrar a la Torre era larga. Se sentaron en una plazoleta contigua. La conversación brotó en castellano, espontáneamente, sin necesidad de recurrir al autocontrol que se había propuesto Mijael.

Un hombre joven, elegante, con un enorme cámara fotográfica colgada de un hombro, surgió de golpe delante de ellos, como un fantasma inglés.

–Sí, sí. . .

–¿De Buenos Aires?”

–Exacto.

–¡Qué suerte! ¿Hace mucho que llegaron?

–Hoy. . . al mediodía.

–¿Y ya salieron a pasear después de semejante vuelo? ¡Bárbaro! Yo estoy aquí hace diez días. En realidad, no vengo de Buenos Aires, sino de Nueva York. Vivo allí desde que me divorcié, hace cuatro años. Tengo un estudio fotográfico. Pero permítanme que me presente. Me llamo Néstor—les estrechó la mano y siguió subministrado datos sobre él mismo, jovial, expansivo, sin esperar réplica.

Mijael trató de catologarlo. ¿Ladrón? ¿Cuentero?

Sigal no le quitaba los ojos de encima. Fascinada por el torrente verbal latino, del que estaba un poco deshabituada. Néstor se sentó a su lado y siguió usando el primer pronombre personal. Por suerte, no preguntaba. Tampoco miraba de frente. Poco a poco, Mijael fue bosquejando el perfil de su locuaz compatriota. Culto. Buena posición económica, fotógrafo de eventos familiares, distraído de todo que no guarde relación con su divorcio. Se refería a él como si recitara versículos del diluvio. El “yo” se fundía entonces con el “ella”, y de allí no salía, obsesionado por el cordón umbilical cortado. No por culpa suya. Fue la mujer quien lo dejó.

“Por eso se pegó a nosotros”. reparó Mijael, con una gota de piedad, al verlo gesticular mientras describía una de sus excursiones, por quién sabe qué montañas o lagos con la ex. Y en eso no hay peligro ninguno. Sigal pensó lo mismo.

–¡Nosotros también hicimos un tiul fantástico por allí—soltó.

Néstor no reaccionó ante le vocablo foráneo. Asintió, con los ojos vidriosos fijos en Sigal, sin advertir que sus labios se habían movido a contramano. “La falta de atención es la bendición del cielo”, descubrió el profesor.

–Tenemos que entrar la Torre, nena, la aferró de un brazo. ¡Vamos!

–Si, sí, entremos. Se nos hace tarde—le palmeó Néstor, y Mijael sintió deseo de aplastarle la cámara en el cráneo.

Cuando concluyeron el recorrido, el vocabulario del fotógrafo se había enriquecido con media docena de vocablos semitas que asimiló sin un pestañeo, eso es lo que más le inquietó a Mijael. ¿Es posible que sus problemas lo narcoticen en tal extremo? O se hace el imbécil, para tirarnos la lengua? El oficial de seguridad me habló de bombas y tiros, pero no de sujetos como éste. Lo peor es que mi mujer empieza a sentirse muy cómoda con él. ¡cuidado con la boquita, nena!

Néstor los acompañó hasta la estación subterránea, sin darle descanso a la blanda, Mijael le tendió la mano, y antes de que alcanzara a musitar un “mucho gusto”, el pegajoso ya se estaba invitando a visitar con ellos el museo de cera de Madame Toussot. El monólogo seguía girando en torno de ella. Resulta que Hilda (ya les estaba resultando familiar la pantera) vivía con otro. De nuevo captó en sus honduras la ola de simpatía hasta él y la frenó apretando los dientes.

En la antesala el museo fotografió a la pareja amiga, parados, sentados, con él, sin él. . .

–Después se las mando, en cuanto me den su dirección—les prometió, y Mijael sintió un puñetazo en el vientre. “Hay que escaparse”, le hizo un señal a su esposa.

–¡Un momento! ¡Ustedes no se van sin cenar conmigo! Conozco un restaurante italiano de primera.

Se negaron. Néstor no cedió. “¡Cena! ¡Cena de despidida! ¡No digan que no!”, insistía el desgraciado. Y cuando ella soltó una implorante parrafada hebraica, aceptó, para congelar la lengua.

A los postres, agradecidos y un tanto sentimentales por el vino de brindis, Mijael cruzó la mirada con la Sigal y los dos coincidieron. Hay que terminar con la farsa. Néstor es un buen muchacho, vulnerable, sufrido, inofensivo. Con cuidado, para no causarle nuevas heridas, Mijael fue deshaciendo la burda cortina del embuste, sin mencionar la segunda etapa de su viaje.

Néstor dejó de hablar. Los ojos de muñeca los contemplaron, lúcidos, como si acabara de descubrir que no eran invisibles.

–¿Ustedes son israelíes?

–Sí, nacidos en Buenos Aires—y aguadaron el veredicto, atornillados a la silla.

–¡Fíjense lo que son las cosas! Yo también soy judío. ¿No se lo dije antes? Me olvidé. Hilda me echó en la cara una vez que trato de ocultar mi origen. No es cierto. Me acuerdo que fue durante un paseo que hicimos. . .

¿Quién es este hombre? ¿Psicópata? ¿Ladrón? ¿Terrorista? ¿Cuentero? ¿Semita? ¿Antisemita?

Mijael sintió que su cuerpo se tornaba tenso, como si antes de aprender una carrera que sólo podía concluir en dos lugares: en la habitación de su hotel, entre risas, o en la calle, con un tiro en la frente.

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La Torre de Londres? The Tower of London

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The Compatriot

“Go that way. Return that way. Don’t open that. Look below. Look above. . .” The list of precautions, warnings and rules to which he had to stick during his mission in Entremontes, filled two sheets for paper. An unpleasant thought made him agitated him in his chair. “If some fanatic can open up my brains there, why in the hell, did I get involved in this mess. Why did they give me the money for the ticket? I can travel to South America on my own, whenever I feel like it, without risking being shot.” He shook his head to get away from these minor excuses. “Right here, it’s necessary to take care of yourself and sometimes more than abroad. Don’t be fearful, you bookworm!

“Is that clear, Doctor Mier?,” inquired the security official, with a gravelly voice.

“I have a small issue.”

The big mustache went out of place, displeased, when he heard his plan.

“I don’t like the idea at all. London has a plague of terrorists.

Mijael softened his voice. A pause of forty-eight hours in the city, with his wife, before flying to Entremontes. That’s all. After that, Sigal moves some relatives’ place, and he leaves to give lectures in Cierro Alto. What risk could there be in that short vacation?

“I’ll go along with that, but with one exception. You and your wife don’t speak a single word in Hebrew in front of people you don’t know. Spanish, or you keep your mouth shut. And if anyone asks you where you come from, you are Argentine tourists. Is that clear?”

He left the office somewhat irritated. During his previous visits, he had heard Israelis speak in the language of the Bible, without any fear, in every corner of the island. The officer was exasperated. The euphoria de Sigal reanimated him. Agreed, we will please the boss. What is important is to enjoy those two days.

“Spanish, my girl,” he reminded her in a low voice, while they got off the plane.

To show that she was on guard, she replied, to the extreme with impeccable Spanish, dressed up with a Mexican sing-song, taken from the television series.

“It was a wise decision to have chosen a hotel near the Underground,” Mijael commented, while they were climbing the stairs.

“Ken!, she agreed. And on hearing his growl, translated quickly: “Sí, sí.”

Mijael observed her with a frown. “I’m going to have problems, when she gets excited, words come out before she can hold them back. I have to avoid having public discussions with her.”

The line of tourists waiting to enter the Tower was long. They sat down in a contiguous little square. The conversation burst out in Spanish, spontaneously, without the need to recur to the self-control that Mijael had proposed.

“Argentines?

A young man, elegant, with an enormous camera hanging from a shoulder, suddenly surged in front of them, like some English phantom.

“Yes, yes. . .”

“From Buenos Aires?”

“Exactly.”

“What luck! How long ago did you arrive?”

“Today. . .at noon.

“And you’ve already gone out to sight-see after such a flight? Fantastic! I’ve been here for ten days. Truthfully, I didn’t come from Buenos Aires, but New York. I’ve lived there since I got divorced, four years ago. I have a photographic studio. But permit me to introduce myself. I’m Néstor—he reached out his hand to them and continued providing information about himself, jovial, expansive, without waiting for a reply.

Mijael tried to catalog him. Thief? Conman?

Sigal didn’t take her eyes off him. Fascinated by the verbal torrent of Spanish, of which she had become a bit unused to. Néstor sat at her side and continued using the first person. Luckily, he didn’t ask questions. Neither did he look straight ahead. Little by little, Mijael was sketching out the profile of his talkative compatriot. Educated. Good economic situation, photographer of family events, distracted from everything that didn’t relate with his divorce. He referred to it as if her were reciting verses about the flood. The “I” then morphed into the “she,” from there it didn’t change, obsessed by the cut umbilical cord. It wasn’t his fault. It was she who left him.

“It must be for that reason, he attached himself to us,” thought Mijael, with a bit of compassion, while he watched him gesticulating, while he described one of his excursions through who knows what mountains or lakes with the “ex.” And in this, there is no danger. Sigal thought the same.

“We also had a fantastic tiul there.”

Néstor didn’t react to the foreign word. He agreed with watery eyes fixed in Sigal, without mentioning that his lips had moved in the wrong direction. “The lack of attention is the benediction of Heaven,” the professor discovered.

“We have to enter the Tower, my girl, he grabbed he by an arme. Let’s go!”

“Yes, yes, let’s go in. It’s getting late,” Néstor patted him, and Mijael felt the desire to smash the camera on his cranium.

Néstor accompanied them to the Underground station, without out giving them any rest, Mijael offered his hand, and before he had a chance to mutter a “it’s been a pleasure”, the sticky guy was already inviting them to visit Madame Toussot’s Wax Museum with him. The monologue continued to turn around her. It happens that Hilda (they were already becoming familiar with the panther) was living with someone else. Once again, he captured himself in the depths of a wave of sympathy for him, but stopped it by clenching his teeth.

When they finished the tour, the photographer’s vocabulary had been enriched with a half dozen Semitic words that he assimilated without blinking, something that most worried Mijael. Is it possible that his problems have doped him up to such an extreme? Or, has he is playing the imbecil, to get us to talk. The security official spoke to me about bombs and shots, but of subjects like this one. The worst of it is that my wife is beginning to feel very comfortable with him. Careful with your mouth, my girl!

In the foyer, he photographed the friendly couple, standing, sitting, with him, without him. . .

“Later on, I will send them to you, provided that you give me your address, he promised them, and Mijael felt a punch in the gut. “We have to get out of here,” he signaled his wife.

“One moment, you can’t leave without having supper with me. I know a first-class Italian restaurant.

They refused. Néstor didn’t give in. A supper! A goodbye dinner! Don’t say no!, insisted the poor fellow. And when she let go an imploring Hebraic spiel, he accepted to freeze her tongue..

At dessert, thankful and a bit sentimental for the wine from the toast, Mijael crossed glances with Sigal, and the two agreed. It’s time to end the farse. Néstor is a good fellow, vulnerable, long-suffering, inoffensive. With care, so as not to cause him new wounds, Mijael was undoing the heavy curtain of the fabrication, without mentioning the second stage of his trip.

Néstor stopped speaking. His doll’s eyes contemplated them, lucid, as if he had just discoved that they were not invisible.

“You are Israelis?”

“Yes, born in Buenos Aires,” and they awaited the verdict, screwed into their seats.

“Look at how things are! I too am a Jew. Didn’t I tell you before. I forgot. Hilda once threw it in my face/reproached me that I try to hide my origin. It’s not true. I remember that it was during a trip we made. . .

“Who is this man?” {Psychopath? Thief? Terrorist? Conman? Seminte? Anti-Semite?

Mijael felt his body become tense, as if before to take in a career that could only conclude in two places: in the hotel room, among laughter, or in the street, with a shot in the forehead.

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Luis Norberto León — Cuentista judío-argentino/Argentine Jewish Short-story Writer — “Fiesta Patria” “National Holiday”

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Luis Norberto León

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Luis León se graduó de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo (FADU). Ha dicho> Tiene su estudio de arquitectura propio en Buenos Aires. donde vive con su familia,  Ha dicho que sus puntos de vista “son difíciles de definir, faciles de detectar, prefiero los hechos positivos al relato y los discursos llenos de promesas vacuas, recibir a los pueblos originarios y escuchar sus pedidos a ponerle su nombre a una sala de casa de gobierno y dejarlos esperando en la calle… en fin es fácil de deducir”.

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Luis León graduated for the School of Architecture, Design and Urbanism of the University of Buenos Aires. He has his own architectural Studio, in Buenos Aires where he lives with his family. He has stated that his views are “difficult to define, easy to detect, I prefer positive deeds to speeches full of empty promises facts of the story and the lectures full of empty promises, to receive, to receive native peoples and listen to their requests over listing their names in a government office and letting them wait in the street…so, it is each to deduce my actitud.

 

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Celebración del Feriado del 25 de Mayo/Celebration of the 25th of May Holiday                   Argentina

Fiesta patria

por

Luis León

 

Este cuento se basa en una historia verídica, extraída del testimonio grabado al Sr. Emanuel. Corrían los años cuarenta. El mundo presenciaba lo peor del virulento nazismo y en Argentina no faltaron simpatizantes que los avalaron con actos de discriminación, anti judaísmo y hasta violencia física contra grupos de la comunidad. Sólo el final feliz es imaginario, aunque el ambiente en que se desarrolla, el personaje del portero y la Escuela Francisco Desiderio Herrera son reales.

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Nissim no recordaba un 25 de mayo (1)  tan frío. Hacía casi diez años que subía al palco de madera frente a la Comisaría 27, para celebrar la fiesta patria. Es cierto que él no había nacido en este país, pero desde su llegada y aun estando arriba del barco que lo trajo,  lo adoptó como suyo. Esta tierra que aún no conocía, sería de él para siempre. Tal vez, porque le intrigó lo oscuro de las aguas frente al azul transparente del mar que miraba de niño. O a lo mejor, porque la ciudad vista a lo lejos, se le asemejó de pronto como una enorme caja de locum (2), limpia, blanca, ordenada, por consiguiente debería ser dulce como un locum, el dulce que su abuela le regalaba los sábados a la mañana al salir de la Gran Sinagoga de Izmir. Como representante de la Comunidad Sefaradí de Villa Crespo, junto a su amigo, portaban cada año una bandera de Argentina y otra judía. La primera, como símbolo de adhesión a este pueblo generoso que los recibió, la segunda en cambio, era un paño de esperanza que alguna vez podría flamear en la patria que su gente añoraba. Pero para Nissim estar allí era algo más de lo que se podía leer en su rostro, no era orgullo, sino una indescriptible gratitud. Gratitud hacia esta gente que le permitía compartir el piso de tablones, que algunos niños harían temblar en un rato, con un desgarbado malambo (3). Abajo, los vecinos, como un suave oleaje marino, iban y venían organizando su parte protagónica. Grupos de muchachos frente a la línea de largada para la carrera de embolsados y al costado del palco, recostados sobre unos postes, los dos únicos candidatos a escalar un palo enjabonado. Todos los años se presentaba la misma dupla, personajes aún jóvenes, de morochas facciones cortajeadas quizá, por los helados inviernos sureños. Uno era el repartidor de carbón, el otro sin oficio conocido. Al rondar las diez de la mañana el cielo se había cubierto de nubes haciendo más frío y húmedo el día patrio, el más patrio de los días argentinos. Nissim y sus amigos habían llegado muy temprano, como siempre. Fueron ubicados en primera fila por el comisario, viejo amigo y asiduo visitante del bar Izmir (4).Allí donde los inmigrantes sefaradíes de Villa Crespo y barrios vecinos, tomaban un anís queriendo saber por gente que hacía tiempo no veían. Pero al Negro (como se dejaba llamar el comisario) le gustaban las reuniones de los viernes por la noche. Entre comidas orientales picantes y sabrosas, y la turca moviendo sus caderas, gozaba aplaudiendo sin retaceos a los tañedores que hacían vibrar las cuerdas del ud y el mandolín al ritmo del derbaque. Quizá por eso, el Negro los puso en el palco cerca suyo, porque los sentía hermanos en la alegría, en ese difícil oficio de cuidar el orden que a veces significaba sumergirse hondo en la suciedad de los hombres. La concurrencia era ya numerosa, y el ánimo de jolgorio flotaba en los alrededores, incentivado por algunas bombas de estruendo explotadas en el playón de los bomberos. La gente disfrutaba del olor a pólvora en el aire frío de la mañana, llenando la vereda frente al Cine Rívoli. El maestro de ceremonias tardó un tiempo hasta silenciarlos, cuando comunicó que se entonaría la canción patria. A pesar que la seccional estrenaba un moderno altavoz eléctrico (de los que quizá había sólo un puñado en Buenos Aires) el himno fue voceado a pulmón, como se hizo siempre. En esas circunstancias, y tratándose del canto nacional, hubiera sido imposible aún para la maestra de música (de la Escuela Nº 2 del Distrito Escolar séptimo, Francisco Desiderio Herrera) allí presente, comprobar que desafinaban. Eran cientos de voces al unísono, algunos con la mirada movediza hacia la muchedumbre, otros con sus bocas llenas de solemnes conjugaciones, mirando al frente, jurando “con gloria morir” (5),mientras los bronces de una banda por primera vez presente en el barrio, se lucía en los pasajes más floridos de la melodía. El último “Oh juremos…” (5) desató los esperados aplausos. Sin ellos, el himno no termina; es difícil imaginar un final de la canción patria sin esas palmas que suben de nivel por unos segundos para desgranarse al fin en trozos, hasta desaparecer. Tras el llamado a silencio del locutor, que forzaba su garganta ante la falla del nuevo equipo, llegó el discurso de apertura. Nissim giró la cabeza y detrás de su amigo José, vio el palco colmado con varios conocidos, los del club social. La palabra “vecino”, pronunciada con énfasis por el comisario, reclamó su mirada al frente. Vecino era más que vecino. Vecino era hermano, compatriota de otra nacionalidad, era inmigrantes de diferentes latitudes, el carbonero Lorenzo entregando una negra bolsa en casa del rabino, el gallego del almacén de Camargo tratando de cortejar a la prima solterona de José, eran todos uno, sin diferencias, una enorme familia sacando frutos de la tierra entre calles del barrio a orillas del Maldonado, que cuando se inundaba sin piedad y el tranvía no se le animaba, sacaban los botes de su escondite para cruzar a los más exigidos. Nadie escatimó aplausos, sabían que no era un policía cualquiera. Al Negro, casi lo mata el tranvía el día que doña Clara cayó al suelo, cruzando imprudente la avenida; meses después, la historia volvía a circular como un escudo, que prendido en la gente, lo enorgullecía al exhibirlo. Fue él que al terminar, llamó a decir unas palabras al cura. A Nissim lo sorprendió que no fuera Bernardo (nombre paradójico), el párroco de San Bernardo, quien hablara. Dio vuelta su cabeza para descubrirlo entre los concurrentes, pero no estaba. El padre Bernardo, era un grandote bonachón con quien tomaba café a menudo, compartiendo historias de malevos y compadritos. El que comenzó a hablar en cambio, era un hombrecito diminuto de cara afilada y prominente nariz, cuya expresión producía miedo. A Nissim le costaba seguir el discurso, pues en las primeras frases ya había incluido una decena de veces la palabra Jesús, sin temor a agotar el nombre del Redentor antes de finalizar. El cura de mirada incisiva, giró su cabeza y Nissim absorto lo oyó decir – ¿qué hace entre estas, la bandera de un país inexistente?, y señaló como apuntando con un arma la bandera hebrea, – este paño que erosiona lo profundo del ser cristiano, porque precisamente es la insignia de los deicidas – Tanto él como su amigo José, comprendieron antes que el resto. No eran simples palabras del oscuro personaje en su negro atuendo. Buscaba unir odios perdidos, despertar difusos rencores en los difíciles principios de los años cuarenta. No quisieron que el comisario, que recién se daba por enterado del monótono chorro de odio encerrado en las palabras, se viera presionado a actuar. Ambos guardaron rápidamente la bandera que sostenían, enrollándola en torno al mástil, y con un pedido de permiso que no alcanzó a salir de sus gargantas, abandonaron el palco. Fueron sólo unos metros hasta la esquina de Acevedo, y doblaron donde estaba despejado de gente. No atinaron a mirarse, invadidos de una vergüenza infinita que opacó odio y estupor, caminaron con pasos largos y ligeros. En Camargo, vieron entornada una de las puertas del colegio; tenían, sin haberlo acordado, un solo objetivo: llegar a depositar las banderas en la habitación delantera de la sinagoga, quizá luego, podrían hablar de lo sucedido. Un llamado los sorprendió, como esperando que la historia volviera atrás, se detuvieron. Un Nissim, pronunciado por un hombre viejo, lo hizo mirar a su espalda. Era Roldán, el portero del Francisco Desiderio Herrera, que asomado a la vereda, lo reconoció y lo reclamaba. Nissim hubiera deseado no hablarle, no había manera de descorrer las palabras que habían quedado atravesadas en su interior, pero se acercó. – Qué elegante don Nissim – le dijo el hombre – cuánto hace que no se toma un mate en la portería, agregó invitador. Mi mujer está aprendiendo la receta de esos dulces que le pasó su señora, que a cambio le confió el secreto de nuestras empanadas correntinas -. Días después, ni él ni José (su entrañable amigo y compañero de travesía), se acordarían de lo escuchado en el portón del colegio, tampoco si la charla duró unos segundos o el monólogo del viejo Roldán fue largo. Sólo les quedó a ambos en el recuerdo, la presión del fuerte abrazo de despedida, y el saludo en guaraní que Roldán, como solía hacerlo, les brindó con afecto. Al alejarse unos pasos de la puerta del colegio, con una sonrisa cómplice, como niños, cada uno desplegó la bandera que portaba, acomodando sobre sus hombros los paños colgantes y avanzaron con paso marcial. Y así como gloriosos sobrevivientes de la primera línea de un ejército diezmado, marcharon los cien metros hasta entrar en la sinagoga. – Apuremos que quizá comience a llover y mi sobretodo nuevo puede arruinarse, dijo Nissim. – Sí, vamos que las mujeres deben estar esperándonos con las empanadas correntinas, respondió su amigo, abrochándose el abrigo para salir a la calle., abotonándose su abrigo.

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(1) El 25 de Mayo, se creó el primer gobierno patrio en Buenos Aires, independiente de la corona española. Es por lo tanto un día festivo y de celebración en Argentina.

(2) Tipo de bombones de Medio Oriente.

(3) El malambo es un zapateo individual o grupal, del folklore criollo argentino.

(4) Hoy demolido, fue el más famoso bar de concurrencia de judíos sefardíes, ubicado en el tradicional barrio de Villa Crespo, donde se comía, bebía y en ciertos días, concurrían músicos tradicionales y alguna bailarina oriental.

(5) Frase con que concluye el himno nacional argentino.

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Escuela º7  Francisco Desiderio Herrera
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Dos banderas

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National Holiday

by

Luis Norberto León

 

This short-story is based on a real event, extracted from the recorded testimony of Mr., Emanuel. It was the 1940s. The world was witnessing the worst of virulent Nazism, and in Argentina there was no lack of sympathizers who supported the Nazis with acts of violence, anti-Semitism and even physical violence against Jewish groups. Only the end of the story is imaginary, although the atmosphere in which is takes place, the character of the janitor and also the Francisco Desiderio Herrera School are real.

 

Nissim couldn’t remember a 25th of May so cold. (1) It had been almost ten years since he went up the wooden seat in front of the 27th precinct to celebrate the national holiday. It’s true that he hadn’t been born in this country, but since his arrival and even being aboard  the ship that brought him, he adopted it as his own. This country that he didn’t know would be his forever. Perhaps, because he was intrigued by the darkness of the waters compared with the transparent blue of the sea that he saw as a child. O more likely, because the city, seen from afar, soon seemed to him like an enormous box of locum (2), clean, white, orderly, and therefore ought to be as sweet as a locum, the candy that his grandmother gave him on Saturday mornings as he left for the Great Synagogue of Izmir.  As Representative of the Sephardic Community of Villa Crespo, together with his friend, each year carried an Argentine flag and a Jewish one. The first, as a symbol of belonging to this generous country that received them, the second, on the other hand, was a banner of hope that one day might wave in the country that their people longed for. But for Nissim to be there was something more than could be seen in his face, it wasn’t pride, but an indescribable gratitude. Gratitude toward this people that allowed him to share the dance floor, that some children would shake for a while with an awkward malambo (3) dancing. Below, the neighbors, like a soft sea wave, came and went organizing the part they were to play. Groups of boys front of the starting line for the sack race  and at the side of the  gallery, leaning on the posts, the only two candidates, to climb a soaped pole. Every year the same pair showed up, very young fellows, dark skinned chizzled faces, perhaps because of the frozen southern winters. One was a coal seller, the other of unknown occupation. At about ten in the morning, the sky had covered with clouds, making colder and more humid the holiday, the most important holiday for the argentinos. Nissim and his friends had arrived very early, as always. s They were placed in the front row by the commissioner , old friend and assiduous visiter of to the Izmir Bar.(4).Nobody skimped on applause, they knew that he was just any old policeman. Blacky, was almost killed the day that doña Clara fell to the ground, imprudently crossing the avenue; months thereafter, the story continued to circulate like an emblem, that, fastened to the people, made them proud to wear it. It was he, who on finishing, called on a priest to say a few words. Nissim was surprised that it wasn’t Bernardo (paradoxical name), the parish priest of San Bernardo, who spoke. He looked around to see if he could find him among the attendees, but he wasn’t there. Father Bernardo was large, good-hearted man with whom he often drank  coffee, sharing stories of thugs and troublemakers. The priest who began to speak, on the other hand, was a diminutive small man with a sharp face and prominent nose, whose expression brought forth fear. It was difficult for Nissim to follow the speech, since in the first phrases he had already included the word Jesus a dozen of times, without fearing use up the name of the Redeemer before ending. The priest with the incisive , turned his head toward Nissim who, engrossed, heard him say, “What is it doing with the others here, the flag of an inexistent country?” And he pointed as if he were aiming a gun at the Jewish flag, “This rag that erodes the profundity of the Christian being, because it is precisely the insignia of the deicides.” Nissim, like his friend José, understood before the rest. These were not simple words of an obscure figure in his black outfit. He was trying to bring together old hatreds, awaken vague resentments in the early days for the forties. They didn’t wait  until the commissioner, who just understood from the outpouring of hatred enclosed the words, felt it necessary to act. They two rapidly put away the flag they were carrying, rolling it up around the flagpole, and with a request to move by that didn’t reach succeed in escaping their throats, left the stands. It was only a few meters to the corner of Acevedo, and they turned where it was clear of people. They weren’t able to look at each other, invaded by an infinite shame that overshadowed hatred and stupor. They walked with long and light steps. In Camargo, they saw that one of the doors of the school was ajar. They had, without having agreed on it, a solo objective:  to be able to leave the flags in the front room of the synagogue. Perhaps then, they would be able to talk about what happened. A shout surprised them. As if hoping that history would reverse itself, they stopped. “Nissim”, pronounced by an old man, made him look back. It was Roldán, the janitor of Francisco Desiderio Herrera, who standing/appearing on the sidewalk, recognized him and called him back. Nissim would have preferred not to speak to him; there was no way to restrain the words that had continued to cross his insides, but he came closer. “How elegant, don Nissim,” the man said to him,” “how long has it been that we haven’t had mate together in the porter’s apartment, he added, invitingly. My wife is learning the recipe for those sweets that your mother gave her; in exchange, she entrusted her with the secret of our Corrientes-style empanadas.” Days later, neither he nor José (his close friend  and partner-in-crime) would remember what they heard in entrance to the school, nor if the chat lasted a few seconds or if Roldán’s monologue was very long. The only thing the two remembered was the pressure of the strong goodbye hug, and the greeting in guarani, that Roldán, as he was accustomed to do, gave them affectionately. On distancing themselves a few steps from the high school door, with a complicit smile, like children, each one unfurled the flag that he was carrying, placing on their shoulders the hanging cloth and advanced at a military pace. And like the glorious survivors of the first line of a decimated army, they marched the ten meters to the synagogue. “Let’s hurry because I think it’s going to rain, and my new coat could get ruined,” Nissim said. “Yes, let’s go. The girls must be waiting for us with Corrientes-style empanadas,” his friend responded, buttoning up his overcoat in order to go out onto the street.

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(1) The 25th of May, The first patriotic government was created in Buenos Aires,            independent of the Spanish government. For that reason, it is a holiday and day of celebration in Argentina.

(2)Type of candies from the Middle East.

(3)  The “Malambo” is a tap-dance, done individually or in groups, taken from Argentine rural folklore.

(4) Now demolished, the Izmir Bar was the most famous of those of the Sephardic Jews, located in the traditional Villa Crespo neighborhood , where you ate and drank and, on some days, brought together traditional musicians and an Oriental dance.

(5(  The phrase that ends the Argentine National Anthem.

 

 

 

 

Mario Goloboff — Novelista y escritor judío-argentino/ Argentine Jewish Novelist and Writer “Criador de palomas” – dos fragmentos de la novela” — “Dove Keeper” – two sections of the novel

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Gerardo Mario Goloboff

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GERARDO MARIO GOLOBOFF nació en el pueblo Carlos Casares, en de la provincia de Buenos Aires. En 1966 publicó su primer libro de poemas, Entre la diáspora y octubre. En 1973 fue invitado por la Universidad de Toulouse-Le Mirail. Francia, a enseñar civilización y literatura hispanoamericanas, y continuó enseñando en ese país y en otras universidades hasta 1999. En 1976 apareció su primera novela, Caballos por el fondo de los ojos. En 1978 publicó la primera edición de Leer Borges (reeditado y aumentado en 2006). En 1984 publicó Criador de Palomas, la primera novela de la saga de Algarrobos, que se completó con La luna que cae (1989), El soñador de Smith (1990) y Comuna Verdad (1995).  Sus textos de creación han sido traducidos a varias lenguas y especialmente su novela Criador de palomas junto con las tres novelas siguientes de la saga, todas en un solo tomo bajo el título The Algarrobos Quartet (2002); en italiano, L’allevatore di colombe (2010). En 2013, en La Habana, la publicó en español otra vez. Desde su retorno definitivo a la Argentina, enseña literatura argentina en la Universidad Nacional de la Plata, donde ha sido designado profesor extraordinario en la categoría de «consulto». Fue electo Miembro de la Comisión Directiva de SADE (Sociedad Argentina de Escritores) para el período 2011-2015. En la actualidad tiene una columna semanal titulada «Relecturas» en el suplemento literario Télam de la agencia nacional de noticias Télam.

Adaptado de EcoRed (La Habana)

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Sus obras

Novelas

  • 1983: Criador de palomas (1978).
  • 1989: La luna que cae (1989).
  • 1990: El soñador de Smith (1990).
  • 1995: Comuna Verdad (1995).
  • The Algarrobos Quartet (2002)

Ensayos

  • 1989: Genio y figura de Roberto Arlt (1989).
  • 1998: Julio Cortázar. La biografía (1998, reeditada en 2011).
  • 2001: Elogio de la mentira. (Diez ensayos sobre escritores argentinos) (2001).
  • 2011: De este lado. (Crónicas de nuestro tiempo) (2011).

Poemarios

  • 1994: Los versos del hombre pájaro (1994).
  • 2010: El ciervo (y otros poemas) (2010).

Cuentos

  • 2005: La pasión según San Martín (2005) Textos breves.
  • 2008: Recuadros de una exposición (2008).

Goloboff is the autor de numerosos trabajos sobre problemas culturales y estéticos, y sobre artistas y escritores argentinos, latinoamericanos y europeos.

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GERARDO MARIO GOLOBOFF was born in the town Carlos Casares, in the province of Buenos Aires. In 1966 he published his first book of poems, Between the Diaspora and October. In 1973 he was invited by the University of Toulouse-Le Mirail. France, to teach Spanish-American civilization and literature, and continued teaching in that country and in other universities until 1999. In 1976 his first novel Caballos por el fondo de los ojos.. In 1978 he published the first edition of Leer Borges (reissued and augmented in 2006). In 1984 he published Criador de Palomas, the first novel in the Algarrobos saga, which was completed with La luna que cae (1989), El soñador de Smith (1990) and Comuna verdad (1995). His creative texts have been translated into several languages ​​and especially his novel Criador de paloma along with the following three novels of the saga, all in a single volume, in the United States, under the title The Algarrobos Quartet (2002); in Italian, L’allevatore di colombe (2010). In 2013, in Havana, it was published again in Spanish. Since his definitive return to Argentina, he teaches Argentine literature at the National University of La Plata, where he has been appointed extraordinary professor in the category of “consulting.” He was elected Member of the Board of Directors of SADE (Argentine Society of Writers) for the period 2011-2015. He currently has a weekly column entitled “Reread” in the Télam literary supplement of the national news agency Télam.

Adapted from EcoRed, Havana

Works by Gerardo Mario Goloboff

Novels

  • Caballos por el fondo de los ojos (1976)
  • 1983: Criador de palomas (1978).
  • 1989: La luna que cae (1989).
  • 1990: El soñador de Smith (1990).
  • 1995: Comuna Verdad (1995).
  • The Algarrobos Quartet (2002)

Essays

  • 1989: Genio y figura de Roberto Arlt (1989).
  • 1998: Julio Cortázar. La biografía (1998, reeditada en 2011).
  • 2001: Elogio de la mentira. (Diez ensayos sobre escritores argentinos) (2001).
  • 2011: De este lado. (Crónicas de nuestro tiempo) (2011).

Poemarios

  • 1994: Los versos del hombre pájaro (1994).
  • 2010: El ciervo (y otros poemas) (2010).

Cuentos

  • 2005: La pasión según San Martín (2005) Textos breves.
  • 2008: Recuadros de una exposición (2008)
  • Goloboff is the author of many works about cultural and aesthetic problems and about artists  and writers author of numerous works about social and aesthetic problems about Argentine, Latin American and European authors.

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Criador de palomas

(dos fragmentos)

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No sé dónde ni cómo, un día el tío consiguió el petiso bayo pata mí. Donde entonces comenzamos a hacer excursiones hasta la laguna de Alto. Él con sus cuarenta años y tantos, iba encima de su yegua Arisca, bien erguido, con el toscanito a medio encender entre los labios.

La laguna de Alto se había secado veinte años atrás, pero el tío buscaba visitarla como si aún existiera. Recordaba con melancolía su esplendor poblado por sombrillas multicolores de turistas que venían hasta de la Capital. Todo allí, sobre esos pedazos de tierra pelado. donde él veía aún un loco hormigueo, noviazgos y risas. En su versión, las salas concentradas de la tierra habían ido absorbiendo poco a poco las aguas, y por eso quedaban solamente algunos palos blancos, alambres rotos y muchos esqueletas de animales.

Cuando el sol rajaba la tierra, yo me ponía un sombrero de paja de ala ancha marca Hawai, y me quedaba quieto sobre mi petiso mientras mi tío dormía la siesta debajo de Arisca.

Al atardecer volvíamos y encontrábamos a algunos paisanos en el cmoo. Los viernes nos topábamos con Solito Wainfeld, quien regresaba a su chacra con el caballo a su lado, sin montarlo, porque ya había descubierto la primera estrella de sábado. Los domingos eran las mujeres que pasaban de sus chacras, emperifolladas para algún baile o una fiesta de familia. O los hombres que venían de cuadreras, o los muchachos que gustaban galopar contra el viento.

Durante unos de esos paseos, el tío me hizo conocer el antiguo cementerio de la Colonia, donde estaban enterrados sus  padres, y me mostró que, subiendo un pequeño semiderruido , podíamos ver del otro lado, my cerca, unos montículos bajos los cuales los indios puelches, un siglo atrás, ponían a sus muertos. “Ya ves  como al final nos mezclamos todos” creo que me dijo.

En las que alguna vez había la callecitas ordenadas del cementerio,, caminábanos mucho, y él se detenía a cada paso como para recordar a uno y saludarlo porque conocía todas las fotografías borrosas y descifraba para mi las inscripciones: “Yace aquí Berta Lifchitz, maestra de la Colonia. Nos enseñó los dos alfabetos, pero la muerte la visitó una tarde, muda”. “Aquí descansa José Aburbuj. La vida lo abandonó suavemente., como cuando cuando se funde nieve en el agua”. “Salomón Vapnir, muerto en diciembre. Un viento fuerte voló por los aires y lo confundió con un pequeño pájaro”. Yo me preguntaba si el tío en realidada leia o inventaba para mí estas frases, pero, en todo caso, lo hacía de un modo veloz y natural, contándome además la vida de cada uno de aquellos seres, habitantes abandonados de un cementerio también abandonado.

El regreso al pueblo se hacía en esas ocasiones muy ameno. Yo volvía con miedo, para sacármelo, hacia mil y una preguntas. El tío Negro pitaba intermitentemente su toscano, dejaba que Arisca le condujera el paso, y me hablaba de esas personas queridas y desaparecidas del mundo natural. moradores ya sólo de un cuenco de palabras.

El sol bajaba despacio. Yo probaba a mirarlo de frente y podía. A mi lado, en contraluz, marchaba el tío, firme y levantado sobre su yegua como otro hermoso animal. Los molinos daban uma sombra larguísima, menos Arisca, todo estaba quieto, hasta el olor de la tierra. El tiempo parecía no pasar; éramos nosotros los que íbamos hacia él, buscándolo.

                                                                     ********

          Algunos dijeron que la culpa la tuvo Arisca, que se espantó. Otros, que algo la había asustado. El doctor Piacenza fue de la idea de un aneurisma: allí, en medio del camino, viniendo de Zubeldía, a las tres o cuatro de la tarde, bajo el solcito de abril, así nomás, como se te estira y se te rompe pero sin mucha fuerza, un final de los dulces, más que nos quisiéramos.

Oí murmurar también que venía galopando ligero, después de haber almorzado unas achuras cib buen vino en lo del Go  yo Sartori, y que esas cosas pasan además porque los autos andan a lo loco por los mismos caminos donde uno va tranquilo, sin molestar, pero ya no, ya no es antes.

Hubo quien dijo que ni siquiera había comido, y que hacía días que no andaba bien. No faltó el lenguaraz que chimentara “la vida que llevaba”, demasiado descuidada, solo, con mujeres, y que por la edad., se sabe, hubiera debido pensar más. Cuando no por el muchacho. . .

Alguien protestó, alguien dijo “callate”. Muchos lagrimaeron;. escuché decir “la vida”, “el tiempo” “Dios lo quiso”. Entendí todo y nada me importó.

Esta mañana de domingo, tomé café en vez de mate amargo, me miré al espejo cuando me lavaba, no me reconocí mucho en esta cara de joven, en esos ojos azules, en el bigotito rubio que empezaba a asomar. Me puse una camisa blanca, planchada, zapatos negros, al pantalón gris y la campera azul.

También quise ponerme algo de él , pero que no se viera. Después de pensarlo bastante, me decidí por su pañuelo negro, el que llevaba muchas veces en el cuello. Lo busqué en su pieza, me dio trabajo encontrarlo, al fin, di con él. Lo planché con la palma de mi mano y con el canto, lo doblé en cuatro, hice un rectángulo más o menos chico, me lo metí en el bolsillo izquierdo del pantalón, donde pudiera tocarlo y tenerlo conmigo sin que nadie se diera cuenta,

En su dormitorio no reparé nada, tal vez no quise mirar bien, y lo único que me quedó fue la silla de paja, sola, con una camisa gris colgada en el respaldo.

 

A las nueve tocaron unos bocinazos y salí, Subí atrás y compartí el asiento con Flora y con Carmencita Rosenfeld. Era el auto del Doctor Piacenza, al lado de él no recuerdo quién iba.

Pusimos una buena hora en llegar al cementerio de la Colonia. Pensé que en mi memoria estaba más distante, y creo que también pensé que sería la última vez que iba a ese a ese lugar.

Alguna gente se nos juntó en la puerta. Dos p tres me dieron la mano firme y sentidamente, alguien me toma de la nica, acerca mi cabeza a la suya y murmura palabras en idish que no alcanzo a comprender. Caminamos todos por una callecita hasta llegar a un pozo. allí un rabino con voz grave, barba con vetas blancas y manos de dedo finos, canta su elegía.

Flora, que no ha dejado de temblar y lagrimear un solo instante, rompe su silencio en un sollozo ahogado que me desconcierta. La miro y me toma fuertemente del brazo. Siento su mano caliente en la muñeca, y tomo a mi vez su brazo. . El gesto no tiene mayor importancia para mí, pero siento que ella lo necesita. Deja de temblar aunque solloza intermiteamente.

Ya han puesto el cajón en la tosa/ todos inclinan las cabezas en silencio. Los hombres tienen puestos gorros negros en los que hay letras hebreas y un candelabro dorado.

Alguien me aprieta el brazo desde atrás. El doctor Piacenza se agacha, toma un terrón de tierra y lo tira sobre la madera. Carmencita hizo lo mismo. Después Villaba, Soria, los Arriaga, Satori, muchos. El rengo Clementino se me acerca y se abraza  contra mí. Coraje, pibe, escucho que me dice.

Frente a mis ojos aparece la cara de Rosita. No sé si es de verdad. Espero que me deja libre Clementino. Mientras acerca como durante un siglo mi cara a la suya empapada en lágrimas saladas, me dice: “Querido cómo debes subir”.  Meto la mano en el bolsillo izquierdo. Toco el pañuelo negro. Siento que la garganta se me cierra. Que ya no tengo a nadie. Que es Rosita quien, después de tantos años, me abraza. Que, así, la tengo por primera vez. Quiero llorar pero tampoco puedo .

Vamos saliendo. El melodía otoñal es, aún más cálida. Pisamos hojas secas, amarillentas, ocres. Hubo algunas fogatas a lo lejos.

 

Me quedaré con con Flora, con Rosita, con dos o tres personas más. Así pasará el tiempo.

Después nos dejaremos. Al fin estaré solo, y el verdadero tiempo comenzará a crecer. Palmearé a Arisca, la llevaré algunas hasta la cancha de Sportivo para variarle un poco, la andaré, la subiré, y ella irá comprendiendo el peso diferente de los cuerpos, las voces diferentes, el silencio, como yo.

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Dove Keeper

 (two selections)

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I don’t know where or how, one day El Tío obtained the bay colt for me. From then on we began to make excursions as far as Alto Lake. He, with his forty and something years, would rid on the back of his mare Arisca, sitting very straight, with The Toscano half-lit between his lips.

Alto Lake had dried up twenty years back, but El Tío liked to visit it as if it still existed, Melancholically, he remembered its splendor, populated my multi-color parasols and by tourists who came from as far away as the capital. Everything there, on those      pieces of barren land, where he still saw crazed movement, couples and laughter. In his version, the salts had concentrated in the land, had little by little by little absorbed the waters, and because of that, there are now left only some white sticks and many animal skeletons.

When the sun cracked the earth, I put on a straw hat with a wide brim, Hawaii brand, and I stayed quiet on my colt while El Tío took a siesta under Arisca.

At dusk we would return and meet some Jewish comrades on the way. Fridays, we would run into Solito Wainfeld, who was walking back to his farm with his horse at his side, not riding, as he had already discovered the first star of the Sabbath. On Sundays, , it was the women who passed in their gaudy dresses, all dolled up for some dance or a family party. Or the man came from the horse races, or the boys who enjoyed galloping against the wind.

During some of those rides, El Tío made me aware of the old cemetery from the Colony, where is parents were buried, and he showed me, by raising up me to a partially broken wall down little wall, that we were able to see the other side, very close by some small mounds under which the Puelche Indians, a century back, put their dead. “You see how at the end we are all mixed together,” I believe he said.

In what had once been the ordered paths of the cemetery, we walked a great deal, and he stopped at each spot as to remember someone and greet him, because he knew all the faded photographs and he deciphered the instriptions for me: “Here lies Berta Lifshitz, schoolmarm of the Colony. She taught us two alphabets, but death visited her, mute.” “Here rests José Aberbuj. Life abandoned him softly as when snow dissolves in water.” Solomón Vapnir, dead in December. A strong wind blew through the air and confused him with a little bird.” I wondered if El Tío really read or invented these phrases for my benefit; in any case, he did it in a rapid and natural way, telling me also about those people, abandoned inhabitants of a cemetery also abandoned.

The return to turned out to be, very pleasant. I would return fearful, and to pull myself out of it, ask a thousand and one questions. El Tío puffed intermittently on his Toscano, let Arisca find the way. and talked to me about those people, dear and lon gone from the natural world, residents now of only hollow words.

The sun was going down slowly. I tried to look straight at it and I could. At my side, against the light, El Tío rode, firm and raised up high above his mare like another beautiful animal. The windmills created a very large shadow: other than Arisca,  everything was quiet, even the smell of death. Time seemed not to move; we were the ones that went toward it, seeking it.

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          Some said that it was Arisca’s fault, that she bolted. Others, that something had frightened her. Doctor Piacenza was of the opinion that it was an aneurism; there,in the middle of the road, coming from Zubeldía’s, at three or four in the afternoon, under the slight April sun, just like that, as it stretches you and breaks you without much force, and end to sweetness, more than we wished.

I also heard murmurings that he rode at a light galop, after having lunched on some achuras with good wine at Goyo Sartori’s place, and that those things happen because the autos go like crazy, on the same roads where one goes on tranquilly, without bothering anyone, but it’s not like it used to be.

There was one who said that he hadn’t even eaten, and that he hadn’t felt well for days. And there was the big mouth who gossiped about “the kind of life he lead,” too unkempt, alone, with women, and at his age, he should have thought about it more. At least for the boy. . .

Someone protested, someone said shut up. many wept; I heard it said: “life,” “time,” “God wanted him>” I understood everything. Nothing mattered to me.

That Sunday, I drank coffee instead of bitter mate, I looked at myself in the mirror as I washed, I didn’t recognize much uin that face that was so young, in those blue eyes, in the little blind mustache that was beginning to show. I put on an irone, white shirt, black shoes, the gray pants and the blue jacket.

I also wanted to put on something of his, but that wouldn’t be seen. After thinking about it for a while I decided on his black kerchief, the one he often wore around his neck. I searched for it in his room, it was hard to find; finally, I chanced on it. I ironed it well with the palm of my hand, folded it in four, made a rectangle that was small, more or thes, and I put it in the left pocket of the pants, where I could touch it and have it with me without anyone knowing.

In his bedroom, I didn’t notice anything, perhaps I didn’t want to see clearly, the only thing that remained for me was the straw chair, alone, with a gray shirt hung on the back.

 

At nine there was honking and I went out. I climbed in the back and shared the seat with Flora and wit Carmencita Rosenfeld. It was Doctor Piacenza’s car; I can’t remember who rode beside him.

It took us a good half hour to arrive at the Jewish Cemetery. I thought that in my memory it was further, and I believe that I also thought that it would be the last time that I would go that place.

Some people met us at the entrance. Two or three shook hand firmly; someone touches the back of my neck, brings his head near his, and murmurs some words in Yiddish that I don’t understand. we walk together down a path until we arrive at a hole in the ground. There a rabbi with white veins and hands with fine fingers, sang the elegy.

Flora, who had not stopped shaking and weeping for a moment, breaks into a stifled sigh that disconcerts me, I look at her and she takes me forcefully by the arm. I feel her hot hand on my wrist, and in turn I take her writs. The gesture doesn’t mean much to me, but I understand that she needs it. She stops trembling, though she continues to sigh from time to time.

They have already placed the coffin in the grave. All bow their heads in silence. The men are wearing black caps in which there are Hebrew letters and a golden candelabra.

Someone squeezes my arm from behind. Doctor Piazenza bends over, takes a piece of dirt, and throws it on the wood. Carmencita does the same things. Then Villaba, Soria, the Arreagas, Sartori, many. The lame Clementino approaches me and holds me against him. Be brave, boy, I hear him tell me.

Before my eye, Rosita’s face appears. I don’t know it is true. I wait for Clementino to let go of me. While he keeps his face, soaked in salty tears for what feels like half a century, he says to me, Dear boy, how you must be suffering. I put my hand in my left pocket. I touch the black kerchief. I feel my throat close up. That now I don’t have anyone. That it is Rosita, who, after so many years, is embracing me. That, in that way, I have her for the first time. I want to cry, but I can’t.

We are leaving. The autumn midday is still very warm. We step on dry leaves, yellow, ochre. I smell some faraway bonfires.

 

I will stay with Flora, with Rosita, with two or three more people. In that way, the time will pass.

Later we will leave each other. Finally, I will be alone, and the true time will begin to grow. I will pat Arisca with my palm a few times. I will take her as far as the racetrack, to vary things a little. I will walk her, I will mount her, and she will go, understanding the different weight of the bodies, the different voices, the silence, like me.

 

Translated by Stephen A. Sadow

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Obras de Gerardo Mario Goloboff/   Works by Gerardo Mario Goloboff

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Isaías Leo Kremer — Cuentista judío-argentino del campo/Argentine Jewish Short-Story Writer of the Countryside — “Don Wesser”

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Isaías Leo Kremer

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Isaías Leo Kremer nació en 1947 en Villalonga (Provincia de Buenos Aires ), pueblo donde su familia se había afincado varios años antes y donde su padre trabajaba en el campo. Ante la temprana muerte de su progenitor que falleció cuando él tenía 13 años, pasó a administrar el campo cuando su madre vio que estaba en condiciones de hacerlo. Allí aprendió a amar la tierra, el paisaje y la vida misma, en contacto con la naturaleza y con D”s.  Siendo adolescente cursó estudios rabínicos con verdaderos maestros como lo fueron Marshall T. Meyer y Mordejai Edery. Cumpliendo con esa especie de mandato de la mayoría de de los padres judíos de entonces, siguió estudios universitarios y en 1970 se recibió de Ingeniero Agrónomo en la UBA. Hoy vive en Buenos Aires, lugar que eligió para la educación de sus tres hijos y durante muchos años alternaba su estadía en la Capital con frecuentes viajes a las provincias, ya que sea su pueblo natal o otros sitios del interior donde puede sentirse más en contacto con la naturaleza y con el Creador.

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Isaias Leo Kremer was born en 1947 en Villalonga (Province of Buenos Aires), the town where his family had settled for several years, and where his father worked in the fields. After the early death of his progenitor who died when Kremer was 13 years old, he became administrator of the lands when his mother saw that he could do the job. There he learned to love the land, the countryside and life itself, in contact with nature and with God. As an adolescente, he took courses with true masters like Marshall T. Meyer and Mordejai Edery. Complying with that mandate of the majority of Jewish parents of the time, he did university studies, and in 1970 graduated with a degree in Agronomy from the University of Buenos Aires. Now he lives in Buenos Aires, the place he chose pro the education of his three children, and for many years, alternated his time in the Capital with frecuente trips to the provinces, being his where he was born and other places in the interior of the country where he could feel more in contact with nature and the Creator.

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“Don Wesser”: Isaías Leo Kremer. Milonga de la independencia: Cuentos con gauchos, judíos y argentinos. Buenos Aires:  Acero Cultural Editores, 2000, pp. 139-145.

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“Don Wesser”

Quiso el azar que unos cuantos años atrás me encomendaran un trabajo en el monte chaqueño. No tenía mucha idea de lo que debería hacer, pero con la soberbia que daba un título recién estrenado, no vacilé en aceptar la oferta y de ese modo aparecí en medio del “Mandiyú”, un establecimiento  agroforestal en el que supuestamente debía evaluar costos y posibilidades de desarrol

El clima caluroso y polvoriento, los mosquitos y jejenes, las víboras y alimañas, me mostraron que el emprendimiento no era para cualquiera. Sin embargo, me enamoré de la majestuoso de sus bosques (los que quedaron) de sus abras, donde todos los ruidos de alrededor se apagaban dejando sólo el susurro de la naturaleza en su plenitud.

No me detendré en las tareas que por sí merecerían varios libros (no los que yo hiciera), sino en episodio marginal que se dio a raíz de mi aburrimiento de fin de semana, cuando estaba saturado de contar rollos o evaluar algodón. Así fue con la secreta esperanza de hallar una niña bien dispuesta a mi persona, empecé a recorrer las chacras y obrajes vecinos; la suerte me era esquiva hasta di con el portal de un gran finca, en cuyos laterales resaltaba un cartel en el que se leía “Don Wesser” y en el otro colgaba una escupidera blanca enlozada, clavada firmemente al poste de quebracho, como si alguien pudiera pretender sustraerla

Picado por la curiosidad entré al establecimiento, total, a lo sumo me dirían que me marchara, aunque eso no fuera común en gente tan amable como la que conociera hasta entonces. Salió a recibirme un hombre alto, robusto y de avanzada edad, el rostro curtido por mil soles no tenía sitio sin pliegues y estos a su vez arrugas, pero la sonrisa que afloraba tras un mostacho blanco y tupido era cordial y antes de decirme nada, después del apretón de manos me ofreció que tomáramos mate; pese a que no vislumbraba a ninguna niña en edad de merecer, acepté el convite de don Wesser pues de él se trataba y me senté bajo un ñandubay copioso para charlar con el dueño de la finca, ahí empezaron mis sorpresas motivadas por la ignorancia.

Primero me tanteó en el aspecto agronómico (¿se habrá dado cuenta de cuán poco sabía?) y cuando prestamente le extendí mi reluciente tarjeta (gesto vano y estúpido pues los chacareros no portan tarjetero para retribuir), leyó mi nombre de inequívoco origen judío y me indagó sobre el mismo; no sin cierto recelo respondí a su pregunta y a la vez quise saber sobre el suyo que suponía alemán o austríaco. ¿Cómo, no lo sabe? Me dijo con asombro y ante mi negativa, ensilló un nuevo mate (de la calabaza grande) y me relató su historia que trataré de recordar ahora:

Era hijo de padres judíos que provenientes de Podolia-Kamenetz, habían llegado a la República Argentina en 1899 en un vapor llamado Wesser y cómo el naciera en el Hotel de Inmigrantes el 15 de agosto de ese año, los padres decidieron ponerle el nombre del viejo barco como homenaje; de los primeros años Wesser no recordaba, sino que se los contaron y así me los refirió.

Cuando el grupo de Podolia-Kamentz llegó al norte de Santa Fe, la condiciones no podían ser peores. Fueron albergados en viejos vagones sin condiciones sanitarias ni de habitabilidad. El terrateniente Palacios no cumplió con ninguna de las cláusulas convenidas con los colonos y no pasó mucho tiempo antes de éstos. Desesperados, comenzaron a desertar. Algunos salieron a la buena de D”s para tratar de sobrevivir en cualquier lugar, muchas de las mujeres cayeron en manos de los Imeim (impuros), que presurosos las buscaban con falsas promesas de bienestar; la mayoría se quedó para intentar ser pioneros y colonos en su propia tierra, éstos fueron los que en un principio más sufrieron.

Las paupérrimas condiciones de vida hicieron que sobrevivieron pestes y epidemias por lo que muchos de los niños fallecieron y según don Wesser, los padres los ponían en latas vacías de querosene como único ataúd y así los enterraban; al igual que en otros tiempos y latitudes, el llanto de mujeres judías pobló la atmósfera triste y agobiante del lugar.

Todos estos soñadores impenitentes lloraron su dolor en la selva norteña. La falta de alimentos los llevaba a merodear las vías del tren que llegaba a Tucumán y tanto los obreros del ferrocarriles como los pasajeros, contemplaban impávidos como los niños se peleaban por alguna galletita tirada desde el coche-comedor; los hombres y mujeres, vestidos con harapos, escarbaban la tierra sacando raíces para comer, se buscaban ratones y víboras para paliar el hambre que dolía en sus vientres y martillaba en sus cerebros.

Según el relato de Wesser, una casualidad hizo que el viajero del tren, el Sr. Lowenthal se percatara de que de que los mendigantes hablaban en rumano o idish y al conocer el estado de las cosas se puso en contacto con el Barón Hirsch a fin de paliar la situación de los pioneros judíos. En no sé cuánto tiempo llegó ayuda y según Wasser, se compraron los terrenos de Palacios. Mi relator no conocía los detalles porque pese a que aún era un niño, quiso escapar del lugar, por lo tanto se despidió de su afligida madre y saltó al vagón de cola de un tren, ignorando cuál será su destino.

Siendo aún muy pequeño, recorrió mil caminos del norte argentino, ya muy lejos de los vagones de hambre de Palacios y así fue como llegó al Chaco, donde siempre necesitaban brazos para la cosecha de algodón o para hachar quebracho en el monte.

Su primer trabajo estable lo tuvo en un obraje maderero. Lo llevaron a un establecimiento en el había un gran almacén, lo proveyeron un hacha, un pico, yerba, carne, galleta y agua; con ese equipo se instaló en medio del monte, para lo cual primero tuvo que hacerse un reparo de postes de dos metros terminados en un horqueta, clavó los postes, colocó otros transversales en la horquetas y cubrió todo con hojas de “sombol” (pasto alto típico del lugar) y esa fue la primera noche en la que el aún niño tuvo su comida asegurada.

De a poco fue dominando el duro oficio de hachero, sus brazos se hicieron fuertes y firmes sus músculos, pero cuando llevaba su carga al administrador, el valor de los rollizos no alcanzaba para pagar los insumos de alimentos y cada quincena, con cada liquidación, volvía a quedar endeudado y demás está decir que no permitían retirarse a quien tuviese deudas con el obrador.

Fueron muchos años de esclavitud forzada en el monte chaqueña, ¿para eso había abandonado a su madre? ¿Para volver a ser esclavo como los de Egipto que le relataran? Wesser tomó la decisión; saldría de allí como fuera, decidió no retirar ninguna mercadería del almacén, comió frutas del mistol, mulitas, víboras, liebres, lo que fuera, se justificaba aún volver a pasar hambre y así fue como el muchacho saldó “la deuda” con el obrador y con su “mono” al hombro, salió a la huella sin destino cierto ni rumbo a elegir.

Caminando entre las chacras, le llamó la atención el mar blanco de algodonales, que se extendía donde otrora se irguieran majestuosos los quebracho que sus manos grandes y callosas talaran en cantidad. Y estaba atrapado por esa tierra agobiante para los forasteros pero para que los lugareños era cálida y acogedora, así fue que detuvo a un camión que pasaba por la huella y preguntó al chofer por esos campos blancos, el conductor del vehículo tampoco era criollo sino ruso, notó que estaba en presencia de otro “gringo” parecido a él y de alguna manera, le hizo entender que en el algodonal era de su propiedad y que buscaba conchabo podría dárselo y así Wesser fue a pasar a “Ukrania”, tal era el nombre de la finca del “paisano gringo”.

Era dura la tarea de salir a la mañana con la bolsa de arpillera colgada a la cintura, arrancar capullos hasta que las yemas de los dedos perdían toda sensibilidad, quemarse la cabeza con el sol inclemente que caía a pico sobre el cosechero, dolía la cabeza, la cintura que se quebraba por el peso de la bolsa y al final del día, ¿cuánto era? 50 kilos, luego 80, hasta pasar los 100 kilos de vellón, a costa de un trajinar duro e incesante, pero por la noche sus doloridos músculos reposaban y su mente se permitía un futuro posible, lejos del hambre y la miseria que conociera del Sr. Palacios, allá en el lejano norte santafecino.

Al igual que Jacob frente a Lában, debió soportar muchos años de sacrificio para ver algún fruto y mientras tanto, añoraba con el sabor de los recuerdos los días junto a los suyos cuando pese a la desesperación, se cantaba y se rezaba, se bailaba y se lloraba, pero estaba decidido a no aflojar y no pensaba volver con la cabeza gacha a la colonia donde pasara tanto hambre y humillación. Sabía que por referencias de viajeros que habían cambiado mucho las condiciones en Santa Fe, pero él estaba atrapado por eso campos polvorientos que ya eran definitivamente su hogar.

Acostumbrado a las privaciones, guardaba el total de sus ganancias, a lo sumo algún par de alpargatas o un cuchillo eran los “lujos” que se permitió durante largos periodos, así fue que en una oportunidad, invirtió sus atesoradas ganancias en comprar aperos de labranza y tomó tierra para plantar algodón en su propio beneficio y no de otros.

Puso más ahínco aún en las tareas carpiendo con la azada, desyuyando con las manos lastimadas, de año en año sus cosechas se incrementaron y acumularon; como no tenía mejores necesidades, no vendió en los años de baja precio sino que compró producción de otros y cuando los valores subieron, negoció la venta en mejores condiciones por tener cantidades importantes y así fue que de a poco consolidó una posición estable.

Recién después de muchos años, un día tomó su flamante vehículo y enfiló hacia la Colonia Palacios, vio desarrollo y riqueza, pero sus afectos directos ya no estaban allí y pesa a disfrutar del contacto con sus ex paisanos, las tórridas tardes del Chaco lo atraían como un imán invisible y regresó a su finca, esta vez en forma definitiva.

Este fue el relato abreviado de Don Wesser, quien me dio una lección de historia que yo ignoraba; años después corroboré que sus historias eran absolutamente veraces y que la verdadera odisea de los viajeros del Wesser fue mucho más dramáticas de lo que él me refiriera, vaya para ellos mi sentido homenaje.

Volví a lo de Don Wesser en repetidas ocasiones, tenía una esposa eslava que era la imagen un una “mamuska” rusa, desconozco su origen aunque supongo que sería hija de algún finquero ucraniano del lugar. También había hijos e hijas de distintas edades, unos con rostros “europeos” y otros con caracteres que denunciaban su noble origen indígena, pero que también lo llamaban “papá”, de lo cual deduzco que serían hijos suyos con algunas de las mujeres criollas que de ambulaban por el lugar. Obviamente no pregunté nada al respecto y me concentraba en las numerosas charlas que tuve con él.

A punto de terminar mi labor y pronto a regresar del Chaco, fue a despedirme del finquero, como siempre “ensilló” la calabaza grande y me invitó a tomar mate bajo el ñandubay, me señaló los árboles que había plantado con sus manos y me dijo: lamento haberme alejado de mis hermanos, pero el destino me trajo aquí y no me arrepiento, pues logré lo que ambicionaba y de hecho soy feliz. Le respondí que me parecía correcto y que yo no era juez de nadie, aproveché para preguntarle por qué tenía colgada una bacinilla blanca en el portal de la finca.

So tomó tiempo para contestarme cual si su mente volviera a escenas vividas hacía ya muchos años y esbozando una sonrisa por el recuerdo me contestó:  Ese es  un “tepl” (escupidera), cuando mi madre recibió enseres de cocina, los criollos se reían y ella pensaba que eran ignorantes pues nunca habían visto una olla, la llamaba algo como “la petisa blanca” y me la dio cuando me escapé en tren a Tucumán, es el único recuerdo material que tengo de mi madre y la coloqué a la entrada, en el portal, para recordarme de donde provengo cada vez que ingreso del campo. Sus manos callosas y secas apretaron las mías sabiendo que no volverían a estrecharse, sus ojos claros me miraron cual si se despidieron a un hijo querido, aún permanece en mi retina con su brazo alzado saludándome, con un mar blanco como fondo.

 

Cada tanto evoco a Don Wesser, el chaqueño, otra hoja de nuestro pueblo empujada por los vientos de la vida, que nos llevan adonde no sabemos y nos depositan donde el Altísimo lo dispone.

P.D.: La epopeya de los viajeros del Wesser si bien es conocida no está muy difundida, aún entre aquellos que llevan en sus venas la sangre de aquellos sufridos pioneros argentinos.

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“Don Wesser”

A few years ago, fate willed that they put me in charge of a job in the Chaco hills. I didn’t have much of an idea of what I would have to do, but with the pride the that came from a degree recently acquired, I didn’t hesitate in accepting the offer and so, I appeared in the midst of “Mandiyú”, an agroforest establishment in which supposedly I ought to evaluate costs and possibilities for development.

The hot and dusty climate, the mosquitos and gnats, the snakes and the vermin, showed me that the undertaking was not for just anyone. Nevertheless, I fell in love with majesty of the forests (those that were left) of its passes, where all the surrounding sounds waned, leaving only the whisper of nature in its plenitude.

I won’t waste time with the work, which by itself would merit several books (not those that I might write,) but rather a marginal episode that arose from my weekend boredom, when I was sick of counting rolls or evaluating cotton. So, with the secret hope of finding a girl well-disposed to me, I began to go around the neighboring small farms and factories; luck was elusive until I stumbled upon a large farm, where on one gate post stood out a sign which read “Don Wesser” and on the other was hanging a white enameled spittoon, firmly nailed to the post of quebracho wood, as if anyone would try to remove it.

Incited by curiosity, I entered the establishment, so, at the worst, they would tell me to leave, although that was no common with people so friendly as those that I had known up to then. Coming out to meet was a tall, robust man of advanced age, whose face tanned by a thousand suns, had no place without folds, and these in turn without wrinkles, but the smile that flourished under a white and thick mustache, and before saying anything to me, after shaking hands, suggested that we take mate; despite not noticing a single girl of the appropriate age, I accepted don Wesser’s invitation, as that is what he was called and I sat down under a copious ñandubay, to chat with the owner of the farm, there, because of my ignorance, began my many surprises.

First, he sounded me out about agronomy (did he understand how little I knew?) and when I promptly reached out to him my shining card (a vain and stupid gesture since those who live in the Chaco don’t carry card wallets, and that they could give a card in return,) he read my name of unequivocal Jewish origin, and he asked me about it; not without a certain suspicion, I answered his question, and at the same time I wanted to know about his that I guessed was German or Austrian. Didn’t you know it? He said to me with amazement, and with my negative response, he put a new mate (from the large gourd) and he told me his story that I will try to remember now:

When the group from Podolia-Kamenetz arrived in the north of Santa Fe, the conditions couldn’t be worse. They were housed in old train cars without the necessary sanitary or living conditions. Palacios, the landowner, didn’t fulfil any of the clauses agreed upon with the colonists and didn’t spend much time among them. Desperate, some began to dessert. Some left, trusting God, to try to survive in any place, many of the women fell into the hands of the Imeim (impure ones,) who, shameless, sought after them with false promises of comfort; the majority stayed with the intention of being pioneers and colonists on their own land, these were those who, in the beginning, suffered the most.

The extremely poor conditions of life forced them to survive plagues and epidemics during with many of the children died and, according to don Wesser, the parents put them in empty cans of kerosene as their coffins as their only coffin and so they buried them; as in other times and in other latitudes, the cries of Jewish woman filled the sad and oppressive atmosphere of the place.

All of these impenitent dreamers cried of their pain in the northern jungle. The lack of food led them to hover around the rails of the train that was on its way to Tucumán. And the railroad workers as wells as the passengers, watched unmoved as the children fought over a little cracker thrown from the dinner car; the men and women, dressed in rags, dug into the earth, taking out roots to eat, they searched for rats and snakes to ease their hunger that hurt their bellies and hammered at their brains.

According to Wesser’s story, by chance, Mr. Lowenthal, a passenger on the train, noticed that those beggars spoke in Romanian or Yiddish, and on knowing the state of things, made contact with Baron Hirsch, in order to ease the situation of the Jewish pioneers. I don’t know how quickly, but help arrived, and, according to Wasser, they bought Palacio’s lands. My narrator didn’t know the details, because, despite the fact that he was still a boy, he wanted to escape from the place, and so he said goodbye to his heartbroken mother and jumped onto the last car of the train, not knowing what his destiny might be.

Being still very small, he travelled through a thousand roads of the north of Argentina, now very far from the train cars of hunger of Palacios, and that was how he arrived in the Chaco, where, in the north. they always needed arms for the harvest of cotton or to cut down quebracho trees.

His first stable job was in a lumber yard. They brought him to an establishment in which there was a large store. The provided him with an axe, a pick, mate, meat, crackers and water, with this equipment, he settled in the midst of the mountain. First, he had to make for himself a hut of two meter posts ending in a fork; he nailed the posts together, placed other cross-beams in on fork and covered everything with “sombol” leaves (high grass, typical of the area,) and that was the first night in which young boy had his meals assured for.

In little time, he mastered the difficult trade of the lumberjack, his arms became strong and his muscles firm, but when he brought his load to the administrator, the value of the cylinders was not enough to pay for the supplies of food, and every two weeks, with each settlement, he was further indebted, and it’s enough to say that they didn’t permit anyone to leave who had debts with the store.

There were many years of forced slavery in the Chaco hills. Was it for that that he had abandoned his mother? To be a slave again like those he was told about? Wesser made the decision that he would get out of there any way he could: he decided not to take any merchandise from the store. He ate fruit from the jujube tree, armadillos, snakes, rabbits, and so it was that the boy settled his debt with the company store and with his “monkey” on his shoulder, left on the path without a sure destiny of a direction to choose.

Walking among the farms, the white sea of cotton plants, that extended where once stood majestically the quebracho trees, that he with his large and calloused hands had cut down many. And he was trapped by this land, oppressive for foreigners, but for its inhabitants warm and welcoming; for that reason, he stopped a truck that was passing on the track, and asked the driver about these white lands. The driver of the vehicle was not criollo but Russian. He noticed that he was in the presence of a “gringo” like himself, and by some manner, let him know that he cottonfields were his property, and that, if I was looking for employment, he could give it to me.

The work consisted of going out in the morning with a bag of burlap hanging from his waist, to pull off cotton balls until the his fingertips lost all feeling, to burn his head with the inclement sun that fell sharply on the picker of cotton, made his head hurt, the waist would break by the weight of the sack, and at the end of the day, how much was it? 50 kilos, then 80, until passing 100 kilos of cotton fleece, at the cost of hard and incessant keeping on the move, but at night his sore muscles rested and his mind allowed for a possible future, far from the hunger and misery that he knew from Mr. Palacios, there in the far north Santa Fe.

As Jacob with Laban, he had to put up with many years of sacrifice to see any fruit, and at the same time, he missed the flavor of the memories of the days together with his own people, when, despite the desperation, they sang and prayed, danced and cried, but he had decided to not weaken and to not return with his head down to the colony where he had lived through so much hunger and humiliation. He knew from statements from travelers, that the conditions in Santa Fe had changed a lot, but he was trapped by these dusty fields that were now his home for good.

Used to privations, he saved the total of his earning, at most a pair of alpargatas shoes or a knife were the only “luxuries” that he permitted himself during long periods, so that when there was an opportunity, he invested his treasured earning in buying land and work tools, and planted cotton for his own benefit and not that of others.

He put even more effort into those tasks, digging with the hoe, picking with his injured hands. Year by year, his harvests increased and accumulated; as he didn’t have more important necessities, he didn’t sell in the years when the price was low, but bought the production of others and when the value of cotton was high, he negotiated the sale in better conditions since he had important quantities, and so it was that in a short time, he consolidated a stable position.

Recently, after many years, one day he took his brand new vehicle and headed for Colonia Palacios. He saw the development and riches, but his strong feelings were no longer there, and in spite of enjoying the contact with his former comrades, the torrid evenings of the Chaco attracted him like an invisible magnet, and he returned to his farm, this time definitively.

This was the abbreviated tale of Don Wesser, who gave me a history lesson all of which I was unaware; years later, I corroborated that his stories were absolutely true. The real Odyssey of the travelers on the Wesser was much more dramatic than those that he described to me, and I give to them my deeply felt homage.

I returned to Don Wesser’s farm on repeated occasions, he had a Slavic wife who was the image of a Russian“mamuska.” I don’t know her background, although I suppose that she would be the daughter of some Ukrainian farmer in the area. Also, he had sons and daughter of different ages, some with “European” faces and others with features that revealed their noble indigenous origin, but who also called him “papa.” From which I deduced that they were probably his children by criollo women who ambled around the place. Obviously, I didn’t ask anything about it, and I concentrated on the numerous conversations that I had with him.

About to finish my work and soon return from the Chaco, I went to say goodbye to the farmer, as always, he put more in the great gourd and invited me to take mate under the ñandubay. He pointed out to me the trees he had planted with his own hands, and he said to me: I lament having to gone far from my brothers, but destiny brought me here, and I don’t regret it, since I accomplished what I really wanted and, in truth, I am happy. I responded that it seemed to me right, and that I was no man’s judge. I took advantage of the moment to ask him why he had a white basin hanging the portal to the farm.

He took time to answer me as if his mind was going back to scenes lived many years ago, and smiling with the memory answered: That is a “tepl”(spittoon.) When my mother received cooking utensils, the criollos laughed, and she thought that they were ignorant, since they had never seen a pot, she called it something like “the white pony,” and she gave it to me when I escaped on the train to Tucumán; it’s the only material memory that I have of my mother, and I placed it at the entrance, on the portal, to remind me who where I come from, every time I enter from the countryside. His calloused and dry hands shook mine knowing that he wouldn’t ever embrace them again, his clear eyes looked a me as if he were saying goodbye to a beloved son. He remains in my retina with his arm raised, waving at me, with a white sea in the background.

 

Every once in a while, I evoke Don Wesser, from the Chaco, another leaf of our people pushed by the winds of life, that carry us to where we do not know and deposits us where the Most-High decrees.

P. S.: The epic of the travelers on the Wesser, if it is well-known, it is not well disseminated, even among those who carry in their veins the blood of those suffering Argentine pioneers.

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Unos de los libros de Isaías Leo Kremer/                      Some of Isaías Leo Kremer’s Books

 

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